Nuestra actitud ante la Cruz

Una consideración siempre actual

P. Jason Jorquera M., IVE.
Es sabido que, en la vida espiritual, las cruces se vuelven estériles cuando “nos las fabricamos a medida”, o cuando hacemos una “minuciosa selección de ellas”; porque naturalmente la cruz repugna, porque es difícil, porque cuesta; y luego del pecado nuestros corazones tomaron la decisión de inclinarse más bien a lo fácil, cómodo y deleitable. Pero cuando renunciamos de verdad a ser nosotros los fabricantes de nuestras cruces y dejamos que sea Dios el artesano, y aceptamos las cruces que Él nos envía o permite que padezcamos, entonces y sólo entonces comienza el mérito y el progreso espiritual…, allí arranca la santidad, nuestra santidad.
La humanidad actual es “culturalmente contraria a la cruz de Cristo”, como hace más o menos 2000 años atrás, en que aquel signo y distintivo de los discípulos del Redentor, no era más que señal de humillación y desprecio. Pero como sabemos también, cuando se cumplió el tiempo… el Hijo de Dios decidió encarnarse (Cf. Gál 4,4) y hacer nuevas todas las cosas (Cf. Ap 21,5); cambiarles a unas el sentido y a otras darles un sentido, y esto es exactamente lo que pasa con la cruz: de señal de ignominia se convirtió en signo de amor, de redención, de seguimiento de la Verdad… pero el problema, aun actual, es que este sentido sólo se ve, se entiende, y se puede sobrellevar con la mirada sobrenatural de la fe. Y por esta razón, es que quienes viven sin fe, y peor aún, quienes la rechazan, no pueden ver más que el peso, el dolor y la dificultad de llevar la cruz.
El espíritu mundano, que hunde sus raíces en todo lo que pueda hacer más terrenas y menos espirituales a las almas, por fuerza ha de ser contrario a la Cruz, porque la cruz que abre sus brazos a la humanidad también se forma con un madero vertical que desde la tierra sube al Cielo en busca de que allá pongan los corazones su mirada; y entonces este espíritu mundano, antagonista de la cruz, pugnará hasta el fin de los tiempos para echarla fuera, quitándola de su vista, de los muros, las calles, las escuelas, etc.; para arrancarla finalmente de los frívolos corazones, y haciendo lo posible para que su sentido sobrenatural -el que el Hijo de Dios le dio-, se pierda poco a poco y se convierta en reproche y desprecio… como antes. Pero como la cruz es salvación, y si bien comienza aquí pero termina en el Cielo, Dios mismo se encarga de enviar o permitir que el instrumento salvífico en que su Amor por nosotros se quedó clavado, extienda sus brazos sobre nosotros y sobre toda la humanidad, recordándonos que no es el fin sino el principio de la eternidad; que “después del Viernes Santo viene el Domingo de Resurrección” (San Alberto Hurtado); que después de la tormenta viene la calma, y que mientras mayor sea la prueba más grande será el premio.
Cuando la cruz nos es dada, y no hemos sido nosotros los artesanos, sólo podemos: o rechazarla con amargura y desconsuelo; o aferrarnos a ella fuertemente y ofrecerla a Dios, quien tiene sus propios designios salvíficos para las almas, y conoce mejor que nadie los bienes espirituales que más nos convienen.
Hubo un viernes en que los de espíritu mundano abandonaron el Gólgota, porque allí estaba la cruz y en ella el Crucificado. Pero también hubieron almas fieles que, en medio del profundo dolor de la cruz, permanecieron firmes junto al Dios-Amor que pendía de ella; porque sabían que allí en la cruz no terminaba todo, sino que era el comienzo de la redención, y por eso “la abrazaron” con santo abandono y ofrecieron su dolor al Altísimo acompañando hasta el final a quien más sufrió en la cruz. Ese viernes nacía el “amor hasta las últimas consecuencias”, y junto con él el Reino de los Cielos. Por eso ese viernes se llama santo.
No nos corresponde pedirle cuentas a Dios de nuestras cruces, pues no todas las quiere, sino sólo las que nos sirven, las que nos acercan a Él, nos asemejan a su Hijo y hermosean nuestras almas; las demás simplemente las permite porque a tal punto nos ama que respeta nuestra libertad aun cuando en vez de invertirla en su gloria la empleemos en el mal. Pero la decisión ante la cruz (o las cruces de nuestra vida), siempre dependerá de nosotros: o la abrazamos o la rechazamos; o santo abandono o tedioso reproche; o dolor confiado o desesperación…
Cuando la cruz se cierne sobre nosotros, no debemos prestar atención tanto a su peso y sus astillas, cuanto a Aquel que está unido inseparablemente a ella, porque es Él quien nos ha enseñado a llevarla tal como corresponde: a veces con gran dolor, pero siempre trazando un surco en dirección al Reino de los Cielos, preparado para los que con Él sepan crucificarse, padecer y ofrecer su sufrimiento, para gloria de Dios y salvación de las almas.
[…] recemos y ofrezcamos nuestras cruces con santo abandono, y dejemos las respuestas para cuando el Hijo de Dios venga en su gloria “a buscar a los benditos de su Padre” (Cf. Mt 25, 34), es decir, aquellos que, abrazando la cruz, pidan constantemente la gracia de perseverar hasta el final.

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