Si el grano de trigo no muere…

Sobre el sentido del sacrificio

Homilía Domingo 5º de Cuaresma, Ciclo B

Queridos hermanos:

En el Evangelio que acabamos de escuchar, nuestro Señor Jesucristo, parece sintetizar todo el significado de la cuaresma en un solo versículo, cuando dice: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.» (Jn 12, 24). Y decimos que en este versículo se resume el significado de la cuaresma porque, como toda la Sagrada Escritura, estas palabras tan breves en extensión tienen un sentido muy profundo que se fundamenta en el hecho de ser palabra de Dios.

si el grano de trigo muere… da mucho fruto”, esto tenemos que aplicarlo en sentido espiritual, a la muerte a nosotros mismos que a cada uno de nosotros nos exige la vida de la gracia, y más aún, la misma sangre de Cristo, que compró la salvación de cada uno de nosotros. Esta muerte que se nos exige, la conocemos también con el nombre de “sacrificio”, y es justamente Jesús quien ha venido a llenar de sentido la realidad inevitable del sacrificio en nuestras vidas.

Cuando Adán y Eva pecaron, perdieron todos los dones preternaturales y entró en la tierra el sacrificio como castigo por la ofensa hecha Dios: el hombre debía ganar el pan con el sudor de su frente. Apareció también la enfermedad, el dolor (en el plano corporal), el sufrimiento (en el orden espiritual), dificultad, la muerte, etc.; y toda la vida del hombre se volvió llena de sacrificios. En otras palabras, el sacrificio era solamente una pena más para la humanidad.

Pero cuando vino el Hijo de Dios al mundo, para manifestar la fuerza de su poder, quiso servirse misteriosamente del mismo sacrificio para salvarnos, y es así que Jesucristo llenó la palabra y el hecho del sacrificio, de un significado completamente nuevo, y a partir del más grande de todos, que fue el de la cruz, donde el Hijo de Dios conquistó la salvación de todos los hombres y mujeres de todo el mundo y de todos los tiempos. A partir de Jesucristo, el sacrificio ya no tiene un sentido solamente penal, sino que se llenó además de un misterioso, y más profundo, “sentido redentor”.

Cada vez que nosotros unimos nuestros sacrificios a los de Cristo, nos vamos haciendo más agradables a Dios y a su vez él nos va llenando de bendiciones, por más que muchas veces no veamos las gracias que Él nos concede; porque Jesucristo, como hemos dicho, transformó el sentido del sacrificio a tal punto que nos lo dejó como signo de su amor por nosotros, y esto la santa Iglesia y todos nosotros lo hemos entendido tan bien que, de hecho, nuestro signo como cristianos católicos es el crucifijo, es decir, el sacrificio del Hijo de Dios por nosotros, expresión máxima del amor hasta el extremo.

Los beneficios del sacrificio ofrecido a Dios son muchos, nombremos algunos:

– Nos ayuda a expiar y reparar nuestros pecados y, por lo tanto, nos quitan tiempo de purgatorio.

– También nuestros sacrificios nos hacen más semejantes a Jesucristo y, por lo tanto, en este sentido nos santifican.

– Además el sacrificio fortalece nuestra voluntad contra el pecado.

– Nos ayuda a morir a nuestros desordenes afectivos para aspirar mejor a las realidades espirituales.

– Nos hace ganar méritos tanto para nosotros como para otras almas.

– y, en definitiva, nos hacen participar de la cruz que es, como sabemos, la única llave para entrar en el Cielo.

Por eso Jesucristo ha dicho que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto, porque el sacrificarse es una especie de muerte espiritual, y es justamente el tipo de muerte que produce esos frutos abundantes de los que nos habla Jesús en los evangelios: es morir a lo malo, a lo desordenado, a lo torcido, a lo incorrecto, a lo mediocre, a lo triste y pusilánime, a lo que estanca al alma y no le permite volar hacia la santidad.

Pensemos, por ejemplo, en los grandes sacrificios de los mártires, que soportaron la muerte del cuerpo para ganar la vida del alma; o en las lágrimas de santa Mónica que después de tantos años dieron como fruto a uno de los santos más grandes de la Iglesia, su hijo san Agustín; o el fruto de los sacrificios de tantos misioneros que en medio de grandes dificultades, largos viajes y peligros, enfermedades, torturas, etc., finalmente fructificaron la evangelización y conversión de pueblos enteros a la fe y su consecuente santificación; o hasta más cercano y cotidiano aún: ¿quién puede ignorar los sacrificios de los padres y las madres para educar cristianamente a sus hijos?, ¿las horas en vela y compañía de nuestros enfermos?, ¿las largas jornadas de trabajo para llevar el sustento a nuestra familias?…, y todas aquellas cosas que nos gustan y son buenas a las cuales renunciamos para ir tras las mejores, las de mayor peso para la eternidad, como esa sencilla hora a la semana para asistir a la santa Misa que tal vez hubiera sido un pequeño descanso, o ese sacrificio de nuestro orgullo para realizar una buena confesión, o esos minutos ofrecidos a la Madre de Dios para regalarle un ramo de rosas mediante el rezo del santo rosario, o ese tiempito que dedicamos a examinar nuestra conciencia para corregirnos y ser mejores de allí en adelante, etc.

Siempre los sacrificios, cuando son ofrecidos a Dios como corresponde, alcanzan abundantes frutos. ¿Qué significa que sean ofrecidos como corresponde?, significa ofrecerlos por los mismos motivos que Cristo: por amor, no por conveniencia egoísta o vanidad, sino sólo por amor a Dios. Y teniendo siempre presente que los frutos muchas veces no los veremos, sino que los sembramos para que otros los cosechen -nos referimos a los frutos de este mundo, claro, porque los frutos del cielo los recibiremos en la otra vida-.

En definitiva, el gran medio de seguimiento de Cristo que es siempre eficaz para santificarnos y producir frutos abundantes, es seguirlo sacrificándonos con Él en la cruz (en nuestra cruz de cada día).

Escribía san Alberto Hurtado como con los labios Jesucristo: «Para que siguiéndome en la pena, ya lo sabes: El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame… El grano de trigo, si no muere se queda solo; si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros, si a mí me han llamado Beelzebul ¿cómo os llamarán a vosotros? (cf. Mt 16,24; Jn 12,24; Mt 10,25). No haya ilusiones, en mi seguimiento hay penas… Soy Rey, pero reinaré desde la cruz, “cuando fuere exaltado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12,32). Muchos se desalientan de seguirme porque buscan un reino material, consuelos, triunfos, deleites, al menos espirituales… pero yo te lo digo: tendrás la paz del alma, pero has de estar dispuesto a vivir mi vida y morir mi muerte, la mía de Jesús, Salvador.»

“Sacrificarse” significa aprender a morir a sí mismo en búsqueda de ideales más altos que los ideales terrenales, por eso todo sacrificio implica renuncias, a veces incluso a cosas buenas y nobles, pero siempre en miras a las más altas, como hemos dicho, que no comprenderá jamás quien no tenga una fe pura y verdadera en el Hijo de Dios, que eligió el sacrificio como medio de salvar nuestras almas y como signo invencible de su amor por nosotros.

Si queremos llegar a hacer grandes sacrificios por amor a Dios y en reparación de nuestros pecados, debemos comenzar por las cosas pequeñas, porque “el que no es fiel en lo poco no es fiel en lo mucho” -como dice nuestro Señor-, y de esta manera la gracia de Dios va a ir obrando a sus tiempos en nuestras almas para asemejarnos cada vez más al mayor ejemplo de sacrificio por amor que es el del mismo Jesucristo.

En este Domingo de cuaresma, le pedimos a María santísima, aquella que participó más que nadie de los sacrificios de su Hijo en su propia alma, que nos alcance la gracia de descubrir con la fe el sentido salvador de cada sacrificio que tengamos oportunidad de ofrecer a Dios y aprovecharlo, y aprender a morir cada día a nuestro egoísmo, para dar abundantes frutos de salvación.

P. Jason Jorquera M., IVE.