Sermón sobre el matrimonio

 El matrimonio cristiano,

una competencia en darse

San Alberto Hurtado

06bendiciones
San Alberto Hurtado administrando el sacramento del matrimonio

Mis queridos esposos:

Quisiera comenzar mis palabras comunicándoos una noticia que creo os llenará de alegría, y es ésta: realizar un encargo del Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico quien me ha enviado un telegrama del Vaticano, en que el Santo Padre se asocia a vuestra alegría, y os envía el siguiente mensaje: “Su Santidad deseando felicidad cristiana al nuevo matrimonio de José Arellano Rivas y Teresa Marín Cerda, concédeles paternalmente la implorada bendición apostólica”. Montini, sustituto.

Mis queridos esposos, quisiera tomar como tema, de las cortas palabras que quería dirigiros ahora, el augurio de la felicidad cristiana. Todo el cristianismo no es más que un mensaje de felicidad. Y si recordáis el sermón de la montaña, que juntos, sin duda, habéis leído tantas veces, encontraréis en él estas palabras hermosísimas de Cristo Nuestro Señor, con que lo inicia. Bienaventurados es la palabra que repite. [No se cansa] el Señor de repetirnos en ese sermón lo que Él viene a traer a la tierra: Bienaventuranza, paz, felicidad, alegría. ¡Ése es todo el mensaje cristiano! Y si miramos la vida de la Iglesia, que es la realización del mensaje de Cristo, no es más que la introducción del hombre a la felicidad divina. El bautismo nos hace hijos de Dios y nos introduce en la vida divina, porque nos hace participar de esa vida de Dios; la Eucaristía, cuya fiesta celebramos hoy, no es más que la participación del alma en el Cuerpo y Sangre de Cristo para unirnos más íntimamente con Él; y todos los sacramentos tienen ese sentido: preparar el alma a la unión con Dios, fuente de toda felicidad.

¿Y en qué consiste la felicidad, mis queridos esposos? El Señor Jesús nos da la norma de la felicidad cristiana y la razón de ser de ella: la felicidad cristiana consiste en darse. Y por eso Jesús nos dice ‘feliz es el que da, más feliz que el que recibe’ (cf. Hech 20,35). Y si miramos a Dios, fuente de toda felicidad, Dios es el que da. Miremos la vida íntima de la Santísima Trinidad: el Padre, que es fuente de todo ser y de toda alegría, da su propio ser a su Hijo, engendrándolo desde toda la eternidad, y el Padre y el Hijo, que se conocen, se dan mutuamente en un amor eterno, que es el Espíritu Santo. He ahí la fuente de toda felicidad. Y ese Dios riquísimo en su soledad, acompañado en su soledad, que es la Trinidad, todavía no se satisface con esa donación mutua de las Personas [divinas], y se resuelve a crear, y crea el mundo por amor. Y todo cuanto vemos no es más que la donación de Dios, nosotros mismos somos una donación de Dios, y el mundo entero es una donación que Dios nos da. Y esta ley de la felicidad, mis queridos esposos, es la ley de la alegría cristiana en el matrimonio. Vais a fundar hoy día un hogar, y el Santo Padre os augura felicidad cristiana, y por eso os doy la norma consiguiente: daros, mutuamente, el uno al otro. El matrimonio cristiano es una competencia en darse.

FPH123Por eso para ti, José, en adelante tu vida no tiene más que ese sentido: darte a Teresa, darte a esa alma que se entrega a ti, y que te confía su porvenir, que te abre su alma para que tú la llenes de sol, de alegría, de esperanza; esa alma virginal que en tus brazos se abandona para que tú des ternura a su corazón, para que tú le des robustez en su vida, para que tú seas su apoyo en sus momento difíciles, para que tú la santifiques, porque esa es la misión del marido: esposo ama a tu esposa como Cristo amó a su Iglesia y se sacrificó por ella (cf. Ef 5,25-26). La palabra sacrificarse no denota tanto el sufrimiento cuanto denota el santificarse por la esposa, ella va a ser la razón de tu vida en el futuro.

Y a ti, Teresita, la vida en adelante no tendrá más que un sentido: tu marido. Amarlo, llenar también de alegría su vida, ser la compañera de sus obras y de sus trabajos, ser la que lo sostenga en sus empresas, ser la que lo anime en sus momentos difíciles; porque la vida tiene [momentos difíciles] para ambos. Y ambos, mutuamente, tratando en cada momento de superarse más y más en ese deseo de darse.

FPH130La felicidad tiene una sola norma: darse, entrega de sí mismo. Y por eso, si en vuestra vida ocurre, lo que en toda vida humana ocurre, por más bella que sea, por más noble y más generosa, si alguna vez viene alguna nubecita a enturbiar el sol del amor, que os apresuréis a ser el primero en dar al otro el perdón, en sufrir por el otro, en orar juntos, en la noche, al caer las luces del día, recogidos en una plegaria; y los sufrimientos del día, ponerlos a los pies de Cristo, especialmente deseando la felicidad para el ser amado.

Y ambos vueltos hacia adelante, hacia el porvenir, deseando los hijos, hacia los cuales ambos debéis dar no sólo vuestro ser material sino vuestro ser espiritual. Recordáis tal vez esa poesía de Gabriel y Galán cuando dice:

 

“Quiero vivir [y a Dios voy]

y a Dios no se va muriendo,

se va al oriente subiendo,

por la breve vida de hoy,

de luz y de sombra soy,

y quiero darme a las dos;

quiero dejar de mí en pos

robusta y santa semilla,

de esto que tengo de arcilla,

de esto que tengo de Dios”.

 

 Eso son los hijos, un darse; darse a lo que tenéis de arcilla, daros a lo que tenéis de Dios, para dejar detrás de vosotros robusta y santa semilla, de lo mejor que hay en vosotros.

Y por eso, mis queridos esposos, en un hogar cristiano, en un hogar bendecido por la felicidad cristiana, los hijos son deseados, los hijos son pedidos, los hijos son esperados, y por los hijos desde ahora se sufre, desde ahora se acumula para ellos un tesoro, más que de bienes materiales, un tesoro de virtudes, un tesoro de gracias, un tesoro de plegarias, para que cuando ellos lleguen a este mundo se encuentren ricos, con la riqueza espiritual de sus padres. Y los hijos, por muchos que sean los que Dios quiera daros, estoy cierto, mis queridos esposos, que no van a agotar ese deseo de daros que vosotros tenéis.

FPH119Y más allá de vuestro hogar, están los que en vuestra vida de solteros tanto habéis amado, los pobres, los que sufren, los que padecen, el bien común, la patria. Empresas todas que en vuestra vida de casados no han de cesar, mis queridos esposos, sino que, al contrario, habéis de ser más fuertes y más generosos en prolongar hacia esas obras vuestros esfuerzos. No vais a estar solos ahora para trabajar sino que vais a estar acompañados; y si la tarea es difícil, y si la tarea es ingrata, y a momentos descorazonadora, tenéis ahora una nueva fuerza en vuestro mutuo amor. Una nueva fuerza la tendréis en esos hijos que han de venir también a sosteneros en esas empresas, para bien de los demás, porque les vais a legar a ellos esa tradición preciosa de una vida que no se consume egoístamente en las paredes del hogar, sino que pretende únicamente darse como Dios; os decía al principio, Dios se da, Dios es donación permanente.

Mis queridos esposos, en vuestra vida de solteros hay algo que os ha siempre animado, que sea lo mismo que os anime en vuestra vida de casados: Jesús, el ejemplo del darse. Leed juntos las páginas del Evangelio, no dejéis jamás de leerlas. Ojalá que desde vuestra primera noche de matrimonio, las leáis juntos. Esas páginas hermosas, en las cuales encontraréis el ejemplo de la vida de Dios que así amó al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito (cf. Jn 3,16) y después, ese Hijo unigénito de Dios en la tierra, ¿qué hizo si no dar a los hombres sus palabras, darles sus ejemplos, darles su vida? Cuando no tenía más que darles, ¡les dio su propia Madre! Y antes de despedirse de nosotros, nos dejó como recuerdo supremo aquél que hoy celebra la Iglesia: la donación de su propio Cuerpo y de su propia Sangre, para que sea su propio Cuerpo y su propia Sangre el alimento espiritual de nuestras almas.

Y junto a Jesús tenéis a la Virgen, a la dulce Madre María, a aquella que preside este altar. El altar ante el cual tantas veces habéis venido juntos a recibir el Cuerpo eucarístico de Jesús. Ésta, vuestra Madre, os mira desde este altar bendito, os mira desde el cielo y os augura toda clase de bendiciones para vuestro nuevo hogar. Y por eso, Teresita, el rosario que tienes en tus manos lo desgranes cada noche junto con tu marido, y mañana juntos con vuestros hijos y con vuestra servidumbre, y ojalá con los pobres que rodeen vuestra casa. Y a la Madre del Amor hermoso, a la dulce Virgen María, cada noche cincuenta veces le digáis: “Ruega, Madre, por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Y estoy seguro, mis queridos esposos, que esos votos que por vosotros ha hecho el Santo Padre, el Padre común de nuestras almas, ya comienzan a realizarse. Porque esa felicidad cristiana que os desea, estoy cierto, que inunda vuestros corazones. Ésa revienta en vuestras almas.

Al poder daros, como lo habéis tanto tiempo deseado, el uno al otro, al sentiros acompañados ahora del cariño de tantas almas… Este día, esta mañana, más de veinte misas se han celebrado por sacerdotes amigos que han querido unirse a vuestra felicidad e implorar para el Altísimo toda clase de bendiciones para vuestro hogar. Esos jóvenes, con los cuales habéis trabajado en la Acción Católica, o sea hace tanto tiempo, eran niños entonces, son jóvenes ahora, también ellos se unen a vuestra alegría. Y tantos, a lo largo del país que recorristeis en las giras de apostolado, lejos materialmente de vosotros pero muy cerca en espíritu, se asocian a vuestra dicha. Y algunos, que no pueden estar aquí en la tierra, pero en el cielo están, también allá en el cielo, con más cariño que nadie piden por vosotros las bendiciones del cielo, que no han de faltar. Yo les pido a vuestros parientes y amigos que se unan a vuestra dicha, se unan a los votos del Santo Padre sobre vuestro hogar y le pidan al Señor, mientras se celebra el santo sacrificio de la misa, a Jesús, que se va a hacer presente en nuestro templo, que vuestro hogar sea, en esta patria que tanto lo necesita, un modelo de hogares cristianos, un testimonio de la verdadera paz, de la verdadera alegría que brota en las almas cuando Dios está presente.

Vivimos en una hora del mundo en que los hombres parece que han perdido la confianza en sí mismos, la confianza en poder ser felices; que ellos vean en vuestro hogar que la felicidad es una realidad, que la dicha es don de Dios en la tierra, que la gozan las almas de buena voluntad, como sois vosotros y como pueden serlo todos aquellos que ponen en Dios su felicidad. José, estoy seguro, que deseas decirle a Teresa aquellas palabras que aquel poeta cristiano, que os citaba hace un momento, decía a su esposa:

 

“Ven alma virgen, al reclamo amigo

de un alma de hombre que te espera ansiosa,

porque presiente que vendrán contigo

el pudor de la virgen candorosa

y el casto amor de la leal esposa”.

San Alberto Hurtado, “La búsqueda de Dios” s, pp. 232-236.

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