Breves del Monasterio de la Sagrada Familia














































P. Gustavo Pascual, IVE.
Todos los cristianos formamos parte de la familia de la Iglesia y tenemos un Padre común y todos somos hermanos. La comunión de la Iglesia se da por el cumplimiento de la voluntad del Padre.
Jesús nos enseñó esta verdad en la oración dominical “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. La Iglesia triunfante está confirmada en la obediencia a la voluntad de Dios y la Iglesia militante cumple también esta voluntad como así también los que verdaderamente pertenecen a ella.
En el cumplimiento de la voluntad de Dios está nuestra perfección. Los santos en el cielo gozan de Dios por haber cumplido la voluntad de Dios aquí en la tierra.
De este pasaje aprendemos a ver el parentesco en la tierra relacionado con el parentesco en el cielo[3].
¿Y dónde se manifiesta la voluntad de Dios? En el cumplimiento de los diez mandamientos y los preceptos de la Iglesia; en el cumplimiento de nuestro deber de estado; en la aceptación de las cruces, enfermedades y dolores que Dios nos envía y en la voluntad de Dios en cosas más particulares que discernimos a través de los Ejercicios Espirituales anuales o en hechos concretos que aparecen, ayudados por el Director Espiritual… Es decir en el cumplimiento total de la voluntad de Dios: la voluntad significada[4] y la voluntad de beneplácito[5].
En concreto cada acto de obediencia que hacemos a nuestros mayores es un obsequio de nuestra voluntad y querer propios a la voluntad de Dios. De esto Jesús se congratula y también la corte celestial.
Muchos de los parientes carnales de Jesús no obedecieron sus palabras así como tampoco lo hicieron muchos de su propia raza.
Jesús funda un nuevo parentesco, primero pequeño, alrededor suyo que iba a ser el núcleo de la Iglesia, la gran familia de Dios. Ellos fueron la Virgen y los discípulos.
Estamos llamados a dar testimonio de la fidelidad a la voluntad de Dios para esclarecer cuál es la verdadera pertenencia a la Iglesia porque muchos quieren pertenecer a la Iglesia pero según su propia voluntad y aunque no reclaman un título de pertenencia carnal como los judíos si reclaman un título de cristianos pero sin fundamento real. Fundamento que consiste en vivir fielmente a la voluntad del Padre[6].
Los santos son modelo, la Virgen es modelo, pero el modelo supremo de fidelidad a la voluntad del Padre es Jesús en quién el Padre se complace.
Lo primero que tenemos que aceptar de Dios es la vocación a la cual nos ha llamado. Si aceptamos sus llamados viviremos felices y haremos feliz el entorno en que vivamos. Aceptar la propia vocación nos lleva al agradecimiento que se manifiesta en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo. Alzaré el cáliz de salvación e invocaré al Señor.
“Quién cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (v. 35).
Para cumplir la voluntad de Dios es necesario antes purificar nuestra voluntad:
Desprendernos de todo lo creado
No estar apegado a lo creado de modo que nos impida hacer la voluntad de Dios.
Y esto:
Porque Dios es el todo y las criaturas son efímeras.
Porque dos contrarios no caben en un sujeto.
Para poder unirse a Dios.
“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”[7].
Adnegarnos completamente a nosotros mismos
Ya que el egoísmo o amor desordenado a sí mismo es el origen de todos los pecados.
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”[8].
Cumplimiento de la voluntad de Dios
Oír la palabra de Dios y practicarla.
¿Cómo se manifiesta la voluntad de Dios?
EL CUMPLIMIENTO DE LA VOLUNTAD DE DIOS ES EL MÁS SEGURO GUÍA DEL CRISTIANO.
Distintas formas de cumplir la voluntad de Dios
Con resignación que es un mero doblegarse como si no quedase otra posibilidad.
Aceptándola es decir con una adhesión más profunda y meditada.
Con conformidad queriendo lo que Dios quiere.
Con pleno abandono que es una entrega completa confiando siempre y en todo en Dios.
Con pleno abandono como Cristo. Si así lo hacemos conseguiremos fortaleza en las tentaciones y como fruto paz y alegría.
Jesús al decir “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” no está rechazando a su madre sino que la está ensalzando porque la Santísima Virgen es la perfecta discípula de Jesús. María hizo siempre y con total perfección la voluntad de Dios. Toda su vida es un perfecto “fiat” (“hágase”). En ella Dios encuentra sus complacencias porque como su Hijo hizo en todo su voluntad.
[1] Mc 3, 31-35
[2] Pseudo Clemente, Crisóstomo; cit. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento (2), Evangelio de San Marcos, Ciudad Nueva Madrid 2000, 102
[3] San Agustín, La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento (2), Evangelio de San Marcos…, 102B
[4] Todo lo que Dios nos manda en sus preceptos, lo que nos aconseja, lo que nos inspira.
[5] Todo lo que quiere y permite en nuestra vida. Lo que a cada instante nos va pidiendo y que no lo conocemos.
[6] Es decir la fidelidad a las promesas bautismales.
[7] Mt 10, 37
[8] Mt 16, 24-25
[9] Rm 8, 28
Queridos hermanos:
En este día tan importante para nosotros, monjes del Monasterio de la Sagrada Familia, lugar que resguarda los cimientos de la casa de san Joaquín y santa Ana, podemos considerar varios aspectos acerca de los padres de la Virgen María a la luz de la tradición, algunos textos de los santos, o los datos del evangelio apócrifo de Santiago (donde encontramos, por ejemplo, sus nombres).
En esta oportunidad, quisiéramos referirnos brevemente a tres de ellos:
En primer lugar, siguiendo la idea de san Juan Damasceno, como el árbol se conoce por sus frutos, podemos estar seguros de la santidad de los padres de María santísima, ya que, en palabras del santo: “Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.” Así como el Hijo de Dios debía nacer de un vientre purísimo, de la misma manera aquella que lo recibiría en el mundo en su vientre fue preparada desde toda la eternidad tanto por el eterno designio fuera del tiempo, como por la santidad de sus padres en la tierra, la cual fue probada con la “paciencia”, ya que fue recién en su vejez y luego de muchas plegarias que pudieron ser padres de tan excelsa niña; y por esta misma razón fue una santidad probada con la confianza en Dios y el santo abandono a su divina voluntad; por eso, dice también el Damasceno de los abuelos del Señor: “Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.”
En segundo lugar, san Joaquín y santa Ana fueron el instrumento por el cual la Virgen, ya desde niña, aprendió la maternidad que posteriormente se extendería a toda la humanidad, es decir, que fueron el primer ejemplo de lo que implica realmente ser madre o padre. Decía san Juan Pablo II: “La figura de Santa Ana, en efecto, nos recuerda la casa paterna de María, Madre de Cristo. Allí vino María al mundo, trayendo en Sí el extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción. Allí estaba rodeada del amor y la solicitud de sus padres Joaquín y Ana. Allí «aprendía» de su madre precisamente, de Santa Ana, a ser madre… Así, pues, cuando como «herederos de la promesa» divina (cf. Gál 4, 28. 31), nos encontramos en el radio de esta maternidad y cuando sentimos de nuevo su santa profundidad y plenitud, pensamos entonces que fue precisamente Santa Ana la primera que enseñó a María, su Hija, a ser Madre”. Es decir, que, en san Joaquín y santa Ana, la Virgen conoció desde su infancia lo que implica el rol de los padres respecto a sus hijos: preocupación por ellos, renuncia, sacrificio, dolor de sus males y alegría de sus bienes; consuelo, compromiso y todo esto sin condiciones, porque así son las buenas madres, con un amor que no sabe de límites y no duda en olvidarse de sí con tal de beneficiar, especialmente el alma, de los hijos.
En tercer lugar, análogamente al Precursor, los santos padres de la Virgen son ejemplo de abandono absoluto a la voluntad de Dios, en concreto, a la misión para la cual el Altísimo los tenía destinados. Porque, así como el Bautista debía señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y luego dar un paso atrás, así también estos ancianos, hacia el ocaso de su vida ofrecieron a la Madre de Dios y de la Iglesia, desapareciendo luego humildemente, pues aquella había sido su misión y la aceptaron y cumplieron cuando Dios lo quiso, encontrando allí su santificación y posterior premio en la eternidad.
En este día en que celebramos la memoria de los abuelos de nuestro Señor Jesucristo y padres de María santísima, a ellos les pedimos que nos alcancen la gracia de abrazar la voluntad de Dios, al tiempo que Él quiera y de la manera que nos la muestre, para asemejarnos así a aquella que más que nadie agradó al Padre del Cielo con su santo abandono y su humildad.
Ave María Purísima.
P. Jason.
¡Feliz el vientre que te llevó!
P. Gustavo Pascual, IVE.
Jesús estaba enseñando cuando una mujer de entre el gentío bendijo a su madre. Lo hizo al estilo oriental “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”.
Esta bendición va dirigida a María. “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso”[2]. Dios ha hecho a María madre de Jesús, pero más aún, la ha hecho madre de Dios.
María por su fidelidad a la vocación de Dios ha merecido ser su madre, título nobilísimo que la exalta sobre todo el linaje humano y sobre todas las madres.
La mujer bendijo a la madre de Jesús sin sospechar que era la madre de Dios. Reconocía la grandeza de las palabras y de la vida de Jesús, pero lo creía sólo un hombre y bendijo con esa bendición peculiar a su madre ausente, o quizá presente allí entre la multitud. No dice nada el Evangelio.
Lo más probable que María estuviese allí porque el suceso ocurre en Jerusalén, en la última subida de Jesús a la Ciudad Santa y María estuvo allí ya que acompañó a su Hijo en la pasión y hasta la cruz[3], quedándose allí hasta Pentecostés[4].
Lo que es seguro que María acompañaba a Jesús en su ministerio por Galilea. La encontramos en Caná[5] y también cuando con otros parientes buscan a Jesús[6].
Estuviese o no María, a ella iba dirigida esta bendición. Si estaba presente se regocijaría por su Hijo, ya que la gloria de los padres son los hijos buenos. Pero, en la réplica de Jesús podríamos notar, en un primer momento, un cierto menosprecio a su madre por su condición de madre, o quizá mejor, una postergación de su maternidad respecto de sus discípulos fieles.
A decir verdad, la Virgen se regocijaría también por ser discípula de su Hijo. La primera discípula, la discípula más fiel, la que escuchaba la palabra y la cumplía con toda perfección.
Además, sabía que lo que decía su Hijo era lo verdadero. Mayor valor es seguir los consejos, la enseñanza de Jesús, que toda otra obra por más grande que sea. Más santifica cumplir al pie de la letra la voluntad del Señor que cualquier título que se tenga por vocación y por gracia.
Jesús no rechazó a su madre en la respuesta pero puso como mayor dicha y gozo el ser discípulo fiel suyo que el ser pariente carnal suyo aunque, en este caso, se trataba de un parentesco principal, la maternidad.
María es más dichosa por su fe activa[7] que por ser madre de Jesús. Ya reconoció esto su prima: “dichosa la que ha creído”, porque por ser madre tuvo que dar su asentimiento de fe manifestado en su “hágase”, y recién entonces comenzó a ser madre de Jesús, madre de Dios.
Sin la fidelidad de María al anuncio del ángel, es decir, su vocación divina, no hubiese sido la madre del Verbo Encarnado.
Jesús quiere que seamos discípulos fieles. Que escuchemos su palabra y la cumplamos. Que nuestra fe este viva y responda incondicionalmente al querer divino.
Y al responder Jesús a la mujer aquella puso como modelo a su madre, la discípula más fiel. María es dichosa por ser madre de Dios pero más dichosa por ser discípula fiel, por ser “la esclava del Señor”.
Las miradas se volverían con complacencia a la madre de Jesús que allí estaba y verían en su rostro una sonrisa que expresaba el gozo inmenso de estar entre los oyentes de su Hijo escuchándolo y siguiéndolo.
[1] Lc 11, 27
[2] Lc 2, 48-49
[3] Jn 19, 25
[4] Hch 1, 14
[5] Jn 2, 1
[6] Mc 3, 31
[7] Ga 5, 6
DESDE EL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LAS GRACIAS
Y DE SANTA MARÍA GORETTI
San Juan Pablo II
Queridísimos hermanos y hermanas:
En un período todavía de relativo descanso y de vacaciones, nos encontramos aquí esta tarde en torno al altar del Señor, para celebrar juntos la Eucaristía, meditando sobre el fenómeno del turismo, tan importante hoy en nuestra vida humana y cristiana.
Muy gustosamente he acogido la invitación de venir a estar con vosotros para veros, escucharos, traeros mi saludo cordial y manifestaros mi afecto, orar con vosotros y reflexionar sobre las verdades supremas, que deben ser siempre luz e ideal de nuestra vida.
En esta plaza de Nettuno, ante la iglesia donde descansan los restos mortales de la joven mártir Santa María Goretti, de cara al mar, símbolo de las cambiantes y a veces tumultuosas vicisitudes humanas, escuchemos las enseñanzas de la Palabra de Dios que brotan de las lecturas de la liturgia.
1. La “Palabra de Dios” ante todo expone la identidad y el comportamiento del cristiano.
¿Quién es el cristiano? ¿Cómo debe comportarse el cristiano? ¿Cuáles son sus ideales y preocupaciones?
Son preguntas de siempre, pero se hacen mucho más actuales en nuestra sociedad de consumo y permisiva, en la que sobre todo el cristiano puede tener la tentación de ceder a la mentalidad común, poniendo en segundo plano su excelente y heroica vocación de mensajero y testigo de la Buena Nueva.
— El Apóstol Santiago en su carta especifica claramente la identidad del cristiano: “Todo buen don y toda dádiva viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración. De su propia voluntad nos engendró por la palabra de la verdad, para que seamos como primicias de sus criaturas” (Sant 1, 17-18)
El cristiano, es, pues, una criatura especialísima de Dios, porque, mediante la gracia, participa de la misma vida trinitaria; el cristiano es un don del Altísimo al mundo: desciende de lo alto, del Padre de las luces.
¡No podía describirse mejor la maravillosa dignidad del cristiano e incluso su responsabilidad!
— Por esto, el cristiano debe comprometer a fondo su voluntad y vivir su vocación con coherencia. Dice también Santiago: “Recibid con mansedumbre la palabra injerta en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Ponedla en práctica y no os contentéis sólo con oírla, que os engañaría” (Sant 1, 21-22).
Son afirmaciones muy serias y severas: el cristiano no debe traicionar, no debe ilusionarse con palabras vanas, no debe defraudar. Su misión es sumamente delicada, porque debe ser levadura en la sociedad, luz del mundo, sal de la tierra.
— El cristiano se convence cada día más de la dificultad enorme de su compromiso: debe ir contra corriente, debe dar testimonio de verdades absolutas pero no visibles, debe perder su vida terrena para ganar la eternidad, debe hacerse responsable incluso del prójimo para iluminarlo, edificarlo, salvarlo. Pero sabe que no está solo. Lo que decía Moisés al pueblo israelita, es inmensamente más verdadero para el pueblo cristiano: “¿Cuál es en verdad la gran nación que tenga dioses tan cercanos a ella como Yavé, nuestro Dios, siempre que le invocamos?” (Dt 4, 7). El cristiano sabe que Jesucristo, el Verbo de Dios, no sólo se ha encarnado para revelar la verdad salvífica y para redimir a la humanidad, sino que se ha quedado con nosotros en esta tierra, renovando místicamente el sacrificio de la cruz, mediante la Eucaristía y convirtiéndose en manjar espiritual del alma y compañero en el camino de la vida.
He aquí lo que es el cristiano: una primicia de las criaturas de Dios, que debe mantener pura y sin mancha su fe y su vida.
2. La “Palabra de Dios”, en consecuencia, ilumina también el fenómeno del turismo.
En efecto, la revelación de Cristo, que ha venido a salvar a todo el hombre y a todos los hombres, ilumina e interpreta todas las realidades humanas. También la realidad del turismo se debe contemplar a la luz de Cristo.
— Indudablemente el turismo es ahora ya un fenómeno de la época y de masas: se ha convertido en mentalidad y costumbre, porque es un fenómeno “cultural” causado por el aumento de los conocimientos, del tiempo libre y de la posibilidad de movimientos; y un fenómeno “psicológico”, fácilmente comprensible, dadas las estructuras de la sociedad moderna: industrialización, urbanización, despersonalización, por las que cada individuo siente la necesidad de distensión, de distracción, de cambio, especialmente en contacto con la naturaleza; y es también un fenómeno “económico”, fuente de bienestar.
— Pero el turismo, como todas las realidades humanas, es también un fenómeno ambiguo, es decir, útil y positivo si está dirigido y controlado por la razón y por algún ideal; negativo si decae a simple fenómeno de consumo, de frenesí, a actitudes alienantes y amorales, con dolorosas consecuencias para el individuo y para la sociedad.
— Y por esto es necesaria también una educación, individual y colectiva, al turismo, para que se mantenga siempre al nivel de un valor positivo de formación de la persona humana, esto es, de justa y merecida distensión, de elevación del espíritu, de comunión con el prójimo y con Dios. Por esto es necesaria una profunda y convencida educación humanista para la acogida, el respeto del prójimo, para la gentileza, la comprensión recíproca, para la bondad; es necesaria también una educación ecológica, para respetar el ambiente y la naturaleza, para el sano y sobrio goce de las bellezas naturales, que tanto descanso y exaltación dan al alma sedienta de armonía v serenidad; y es necesaria sobre todo una educación religiosa para que el turismo no turbe jamás las conciencias y no rebaje nunca al espíritu, sino al contrario, lo eleve, lo purifique, lo levante al diálogo con el Absoluto y a la contemplación del misterio inmenso que nos envuelve y atrae.
Esta es, a la luz de Cristo, la concepción del turismo, fenómeno irreversible e instrumento de concordia y amistad.
3. Finalmente, en este lugar concreto, todos estamos invitados a mirar la figura de Santa María Goretti.
No lejos de aquí, el 6 de julio de 1902, se efectuó la tragedia de su asesinato y, al mismo tiempo, la gloria de su santificación mediante el martirio por la defensa de su pureza. Nos encontramos junto a la iglesia dedicada a ella, donde descansan sus restos mortales, y debemos detenernos un momento en meditación silenciosa.
María Goretti, adolescente de apenas 12 años, se mantuvo pura en este mundo, como escribe Santiago, aun a costa de la misma vida; prefirió morir antes que ofender a Dios.
“¡No! —dijo a su desenfrenado asesino—. ¡Es pecado! ¡Dios no quiere! ¡Tú vas al infierno!”.
Desgraciadamente, su fe no valió para detener al tentador, que, luego, gracias a su perdón y a su intercesión, se arrepintió y se convirtió. Ella cayó mártir por su pureza.
“Fortaleza de la virgen —dijo Pío XII—, fortaleza de la mártir; que la juventud colocó en una luz más viva y radiante. Fortaleza que es a un tiempo tutela y fruto de la virginidad” (Discorsi e Radiomessaggi, IX, pág. 46).
María Goretti, luminosa en su belleza espiritual y en su ya lograda felicidad eterna, nos invita precisamente a tener fe firme y segura en la “Palabra de Dios”, furente única de verdad, y a ser fuertes contra las tentaciones insinuantes y sutiles del mundo. Una cultura intencionadamente antimetafísica produce lógicamente una sociedad agnóstica y neo-pagana, a pesar de los esfuerzos encomiables de personas honestas y preocupadas por el destino de la humanidad. El cristiano se encuentra hoy en una lucha continua, también él se convierte en “signo de contradicción” por las opciones que debe realizar.
Os exhorto, especialmente a vosotras, jovencitas: ¡mirad a María Goretti! ¡No os dejéis seducir por la atmósfera halagüeña que crea la sociedad permisiva, afirmando que todo es lícito! ¡Seguid a María Goretti! ¡Amad, vivid, defended con alegría y valor vuestra pureza! ¡No tengáis miedo de llevar vuestra limpidez en la sociedad moderna, como una antorcha de luz y de ideal!
Os diré con Pío XII: “¡Arriba los corazones! Sobre los cenagales malsanos y sobre el fango del mundo se extiende un cielo inmenso de belleza. Es el cielo que fascinó a la pequeña María; el cielo al que ella quiso subir por el único camino que lleva a él: la religión, el amor a Cristo, la observancia heroica de sus mandamientos. ¡Salve, oh delicada y amable Santa! ¡Mártir de la tierra y ángel en el cielo! ¡Desde tu gloria vuelve tu mirada a este pueblo que te ama, te venera, te glorifica, te exalta!” (Discorsi e Radiomessaggi, Vol. XII, págs. 122-123).
Nettuno, Sábado 1 de septiembre de 1979


(o Nuestra Señora del espasmo)[1]
Ningún profeta es bien recibido en su patria. Su incredulidad no les permite ver al Mesías sino solo al hijo de José
P. Gustavo Pascual, IVE.
En María[2].
María sentada junto a Jesús le pregunta: ¿Por qué nuestros paisanos te querían despeñar en Gebel el-Qafsé? Los vi venir contigo desde la roca… quede pasmada por el espectáculo y comencé a temblar. De pronto los perdí de vista y te vi bajar de la cima tranquilamente y la masa humana detrás de ti con calma. ¿Qué pasó Hijo, cuéntame, qué pasó en la sinagoga?[3]
Me levanté para hacer la lectura. Me entregaron el volumen del profeta Isaías y leí el pasaje que decía: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollé el volumen y les dije: Esta escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy. Decían algunos ¿Acaso no es éste el hijo de José? Les dije: seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.
Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.
Al oír estas palabras se llenaron de ira y me llevaron para despeñarme a Getel el-Qafsé[4]. Cuando estábamos allí pasé por en medio de ellos y me vine a casa.
Cuando María quedó sola comenzó a reflexionar…
Quieren milagros para creer, no les basta el testimonio de los de Cafarnaúm. Ningún profeta es bien recibido en su patria. Su incredulidad no les permite ver al Mesías sino solo al hijo de José[5].
¿Por qué ese orgullo nacionalista mal entendido? Somos el pueblo elegido pero debemos obrar según el querer de Dios. Jesús les descubrió su mala conciencia recordando a la viuda de Sarepta y a Naamán el sirio. Su ironía les quiso hacer comprender que Dios no hace acepción de personas y que los verdaderos israelitas son los que hacen su voluntad.
Si bien mi Hijo hace milagros para que crean en El, hacer milagros aquí entre mis hermanos hubiese sido alimentar su falsa concepción mesiánica.
¡Grande es su envidia! Cuanto les cuesta alegrarse por el bien del prójimo. ¡Qué mayor alegría que tener al Mesías entre nosotros!
Mi Hijo quiere salvarlos. Están admirados de sus palabras y en vez de creer en Él se escandalizan. Lo toman por un meschúgge[6]. Lo desprecian, lo insultan, se encolerizan con Él y lo quieren matar…
María comenzó a temblar evocando aquella escena terrorífica y recordó las palabras de Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”[7] y sintió una espada traspasar su alma aunque sabía que su dolor recién comenzaba pero era un anticipo del temblor y pasmo del Calvario.
[1] Castellani hace referencia a una capilla de Nuestra Señora del Temblor en Nazaret cerca de donde pretendieron despeñar a Jesús pero no he encontrado la cita. Sólo he encontrado una referencia de una crónica de Monseñor Jacinto Verdaguer que dice: “Siguiendo la sierra, yendo a coronar la expedición, visitamos a Nuestra Señora del Temblor. Cuando los jueces iban a precipitar a Jesucristo, dicen que vino la Virgen llorando hasta allí siguiendo sus pisadas, y viendo que lo iban a lanzar, se vio poseída de un gran temblor”, https://mdc.ulpgc.es/utils/getfile/collection/aguayro/id/2643/filename/2644.pdf
[2] Debemos vivir en María y meditar sus misterios desde su propio interior. Tratando de entrar en este paraíso que fue la Madre de Jesús. Ver San Luis María Grignion de Montford, Tratado de la Verdadera Devoción nº 262-264
[3] Los textos del Talmud dicen expresamente que las mujeres podían ir a la sinagoga. Aunque para las mujeres no había ninguna obligación de rezar en la sinagoga. (María, mujer hebrea, Conferencia dada por el P. Frédéric Manns, para los religiosos del Instituto del Verbo Encarnado en el Seminario “María Madre del Verbo Encarnado” con ocasión de la VIIª Jornada Bíblica, San Rafael, Mendoza [2004])
[4] Cf. Lc 4, 16-30
[5] Cf. Lc 4, 22
[6] Loco
[7] Lc 2, 35


































