Concordia

La concordia: adorno y distintivo de los creyentes

P. Jason Jorquera

 

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,

para que sean uno como nosotros.”

Jesucristo.

 

Explicando este versículo, dice san Agustín que Jesús no se refiere a que sean uno con Dios, con Él en refiriéndose a su naturaleza, puesto que obviamente esto es imposible, sino que se refiere más bien a la unidad de voluntades lo cual es consecuencia exclusiva del amor. Es decir, que este “ser unos” con Dios y con su Hijo, significa ser uno en la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras vidas. Cuando el alma aprende a buscar en todo la voluntad de Dios, alcanza un fruto que la llena de gozo y a la vez es capaz de redundar en beneficio de quienes la rodean, este fruto tan deseado por los hombres de buena voluntad es lo que llamamos concordia, que es la conformidad en la unidad de corazones. Esta concordia es la que Jesucristo pide y exige para sus discípulos, por lo tanto, para ser verdaderos seguidores de Cristo en necesario que en nuestras comunidades viva la concordia si queremos que Jesucristo esté en medio de nosotros; y nos referimos a todas las comunidades de creyentes: comunidades religiosas, la familia, el trabajo, etc., porque la concordia, desde los primeros tiempos de la Iglesia, ha sido el adorno y distintivo de los creyentes.

Dice el libro del eclesiástico: Con tres cosas me adorno y me presento, hermosas ante el Señor y ante los hombres: la concordia entre hermanos, la amistad entre los prójimos y la armonía entre mujer y marido[1].

La concordia está presente donde reina la caridad; porque « La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios.»[2]

Jesucristo quiere que todos sean uno y para guiar mejor al hombre hacia esa unidad con el Padre y el Espíritu Santo, ha querido hacernos parte de su única iglesia; la que tiene un solo Señor, una sola Fe, un solo bautismo y una sola Madre para conducirnos al cielo.

La Donum Veritatis, hablando a los teólogos dice: «La iglesia es ‘como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Por consiguiente, buscar la concordia y la comunión significa aumentar la fuerza de su testimonio y credibilidad; ceder, en cambio, a la tentación del disenso es dejar que se desarrollen ‘fermentos de infidelidad al Espíritu Santo»[3]

De todo esto se sigue lo nefasto y terrible que es crear discordia, que es el pecado que se opone a la concordia, entre los miembros de la Iglesia. Por eso debemos estar atentos a todo lo que sea causa de sembrar discordia, es decir, desunión entre los hermanos, como por ejemplo la murmuración, la mentira, las calumnias, el mal espíritu, etc. San Bernardo llega a decir: «Más vale que perezca uno, que la unidad: es necesario separar al que perturba la concordia[4]; y san León Magno: «Aborreced el espíritu de discordia; vivid siempre en paz; no disputéis de cosa alguna por diversión; las disputas engendran disputas; de ellas nacen las discusiones; encienden las llamas del odio; apagan la paz del corazón y rompen la unión de las almas.»[5]

El deseo de Jesucristo es que reine la paz y la unidad entre los hombres, cuanto más debemos nosotros convertirnos en ejemplo de concordia para el mundo, por eso Él  mismo se dirige al Padre suplicándole: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.

[1] Eclo 25, 1.

[2] San Clemente, Carta a los Corintios.

[3] Donum Veritatis nº 40, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, Congregación para la doctrina de la fe, 24 de mayo de 1990

[4] S. Bern., Ep. 102, sent. 62, Tric. T. 10, p. 325 y 326

[5] S. León Papa, Serm. 25, c. 5, sent. 19, Tric. T. 8, p, 385.