EL CIELO Y LA VIDA ETERNA

Jn 17, 3 – Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo.

Queridos todos, en este VIIº Domingo del tiempo de Pascua, estamos rodeados de una “atmósfera celeste” en la liturgia -es cierto que la liturgia siempre es algo celeste que realizamos en la tierra, pero ahora parece ser aún más notable este aire que se siente-: hace pocas semanas hemos celebrado el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, resucitando al tercer día, según las Escrituras; hace apenas algunos días (el pasado jueves), hemos festejado devotamente la solemnidad de la Ascensión del Señor, cuando subió a los Cielos y donde está sentado a la derecha del Padre; y ahora nos preparamos para, dentro de una semana, celebrar la venida del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria

Santo Tomás de Aquino tiene un sermón en que comenta el Credo, artículo por artículo. Cuando el Aquinate comenta el artículo sexto: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, dice que “Después de afirmar la Resurrección de Cristo, conviene creer en su Ascensión, pues Él subió al cielo después de cuarenta días de resucitado. He ahí por qué se dice en el Credo: ‘Subió a los cielos’.”

El Doctor Angélico explica tres características principales de este acontecimiento, de las que voy a abordar apenas un aspecto de la última.

Dice él que la Ascensión fue sublime, racional y útil.

Al hablar de la utilidad de la Ascensión, (el santo) explica que Cristo ascendió a los cielos para conducirnos hasta allá; una vez que desconocíamos el camino, fue útil para nosotros que Él nos lo mostrase. También dice que Jesús subió a los cielos para interceder por nosotros, y para corroborarlo, cita la carta a los Hebreos que dice: “Subió por sí mismo al Dios siempre vivo para interceder por nosotros” (Heb 7,25). En último lugar, dice que Cristo subió a los cielos para atraer a sí nuestros corazones, pues como el mismo Señor había dicho en el Evangelio de Mateo (6,21): “Dónde está tu corazón está tu tesoro.” No es mi intención detenerme en estos aspectos, porque ya hemos celebrado la Ascensión, lo que quiero remarcar aquí en este sermón de hoy, es la realidad de dónde está Cristo, de dónde está esperándonos: en el Cielo, a la derecha del Padre.

¿Qué es el Cielo? Algunos me responderán que es la Vida Eterna. Y si les pregunto ¿qué es la vida eterna? Me podrían contestar con las palabras de Jesús en el Evangelio que apenas hemos escuchado: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.” (Jn 17,3) El gran poeta italiano, Dante Alighieri, en el Libro del Paraíso, en la Divina Comedia, Cántico XXXIII (vv. 124-126) expresa casi como si estuviera ya contemplando lo que Jesús nos dijo en el Evangelio hoy, pero en un tono bien poético, dice:

O luce etterna che sola in te sidi,

sola t’intendi, e da te intelletta

e intendente te ami e arridi!

(“Oh luz eterna que sólo en ti reposas, / sólo tú te comprendes, y por ti comprendida, / y comprendiéndote, te amas y sonríes.”)

Algunos grandes autores han descrito también, de modo poético algún aspecto -en la medida de lo posible- del cielo. Fray Luís de León, por ejemplo, en su Oda Noche Serena canta:

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura…

La gran Doctora de Ávila, Santa Teresa, quizás siguiendo el Evangelio dónde Nuestro Señor dice: “El Reino de los Cielos está en vosotros”, describe con la analogía del Castillo Interior la presencia de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el interior del alma: “Considerar nuestra alma como un castillo hecho de un diamante o muy claro cristal” dónde dentro habita una luz indescriptible, que es el mismo Dios.

O también San Juan de la Cruz, el Doctor Místico de Fontiveros, siguiendo la línea de Santa Teresa, canta en su Llama de amor viva (estrofa 1):

¡Oh llama de amor viva,

Que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Y en otro lugar en la misma canción (estrofa 4):

¡Cuán manso y amoroso

Recuerdas en mi seno,

Donde secretamente solo moras!

De todos modos, me parece útil preguntarnos qué es lo que la Iglesia, con su sabiduría de casi dos milenios, ha entendido siempre por el Cielo. Veamos qué dice el Catecismo de la Iglesia:

CIC 1024: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.”

Es cierto que, como dice San Pablo a los Corintios en su primera carta: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9), sin embargo es posible, con base en lo que hemos dicho hasta aquí, establecer algunas características esenciales del cielo, especialmente siguiendo lo que el Catecismo nos enseña.

Vida Perfecta: Por la gracia de Dios, somos “partícipes de la naturaleza divina” (Cf. 2Pe 1,4) enseña San Pedro. La vida que vive la Santísima Trinidad es una vida perfecta y que nosotros, por la gracia, somos llamados a participar: aquí en esta vida, de un modo imperfecto, en el cielo, perfectamente.

Comunión de vida y de amor: El conocimiento que tiene Dios de sí mismo genera vida y amor. Dios es vida y amor en sumo grado: “Dios es amor” dice San Juan (Cfr. 1Jn 4,8; 16). El mismo Jesús dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Cf. Jn 8, 32). Estando en el cielo, estaremos metidos en esta harmonía eterna que irradia de la Divinidad.

Fin último: Todo el que obra, obra por un fin, es un principio filosófico. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros una finalidad. San Ignacio de Loyola nos lo enseña muy bien en el libro de los EE: “El hombre es creado para amar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma.” (EE, 23) El fin último nuestro es salvar nuestra alma, es decir, alcanzar el cielo por toda la eternidad, por medio del amor, de la alabanza y del servicio de Dios nuestro Señor.

Dicha definitiva y suprema: Otro principio filosófico es que, una vez alcanzado el fin, la creatura reposa en él: “La voluntad descansa en el bien poseído”, de un modo estupendo San Agustín lo ha formulado así: “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Fecisti nos ad Te et inquietum es cor Nostrum donec requiescat in Te, Confesiones, I, c.1) Esto justamente es lo que nos da el gozo supremo: la posesión del bien supremo, es decir, Dios mismo. Allá en el cielo lo tendremos, lo contemplaremos cara a cara.

Para terminar, podemos citar algunos textos de la Sagrada Escritura dónde justamente nos habla de esta vida eterna en el cielo:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.” (Jn 17,3)

Y este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al hijo de Dios no tiene la vida…” (1Jn 5, 11-12)

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados…” (Heb 8,11-12)

…y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra.” (Os 6,3)

Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo…” (2Cor 4,6)

Pidámosle pues, a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de amar con todo nuestro corazón esta verdad del cielo. Que en unos instantes, cuando profesemos nuestra fe y digamos creer en la Vida Eterna, que realmente lo hagamos con todo el corazón, y que la Virgen nos conceda también la gracia de crecer siempre más en el conocimiento del Señor, pues como dice el Espíritu Santo en el libro de la Sabiduría: “Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad…” (Sab 15,3)

Ave María Purísima.

P. Harley Carneiro, IVE

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