Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios

Homilía del Domingo 1º de Cuaresma – ciclo B

 

Queridos hermanos:

Uno de los temas que aparece en más de una oportunidad en la Sagrada Escritura es el del tiempo, entendido específicamente como “plazo”, es decir, el momento preciso en que una acción debe cumplirse; así por ejemplo escribirá san Pablo a los gálatas (4,4) acerca de la Encarnación de Cristo: “cuando se cumplió el tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…”; e incluso mucho antes ya se podía leer en el libro del Eclesiastés (3,1): “Para todo hay un tiempo oportuno. Hay tiempo para todo lo que se hace bajo el sol.”. Pues bien, este tema surge nuevamente en el Evangelio de hoy, donde nuestro Señor Jesucristo dice explícitamente: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Como bien sabemos, la santa Cuaresma es un tiempo litúrgico -y espiritual si la vivimos como corresponde-, dedicado especialmente a buscar nuestra conversión por medio del acompañamiento de nuestro Señor en su camino a la sagrada Pasión. La cuaresma en es gran tiempo en que nos debemos poner delante de Dios con total sinceridad y humildad, y presentarle todo aquello de malo que haya en nosotros, y ofrecerle nuestro genuino arrepentimiento y propósito de enmienda, movidos por la contemplación de las terribles consecuencias del pecado que nos viene a hacer visibles de una manera única y exclusiva en los dolores de Jesús: en su preparación de nuestra redención y su culminación en el Calvario, donde su muerte por amor dividiría para siempre la historia en dos, tanto de la humanidad en general como la de cada alma que decida aceptarlo de verdad y comenzar su propio “después de Cristo” en su vida, que no es otra cosa que decir “desde ahora junto a Cristo”, pero de cerca, como amigos, arrepentidos, reparadores y entusiasmados por traducir en virtudes la gratitud por el perdón recibido.

Jesucristo viene a decirnos que “hay un plazo que ya se ha cumplido”, el cual podemos entender como todo el tiempo transcurrido hasta su venida al mundo, a partir de la cual ya no hay excusas porque ya nos predicó la verdad, y nos quedó escrita en la Sagrada Escritura y custodiada en la Iglesia Católica, y vivida y ejemplificada en ese vasto ejército de santos que la vivieron con un compromiso absoluto. Así también debemos mirar esta santa Cuaresma “como un plazo”, es decir, un tiempo especial “que debe cumplirse” para alcanzar gracias especiales de conversión, tiempo de mayor intimidad con Dios y ofrecimientos de buenas acciones en abundancia; tiempo para reparar nuestras faltas, tiempo de pedirle perdón a Dios y a quienes hayamos ofendido, tiempo de reconciliación, y tiempo de renunciar a los impedimentos que le ponemos a Dios para que pueda hacernos santos: pecados sin arrepentimiento, afectos desordenados no mortificados, olvido de su asistencia y compañía, indiferencia a las exigencias de nuestra fe, o defectos no combatidos con los cuales hayamos pactado amistad. Aún es tiempo de misericordia, aún es tiempo de perdón, aún se puede salir del lodo más espeso y del abismo más profundo, pero debemos actuar ya, ahora mismo, no mañana ni pronto sino hoy, porque nadie tiene asegurado el mañana y Dios está esperando hoy nuestra conversión, por eso decía magistralmente san Agustín: “No digas, pues: «Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado». Dices bien que Dios ha prometido el perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a los perezosos.”; así es que ahora, mis queridos hermanos, debemos decidirnos con firmeza a cambiar para mejor: que el alma en pecado salga de él, que las almas buenas se decidan a ser santas, y que todo esto esté reflejado en obras concretas de virtud. Esta santa Cuaresma es el tiempo de dejar atrás el hombre viejo y comenzar una nueva historia, de cara al Dios que ha venido en persona por los pecadores, “sus predilectos”, para transformarlos.

En este punto debemos recordar dos aspectos clave para emprender nuestra transformación, que son la confianza en Dios y “la paciencia” con nosotros mismos, pues iremos adelantando más o menos rápido según nuestras buenas disposiciones y nuestro sano entusiasmo perfumados por la gracia divina, sí, pero también según nuestras heridas y debilidades, las cuales deben sanar poco a poco normalmente, aunque si Dios desea infundir súbitamente un cambio radical depende absolutamente de su voluntad, como hizo con san Pablo, por ejemplo, pero no nos corresponde a nosotros exigírselo, aunque podemos perfectamente pedírselo con nuestras oraciones y nuestras acciones;  mientras tanto debemos dedicarnos a progresar a nuestro ritmo, sin parar, sin retroceder, sin bajar los brazos, y yendo siempre adelante quitando los obstáculos y adornando nuestra alma con virtudes, pues -como decía san Alberto Hurtado-, “Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina. Nuestra obra, cuando es perfecta, es a la vez toda suya y toda mía. Si es imperfecta, es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de la obra, es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios. Todo lo que queda acá o allá de ese querer, no es [ni siquiera] paja, es nada para la construcción divina.”.

Jesucristo culmina la enseñanza del Evangelio de hoy, con la simple y profundísima verdad que es capaz de cambiar una vida por completo: “creed en el Evangelio”, nos dice a cada uno de nosotros. ¿Qué significa actualmente esto para nosotros, los bautizados de hoy en día?, si ya creemos, ya poseemos la fe y tenemos a disposición los sacramentos… Pues podríamos decir que significa “creer más”, es decir, profundizar nuestras convicciones en el mensaje de Cristo, pues nuestra falta de progreso espiritual y santificación, si bien implica ausencia de virtudes o falta de desarrollo de estas en general, no pocas veces es la falta de fe, al menos en la práctica, pues pareciera que no creemos que podemos salir de nuestras faltas, que nos resignamos a nuestros defectos (“así soy”, frase terrible y arruinadora de santidades, expresión de la desconfianza en la gracia); que no creemos que el mismo Dios que resucita muertos y resucita almas y que hace santos nos puede transformar también a nosotros si ponemos de nuestra parte. Cuántas almas han renunciado a la santidad por egoísmo: por quedarse mirando solamente sus defectos (a sí mismos), a su naturaleza herida, a las miserias que arrastran, sin poner los ojos en la misericordia divina y en la gracia que es capaz de hacer milagros, tales como hacer amigos íntimos de Dios sacados de las canteras de toda la vasta gama y colorido de los vicios y pecados: hay santos que fueron ladrones, asesinos, prostitutas, mentirosos, rencorosos, perversos, etc., etc., y sin embargo, se rindieron ante la bondad de Dios y lo dejaron obrar en ellos… sabemos esto -no es nada nuevo lo que estamos diciendo-, pero ¿lo creemos de verdad?, ¿tenemos realmente fe en que la omnipotencia de Dios puede obrar también así en nosotros?; creamos mis queridos hermanos, creamos en Dios y creámosle a Dios firmemente cuando nos dice que ha venido a llamar a los pecadores, a rescatar lo que se hallaba perdido, y que el Reino de los Cielos es de los que se hacen pequeños, de los misericordiosos, los humildes, los pacíficos, etc.; y de cada uno de nosotros si le damos a Dios la oportunidad de transformarnos con su gracia. Pensemos en que mientras dure nuestra vida en este mundo Dios estará esperando nuestras conversiones, pues su bondad no le permite negarnos la posibilidad de cambiar, entonces, ¿le negaremos nosotros la oportunidad de transformarnos en mejores?

No sabemos cuál será nuestro último día en esta vida, no nos arriesguemos a que nos encuentre sin estar trabajando por entrar en el Reino de los Cielos.

Que María santísima nos alcance de su Hijo la gracia de ver con claridad, en esta santa Cuaresma, aquellos aspectos de nuestra vida en los cuales debemos trabajar siempre con gran confianza en Dios, y que nuestros propósitos le sean agradables y que los cumplamos con fidelidad y alegría, pues la recompensa que nos espera si nos decidimos de verdad, es desproporcionadamente maravillosa: el Reino de los Cielos, meta y recompensa de los pecadores que se convirtieron y creyeron con intensidad en el Evangelio.

P. Jason, IVE.

Señora de todos

“Queremos ser todo tuyos”

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Así pues, durante su vida mortal gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también condescendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente San Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su reina, estos a su señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de sus carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquier otra creatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la madre del Señor lo que deseaban”[1].

María es Madre de todos porque su señorío es universal. Su señorío subordinado al de Cristo se extiende al cielo, a la tierra y a los mismos abismos[2].

En el Cielo reina sobre los mismos ángeles en virtud de su elevación al orden hipostático relativo. Es Señora y Reina de los ángeles. También es Señora de los bienaventurados y santos, que adquirieron la bienaventuranza por la redención de Cristo y la corredención de María. Es Reina y Señora de todos los santos.

María es Señora de las almas del purgatorio que están confirmadas en gracia y gozarán de la eterna bienaventuranza. La Santísima Virgen ejerce su señorío sobre ellas visitándolos maternalmente, consolándolos y apresurando la hora de su liberación.

En los abismos se deja sentir también su señorío, en cuanto que los demonios y condenados, reconociendo su poder, tiemblan ante ella, ya que puede desbaratar sus ataques, vencer sus tentaciones y triunfar de sus insidias sobre los hombres. Y cuando el mundo termine, perdurará eternamente el rigor de la justicia divina sobre aquellos que rechazaron definitiva y obstinadamente el señorío de amor de Jesús y de María.

María es Señora de toda la tierra por derecho natural y de conquista. La Iglesia pone en boca de María estas palabras de la Escritura que corresponden primariamente a Cristo: “Por mí reinan los reyes, y los príncipes decretan lo justo; por mí mandan los jefes, y los nobles juzgan la tierra” (Pr 8, 15-16)[3].

María es Señora de todos por su maternidad espiritual. Es Señora de los pobres y de los ricos, de los enfermos y de los sanos, de los ignorantes y de los sabios, de los pecadores y de los santos, de las ovejas del pueblo de Dios y de sus pastores.

Vemos que a su lado llegan hijos para pedir el sustento diario, el trabajo, las necesidades materiales, pero también acuden los que necesitan las cosas espirituales, el perdón de los pecados, el conocimiento de los misterios divinos y el camino para llegar a Jesús. A ella acuden todos, ricos y pobres, para pedir la salud, pues, no hay bienes materiales suficientes para conseguirla. A ella acuden los sabios de la Iglesia para crecer en el conocimiento divino porque ella es sede de la sabiduría. A ella acuden todos los cristianos para venerarla, para ofrecerle sus oraciones, sus sacrificios y su vida. A ella también acuden los pastores de la Iglesia para que ella, divina pastora, les enseñe a guiar la grey de su Hijo, en fin, todos recurren a esta Señora para que ella les colme de gracias.

María como buena Madre y señora no deja de lado a nadie, no discrimina a nadie, sino que a todos ama y los quiere conducir al cielo. Incluso los más grandes pecadores encontrarán acogida en los brazos de esta Divina Señora. Las almas santas también recurren a ella para que las sostenga porque es poderosa en el cielo, en la tierra y en los abismos. En el Cielo es poderosa intercesora, es la omnipotencia suplicante. En la tierra tiene poder absoluto sobre los enemigos de la Iglesia. Contra los herejes y sus herejías como lo muestra la historia, p.ej., la de Santo Domingo en su lucha contra los albigenses o en la lucha de los cristianos contra los musulmanes en Lepanto. Y en el abismo por su eterna enemistad con el diablo y por el poder que Dios ha concedido a esta mujer de nuestra raza.

Señora de todos y a la que todos, en consecuencia, debemos respeto y sobre todo amor, porque su señorío no es de fuerza y poder, de explotación, sino de mansedumbre, de libertad y de amor porque quiere que todos la tengan por Señora.

Tener a María por Señora es una gracia y una gracia inmensa que es concedida como don pero que impetramos por nuestra devoción sincera, por nuestro absoluto abandono en sus manos. Si le entregamos todo nuestro ser, en especial, nuestro corazón, ella lo enseñoreará y lo hará semejante a su corazón.

¡Madre de todos, queremos ser todo tuyos y darte todo lo nuestro para que toda nuestra persona te pertenezca y también todos nuestros bienes!

[1] San Amadeo de Lausana, Homilía 7: SC 72, 188.190.192.200. Cit. en la Segunda Lectura del Oficio de la Santísima Virgen María, Reina. Día 22 de agosto.

[2] Cf. Flp 2, 10-11

[3] Sigo a Royo Marín, La Virgen María, BAC Madrid 1968, 228-29

“Providencialmente llegó para la cuaresma”

Nueva imagen de nuestro Señor para el Vía Crucis de la basílica

Queridos amigos:

Acabamos de comenzar el tiempo de Cuaresma, invitación a la conversión mediante la contemplación de la sagrada Pasión de nuestro Señor. En este tiempo debemos acrecentar nuestra piedad y nuestra vida de oración, para alcanzar aquellas gracias que la Divina Providencia ha dispuesto de manera especial en este tiempo para transformarnos espiritualmente en mejores; tiempo de dar más limosnas a quienes lo necesitan y así reparar nuestras faltas y practicar la caridad; tiempo de sacrificios y privaciones por amor a Dios, por amor a la virtud, al bien, a lo mejor… a la santidad. Es por eso que, además del santo rosario y demás prácticas de devoción que siempre son fecundas, siempre nos benefician, también es muy recomendable rezar el santo Vía Crucis, y mejor si es en comunidad, porque “donde hay dos o tres reunidos en el nombre del Señor, allí está Él en medio de ellos”, y en este caso de manera muy especial, pues esta piadosa devoción produce grandes frutos en el alma que la reza con profunda piedad y aprende a adentrarse más y más ese gran misterio del Dios encarnado viniendo a tomar el lugar que le corresponde a los culpables y sufrir lo indecible, sin retroceder jamás, pues la nobleza de su amor lo llevó hasta las últimas consecuencias, hasta el calvario y la cruz por cada uno de nosotros.

Es por eso que hace años rezamos en cuaresma el santo Vía Crucis por la basílica, recorriendo cada una de las estaciones que ornamentan con llamativa sencillez los muros de las ruinas que resguarda el monasterio, pero este año es diferente, especial, pues por gracia de Dios pudimos conseguir y colocar una hermosa imagen de nuestro Señor Jesucristo en la 12ª estación, y llegó justo para la Cuaresma gracias a esas cosas de Dios:

Un sacerdote amigo de un sacerdote nuestro, le contó acerca de un lugar donde vendían cosas antiguas: muebles, vajilla, adornos, etc., pero también imágenes que venían tristemente de iglesias que se habían cerrado; fue así que, una vez conseguida la dirección fuimos a tratar de rescatar al menos alguna de esas imágenes y devolverlas a la devoción de los feligreses, y la verdad es que gracias a Dios pudimos conseguir más de una, tanto nosotros como nuestras  hermanas (nosotros gracias a nuestros padres misioneros que nos regalaron una hermosa Sagrada Familia de Nazaret y un bellísimo Sagrado Corazón, además de un crucifijo para el altar); y si bien nos hubiera encantado traerlas todas, no tenemos obviamente ni el dinero ni el lugar donde ponerlas, pero lo importante es que varias están ahora donde les corresponde: conventos, monasterios y capillas. Pero volviendo un poco atrás, el día en que llegamos al lugar había que ponerse a recorrer y buscar entre muebles polvorientos, lámparas, espejos, y tantas otras cosas, para encontrar lo que buscábamos. Y fue justamente detrás de una puerta que daba a una vieja escalera, la cual subía a unas viejas habitaciones, donde entre un montón de cuadros viejos y tapados de tierra, se dejaba ver apenas un hermoso rostro, en el suelo, sucio, un poco roto y despintado, pero realmente hermoso… Fue en ese mismo momento en que “se dejó encontrar” por nosotros que en seguida fue pensado para estar donde ahora está: formando parte del Vía Crucis del monasterio, mirando hacia la imagen de santa Ana, en la 12ª estación que conmemora la muerte más importante de la historia porque es la única capaz de producir vida, salvación y eternidad. Así que, una vez en casa y restaurado, sólo quedaba ubicarlo donde corresponde y se destaca, llamando la atención de los turistas (los no cristianos que vienen a visitar por el aspecto histórico de este lugar), respondiendo a la piedad de los peregrinos, y contribuyendo delicadamente a la oración comunitaria de los monjes. Y, por supuesto, hicimos la solemne bendición de esta hermosa imagen.

Damos gracias a Dios y a la Sagrada Familia por cada uno de esos “detalles” que la Divina Providencia tiene constantemente con la casa de la abuela de nuestro Señor, gracias a ustedes por sus oraciones a la distancia por apartado lugar que poco a poco ha ido reviviendo y llamando a los peregrinos a rezar en la sencillez de sus muros y simplicidad de su capilla. Les deseamos a todos una muy fecunda cuaresma, y que cada uno de nosotros se determine seriamente a ser generosos con Dios en nuestro tiempo para rezar y acompañarlo a su sagrada Pasión en este próximo Triduo Pascual. Que aprendamos de nuestro Señor a abrazar también nuestra cruz con alegría sobrenatural, sabiendo que esconde en sí un manantial de bendiciones para quienes la sepan aprovechar principalmente para unirse más a Dios:

“La llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención del mundo. Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción. Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y sigamos siempre tus huellas.” Benedicto XVI

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.

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Nube fecunda que destila bienes

Es María la Nube fecunda que trae a Dios a nuestra alma…

P. Gustavo Pascual, IVE.

La nube es otra figura de la Santísima Virgen. Pero no una nube cualquiera sino una nube fecunda.

Por el cielo vemos pasar distintas variedades de nubes: las hay muy pequeñas, que nunca crecen sino, por el contrario, se desarman y son estériles. Hay otras que vienen cargadas y aparecen terribles, negras y ruidosas, rodeadas de rayos y que precipitan en granizo y no son beneficiosas sino perjudiciales. Las hay, finalmente, cargadas, inmensas y que precipitan en lluvias fecundas, en bienes para la tierra sedienta.

No hay cosa mejor para la tierra que la lluvia. Ella hace crecer la semilla y hace dar fruto. Sin la lluvia la tierra se vuelve estéril y se manifiesta muerta.

La palabra de Dios es como la lluvia que siempre produce frutos. Dios la envía a la tierra con ese fin y nunca vuelve a Dios vacía, sino que lleva frutos.

La palabra de Dios, el Verbo de Dios, ha sido derramada sobre la tierra, ha sido dada a los hombres por medio de María. Ella es la nube fecunda que ha destilado el mejor bien para los hombres que es Jesucristo. Y por este bien nos vienen todos los bienes.

Jesús con su redención nos ha dado el Cielo, nos ha dado a Dios mismo, el mejor de los bienes.

Dice Santa Teresa hablando de la oración que cuando está en su cumbre es como la lluvia que Dios envía. Sin fatiga nuestra empapa nuestra vida interior y la hace producir muchos frutos. Esto se puede aplicar a la vida espiritual. Cuando Dios obra en el alma, cuando Dios fecunda el alma, cuando Dios viene y habita en el alma, nuestra alma se vuelve terreno bueno, campo que da el ciento por uno.

Es María la Nube fecunda que trae a Dios a nuestra alma. Sin fatigas de nuestra parte, ella, cuando nos entregamos en sus brazos, nos da a Jesús y con Él todos los bienes.

Como el panal destila miel y la flor néctar así la Santísima Virgen destila bienes a los hombres.

Todas las gracias nos vienen por María. Así lo ha querido Dios. Ella nos trajo al Autor de la gracia y con Él todas las gracias.

María es mediadora de todas las gracias. Es la que distribuye las gracias conseguidas por Jesús. Una por una ella las distribuye entre los hombres.

La nube es impulsada por el viento y precipita allí donde el viento la lleva. El viento es el Espíritu Santo y la nube es María. Esta nube fue movida por el Espíritu Santo para dar una respuesta acertada a la embajada del ángel. Por su sí el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y ella concibió al Verbo Encarnado. Por obra del Espíritu Santo la Virgen comenzó a ser Madre y de nube infecunda se convirtió en nube colmada de bienes.

Esta Nube fecunda se deja arrastrar también ahora por el viento del Divino Espíritu y derrama sobre cada hombre los bienes que Dios tiene dispuesto derramar por ella.

María no se mueve sino por el impulso de su Divino Esposo. De María debemos aprender la fidelidad al Espíritu Santo porque Él nos llevará por el camino de la santidad y nos hará también a nosotros nubes fecundas que den muchos frutos.

Y es notable que, aunque la nube puede precipitar en distintos lugares, según se den las condiciones atmosféricas, por lo general precipita en zonas determinadas y así se forman zonas fértiles y aptas para el cultivo, zonas donde es la lluvia la fuente única de riego, zonas donde la tierra se vuelve fértil y fecunda.

María va formando a los predestinados, a los que ella quiere formar o mejor dicho moldear siguiendo en esto la voluntad de Dios, pero de parte de los hombres esta nube generosa requiere una disposición: la total apertura para ser regada, para que ella derrame una lluvia copiosa de bienes en ellos. No puede derramar su lluvia sobre aquellos que no la desean o que rechazan la fecundidad de esta nube o niegan su grandeza y riqueza. Sólo la tierra sedienta de Dios y de la lluvia es apta para ser regada por el agua de esta nube. La tierra de estas zonas espera pacientemente la lluvia para hacer crecer la semilla y llevar frutos y la nube se derrama con profusión, en la medida del anhelo de la tierra.

Y después de la lluvia, ¡qué hermoso se vuelve el lugar! ¡qué nítido! ¡qué transparente! Desaparece todo el polvo en suspensión, se precipitan las partículas espurias del aire y todo se vuelve claro y luminoso. Además, se siente un perfume en el aire, perfume a tierra mojada. La naturaleza expande sus aromas y hace agradable el paraje.

Así ocurre con las almas fecundadas por María. Se vuelven claras y limpias, transparentes, puras, graciosas, cristalinas y esparcen el buen olor de Cristo, el olor del alma llena de Dios, del alma colmada de esperanza, del alma que promete abundantes frutos.

 

Pecar es morir

Meditación sobre el pecado

San Alberto Hurtado

 

Pecar es morir. Es la única muerte. Sin pecado la muerte es vida, es comienzo de la verdadera vida; pero con pecado el que vive muerto está:

“No son los muertos los que en la paz descansan de la tumba fría,

muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía”.

Esta verdad es la más cierta de todas: ¡Pecar es morir! La muerte entró en el mundo por el pecado (cf. Rom 5,12). Dios, Padre de amor, puso a los hombres para que vivan, vivan aquí, ¡inmortales continúen viviendo allá! Aquí, en salud, sin tentaciones, sin fatigas, sin dolores, en salud, en descanso, en belleza, en amor. El placer de hacer lo que quiero, de obrar como supremo soberano, de ser mi propia ley, de no estar sometido… y creatura significa esencialmente “sometido”… vulneró su naturaleza en lo más íntimo, perdió su sobrenaturaleza, y definitivamente los adornos preternaturales de su vivir.

Una experiencia de su libertad: la mariposa quiso conocer el fuego y se quemó; el chiquillo quiso lanzarse al espacio y se hizo pedazos; el temerario quiso probar sus fuerzas sobre las olas y se ahogó. Violentaron su naturaleza y murieron. Y desde Adán y Eva, la muerte física de todos: la experiencia de la muerte, la más universal de las experiencias, pero esta muerte física no es sino el símbolo de las otras muertes que tiene el pecador.

  1. Morir a la verdad

El pecado es la mentira. Es mentira que somos autónomos. Tenemos ley y la atropellamos. Mentira que amamos a Dios y le ofendemos. Mentira que esos placeres nos van a dar felicidad. El que se adhiere a lo caduco cae con ello; el que se apoya en caña, sangra al romperse. Mentira que seguimos la naturaleza porque cada pecado es un atropello a la naturaleza: del hijo que insulta a su padre; del hermano que atropella y despoja a su hermano; del hombre que viola las funciones de vida; de la creatura que desconoce los derechos del Creador.

  1. Morir a la belleza

El pecado es la fealdad: rompe la armonía. La obra de Dios es bella y armónica: parece un concierto; el pecado es desarmonía, una nota estridente. ¡Alguien que se sale del concierto para dar su nota de egoísmo! Y cada pecado tiene específica fealdad: La ira es arrebato, es estallido de pasión, “yo”, es oprimir al débil, es cebarse en carne humana. La pereza, que horrible es la pereza… la indolencia, no colaborar en el gran trabajo humano. La embriaguez, perder el sentido, renunciar a ser hombre. La gula: hartarse peor que los animales como los Romanos… vomitar… poner en riesgo su salud, ¡esclavo de la comida! La lujuria: esclavos de la carne. El hombre al servicio de sus glándulas. Y por una conmoción de un rato, de orden animal, renunciar a su amor, a su hogar, a sus hijos, a perder su porvenir. Es mentira y es fealdad. Jurar un amor que no se tiene para poseer y abandonar, ¡a veces para matar después! El egoísmo: fealdad del hombre concentrado en el “yo”, y muerto a lo demás. Los dolores de los demás, su hambre, a veces la muerte no le impresionan. Se desespera en cambio por cualquier capricho propio. Y así todos los demás pecados son feos: por eso se ocultan en la noche, se disculpan, se disimulan… y cuando ni eso se hace es porque la fealdad ha llegado a su máximo: es el cinismo.

Mata a la hombría, al valor, porque es la derrota, la renuncia. No hago lo que quiero… sino lo que otro, o lo que mi “yo” menos bueno, mi “yo” inferior manda. ¿Dónde está el valor en arder y renunciar, o en arder y dejarse quemar? En querer guardar lo que me agrada, o darlo generosamente a otro. Recórranse todas las tentaciones y se verá que el verdadero valor, la hombría está en sobreponerse. Hay quienes dicen que esto es demasiado, que es un lenguaje pasado de moda, ¡que no se pide tanto! Eso se dice. ¿Qué se podrá tallar en esa madera?.

Y lo peor es que cada pecado debilita más y más. A medida que uno persevera en el barro se hunde más y más, y se hace más difícil salir. El poder para el bien se hace cada vez más débil, el poder para el mal, el atractivo, las voces del pecado, cada vez más fuertes.

  1. Morir a la delicadeza

Esa hermosa cualidad que hace la vida hermosa: fijarse en lo pequeño, deseo de agradar, atenciones, sacrificios, que son el perfume de la vida… El pecado vuelve al hombre grosero, egoísta, vuelto sobre sí mismo. No tiene ojos más que para sus propios gustos. A veces uno ve maridos, casados con una esposa ideal, nace un amor torcido, y se vuelven brutos, ven a su esposa triste, envejecida, perdido el sentido de la vida… sus hijos abandonados, el patrimonio que se va… y nada. “No corto con lo que me agrada”.

A veces muchachos llenos de cualidades, dominados por una pasión, van poco a poco perdiendo la delicadeza: piden dinero prestado, no lo devuelven, viven de la bolsa, hacen una incorrección, y luego otra para tapar la primera… ya no se esconden: se exhiben en público…

Otras veces son las palabras duras, la falta de respeto y de cariño a los padres: no hay tiempo para conversar con ellos, para darles un gusto, para sacarlos, para darles una bella vejez. ¡Hasta a veces se les da positivos disgustos! Y no es puramente voluntario: es que ha cambiado su carácter, se hace irascible, ha perdido el control, falta el aceite, no hay la vida interior en la que todo se arregla, no hay la humildad de una confesión sincera… ¡a lo más una acusación con cualquiera para salir del paso!. Falta el ánimo de levantarse para “volver a ser yo”. “Feliz aquel que cuando oyere la voz del Señor se levanta a tiempo y va hacia su Padre y recobra su delicadeza!”.

  1. Morir a la dignidad

¿Adónde se rebaja un pecador? Roba a su madre: el que le pidió plata, no se la dieron, le robó, la mató… y se fue a suicidar. ¡Qué casos, Dios mío, los que uno sabe! ¿Cómo se ha podido llegar allá? Abusa de la confianza de un amigo… llega a prostituir a su mujer o a su hija… para lucrar; ¡no pasan en las nubes esos casos! Falsifica firmas… ¡Engaña a su mejor amigo! Es la suerte del pecador… Y el que se pone en el plano inclinado ¿quién sabe a donde irá a parar?

  1. Morir a los ideales

Bellos ideales de juventud: obras que yo quería realizar ¿dónde estáis? ¿Por qué ya no me conmovéis como antes? ¿Por qué no me decís nada?… ¿Me dejáis frío? Os miro como algo tan lejano. ¡Cómo pude yo entusiasmarme con esto! La vida tiene sólo un sentido positivo, frío, egoísta, que yo llamo a veces “realista”, “positivo”, “puesto en este mundo”. ¿Estaré en la verdad? ¡¡Esta vida que se pesa, se mide, se cuenta, es la única!!

  1. Morir a las realidades

Pero no sólo a los ideales, a las mismas realidades. ¡Cuántos ha podido uno ver que prometían tanto y no han hecho nada! Se han hundido, ¡¡se pasmaron!! Y parece que esto fuera más propio de aquellos que han sido de inteligencia más clara, porque han comprendido más las posibilidades de la vida y no se pueden contentar con mediocridades. Al perder el sentido de lo heroico, ¡pierden también el sentido de lo humano! No hay nada que estimule una labor que sólo se puede animar con algo proporcionado a su gran capacidad. Otros, para quienes el dinero, el trabajo mismo es el único ideal, son capaces de esto. ¿Hasta dónde les llena después, hasta dónde les satisface plenamente?

 

“Un disparo a la eternidad”, pp.49-55 s53y05