San Juan Bautista
Una misión y una lección de humildad
San Juan Bautista es una de esas figuras que cautivan. Y cómo no, si es “el mayor de los nacidos de mujer”, en palabras de nuestro Señor. Cautiva por su especial vocación de penitencia y preparación del pueblo, por ser el elegido para señalar literalmente al Cordero de Dios, y luego dar un paso atrás y desaparecer… y esto es lo que, personalmente, creo que resulta tan llamativamente misterioso. ¿Por qué san Juan Bautista no fue uno de los apóstoles?, es decir, ¿acaso lo podríamos imaginar negando, traicionando, y huyendo lejos del Maestro?; ¿acaso no hubiera sido el más atento de los oyentes de las enseñanzas de Jesús?; ¿podríamos pensar siquiera que no hubiera comprendido mejor que nadie la importancia de la curación del alma antes que la del cuerpo, siendo él el gran anunciador de la llegada del Mesías?; sí, es cierto que todo lo escrito sobre Jesús debía cumplirse y él, con todo el dolor de su corazón, no se hubiera podido oponer a la partida cruel del Hijo de Dios hacia el Calvario para poder obrar así nuestra redención, pues sabía bien quién era Jesús. Y es por eso también que el Precursor es una figura única, “exclusividad de Dios”, con una de las misiones más grandes de todas, y, sin embargo, pese a todas las posibles conveniencias de haberse quedado con Jesús durante su ministerio público, hizo solemne y devota renuncia a todo esto y fue absolutamente fiel a lo que Dios le había encomendado: preparar el camino del Señor, disponiendo a las almas, exhortando a la penitencia y luego apagándose como la gran antorcha que fue, para dar paso “al Sol que nace de lo alto” y llegaba a iluminar con su vida, su doctrina, su muerte y su resurrección, al mundo entero, ofreciendo eternidad a todo aquel que se ponga al resguardo de su verdad y salvación. Y Juan, el austero y humildísimo Precursor, se alegró de la llegada del Salvador de quien no se consideraba digno siquiera de desatar sus sandalias, razón por la cual merecería recibirlo luego glorioso al entrar en la eternidad.
Es así como san Juan Bautista cumplía humildemente su misión, y tan bien, que completó su vida con aquel honor sublime del martirio, dejando en este mundo, sin embargo, sus obras y su ejemplo, del cual ahora nosotros podemos aprender muchísimo.
Mencionemos en este punto algunos para considerar en este tercer Domingo de adviento.
Su humildad
Dice Beaudenom: “Si hay ambientes que comunican la impresión superficial de la humildad, hay, también, temperamentos que forjan la ilusión de la misma. Son aquellos en los que señorea la imaginación (…) Existen almas [que]… admiran esta virtud, la desean, la aman y celebran su hermosura. Pero consideran como adquirida una virtud que sólo existe en su imaginación. Viven un ensueño de humildad. La sacudida de una humillación concreta y sensible las arranca de ese ensueño, y tornan en su amor propio.” Pero san Juan Bautista no era así: su humildad era totalmente genuina. No buscaba ni los honores ni los aplausos ni la fama de la que por fuerza comenzó a ser adornado, lo cual vemos claramente en que siempre se mantuvo austero y no se permitió ni gozos ni placeres a modo siquiera de cierta recompensa, por el contrario, “Juan usaba un manto hecho de pelo de camello y que se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre”, manera de vivir nada fácil ni ostentosa. Además, la autenticidad de su humildad se deja ver en lo diametralmente opuesto al espíritu que hoy en día más que nunca reina en los corazones superficiales: el deseo de fama, aplausos y reconocimiento; pues el precursor predicaba una doctrina completamente diferente, “proclamaba el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados”, ocupándose de la recompensa del Cielo y no de los fugaces goces de esta tierra; en otras palabras, de ganarse la mirada bondadosa de Dios y no los aplausos de los hombres que nada suman para eternidad. San Juan Bautista fue realmente humilde, y tanto que -como hemos citado arriba-, Jesucristo lo mencionó como el más grande de los nacidos, y la grandeza de la que habla Jesucristo como bien sabemos consiste en la pequeñez, la simplicidad, la pureza del corazón que sabe reconocer perfectamente cuál es su lugar respecto a Dios y respecto a los demás, siempre con alegría y entusiasmo sobrenaturales.
Su fidelidad
Fidelidad significa lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona, y habla de honestidad, nobleza, confianza, franqueza. ¿A qué fue fiel el Precursor?, pues al plan de Dios en donde él tenía una misión única, la de prepararle el camino al Mesías esperado y señalarlo a los demás, encomienda cumplida fielmente y de la manera más perfecta, pues como bien sabemos, el que dice vuelve vana su predicación, le quita fuerza al mensaje y arriesga hacerlo perecer; en cambio el bautista perfumó cada palabra salida de sus labios con el ejemplo de una vida totalmente mortificada, llenando de autoridad su mensaje penitencial para disponerse a la llegada del Ungido de Dios que ya se encontraba en este mundo preparando la redención en el silencio y sencillez de Nazaret. Y el bautista siempre fiel a Dios, a lo correcto, a la verdad, perseveró hasta el final sin importarle la sentencia de los hombres, sino manteniéndose siempre leal a aquel Espíritu Divino que lo había enviado a predicar en el desierto y que lo había invadido desde el vientre de su madre, haciéndolo saltar de alegría aun antes de nacer ante la primera visita que le hiciera el Salvador en el seno de la Virgen, alegría que le habrá hecho saltar el corazón al reencontrase nuevamente con Él a las orillas del Jordán. Fidelidad hasta dar la vida por la verdad, enseñanza imperecedera que nos dejó el Precursor al coronar su paso definitivo de este mundo hacia la gloria.
Su santa aceptación de la voluntad de Dios
Es cierto que san Juan Bautista estaba lleno del Espíritu Santo y, por lo tanto, su docilidad a Él es absoluta e innegable. Aun así, me atrevería a pensar que su corazón tan noble y tan delicado, habrá sentido un gran deseo de acompañar a Jesús, de seguirlo y escucharlo predicar, de tener profundas conversaciones o simplemente contemplarlo…, pero no era ese el designio divino, sino que debía renunciar incluso a esa maravillosa recompensa terrena para conquistar con diligencia el Cielo. Su misión, su simple, maravillosa e ilustre misión, era testimoniar la luz de la Verdad: Jesucristo, el Mesías esperado, ya había llegado y se encontraba entre los hombres inaugurando para ellos la entrada al Reino de los Cielos. Y san Juan lo aceptó con alegría y santa resignación.
“Yo soy la voz que clama en el desierto…”, dijo de sí mismo san Juan, una voz que anunciaba la venida de la Palabra de Dios encarnada, aceptando lleno de gozo lo que Dios le había encomendado, preparándole el camino al Señor: “El camino del Señor es enderezado hacia el corazón cuando se oye con humildad la palabra de la verdad. El camino del Señor es enderezado al corazón cuando se prepara la vida al cumplimiento de su ley.” (San Gregorio)
Repitamos una vez más en este día la gran enseñanza que nos ha dejado el Precursor del Señor: también nosotros debemos ser precursores de Jesucristo, yendo adelante con nuestros buenos ejemplos, nuestro amor y fidelidad a la voluntad de Dios, nuestro cumplimiento de la misión que Dios nos ha encomendado; sea como laico o consagrado; en la Iglesia, el trabajo, la familia o donde sea, pues en esta fidelidad nos jugamos la entrada al Reino de los Cielos en la otra vida, y la dicha eterna comenzada por la gracia en esta vida terrena.
Que María santísima, nuestra tierna madre del Cielo, nos alcance de su Hijo esta gracia.
P. Jason, IVE.
Madre de la divina gracia
“Fue María la dulce depositaria de la gracia”
P. Gustavo Pascual
No aparece explícitamente en las Sagradas Escrituras que María sea Madre de la Divina Gracia, pero es fácil deducirlo:
Si Jesús es Hijo de María[1],Y Jesús se presenta muchas veces como fuente de todas las gracias y también como la Divina Gracia:
“De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia”[2].
“Él te habría dado agua viva […] El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”[3].
“Para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia”[4].
Luego, María es Madre de la Divina Gracia.
Dice San Agustín que: “María alimentaba a Jesús con su leche virginal, y Jesús alimentaba a María con la gracia celestial. María envolvía a Jesús en el pesebre y Jesús preparaba a María una mesa celestial”.
Y San Bernardo: “Completamente envuelta por el sol como por una vestidura, ¡cuán familiar eres a Dios, señora, ¡cuánto has merecido estar cerca de Él, en su intimidad, cuanta gracia has encontrado en El! Él permanece en Ti y Tú en Él; Tú le revistes a Él y eres a la vez revestida por Él. Lo revistes con la sustancia de la carne, y Él te reviste con la gloria de su majestad. Revistes al sol con una nube y Tu misma eres revestida por el sol”[5].
El culmen de la revelación de Cristo como la Divina Gracia se encuentra en la parábola de la Vid y los sarmientos[6]. Dios Padre (el Viñador) plantó una Vid. La Vid es Cristo que fue plantado por el Padre en la encarnación, haciéndose tierra, hombre, sin dejar de ser Dios. Esa Vid tiene muchos sarmientos que son los hombres, unos dan fruto y otros no. Los que dan frutos son los que además de estar unidos por la fe con Cristo, traducen la fe en obras. Estos son los podados con pruebas, tribulaciones, noches, sequedades… para que den más frutos. Los que no llevan frutos sólo se quedaron con la fe del bautismo, pero por su pecado perdieron la gracia bautismal y nunca la recuperaron, por lo cual, además de no llevar frutos se secaron. Estos serán cortados y arrojados al fuego.
El Padre quiso plantar una Vid para que los hombres unidos a ella, la fuente de todas las gracias, sean alimentados por su misma sabia y glorifiquen a Dios en unidad de amor.
Separados de Cristo, la Vid verdadera, nada puede hacer el hombre. Sus buenas obras por más que sean grandísimas, no le servirán de nada porque les faltará la forma que les da la caridad, la cual se pierde con la gracia, es decir, con la unión a Cristo. Dice San Agustín “Porque aquel que opina que puede dar fruto por sí mismo, ciertamente no está en la vid: el que no está en la vid no está en Cristo, y el que no está en Cristo no es cristiano”[7].
Por eso, el cristiano debe unirse a la Vid verdadera, debe beber la sabia del costado abierto de la Vid, de lo contrario, padecerá siempre sed: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva”[8].
María es Madre de la Divina Gracia, Jesucristo. Porque Cristo no sólo es la fuente de este germen del cielo, sino que es la Divina Gracia que el Padre celestial entregó a la humanidad por pura misericordia y amor. Divina Gracia por ser divina su persona y también porque abrió las puertas del cielo por su muerte y resurrección.
Fue María la dulce depositaria de aquella Gracia que por ser divina tiene el poder de divinizar al que la recibe. Por eso María Madre amantísima te pedimos nunca dejes de dar a luz en nuestra alma, como lo hiciste en el pesebre de Belén, a Cristo la Divina Gracia.
[1] Mt 1, 18
[2] Jn 1, 16
[3] Jn. 4, 10.14
[4] Ef 1, 6-8
[5] Royo Marín, La Virgen María…, 265-66
[6] Cf. Jn 15, 1-11
[7] Catena Aurea, Juan (V), Cursos de Cultura Católica Buenos Aires 1948, 350
[8] Jn 7, 37-38
El tesoro de la cruz
Homilía para consagrados en el día de san Juan de la Cruz
Celebramos en este día a san Juan de la Cruz, una de aquellas almas puras y selectas que con su vida y sus escritos vinieron a iluminar la vida espiritual de todas las almas que con sinceridad deseen caminar hacia la unión con Dios… y dentro de este grupo de almas tenemos que estar -por fuerza-, nosotros los consagrados, los que aceptamos dedicar la vida al servicio de Dios muriendo a diario a nosotros mismos; y esta noble determinación no debe irse apagando con los años de vida religiosa, sino todo lo contrario, debe irse encendiendo conforme se hace más profunda nuestra entrega y nuestro amor a Dios.
Todo consagrado debe velar por las almas que la Divina Providencia pone en su camino para ayudarlas a llegar a Dios; pero sin descuidar jamás la propia alma, lo cual ocurre -tristemente-, cuando el apostolado se desordena, llevando a descuidar la propia vida espiritual, es decir, cuando se vuelve más importante que el mismo trato con Dios; y el alma se preocupa más de agradar a los demás que a su Señor. Y si esto llegase a ocurrir -como sabemos-, probablemente la vida espiritual habrá desaparecido… o al menos estará en agonía. En cambio, cuando el alma se dedica con amor y constancia a Dios, Él mismo se encargará de todo lo demás, santificando al alma generosa; porque, en definitiva, si el alma se dedica a buscar la gloria de Dios, Dios dedicará sus cuidados y abundantes gracias a esa alma.
Dedicarse a Dios implica amar, morir a sí mismo, renunciar, sacrificarse y aprender a sufrir con generosidad; para lo cual es clave adentrarse en los misterios de Cristo y a partir de ahí, vivir una “ascesis intensa”, es decir, todo lo que acabamos de decir pero con una generosidad realmente grande, totalmente opuesta a la pequeñez de la mediocridad, y completamente fundamentada en el santo deseo de corresponder al amor Divino; obligando al alma a disponerse a las necesarias purificaciones para adentrarse en la intimidad con Dios a la que todos están invitados, pero son pocos los que llegan, “Porque -como dice san Juan de la Cruz- aún a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.”
San Juan de la Cruz es sumamente claro: debemos primero padecer mucho para entrar a una intimidad más exclusiva con Dios; debemos pasar por contrariedades, por incomprensiones, por injusticias, por grandes dolores y sufrimientos que no son más que la manera más perfecta y divina que nuestro buen Dios ha elegido para purificarnos y hacernos más dignos de Él ante sus ojos (…¡más dignos de Dios!). En otras palabras, renunciar a todos estos sufrimientos y despreciar la cruz no es más que la elección de no querer llegar a la cercanía y santidad que nos ofrece nuestro Padre celestial, lo cual es una total locura a los ojos de la fe, del amor de Dios y de los muchos ejemplos que los grandes santos místicos nos dejaron. En cambio, renunciar a los placeres, a los deleites, gozos, aplausos, honores, etc.; renunciar a cometer cualquier pecado deliberado y cualquier posible acto de egoísmo en nuestras vidas, movidos por el solo amor de Dios; es elección segura del camino que conduce al corazón del mismo Dios, que desea comenzar en esta vida nuestra purificación, pero que no lo hará mientras nosotros no nos determinemos a darnos enteramente a Él… pero si somos coherentes y consecuentes con nuestra consagración, ciertamente iremos por el camino correcto; y el adelantar más o menos rápido, dependerá (de nuestra parte), de la generosidad de nuestra entrega -como hemos dicho-, según sea nuestro amor a Dios.
Justamente, lleno de amor a su Creador y Padre celestial, exclamaba nuestro santo: “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”
Este mismo Dios de amor, en la persona del Hijo, le ha dicho a cada uno de sus elegidos -a nosotros-, y les repetirá hasta el fin de los tiempos: “si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”… no habla de pausas, no habla de descansos, simplemente de cruz y seguimiento en esta vida; los cuales como sabemos, darán el hermoso fruto no tan sólo de la salvación, sino de la exclusividad y gloria especial reservada a los que entran en la eternidad con la impronta de haberse dedicado en esta a vida a ser trigo que muere amando a Dios, con la alegría de la cruz que sólo los corazones generosos saben descubrir.
Pedimos por intercesión de María santísima y de san Juan de la Cruz, la gracia de vivir nuestra consagración como escribía el santo en su conocido y profundo Cántico espiritual:
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
P. Jason, IVE.
Madre de la Iglesia
“Virgen íntegra por la fe, la Iglesia imita su fidelidad al Esposo, Cristo Jesús”
P. Gustavo Pascual, IVE.
Las referencias bíblicas de este título son las usadas por la liturgia en las Misas en honor de la Virgen María imagen y madre de la Iglesia[1].
“La Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cfr. 2 P 3, 10), brilla ante el Pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo”[2].
“María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): ‘La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es la virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo’ (LG 64)”[3].
“Madre de la Iglesia […] este título nos permite penetrar en todo el misterio de María, desde el momento de la Inmaculada Concepción, a través de la Anunciación, la Visitación y el Nacimiento de Jesús en Belén, hasta el Calvario. Él nos permite a todos nosotros encontrarnos de nuevo […] en el Cenáculo donde los Apóstoles junto con María, Madre de Jesús, perseverando en oración, esperando, después de la Ascensión del Señor, el cumplimiento de la promesa, es decir, la venida del Espíritu Santo, para que pueda nacer la Iglesia”[4].
“¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia! Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y la Madre de los redimidos”[5].
La Virgen como Madre de la Iglesia ha sido tratado en el capítulo ocho de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, cuyo título es “La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.
El día 21 de noviembre de 1964, en la homilía de la solemne Misa con que se clausuraba la IIIª sesión del Concilio Vaticano II, Pablo VI declaró a “María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de los fieles como de los Pastores, quienes la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”[6].
Desde ese momento muchas Iglesias locales y familias religiosas comenzaron a venerar a la Bienaventurada Virgen bajo el título de “Madre de la Iglesia”. Y en el año 1974, para fomentar las celebraciones del Año Santo de la Reconciliación se compuso una misa que, poco después, fue incorporada a la edición típica del Misal Romano, entre las misas de la Bienaventurada Virgen María.
Podemos contemplar los múltiples vínculos con que la Iglesia está unida a la Bienaventurada Virgen y, especialmente, su oficio maternal en la Iglesia y a favor de la Iglesia.
Cuatro momentos cumbres de la relación María-Iglesia:
La encarnación del Verbo, en la cual la Virgen María acogiendo con un corazón sin mancha al Hijo de Dios mereció concebir en su seno virginal y dando a luz al fundador, animó los orígenes de la Iglesia.
La pasión de Cristo, porque el Unigénito de Dios, clavado en la cruz, constituyó a la Virgen María, su Madre, como Madre nuestra.
Pentecostés, en la cual la Madre del Señor uniendo sus plegarias a las súplicas de los discípulos sobresale cual modelo de la Iglesia orante.
La asunción de la Virgen, porque Santa María elevada a la gloria de los cielos, sigue de cerca, con amor maternal a la Iglesia peregrina y cuida benigna, sus pasos hacia la patria, hasta que llegue el día glorioso del Señor.
María es modelo de virtudes para la Iglesia:
De caridad; por lo que los fieles piden: “concede a tu Iglesia que sumisa como ella al mandamiento del amor brille ante todas las naciones como sacramento de tu predilección”.
De fe y de esperanza; por ello los fieles ruegan que la Iglesia al contemplar continuamente a la Virgen Bienaventurada arda por el celo de la fe y sea fortalecida por la esperanza de la gloria futura.
De profunda humildad; nos has dejado en la Bienaventurada Virgen María el modelo de la más profunda humildad.
De perseverancia y de oración común; pues los apóstoles y los primeros discípulos perseveraban en la oración, con María la Madre de Jesús[7] y con los apóstoles oraba en común.
De culto espiritual; se ofrece a tu Iglesia como modelo de culto espiritual, por el que debemos ofrecernos a nosotros mismos como hostia santa y agradable en tu presencia[8] .
De auténtico culto litúrgico; la Madre de Jesús -como advierte Pablo VI- aparece como ejemplo de la actividad espiritual con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios (MC 16); porque María es la Virgen oyente, la Virgen orante, la Virgen Madre, la Virgen actuante (Cf. MC 16-21), la Virgen vigilante que espera sin vacilar la resurrección de su Hijo. En una palabra, María es ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del culto divino (MC 21).
La Iglesia contempla a María como imagen profética de su peregrinación terrena hacia la gloria futura del cielo (Cf. SC 103).
La Virgen María espejo sin mancha de la majestad de Dios[9] se ofrece a los ojos de la Iglesia como la imagen más pura de la discípula perfecta en el seguimiento de Cristo, para que fijos sus ojos en ella, siga fielmente a Cristo y se conforme a su imagen; Virgen íntegra por la fe, la Iglesia imita su fidelidad al Esposo, Cristo Jesús (Cf. LG 64); esposa fiel que acompañó a su Hijo durante toda la vida y en quien la Iglesia contempla más a fondo el misterio de la Encarnación (Cf. LG 65) y Reina gloriosa llena de virtudes en quien la Iglesia ve el reflejo de su gloria futura (Cf. SC 103)[10].
[1] Gn 3, 9-15.20; Hch 1, 12-14; Ap 21, 1-5a; Jn 2, 1-11; 19, 25-27; Lc 1, 26-38. Cf. Colección de misas de la bienaventurada Virgen María…
[2] Vaticano II, Documentos Conciliares, Constitución Dogmática Lumen Gentium nº 68, Paulinas Buenos Aires 1981, 89. En adelante L.G.
[3] Cat. Igl. Cat. nº 507…, 119.
[4] Juan Pablo II en Polonia, Paulinas, Buenos Aires 1980, 64
[5] Juan Pablo II, Vino y enseñó, Conferencia Episcopal Argentina, of. del libro Buenos Aires 1987, 152
[6] Acción Católica Española, Colección de Encíclicas y documentos pontificios [Concilio Vaticano II], t. II, Publicaciones de la Junta Nacional Madrid 19677, 2981.
[7] Cf. Hch 1, 12-14
[8] Cf. Rm 12, 1
[9] Cf. Sb 7, 26
[10] He seguido en esta última parte a Colección de misas de la bienaventurada Virgen María…, 98-107. Resumo usando sus mismas palabras.
Jesús se fija en los detalles
“Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos…”
Leyendo nuevamente aquel hermoso pasaje del Evangelio que nos narra la fugaz historia de la viuda pobre que echó sus dos únicas moneditas en la ofrenda del templo, no podemos no admirar a esta alma buena cuyo nombre desconocemos y cuya grandeza de alma pasó desapercibida para la gran mayoría de los presentes… mas no para Jesús, nuestro buen Dios con corazón de hombre, que quiso compartir “el hermoso secreto de la viuda” que en aquel momento también el Padre celestial observaba con agrado. Personalmente, esta maravillosa pincelada que se quedó como escondida dentro del inmenso lienzo de la vida pública de nuestro Señor, siempre me dejó una entusiasta curiosidad respecto a esta buena mujer; es decir, el Sagrado Corazón que veía lo que los demás no, es el mismo que se compadece ante las miserias de la humanidad y que sabe bien recompensar la fe de los pequeños, los humildes y sencillos, predilectos de Dios por sus necesidades; es así que espontáneamente surge la pregunta sobre ¿cómo se habrá preocupado Dios por asistir a esta alma ejemplar que le ofrecía todo lo que tenía con absoluta confianza? …Sólo Dios lo sabe. Pero volvamos a nuestro Señor.
A Jesucristo, como hemos dicho, no se le pasa por alto ninguna de nuestras acciones; cada una de ellas recae bajo su mirada sublime, profunda, que ve y sopesa nuestras obras con exactitud; es por eso que nos confesamos, por ejemplo, para que nos perdone aquello que Él bien conoce y espera que nosotros reconozcamos con total sinceridad y arrepentimiento: Jesús contempla nuestra historia en su totalidad, con todas las veces en que le hemos fallado, con cada infidelidad a su bondad alzando la mano en alto, con cada propósito incumplido, cada falta no corregida, cada pecado cometido y no detestado, etc., y si la conciencia de esta realidad me lleva a la verdadera compunción pues bendito sea Dios, que ilumina al pecador que desea realmente enmendarse y comenzar a tejer junto con su gran Perdonador una nueva historia, que a través del amor y la purificación se dedica a buscar la gloria que a este buen Dios le debe tributar. Y exactamente en este punto debemos repetir y considerar un nuevo aspecto sobre el título de esta sencilla reflexión: “Jesucristo se fija en los detalles”, pero ¿a qué detalles nos referimos?, pues a aquellos detalles que al igual que las dos moneditas de la viuda ejemplar, parecen pequeñeces que para otros podrían no tener importancia, pero no es así para Dios; esos que los intereses mundanos dejan pasar desapercibidos mientras los intereses divinos los aprecian y dejan bien agendados sobre la balanza de la expiación y de los méritos para la eternidad, es decir, esos pequeños detalles que en realidad no son pequeños porque son capaces de ir forjando la grandeza, como ese mal pensamiento rechazado con gran esfuerzo para que no pueda llegar a asentarse con comodidad en nuestro corazón; esos pequeños sacrificios con que “negociamos” para adquirir las virtudes de las cuales carecemos o estamos flacos; esa lengua refrenada para no dañar a mis hermanos; esos perdones tácitos ante las ofensas recibidas que se visten de caridad, de concordia y oración por quienes nos han herido; esos dolores secretos por el bien que no terminamos de hacer a causa de la debilidad de nuestra voluntad; esas lágrimas calladas ante la necesidad; esas espinas que no se pueden quitar mientras veamos alejados de Dios a quienes más amamos y las plegarias prolongadas que miran con confianza, sí, los frutos de la fe, pero desde lejos y apoyadas a veces en las partes más oscuras de la fe… o hasta el santo sufrimiento por no darle a Dios la gloria que le corresponde.
Todos estos “detalles que parecen tristes”, sin embargo, no lo son, ¡por supuesto que no!; porque Jesucristo los conoce, los valora y los mira siempre con tierna aprobación: nos deja en claro que sí importan, ¡que sí suman!, por pequeños que nos parezcan o que de alguna manera lo sean, pero que no deben dejar de hacerse.
Tal vez tengamos solamente dos moneditas para poner en la ofrenda, pero si lo ofrecemos todo eso vale más que los grandes sacrificios y grandes renuncias que otros tal vez podrán hacer con menos pobreza de espíritu y un amor a Dios más bien escaso: examinemos qué tenemos para darle a Dios aunque parezca poco -¡pero que jamás sean migajas, es decir, no las sobras de nuestro tiempo, las renuncias que no nos cuentan ni los “sacrificios sin sudores”!; tiremos rencores a la basura y corrijamos las malas decisiones; ofrezcamos los esfuerzos de nuestras flaquezas, esas pequeñas privaciones que nos cuestan y esos actos de virtudes que tal vez no resplandecen, pero que para nosotros son arduos de realizar, y que poco a poco se irán asentando y acrecentando. Jamás es poco el darlo todo, jamás es vano dar “nuestras dos moneditas” mientras las demos por amor a Dios, porque Él sabe apreciar mejor que nadie lo que encarecidamente le ofrecemos.
P. Jason, IVE.
Dios mío, enséñame a amar tu Cruz.
“Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti…”
San Rafael Arnáiz
Dios mío…, Dios mío, enséñame a amar tu Cruz. Enséñame a amar la absoluta soledad de todo y de todos. Comprendo, Señor, que es así como me quieres, que es así de la única manera que puedes doblegar a Ti este corazón tan lleno de mundo y tan ocupado en vanidades.
Así en la soledad en que me pones, me enseñarás la vanidad de todo, me hablarás Tú solo al corazón y mi alma se regocijará en Ti.
Pero sufro mucho, Señor…, cuando la tentación aprieta y Tú te escondes… ¡cómo pesan mis angustias!…
¡Silencio pides!… Señor, silencio te ofrezco.
¡Vida oculta!… Señor, sea la Trapa mi escondrijo.
¡Sacrificio!… Señor, ¿qué te diré?, todo por Ti lo di.
¡Renuncia!… Mi voluntad es tuya, Señor.
¿Qué queréis Señor, de mi?
¡¡Amor!! ¡Ah!, Señor, eso quisiera poseer a raudales. Quisiera, Señor, amarte como nadie… Quisiera, Jesús mío, morir abrasado en amor y en ansias de Ti. ¿Qué importa mi soledad entre los hombres? Bendito Jesús, cuanto más sufra…, más te amaré. Más feliz seré, cuanto mayor sea mi dolor. Mayor será mi consuelo, tanto más carezca de él. Cuanto más solo esté, mayor será tu ayuda.
Todo lo que Tú quieras seré.
Mi vida quisiera que fuera un solo acto de amor…, un suspiro prolongado de ansias de Ti.
Quisiera que mi pobre y enferma vida, fuera una llama en la que se fueran consumiendo por amor… todos los sacrificios, todos los dolores, todas las renuncias, todas las soledades.
Quisiera que tu vida, fuera mi única Regla
Que tu “amor eucarístico” mi único alimento.
Tu evangelio mi único estudio.
Tu amor, mi única razón de vivir..
¡Quisiera dejar de vivir si vivir pudiera sin amarte!
Quisiera morir de amor, ya que sólo de amor vivir no puedo.
Quisiera, Señor…, volverme loco… Es angustioso vivir así.
¡Es tan doloroso querer amarte y no poder! Es tan triste arrastrar por el suelo del mundo la materia que es cárcel del alma que sólo suspira por Ti… ¡Ah!, Señor, morir o vivir, lo que Tú quieras…, pero por amor
Ni yo mismo sé lo que digo, ni lo que quiero… Ni sé si sufro, ni si gozo…, ni sé lo que quiero ni lo que hago.
Ampárame, Virgen María… Sé mi luz en las tinieblas que me rodean. Guíame en este camino en que ando solo, guiado solamente por mi deseo de amar entrañablemente a tu Hijo.
No me dejes, Madre mía. Ya sé que nada soy y que nada valgo. Miseria y pecados…, eso es lo único, y lo mejor, que puedo alegar para que tú atiendas mi oración.
Señora, vine a la Trapa, dejando a los hombres, y con los hombres me encuentro. Ayúdame a seguir los consejos de la Imitación de Cristo, que me dice no busque nada en las criaturas y me refugie en el Corazón de Cristo.
Nada quiero que no sea Dios…, fuera de Él todo es vanidad.
Cosechando en familia
Desde la casa de santa Ana









Los que hemos dejado todo por seguir a Cristo, ¿hemos dejado todo por seguir a Cristo?
Reflexión dedicada a los consagrados
Sabemos bien que cada palabra, cada gesto, cada acción del Hijo de Dios encarnado pasando entre la humanidad, constituye una enseñanza. Jesucristo, nuestro Señor, es capaz de adoctrinarnos hasta con las actitudes de quienes lo rodean; tan sólo hay que saber mirar la escena desde la distancia correcta, con la disposición correcta, para contemplar y comprender qué es lo que nos está diciendo a través de cada uno de los detalles que jamás se dejan caer en las infecundas tierras del azar. Y una de estas escenas, de las más conocidas, es su encuentro con el denominado “joven rico” (Mc 10, 17-30), alma buena que cambió la posibilidad de la mayor dicha de su vida por la tristeza que entretejen los afectos mundanos cuando se interponen claramente entre las santas intenciones y los grandes sacrificios, que saben bien recompensar con esas gracias misteriosas que colman y rompen los diques de ciertas felicidades que construimos según nuestro corto entendimiento, como el seguimiento de Cristo pero desde cerca, desde la vereda de los elegidos para estar con Él y compartir la intimidad de su misión.
El joven rico se nos muestra como la representación de la otra esquina, la de los que no quisieron seguir a Jesús y, en contraste con sus fieles discípulos, “no lo dejaron todo para seguirlo” (Cf. Mc 10, 28); y el justo pago a su falta de generosidad fue la mencionada tristeza con la que se marchó: vino en busca del Maestro preguntando con sinceridad sobre la vida eterna; y Jesús le respondió, pero no el joven a Jesús, siendo que “una sola cosa le faltaba”…, por eso se marchó apenado, porque comprendió perfectamente -pues no habían metáforas ni interpretaciones de por medio-, pero no quiso soltar, no se quiso desprender; puso en la misma balanza sus quereres y el querer de Jesucristo para Él, pero -misterio siempre actual-, pesaron más en su corazón sus posesiones que los despojos fecundísimos que nos pide el Evangelio. Y de aquí la primera gran enseñanza general: el fruto de la buena voluntad que le pregunta a Dios qué es lo que debe hacer para darle gloria y ser feliz, pero que antepone a los designios divinos sus afectos desordenados, es la tristeza de saber que ha elegido lo incorrecto y la amargura de la incertidumbre sobre las gracias y bendiciones que su egoísmo no le permitirá conocer mientras no haya sido desterrado del alma, al menos no mientras el alma no se retracte de su mala decisión… y mientras no se le acabe el tiempo o las posibilidades de elegir bien. Esto es lo que eligen quienes son llamados por Dios y le dicen que no, y esto es lo que pasa cuando Dios nos pide ciertas renuncias para nuestro bien, para nuestra purificación, para poder comenzar a tejer sus designios de grandeza en nosotros, pero no se lo permitimos. Oscuro y triste misterio.
Por otro lado están los apóstoles, los que lo dejaron todo y sí siguieron a Jesús, arquetipo de los futuros consagrados que con todas sus imperfecciones y hasta faltas que enmendar, sin embargo, le concedieron al Maestro su respuesta positiva y asentaron las bases del seguimiento de Cristo que constituye nuestra vida consagrada, seguimiento y búsqueda continua de la imitación del nuevo estilo de vida inaugurado por el Hijo de Dios al hacerse hombre: vivir para Dios, servir a Dios en los demás, despojarse de las creaturas mediante los sagrados votos; hombres y mujeres de todo el mundo llamados a refugiarse en Dios y dedicarse a darle gloria; a tratar de amarlo más, de ofrecerle y ofrecerse más; a combatir sin tregua contra sí mismos para convertirse, con la gracia de Dios, en morada agradable de la Trinidad, deseosos de ensanchar el corazón y aprender a crucificarse cada día y padecer por amor a Aquel que los eligió. Pero justamente aquí es donde nos detenemos, nosotros los consagrados, ante la radical pregunta que, “si nos dedicamos a responder” cuantas veces sea necesario durante el desarrollo de nuestra vida espiritual, ciertamente nos traerá muy fecundas consecuencias: ¿lo hemos dejado todo por seguir a Cristo?
El religioso, mediante sus votos y su pertenencia a su familia religiosa, ya lo ha dejado todo por seguir a Cristo, repetimos siempre. Pero dentro de esa radicalidad a los ojos del mundo, todavía es admisible una mayor profundidad a los ojos de Dios, de la cual depende traspasar o no los límites entre el religioso bueno que se conforma con ser bueno, y el religioso bueno y generoso que no se conforma, porque entiende bien que Dios merece más… estos son los que aman más y corresponden más al amor de Dios, y emprenden justamente por amor a Dios la noble y extraordinaria empresa de “aprender a despojarse más”, decisión y determinación por la gloria de Dios que constituye la antesala y el inicio de la santidad: aquí lo que importa es lo esencial, es decir, la gloria de Dios, de la cual la santidad será una consecuencia para el alma.
Tal vez aún hay mucho por dejar: ¿Ya dejé “mis planes” y mis conveniencias?, ¿ya dejé mis caprichos y mis complacencias?, ¿ya dejé de entristecerme por las cruces?, ¿ya dejé atrás las quejas y tristezas ante las incomprensiones y contrariedades?, ¿ya dejé de olvidarme que la Divina Providencia no descansa y no hay instante en que no esté presente sosteniéndome, consolándome y ayudándome a seguir adelante a través de los designios divinos? Si todavía nos falta mucho la respuesta no es entristecerse y marcharse -como lo hizo el joven rico, a quien Jesús miró y amó, como a nosotros-, sino entusiasmarse y “ponerlo en positivo”, de tal manera que sepamos alegrar a Dios y alegrarnos nosotros mismos de los pequeños progresos que podamos ir realizando asistidos por la gracia divina: “por amor a Dios, trabajaré en dejar atrás mis planes y mis conveniencias, mis caprichos y mis complacencias, mis tristezas y mis quejas, mis faltas de confianza y de abandono en las manos divinas; en fin, porque Dios lo quiere me despojaré, porque quiero dejarlo todo por seguirlo”.
Difícil es “dejar lo nuestro”, pero Jesucristo siempre merece nuestro esfuerzo; y si correspondemos a la bondad de su mirada -que se ha querido fijar en nosotros, pobres pecadores-, pagando el precio que haya que pagar, con determinación y alegría sobrenatural, poco a poco iremos dejando más y más de lo que nos impide actualmente una unión más íntima con Dios.
“El que todo lo renuncia, todo lo posee, y pasa por la vida con una mirada libre, pura y desposeída.” (san Alberto Hurtado)
P. Jason.
Amar
Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor.
San Alberto Hurtado
El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.
¿A quiénes amar?
A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías.
Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.
Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.
Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de las almas plenamente en la luz, y las de otras, como la mía, en luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!.
Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.
¿A quiénes más amar?
Pero, entre todos los hombres, hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares; son mis más próximos, prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.
Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos, sí; pero hay quienes lo esperan todo, o mucho, de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero sí para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos y mis hijos.
¿Qué significa amar?
Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.
Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por el amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.
Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.
La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo…
Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas, es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abre las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.
Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.
Desde que no se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento. Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.
¿A quiénes consagrarme especialmente?
Amarlos a todos, al pueblo especialmente; pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo –no de mi afecto– pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado, para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.
Lo primero, amarlos
Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias…
Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.
Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres y no brutos.
Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.
Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).
Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema. Desde que los abrimos a la verdad, comienza a realizarse en ellos la imagen de Dios. Cuando desarrollan su inteligencia, cuando comprenden el universo, se acercan a Dios, se asemejan más a Él.
Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.
Y este llamamiento es para cada uno de ellos: para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.
Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.
Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).
Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.
“La búsqueda de Dios”, pp. 59-63