La revelación de la oración en tiempos de la Iglesia
La bendición y la adoración; la oración de petición; la oración de intercesión; la oración de acción de gracias y la oración de alabanza
El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), que lo esperaban “perseverando en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la instruya en la vida de oración.
En la primera comunidad de Jerusalén, los creyentes “acudían asiduamente a las enseñanzas de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42). Esta secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía.
Estas oraciones son en primer lugar las que los fieles escuchan y leen en la sagrada Escritura, pero las actualizan, especialmente las de los salmos, a partir de su cumplimiento en Cristo (cf Lc24, 27. 44). El Espíritu Santo, que recuerda así a Cristo ante su Iglesia orante, conduce a ésta también hacia la Verdad plena, y suscita nuevas formulaciones que expresarán el insondable Misterio de Cristo que actúa en la vida, los sacramentos y la misión de su Iglesia. Estas formulaciones se desarrollan en las grandes tradiciones litúrgicas y espirituales. Las formas de la oración, tal como las revelan los escritos apostólicos canónicos, siguen siendo normativas para la oración cristiana.
I. La bendición y la adoración
La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición.
Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido; cf Ef 1, 3-14; 2 Co 1, 3-7; 1 P 1, 3-9); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo, desciende de junto al Padre (es Él quien nos bendice; cf 2 Co 13, 13; Rm 15, 5-6. 13; Ef 6, 23-24).
La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre […] mayor” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.
II. La oración de petición
El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso “luchar en la oración” (cf Rm 15, 30; Col 4, 12). Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la petición: Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia Él.
El Nuevo Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación, frecuentes en el Antiguo Testamento. En adelante, en Cristo resucitado, la oración de la Iglesia es sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de lo que san Pablo llama el gemido: el de la creación “que sufre dolores de parto” (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera “del rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza” (Rm 8, 23-24), y, por último, los “gemidos inefables” del propio Espíritu Santo que “viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26).
La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: “Oh Dios ten compasión de este pecador” Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces “cuanto pidamos lo recibimos de Él” (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.
La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3). Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4. 12). Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.
Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidadpueda convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).
III. La oración de intercesión
La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en particular (cf Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8). Es capaz de “salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7, 25). El propio Espíritu Santo “intercede por nosotros […] y su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rm 8, 26-27).
Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino […] el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (cf. San Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28. 34).
Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente esta forma de participación (cf Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9, 14). El apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio (cf Ef 6, 18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por las comunidades (cf 2 Ts 1, 11; Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de los cristianos no conoce fronteras: “por todos los hombres, por […] todos los constituidos en autoridad” (1 Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm12, 14), por la salvación de los que rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1).
IV. La oración de acción de gracias
La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.
Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de san Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. “En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5, 18). “Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4, 2).
V. La oración de alabanza
La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término: “un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8, 6).
San Lucas menciona con frecuencia en su Evangelio la admiración y la alabanza ante las maravillas de Cristo, y las subraya también respecto a las acciones del Espíritu Santo que son los Hechos de los Apóstoles: la comunidad de Jerusalén (cf Hch 2, 47), el tullido curado por Pedro y Juan (cf Hch 3, 9), la muchedumbre que glorificaba a Dios por ello (cf Hch 4, 21), y los gentiles de Pisidia que “se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor” (Hch 13, 48).
“Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Ef 5, 19; Col 3, 16). Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha (cf Flp 2, 6-11; Col 1, 15-20; Ef 5, 14; 1 Tm 3, 16; 6, 15-16; 2 Tm 2, 11-13). De esta “maravilla” de toda la Economía de la salvación brota la doxología, la alabanza a Dios (cf Ef 1, 3-14; Rm 16, 25-27; Ef 3, 20-21; Judas 24-25).
La revelación “de lo que ha de suceder pronto” —el Apocalipsis— está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de los “testigos” (mártires) (Ap 6, 10). Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8). En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al “Padre de las luces de quien desciende todo don excelente” (St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.
La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la “ofrenda pura” de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria de su Nombre (cf Ml 1, 11); es, según las tradiciones de Oriente y de Occidente, “el sacrificio de alabanza”.
Catecismo de la Iglesia Católica nº2623-2643
“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68 [De fide orthodoxa 3, 24]). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).
“Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef6, 18).“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:
Como antes les hemos contado, nuestro monasterio se encuentra en lo que fue la casa de Santa Ana, Madre de nuestra Señora. El lugar forma parte de un parque arqueológico, y debido a que se encuentra dentro de un moshav hebreo, siendo tan solo nosotros y las religiosas vecinas los únicos cristianos de la zona, y pese a que celebramos la santa Misa a diario, lo normal es que no contemos con feligresía, razón por la cual siempre hemos asistido para las grandes celebraciones a la Basílica de Nazaret. Pero este año fue diferente, puesto que gracias a que la Divina Providencia se encargó de contactarnos con un grupo de peregrinos mejicanos que querían participar de la liturgia en español y no encontraban lugar, es que luego de ocho siglos pudimos celebrar aquí, en la casa de santa Ana, “la santa Misa de Domingo de resurrección”.

Los peces del océano viven en agua salada y a pesar del medio salado, tenemos que echarles sal cuando los comemos: se conservan insípidos, sosos. Así podemos vivir en la alegría de la resurrección sin empaparnos de ella: sosos. Debemos empaparnos, pues, en la resurrección. El mensaje de la resurrección es alentador, porque es el triunfo completo de la bondad de Cristo. Para comprender el papel de un elemento supongamos que eso falta (para saber lo que es el sol, supongamos que no existe: frío y muerte). ¿Qué sería nuestra Iglesia si no hubiera Resurrección? Si terminara el mensaje en el Viernes Santo: Siempre de luto, ¡¡y la duda y el temor del futuro !! Y todos en penitencia desesperante. He conocido un buen padre de familia que tuvo una tristeza horrible y se acabó ese hombre. Tuvo un niño de seis años, rompió la loza, el padre lo castigó y lo mandó a su cama sin un beso… Esa noche murió solo. ¡¡Si hubiera sabido que era su última hora!! Se fue a la eternidad con la tristeza de ese recuerdo. Ahora suponga que Nuestro Señor muere, grita, desaparece… ¡qué triste habría sido! Pero volvió después de su muerte, ¿para decir qué? Que en el Corazón divino no había ningún rencor. ¡Que no había venganza! Que podíamos cooperar con Él. Porque conocemos bien este misterio, no lo apreciamos bastante. No hay que desesperar: los lazos entre el Salvador y los hombres no han sido rotos. Por eso, se presenta tan luego a Pedro, no para decirle que obró mal, sino para decirle que sigue siendo Jefe del Colegio Apostólico y piedra angular de la Iglesia, porque mi muerte es muerte de redención. Éste es su alcance esencial y debe producir la gratitud de mi alma. Es la víctima que vuelve y su primera palabra: “No teman” (Mt 28,10). “Te damos gracias por tu inmensa gloria”, es la resurrección.
Nuestro Señor acabó su papel mortal. ¿Se interesa todavía a la tierra? Cristo que se aparece con frecuencia, y dice: Todo mi interés está en la tierra. Hilvanemos un poco de teología en torno a la esperanza de Nuestro Señor. ¿Tuvo Nuestro Señor las virtudes teologales? Unánimes: tuvo la caridad perfecta en tierra y en el cielo. La fe, unánimes en que no, porque tenía más, la visión beatífica. ¿Y la esperanza? Se dividen: unos que no, porque no puede esperar lo que ya tiene en la tierra y en el cielo: la visión beatífica; otros afirman que en su vida mortal tuvo la verdadera esperanza, y que hoy en el cielo la tiene. El objeto de la esperanza no es como lo dice, sin probarlo, San Agustín: la salvación eterna del hombre que espera, sino la salvación eterna de todos los que son capaces de conseguirla (yo espero el cielo para mí y también para los demás, para todos nosotros, el cielo y las gracias necesarias, virtud social espléndida). San Agustín: sólo para mí espero; Santo Tomás, dijo: es verdad lo de San Agustín, pero nuestros amigos, de un cierto modo, somos nosotros mismos, como lo dijo Aristóteles: puedo esperar por los que son yo, (y en la doctrina del Cuerpo Místico esta doctrina cobra mayor luz: el gran “Yo”). Luego, si el objeto de la esperanza es la salvación de todos los que son capaces, Nuestro Señor esperó y sigue esperando por todos los que son capaces de esperar. El cielo es una gran esperanza hasta el último juicio (la gran fiesta todavía no ha comenzado; están afinando los instrumentos).
No todo es Viernes Santo. ¡Resucitó Cristo, mi esperanza! “Yo soy la Resurrección” (Jn 11,25). Está el Domingo, y esta idea nos ha de dominar. En medio de dolores y pruebas… optimismo, confianza y alegría. Siempre alegres: Porque Cristo resucitó venciendo la muerte y está sentado a la diestra del Padre. Y es Cristo, mi bien, el que resucitó. Él, mi Padre, mi Amigo, ya no muere. ¡Qué gloria! Así también resucitaré “en Cristo Jesús” he resucitado glorioso, en Él he tomado posesión… y tras estos días de nubarrones veré a Cristo. Porque cada día que paso estoy más cerca de Cristo. Las canas… El cielo está muy cerca (al otro lado de la muralla que es el cuerpo). Cuando esté débil lazo se acabe de romper… “deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Porque Cristo nos consuela: las apariciones… Y así siempre. El pan milagro después de 20 siglos. La paz del alma cristiana. Nuestros Padres en España. Padre Hummelauer: Reboso de alegría. Porque Cristo triunfó y la Iglesia triunfará. La loza, los guardias, creyeron haberlo pisoteado. ¡Las catacumbas! Juliano. En Francia, Alemania, ¡cuándo ha habido un grupo más ferviente! Así sucederá también con nuestra obra cristiana. ¡Triunfará! No son los mayores apóstoles los de más fachada; ni los mejores éxitos los de más apariencia. En la acción cristiana hay ¡el éxito de los fracasos! ¡Los triunfos tardíos! ¡Cuantos fracasan en Cristo! Judas; el joven de la vocación; el anuncio de la Eucaristía; sus leprosos, nadie vino a darle las gracias, los paralíticos. Para que se levante una pared, hay que hundir mucho los cimientos… toneladas de cimiento. ¡Las almas son tan movedizas! ¡Cuánta generosidad oculta hay que modelarle para que lleguen a sostenerse! Pero un día, a la hora señalada por la Providencia, se levanta una basílica. ¡Cuántos siglos para levantar una catedral! El que pone la primera piedra, rara vez la ve terminada. En el mundo de lo invisible, lo que en apariencia no sirve, es lo que sirve más. Un fracaso completo aceptado de buen grado, más éxito sobrenatural que todos los triunfos. Sembrar sin preocuparse de lo que saldrá. No cansarse de sembrar. Dar gracias a Dios de los frutos apostólicos de mis fracasos. Cuando Cristo habló al joven, fracasó, pero, cuántos han escuchado la lección; y ante la Eucaristía, huyeron, pero ¡cuántos han venido después!. ¡Trabajarás!, tu celo parecerá muerto, pero ¡cuántos vivirán gracias a ti!
A menudo, según nuestro lenguaje, atribuimos acciones propiamente humanas a las creaturas más variadas y diversas del hombre para dar una mayor comprensión –al menos retórica- de alguna particularidad que de ellas queramos resaltar. Es así que decimos, por ejemplo, que tal día nos sonríe, que el ocaso vive muriendo, que las estrellas bailan o que la brisa acaricia el prado. De esta misma manera podríamos decir que una noche parece estar callada cuando lo demás pareciera haber desaparecido junto con la oscuridad de las tardías horas, o simplemente cuando no percibimos más que nuestro respirar al cerrar los ojos para entregarnos al letargo. Sí, decimos de muchas noches que están calladas, y, sin embargo, sólo de una podemos decir que “guardó silencio”. Y ésa es esta noche. Esta noche nosotros los creyentes, junto con toda la santa Iglesia, guardamos silencio, porque hoy es Jueves Santo y nuestras plegarias más bien se deben “acallar” –entiéndase del querer oír a Dios- para dejar al alma contemplar e introducirse, cuanto le fuere posible, en el silencioso misterio del herido corazón del Hijo de Dios: esta noche hay que guardar silencio porque Jesucristo, el Varón de dolores
Cuando Dios quiere hablar al alma y comunicarse con ella suele hacerlo en el silencio, y es allí donde la invita al exclusivo e íntimo encuentro con Él, como enseña el profeta (Os 2,16), y ese silencio es oración. Pero la noche del Jueves Santo es diferente; en ella no es tan sólo Dios que le habla al hombre al corazón, sino que es especialmente el corazón del mismo Dios, en la persona del Hijo, quien habla al alma al modo humano y de la manera más “sencillamente íntima”, invitando a los creyentes que lo acompañamos bajo el regazo de esta noche santa a adentrarnos desde ya –anticipándonos a la lanzada de Longinos- en este herido corazón del Verbo encarnado que deja escapar de sí, como la gota en la punta de la hoja que se formó con el rocío, una especie de gemido amoroso que pronunciado por sus purísimos labios se tradujo en un “triste está mi alma hasta la muerte”…, y estas palabras son la impronta humano-divina del Jueves Santo, del jueves con nombre, en que habló a los hombres el corazón de Jesús queriendo ser escuchado y esperando una respuesta de nuestra parte. Y como el corazón de Jesús posee latidos divinos, pocas palabras necesita para decirnos mucho, y de esta manera nos dice en qué consiste la perfección de toda una vida en unas pocas bienaventuranzas
En Jueves Santo, por esta razón, toda la liturgia se asocia al Corazón de Cristo e invita a guardar silencio y contemplar este “extremismo” del amor del divino Corazón que sufre, y decimos “extremismo” porque Jesucristo, si bien es el medio perfecto entre dos extremos (Divino-humano), los plenifica de tal manera que ambos no quitan absolutamente nada a su perfección, al contrario, paradójicamente nos la revelan siempre, aun alternando libremente cuando quieren; es por esto que el Hijo de Dios no tuvo inconveniente en manifestar tanto su gloria en el Tabor
La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5, 3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.

El Hijo del hombre, es decir, Jesús, va a sufrir en Jerusalén, cumpliendo allí todo lo que dijeron los profetas. Va a ser entregado a los sumos sacerdotes y escribas que lo reprobarán, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para burlarse de él, va a sufrir mucho, lo escupirán, lo insultarán, lo azotarán y le matarán crucificándolo y al tercer día resucitará.
“Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro le iba siguiendo de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver el final. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: «Este dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo.» Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: « ¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.» Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: « ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?» Respondieron ellos diciendo: «Es reo de muerte»”.
“Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»
En este trabajo vamos a estudiar primero los anuncios de la pasión en los sinópticos para ver luego en conjunto hasta donde conocían los apóstoles la Pasión y por otra parte conocer en detalle la profecía de Jesús sobre su Pasión en estos tres anuncios. En segundo lugar conociendo la profecía en su conjunto veremos los oráculos proféticos sobre ella.
¿Dónde ocurre esta predicción? Camino a Jerusalén (Mt, Mc y Lc). Dice Leal: “La ida a Jericó la consideran los Sinópticos como ascensión a Jerusalén, porque de hecho el término del viaje era la capital, y Jericó iba a ser paso nada más. El Señor viene de Efrén. No creemos que fuera directamente de Efrén a Betania, sino que de Efrén se dirigió a Jericó y de allí a Betania y Jerusalén. Tal vez ha dado vuelta para hacer tiempo. De hecho en Jerusalén ya hay peregrinos, y echan de menos a Jesús (Jn 11, 55-56)”