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Jesús entra en Jerusalén

Homilía de san Juan Pablo II

Plaza de San Pedro
Domingo 30 de marzo de 1980

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este  acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por que desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta “entrada”. En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel.. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar  la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, cine a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50, 6).

“Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza… me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, El es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, citando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma,, En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital. del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que éllas.

Excelencia de la caridad

De los sermones de san León Magno, Papa

Dice el Señor en el evangelio de Juan: La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros (Jn 13,35); y en la carta del mismo apóstol se puede leer: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4,7).

Que los fieles abran de par en par sus mentes y traten de penetrar, con un examen verídico, los afectos de su corazón; si llegan a encontrar alguno de los frutos de la caridad escondido en sus conciencias, no duden de que tienen a Dios consigo, y, a fin de hacerse más capaces de acoger a tan excelso huésped, no dejen de multiplicar las obras de una misericordia perseverante.

Pues, si Dios es amor, la caridad no puede tener fronteras, ya que la Divinidad no admite verse encerrada por ningún término.

Los presentes días, queridísimos hermanos, son especialmente indicados para ejercitarse en la caridad —por más que no hay tiempo que no sea a propósito para ello—, quienes desean celebrar la Pascua del Señor con el cuerpo y el alma santificados deben poner especial empeño en conseguir, sobre todo, esta caridad, porque en ella se halla contenida la suma de todas las virtudes y con ella se cubre la muchedumbre de los pecados (cf. 1 Pe 4,8).

Por esto, al disponernos a celebrar aquel misterio que es el más eminente, con el que la sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, comencemos por preparar ofrendas de misericordia, para conceder, por nuestra parte, a quienes pecaron contra nosotros lo que la bondad de Dios nos concedió a nosotros.

La largueza ha de extenderse ahora, con mayor benignidad, hacia los pobres y los impedidos por diversas debilidades, para que el agradecimiento a Dios brote de muchas bocas, y nuestros ayunos sirvan de sustento a los menesterosos. La devoción que más agrada a Dios es la de preocuparse de sus pobres, y, cuando Dios contempla el ejercicio de la misericordia, reconoce allí inmediatamente una imagen de su piedad. No hay por qué temer la disminución de los propios haberes con esas expensas, ya que la benignidad misma es una gran riqueza, ni puede faltar materia para la largueza allí donde Cristo apacienta y es apacentado. En toda esta faena interviene aquella mano que aumenta el pan cuando lo parte, y lo multiplica cuando lo da.

Quien distribuye limosnas debe sentirse seguro y alegre, porque obtendrá la mayor ganancia cuando se haya quedado con el mínimo, según dice el bienaventurado apóstol Pablo: El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia (2 Co 9,10) en Cristo Jesús, Señor nuestro, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

Sobre la confianza en la Divina Providencia

Fragmento del libro “El abandono en la divina Providencia”,

de Jean Pierre de Caussade

Fe y abandono entre tormentas

 Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados.

Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias.

Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas.

Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía.

Dios es quien escribe nuestra vida

 El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras.

Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas.

Confiados, dejémosle hacer a Dios

 Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas.

Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable.

Abandono y paz en todas las cosas

 Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad.

Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.

El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.

El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

Del libro a Autólico de san Teófilo de Antioquía

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé: «Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero si los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.
Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí —como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto—, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición —los sonidos agudos, graves, agradables—, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios.
Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.
El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría. Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.
Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.

TAHÚRES EN EL CALVARIO – FULTON SHEEN

FRAGMENTO DEL LIBRO EL ETERNO GALILEO (Fulton Sheen)

Capítulo 11: Los tahúres en el Calvario

“[…] Las escenas cambian, pero la lección sigue siendo la misma. La Divinidad está aún en el mundo, y el mundo no la recibe. En todas sus clases sociales, el mundo continúa jugando las perlas de la eternidad por las lentejuelas del tiempo, sin dignarse dar siquiera una mirada a la Divinidad que Cristo ha dejado a su Iglesia. Si quieres saber dónde está la Divinidad en el siglo veinte, busca la Iglesia que ellos rechazan con la misma indiferencia crucificante con que rechazaron en el siglo primero al Señor de los cielos y la tierra. Observad la indiferencia en los campos de educación, política internacional, y religión.

[…] Entrad ahora al campo de la política internacional. Año tras año, en Washington, Londres, Genova y Lausanna, los representantes de las grandes naciones se congregan en un deseo verdaderamente sincero por unir a todos los pueblos en un lazo de unidad y paz. Pero año tras año sus tratados fracasan: ¿Y por qué?  Porque no hay nada fuera de las naciones para unirlas. Un hombre no puede envolver un paquete si él es parte de ese paquete; un hombre no puede hacer su valija si él es uno de los artículos que va dentro de esta valija. De igual manera, las naciones no pueden ligarse unas a otras en una liga si ellas son parte de esa liga. Y si son parte de esa liga sus tratados meramente significan obediencia o algún otro político más; y si nosotros difícilmente obedecemos a nuestros propios políticos, sólo el cielo sabrá si obedecemos a un político más. Sólo hay una cosa en el mundo que puede unir a todas las naciones en el lazo de paz, y tiene que ser algo fuera de las naciones mismas. Pero hay una sola cosa en el mundo que no solamente es internacional sino también supra-nacional y es la Iglesia cuyo Vicario es el padre espiritual de toda la Cristiandad, y cuya única fuerza es la fuerza moral de la Justicia y la Bondad de Cristo. Como ha dicho James Brown Scott, secretario de la Dotación Carnegie para la paz:

“Una disputa que se pusiera ante el Estado del Vaticano para que éste decidiera, estaría libre de la sugerencia de fuerza material que obligase su aceptación; estaría desconectada de cualquier idea de expansión territorial; tendría una presunción de Justicia en su favor, porque el Estado mismo es el reconocimiento de la justicia; y la decisión, cualquiera que pudiera ser, forzosamente tendría que estar en conformidad con el código moral de los siglos, y estar dominada por una concepción espiritual de las cosas, sin la cual los jueces temporales a veces juzgan.”

 ¿Y sin embargo, cuál es la actitud de las naciones en frente a esta fuerza moral, que está por encima de las naciones porque tiene que ver directamente con la salvación de las almas? Año tras año las naciones se encuentran en el Calvario de los campos de batalla del mundo, arrojan los dados de la política internacional, discuten sobre patrones de oro, armas de largo alcance y balanza comercial, y en todo este tiempo está allí en medio de ellos alguien que vino a traer la paz al mundo y que podría ser el arbitro de las naciones porque es la fuerza espiritual que está fuera de las naciones: y ellos solamente se sientan y vigilan.

Sugerir a nuestros políticos internacionales que el Estado Vaticano es la única Corte Internacional de Justicia moral, sería tan absurdo como haber sugerido a los tahúres del Calvario que el Hombre en la Cruz es la Fuerza Moral del mundo; pero la verdad aún sigue en pie: la Salvación para las naciones está en lo que los hombres tanto ignoran, y en cuya presencia juegan sus trucos de intriga cuando se limitan a sentarse y vigilar.”

Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, conceda de su Hijo Amado, la paz que tanto necesita el mundo.

Ave María Purísima.

El espíritu de la penitencia

De los escritos del P. Alfonso Torres, S.J.

El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios…”

a) Necesaria siempre

Nos es indispensable el espíritu de la penitencia para entrar en el Reino de los cielos.

El espíritu de la penitencia es propio de todas las almas, lo mismo de las que empiezan convirtiéndose como de las que ya tienen un amor puro y perfecto.

No olvidemos que necesitamos ser perdonados y que, al fin y al cabo, por mucho mal que nos hagan los hombres, siempre será mayor el que hemos merecido por nuestros pecados.

No puede negarse que la penitencia corporal en la vida espiritual es cosa secundaria; la principal es la penitencia interior, la del espíritu; pero la penitencia del cuerpo es la que nos llevará a la interior, y es cierto que no hay santidad sin penitencia. El camino del Evangelio es camino estrecho, sembrado de espinas. Lo principal para llegar a término es amar; quien ama, lo sabe todo, lo posee todo. Pero la penitencia enseña a amar. O hemos de vencer al cuerpo o el cuerpo nos vencerá.

b) Campo, etapas y características

Penitencia es palabra dulce para los espirituales. Quiere decir castigo. Todo, pues, lo que castiga, lo que duele, lo que mortifica, es penitencia. Enfermedades, dolores, incomodidades, rigor de las estaciones, mudanzas del clima, es penitencia. Trabajo corporal, ocupaciones que contrarían, estudios que fatigan, cansancio, penitencia son. Estados penosos del alma, sequedades, turbaciones, angustias, amarguras, desengaños, tentaciones, faltas involuntarias, penitencia es. Defectos físicos, combates del corazón, efervescencia de la imaginación, poca capacidad del entendimiento, condición del carácter, son penitencia. la fidelidad que exige la regla, el tedio de la soledad, la monotonía de la vida común, el sonrojo de la humillación, el aislamiento del silencio, la fatiga de la oración, el vencimiento para tratar al prójimo, son penitencia. Todo lo que duele al cuerpo o al alma exterior o interiormente, de uno mismo o de lo que nos rodea, que se busque o que se encuentre sin buscarlo, es todo materia de penitencia.

El espíritu de la penitencia tiene sus comienzos, sus progresos y su perfección. Comienza de un modo un poco mercenario, pero es bueno, saludable, y nos arranca del enemigo. Empieza con temor; el alma sabe que el pecado merece castigo eterno. Este temor toma diferentes matices; puede ser el de un siervo y el de un hijo.  Cuando llega a temor de hijo, lleno de confianza, puede llegar a ser un amor perfecto, porque nunca puede un alma desterrar de su corazón ese santo temor de Dios. Otro elemento del espíritu de penitencia es el espíritu de humillación.  Las almas que van adelantando en la vida espiritual y en el espíritu de penitencia, fijan el punto central en las humillaciones; éste va agrandándose paulatinamente, y al principio el alma recibe las humillaciones aceptándolas, y después empiezan a atisbar los tesoros que hay escondidos en las mismas, hasta amarlas y desearlas locamente.

Hablemos de otro de los elementos que corona todos los demás: el espíritu de la penitencia puede ser una fuente de amor a Dios. El amor de Dios tiene sus diversos grados, evoluciones y matices. De este amor imperfecto se puede subir al amor de gratitud, que ya no busca el bien sino devolver algo por el mucho bien y por las muchas misericordias que hemos recibido de ese Dios tan bueno. Y, finalmente, el amor al supremo Bien por ser quien es. Así vemos que el espíritu de penitencia es: primero, santo temor de Dios; segundo, espíritu de humillación, y tercero, amor de Dios.

El verdadero espíritu de la penitencia ha de ir acompañado del conocimiento de Dios y de un conocimiento lo más profundo posible. El conocimiento de Dios es una cosa muy compleja. Hay uno de los atributos divinos que frecuentemente olvidamos al tratar de la penitencia. Al tratar de volvernos a Él, de justificarnos, nos acordamos más del Dios justiciero, de Aquel del que dicen los santos que es horrendo caer en las manos del Dios vivo, que todo aparece manchado a sus ojos purísimos, y, en cambio, nos olvidamos de que, mientras vivimos en la tierra, lo que en Dios predomina es la misericordia y que el aspecto en que más se complace que le miremos es como Dios perdonador. Fíjense: Dios perdonador, no un Dios que perdona, sino un Dios que tiene por oficio, y por nombre, y por gala, y por recreo el perdonar; que está rebosando condescendencia para el pecador que quiere volver a Él, y derrochando longanimidad para esperarle, y suavidad y ternura dulcísima para recibirle. ¡Así es Dios! ¡Dios perdonador, todo misericordia!

Otra, y la tercera, de las cualidades del verdadero espíritu de la penitencia es la suavidad. De por sí, la penitencia es amarga, porque duele, remuerde y humilla, es cierto; pero hay que llegar a ejercitarla con suavidad, con benignidad. Airarse consigo mismo cuando se cae, eso cualquiera lo hace, hasta el alma más imperfecta; lo costoso y lo meritorio es la paciencia con nuestras miserias. Hay, sí, que detestarlas, pero mirando la propia alma con conmiseración, con los mismos sentimientos de benignidad y mansedumbre con que el Señor la mira.

c) Fuente de luz, paz y amor

La penitencia es fuente de donde brota ese día claro de comunicaciones divinas, donde el alma encuentra su descanso y su alegría. La senda del amor es ésta; por ella se entra en el corazón divino, por ella el alma se acerca a Dios.

La penitencia es también fuente de paz para el corazón; por su medio vamos aplacando nuestras pasiones, y, a medida que se aplacan, va entrando en el alma una paz profunda (según Isaías) como los abismos del mar.  Además, la  penitencia es, en cierto modo, iluminación o, más bien, preparación para que Dios ilumine.

El espíritu de la penitencia no es espíritu de tristeza; desde luego que lleva consigo el dolor, lágrimas y sacrificio, esto es indiscutible; pero sería error creer que lleva consigo amarguras e inquietudes. La vida de penitencia es, pues, gozo en Dios, consuelo en Dios y felicidad en Dios. De la raíz amarga del fruto de la penitencia brota el fruto de la consolación del amor de Dios.

Que también nosotros podamos ver y comprender

Curación del ciego de nacimiento

(Homilía del Domingo)

Jn 9,1.6-9.13-17.34-38

 

Queridos hermanos:

A partir del Evangelio de este Domingo podemos considerar diversos aspectos respecto al milagro que se nos narra: la misericordia de Jesucristo, la actitud del ciego, la respuesta de los fariseos, etc.; pero en esta oportunidad quería detenerme en la bastante conocida y siempre fructífera alegoría de Jesucristo como aquel que nos da la vista para que podamos “ver y comprender y adentrarnos en las realidades sobrenaturales”, pues como la gracia divina que Jesucristo conquistó para nosotros actúa y se queda directamente en el alma, necesariamente actúa en sus potencias que son la inteligencia y la voluntad, como sabemos, iluminando una y moviendo la otra hacia el bien respectivamente; porque no se ama lo que no se conoce, y una vez que la Gracia comienza a habitar en un alma, sus maravillosas consecuencias siempre se harán presentes y actuarán, y más y más en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo que nos guía.

Dice san Agustín: “El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, “porque el Verbo se hizo carne” ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: “Que quiere decir Enviado”, porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.”

Nuestra vida espiritual está asentada sobre la fe que profesamos, y depende en última instancia de nuestro grado de caridad, pero se apoya necesariamente también en la fe y en la esperanza, en las realidades que no vemos pero que sí creemos, y en la recompensa que esperamos al final de nuestros días. Es por eso que, de alguna manera, permanecemos como ciegos ante ciertas realidades, ante ciertos dones recibidos, mientras Jesucristo no nos cure con su gracia y nos permita tener así una mirada completamente nueva, una mirada sobrenatural inquieta por descubrir a la Divina Providencia obrando en todo, ansiosa por descubrir aquel grandioso plan divino trazado para el alma, plan que se irá develando más y más en la medida de nuestro progreso espiritual. Teniendo todo esto en cuenta, podemos decir que el ciego de nacimiento a quien Jesucristo dio la vista con la tierra y su saliva, nos representa perfectamente, pues no comenzamos a ver de manera realmente profunda mientras Jesucristo nos intervenga directamente en nuestra vida (en nuestro caso por la gracia y los Sacramentos), y que nos da una pincelada de lo que implica la vida espiritual, en la que nuestro Salvador pone de sí pero también usando tierra, de la cual viene el hombre también, signo de la pertenencia a este mundo, de la parte humana, frágil; pero que unida al obrar de Jesucristo puede producir milagros.

San Gregorio comenta: “La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.”

Queridos hermanos, el Evangelio de este día nos invita a reflexionar en esta realidad sobrenatural que puede hacer magnánimas a las almas: “Jesucristo vino a ofrecernos y darnos la vista, pero no cualquier vista, sino más bien una profunda mirada sobrenatural”; la mirada que pone sus ojos en el Cielo y que todo lo refiere al Cielo; la mirada que se queda fija en Jesucristo Sacramentado haciendo un sincero acto de fe; la mirada que lo acompaña en el sagrario y lo descubre y atiende en el prójimo; la mirada que ve la mano de Dios en las cruces más pesadas y en los gozos más grandiosos.

El Evangelio de hoy cierra de una manera sumamente hermosa con el reencuentro de Jesucristo con el que antes era ciego. Jesucristo quiere que vea más allá, no tan sólo con los ojos del cuerpo sino también con los del alma, con la mirada de la fe, y es por eso que con su pregunta lo invita a creer:

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»…

Y comenta finalmente san Agustín: “Ahora purifica su corazón. Por último, purificado el corazón y limpia la conciencia, lo reconoce, no ya como Hijo del hombre solamente (como antes lo había creído), sino como Hijo de Dios, que había tomado la forma humana. “Y él dijo: Creo, Señor”. Poco es creer. ¿Quieres ver de qué manera cree? “Y postrándose le adoró”.”

Que María santísima, nuestra Madre del Cielo, nos alcance la gracia de creer profundamente en Jesucristo, de enamorarnos cada vez más de Él, y de que nuestra fe también se acreciente e ilumine nuestra vida espiritual e intimidad con Dios, de tal manera que veamos siempre más allá y no se nos pasen de largo los designios de santidad que Dios nos tiene preparados.

P. Jason Jorquera M.

Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia

De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
(Sermón 43: PL 52, 320. 322)
Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra.
El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es lo que da vida al ayuno. Nadie intente separar estas cosas, pues son inseparables. El que sólo practica una de ellas, o no las practica simultáneamente, es como si nada hiciese. Por tanto, el que ora que ayune también, el que ayuna que practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones que escuche él también a quien le pide, pues el que no cierra sus oídos a las peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones.
El que ayuna que procure entender el sentido del ayuno: que se haga sensible al hambre de los demás, si quiere que Dios sea sensible a la suya; si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera piedad, que él también la practique; si espera obtener favores de Dios, que él también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que él niega a los demás.
Hombre, sé para ti mismo la medida de la misericordia; de este modo, alcanzarás misericordia del modo que quieras, en la medida que quieras, con la presteza que quieras; tan sólo es necesario que tú te compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo.
Hagamos, por consiguiente, que la oración, la misericordia y el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.
Reconquistemos con nuestro ayuno lo que perdimos por no saberlo apreciar; inmolemos con el ayuno nuestras almas, ya que éste es el mejor sacrificio que podemos ofrecer a Dios, como atestigua el salmo: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Hombre, ofrece a Dios tu alma, ofrécele el sacrificio del ayuno, para que sea una ofrenda pura, un sacrificio santo, una víctima viva que, sin salirse de ti mismo, sea ofrecida a Dios. No tiene excusa el que niega esto a Dios, ya que está en manos de cualquiera el ofrecerse a sí mismo.
Mas, para que esto sea acepto a Dios, al ayuno debe acompañar la misericordia; el ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se seca sin este riego: lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia para el ayuno. Por más que cultive su corazón, limpie su carne, arranque sus malas costumbres, siembre las virtudes, si no abre las corrientes de la misericordia, ningún fruto recogerá el que ayuna.
Tú que ayunas, sabe que tu campo, si está en ayunas de misericordia, ayuna él también; en cambio, la liberalidad de tu misericordia redunda en abundancia para tus graneros. Mira, por tanto, que no salgas perdiendo, por querer guardar para ti, antes procura recolectar a largo plazo; al dar al pobre das a ti mismo, y lo que no dejas para los demás no lo disfrutarás tú luego.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar

De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo
(Homilía 13: PG 40, 355-358. 362)

IMITEMOS EL ESTILO DEL SEÑOR EN SU MANERA DE APACENTAR

Si queréis asemejaros a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la bondad, imitad el amor de Cristo.

Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.

Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.

¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.

En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran fatiga, hasta que la halló errante.

Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.

En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.