El don de lenguas

Sobre el discernimiento del don de lenguas

«¿Cómo cada uno de nosotros les oímos

en nuestra propia lengua nativa […] las maravillas de Dios?» (Hch 2,8;11)

 P. Jason Jorquera M.

Monasterio de la Sagrada Familia, Séforis – Tierra Santa

 

Maino_Pentecostés,_1620-1625._Museo_del_Prado« Al llegar el día de pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Residían en Jerusalén hombres piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa:

Partos, medos y elamitas; los que habitamos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene; los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios?

Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: “¿Qué significa esto?”….»

(Hechos de los apóstoles 2,1-12)

Ciertamente que Dios, Todopoderoso y siempre celoso del amor de los hombres, no cesa de ofrecernos innumerables dones buscando siempre la salud  las almas que ha querido conquistar para sí mediante el santo sacrificio de su Hijo en la cruz. Por esto podemos afirmar con Casiano que «en ocasiones, Dios no desdeña de visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón […]. Tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza.»[1]

Es una realidad que Dios es siempre generoso con los hombres puesto que Él es la bondad por esencia (y el bien es difusivo de sí), y concede gratuitamente sus dones según los secretos designios de su voluntad salvífica. Todos los hombres han recibido dones de Dios para poder alcanzar la salvación, al menos en atención a la fidelidad a la conciencia en el caso de aquellos que por diversos motivos, como la falta de operarios para la mies, aún no han recibido la fe. Sin embargo, tampoco debemos olvidar que Dios, siempre dentro de su designio salvífico, puede conceder, y de hecho concede, gratuitamente dones particulares, especiales, extraordinarios a ciertas almas, aunque éstos (como explicaremos mejor más adelante) siempre tienen la nota característica de redundar en beneficio de la santa Iglesia, es decir, si son realmente dados por Dios, lo son, a diferencia de ciertas gracias particulares, en beneficio espiritual de los demás.

La realidad del don de lenguas

La existencia del don de lenguas está atestiguada explícitamente por las Sagradas Escrituras como hemos transcrito en la introducción de este artículo. Es un don llamado en teología “glosolalia”. Este don ha sido prometido por Jesús (Cf. Mc 16,17), dado en pentecostés (Hch 2,4 ss.) y además se ha concedido en otros momentos posteriores a su envío en pentecostés (Hch 10,46; 19,46). Por lo tanto negarlo sería un absurdo para todo cristiano. Sin embargo, no hay que olvidar que ya desde los primeros tiempos san Pablo advierte a los creyentes acerca de este don en cuanto que , si bien viene de Dios, no es mayor (de ninguna manera) que otros dones espirituales como por ejemplo el don de profecía[2] y la misma caridad que se encuentra “por encima de todos los dones” (y debemos agregar que es ella el garante mismo de los dones que vienen de Dios) puesto que es la única que verdaderamente une al alma con Dios y contribuye también a favor de las demás almas: la verdadera caridad es el don más grande que Dios nos ha dado y de ella se siguen todos los demás; de ahí la atención que debemos prestar en no valorar de más (erróneamente) el don de lenguas: « Es más, San Pablo califica de infantilismo (no seáis como niños) el sobrevalorar este don. Él recuerda que tiene valor de signo para los “no creyentes”, los “infieles”, pero no sirve para los creyentes; para éstos tiene valor la “profecía”. Sin los demás dones, especialmente el de profecía que pone de manifiesto los corazones, el don de lenguas puede ser incluso motivo de escándalo para un infiel (cf. 1Co 14,20-25).

Esta regla del Apóstol indica que el carisma de lenguas no lo pone a uno fuera de sí, sino que es capaz de guardar dominio sobre su uso.

La regla práctica que da San Pablo es que se busquen los carismas que sirven para edificación del prójimo. Así, el apóstol de los gentiles, nos enseña que cuando uno o más de un cristiano tiene el don de lenguas, deben hablar por turno, ordenadamente y siempre y cuando haya quien tenga el don de “interpretación” de estas lenguas (que explicaremos un poco más adelante). Y si no hay quien tenga este don de interpretación, entonces manda que el que tenga don de lenguas “se calle”[3] y hable en su interior consigo mismo y con Dios (cf. 1Co 14,26-32).»[4] Esto se entiende claramente por el hecho de que el Espíritu Santo, autor de los dones sobrenaturales, es “espíritu de verdad”[5] y, por lo tanto, busca dar a conocer la Verdad y no sembrar la confusión como ocurrió contrariamente a los hombres en Babel que, por justo castigo de Dios a su soberbia, no se entendían entre ellos ni había quien interpretase lo que se decían, quedando así inmersos en la confusión:

«Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde oriente, hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron. Entonces se dijeron el uno al otro: “Vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego.” Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. Después dijeron: “Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra.”

Bajó Yahvé a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, y pensó Yahvé: “Todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y éste es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Bajemos, pues, y, una vez allí, confundamos su lenguaje, de modo que no se entiendan entre sí.”

Y desde aquel punto los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí embrolló Yahvé el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahvé por toda la faz de la tierra.»[6]

El Espíritu Santo, en cambio, no es confuso ni incoherente y se caracteriza por su perfecta armonía con lo que enseña la santa Iglesia católica; he aquí una señal más de qué espíritu es el de Dios: el que mueve a los fieles a escuchar  la voz de la Iglesia[7].

El don de “interpretación de lenguas” es el que complementa al “don de lenguas” puesto que, como el Espíritu Santo inspira hablar en distintos idiomas – y no con extraños y desconcertantes artificios que, en definitiva, no dicen absolutamente nada, cuando no son blasfemias- y no todos los pueden comprender, se hacía necesario siempre en bien de la Iglesia, el llamado don de interpretación de lenguas: «Ocurría con frecuencia que las palabras proferidas mediante el don de lenguas no eran entendidas por los oyentes, por realizarse el fenómeno sólo en el que hablaba. De donde se hacía necesario otro don para interpretar aquellas palabras extrañas. Consistía, pues, este don en la facultad de exponer en lengua conocida las cosas proferidas en lenguas extrañas mediante el don de lenguas. Esta facultad acompañaba a veces al mismo “glosólalo” (poseedor del don de lenguas); otras veces la recibía alguno de los presentes súbitamente inspirado por el Espíritu Santo. Los que poseían este carisma solían llamarse «intérpretes», y su oficio era interpretar a los glosólalos, exponer públicamente las epístolas de San Pablo o de otros y traducirlas a otros idiomas.»[8]

En necesario dejar bien en claro que para que el don de lenguas tenga eficacia hace falta siempre una gracia especial de Dios. Sólo Dios puede entrar y mover los corazones con absoluta libertad y, por lo tanto la eficacia de estas gracias, signo del actuar divino, puede resumirse en la práctica y crecimiento de las virtudes, especialmente las que hacen amar más a su Iglesia, crecer en devoción y, por supuesto, en la caridad. En el caso del don que venimos tratando, la verdadera eficacia se manifestará, en concreto, en lo que se llama “locución”, que no es otra cosa que el hecho de que el don de lenguas tenga efecto sobre los demás luego de haber sido entendido lo que Dios ha querido manifestar.

«Las gracias gratis dadas se conceden para utilidad de los demás […]. En cambio, el conocimiento que uno recibe de Dios sólo puede hacerse útil a los demás mediante el discurso. Y dado que el Espíritu Santo no falta en aquello que pueda ser útil a la Iglesia, también asiste a los miembros de ésta en lo que se refiere al discurso, no sólo para que alguien hable de tal modo que pueda ser comprendido por muchos, lo cual pertenece al don de lenguas, sino para que lo haga con eficacia, lo cual pertenece al don de elocución. Y esto bajo tres aspectos. En primer lugar, para instruir el entendimiento, lo cual se realiza cuando uno habla para enseñar. En segundo lugar, para mover el afecto en orden a que oiga con gusto la palabra de Dios, lo cual tiene lugar cuando uno habla para deleitar a los oyentes y no debe hacerse para utilidad propia, sino buscando el atraer a los hombres a que oigan la palabra de Dios. En tercer lugar, buscando el que se amen las cosas significadas en las palabras y se cumplan, lo cual tiene lugar cuando uno habla para emocionar a los oyentes. Para lograr esto, el Espíritu Santo utiliza como instrumento la lengua humana, mientras que El mismo completa interiormente la obra. De ahí que San Gregorio diga en la Homilía de Pentecostés: Si el Espíritu Santo no llena los corazones de los oyentes, la voz de los maestros suena en vano en los oídos corporales»[9].

 Moción divina por parte del Espíritu Santo y claridad en el mensaje manifestado serán los elementos constitutivos y más seguros para inclinarse a creer que la obra es realmente de Dios.

*****

Hay que reconocer que ciertamente Dios puede conceder dones particulares a algunas personas –y de hecho lo hace- y que esto no contradice en absoluto su omnipotencia; pero tampoco debemos olvidar que inclusive estos carismas (los dones y las gracias “gratis dadas”) cuando Dios los concede son siempre en beneficio tanto del alma que lo recibe como de su glorificación y siempre en beneficio de su iglesia; es decir, que para que sean realmente venidos de Dios deberían contar con ciertas características, como por ejemplo:

– Mover a la ejercitación y profundización en la vida de oración.

– Llevar a la práctica de las virtudes

– Vivir una seria vida de gracia, recurriendo concretamente de manera asidua a los sacramentos de la confesión y la comunión (este es uno de los signos más claros para saber que es de Dios).

– Al trato serio con sacerdotes y personas especializadas en lo concerniente a la fe.

– Al desprecio del pecado.

– y, como principal señal, en consideración a todo lo anteriormente mencionado, a la verdadera humildad: quien recibe un don de Dios o alguna gracia particular, ha de tener plena conciencia de que lo ha recibido en beneficio de la santa Iglesia católica por gratuita disposición divina y, por lo tanto, jamás se gloriaría de tales dones puesto que sabe que no le pertenecen (el humilde anda pregonando las gracias que Dios le concede en su intimidad), por eso san Pablo se expresa de manera tan sincera a los corintios: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?[10] Ésta ha sido justamente la actitud de los santos que buscaban siempre ocultar las gracias concedidas por Dios, aquellos favores especiales que sólo salían a la luz al momento de beneficiar a las almas o de tener que declararlo en humilde sinceridad al director espiritual.

Por lo tanto la humildad es necesariamente uno de los signos más claros de que un alma ha sido favorecida verdaderamente por Dios y que no se está dejando engañar por sí misma ni por el demonio: “Así que por sus frutos los reconoceréis.”[11] Si faltan algunos de los signos antes indicados, es señal de que algo no anda bien.

En qué consiste este don

El don de lenguas es una gracia de las llamadas “gratis dadas” que pertenecen a la locución[12]. Explica el P. Royo Marín que «consiste ordinariamente en un conocimiento infuso de idiomas extranjeros sin ningún trabajo previo de estudio o ejercicio. El prodigio se verifica en el que habla o en los que escuchan, según que se hable o que se entienda una lengua hasta entonces desconocida. Pero a veces el milagro toma un carácter todavía más maravilloso: mientras el orador se expresa en un idioma extranjero, los oyentes le escuchan en el suyo propio, completamente diferente; o lo que es todavía más prodigioso: hombres de diversas naciones escuchan, cada uno en su propio idioma, lo que el orador va diciendo en uno solo completamente distinto »[13]

De esta completa y exacta definición podemos dejar en claro varios puntos o verdades fundamentales acerca del verdadero don de lenguas:

1º) Es un conocimiento infundido directamente por Dios, es decir, que supera las capacidades de quien lo posee, ya sea por la misma limitación o ignorancia de quien lo recibe, ya sea por ausencia de la ciencia necesaria respecto de aquellos idiomas que se hablan.

2º) Versa acerca de idiomas extranjeros y desconocidos para quien hable en lenguas, o sea, que realmente se está diciendo algo capaz de ser entendido por quien hable dicha lengua o por quien pueda interpretarla y darla a conocer a los demás miembros presentes mediante el don de interpretación.

3º) Lo maravilloso de este don consiste en una de dos posibilidades:

     – Que quien hable en un idioma distinto al de los presentes pueda, sin embargo, ser entendido por ellos;

     – O que hombres de diversas leguas entiendan a quien habla en su propio lenguaje.

Errores acerca del don de lenguas y sus consecuencias

El primer error, ya antes mencionado, consiste en poner a este don por encima de otros y como más importante aún que  la misma caridad sin la cual los demás dones se vuelven absolutamente nada, pues sin ella de nada aprovechan en beneficio ni de los demás ni de quienes dicen poseerlos. San Pablo es bastante explícito respecto a esto en su conocido cántico de la caridad:

«Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque reparta todos mis bienes, y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha…» [14]

Quien ponga los dones particulares por encima de la práctica de la caridad simplemente se estará dejando guiar por una terrible soberbia, dañina tanto para él como para quienes lo rodean. La misma soberbia junto con la necedad y la ceguera espiritual son una consecuencia y castigo de quienes se empecinan voluntariamente en anteponer a la caridad dichos favores[15]. Por eso, siempre será nuestra caridad el gran signo de la verdadera actuación del Espíritu de Dios en el alma, es decir, lo que nos debe distinguir del error y de los hijos del error, como escribe el discípulo amado: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, y quien no ama a su hermano, tampoco”[16]. Quien no ama a su prójimo como Dios nos pide, aleja de sí los favores divinos, y por lo tanto comete una injusticia al no guardar el lugar que a éstos les corresponde.

Otra falsedad acerca de este don consistirá en ponerlo –aun cuando fuese verdadero- como como regla y norma de la santidad, es decir, como señal de predilección divina y eminencia de virtudes en quien lo posea. Este error sería muy semejante al de los antiguos “mesalianos” o “euquitas” (herejes de los primeros siglos), quienes ponían toda su confianza acerca de la santificación y salvación del alma en los fenómenos extraordinarios como las visiones, locuciones (voces interiores), sentimientos, etc. lo más peligroso de este error consiste en dejarse guiar por los pretendidos particulares dones (no exentos necesariamente de falsedad) más que por la revelación y doctrina de la santa Iglesia de Jesucristo. Consecuencia de esto será, probablemente, la desesperanza y el desánimo de las almas más sencillas que, inmersas en esta equivocación, notarán que ellas “no son favorecidas por Dios con estos dones que los demás sí poseen”, y si ésta fuese la norma claro está que habría que preocuparse de que Dios no nos concediera esas gracias particulares. Por supuesto que este engaño cae por tierra, por ejemplo, con la consideración de muchos santos y santas que jamás gozaron de revelaciones ni otras gracias distintas de las que a todos se nos ofrecen y, sin embargo, alcanzaron altos grados de santidad y virtud que les valieron para conquistar triunfalmente el cielo.

Un error algo más fácil de detectar es el de la falta de alguno de los elementos anteriormente mencionados (cuanto hablamos de las características de los dones venidos de lo alto) para que sea probablemente de Dios, como lo sería la ausencia del don de interpretación: « Por tanto, si no hay otra persona con carisma de “interpretación”, tal vez los presentes “glosoletas” no tengan verdaderamente tal carisma del Espíritu Santo, sino que se trate de un fenómeno humano, fruto de la sugestión o de la euforia (a menos que en tal caso, calle y lo use en su interior, como manda el Apóstol).»[17]

Algunos dicen que en realidad este don consistiría en el hecho de “orar” en lenguas (recordemos que estas lenguas son “otros idiomas”, no simples sonidos sin sentido), es decir, que se trataría de alguna especie de oración. Sin negar, obviamente su posibilidad, no debemos olvidar que ante la duda y la ausencia de algún intérprete (lo cual sería, recordemos, una mala señal) la santa Iglesia cuenta con oraciones tanto más perfectas cuanto han sido reveladas por el mismo Dios (por ejemplo el Padrenuestro, la oración por excelencia, o los mismos salmos) como propuestas por la misma Iglesia en beneficio y provecho de todas las almas, así por ejemplo, la  Santa Misa, la liturgia de las horas, el rezo del santo rosario, el Ave María, el Gloria, el Credo, las letanías, etc. Dichas oraciones, además de contar con la aprobación correspondiente, siempre son de gran provecho para todos los fieles que las reciten con devoción: no están restringidas a un solo grupo de personas sino que por la misma bondad divina ha sido dispuesto que sean meritorias y fructíferas para todos los miembros del cuerpo místico de Cristo.

Antes de seguir adelante, conviene aquí mencionar brevemente qué es la oración vocal y cuáles son sus condiciones para descartar así toda posible falsedad y combatir de esta manera el error.

La oración vocal

La oración vocal, primer grado de oración[18], que está verdaderamente al alcance de todo el mundo. Esta oración es  aquella “que  enseña – explica Royo Marín- se manifiesta con las palabras de nuestro lenguaje articulado, y constituye la forma casi única de la oración pública o litúrgica”[19].

Conveniencia y necesidad de la oración vocal

«Santo Tomás se pregunta en la Suma Teológica “si la oración debe ser vocal” (II-II,83,12). Contesta diciendo que forzosamente tiene que serlo la oración pública hecha por los ministros de la Iglesia ante el pueblo cristiano que ha de participar en ella, pero no es de absoluta necesidad cuando la oración se hace privadamente y en particular. Sin embargo -añade­-­, no hay inconveniente en que sea vocal la misma oración privada por tres razones principales:

  1. a) para excitar la devoción interior, por la cual se eleva el alma a Dios; de donde hay que concluir que debemos usar de las palabras exteriores en la medida y grado que exciten nuestra devoción, y no más; si nos sirven de distracción para la devoción interior, hay que callar (A no ser—naturalmente—que la oración vocal sea obligatoria para el que la emplea, como lo es para el sacerdote y religioso de votos solemnes el rezo del breviario.);
  2. b) para ofrecerle a Dios el homenaje de nuestro cuerpo además de nuestra alma; y
  3. c) para desahogar al exterior la vehemencia del afecto interior.

Nótese la singular importancia de esta doctrina. La oración vocal de tal manera depende y se subordina a la mental, que en privado, únicamente para excitar o desahogar aquélla, tiene razón de ser. Es cierto que con ella ofrecemos, además, un homenaje corporal a la divinidad; pero desligada de la mental, en realidad ha dejado de ser oración, para convertirse en un acto puramente mecánico y sin vida.»[20]

Por lo tanto, la oración vocal, ha de ser manifestación de lo que hay en el interior del hombre porque de lo que rebosa el corazón habla la boca[21]. Dios puede perfectamente inspirar palabras al corazón del hombre[22] y luego éste manifestarlas con palabras, como sería en el caso del don de lenguas, pero recordemos que éstas han de ser entendibles sí mismas, ya sea porque están en lenguaje claro para los presentes, ya sea porque algún intérprete las explica.

Condiciones de la oración vocal

Según Santo Tomás y la naturaleza misma de las cosas, la oración vocal ha de tener dos condiciones principales: atención y profunda piedad.

La atención[23]

Cuando santo Tomás explica que la oración debe ser atenta establece, como es característico en él, ciertas distinciones que nos iluminan para comprender mejor esta condición. Seguimos aquí la doctrina tomista:

La oración tiene o produce tres efectos:

El primero es merecer: como cualquier otro acto de virtud, y para ello no es menester la atención actual, basta la virtual (si en algún momento de oración se tiene alguna distracción, pero dándose cuenta en seguida se retoma la oración, el mérito no se pierde)[24].

El segundo es impetrar de Dios las gracias que necesitamos, y para ello basta también la atención virtual, aunque no bastaría para ninguno de estos dos efectos la simplemente habitual.

El tercero, finalmente, es cierto deleite o refección espiritual del alma, y para sentirlo es absolutamente necesaria la atención actual. Es decir, que sin estar atento a lo que se reza es muy difícil alcanzar este sereno gozo de la oración.

“De manera que la oración vocal para que sea propiamente oración es menester que sea atenta”, lo cual significa que quien la realiza esté prestando atención a lo que reza.

Profunda Piedad

«Es la segunda condición, complementaria de la anterior. Con la atención aplicábamos nuestra inteligencia a Dios. Con la piedad ponemos en contacto con Él el corazón y la voluntad. Esta piedad profunda envuelve y supone un conjunto de virtudes cristianas de primera categoría: la caridad, la fe viva, la confianza, la humildad, la devoción y reverencia ante la Majestad divina y la perseverancia (83,15). Es preciso llegar a recitar así nuestras oraciones vocales. No hay inconveniente en disminuir su número si no nos es posible recitarlas todas en esta forma. Pero lo que en modo alguno puede admitirse es convertir la oración en un acto mecánico y sin vida, que no tiene ante Dios mayor influencia que la que podrían tener esas mismas oraciones recitadas por un gramófono o cinta magnetofónica. Más vale una sola avemaría bien rezada que un rosario entero con voluntaria y continuada distracción…»[25].

Sirva esto para incentivarnos cada vez más a afianzar nuestra oración vocal y poner toda nuestra confianza en Dios que siempre escucha nuestras plegarias en consideración a la atención y devoción que en ella pongamos, basta con elevar el corazón hacia Él y hablarle interiormente a solas para ya estar haciendo verdadera oración, lo cual, como hemos dicho, está al alcance absolutamente de todos y por lo tanto no es necesario gozar de dones extraordinarios para agradar a Dios y entrar en intimidad con él mediante la oración, por más sencilla que ésta sea pues, de hecho, como sabemos, Dios enaltece a los humildes[26] y esta es, justamente, la actitud que hace que nuestras plegarias se eleven efectivamente como incienso[27] hasta el altar de Dios siendo escuchadas solícitamente. El resto, queda siempre en los misteriosos designios divinos.

Finalmente debemos mencionar que el peor de los errores sobre este don, como sobre cualquier otra gracia particular, es la acción fraudulenta y ponzoñosa del demonio, padre de la mentira[28] y perdedor de las almas: « Puede, incluso, mezclarse el demonio en estas cosas haciendo que algunas de las personas que buscan con malsana curiosidad estos dones (y basta que sea una curiosidad superficial para que sea malsana) hablen lenguas extrañas creyendo que alaban a Dios mientras que, en realidad, los hace blasfemar y decir palabras injuriosas contra el Creador, como ha ocurrido de hecho en alguna oportunidad de la que tengo constancia.»[29] Esto se entiende claramente a la luz del don de interpretación, sin el cual podemos preguntarnos lícitamente: ¿cómo sé que lo que se está diciendo es una comunicación divina y no una insolencia del demonio si no hay nadie que pueda comprender lo que se está diciendo y a la vez lo  manifieste expresamente a los demás?; o más simple aún: ¿qué es lo que se está diciendo?

El discernimiento

En honor de la verdad y del sincero amor a Dios y a su Iglesia es necesario hacer un serio y minucioso discernimiento acerca de estas gracias especiales con las que Dios favorece a ciertas almas. Ofrecemos un fragmento valiosísimo para iluminar respecto al tema que venimos tratando:

«Extraordinarios son los consejos de San Juan de Ávila en su Audi, filia, de donde transcribo los siguientes pasajes:

1º)  Someterse al juicio de alguien prudente: “Habéis de mirar qué provecho o edificación dejan en vuestra ánima estas cosas. Y no os digo esto para que por estas o otras señales, vos seáis juez de lo que os pasa, mas para que, dando cuenta a quien os ha de aconsejar, tanto más ciertamente él pueda conocer y enseñaros la verdad, cuanto más particular cuenta le diereis”.

2º)  Mirar si hay realmente alguna utilidad (todo lo que es inútil u ocioso no viene de Dios): “Mirad, pues, si estas cosas os aprovechan para remedio de alguna espiritual necesidad que tengáis, o para alguna cosa de edificación notable en vuestra ánima. Porque, si un hombre bueno no habla palabras ociosas, menos las hablará el Señor, el cual dice: Yo soy el Señor, que te enseño cosas provechosas, y te gobierno en el camino que andas (Is 48,17). Y cuando se viere que no hay cosa de provecho, mas marañas y cosas sin necesidad, tenedlo por fruto del demonio, que anda por engañar o hacer perder tiempo a la persona a quien la trae, y a las otras a quien se cuentan; y cuando más no puede, con este perdimiento de tiempo se da por contento”.

3º Ver si crece la humildad y humillación del alma: “Y entre las cosas que habéis de mirar que se obran en vuestra ánima, la principal sea si os dejan más humillada que antes. Porque la humildad, como dice un doctor, pone tal peso en la moneda espiritual, que suficientemente la distingue de la falsa y liviana moneda… Mirad qué rastro queda en vuestra ánima de la visión o consolación, o espiritual sentimiento; y si os veis quedar más humilde y avergonzada de vuestras faltas, y con mayor reverencia y temblor de la infinita grandeza de Dios, y no tenéis deseos livianos de comunicar con otras personas aquello que os ha acaecido, ni tampoco os ocupáis mucho en mirarlo o hacer caso de ello, mas lo echáis en olvido, como cosa que puede traer alguna estima de vos; y, si alguna vez os viene a la memoria, os humilláis, y os maravilláis de la gran misericordia de Dios, que a cosas tan viles hace tantas mercedes; y sentís vuestro corazón tan sosegado, y más, en el propio conocimiento, como antes que aquello os viniere estabas; alguna señal tiene de ser de Dios, pues es conforme a la enseñanza y verdad cristiana, que es que el hombre se abaje y desprecie en sus propios ojos; y de los bienes que de Dios recibe, se conozca por más obligado y avergonzado, atribuyendo toda la gloria a Aquel de cuya mano viene todo lo bueno. Y con esto concuerda San Gregorio, diciendo: ‘El ánima que es llena del divino entendimiento, tiene sus ciertísimas señales, conviene a saber, verdad y humildad’. Las cuales entrambas, si perfectamente en un ánima se juntaren, es cosa notoria que dan testimonio de la presencia del Espíritu Santo”.

Obsérvese la prudencia del santo, que no dice que “sea de Dios”, sino tan solo que “alguna señal” del origen divino parece tener. ¡Qué distinto de la facilidad con que sentencia el hombre superficial y el crédulo!

4º Señales del diablo: deseo de divulgarlo, juicio propio, orgullo. Sigue el santo: “Mas, cuando es engaño del demonio, es muy al revés; porque, o al principio o al cabo de la revelación o consolación, se siente el alma liviana y deseosa de hablar lo que siente, y con alguna estima de sí y de su propio juicio, pensando que ha de hacer Dios grandes cosas en ella y por ella. Y no tiene gana de pensar sus defectos, ni de ser reprendida de otros; mas todo su hecho es hablar y revolver en su memoria aquella cosa que tiene, y de ella querría que hablasen los otros. Cuando estas señales, y otras, que demuestran liviandad de corazón, viereis, pronunciarse puede sin duda ninguna que anda por allí espíritu del demonio”.

5º Desconfianza: “Y de ninguna cosa que en vos acaezca, por buena que os parezca, ora sean lágrimas, ora sea consuelo, ahora sea conocimiento de cosas de Dios, y aunque sea ser subida hasta el tercero cielo, si vuestra ánima no queda con profunda humildad, no os fiéis de cosa ninguna que recibáis; porque mientras más alta es, más peligrosa es, y haceros ha de dar mayor caída (…) La suma, pues, de todo esto sea que tengáis cuenta de los efectos que estas cosas obran en vos, no para ser vos juez de ellas, sino para informar a quien os ha de aconsejar, y vos tomar su consejo”[30][31]

Conclusión

Jesucristo a cada uno de nosotros nos ha dado talentos. A algunos uno, a otros cinco, a otros diez[32]… sin embargo, no se nos pedirá cuenta en la otra vida de cuántos talentos hayamos recibido sino de cuánto y cómo los hicimos fructificar en nuestro paso por la tierra, ayudados de Dios y movidos por su caridad, porque como dice san Juan de la Cruz: “en el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor”. Por lo tanto, Dios mismo, Autor de nuestros dones, es quien nos llena de esperanza al ofrecernos la oportunidad constante de fructificar mediante la gracia santificante: no existe absolutamente nadie, por pocos que sean los dones que crea haber recibido (puesto que siempre son muchos), que no posea los dones suficientes para alcanzar la santidad ya que ésta consiste no en otra cosa que en la práctica de la caridad, vínculo de unión con Dios y con el prójimo. Querer poseer lo que Dios no nos ha dado es, de alguna manera, querer juzgar a Dios; en cambio agradecer constantemente los dones que nos ha dado y hacerlos fructificar es el camino más seguro para caminar con total seguridad de la mano del Espíritu de Dios, Autor de toda gracia, de toda esperanza, y de nuestra salvación.

Que sea Él quien nos conceda cuanto quiera en beneficio de nuestras almas y de la gloria de Dios, y que nos prive también de todo aquello que no contribuya a esta gran obra.

Todo el que tiene el don de la caridad, percibe además otros dones. Mas el que no tiene el don de la caridad, pierde aun aquellos dones que parecía haber percibido. De ahí que sea necesario, hermanos míos, que en todas vuestras acciones tratéis de conservar la caridad” (San Gregorio Magno).

[1]  Casiano, Colaciones, 4

[2] Cf. Santo Tomás de Aquino: “El don de lenguas”, S. Th. II-II Q.176, a2

[3] 1Co 14,27-28 “Si se habla en lenguas, que hablen dos, o a lo más, tres, y por turno; y que haya un intérprete. Si no hay quien interprete, guárdese silencio en la asamblea; hable cada cual consigo mismo y con Dios”.

[4] Miguel Fuentes, El teólogo responde III, Ediciones del Verbo Encarnado, san Rafael (Mendoza) Argentina, año 2005. Pág. 364

[5] Cf. Jn 16,13  Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os explicará lo que ha de venir.

[6] Gén 11,1-9

[7] Cf. 1Jn 4,6  Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha, el que no es de Dios no nos escucha. En esto reconocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error.

[8] Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, La Bac., 9ª Ed., nº 761, pág. 896

[9] Santo Tomás de Aquino, S. Th. II-II q.177, a. 1

[10] 1 Cor 4,7

[11] Mt 7,20

[12] Recomendamos leer el artículo de santo Tomás de Aquino: S. Th. II-II q.176 “El don de lenguas”.

[13] Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, La Bac., 9ª Ed., nº 760, pág. 895

[14] Cf. 1 Cor 13

[15] Pro 16,22  La sensatez es fuente de vida para el que la posee,  la necedad es el castigo del necio.

[16] 1Jn 3,10

[17]   Miguel Fuentes, El teólogo responde III, Ediciones del Verbo Encarnado, san Rafael (Mendoza) Argentina, año 2005. Pág. 365

[18] No nos detendremos aquí a exponer los demás grados de oración que bien trata la teología puesto que no viene al caso según nuestro propósito en este artículo. De todas maneras recomendamos a quienes quisieran más información acerca de ellos al P. Royo Marín en su libro Teología de la perfección cristiana, ya citado en este trabajo.

[19] Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, La Bac., 9ª Ed., nº 760, pág. 653

[20] Ídem.

[21] Cf. Lc 6,45

[22] Cf. Os 2,16

[23] Cf. Santo Tomás de Aquino; S. Th. II-II q.83, a.13

[24] Royo Marín, Teología de la perfección cristiana: Pero al menos es indispensable la virtual, que se ha puesto intensamente al principio de la oración y sigue influyendo en toda ella a pesar de las distracciones involuntarias que puedan sobrevenir. Si la distracción es plenamente voluntaria, constituye un verdadero pecado de irreverencia, que, según el Doctor Angélico, impide el fruto de la oración (83,13 ad 3).

[25] Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, La Bac., 9ª Ed., nº 760, pág. 655

[26] Cf. Lc 1,52; Stgo 4,6; 1Pe 5,5

[27] Cf. Sal 141,2

[28] Jn 8,44  “… Éste era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.”

[29] Miguel Fuentes, El teólogo responde III, Ediciones del Verbo Encarnado, san Rafael (Mendoza) Argentina, año 2005. Pág. 365

[30] San Juan de Avila, Audi, filia, 52.

[31] Miguel Fuentes, Santidad, superchería y acción diabólica, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael (Mendoza) Argentina – Año 2011. Pág 102

[32] Cf. Mt 25, 14-30

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