La divina misericordia

“Felices son los misericordiosos, puesto que a ellos se les mostrará misericordia.”  Mt 5, 7

(Homilía)

Dice el profeta Nehemías en el A.T.: Pero tú eres Dios de perdones, clemente y piadoso, tardo a la ira y de mucha misericordia, y no los abandonaste (Neh 9,17); y también el profeta Miqueas: ¿Qué Dios como tú, que perdonas la maldad y olvidas el pecado del resto de tu heredad? No persiste por siempre en su enojo, porque ama la misericordia. El volverá a tener piedad de nosotros, conculcará nuestras iniquidades y arrojará a lo hondo del mar nuestros pecados (Miq 7,18).
Hoy celebramos el segundo domingo de pascua, dedicado a la divina misericordia por petición del mismo Jesucristo a santa Faustina Kowalzka en Plock el año 1931, cuando comunicó a la santa su deseo de que pintara la imagen de la divina misericordia [señalar]: “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).
Por lo tanto, esta celebración tiene gran importancia para nosotros por el hecho de que ha sido un pedido que el Hijo de Dios ha hecho a los hombres.
Recordemos, además que toda la historia de la salvación está marcada por la misericordia divina:
– Por misericordia Dios envió a su Hijo al mundo, para rescatarnos del pecado
– Por misericordia Jesucristo llegó hasta el culmen del amor divino en la cruz
– Por misericordia Dios también nos dejó los sacramentos, para que nos pudiéramos reconciliar con Él si lo volvemos a ofender
En definitiva, la misericordia de Dios seguirá actuando hasta el fin de los tiempos porque como es una virtud divina, no puede no seguir existiendo junto con Dios… y más aún, se identifica con Él (Dios es misericordia)
Expliquemos un poco en qué consiste la misericordia de Dios:
Enseña Santo Tomás de Aquino que la misericordia tiene dos actos:
– el tener tristeza o dolor de compasión por las miserias (padecer con)
– y el socorrer o remediar esas miserias.
El primero es imposible que exista en Dios ya que no puede entristecerse o padecer, porque Dios es suma perfección.
En cambio, el segundo acto le compete y en grado máximo ya que las miserias (que son defectos o ausencias de perfecciones) se remedian con el bien o la perfección opuestos a esas miserias y a Dios máximamente le compete dar perfecciones y, por lo tanto, máximamente le compete la misericordia. Porque consiste en querer reparar, como hemos dicho, nuestras miserias, y eso Dios nos lo ofrece constantemente durante toda nuestra vida.
Y como la misericordia de Dios implica el auxilio de lo alto, necesariamente significa que abandonarnos en la majestad de Dios -que nos quiere sanar- es lo más seguro para nuestras almas. Por eso decía Jesucristo a sor Faustina: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965)… quien acepte la misericordia de Dios no perderá su alma sino que la ganará para la eternidad.
Y, como hemos dicho que la salvación del alma está directamente relacionada con la aceptación de la Misericordia de Dios, tenemos que hacer aquí una aclaración muy importante: la misericordia de Dios no se opone a su justicia, sino que está como por encima de ella y realiza su plenitud. Por eso se dice que la misericordia de Dios es la corona de su justicia; y agrega san Anselmo: “Cuando castigas a los malos obras con justicia, porque lo merecen; y cuando los perdonas, eres justo, porque obras con arreglo a tu bondad”.
Para entender esta verdad es necesario recordar que la justicia de Dios presupone, en nosotros, la misericordia que Dios nos ha tenido, ¿por qué?, porque Dios mediante el sacrificio de amor de Jesucristo, nos ganó con su sangre los méritos que sin ella jamás hubiéramos podido alcanzar. O en otras palabras: por el sacrificio de Cristo, fruto del amor y misericordia de Dios, nos hacemos justos ante Dios en la medida en que aprovechemos ese santo sacrificio y así Jesucristo nos alcanzó la justificación ante el Padre. Es por esta razón que el sufrimiento del inocente, además de reparar los pecados es capaz de alcanzar abundantes méritos para quien los sufre y para aquellos por quienes los ofrece, porque tienen la capacidad de unirse a los de Cristo.
Y como Cristo nos dejó el ejemplo de toda su vida, nos pide que así como hemos recibido su misericordia divina, también seamos misericordiosos nosotros con los demás, y por eso dice “…si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.” (Mt 6,15); porque debemos compartir con los demás los beneficios que de Dios hemos recibido y la misericordia es uno de los primeros; además Jesucristo enseña en el sermón de la montaña: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (Mt 5,7); y más adelante agregará el apóstol que más experimentó esta misericordia del corazón de Dios cuando después de negarlo fue el mismo traicionado quien le ofreció reparar su falta, escribió en una de sus cartas con un semblante lleno de paternidad: “En conclusión, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes.”· (1Pe 3,8).
A la luz de todo esto que venimos diciendo, se comprenden claramente las lamentaciones del corazón de Jesús que dirige a los hombres que no confían en su misericordia y sigue llamando incesantemente a abrazarla:
“La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia. –Dice a santa Faustina, y continúa diciendo nuestro Señor- Oh, cuánto Me hiere la desconfianza del alma. Esta alma reconoce que soy santo y justo, y no cree que Yo soy la Misericordia, no confía en Mi bondad. También los demonios admiran Mi justicia, pero no creen en Mi bondad.” Y agrega la gran razón que tenemos para confiar en Él además de su amor crucificado cuando afirma: “cuanto más grande es el pecador, tanto mayor es el derecho que tiene a la Divina Misericordia”
Porque Jesucristo no vino por los justos sino por los pecadores (Cfr. Mc 2,17), y si nos reconocemos pecadores, entonces debemos reconocer también que por el sólo amor de Dios, tenemos derecho a alcanzar su misericordia… solamente hay que confiar en Dios, pero confiar en serio y desconfiar de nosotros mismos.
En este domingo dedicado a la Misericordia de Dios, le pedimos a María santísima que nos alcance la gracia de aceptar la compasión de Dios que nos quiere sanar de nuestras heridas y de nuestros pecados mediante su misericordia, para lo cual debemos también aprender a compartirla con los demás.
P. Jason Jorquera M., IVE