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“Un apostolado del todo eficaz”

LA VIRTUD DE LA ABNEGACIÓN

P. Alfonso Torres

a) Termómetro del Espíritu

La abnegación es el termómetro del Espíritu a más abnegación, más fervor. El quicio de la vida sobrenatural está en la negación de nosotros mismos. Cuando quieran simplificar toda la doctrina espiritual, alta y baja y todas las manifestaciones de la vida espiritual grandes o pequeñas, hagan esto: redúzcala a este punto, y, alcanzado ese punto, la tendrán; ¡toda!

b) Secreto de la unión con Dios

El secreto de la vida de oración está en la abnegación propia, de modo que cuanto más purifiquemos el corazón más frutos sacaremos de ella. Nuestra unión con Dios será lo que sea nuestra abnegación y no lo será un punto más. No un modo de meditar determinado. Si no la perfecta abnegación es la que nos dispone para que Dios nos conceda sus dones. Cuando se adquiere la perfecta abnegación se adquieren juntamente con ella todas las virtudes.

c) Las dos vertientes de la abnegación

La abnegación es una palabra engañosa; produce en nosotros simplemente la impresión de sacrificio, la impresión de destrucción y otras cosas parecidas, cuando en realidad es ir a Dios, acercarnos a Dios, vivir en Dios; esta es la impresión que debe producir y por eso el alma que ya se ha negado a sí misma del todo y ya ha podido decir consumatum est, todo está consumado, después de esas palabras no tiene que decir más que estas otras:  Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, en ti me abandono, a ti me entrego por lo que dure esta vida terrena y durante toda la eternidad.

Eso que llamamos nosotros abnegación es algo que tiene dos aspectos: el uno negativo y el otro positivo. Nosotros insistimos en el aspecto negativo y ese es propiamente el que expresa la palabra abnegación. Negarnos a nosotros mismos, anonadarnos a nosotros mismos, este aspecto negativo tiene como una significación de ruina, de destrucción. Negarse a sí mismo es destruir muchas cosas, pero ese aspecto no es el único; no es la abnegación, un destruir por destruir y un negarse por negarse; es un edificar y es un afirmar. Cuando nosotros ejercitamos la abnegación, no hacemos más que acomodarnos a la voluntad de Dios, acomodarnos a la propia gloria de Dios saliendo de nuestra propia voluntad, acomodarnos a los designios de Dios saliendo de nuestra propia veleidad. Cada paso que damos para alejarnos de nosotros es un paso que damos para acercarnos a Dios y cada cosa que se derrumba en nosotros es algo que se edifica en Dios. Ese negarse a sí mismo equivale a aceptar, a cumplir en todo la voluntad del Señor. No hay alma abnegada, sino ha cumplido la voluntad de Dios. No hay alma que cumpla la voluntad de Dios, sino es abnegada.

La perfecta abnegación no es más que la expresión negativa para designar la perfecta caridad.

d) Oscuridad y luz

La senda que lleva a la plena posesión del tesoro escondido es la senda de la perfecta abnegación, y no hay senda más oscura para el alma que esa de la perfecta abnegación. Llegar a conocer, pero llegar a conocer con un conocimiento vivo que reforme y cambie el corazón, porque en la perfecta abnegación de sí mismo está el secreto para encontrar el tesoro del reino de los Cielos, y para tomar de él plena posesión es cosa oscurísima.

Es realmente fácil negarnos a nosotros mismos en lo que cae hacia afuera; pero en lo que cae hacia adentro -en eso que forma la vida íntima nuestra, en eso que forma la vida de nuestro corazón y de nuestro espíritu, en esos sentimientos tan hondos que parece que llegan a regiones misteriosas de la propia alma- es mucho más difícil.

El alma que llega a esta abnegación nunca es un alma vacía, es un alma llenísima. Las épocas que hay en la vida de los Santos en que andan como en el crepúsculo de la santidad son las épocas en que no habían llegado a la perfecta abnegación; pero cuando habían llegado a esa abnegación, se sentían como inundados de Dios y como repletos de toda la verdadera dicha, viviendo aún en medio de las tinieblas exteriores como en un verdadero cielo interior.

e) Vivir totalmente para Dios

Por muchas vueltas que demos a los caminos espirituales, siempre vendremos a parar en esto: que, para seguir a Cristo y encontrarle en la intimidad de la unión, hay que cumplir aquella palabra en que nos exhorta a negarnos a nosotros mismos; porque el mismo Señor lo dijo: el que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo (Mt 16, 24). Ahora bien, quizá no hay ninguna virtud que tan directa y profundamente imprima en las almas la abnegación, que tan radicalmente haga al hombre salir de sí mismo, como la virtud de la humildad.

La abnegación completa, verdadera, ha de ser de tal manera que Dios pueda quitarnos lo que quiera y ponernos donde quiera y exigirnos el sacrificio que quiera; que nosotros seamos como cera blanda en sus manos, amoldándonos a su querer, sin que nuestros propios deseos o repugnancias, nuestras propias aficiones o dificultades, cuenten para nada; sin que yo vuelva siquiera los ojos a mirarme. Esa es la abnegación completa y ése es morir en el surco.

f) Palabra también para hoy

La abnegación es la palabra de salud en la hora presente, porque es la verdadera demolición de los ídolos que renacen. No me refiero a los ídolos de los impíos, sino a los ídolos de los buenos.

Cierto que el mundo no tiene oídos para huir esa doctrina de la perfecta abnegación, que juzga demasiado pesimista; cierto que quienes queremos andar por los caminos del espíritu tenemos miedo a un despojo tan radical; pero cierto también que todos necesitamos oír esa palabra aterradora, y tanto más lo necesitamos cuanto más cerremos los oídos a ella.

¿Por qué no hemos de recomendar el apostolado de la abnegación? Les aseguro, sin temor de equivocarme, que no creo habría un apostolado más eficaz. Figúrense lo que sería hacer abnegadas a las almas que tratamos. Sería santificarlas, ponerlas por derecho en los caminos de Dios. No se puede pedir más. Además, tiene la ventaja ese apostolado de que el mundo no lo glorifica, y, por lo mismo, no lo profana ni marchita. No tiene las manifestaciones externas, llamativas, de otros apostolados, pues su acción se desarrolla, en el secreto del corazón. Sólo lo ve Dios, y no tiene el peligro de que lo profanen los hombres.

Los dos comienzos

Homilía sobre las bodas de Caná

Queridos hermanos:

El santo Evangelio de este Domingo está lleno de variados y coloridos detalles para meditar, como la particular y tan cotidiana invitación a una boda; Jesús junto a su Madre y sus primeros discípulos antes de ser conocido; el primer milagro y la primera intercesión documentada de María santísima y su confianza en su Hijo, etc.

Pero resaltemos especialmente, mis queridos hermanos, cómo estas sencillas bodas marcan un verdadero “antes y un después”, ya que -como bien sabemos-, a partir de aquí podríamos decir que se termina oficialmente la vida oculta de Jesús para dar comienzo a su vida pública, en la cual predicará abiertamente el Reino de los Cielos y llamará para sí a los pecadores que, arrepentidos, quieran aceptarlo. Sí, antes y después de Caná las cosas cambian completamente, ya que, junto con el término de los años de preparación de Jesús para su gran misión y el inicio de la misma, también nos encontramos con el comienzo de otra gran misión; y nos referimos a la de María santísima en su oficio de “intercesora”, asentando así las bases de su maternidad que, a partir del Calvario, se extenderá a todos sus hijos por la fe.

El primer comienzo: la vida pública de Jesús

Tan importante es la obra de la redención de la humanidad que el Hijo de Dios dedicó 30 años de su vida terrena a prepararla, en el silencio de Nazaret; porque así convenía hacerlo, ya que mientras más grande sea una obra más grandes y fuertes han de ser sus cimientos. Y así como en una exposición de arte se descubre el trabajo del artista para que los presentes puedan contemplarlo y gustar de él, de la misma manera en Caná de Galilea Jesús manifestó por primera vez su gloria, ante lo cual “creyeron en Él sus discípulos” al mismo tiempo que, como hemos dicho, terminaba oficialmente su vida oculta.

En Caná de Galilea, pequeño pueblo a tan sólo 20 minutos de nuestro monasterio, comenzó algo demasiado grande como para quedarse contenido allí: se convierte el agua en vino, sí, pero más importante aún, la fe comienza a echar raíces en los corazones de los pecadores convirtiéndolos en creyentes. También Jesús nos da la primera muestra de la predilección que tiene por aquello que le pide su Madre e inaugura “la Buena nueva de salvación”, dándonos a conocer que su preocupación son las almas, pues desde el principio y hasta el final sus milagros serán exclusivamente en beneficio de los demás.

Valor simbólico del milagro: al comentar este pasaje del Evangelio, los autores afirman que “el vino nuevo que aparece al final”, luego del vino más barato y de menor calidad, se refiere al Evangelio que viene después de la ley, es decir, el Antiguo Testamento que se ve notablemente superado cuando aparece en el mundo Aquel que venía figurado desde antiguo, ¿por qué?; pues simplemente porque ha llegado el Mesías esperado para dar cumplimiento a las Escrituras.

El segundo comienzo: el oficio intercesor de María santísima

Escribía hermosamente el P. Hurtado: “¡Faltó el vino! ¡Pero allí estaba María felizmente! Ella con su intuición femenina vio el ir y venir, el cuchicheo, los jarros que no se llenaban… Y sintió toda la amargura de la pareja que iba a ver aguada su fiesta, la más grande de su vida… Sintió su dolor como propio. ¡Comprensión! de los dolores ajenos… Y Ella comprendió que Ella podía hacer algo, y que Él lo podía hacer todo. Ella guardaba en su corazón el secreto desde hace 30 años… sabía que vendría un día en que Él tendría que manifestarse, en vano había esperado hasta ahora esa manifestación.

…¡Ah! María comprendió al punto que no era su hora, pero que no le iba a decir que no a Ella, su Madre.”

Si bien la pregunta de Jesucristo a su Madre resulta a primeras poco comprensible para nuestro actual lenguaje (“Mujer, ¿qué nos da a mí ni a ti? Aún no es llegada mi hora”), la respuesta de su Madre, por otra parte, se muestra sumamente interesante: “haced lo que Él os diga”. Pareciera como que su reacción no correspondiera con lo que Jesús le acababa de decir, y, sin embargo, su respuesta es completamente coherente con su corazón de madre, ya que ella lo conoce bien y sabe qué esperar del Corazón divino de su Hijo. Así pues, la Virgen simplemente obra según sus sentimientos, porque es Madre, y las buenas madres se preocupan siempre y no pueden quedarse indiferentes ante la necesidad: ¡cuánto más la Madre de Dios y Madre nuestra!

 

María santísima también nos revela aquí un comienzo: el de ella como nuestra intercesora; como aquella que “arrebata gracias” a su Hijo por el singular amor que Él le tiene; y como aquella Madre siempre preocupada de sus hijos, dispuesta a hacer llegar nuestras necesidades a su Hijo cada vez que lo hagamos mediante ella.

El Evangelio de este Domingo, nos invita a comenzar este nuevo año litúrgico con la plena conciencia del don de la fe en Jesucristo que hemos recibido: el vino nuevo del Evangelio, cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, que gracias a María santísima “se adelanta”. La invitación es, pues, a considerar “el vino nuevo en nuestras vidas”, es decir, los nuevos y santos propósitos para ofrecer a Dios en este año que recién comienza, asistidos por la intercesión de nuestra santa Madre del Cielo, aquella que hoy claramente nos enseña el secreto de la verdadera felicidad que nos ofrece el Evangelio: “haced lo que Él os diga”.

Que nuestra maternal intercesora nos alcance la gracia de renovar toda nuestra vida a la luz de la fe; y que para ello tengamos siempre presente las palabras de san José María Escrivá: “Si nuestra fe es débil, acudamos a Maria. Cuenta San Juan que, por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en Él sus discípulos (Jn 2, 11). Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo, que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.”

 

P. Jason.

 

 

El tesoro de la cruz

Homilía para consagrados en el día de san Juan de la Cruz

Celebramos en este día a san Juan de la Cruz, una de aquellas almas puras y selectas que con su vida y sus escritos vinieron a iluminar la vida espiritual de todas las almas que con sinceridad deseen caminar hacia la unión con Dios… y dentro de este grupo de almas tenemos que estar -por fuerza-, nosotros los consagrados, los que aceptamos dedicar la vida al servicio de Dios muriendo a diario a nosotros mismos; y esta noble determinación no debe irse apagando con los años de vida religiosa, sino todo lo contrario, debe irse encendiendo conforme se hace más profunda nuestra entrega y nuestro amor a Dios.

Todo consagrado debe velar por las almas que la Divina Providencia pone en su camino para ayudarlas a llegar a Dios; pero sin descuidar jamás la propia alma, lo cual ocurre -tristemente-, cuando el apostolado se desordena, llevando a descuidar la propia vida espiritual, es decir, cuando se vuelve más importante que el mismo trato con Dios; y el alma se preocupa más de agradar a los demás que a su Señor. Y si esto llegase a ocurrir -como sabemos-, probablemente la vida espiritual habrá desaparecido… o al menos estará en agonía. En cambio, cuando el alma se dedica con amor y constancia a Dios, Él mismo se encargará de todo lo demás, santificando al alma generosa; porque, en definitiva, si el alma se dedica a buscar la gloria de Dios, Dios dedicará sus cuidados y abundantes gracias a esa alma.

Dedicarse a Dios implica amar, morir a sí mismo, renunciar, sacrificarse y aprender a sufrir con generosidad; para lo cual es clave adentrarse en los misterios de Cristo y a partir de ahí, vivir una “ascesis intensa”, es decir, todo lo que acabamos de decir pero con una generosidad realmente grande, totalmente opuesta a la pequeñez de la mediocridad, y completamente fundamentada en el santo deseo de corresponder al amor Divino; obligando al alma a disponerse a las necesarias purificaciones para adentrarse en la intimidad con Dios a la que todos están invitados, pero son pocos los que llegan, “Porque -como dice san Juan de la Cruz- aún a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.”

San Juan de la Cruz es sumamente claro: debemos primero padecer mucho para entrar a una intimidad más exclusiva con Dios; debemos pasar por contrariedades, por incomprensiones, por injusticias, por grandes dolores y sufrimientos que no son más que la manera más perfecta y divina que nuestro buen Dios ha elegido para purificarnos y hacernos más dignos de Él ante sus ojos (…¡más dignos de Dios!). En otras palabras, renunciar a todos estos sufrimientos y despreciar la cruz no es más que la elección de no querer llegar a la cercanía y santidad que nos ofrece nuestro Padre celestial, lo cual es una total locura a los ojos de la fe, del amor de Dios y de los muchos ejemplos que los grandes santos místicos nos dejaron. En cambio, renunciar a los placeres, a los deleites, gozos, aplausos, honores, etc.; renunciar a cometer cualquier pecado deliberado y cualquier posible acto de egoísmo en nuestras vidas, movidos por el solo amor de Dios; es elección segura del camino que conduce al corazón del mismo Dios, que desea comenzar en esta vida nuestra purificación, pero que no lo hará mientras nosotros no nos determinemos a darnos enteramente a Él… pero si somos coherentes y consecuentes con nuestra consagración, ciertamente iremos por el camino correcto; y el adelantar más o menos rápido, dependerá (de nuestra parte), de la generosidad de nuestra entrega -como hemos dicho-, según sea nuestro amor a Dios.

Justamente, lleno de amor a su Creador y Padre celestial, exclamaba nuestro santo: “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”

Este mismo Dios de amor, en la persona del Hijo, le ha dicho a cada uno de sus elegidos -a nosotros-, y les repetirá hasta el fin de los tiempos: “si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”… no habla de pausas, no habla de descansos, simplemente de cruz y seguimiento en esta vida; los cuales como sabemos, darán el hermoso fruto no tan sólo de la salvación, sino de la exclusividad y gloria especial reservada a los que entran en la eternidad con la impronta de haberse dedicado en esta a vida a ser trigo que muere amando a Dios, con la alegría de la cruz que sólo los corazones generosos saben descubrir.

Pedimos por intercesión de María santísima y de san Juan de la Cruz, la gracia de vivir nuestra consagración como escribía el santo en su conocido y profundo Cántico espiritual:

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

P. Jason, IVE.

 

“…quien le ha ayudado hasta ahora continuará hasta su salvación”

“No tema, vuelvo a repetirle en el Señor, quien le ha ayudado hasta ahora continuará hasta su salvación”

San Pío de Pietrelcina, carta del 11/4/1915

Hija querida del Padre celestial:

Su corazón es siempre el templo del Espíritu Santo. Que Jesús visite su espíritu y la consuele y la sostenga y saque del estado de desolación extrema en que la bondad de su Padre ha querido colocarla. Así sea. Perdone mi atrevimiento al permitirme dirigirle esta pobre carta mía sin haberle conocido nunca personalmente, porque debe saber que hace muchos años ruego al Divino Maestro darme a conocer ante El su alma y sus designios divinos sobre Ud. También ha sido beneplácito suyo manifestarme el estado actual en que Ud. se encuentra y El mismo me manda escribirle esta carta para que con ella reciba consuelo.

Que sea siempre bendito El también en esto. Hago votos ardientísimos al Señor para que la presente le sirva de mucho alivio y de total seguridad. Ahora Jesús me hace saber que no tema el amplio estado espiritual por la crisis actual que atraviesa, ya que todo resultará a gloria suya y al perfeccionamiento de Ud. El quiere que deje y abandone todos esos temores que tiene acerca de la salvación eterna, que no aumente esas sombras que el demonio va haciendo cada vez más densas para atormentarla y separarla de Dios si eso le fuera posible. Su desolación actual no es que Dios la abandone, ya que su divina misericordia la va haciendo cada vez más acepta: El permite todo esto para asemejarla a su Hijo divino en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz. Lo mejor que puede hacer es aceptar con alegría y serenidad la prueba presente sin desear verse liberada. Humíllese bajo la poderosa y paternal mano de Dios, aceptando con sumisión y paciencia las tribulaciones que le envía para que pueda exaltarla dándole su gracia cuando El la visite.

Que toda su solicitud en medio de las tribulaciones, que la invaden totalmente, se centre en un abandono total en los brazos del Padre celeste, ya que El tiene sumo cuidado para que su alma, tan predilecta, no sea sometida al poder de Satanás.

Humíllese, pues, ante la Majestad de Dios y dele gracias continuamente, a tan buen Señor, de tantos favores con lo que sin cesar enriquece su alma de Ud. y confíe cada vez más en su divina Misericordia. No tema, vuelvo a repetirle en el Señor, quien le ha ayudado hasta ahora continuará hasta su salvación.

Ud. se salvará; el enemigo se revolcará en su rabia, siendo cierto que la misma mano que la ha sostenido hasta ahora, haciéndole enumerar infinitas victorias, continuará apoyándola hasta aquel instante en que su alma se oirá invitada por el Esposo celeste: “ven, esposa mía, recibe la corona que te he preparado desde la eternidad.” Confianza ilimitada en el Señor debe tener pensando que el premio no está lejos: no pasará mucho tiempo sin que se realice en Ud. lo dicho por el profeta: “entre las tinieblas resplandecerá la luz” y luz en verdad es su actual desolación, luz que proviene de una singularísima gracia que no a todas las almas que caminan al cielo concede el Señor. Más aún, son poquísimas las almas que se hacen dignas de tal merced.

Ahora me parece que legítimamente puede ponerme esta objeción: Si es ésta una gracia -como Ud. Dice- y toda gracia da luz al alma, por qué a mí en vez de luz me trae tinieblas.? Esta réplica sería aceptable si se tratase de gracias de orden inferior, quiero decir de aquellas gracias que el Señor suele conceder a todos. Aquí, en cambio, el caso es muy diferente y yo hablo precisamente de Ud. La gracia del Señor de que se halla penetrada, sublimará su alma hasta la unión perfecta de amor. Ahora bien, el alma, antes de llegar a esta unión, y diré a esta así transformación en Dios o casi Dios por participación, necesita que sea purificada de sus defectos y de todas sus inclinaciones hacia las cosas materiales y sobrenaturales, y esto no sólo en cuanto a sus actos, sino también en cuanto a sus raíces en la mayor medida posible durante la vida presente. Necesita que sea despojada de toda potencia y de toda inclinación natural a fin de poder ser elevada a obrar de otro modo más divino que humano. Para obrar todas estas maravillas es necesario que una causa aflictiva interior las realice, y no es otra la gracia singularísima de que acabo de hablar y con la que el Señor la regala. Ahora bien, toda gracia produce luz, mejor dicho, es luz y, por consiguiente, cuanto más elevada es una gracia, tanto más sublime es su luz. Y ya que la gracia con que el Señor la ha enriquecido al presente es tan alta y sublime que tiende directamente a transformar el alma en una sola cosa con Dios, la luz que trae consigo es tan altísima que, penetrando el alma de modo trabajoso y desolador, la coloca en extrema aflicción y angustia interior de muerte. Y esto proviene de que esta gracia que produce luz tan sublime encuentra al principio el alma indispuesta para la unión mística y la penetra en forma purgativa y, por consiguiente, en lugar de iluminarla la obscurece; en lugar de consolarla la hiere, llenándola de grandes sufrimientos en el apetito sensitivo y de graves angustias y sufrimientos espantosos en sus potencias espirituales. Y así, cuando dicha luz, con estos medios, ha purgado el alma, la penetra entonces de forma iluminativa y la hace ver y la lleva a la unión perfecta con Dios.

También Santa Teresa fue sometida a tan durísima prueba: también ella experimento, y tal vez de modo bastante más penetrante que Ud., el efecto de esta luz purísima, que le hacía ver a Dios en lontananza sin tener posesión efectiva alguna, por lo que estaba transida de un dolor tan agudo que la hacía morir. Pero fue precisamente esa luz, que después de haberle purificado el espíritu con tan agudas puñaladas, lo unió finalmente a Dios con perfecto amor. El ejemplo de esta santa, mártir de amor, sírvale de estímulo y le haga combatir con fuerte ánimo para que, como ella, pueda obtener el premio a las almas generosas.

Comprendo muy bien que el encuentro es duro, penosísima la lucha, pero anímese pensando que el mérito del triunfo será y ande, la consolación inefable, la gloria inmortal y la recompensa eterna.
Termino recomendándole que viva tranquila porque nuevamente asegura Nuestro Señor Jesús Cristo que no hay lugar a tener miedo. Ensanche su corazón y deje al Señor que obre en Ud. libremente.

Ruegue por mí, que continuamente la recuerdo ante el Señor. Que Jesús la consuele siempre.

Un pobre sacerdote capuchino.

Eucaristía: recibirla con nuestras mejores disposiciones

Homilía del Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo b

El Evangelio de este Domingo nos presenta uno de los misterios más inesperados, más impresionantes, y absolutamente impensable para la pobre inteligencia humana: el sacramento de la “Eucaristía” (“acción de gracias”), Sagrada Comunión o directamente del Cuerpo y Sangre de Cristo. Y como sabemos por nuestra fe, solamente a Dios se le podía ocurrir hacerse Él mismo sacramento para poder así quedarse con nosotros y en nosotros, literalmente alimentando nuestra vida espiritual y preparándonos para la eternidad.

Como bien sabemos también, para poder recibir la sagrada comunión es necesario tener fe en ella, respeto y reverencia, y estar en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de ningún pecado grave o mortal. A partir de aquí, quería referirme específicamente a nuestra buena disposición -y cada vez mejor-, para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo; teniendo como fundamento tanto la misma palabra de Dios como las enseñanzas y ejemplos de los santos.

En primer lugar, san Pablo es sumamente claro cuando dice estas palabras en la carta a los corintios: “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor (Reo: culpable de haber cometido un crimen). Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo.” (1 Cor 11, 27-29) Es claro y explícito que comulgar en pecado grave tiene consecuencias graves, como la misma pérdida del alma si no hay arrepentimiento; pero el tema que hoy nos interesa son aquellas buenas disposiciones y hasta santas disposiciones que debemos poseer y acrecentar en la medida en que crece y se desarrolla nuestra vida espiritual alimentada constantemente por la sagrada Comunión; y esto es lo maravilloso de este sacramento: que gracias a Él podemos crecer en las virtudes, podemos sembrar abundantes propósitos buenos y ver en seguida sus frutos, como los vicios, pecados y malas costumbres que poco a poco van desapareciendo si trabajamos con seriedad y determinación en nuestra vida espiritual, y no dejamos de alimentarnos con el Pan del Cielo.

San Alberto Hurtado escribía: “Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que, mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes.

En la vida sacramental los dos sacramentos centrales son el Bautismo y la Eucaristía. El Bautismo, porque confiere la gracia santificante, necesaria para recibir la Eucaristía. Y la Eucaristía es el gran sacrificio, porque nos incorpora en la forma más íntima posible a la vida de Cristo y al momento más importante de la vida de Cristo.”; que como bien sabemos, es el momento de la cruz, donde resplandecen las virtudes que solamente pueden contemplarse y desearse con los ojos de la fe: ahí está el amor hasta el extremo, ahí está la paciencia más grande de todas, y el perdón de los enemigos y la oración por ellos; ahí está la humildad de un Dios que llegó hasta la humillación para atraer las almas a Él; ahí está la obediencia al plan del Padre y el cumplimiento de las palabras de Jesucristo, el siervo sufriente; y la perseverancia, fortaleza, santa entrega, sacrificio ofrecido, etc., etc.; y todo eso está presente también en cada Sagrada Comunión. Es por eso que no solamente debemos venir a recibir a Jesucristo en gracia de Dios, porque eso es lo mínimo; sino que para aprovecharlo al máximo debemos venir, ahora sí, con las mejores disposiciones posibles, es decir, no solamente comulgar sin aquello que mancha el corazón aún cuando no sea en materia grave (como algún pequeño resentimiento, alguna murmuración no reparada, algún mal trato no corregido, o cualquier mala costumbre sin ningún propósito de combatirla; esto significa que puedo ir a comulgar aún con mis defectos, con un cúmulo de defectos, una montaña -si se quiere- de defectos, pero detestándolos y con el firme propósito de seguir combatiéndolos). Debemos ir a recibir este santo Sacramento “presentando también nuestras ofrendas” al Señor, es decir, nuestras buenas obras, sean de caridad, sean de piedad, generosidad, perdón, misericordia, compasión, humildad, magnanimidad, abnegación, purificación, etc., todas las que podamos hacer porque son muchas las virtudes, gracias a Dios, en las que podemos trabajar y crecer; ¿por qué?, pues porque tenemos el Pan bajado del Cielo para alimentarnos y fortalecernos…

El maná en el desierto era figura de la Eucaristía, y como tal nos ha dejado una enseñanza que ahora hemos llegado a comprender gracias a Jesucristo: el maná fue el alimento del destierro, del pueblo que caminaba hacia la tierra prometida por medio del desierto, es decir, de las sequedades, arideces y demás pruebas de esta vida. Ahora, en cambio, ese maná ya no existe porque ya no es necesario, ahora tenemos otro pan bajado del Cielo y que alimenta para el Cielo en esta vida, donde también estamos de paso, donde también somos débiles y necesitamos tantas veces alimento espiritual para poder tener fortaleza en las dificultades y seguir adelante; eso en la sagrada Comunión, un sacramento que nos alimenta, pero además nos une a Dios y nos hace capaces de entrar en intimidad con Él.

Escribía hermosamente san Juan Pablo II: “Ella (la Eucaristía) une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo. La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia.”

En este punto debemos afirmar junto con la Iglesia y sus santos, que no tenemos derecho a comulgar de manera fría, rutinaria o distraída; sino tomando cada vez mayor conciencia de quién se nos da en cada Sagrada Comunión, la cual es un regalo, un don del Cielo que nadie merece pero que por la bondad divina se nos ofrece en cada santa Misa; y para poder recibirla, reiteramos, hay que tener las mejores disposiciones en el alma. Por eso es algo natural llegar un poco antes a la santa Misa, para tener unos minutos de preparación, lo mismo que ese tiempito que le dedicamos después de la misma a la acción de gracias, porque no podemos menos que agradecer este sacramento llamado también del amor de Dios; un amor que desea alimentar y santificar las almas que lo reciban con profunda devoción.

Santo Tomás de Aquino dice: “La Eucaristía es el Sacramento de Amor: significa Amor, produce Amor”; y santa Gemma Galgani afirmaba: “Siento una gran necesidad de ser fortalecida de nuevo por ese alimento tan Dulce que Jesús me ofrece. Esta afectuosa terapia que Jesús me da cada mañana, me atrae hacia Él todo el afecto que hay en mi corazón”; san Bernardo escribía: “La Eucaristía es ese amor que sobrepasa todos los amores en el Cielo y en la tierra”; y, finalmente, san Juan Crisóstomo se refería así en una de sus homilías: “Ustedes envidian la oportunidad de la mujer que tocó las vestimentas de Jesús, de la mujer pecadora que lavó sus pies con sus lágrimas, de las mujeres de Galilea que tuvieron la felicidad de seguirlo en sus peregrinaciones, de los Apóstoles y discípulos que conversaron con El familiarmente, de la gente de esos tiempos, quienes escucharon las palabras de Gracia y Salvación de sus propios labios. Ustedes llaman felices a aquellos que lo miraron … mas, vengan ustedes al altar, y lo podrán ver, lo podrán tocar, le podrán dar besos santos, lo podrán lavar con sus lágrimas, le podrán llevar con ustedes igual que María Santísima.”

Pidamos en este día, y en cada santa Misa en que tengamos la dicha de participar, la gracia de ser “almas eucarísticas”, de gran devoción y principalmente amor hacia Jesús Sacramentado; y que el deseo de recibirlo y visitarlo se acreciente más y más, de tal manera que nuestra dicha sea la más grande de todas cuando llegue el día de encontrarnos frente a frente con Él, no ya escondido bajo las especies del pan y del vino, sino resplandeciente en su gloria y felicidad perpetua. Que María santísima nos alcance esta gracia.

P. Jason.

 

 

 

Cinco panes y dos peces

Confiemos lo poco nuestro a Dios, he ahí la mejor inversión
Homilía del Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo b
P. Jason, IVE.
Cuando hablamos acerca del evangelio de la multiplicación de los panes lo normal es que nos quedemos con la idea principal, que es la figura de la eucaristía que vemos claramente en este pan que todos comieron hasta saciarse. Pero como los evangelios son palabra de Dios tienen una riqueza única, es por eso que hoy vamos a considerar una enseñanza que está implícita en este relato y que es el hecho de que Jesucristo ha venido a suplir la desproporción que existe entre nosotros y el Padre aunque exigiéndonos, a la vez, que pongamos de nuestra parte lo poco que tenemos en sus manos.
Analicemos brevemente el evangelio: 5.000 hombres sin contar las mujeres y niños, y ya van 3 días, están hambrientos y además en el desierto…
– La actitud de Jesús: «Se le enternecieron las entrañas de compasión por las turbas»
– La actitud de los discípulos: Diles que se vayan!… les faltaba confianza.
Dice el P. Hurtado que a menudo en nuestra vida cotidiana este “es nuestro mismo problema: la desproporción”.
La desproporción
Nosotros solemos tomar conciencia de esta desproporción cuando llega el momento en que se nos exige un acto de confianza en Dios que implica abandonarse absolutamente en sus manos conscientes de que nuestras fuerzas no nos bastan para seguir adelante, ya sea ante una dificultad, ante algún defecto, ante alguna situación difícil, etc., y solamente nos queda entregar a Dios lo poco que tengamos con la esperanza de recibir su ayuda.
Jesucristo una vez más nos invita a la confianza en Él porque Él mismo vino a enseñarnos en su paso por la tierra que es Él quien suple, como hemos dicho, nuestra desproporción: porque desproporción fue elegir a un pobre pescador, sabiendo que lo negaría , como administrador de la riqueza del perdón divino y convertirlo en su vicario; o renunciar a la defensa de la corte celestial para dejarse clavar por los hombres ; desproporción fue hacerse un simple carpintero siendo el Rey de los cielos ; desproporción fue venir Él mismo a buscar a quienes rechazaron a Dios… Lo que nosotros llamamos desproporción no es otra cosa que la misma bondad divina, el mismo amor de Dios buscando derramarse sobre las almas: la mujer hemorroísa busca la salud de su cuerpo con sólo tocar el manto del Maestro, y Jesucristo le concede la salvación del alma por su fe; el ladrón arrepentido en la cruz le va a pedir tan sólo que se acuerde de él, y Jesucristo le prometerá ése mismo día el paraíso. Jesucristo nos pide cosas pequeñas para darnos las grandes.
Cierto que lo que podemos nosotros ofrecerle a Dios siempre será poco y nada en comparación con su grandeza, con su poder, pero cuando le ofrecemos a Dios nuestras obras en gracia entonces éstas adquieren un valor extraordinario, sobrenatural; se vuelven meritorias porque están revestidas con los méritos de Jesucristo: toda obra buena hecha en gracia es meritoria, es decir, que tiene méritos para el cielo. Por pequeña que sea.
Dice san Pedro de Alcántara: “Mucho hace a los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco” ; y santa Teresa: “Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que si nos esforzamos poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar con su favor a lo mismo que muchos santos” ; y otro autor decía: “Las cosas pequeñas son pequeñas cosas, pero ser fiel en las cosas pequeñas es una gran cosa”.
Dios jamás desprecia lo que le ofrecemos
En el evangelio se lee que se acerca un niño a ofrecer lo poco que tenía: cinco panes y dos peces. A primera vista podríamos decir que hasta es gracioso. Miles de personas con hambre, se dan cuenta de que necesitan comer y de que nos hay nada cerca como para buscar alimento, los apóstoles que le están diciendo esto a Jesús y entonces un niño que lo escucha se acerca a hacer su ofrenda: panes de ceba, duros, ya tenían tres días. y los peces no deben haber estado tampoco frescos y eran de lago, blandos, no muy grandes, tal vez guardados en un saco por este niño todo el tiempo que seguían a Jesús, con ese calor y en esa apretura… ¡eso sí que era poca y ruin cosa! Pero el niño, contra toda la lógica de los hombres maduros que discutían qué hacer, simplemente lo ofrece.
Y comenta el P. Hurtado: “¿Desprecia el Señor esa oblación? No, con su bendición alimenta a todos y sobra. Ni siquiera las sobras desprecia: 12 canastos. […] El muchacho accedió a dar a Cristo su pobre don, ignorando que iba a alimentar toda esa muchedumbre. Él creyó perder su bien, pero lo halló sobrado y cooperó al bien de los demás…”
De la misma manera, nuestras acciones, aun cuando sean tan pequeñas como cinco panes y dos peces para alimentar a más de cinco mil personas, puestas en las manos de Cristo pueden tener realmente un alcance divino.
Pensemos en el pequeño Juan, nacido pobre, en una aldea. Quiso ser sacerdote; le faltaba salud, le costaban los estudios, no entendía completamente el latín de su breviario, apenas se pudo ordenar, lo mandaron a un pueblito impío y perdido y le ofreció a Dios lo único que tenía: sus oraciones y penitencias… y ese pueblito se convirtió en un gran confesionario y lugar de conversión y salvación de innumerables almas: y el pequeño juan se convirtió en el santo cura de Ars, aquel pobre sacerdote que el demonio le dijo “si hubieran tres como tú , mi reino se acabaría”; o recordemos a santa Mónica: mujer sencilla, casada con un no creyente, sufría mucho y pedía a Dios todos los días que su hijo Agustín se convirtiera a la Fe; ¿qué tenía para ofrecerle a Dios?, solamente oraciones y lágrimas (durante años) … y esas lágrimas fueron las que convirtieron a su Hijo en el santo Obispo de Hipona y doctor de la Iglesia, gracias a esas lágrimas la Iglesia tuvo a uno de sus más grandes santos. Y el mismo Jesucristo va a poner como ejemplo para sus discípulos a la pobre viuda que dejaba en el templo su pequeña ofrenda de dos monedas que no era nada prácticamente en comparación con lo que echaban los ricos, pero como Dios ve los corazones, él si se da cuenta del valor que tienen las pequeñas cosas hechas por amor a Él.
Cada vez que nosotros le ofrecemos a Dios nuestras oraciones y sacrificios es Él mismo quien se encarga de multiplicarlo en gracias que favorecen a las almas. Por eso nunca debemos cansarnos de ofrecer, desde un disgusto con el vecino hasta una dolorosa y larga enfermedad. En definitiva, tenemos que ir aprendiendo cada día a ofrecerle a Dios nuestra vida, porque él nos la dio y a Él le pertenece, por eso nos prepara un cielo que alcanzaremos si somos fieles a su gracia; por eso dice san Bernardo: “Pero, ¿qué ofreceremos nosotros, hermanos míos, o que le devolveremos por todos los bienes que nos ha hecho? El ofreció por nosotros la Victima más preciosa que tuvo, y no puede haber otra más preciosa; hagamos también nosotros lo que podamos, ofreciéndole lo mejor que tenemos, que somos nosotros mismos”.
Confianza: la obra es de Dios
Finalmente no tenemos que olvidar que toda obra emprendida por amor a Dios fructificará nos por nuestras fuerzas sino porque lleva consigo la bendición de Dios:
Jesucristo tomó los cinco panes y los dos peces, “los bendijo”, “elevó los ojos al cielo” y recién entonces dio de comer a la multitud… para enseñarnos, dice san Juan Crisóstomo, que en nuestras pequeñas obras debemos confiar en la gran bondad de Dios. Es Él quien bendice y multiplica los frutos, y a Dios no le importan tanto nuestras miserias como nuestra confianza en Él:
“La profundidad del pozo de la miseria humana es grande; y si alguno cayera allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus pecados, el pozo no cerrará su boca sobre él” “El que clama a Dios desde lo más profundo de su miseria, ya no está en lo profundo, ya empieza a levantar su voz.”
En definitiva, lo poco que le podamos ofrecer a Dios siempre se convierte en mucho en sus manos; y las pequeñas cosas, realizadas con fidelidad, son las que nos alcanzan las obras más grandes, como el vivir la caridad, la humildad, la paz del corazón y después de la muerte la felicidad eterna para quienes hayan perseverado hasta el final.
Que María santísima nos conceda la gracia de ser siempre generosos con Dios y no negarle nada aunque nos parezca a veces que es poco lo que tenemos.

“Las entrañas del Señor”

“El modus operandi del Sagrado Corazón de Jesús”

Homilía del Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo b

Mc 6, 30-34

Queridos hermanos:

El Evangelio de este Domingo nos cuenta cómo las multitudes de todas las aldeas fueron en busca de Jesús, y cómo nuestro Señor al verlos “se compadeció” de ellos, porque “estaban como ovejas sin pastor”, y se puso a enseñarles con calma…

Si atendemos a las almas que buscaban a Jesús, podríamos reflexionar en qué lindo sería que nosotros los creyentes asistiéramos así a la santa Misa o a la adoración Eucarística; al igual que estas almas de fe sencilla, que corrían en busca de Jesús “para que no se les escapara”… y nosotros teniéndolo siempre allí en la Eucaristía, en el sagrario, en la santa Misa, tantas veces no acudimos a Él sea para recibirlo, sea para visitarlo.

Pero hay también un segundo aspecto, una segunda mirada: la actitud del Señor, que se compadece, porque Él ama hasta las entrañas y su compasión no tiene límites.

En los Ejercicios espirituales de san Ignacio, para introducirnos a la meditación de la Encarnación, el santo nos guía mediante estas palabras: “traer la historia de la cosa que tengo de contemplar; que es aquí cómo las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, y así venida la plenitud de los tiempos, enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora…”. En esta introducción vemos claramente lo que podríamos llamar el “modus operandi del Sagrado Corazón de Jesús”: compadecerse ante la miseria humana y no quedarse quieto hasta ofrecerle su sanación, redención, santificación.

Nosotros, los seres humanos heridos por el pecado, a veces obramos en el sentido opuesto al Corazón de Cristo, pues Él mira el defecto y el pecado para compadecerse, como hemos dicho, y tratar de remediarlo; nosotros, en cambio, a veces olvidamos cómo Dios nos trata y nos pide que tratemos a nuestro prójimo, y en vez de compasión respondemos con críticas, enfados, faltas de paciencia, etc. Tratemos de que cada vez se nos olvide menos “lo que haría Cristo en mi lugar”, y nuestra vida y nuestro entorno irá cambiando felizmente, como pasaba con estas almas que acudían a Jesús como ovejas buscando a su pastor, a su buen pastor, a su compasivo y bondadoso pastor.

Para profundizar un poco más en las entrañas del Señor, consideremos, mis queridos hermanos, cómo habrá sido una jornada normal de Jesucristo: todo el día atendiendo a los demás, ya sea con su predicación, ya sea con sus milagros, devolviendo la salud tanto del cuerpo como del alma; aconsejando, corrigiendo, instruyendo…; caminando y caminando de aquí para allá, unas veces al templo, otras donde sus amigos, por valles y desiertos; otras donde desconocidos, no importa, y todo esto a menudo entre las multitudes que lo acompañaban y rodeaban a veces varios kilómetros para recibir algún beneficio de Él. Y como Jesucristo es tan Dios como hombre, pensemos en cuán cansado se encontraba al encontrarse con las multitudes que lo seguían, tal vez con hambre, tal vez con calor; y sin embargo, su actitud inmediata fue la compasión, pues se conmovieron sus entrañas ante estas ovejas perdidas que andaban “tras el Buen Pastor”, quien sin ninguna queja y dejando atrás sus propias lícitas necesidades, se dedica a las almas, “a sus ovejas”, y les ofrece la salud más importante de todas que no es la del cuerpo sino la del alma.

Comentando este Evangelio, dice hermosamente san Alberto Hurtado: “La primera actitud del apóstol, a imitación de Cristo, debe ser el amor profundo por las almas. Amor, amor, amor a las almas: que ninguna le sea indiferente.

Cristo, ¡cómo las amó! A los pobres ¡vino a evangelizarlos! Los prefirió, los escogió… A los pecadores: Es el Buen Pastor, sale en busca de la oveja descarriada; pierde por ellas el alimento y se sienta junto al pozo de Jacob, sólo por esperar una de esas ovejas descarriadas: la Samaritana. Y allí están Magdalena, la Adúltera, Zaqueo, Pedro, el Buen Ladrón, la muchedumbre que vocifera al pie de la cruz, para recordar cómo ama a los pecadores. Los enfermos, los hambrientos, los que tenían cualquier dolencia, las víctimas de problema social ¡cómo los instruye, alienta, favorece, y, por encima de todo, cómo se coloca a su lado contra todas las injusticias! Los hombres todos: por ellos vino del cielo, por ellos se cansa, ora en las noches, sufre, y pide gracias, y da palabras, ejemplos, y cuanto tiene.”

Es cierto que el bien corporal Dios nos lo puede conceder si así le place y nos conviene realmente para nuestra salvación, pero ahora debemos prestar atención a “lo esencial”, que es el conocimiento de la Verdad para poder abrazarla y de esta manera recibir la sobrenatural salud espiritual: por eso se puso a enseñarles, porque su compasión sabe perfectamente que “el alma es lo que importa”: “curó a los que entre ellos estaban enfermos; porque la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales.” (san Beda)

Escribía san Gregorio Magno: “Pensad bien cuan incomprensibles son en Dios las entrañas de misericordia”…; pero ¿por qué incomprensibles?, pues tanto por el amor infinito que lo mueve a tener compasión de nosotros, pecadores que tantas veces lo hemos ofendido con nuestros pecados; cuanto porque a veces los hombres pretendemos entender las razones divinas que sólo Dios conoce, y por las cuales a veces “no se ocupa” de nuestro cuerpo a cambio de nuestra eterna salvación, es decir, anteponiendo el bien del alma a todo lo demás.

Es una verdad de fe que Dios tiene misericordia de nosotros, y por ella nos perdona y nos da tiempo para reparar nuestros pecados y ganarnos así el Cielo. Y como Jesucristo es nuestro modelo perfecto, de Él debemos aprender a ser nosotros también compasivos con los demás: “Se llama misericordia a cierta compasión de la miseria ajena nacida en nuestro corazón, que nos impulsa a socorrerla si podemos” (San Agustín), porque el verdadero compasivo, es decir, el verdadero misericordioso, sale de sí mismo para atender al prójimo en sus necesidades dentro de sus posibilidades; por eso decía san José María de la auténtica misericordia, que “…significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso”, deseoso de ayudar, de reparar, de sanar y consolar, como hace Jesucristo con nosotros si, al igual que las turbas del Evangelio, acudimos a Él deseosos de hacer lo que él nos diga, abrazar lo que Él disponga y aceptar lo que nos ofrezca.

En este día le pedimos a la Madre de Dios, que nos alcance la gracia de imitar a nuestro Señor, compasivo y misericordioso, agradeciéndole también “en el prójimo” por toda aquella inmensa misericordia que conmueve sus entrañas y nos alcanza de su amor todas las gracias necesarias para nuestra santificación y la salud de nuestras almas.

P. Jason, IVE.

Sacerdote: llamamiento a la santidad

“A vosotros os llamo amigos”

Dom Columba Marmion,

del libro “Jesucristo, ideal del sacerdote”

Jesús considera a sus sacerdotes como a sus íntimos amigos. Prueba de ello son estas palabras que Jesús dirigió a sus apóstoles inmediatamente después de haberles conferido el sacerdocio: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jo., XV, 15). También a vosotros os fueron dichas estas mismas palabras, después de vuestra ordenación, en nombre de Jesús.

Vuestra dignidad comporta para vosotros una grave obligación de conciencia y un llamamiento constante para que aspiréis a la perfección que reclama vuestro estado.

Todo es sobrenatural en el sacerdocio.

Las máximas de este mundo no nos sirven para apreciar en su justa medida este don divino. «El mundo no ha conocido a Dios», ni las cosas de Dios: Pater juste, mundus te non cognovit (Jo., XVII, 25).

Ya desde el seminario, el aspirante al sacerdocio debe tener una clara convicción de la verdadera santidad a la cual es llamado. Después de su ordenación, deberá mantener y desarrollar esta convicción con una vida de oración y de sacrificio. Nunca podremos exagerar «el valor de la gracia recibida el día de la ordenación»: Noli negligere gratiam quæ in te est (I Tim., IV, 14).

El que se conforma con evitar el pecado, sin tener otras aspiraciones más altas, esto es, sin vivir una vida de fe y de amor, se expone al grave riesgo de perderse. Y aún en el caso de que no llegue a tal extremo, consumirá su existencia sin experimentar las íntimas alegrías que Dios depara a los sacerdotes que le son fieles, y sin haber realizado en toda su plenitud la misión sacerdotal que de él se esperaba.

Ya en el Antiguo Testamento, Dios exigía que los ministros del culto fuesen santos, aunque los sacrificios de machos cabríos y de terneras que ofrecían no eran sino figura del sacrificio de la Nueva Alianza. ¿Con cuánta más razón, pues, no reclamará de nosotros el Señor una gran pureza de vida?

Hay tres motivos que recuerdan constantemente a todo sacerdote su deber de tender a la santidad: el poder que ejerce sobre el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios, su función de dispensador de la gracia (¿no le obliga acaso este título a ser él quien primero se santifique por ella?) y, por fin, el pueblo cristiano, que espera de él la lección de su ejemplo. Si él predica a los demás la ley de Cristo, ¿podrá desmentir con su conducta la verdad de lo que enseña?

Santo Tomás, resumiendo la doctrina tradicional sobre esta materia, exalta en los siguientes términos la dignidad sacerdotal: «El que recibe el orden sagrado, se hace capaz de ejercer las más excelentes funciones, por las cuales se rinde homenaje a Cristo en el sacramento del altar» [Sum. Theol., II-II, q. 184, a. 8]. Y añade: «Los sacerdotes, que han sido elevados a un ministerio tan eminente, no pueden conformarse con adquirir una bondad moral cualquiera, sino que se les exige una virtud extraordinaria» [Ibíd. Supplem., q. 35, a. 1, ad 3].

¿Reflexionamos lo suficiente sobre estas consideraciones? Nosotros somos los íntimos de Jesucristo, los ministros de su sacrificio. Esta proximidad al Salvador nos debería servir de constante estímulo. Las almas predilectas de Dios que no han recibido el don del sacerdocio no gozan de las facilidades de acceso que nosotros tenemos para llegar a Él. Una Santa Gertrudis, una Santa Teresa, tan colmadas de gracias, tan familiarmente unidas al Señor, ¿acaso han podido alguna vez consagrar el pan y el vino, tomar la hostia en sus manos o administrar la comunión?

Hasta tal punto es la hostia cosa propia del sacerdote, que el poder que ejerce sobre ella no tiene otros límites que el de las leyes y prescripciones de la Iglesia. Jesús se confía a su sacerdote como se confió a María y, fuera del caso de necesidad, él es el único que puede tocarlo y darlo a los demás. Él guarda la llave del sagrario. Él toma a Jesús para llevarlo a los enfermos, para bendecir al pueblo y para pasearlo en procesión por las calles.

¿Podrá darse la posibilidad de que haya seglares, a veces aún entre las humildes mujercitas del pueblo, que amen a Jesús más que sus sacerdotes? Procuremos, pues, decir a Jesús con todas las veras de nuestro corazón: «Oh Cristo, Vos os habéis entregado a mí, Vos me habéis encomendado el cuidado de las almas que os pertenecen; también yo quiero entregarme del todo a Vos; servíos de mí como mejor os agrade».

Tanto cuando trabajaba en Nazaret como cuando iba por los caminos de Galilea o hablaba con sus apóstoles o se retiraba a orar en el monte, Jesús siempre tenía conciencia de su sacerdocio. Lo mismo debiera decirse de nosotros, porque no dejamos de ser sacerdotes cuando bajamos del altar, sino que seguimos siéndolo dondequiera y siempre. A la manera de Jesús, vivamos siempre con el alma vuelta a los intereses de Dios: In his quæ Patris mei sunt oportet me esse (Lc., II, 49).

Recordad la parábola de los talentos. Nosotros somos de aquellos que recibieron cinco. Reflexionemos seriamente en ello. ¿Cumplimos las funciones de nuestro sacerdocio con aquella dignidad de sentimientos que se merecen? A ejemplo de María, madre de Jesús, que poseía una santidad eminente, el sacerdote, por razón de su intimidad con «el que es la santidad misma», Tu solus sanctus, Jesu Christe, se esforzará en conseguir que toda su vida esté ungida de un gran espíritu de pureza y de una constante elevación del alma.

Para no perder el ánimo en esta marcha ascendente, debe reavivar constantemente en su alma el deseo de adquirir la perfección, y recordar aquellas palabras del pontifical que el obispo dirige a los ordenados: «Poderoso es Dios para aumentar en ti su gracia». Potens est Deus ut augeat in te gratiam suam.

 

 

Tres aspectos de la asimilación del sacerdote a Jesucristo

“…el sacerdote es una misma cosa con

«Cristo que obra con él y por él»: Agit in persona Christi.”

Dom Columba Marmion

(Del libro, “Jesucristo, ideal del sacerdote”)

 

No cabe error más funesto para un sacerdote que el de subestimar la dignidad sacerdotal. Su deber más sagrado consiste, por el contrario, en formarse una alta idea de la misma.

El primer aspecto de nuestra asimilación a Cristo en el sacerdocio lo expresó el mismo Jesús cuando dijo a sus apóstoles: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os elegí a vosotros» (Jo., XV, 16).

«Y ninguno se toma por sí este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón» (Hebr., V, 4). ¿Cuál es la razón de esta exigencia? Es que nadie tiene derecho a elevarse por sí mismo a una dignidad tan eminente. En Jesucristo, el sacerdocio constituye un don concedido por el Padre. Cristo, nos dice San Pablo, no se elevó por sí mismo al supremo pontificado, sino que lo recibió de Aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo… Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec». De la misma manera el sacerdote debe ser también elegido por el Todopoderoso.

Debemos mantener siempre en nosotros una fe viva y desbordante de agradecimiento por la elección de que la Providencia misericordiosa nos ha hecho objeto con vistas al sacerdocio: «Tu Dios te ha ungido con el óleo de la alegría, más que a tus compañeros» (Ps., 44, 8). Esta elección supone de parte de Dios una mirada privilegiada de amor. Muchas veces el Señor nos protegió ya desde la infancia o desde la adolescencia, y nos condujo bajo su amparo por los caminos de la vida. El don del sacerdocio es como un anillo de oro, el primero de una interminable cadena de singulares gracias, reservadas a los ministros del altar. Habituémonos a encontrar en este magnífico pensamiento un perpetuo estímulo para nuestra fidelidad.

Es verdad que ninguno de nosotros puede escrutar el misterio de la predestinación, que está oculto en Dios. Pero hay indicios reveladores que nos permiten formar prudentemente un juicio práctico y personal sobre los planes que Dios tiene respecto de un alma. Sólo el obispo, como representante auténtico de Dios, tiene competencia para juzgar en última instancia del valor de las señales de vocación que ofrece un candidato al sacerdocio y solamente él es quien puede, por el llamamiento canónico, manifestar la voluntad de lo alto.

Quien tenga la osadía de recibir el Espíritu Santo y la unción sacerdotal sin esta vocación celestial, comete uno de los más graves pecados, que nunca queda sin castigo.

Por el contrario, cuando, dócil a la llamada del obispo, el diácono recibe la imposición de las manos, puede tener por seguro que Dios, en su infinita misericordia, le ha hecho objeto de su elección. Y esto es lo que hace que sea tan pura la felicidad que experimenta y tan legítimo el orgullo que siente de ser sacerdote.

El sacerdote se identifica, además, con Cristo a causa del poder de que está investido.

El sacerdocio tiene por fin establecer intermediarios sagrados entre la tierra y el cielo para ofrecer al Señor los dones de los hombres y comunicarles, en cambio, las gracias de Dios. «Todo Pontífice tomado de entre los hombres, a favor de los hombres, es instituido para las cosas que miran a Dios». Pro hominibus constituitur in iis quæ sunt ad Deum (Hebr., V, 1).

Antes de subir a los cielos, Jesús quiso dejar tras de sí hombres que tuvieran la sublime misión de continuar y renovar sus propios gestos de poder y de amor. El sacerdote ocupa el lugar de Cristo: Sacerdos vice Christi vere fungitur qui, id quod (Christus) fecit, imitatur [«El sacerdote hace las veces de Cristo, porque realiza lo mismo que Cristo hizo antes que él». (Epist. 63, P. L. 4, col. 397)]. Así se expresa San Cipriano, con toda la tradición cristiana.

Jesucristo comunica a sus sacerdotes algo más que una simple delegación. Les reviste de su mismo poder y obra eficazmente por su ministerio. Esta es la razón de porqué nuestro sacerdocio está totalmente subordinado al de Cristo. Y de esta subordinación nace su dignidad suprema, porque nuestro sacerdocio no es otra cosa que un reflejo del sacerdocio del Hijo unigénito.

Al sacerdote le han sido encomendados los dones sagrados: sacra dans. Y esto por dos razones. En primer lugar, él es quien ofrece al Padre a Jesús, inmolado sacramentalmente; y este es el don por excelencia que la Iglesia de la tierra presenta a Dios. En segundo lugar, él es quien hace participantes a los hombres de los frutos de la redención, haciendo llegar hasta ellos las gracias y los perdones divinos. El sacerdote está asociado a toda la obra de la redención, como dispensador autorizado de los tesoros y de las misericordias de Cristo: Sic nos existimet homo ut ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei: «Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (I Cor., IV, 1). Jacob se revistió de los vestidos de su hermano Esaú para presentarse ante su padre Isaac y atrajo sobre sí todas las bendiciones que tenía reservadas para su primogénito. De la misma suerte, el sacerdote, revestido del mismo poder de Cristo en virtud de su carácter sacerdotal, puede decir al Señor con mucha más razón que Jacob: «Yo soy tu hijo primogénito» (Gen., XXVII, 32).

Y es tan completa su identificación con el Pontífice eterno, que, en la misa, el sacerdote no dice: «Este es el cuerpo…, la sangre de Cristo», sino: «Esto es mi cuerpo…, esta es mi sangre»… Y cuando en el sacramento de la penitencia perdona los pecados, ¿cuáles son las palabras que pronuncia? Ego te absolvo. «Yo te absuelvo». Lejos de hacer ninguna apelación a Dios, él habla y manda con autoridad. ¿Y por qué así? Porque la Iglesia, al poner en sus labios la fórmula sagrada, sabe con certeza que en la administración de este sacramento, el sacerdote es una misma cosa con «Cristo que obra con él y por él»: Agit in persona Christi.

El sacerdocio es una sublime prerrogativa que el Padre concede a su ministro de la misma suerte que se la concedió a su Hijo. Esta prerrogativa eleva al hombre a la mayor semejanza posible con el Verbo encarnado. No hay en la tierra excelencia alguna que supere a la del sacerdocio.

En tercer lugar, de la misma manera que Jesucristo es a un tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, así también el sacerdote lleva en sí un elemento divino y un elemento humano.

Durante los días de su vida mortal, Jesús ocultaba su divinidad bajo los velos de su humanidad. Para la gente que le trataba, era «hijo de un obrero»: Nonne hic est fabri filius (Mt., XIII, 55)? A los ojos del Sanedrín y de los soldados romanos era un «malhechor» digno de muerte. Y, sin embargo, a pesar de estas apariencias, era el Verbo de Dios, el supremo Señor del universo, la fuente de todas las bendiciones.

Bajo las apariencias de un hombre sujeto a las necesidades y a las miserias de este mundo, el sacerdote oculta en lo íntimo de su ser la invisible grandeza de su sacerdocio. Los incrédulos le miran frecuentemente como a un ser nocivo para la sociedad, y apenas le reconocen los derechos y las consideraciones que le son otorgadas al último de los ciudadanos.

Y, sin embargo, ¡qué poderes tan sobrehumanos en unas manos tan frágiles! Este hombre, que en nada se diferencia de los demás, tiene unos poderes verdaderamente divinos. Basta que él hable para que Cristo baje al altar para ser inmolado. Abrumado por el peso de sus pecados, el penitente se arrodilla ante él y el sacerdote le dice en nombre de Dios: «Vete en paz». Y este mismo pecador, que un minuto antes pudo ser condenado a los tormentos eternos, se levanta perdonado y justificado, con el alma iluminada por la gracia celestial.

Así es como Jesús perpetúa su misión de santificar a los fieles. Por intermedio de sus sacerdotes, continúa interviniendo en todas las etapas de la vida de sus elegidos, desde su nacimiento hasta la hora de su muerte. Esto explica la reverencia y el amor con que el pueblo cristiano ha honrado al ministro de Cristo. En la creencia de la Iglesia, el sacerdote aparece como confundido con su divino Maestro.

En cierta ocasión, San Francisco de Sales confirió el sagrado presbiterado a un joven levita. Terminada la ceremonia, el santo se fijó en que el nuevo sacerdote se detenía en la puerta de la iglesia, como si discutiera con un ser invisible sobre quién debía pasar el primero. ¿Qué es lo que sucede?, preguntó el santo. A lo que el joven levita repuso que él tenía la felicidad de ver al ángel de su guarda. «Antes de que yo fuese sacerdote, dijo, él siempre me precedía, pero ahora quiere que yo pase el primero» [Mons. Trochu, Saint François de Sales, 1, 2 s]. Los ángeles no son sacerdotes y por eso reverencian en nosotros esta dignidad que ellos adoran en Cristo.

“Una semilla que desea eternidad”

Homilía del Domingo XI durante el año, ciclo B

Queridos hermanos:

El Evangelio de este Domingo, nos habla una vez más, por medio de parábolas, acerca del Reino de los Cielos, el cual comienza siempre como algo pequeño dentro del alma, como un grano o semilla que poco a poco comienza a crecer y desarrollarse hasta terminar con proporciones inimaginables, es decir, con consecuencias que van mucho más allá de toda fuerza humana, de nuestra naturaleza y de toda posible capacidad del ser humano, pues consiste en la eternidad, la dicha sin fin, el gozo imposible de ser arrebatado en el Paraíso, pero que se va preparando en esta vida por medio de nuestras obras: sumando las buenas, reparando las malas, y creciendo con esfuerzo en las virtudes.

San Gregorio Magno trae un breve y excelente comentario que vale totalmente la pena, el cual simplemente nos limitaremos a ejemplificar un poco más para iluminar su gran valor y verdad. El santo dice así: “…el hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la yerba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto.

Ahora vamos por partes:

  • el hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón:

Un alma en pecado grave no posee en su interior la semilla de la eterna felicidad, porque en un alma así Dios no puede habitar, porque el pecado le echa afuera; pero cuando comienzan a entrar en ella las buenas intenciones, la semilla ha sido sembrada y solamente el pecado la puede hacer morir, pero si la fecunda al cuidarla y afianzando su buena voluntad, ésta comienza a desarrollarse a través de los designios divinos de santificación.

  • duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras:

En estas palabras podemos entender aquel fruto tan hermoso surge de toda buena conciencia, de toda buena voluntad y toda santa determinación de progresar en nuestra vida espiritual, y nos referimos a la paz interior que habita y perfuma la existencia de los buenos corazones; una paz que además de ser fruto es manifestación de las buenas intenciones de quienes desean hacer realmente lo correcto y buscan descubrir y abrazar la santa voluntad de Dios, por eso confían y esperan recibir de Dios la recompensa a sus esfuerzos en la vida espiritual.

  • se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad:

Una verdad sobrenatural que surge de la misma confianza en Dios de la que hemos hablado más arriba, verdad que se fundamente en la fe verdadera, profunda y operante, que sabe abrirse paso hacia la santidad tanto entre los gozos como entre las cruces, y, es más, aprovecha de éstas últimas para realizar sus purificaciones necesarias para seguir adelante siempre progresando. Estas son las almas que aman con sinceridad y acompañan a nuestro Señor tanto en la gloria del Tabor como en la soledad del Calvario.

  • Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido:

Esto es propio de la humildad sincera, es decir, la que habita en el alma que no se anda preocupando de sí misma ni de su actual grado de perfección ni nada de eso, de lo cual ni se entera, porque su única ocupación en hacerse cada vez más pequeña, más simple, más sencilla, para agradar a Dios lo más que pueda, mientras va disfrutando de sus dones y atenciones.

  • Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la yerba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga:

Con esto el santo nos habla acerca del desarrollo de la vida espiritual, el cual implica crecimiento, maduración, y, por supuesto, frutos, los cuales serán -como bien sabemos., del 30, del sesenta o del ciento por uno según la medida de nuestra generosidad y amor a Dios. En esta metáfora el alma llega a ser espiga por sus buenas obras y fidelidad al plan divino, espiga que si aprende a morir, como lo enseña Jesucristo, morir cada día un poco, ciertamente ya se ha encaminado por la santificación que de ella espera Dios.

  • en fin, -dice el santo-, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto: es decir, cuando el alma ya se ha asentado en la bondad de sus acciones, cuando ya ha llegado a poseer el hábito de hacer el bien y el hábito de huir del mal; y ya se encuentra colmada de buenas obras, las cuales ahora desea transformar de buenas en santas, para dar así más y más frutos hasta el día final, el día de la siega, donde Dios recompensará definitivamente con su gloria a todos aquellos que hayan perseverado hasta el final, habiéndole permitido culminar en sus vidas el Reino comenzado en el interior de cada corazón que haya decidido aceptarlo.

Que María santísima nos alcance de su Hijo la gracia de llevar a buen término esta semilla que Dios desea ver desarrollarse hasta el final en cada uno de nosotros.

P. Jason, IVE.