Capítulo I
La expiación de los pecados propios y ajenos
Santa Catalina de Siena
1) No el sacrificio, sino el amor que le acompaña, es lo que satisface por los pecados propios o ajenos
Entonces Dios, la Verdad Eterna, le dijo a esta alma:
«Debes saber, hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a mí, que soy Bien infinito, requiere satisfacción infinita. Mas si la verdadera contrición y el horror del pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que siempre será limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma por la ofensa cometida contra su Creador y contra su prójimo.
[La satisfacción infinita por lo infinito del amor y del dolor se verifica plenamente en Jesucristo por la unión de la naturaleza humana con la divina. La santa habla del deseo infinito, refiriéndose a la persona que está unida a Jesucristo por la gracia, cuando por lo ilimitado de sus aspiraciones, quiere reparar a la infinita dignidad y santidad de Dios ofendida por el pecado de los hombres.]
Los que tienen este deseo infinito y están unidos a mí por el amor, se duelen cuando me ofenden o ven que otros me ofenden. Por esto, toda pena sufrida por estos, tanto espiritual como corporal, satisface por la culpa, que merecía pena infinita.
Todo deseo, al igual que toda virtud, no tiene valor en sí sino por Cristo crucificado, mi unigénito Hijo, en cuanto el alma saca de Él el amor y sigue sus huellas; sólo por esto vale, no por otra cosa.
De este modo, los sufrimientos y la penitencia tienen valor reparador por el amor que se adquiere por el conocimiento de mi bondad y por la amarga contrición del corazón. Este conocimiento engendra el odio y disgusto del pecado y de la propia sensualidad [pues ve en ella la raíz de su pecado] y hace que el alma se considere indig0na y merecedora de cualquier pena. Así puedes ver cómo los que han llegado a esta contrición del corazón y verdadera humildad, se consideran merecedores de castigo, indignos de todo premio y lo sufren todo con paciencia.
Tú me pides sufrimientos para satisfacer por las ofensas que me hacen mis criaturas y pides llegar a conocerme y amarme a mí. Este es el camino: que jamás te salgas del conocimiento de tu miseria; y una vez hundida en el valle de la humildad, me conozcas a mí en ti. De este conocimiento sacarás todo lo que necesitas.
Ninguna virtud puede tener vida en sí sino por la caridad y la humildad. No puede haber caridad si no hay humildad. Del conocimiento de ti misma nace tu humildad, cuando descubres que no te debes la existencia a ti misma, sino que tu ser proviene de mí, que os he querido antes que existieseis. Además, os creé de nuevo con amor inefable cuando os saqué del pecado a la vida de la gracia, cuando os lavé y os engendré en la sangre de mi unigénito Hijo, derramada con tanto fuego de amor.
Por esta sangre llegáis a conocer la verdad, cuando la nube del amor propio no ciega vuestros ojos y llegáis a conoceros a vosotros mismos.
[La gran Verdad, que supera toda ciencia, del Dios amor para con el hombre se nos revela en la Sangre. «En Cristo Crucificado, y principalmente en su sangre, conoce —el alma— el abismo de la inestimable caridad de Dios» (Carta 40)]
2) Del amor procede el valor expiatorio del sufrimiento

El alma que se conoce a sí misma y conoce mi bondad, se enciende tanto en amor hacia Mí, que está en continua pena; no con aflicción que la atormente y la seque (antes al contrario, la nutre), sino porque reconoce su propia culpa y su ingratitud y la de los que no me aman. Siente así una pena intolerable, y sufre porque me quiere. Si no me quisiese, nada sentiría. De ahí que tenga que sufrir mucho, hasta la hora de la muerte, por la gloria y alabanza de mi nombre.
Por tanto, sufrid con verdadera paciencia, doliéndoos de vuestra culpa y amando la virtud, por la gloria y honor de mi nombre. Haciéndolo así, daréis satisfacción por vuestras culpas; y las penas que sufráis serán suficientes, por el valor de la caridad, para que os las premie en vosotros y en los demás. En vosotros, porque no me acordaré jamás de que me hayáis ofendido. En lo demás, porque por vuestra caridad, yo les daré mis dones en conformidad con las disposiciones con que los reciban.
Perdonaré particularmente a los que humildemente acojan las enseñanzas que yo les transmito a través de mis siervos, porque por ellas llegarán a este conocimiento verdadero y a la contrición de sus propios pecados. De suerte que por medio de la oración y del deseo de vivir mis enseñanzas, recibirán la gracia en mayor o menor grado según sea su disposición.
A no ser que sea tanta su obstinación, que quieran ser reprobados por mí por despreciar la Sangre del Cordero, Jesucristo, con la que fueron comprados con tanta dulzura. Pero la mayor parte, por sus deseos de reparación, recibirán el perdón de sus pecados y este beneficio: que yo hago despertar en ellos el perro de la conciencia, sensibilizándoles para que perciban el perfume de la virtud y se deleiten en las cosas espirituales.
[La conciencia es como un perro, porque ella es la que se encarga de avisar la presencia del pecado o de las faltas en el alma.]
¿Cómo lo hago? Permito a veces que el mundo se les muestre en lo que es, haciéndoles sufrir de muchas y variadas maneras con objeto de que conozcan la poca firmeza del mundo y deseen su propia patria: la vida eterna. Por estos y otros muchos modos, que mi amor ha ideado para reducirlos a la gracia, yo los conduzco, a fin de que mi verdad se realice en ellos.
[La verdad de Dios, que debe realizarse en el hombre mediante su colaboración, no es otra que el fin supremo que Dios tuvo al crearle. «En la sangre de Cristo crucificado conocemos la luz de la suma, eterna verdad de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza por amor y gracia, no por deuda u obligación. La verdad fue ésta: que nos creó para su gloria y alabanza y para que gozásemos y gustásemos de su eterno y sumo Bien» (Carta 227)]
Me obliga a obrar así con ellos el amor con que los creé y también la oración, los deseos y sufrimientos de mis siervos, porque yo soy quien les induce a amar y a sufrir por las almas.
3) Los que se obstinan, se pierden irremisiblemente
Pero para aquellos necios que son ingratos para conmigo y para con los sufrimientos de mis siervos, se les convierte en ruina y en materia de juicio todo lo que se les había dado por misericordia; no por defecto de la misericordia misma, sino por su dureza de corazón.
Si persisten en su obstinación, pasado el tiempo, no tendrán ningún remedio, porque no devolvieron la dote que yo les di al darles la memoria, para que recordaran mis beneficios; el entendimiento, para que conociesen la verdad, y la voluntad, para que me amasen a mí. Este es el patrimonio que os di, y que debe retornar a mí, que soy vuestro Padre.
A los que vendieron y malbarataron este patrimonio, entregándolo al demonio, —dejándose llevar de los placeres deshonestos, de la soberbia, del amor de sí mismo y del odio y desprecio del prójimo— cuando les llegue la muerte, éste les exigirá lo que en esta vida adquirió. Por el desorden de la voluntad y la confusión de su entendimiento, reciben pena eterna, pena infinita, porque no repararon su culpa arrepintiéndose y odiando el pecado.
4) Resumen y exhortación
Ves cómo los sufrimientos y la penitencia satisfacen por la culpa, a causa de la contrición perfecta del corazón, no por lo limitado de los sufrimientos mismos. Esta satisfacción es total en los que llegaron a la perfección de la caridad: satisface tanto la culpa como el castigo que le sigue. En los demás, los sufrimientos satisfacen sólo por la culpa, y lavados del pecado mortal, reciben la gracia; pero, siendo insuficientes su contrición y su amor para satisfacer por el castigo, tienen que expiarlo en el purgatorio.
El sufrimiento, por tanto, repara el pecado por la caridad del alma que está unida a mí, que soy bien infinito, y esto en mayor o menor grado según la medida del amor con que me ofrece sus oraciones y sus deseos.
Atiza, por tanto, el fuego del amor y no dejes pasar un solo momento sin que humildemente y con oración continua clames por los pecadores, sufriendo varonilmente y muriendo a toda sensualidad.
Dios se complace en estos deseos de padecer por Él, porque son expresión del amor
Me agrada mucho que deseéis sufrir cualquier pena y fatiga hasta la muerte por la salvación de las almas. Cuanto más uno sufre, más demuestra que me ama, y, amándome, conoce más mi verdad; y cuanto más me conoce, más le duelen y se le hacen intolerables las ofensas que se me hacen.
Tú me pedías poder sufrir y ser castigada por los pecados del mundo, sin advertir que lo que me pedías era amor, luz y conocimiento de la verdad. Porque ya te dije que cuanto mayor es el amor, más crece el dolor y el sufrimiento. Por esto os digo: Pedid y recibiréis; yo jamás rechazo a quien me pide en verdad.
Cuando en un alma reina la divina caridad, va tan unido este amor con la perfecta paciencia, que no se pueden separar el uno de la otra, y, al disponerse a amarme, se dispone a pasar por mí todas las penas que yo le quiera enviar, sean las que sean. Sólo en el sufrimiento se demuestra la paciencia, la cual, como te he dicho, está unida con la caridad.
Sufrid, pues, virilmente, si es que queréis demostrarme vuestro amor, siendo gustadores de mi honor y de la salvación de las almas.
[Son gustadores de la honra de Dios y de la salvación de las almas los que no sólo tienen hambre de la gloria de Dios y del bien de las almas, sino que saborean y se alimentan de este deseo —Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió (Juan 4, 34)—, y lo gustan. Los bienaventurados del cielo son los verdaderos gustadores; los que gustan ya de modo definitivo esta verdad.]
Santa Catalina de Siena: “El diálogo”, Parte I, Cap. 1
Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf Hb 12, 1), especialmente los que la Iglesia reconoce como “santos”, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos que han quedado en la tierra. Al entrar “en la alegría” de su Señor, han sido “constituidos sobre lo mucho” (cf Mt 25, 21). Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero.
Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de san Juan de la Cruz, debe “mirar en cuyas manos se pone, porque cual fuere el maestro tal será el discípulo, y cual el padre, tal el hijo”. Y añade que el director: “demás de ser sabio y discreto, ha de ser experimentado. […] Si no hay experiencia de lo que es puro y verdadero espíritu, no atinará a encaminar el alma en él, cuando Dios se lo da, ni aun lo entenderá” (Llama de amor viva, segunda redacción, estrofa 3, declaración, 30).
Hoy me quisiera referir a una de las frases quizás más profundas que dijo ese hombre tan simple del desierto, pero el más grande nacido de mujer, como lo llamó el mismo Jesucristo
Resumiendo y en labios de San Juan de Ávila, tenemos que esforzarnos en Cristo, y en todo momento, todos los días de nuestra vida hasta el último minuto, y el modo por excelencia de unirse al Amigo, de intimidar con Él en lo más profundo, es uniéndonos a Él en los sufrimientos: muriendo con Cristo clavados en Cruz, como lo dice hermosamente santa Teresa Benedicta de la Cruz:
Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, “que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias” (
María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad (cf Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf 
El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo.
El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), que lo esperaban “perseverando en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la instruya en la vida de oración.
La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la “ofrenda pura” de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria de su Nombre (cf Ml 1, 11); es, según las tradiciones de Oriente y de Occidente, “el sacrificio de alabanza”.
“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”(San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68 [De fide orthodoxa 3, 24]). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).
“Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef6, 18).“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:
La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5, 3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.