El corazón de Jesús

LA GRAN DEVOCIÓN DE LOS TIEMPOS PRESENTES

P. Alfonso Torres

a) Busca al pecador, se complace en el justo

El corazón de Cristo es herido de dos maneras: por los pecadores, con sus pecados, y por las almas de sus fieles servidores, con los dardos de su amor.

La delicadeza y sensibilidad del Divino Corazón, ¿quién podrá ni rastrearlas? Los atisbos de ellas que alcanzamos cuando meditamos el Evangelio, bastan para que nos persuadamos de que ni de lejos pueden los corazones humanos, aun los más perfectos, compararse con el Corazón de Cristo.

¡Así es el corazón de Cristo! No es tan estrecho el corazón de nuestro Señor como el nuestro; su condescendencia y amor no tienen límites; cuando se halla en presencia del pecador, se desborda, como quien conoce la propia pequeñez.

En el corazón de Cristo se puede morar de tres maneras. Primero, por la mente iluminada por la fe. Segundo, por el corazón encendido en amor. Tercero, por la gracia especial del Espíritu Santo.

Hay que entrar en el corazón: para que nuestros sentimientos sean como los del corazón de Cristo, que no haya ninguna disonancia, y que, cuando oiga Dios las vibraciones, las palpitaciones de nuestro corazón, crea oír el eco, la reminiscencia, los latidos del corazón de su Hijo unigénito.

b) La gran devoción de los tiempos presentes

El reinado del corazón de Jesús es la gran devoción de los tiempos presentes, es la expresión que ha tomado ahora el reino de Dios, y nosotros no podemos comentar la petición Venga a nosotros tu reino sin que al mismo tiempo nos acordemos de ese Corazón divino y le pidamos que definitivamente reine aquí en la tierra.

En los últimos siglos, por causas que no tenemos ahora que analizar, el mundo se ha enfriado en el amor de Dios. Los principios de la fe han sido suplantados por dictámenes tallados en el heterogéneo bloque de una filosofía desviada; los preceptos morales por, por máximas que tienden a entronizar la libertad de la carne. La vida pública de las naciones ha decaído tanto de los ideales evangélicos que ha acabado por ser el reverso de los grandes siglos cristianos. Y Dios, en su adorable providencia, se ha valido de una devoción, calumniada de incrédulos y herejes, para restaurar la fe y el fervor cristianos. No es la primera vez que Dios elige una devoción particular para renovar el mundo. Recuerden lo que fue la devoción del santo Rosario para la edad media. La devoción así elegida viene a ser como símbolo y bandera del Reino de Dios en una época.

Vivían aislados en la tradición cristiana dos elementos que, sin embargo, tenían entre sí relaciones profundas y misteriosas: el amor de Jesucristo y su divino Corazón. Dios, que, en su adorable providencia, va guiando a la Iglesia por las sendas de la santidad, se valió de almas muy interiores y santas para que comenzaran en los siglos medios a meditar y a revelar aquellas profundas y misteriosas relaciones, como quien prepara los gérmenes que más adelante, en los tiempos de fría y desolada incredulidad y herejías crueles y desesperantes, habían de renovar la vida de la Iglesia, y nosotros asistimos a la fecunda floración de esos gérmenes, y vemos el campo del padre de familias cubierto con todas las hermosuras de la devoción al Corazón de Jesús, nuevo lábaro que nos lleva ahora a los combates por el Reino de Dios.

c) Devoción salvadora, pero incomprendida

La devoción al corazón de Jesús se muestra toda misericordia, toda amor; es la devoción del Dios perdonador, del Buen Pastor. El jansenismo no entiende de esto, y en libros y revistas, escritos y conciliábulos, siempre luchó contra la devoción al corazón de Cristo; y tales horrores dijo y tales blasfemias escribió, que no pueden repetirse. Todo fue sacrílegamente atropellado, todo; nada respetaba.

Para los mundanos es incomprensible esta devoción, no hay en ella nada que halague los sentidos {…}. La encuentran ridícula. Y por eso ni la entienden ni la pueden entender.

El verdadero espíritu de la devoción al corazón de Jesús está en lo interior; no es una devoción de novela, popular, cosa vana. Exige prácticas exteriores, pero lo verdadero está en lo interior. Su espíritu consiste en esconderse en el corazón de Cristo, y entiéndase que los más escondidos, los que no son conocidos, los que se alejan del mundo, son los que luchan en la vanguardia. Los que han querido sólo a Dios, los que lo han dejado todo por Él.

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