Hace cosa de una semana, estábamos concluyendo los trabajos para preparar una sencilla fiesta donde celebramos el vigésimo aniversario de la presencia de los monjes del IVE en la Casa de Santa Ana, en Séforis. Mientras hacíamos estos últimos ajustes y repasábamos los últimos detalles, encontramos un videíto del P. Alejandro Díaz, que fue uno de los monjes que fundaron esta comunidad, en que él, en determinado momento, habla de que a partir de aquel IVº Domingo de Pascua del año 2006, cuando los monjes celebraron la primera Misa de la Comunidad aquí, “Jesús volvió al Sagrario”, volvió a estar presente… la lucecita que acompaña la presencia real, verdadera y substancial de Jesús en el augusto Sacramento, volvió a estar encendida después de poco más de tres décadas. Luego de escuchar estas palabras del relato del Padre me puse a reflexionar, y me vino a la mente justamente lo que lleva por título de este pequeño escrito: “Y hace 20 años Jesús volvió a la casa de su abuela…”
Las realidades vividas en el lugar santo donde habitamos, en la Casa de santa Ana, son cosas que nos pueden llenar muchísimo la imaginación, dado que los hechos documentados son realmente escasos, y los que existen no son retratos fieles de lo que sucedió aquí, uno puede lícitamente -amparado en lo que es la tradición oral y el peso que tiene especialmente en estas tierras-, recrear momentos; imaginándolos con toda la simplicidad que nos permite la fe y la piedad cristiana. ¿O será algo de otro mundo el pensar en cómo la Virgen Niña aprendió de su mamá, santa Ana, las tareas más sencillas del hogar?; ¿Acaso no habrá ella tenido sus momentos de estudio, de alegría, jugando con otras niñas de la ciudad?; ¿No habrá recorrido los campos enormes que desaparecían ante sus ojos tan pequeños de niña, jugando, riéndose, haciendo lo que tenía que hacer [como siempre lo hizo] que era ser precisamente una niña?
¿Estará mal el pensar que después de haber sido desposada por san José, varón justo, trabajador ejemplar, artesano habilidoso, hubiesen recorrido estas tierras con el Niño Dios en medio, jugueteando por un lado, por otro, haciendo admirarse a todos los que le rodeaban? Iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia, dice el Evangelio. ¿Acaso estará mal el pensar e imaginar cómo habrán rezado en su casa, o más bien, en la casa de su abuela? Habrán aprendido de ellos los rasgos más importantes de la piedad del pueblo hebreo, de entre tantas otras cosas que habrán aprendido aquí… Me parece que realmente vale la pena imaginar estas cosas… Son sencillas, pero al final, ¿no son las cosas sencillas que mayor impacto dejan en el alma?
El poder estar trabajando, cuidando de la casa de los abuelos de Jesús es algo realmente increíble, una gracia tremenda que el Señor ha concedido a nuestra pequeña familia religiosa hace ya 20 años. El trabajo de los monjes aquí es tan sencillo y oculto como lo fue la vida de san Joaquín, de santa Ana, de la Virgen Niña, de san José, del Niño Jesús, del Adolescente Jesús, del Adulto Jesús… Y como nosotros, por regla, tenemos la gracia de adorar al Señor en el Santísimo Sacramento dos horas todos los días (una a la mañana y otra al final del día), tenemos una fuente de primera mano para imitar las virtudes de los que aquí vivieron muchísimos años atrás.
Realmente hacen eco en nuestros corazones, las palabras de la Virgen que ella le dirige a los sirvientes de las bodas en Caná de Galilea (a tan sólo unos pocos kilómetros de aquí): “Haced todo lo que Él os diga…” Y hace 20 años que la presencia del Señor del Universo, de Jesús Eucaristía, guía y sostiene la vida de los varios misioneros que han pasado ya por esta casa. En el silencio, en la soledad, en el ocultamiento y en la laboriosa tarea de guardar la casa de los abuelos de Jesús, también -paralelamente- los monjes han ido manteniendo y arreglando, perfeccionando cada vez más el otro edificio más interior, el de sus almas.
El lugar es propicio, el ejemplo lo tenemos en el sagrario (desde hace 20 años), y entre la contemplación y la acción, le damos alas a la imaginación para alimentar la piedad y buscar imitar a los que aquí han vivido, celosamente guardando lo que de más sagrado puede haber aquí: Jesús, el Verbo Encarnado, que nos mira desde el sagrario, reposando plácidamente en la casa de su abuela…
P. Harley Carneiro, IVE