La Magdalena ante el sepulcro
Dinos, oh María,
¿qué fuiste a ver en la alborada?
¿Buscabas sepultado,
herido y magullado,
yerto y traspasado,
al Señor que era el dueño
de tu alma enamorada?
¿Creías ya un sueño,
aquel amor primero,
aquel dulce amante Nazareno
que tus miserias miraba
y, mirándolas, perdonaba;
que por conquistar tu alma
con tanto amor se afanaba,
hasta hacer de tu pecho
su más escondida morada?
Y tú, sin aliento,
en la mañana callada,
buscabas entre los muertos
al Dueño de tu alma.
Dinos, oh María,
¿qué buscas en la alborada?
¿Buscas muerto al Dios viviente?
¿A Jesús, que tiernamente
te hirió de amor ardiente
dejando tu alma llagada?
Buscaste muerto al que vive,
al Amado ahora ausente;
mas un mensajero celeste
junto al sepulcro te advierte
que el que tanto buscas muerto
ha vencido ya la muerte.
Llegaste cuando la aurora
tímidamente despuntaba,
pero llevabas todavía
un Viernes Santo en el alma.
Buscabas muerto a tu amado,
a aquel por quién llorabas…
Lo buscabas entre muertos,
y el Viviente te buscaba…
“¡María!”, te llamaba…
“¡Amado mío!”, le contestabas,
extasiada de alegría,
viendo convertirse en día
la noche que te habitaba.
“Ya no llores más, María,
que tu noche se hace día;
por el Amado encontrada,
en su amor fue abrasada.
Y aquel Viernes de tu alma
se hizo Pascua en la alborada”.
- Harley Carneiro, IVE