Llenemos nuestras lámparas

Homilía del Domingo

Mateo 25, 1-13

Dice san Gregorio Magno, comentando este Evangelio que: “Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias.”; y san Jerónimo completa esta misma idea diciendo que: “Aceite tienen las vírgenes, que según la fe se adornan con buenas obras. No tienen aceite los que parece que profesan la misma fe, pero descuidan la práctica de las virtudes.”

Queridos hermanos, en el día de hoy la Sagrada Escritura nos invita a considerar, examinar, discernir, enmendar o mejorar, en lo que respecta a las obras que nacen de la buena fe, es decir, de una fe viva y vivida, es decir, no de la fe mediocre, ni de la fe a medias y ni mucho menos de la fe solamente de palabra. Con relación a esto recuerdo más o menos una historia que escuché cuando era aun seminarista. Decía más o menos así:
Una señora protestante fue a la Iglesia a hablar con el padre para tratar de defender su actual postura. Una vez recibida, comenzó a contarle que ella había sido católica pero que se sentía mejor ahora como protestante, a lo cual el padre interrumpió con una sencilla pregunta que la desconcertó un poco: “perdón, pero ¿usted era una buena católica?”, y entonces la señora pareció titubear, a lo que el padre con total tranquilidad agregó: “se lo pregunto porque aquellos que dejan la Iglesia normalmente no han sido buenos católicos, y pretender echarle la culpa a la Iglesia de su decepción, falta de fervor o sentimiento de cierto vacío en sus vidas…”; y el resto de la explicación es más o menos lo que todos nosotros deberíamos saber de sobra: un verdadero católico no es el que se limita a ofrecerle a Dios las migajas de su devoción, es decir, los que “generosamente le ofrecen lo mínimo, simplemente porque lo aman poco”; un buen católico no se conforma con la santa Misa Dominical (la única hora a la semana que Dios nos pide a cambio de las 168 horas que tiene la semana, en cada una de las cuales Él jamás se olvida de nosotros, ¡jamás!), ni con algún que otro rosario de vez en cuando y ya, no, eso no basta para llenar nuestras lámparas, y menos aun teniendo presente que Jesucristo jamás es egoísta en el regalarnos sus gracias, jamás se conforma con poco amor, con poca misericordia ni con poco perdón para nosotros. Un buen católico sabe vivir agradecido y agradeciendo, ofreciendo y creciendo sin cesar en su vida espiritual, ya que el bien es difusivo de sí y por lo tanto no puede estarse quieto ni sin ganas de crecer y comunicarse a los demás; es por eso que nuestra espiritualidad católica no tiene límites en esta vida: siempre podemos adquirir virtudes, siempre podemos acrecentar esas virtudes, siempre podremos hacer más y más obras de caridad, de renuncia, entrega, perdón, generosidad, etc., etc.; porque gracias a Jesucristo, fundador de la Iglesia verdadera, tenemos toda una inefable riqueza espiritual a mano para adquirir y repartir con los demás, comenzando por la gracia sacramental, la recepción de su cuerpo y sangre en la eucaristía y de su perdón en el sacramento de la reconciliación; pero eso no es todo, también podemos rezar e ir desarrollando una verdadera y efectiva intimidad con el mismo Dios, y tenemos la Sagrada Escritura para saborear y asimilar la maravillosa doctrina que en ella se contiene, y los textos de los santos para acercarnos a la manera de vivir de manera más intima el Evangelio, y el ejemplo de los mártires, y los buenos consejos de los buenos sacerdotes y directores espirituales; y las enseñanzas del magisterio de la Iglesia, e infinidad de textos de los santos padres, de los santos papas y de los santos místicos; y como si fuera poco, tenemos todo un catecismo en el cual la Iglesia nos ilumina y nos invita a conocer mejor y profundizar cada vez más en nuestra fe; sin contar con las gracias actuales y las propias que Dios concede a cada uno según su estado de vida… todo esto y más aún, pero no pretendo alargarme más; y todo esto -mis queridos hermanos-, tan solo a cambio de vivir en gracia y ser dóciles a nuestro buen Dios. ¿qué tiene que ver todo esto con lo que decíamos al principio?; pues tiene que ver porque, si aceptamos todos estos medios que Dios ha dispuesto para nuestra santificación, es decir, si realmente somos católicos, católicos de veras y comprometidos como lo exige nuestra fe, entonces por fuerza nos encaminaremos hacia la santidad, y por fuerza nuestra fe se hará cada vez más profunda, y en consecuencia, grandes y abundantes serán nuestras obras, aun cuando no sean extraordinarias como resucitar muertos o curar enfermedades, no importa, eso dejémoselo a Dios y ocupémonos de traducir en obras nuestra fe, la cual si es verdadera y profunda -lo repetimos-, no se estará quieta ni se conformará jamás con las mediocridades, sino que siempre querrá más y más: más y más de Dios para ella, y más y más obras buenas y santas para dar a los demás.

El que así vive su fe, mis queridos hermanos, no vive preocupado de que su Señor le pueda cerrar la puerta, claro que no, porque tiene su lámpara colmada del buen aceite de las obras, las cuales tendrá siempre listas para ofrecer a su Señor cuando Él quiera venir a llevarla a su gloria. Por eso el buen católico, comprometido seriamente con Dios, no tiene miedo del día ni la hora en que tenga que rendir a Dios su alma, sencillamente porque ya se la regaló a Dios por medio de sus buenas obras; sea como consagrado, sea como madre o padre de familia, estudiante o lo que fuere; no importa, porque lo único esencial mantener la lámpara de la fe encendida es que nuestras buenas intenciones que se vayan traduciendo en dichas buenas obras.

Le pedimos a María santísima que nos alcance la gracia de no desanimarnos nunca, incluso si vemos que estamos carentes de obras, pues tal vez hoy mismo sea el día que el Señor haya dispuesto para que cambiemos, y como no lo sabemos, pues comencemos a trabajar, prepararnos y esperar confiados en nuestro buen Dios que nos regala a diario las oportunidades para llenar nuestras lámparas.

P. Jason, IVE.