Humildad, excelencia de esta virtud
“Aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón”
Mt 11,29
P. Jason Jorquera M.
Para hablar acerca de la excelencia de esta virtud es necesario recordar que nuestro Señor Jeucristo nos pide explícitamente que seamos humildes cuando dice: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).
Comentando este pasaje dice san Juan Crisóstomo: «Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: “Y yo os aligeraré”. No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.»[1]; y san Agustín: «No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.»[2]

La humildad es una virtud tan grande, tan necesaria y tan hermosa a la vez, que el Hijo de Dios se revistió de ella desde su entrada en este mundo hasta su salida mortal de él. Porque para nacer entre los hombres asumiendo la naturaleza humana eligió nacer en un pesebre, siendo Dios y Rey de reyes, rompiendo así desde el comienzo de su misión la lógica mundana; y más aún, eligió para morir no ya un pequeño pueblo sino la misma Jerusalén, para padecer allí y en la celebración de la pascua, manifestando así cuán importante es poseer la virtud de humildad porque, como dice san Pedro: “…Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas.” (1Pe 2,21); aunque ya antes se decía de Jesús en el Evangelio que todo lo había hecho bien (Cfr. Mc 7,37).
San Agustín llega a afirmar que «toda la vida de Cristo en la tierra fue una enseñanza nuestra, y Él fue de todas las virtudes Maestro; pero especialmente de la humildad: ésta quiso particularmente que aprendiésemos de Él. Lo cual bastaba para entender que debe ser grande la excelencia de esta virtud y grande la necesidad que de ella tenemos, pues el Hijo de Dios bajó del cielo a la tierra a enseñárnosla, y quiso ser particular maestro de ella no sólo por palabra sino muy más principalmente con la obra…»[3]
San Bernardo se pregunta: ¿Para qué, Señor, tan grande majestad tan humillada? – y responde él mismo- para que ya, desde aquí [en] adelante, no haya hombre que se atreva a ensoberbecer y engrandecer sobre la tierra. Una consideración muy importante que hace el doctor melifluo es el hecho de que siempre fue “locura” y “atrevimiento” ensoberbecerse; porque la soberbia es el pecado que se opone directamente a la humildad, a la vez que es la raíz y madre de todos los demás pecados; esto significa que no existe ningún pecado que no implique la soberbia o no se oponga a la humildad, porque todo pecado es la búsqueda desordenada y egoísta de sí mismo bajo algún aspecto. Y se dice también que es locura al mismo tiempo que misterio, porque el primer pecado de soberbia fue el de Lucifer, que sabía todas las consecuencias de su pecado al igual que los demás que se hicieron demonios junto con él y, sin embargo, lo mismo eligió pecar… locura y misterio.
A la luz de estas consideraciones, se entiende mucho mejor cuando la santa dice que la humildad es andar en verdad[4], porque el alma que sabe realmente cuál es el lugar que ocupa respecto a Dios en el mundo, sus limitaciones, y cuánto depende de su Creador, tendría que ser realmente un alma humilde, a menos que se engañe a sí misma engrandeciéndose como pretendió el diablo y los demás demonios.
En definitiva, debemos decir que el fundamento de la humildad es la verdad… Es sierva de la verdad, y la Verdad es Cristo; por lo tanto para ser verdaderamente humildes es necesario obrar imitando a Cristo y considerando lo que yo tengo de mí mismo y lo que el otro tiene de Dios. Como pone Pemán en boca de san Ignacio de Loyola en “El divino impaciente”
No exaltes tu nadería,
que, entre verdad y falsía,
apenas hay una tilde,
y el ufanarse de humilde
modo es también de ufanía.
Te quiero humilde,
sin tanto derramamiento
de llanto y engolamiento de voz;
te quiero siervo de Dios,
pero sin jugar a santo[5].
Respecto a la dependencia que tiene la humildad en relación a la verdad escribía el santo jesuita: «La humildad consiste en ponerse en su verdadero sitio. Ante los hombres, no en pensar que soy el último de ellos, porque no lo creo; ante Dios, en reconocer continuamente mi dependencia absoluta respecto de Él, y que todas mis superioridades frente a los demás de Él vienen. Ponerse en plena disponibilidad frente a su plan, frente a la obra que hay que realizar. Mi actitud ante Dios no es la de desaparecer, sino la de ofrecerme con plenitud para una colaboración total. Humildad es, por tanto, ponerse en su sitio, tomar todo su sitio, reconocerse tan inteligente, tan virtuoso, tan hábil como uno cree serlo; darse cuenta de las superioridades que uno cree tener, pero sabiéndose en absoluta dependencia ante Dios, y que todo lo ha recibido para el bien común. Ese es el gran principio: Toda superioridad es para el bien común (Santo Tomás).»[6]
De ahí que podamos afirmar que la virtud de la humildad es tan excelente, que atrae todos los favores de Dios, de hecho es tanto el poder que tiene la humildad ante Dios que fue la creatura más humilde de todas la única que mereció llevar a Dios en su seno, porque Dios miró la humildad de la Virgen y la premió con la maternidad divina.
Mencionamos, finalmente, los tres “beneficios” que se siguen de las humillaciones sufridas virtuosamente por amor a Dios y que trata brevemente san Alberto Hurtado[7]:
La humillación ensancha: porque nos hace más capaces de Dios. Nuestra pequeñez y egoísmo achica el vaso. Cuando nos va bien, nos olvidamos; viene el fracaso y siente uno que necesita a Dios. Y esta necesidad de Dios, entendida a la luz de la misericordia divina ha de hacer que el alma se haga grande en el deseo de recibir de Dios aquello que sabe no puede conseguir por sus solas fuerzas, fruto además de la confianza filiar en su Padre del cielo y Creador.
La humillación pacifica: La mayor parte de nuestras preocupaciones son temores de ser mal tratados, poco estimados. La humillación nos hace ver que Dios nos trata demasiado bien. Y esto a partir de la constante consideración de sus muchos beneficios, los cuales en proporción siempre sobrepasan nuestras ofensas.
La humillación nos configura a Cristo: [ésta es] la gran lección de la Encarnación: se vació a sí mismo, se anonadó; poneos a mi escuela que soy manso y humilde. Nadie siente tanto la pasión de Cristo como aquél a quien acontece algo semejante. Y, en consecuencia, nadie puede configurarse con Cristo si no está dispuesto a corresponder al su sacrificio, tomando parte tanto en sus alegrías como en sus padecimientos, de los cuales no está exenta el alma que acompaña a su Salvador hasta el Calvario, lugar hasta donde sólo llegan los verdaderos seguidores de Cristo, como lo hizo Él, manso y humilde de corazón.
La humildad, en consecuencia, hace tanto más grande nuestra alma a los ojos de Dios, cuanto más pequeños queramos ser a los ojos del mundo; y tan importante es conseguirla, que el mismo Jesucristo explícitamente nos exhorta a adquirirla.
[1] San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2
[2] San Agustín, sermones, 69,2
[3] San Agustín, De Vera Religione. 2 serm. Humil.
[4] Santa Teresa de Jesús, sexta morada, cap. 10
[5] José María Pemán, El divino impaciente; son palabras que pone en boca de san Ignacio dirigiéndose al género pero aún altivo Francisco Javier.
[6] San Alberto Hurtado: Virtudes y pecados del hombre de acción, Documento redactado en París en Noviembre de 1947. La búsqueda de Dios, pp. 47-49.
[7] Cfr. San Alberto Hurtado: La humildad, Meditación de Ejercicios Espirituales predicados muy posiblemente a jesuitas. Posible continuación del s48y17a. Un disparo a la eternidad, pp. 187-189.

Por eso para ti, José, en adelante tu vida no tiene más que ese sentido: darte a Teresa, darte a esa alma que se entrega a ti, y que te confía su porvenir, que te abre su alma para que tú la llenes de sol, de alegría, de esperanza; esa alma virginal que en tus brazos se abandona para que tú des ternura a su corazón, para que tú le des robustez en su vida, para que tú seas su apoyo en sus momento difíciles, para que tú la santifiques, porque esa es la misión del marido: esposo ama a tu esposa como Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por ella (cf. Ef 5,25-26). La palabra sacrificarse no denota tanto el sufrimiento cuanto denota el santificarse por la esposa, ella va a ser la razón de tu vida en el futuro.
La felicidad tiene una sola norma: darse, entrega de sí mismo. Y por eso, si en vuestra vida ocurre, lo que en toda vida humana ocurre, por más bella que sea, por más noble y más generosa, si alguna vez viene alguna nubecita a enturbiar el sol del amor, que os apresuréis a ser el primero en dar al otro el perdón, en sufrir por el otro, en orar juntos, en la noche, al caer las luces del día, recogidos en una plegaria; y los sufrimientos del día, ponerlos a los pies de Cristo, especialmente deseando la felicidad para el ser amado.
Y más allá de vuestro hogar, están los que en vuestra vida de solteros tanto habéis amado, los pobres, los que sufren, los que padecen, el bien común, la patria. Empresas todas que en vuestra vida de casados no han de cesar, mis queridos esposos, sino que, al contrario, habéis de ser más fuertes y más generosos en prolongar hacia esas obras vuestros esfuerzos. No vais a estar solos ahora para trabajar sino que vais a estar acompañados; y si la tarea es difícil, y si la tarea es ingrata, y a momentos descorazonadora, tenéis ahora una nueva fuerza en vuestro mutuo amor. Una nueva fuerza la tendréis en esos hijos que han de venir también a sosteneros en esas empresas, para bien de los demás, porque les vais a legar a ellos esa tradición preciosa de una vida que no se consume egoístamente en las paredes del hogar, sino que pretende únicamente darse como Dios; os decía al principio, Dios se da, Dios es donación permanente.