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Sobre la importancia de dejarse purificar por Dios

Carta del padre Pío,

 11/4/1915

 

Hija querida del Padre celestial:

Su corazón es siempre el templo del Espíritu Santo. Que Jesús visite su espíritu y la consuele y la sostenga y saque del estado de desolación extrema en que la bondad de su Padre ha querido colocarla. Así sea. Perdone mi atrevimiento al permitirme dirigirle esta pobre carta mía sin haberle conocido nunca personalmente, porque debe saber que hace muchos años ruego al Divino Maestro darme a conocer ante El su alma y sus designios divinos sobre Ud. También ha sido beneplácito suyo manifestarme el estado actual en que Ud. se encuentra y El mismo me manda escribirle esta carta para que con ella reciba consuelo.

Que sea siempre bendito El también en esto. Hago votos ardientísimos al Señor para que la presente le sirva de mucho alivio y de total seguridad. Ahora Jesús me hace saber que no tema el amplio estado espiritual por la crisis actual que atraviesa, ya que todo resultará a gloria suya y al perfeccionamiento de Ud. Él quiere que deje y abandone todos esos temores que tiene acerca de la salvación eterna, que no aumente esas sombras que el demonio va haciendo cada vez más densas para atormentarla y separarla de Dios si eso le fuera posible. Su desolación actual no es que Dios la abandone, ya que su divina misericordia la va haciendo cada vez más acepta: El permite todo esto para asemejarla a su Hijo divino en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz. Lo mejor que puede hacer es aceptar con alegría y serenidad la prueba presente sin desear verse liberada. Humíllese bajo la poderosa y paternal mano de Dios, aceptando con sumisión y paciencia las tribulaciones que le envía para que pueda exaltarla dándole su gracia cuando Él la visite.

Que toda su solicitud en medio de las tribulaciones, que la invaden totalmente, se centre en un abandono total en los brazos del Padre celeste, ya que El tiene sumo cuidado para que su alma, tan predilecta, no sea sometida al poder de Satanás.
Humíllese, pues, ante la Majestad de Dios y dele gracias continuamente, a tan buen Señor, de tantos favores con lo que sin cesar enriquece su alma de Ud. y confíe cada vez más en su divina Misericordia. No tema, vuelvo a repetirle en el Señor, quien le ha ayudado hasta ahora continuará hasta su salvación.

Ud. se salvará; el enemigo se revolcará en su rabia, siendo cierto que la misma mano que la ha sostenido hasta ahora, haciéndole enumerar infinitas victorias, continuará apoyándola hasta aquel instante en que su alma se oirá invitada por el Esposo celeste: “ven, esposa mía, recibe la corona que te he preparado desde la eternidad.” Confianza ilimitada en el Señor debe tener pensando que el premio no está lejos: no pasará mucho tiempo sin que se realice en Ud. lo dicho por el profeta: “entre las tinieblas resplandecerá la luz” y luz en verdad es su actual desolación, luz que proviene de una singularísima gracia que no a todas las almas que caminan al cielo concede el Señor. Más aún, son poquísimas las almas que se hacen dignas de tal merced.

Ahora me parece que legítimamente puede ponerme esta objeción: Si es ésta una gracia -como Ud. Dice- y toda gracia da luz al alma, por qué a mí en vez de luz me trae tinieblas.? Esta réplica sería aceptable si se tratase de gracias de orden inferior, quiero decir de aquellas gracias que el Señor suele conceder a todos. Aquí, en cambio, el caso es muy diferente y yo hablo precisamente de Ud. La gracia del Señor de que se halla penetrada sublimará su alma hasta la unión perfecta de amor. Ahora bien, el alma, antes de llegar a esta unión, y diré a esta así transformación en Dios o casi Dios por participación, necesita que sea purificada de sus defectos y de todas sus inclinaciones hacia las cosas materiales y sobrenaturales, y esto no sólo en cuanto a sus actos, sino también en cuanto a sus raíces en la mayor medida posible durante la vida presente. Necesita que sea despojada de toda potencia y de toda inclinación natural a fin de poder ser elevada a obrar de otro modo más divino que humano. Para obrar todas estas maravillas es necesario que una causa aflictiva interior las realice, y no es otra la gracia singularísima de que acabo de hablar y con la que el Señor la regala. Ahora bien, toda gracia produce luz, mejor dicho, es luz y, por consiguiente, cuanto más elevada es una gracia, tanto más sublime es su luz. Y ya que la gracia con que el Señor la ha enriquecido al presente es tan alta y sublime que tiende directamente a transformar el alma en una sola cosa con Dios, la luz que trae consigo es tan altísima que, penetrando el alma de modo trabajoso y desolador, la coloca en extrema aflicción y angustia interior de muerte. Y esto proviene de que esta gracia que produce luz tan sublime encuentra al principio el alma indispuesta para la unión mística y la penetra en forma purgativa y, por consiguiente, en lugar de iluminarla la obscurece; en lugar de consolarla la hiere, llenándola de grandes sufrimientos en el apetito sensitivo y de graves angustias y sufrimientos espantosos en sus potencias espirituales. Y así, cuando dicha luz, con estos medios, ha purgado el alma, la penetra entonces de forma iluminativa y la hace ver y la lleva a la unión perfecta con Dios.

También Santa Teresa fue sometida a durísima prueba: también ella experimentó, y tal vez de modo bastante más penetrante que Ud., el efecto de esta luz purísima, que le hacía ver a Dios en lontananza sin tener posesión efectiva alguna, por lo que estaba transida de un dolor tan agudo que la hacía morir. Pero fue precisamente esa luz, que después de haberle purificado el espíritu con tan agudas puñaladas, la unió finalmente a Dios con perfecto amor. El ejemplo de esta santa, mártir de amor, sírvale de estímulo y le haga combatir con fuerte ánimo para que, como ella, pueda obtener el premio a las almas generosas.

Comprendo muy bien que el encuentro es duro, penosísima la lucha, pero anímese pensando que el mérito del triunfo será grande, la consolación inefable, la gloria inmortal y la recompensa eterna.

Termino recomendándole que viva tranquila porque nuevamente asegura Nuestro Señor Jesús Cristo que no hay lugar a tener miedo. Ensanche su corazón y deje al Señor que obre en Ud. libremente.

Ruegue por mí, que continuamente la recuerdo ante el Señor. Que Jesús la consuele siempre.
Un pobre sacerdote capuchino.

Padre Pío.

La purificación del alma

“En nosotros es una sola cosa quitar defectos y adquirir virtudes. Tanto más se purifica un alma cuanto son más perfectas sus virtudes.”

P. Alfonso Torres

a) Su fuente, la sangre del Señor

En realidad, quien nos saca de las tinieblas y nos pone de lleno en la luz es Cristo nuestro Señor: con su sangre divina nos purificó de todas nuestras impurezas y nos hizo dignos de Dios.

No sé si siempre penamos bastante en la eficacia purificadora, en el valor purificador de la sangre de Cristo. Con Cristo nos basta, y, aun siendo como somos, con la sangre de Cristo podemos purificarnos.

Por muy grande que sea nuestro anhelo de purificación, debemos sufrirnos mansamente, puesto que Dios nos sufre así, y no apoyarnos en nuestro orgulloso esfuerzo, acordándonos de que nada podemos solos, sino que el que puede es Dios con nosotros; pero, siendo el principal Él, Él es quien nos ha de purificar, y quien nos ha de santificar.

b) Secreto último de la santificación

Todos necesitamos purificación, y nuestra labor de santificación no es más que labor de purificación. En la medida que nos purifiquemos, nos santificaremos. Dejar nuestra purificación de lado para recrearnos en otras cosas más halagüeñas o en otras cosas que parecen más sutiles y sublimes, siempre será un error.

Si Dios un día nos da luz para que quitemos ese lastre secreto del corazón que impide que vuele el alma, que acabe de purificarse y de entregarse al Señor, el camino de nuestra santificación está abierto y estamos francamente en el camino de las virtudes perfectas.

La ciencia de la santidad no tiene las complicaciones que se imaginan ciertas almas. La ciencia de la santidad consiste toda ella en una cosa, y es el que el alma se ponga de lleno en esa pureza que Dios quiere. Dadme un alma que sepa ponerse en esa pureza, aunque no sepa nada, y esa alma será un alma muy unida a Dios; dadme un alma que sepa todas las cosas que se refieren a la vida espiritual, pero que no se ponga en esa pureza, y no estará unida a Dios.

Si logramos quitar estas tres cosas que nos roban la luz de Dios: los afectos desordenados del corazón, la influencia maléfica de las creaturas y lo tortuoso, lo torcido de nuestras intenciones, tendremos la plena pureza del alma.

c) Vía para encontrar a Dios

Una cosa es conocer a Dios y otra encontrar a Dios. Se puede conocer a Dios sin haberle encontrado. A nosotros lo que nos importa en encontrar a Dios. Si le encontramos, habremos resuelto el problema fundamental de nuestra vida. Y a Dios se le encuentra en la medida en que las almas se purifican; de tal suerte, que si un alma se purifica del todo, encuentra a Dios del todo, y, si un alma no se purifica, no encuentra a Dios aunque tenga el ingenio más agudo y los conocimientos más enciclopédicos.

Si no damos a Dios todo lo que Dios nos pide, hay en nosotros algo que necesita purificarse más.

d) Acceso pleno a la vida de fe

La fe es un don de Dios, no un conocimiento que adquirimos por raciocinio, como las matemáticas o la filosofía. Esa luz que Dios pone en el alma se aviva por la gracia del Espíritu Santo, por unos caminos que tienen mucha relación con los dones del Espíritu Santo, y que ahora no viene al caso explicar. A esa fe se prepara el alma por un solo camino: la purificación del corazón.

Una cosa es la posesión de Dios en el Cielo y otra cosa la posesión en la tierra. Allí le poseeremos claramente, cara a cara; aquí la posesión es a través de la fe. Pero ya sabemos que la fe, que es velo que oculta a Dios, se va haciendo cada vez más tenue, más sutil, como si dijéramos más transparente, a medida que se va purificando el alma, y, por consiguiente, esa alma goza más de Dios.

e) Purificarse y adquirir virtudes es lo mismo

El trabajo interno y silencioso de purificar el corazón, con la práctica generosa de las virtudes, no siempre lo ven los hombres; pero lo ve el Señor. Ni una gota de sudor derramada sobre los surcos será estéril.

No hay más que un modo de purificarse: adquirir la virtud contraria. En nosotros es una sola cosa quitar defectos y adquirir virtudes. Tanto más se purifica un alma cuanto son más perfectas sus virtudes.

Cuando hablamos de purificación, solemos entenderla de una manera negativa, como si sólo fuera quitar lo malo; pero en realidad la purificación es de otra naturaleza, es muy positiva; es como quien desea ahuyentar las tinieblas, y para ahuyentarlas introduce la luz. Exactamente, esto es purificar el alma; quitar desórdenes del alma es poner en ella virtudes, y en la medida en que se tienen las virtudes, en esa medida se purifican los defectos.

f) Proceso gradual

En el camino de la purificación hay muchas etapas. Hay almas que se purifican de los pecados consiguiendo el perdón de ellos, y no pasan de ahí; hay almas que se purifican de ciertas pasiones que las dominan y arrastran fácilmente al mal, pero no pasan de ahí; y hay almas que se purifican hasta el punto que enseña san Juan de la Cruz en su famosa doctrina de la nada; es decir, que quedan completamente desprendidas de todo, completamente en Dios. No cabe duda que esta purificación última es la purificación ideal.

g) Dos suertes de purificaciones

En el alma hay dos suertes de purificaciones; una que el alma misma hace con la gracia del Señor, y otra que Dios mismo obra en el alma, y en la cual el alma no tiene que hacer sino someterse a la acción purificadora de la Providencia. A la primera, los autores espirituales, principalmente en los tratados de ascética, le dan el nombre de “purificación activa del corazón”; a la segunda, esos mismos, y más los autores de teología mística, llaman “purificación pasiva”, en que el alma más padece que hace.

Dios puede purificar un corazón sin caminos extraordinarios. Otras veces se vale Dios para esta purificación de caminos extraordinarios. Él toma entonces de la mano al alma, y ésta se encuentra transformada en Cristo.

¿Qué son, tomando las tempestades del lago en un sentido espiritual, las tempestades de las almas? Podemos decir que las tempestades espirituales se reducen a estas clases: hay un género de tempestades que llamamos nosotros tentaciones, que se llaman tentaciones en la palabra de Dios y en la labor espiritual; hay otro género de tempestades que llamamos nosotros “pruebas divinas”, que unas veces son pruebas exteriores y otras veces son pruebas interiores, secretos íntimos. Y hay, por último, un género de tempestades que llamamos nosotros “persecuciones”. A estos tres capítulos: a las persecuciones, a las pruebas de Dios y a las tentaciones, podemos reducir nosotros con facilidad todo eso que hemos abarcado con el nombre genérico de tempestades espirituales.

Es una norma general de la Providencia Divina en el orden de la santificación que los que han de llevar fruto espiritual abundante han de morir. Por eso los santos pasaron esas tragedias espantosas, en que a veces quedaba deshecha su honra, sus obras y hasta su vida. Cuando parece que todo se arruina, es cuando todo reflorece y triunfa.

Al alma que trabaja generosamente por purificarse, le ayuda Dios purificándola por medio de múltiples tribulaciones. Íntimamente entrelazadas con la vida de oración andan estas indescriptibles purificaciones. Son preparación providencial para los dones de oración. Por eso y por el enlace que guardan entre sí la vida espiritual y la oración, quienes se den a esta con la generosidad que Dios quiere tropezarán con ellas más o menos pronto. Cuando las encuentren, habrá sonado para ellos la hora de la crucifixión, que es muy amarga, pero que es a la vez la hora de las grandes misericordias divinas.

Dios es quien con un amor infinito de celo desencadena esas tempestades sobre las almas. Cuanto más terrible es la tempestad, más ardoroso es el celo divino. Es que quiere Dios santificar al alma muy a fondo y muy aprisa. Si cuando ruge la tormenta supiéramos ver a Dios, que vuela en las alas del huracán para nuestro bien, ahuyentaríamos las zozobras y desconfianzas, cerraríamos la puerta a la pusilanimidad y encogimiento y no andaríamos como perdidos en el seno de la nube.

h) La noche oscura de la purificación

en las noches oscuras, cuando son pasivas, se destacan, según la doctrina de san Juan de la Cruz, tres elementos que son como los rasgos dominantes de las mismas: la aridez espiritual, los combates a que se ve sometida la virtud y lo que llamaría el santo contemplación oscura. El primero de estos elementos consiste en que Dios sustrae al alma las gracias sensibles; el segundo, en tentaciones o persecuciones, y el tercero, en una operación divina muy misteriosa en lo más íntimo del alma, que podríamos llamar crucificadora. Los tres elementos se ordenan a purificar el alma y unirla íntimamente con Dios, aunque de muy distinta manera. El uno desase el alma de toda afección desordenada a los dones espirituales, obligándola a buscar a Dios en sí mismo. Para esto la conduce al desierto abrasador de la aridez espiritual, donde, si no quiere morir de hastío, ha de fijar su vista en el Cielo. El otro la obliga a ejercitar virtudes generosas para resistir a la tentación o santificar las persecuciones. Este ejercicio de virtudes tiene una doble manifestación, porque a veces las pruebas hacen ejercitar virtudes que preparan a la unión, sometiendo la parte inferior del hombre al espíritu, y a veces hace ejercitar las mismas virtudes teologales, en que consiste sustancialmente la unión. Y el tercero la va llenando secretamente de sabiduría divina, con todo lo que encierra esta palabra de luz y de amor, a través de un íntimo martirio, que es a la vez muerte y vida. La sabiduría de Dios es como la estrella que guía al alma en esta noche tormentosa, pero sin que el alma la goce, como en las noches serenas. Cuando Dios quiere santificar a un alma de prisa, estos elementos actúan con una cierta simultaneidad, y, cuando la santidad que Dios quiere dar es muy elevada, toman una fuerza trágica indescriptible.

Es curioso que, con frecuencia, cuando se trata de subir, se menciona la palabra desierto, subir al desierto. No hay subir si no es del desierto. El alma sube tanto más cuanto más vive en esa soledad. El alma sube tanto más cuanto más sale de sí. El alma sube tanto más cuanto más cuida de crucificarse, y cuanto el alma está más sola de criaturas, más se levanta hacia Dios.

“Jesucristo: la parte mejor” LC 10, 38-42

Homilía del Domingo

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de este Domingo, nos presenta a dos hermanas cuyas figuras gozan de no poco significado para nosotros. De hecho, se han llegado a convertir en las “evangélicas representaciones” de las dos grandes ramas en que se distingue la vida consagrada: la vida activa, apostólica o misionera, representada por Marta; y la vida monástica o contemplativa, reflejada en la persona y actitud de María: la una sirve y la otra escucha, y ambas reciben al Señor del Cielo en su humilde morada: “Estaba María absorta oyendo la dulzura de la palabra del Señor; Marta le preparaba el convite, en el cual María ya se gozaba.

En sentido místico, Marta, recibiendo al Señor en su casa, representa la Iglesia, que ahora lo recibe en su corazón. María, su hermana, que estaba sentada junto a los pies del Salvador y oía su palabra, representa la misma Iglesia, pero en la vida futura, en la que, cesando de todo trabajo y ministerio de caridad, sólo goza de la sabiduría.” (san Agustín).

 

Marta, la servidora del Señor

 

“Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas…”; dice Teofilacto que “El Señor no vitupera la hospitalidad, sino el cuidado por muchas cosas, esto es, la absorción y el tumulto. Y vean cómo el Señor nada dijo primero a Marta; mas cuando ella intentaba distraer a su hermana, entonces el Señor, habida ocasión, la corrigió. La hospitalidad es honrada mientras que nos atrae a las cosas necesarias; mas cuando empieza a estorbar a lo más útil, es manifiesto que la atención a las cosas divinas es más honrable.”

Nadie puede dudar que la actitud de Marta es sumamente noble, pues se dedica literalmente al servicio del Señor: habrá estado corriendo de un lado para otro disponiendo todo para atender lo mejor posible al Mesías que entraba a su casa, y este es el gran ejemplo que nosotros también debemos seguir una vez que hemos dejado entrar a Jesucristo a la morada de nuestra alma, es decir, disponerlo todo de tal manera que Él se sienta a gusto, lo cual se logra por medio de la virtud y el rechazo del pecado. El alma en pecado que pretende recibir a Jesús, es como si le dijese que pase a entrar y que se quede de pie mientras “el pecado” ocupa el sillón principal; pero si hablamos de pecado grave, pues ciertamente que Jesucristo no hallará lugar allí hasta que no se lo hagamos echando fuera el pecado. En cambio, el alma buena, bien dispuesta, que lucha cada día por vencer sus defectos y caídas confiando plenamente en el Señor a quien invita a su morada, es el alma que sinceramente está “trabajando por Dios”, ya que el trabajo por santificarnos es sumamente agradable al Señor que se ve “inevitablemente atraído por estas almas”. El único peligro de estas buenas almas, es de no aprender a “descansar en el Señor”, es decir, de caer en el activismo sin contemplación, por el cual se pueden hacer muchas obras realmente buenas, pero que producirán sus frutos sólo de manera accidental y, ciertamente, muchos menos de los que producen las almas que dedican tiempo al Dios por quien realizan sus buenas obras. Ejemplo de esto son los grandes santos misioneros, quienes mientras más actividades por la gloria de Dios tenían, más oración hacían; o mejor dicho: con más oración aún la acompañaban, porque esto es lo verdaderamente importante.

Se cuenta que una vez estaba san Juan Pablo II rezando en la capilla y su secretario se le acercó para llamarlo:

– “Santo Padre, santo padre”

– Y el santo seguía rezando

– Santo padre, santo padre, es algo muy importante

Y así continuó, varias veces, hasta que el Papa se da vuelta y le pregunta

– ¿Realmente es muy importante?

– Sí, santidad

– “Entonces hay que rezar”

Respondió el Papa, y continuó rezando.

 

Así nos enseñan a obrar los santos, siempre acompañando nuestra actividad con la contemplación, poniendo nuestros ojos en Jesucristo.

 

María, la contemplativa

 

“No se dice simplemente de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor.” (San Juan Crisóstomo).

Mientras Marta se dedicaba al servicio del Señor, María no pudo evitar quedarse como absorta en las palabras de Jesús. El hombre ha sido creado en este mundo como un viador que camina hacia la eternidad, es decir, hacia la contemplación sin fin de su Dios y Señor, pero es cierto también que desde ya, aunque de manera participada mas no por eso ineficaz, puede el alma poner sus ojos en Dios mediante la oración con la reflexión y meditación de sus misterios, que es como una manera de “anticipar nuestro fin último” dentro de lo que nos permite nuestra actual condición, en la cual nos podemos gozar de los misterios divinos ya que somos seres espirituales, capaces de degustar la verdad que contemplaremos cara a cara en la otra vida, y esta actitud de “contemplar”, es tan preclara que Jesucristo mismo la defiende en María, a quien “no le será quitada”, y tan importante que dentro del seno mismo de la Iglesia Dios se ha apartado a algunos pocos para que dediquen toda su vida a contemplar e interceder por sus hermanos mediante la oración en la vida monástica. Por eso dice San Gregorio que, “El cuidado de Marta no se reprende, pero se alaba el de María; son grandes los méritos de la vida activa, pero son mayores los de la contemplativa. Se dice además que nunca le será quitada la parte a María, porque las obras de la vida activa pasan con el cuerpo, mientras que los goces de la vida contemplativa mejoran al fin.”, y agrega san Ambrosio: “Que el deseo de la sabiduría te haga como María; ésta es la obra más grande, la más perfecta. Que el cuidado de tu ministerio no te aparte del conocimiento del Verbo celestial, ni acuses, ni estimes ociosos a los que veas dedicados a la sabiduría.”

 

En resumen, ambas hermanas nos presentan los aspectos de nuestra vida como creyentes: trabajar por la gloria de Dios y aprender a contemplar, cada cual según su deber de estado (no se le pedirá lo mismo a una madre de familia que a un monje), pero siempre según la voluntad de Dios e “invirtiendo tiempo en Él, en la oración”, para que así todo nuestro obrar esté como impregnado de la contemplación de los divinos misterios, pudiendo palpar así los notables frutos espirituales que se siguen de las obras puestas en las manos de Dios.

 

Le pedimos en este día a María Santísima, que nos alcance la gracia de jamás cansarnos de trabajar por la gloria de Dios, asentando las bases de todo nuestro obrar en la cotidiana, sincera y profunda oración según nos lo permita nuestro deber de estado y sin poner excusas a Dios para dedicarle el tiempo que se merece, comenzando por la santa Misa del Domingo y las demás oraciones que acompañen y robustezcan nuestra jornada, teniendo siempre claro que “Jesucristo es la parte mejor”, capaz de transformar toda nuestra existencia.

 

P. Jason Jorquera M., IVE.

APRENDER A AMAR A DIOS

Maestro, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida? – Lc 10, 25-37

Es interesante notar en el Evangelio de este domingo, que cuando el doctor de la Ley le interroga al Señor sobre las cosas que uno debe hacer para alcanzar la Vida Eterna, Nuestro Señor le responde remitiéndose a la Ley (algo que ellos deberían ser expertos, al final, eran doctores de la Ley): “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Al contestar de vuelta, el escriba pronuncia este texto que tan bien grabado tenían en su memoria, el Shemá Israel: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.” Su respuesta estaba correcta, el Señor Jesús lo confirma diciendo que el que obra así, alcanzará la vida.

El doctor de la Ley quería algo más, quería justificar su intervención, dice el Evangelista, y por esto le vuelve a preguntar a Nuestro Señor: “¿Y quién es mi prójimo?” Aquí lo que llama la atención y que quería que reflexionásemos un instante, es que, esta segunda pregunta del doctor de la Ley no pide explicación sobre la primera parte del mandamiento que Dios había dejado en la Ley de Moisés: Amarás al Señor, tu Dios… Sino que hace referencia a la segunda parte del mandamiento: …y a tu prójimo como a ti mismo.

Ambas partes del mandamiento mayor de la Ley de Moisés hacen referencia al amor, lo que cambia es el objeto en quién recae este amor. El P. Alfredo Sáenz, S.J. decía cierta vez que “dos amores constituyen la esencia de nuestra vida cristiana, dos amores que resumen el contenido de los diez mandamientos, que Dios intimara a su pueblo en el Antiguo Testamento, aquellos mandamientos a que aludía la primera lectura, ‘que no son superiores a nuestras fuerzas ni están fuera de nuestro alcance’: el amor a Dios y el amor al prójimo.” Y seguía diciendo el Padre Sáenz con una linda imagen de como estos dos amores se entrecruzan: “Una dimensión vertical: el amor a Dios. Y una dimensión horizontal: el amor a los pobres. Por cierto que no es fácil llevar, sin disociarlos, el travesaño vertical y el travesaño horizontal del amor que se encarna en una cruz donde se encuentran, uno en dependencia del otro, los dos mandamientos de la caridad.”[1]

En el Evangelio de hoy, el Señor ha querido limitarse a explicar en qué consiste el amor al prójimo, y para lo cual, utilizó la famosa parábola del buen samaritano. Se entiende también que esta fue la segunda pregunta del escriba que quería probarlo, motivo por el cual ahí se detiene el Señor. La duda de los escribas y fariseos era sobre el amor que uno debe dar al prójimo, pues se manifestaba muchas veces en obras exteriores, y estas cosas eran muy apreciadas por ellos, querían hacerlas para aparecer delante de los demás, por esto está esa famosa advertencia de Nuestro Señor: Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres. El amor a Dios era algo que ellos ya lo cumplían -al menos ritualmente-, cumpliendo todos los preceptos mandados en la ley.

Cuando el Señor pone de relieve que, para alcanzar la vida, es necesario el cumplimiento del mayor mandamiento de la Ley, aplicándolo a nuestros tiempos, me parece que podríamos invertir el orden del cuestionamiento del escriba. En aquél entonces, ellos tenían problemas en poner por práctica con verdadero espíritu de caridad desinteresada, el amor al prójimo. Por eso la parábola del buen samaritano. Pero en nuestros días, lo que uno más observa es que, del mandamiento del amor que el Señor mandó por medio de Moisés en el Deuteronomio, el hombre de nuestro tiempo parece tener más dificultad para amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas sus fuerzas, y claro, una vez deformado esto, el amor al prójimo desvirtuado hacia un egoísmo profundo no será más que una trágica consecuencia.

Justamente para poder volver al amor más puro, podemos decirlo así, para volver a amar a Dios con todo nuestro ser, es necesario una práctica y vivencia de los mandamientos con el espíritu evangélico, con el espíritu de Jesús, o, en otras palabras, vivirlo en la plenitud de los hijos de Dios.

Antes que empecemos a poner excusas para el cumplimiento de estos mandamientos, diciendo que son pesados, que no podemos seguirlos como pide el Señor, conviene poner de vuelta los ojos en la primera lectura del libro del Deuteronomio, dónde Moisés nos dice que “Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance.” ¡Podemos cumplirlo! A esto estamos llamados, estas palabras o estos mandamientos están “muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques

Es muy lindo el salmo 118 que la Iglesia pone como segunda opción para la liturgia de este domingo, es una verdadera y profunda alabanza de la Ley de Dios, y dice: “La Ley del Señor es perfecta, / reconforta el alma… Los preceptos del Señor son rectos, / alegran el corazón… La palabra del Señor es pura, / permanece para siempre… Son más atrayente que el oro, / más que el oro fino…

Esta belleza de la ley de Dios ha llevado a los santos a comprender que es una de las expresiones más elevadas del amor de Dios para con el pueblo elegido. Por eso es que Jesús no ha venido para abolir la Ley, sería una aberración que el Mesías viniese a borrar de la historia los preceptos que Dios había dado a los hombres. Vino a darles pleno cumplimiento.

En medio de estos santos, uno se destaca sin lugar a duda, al comienzo del siglo pasado, en un pequeño pueblo al noreste de la ciudad de Paris, en Francia. Lisieux tuvo la gracia de abrigar en su seno, una de las más grandes santas de la edad moderna, una santa que fue grande justamente por su pequeñez, por su simplicidad. Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, descubrió la belleza del amor Divino manifestado hacia nosotros, los hombres, de un modo un tanto “infantil” para el que mira superficialmente, pero existe mucha madurez en su doctrina espiritual, un temple de hierro es necesario para llevar a cabo lo que esta joven Flor del Carmelo de Lisieux ha enseñado a sus hermanas de convento y a todos nosotros.

El P. Casanovas, jesuita y mártir en la persecución religiosa del 36 en España, además de gran comentador de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, tiene una pequeña obra, un librito intitulado: “El alma de Santa Teresa del Niño Jesús”, que es una preciosidad. Él describe de un modo muy profundo la gran alma de esta santa carmelitana, además de describir y explicar su doctrina.

En relación con el tema que venimos tratando del amor, decía el P. Casanovas: “En realidad la Santa no tenía sino una vida y una doctrina, que era la del Amor, y de este no podía dudar, como tampoco podía dudar del mismo Dios.”

Es muy conveniente considerar al menos sintéticamente la línea general de lo que quiso enseñar Santa Teresita en su “caminito espiritual”, pues es la respuesta al problema que identificamos anteriormente que vive nuestra sociedad actual: no saben y no conocen como es el amor de Dios, por consecuencia, no lo aman.

En síntesis, en palabras del Papa Pio XI en la homilía de canonización de la Santa, “la nueva Santa Teresa penetróse de esta doctrina evangélica, adoptándola en la práctica cotidiana de su vida.”

Ella vino con sus palabras sencillas, recordarnos de que por encima de todo, lo que Cristo nos vino a enseñar es que Dios es nuestro Padre: Cuándo fueres orar, rezad así: Padre nuestro…Y que, por lo tanto, existe una relación filial, y que debe mantenernos en la candidez de los niños, la confianza inquebrantable que tienen en su Padre, que les llena de un amor sin límites, que no quiere más que hacer a su Padre feliz.

Un niño no se preocupa de hacer grandes cosas para que su papá le vea, pero, sabiendo que es amado, todo lo que hace, le parece grandioso…El amor transforma los pequeños gestos en obras magnificas, las adorna y las llena de representatividad delante de aquél a quién amamos. Por esto, para ganar la vida eterna, no es necesario mucho, basta con hacer bien todas las cosas que nos manda el Señor, hacerlas con amor, hacerlas por amor…

Jesús, todo lo que hizo en toda su vida terrena, lo hizo con amor, él tenía la plenitud del amor. San Pablo dijo en la segunda lectura: “Porque Dios quiso que en Él residiera toda la plenitud”. Por esto es que tenemos en nuestras manos la llave para alcanzar la vida eterna: reaprender a amar a Dios con la sencillez y confianza de un niño, para que esto se refleje en el amor a nuestro prójimo y así seamos imágenes de Cristo Jesús.

Que la Santísima Virgen María nos alcance a todos esta gracia.

 

P. Harley Carneiro, IVE

[1] ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida – Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 219-223

SERMÓN POR EL SANTO PADRE PIO

En el Nombre del Padre del Hijo del Espíritu Santo, amén

Cuando el Evangelista San Juan, quiere introducirnos a nosotros en el misterio de la muerte de Jesucristo, dice estas palabras verdaderamente sublimes: Habiendo llegado la hora de salir de este mundo para llegar al Padre; de esta manera el Evangelista se introduce en el misterio de la muerte de Jesucristo.

Durante su vida pública, cuántas veces Jesús había hablado de su muerte, y la llamaba con esta frase, Mi hora; era por antonomasia la hora sublime, la hora ansiada por Dios.

Estamos nosotros aquí junto al altar de Dios, recordando también una muerte que nos es entrañablemente querida, y entonces, qué dulce es recordar esas palabras del Evangelista San Juan: llegó la hora para que el Siervo de Dios dejara este mundo y volviera al Padre. El mismo Jesús nos había dicho como indicándonos en una frase lapidaria su itinerario: Salí del Padre vengo al mundo, dejo el mundo y vuelvo al Padre.

Mis queridos hermanos, en esta trayectoria está contenido todo el misterio de la vida humana: Salir del Padre, venir al mundo, para dejar el mundo un día para volver al Padre. Por eso para el cristiano, la muerte queda extraordinariamente transfigurada con la luz de la eternidad y con el misterio de la vida beatífica; morir es comenzar a vivir, morir es retornar al seno del Padre que está en los cielos.

Cuántas veces, en mi vida de Sacerdote, al tener que asistir a un moribundo y verlo exhalar el último suspiro, yo me he quedado como extático ante el misterio de la muerte, pero pensando de esta manera: esta alma ha roto las ligaduras de su cuerpo y comienza en este instante el éxtasis indefectible, interminable de la gloria; esta alma que nunca lo ha visto a Dios cara a cara, no ha contemplado el rostro de María Santísima, de los ángeles y de los Santos, ha pasado el invierno, ha comenzado ya la nueva era; las puertas del cielo se abren, para caer en el éxtasis de Dios, por toda la eternidad; y he sentido dentro de mí mismo, en cierto modo, la fascinación de este misterio, y más de una vez me he preguntado, como se han preguntado otros ¿por qué no será también esta hora, mi hora, a fin de dejar al mundo para encontrarme en los brazos de Dios por toda la eternidad?

Mis queridos hijos, la muerte que nosotros recordamos hoy y por quién estamos rogando, es la muerte de esas muertes que la Biblia llama de los justos. Él ha escuchado ya: ven bendito de mi Padre a ocupar el reino que se te tiene preparado, desde toda la eternidad, y abrazado en la gloria entre los ángeles y los santos ir a ocupar el lugar en el que Dios le tenía predestinado desde toda la eternidad.

Pero hoy queridos hijos, bajemos nosotros un poquito más al misterio de su vida terrena. Cuando Dios se enamora de un alma, Dios se vuelca todo en ella; pero qué terrible que es Dios cuando se enamora de un alma. Escuchando la vida de los Santos uno se queda como sobrecogido ante ello; ¡qué extraordinario es ser predilecto de Dios! ¡Pero qué terrible y doloroso es ser predilecto de Dios!

El quince de octubre conmemoramos nosotros la festividad de Santa Teresa de Jesús, amada por Dios como pocas, oprimida por el peso de la cruz como pocas, acá en el destierro. Un día la santa conversando con el Señor, le habla de sus cruces y el Señor le contesta de esta manera: a los que amo así los pruebo; y la Santa, con la soltura estupenda que tenía con su genio hispánico, le contesta al Señor inmediatamente, ahora entiendo Señor, porque tienes tan pocos amigos; a los amigos tuyos Tú los crucificas.

Mis queridos hijos, cuando Dios se enamora de un alma, se vuelca todo al alma, quiere volcarle sus dones y sus gracias, en cierta manera quiere dejar visible su firma de predilección y, en casos determinados, las llagas de las manos y las llagas de los pies. Pero qué terrible que es esta gracia de Dios, cómo nos oprime con su peso. ¡Cuánto hace sufrir y cuánto padecer! Es en realidad el misterio del Calvario continuado, año tras año, hasta que Dios quiera decir basta; cuando su divina voluntad así lo disponga. Y nos preguntamos entonces, ¿por qué el amor de Dios se transfigura de esta manera de dolor y sufrimiento? ¿Por qué a los elegidos de Dios, Dios Nuestro Señor los trata de este modo?

Mis queridos hijos, el misterio de Dios es un misterio insondable para el hombre; sólo en la eternidad nosotros conoceremos todo el amor que está contenido en el corazón de Dios, cuando Dios crucifica un alma; y precisamente, cuanto más cerca quiere estar, cuanta más gracia quiere derramar en su corazón, más fuerte va hacer sentir el peso de la cruz; y como triturando y moliendo el corazón humano, hacer de este elegido un elegido a su misma hechura divina. Sólo de esta manera podemos entender el misterio de los místicos en toda la historia de la Iglesia: desde el primero quizás, que fue San Pablo hasta los últimos que recogerá el final del mundo.

Las almas místicas son invitadas de una manera extraordinaria a asociarse al misterio de la pasión y de la muerte de Cristo: llevo grabadas en mí las marcas del amor de Jesucristo, decía el apóstol San Pablo; y precisamente el dolor es uno de esos signos de predilección divina, y nos volvemos a preguntar: ¿por qué Dios prueba de esta manera a quienes más ama?

Mis queridos hijos, a Dios no le podemos preguntar ¿por qué?, porque sabemos que todo lo que Dios hace es santo y justo, y entonces, ante los acontecimientos y ante las etapas espirituales de las almas, sólo nos cabe inclinar la frente y adorar los designios de Dios Nuestro Señor: son sus elegidos y Él los trata de este modo.

Pero abriendo un poquitito, la ventana de la vida espiritual nosotros recordamos aquella frase del apóstol San Pablo: Es necesario que nosotros, tratemos de cumplir en nuestro cuerpo, lo que falta a la pasión de Jesucristo.

La pasión de Cristo ha sido infinita, desbordante, la pasión de Jesucristo ha sido soberana, capaz de redimir a todos los mundos posibles, pero, sin embargo, en su infinita bondad, Dios ha querido dejar un margen para que al correr de los siglos, todo cristiano, por el hecho de estar incorporado a Cristo, participe de su cruz, y se convierta, en cierto sentido, en corredentor con Cristo. Pero cuando Él asocia un alma a su misterio redentor, cuando la hace entrar en comunión con su pasión y con su muerte, cuando en cierto sentido la desposa, pero la desposa en un verdadero desposorio de sangre, es porque Dios quiere invitarla a una corredención mayor, en todo el mundo y en todo el universo. Y aquí, mis queridos hijos, en cierta manera, se ha rebelado, el misterio de esas almas predilectas del Señor, a quienes Dios parece despiadadamente crucificar, acá sobre la tierra.

La vida de este siervo de Dios, cuya muerte, hoy conmemoramos acá, no ha sido otra cosa más que un invitado a vivir con toda intensidad la pasión de Jesucristo, a vivirlo por dentro y por fuera, a fin de que su vida fuera en realidad un banco de sangre espiritual para toda la humanidad; y Dios entonces quiso exigirle, en cierta manera cobrarle por anticipado, la gloria de la eternidad, con el dolor y el sufrimiento, aquí abajo.

Yo creo que me será lícito decir nada más que dos palabras del encuentro que yo tuve con él, hace exactamente dos años. Era trece de noviembre, un día domingo, un día de sol, un día extraordinariamente diáfano; había escuchado durante la noche sus quejidos, cuando, abandonándose al sueño, perdía el control de todo su sistema, diríamos, físico, y entonces el dolor y el sufrimiento incontrolado se le hacía desesperante. Pregunto al Padre guardián, ¿qué es esto?, y me dice: no es nada más en los instantes que comienza a dormir y pierde el control sobre su cuerpo; estos gritos por todo lo que tiene que sufrir y por todo lo que tiene que padecer.

Cuando a la mañana siguiente asistí a la Santa Misa, y pude ver de su mano izquierda el manar de sangre verdaderamente roja, fresca. Cuando acabada la Santa Misa, tuve sus manos en mis manos, y parecían prácticamente un carbón encendido, y por obediencia él hincado en su celda, para hacer la acción de gracias, tuve la absoluta seguridad que estaba frente a uno de estos predestinados de Dios. Predestinados de Dios, pero para ser antes que nada predestinado a la cruz, al dolor, al sufrimiento; predestinado para ser corredentor con Cristo, de una manera extraordinaria, de una manera estupenda.

Y cuando dos horas después estaba arrodillado ante él para confesarme, no podré olvidar nunca, el rostro límpido y sereno, esos ojos negros y profundos, con los cuales me miró, pero al mismo tiempo cuando me exigió que le diera la bendición y me dijo estas palabras: Usted es obispo, usted tiene que bendecirme, y me toma con fuerza la mano y me besa el anillo y quedó entonces tranquilo después de haber recibido la bendición de un pobre obispo de la Argentina.

 Mis queridos hijos ¿por qué Dios Nuestro Señor, de vez en cuando nos hace como tocar estas almas extraordinarias?, pero al mismo tiempo ¿porqué Dios Nuestro Señor, permite que junto a ellas se desaten tantas tormentas y tantos huracanes? Vuelvo a decir lo mismo: no le preguntemos a Dios ¿por qué? Pero sabemos nosotros que este es el abecedario divino; de esta manera Dios trata a sus elegidos y los seguirá tratando de esta manera hasta la eternidad.

Pero antes de acabar quisiera hacer una reflexión para nosotros mismos. Todos estos son regalos de Dios, regalos de Dios que nos invita a ascender, a subir. Él ascendió y subió en alas de una sola palabra: el amor. Amor a Dios sobre todas las cosas, amor al prójimo como a sí mismo por amor de Dios. Este amor a Dios sobre todas las cosas, lo llevó a esa identificación, en cierto modo plena con Jesucristo, y que Cristo Jesús va a revertir sobre él ese amor, estampando los signos de su Pasión en su propio cuerpo.

Misterio de amor o realidad de amor al prójimo, porque hasta el último momento, si el amor es don de sí mismo, él no hizo otra cosa más que ofrecer su vida por los hombres y entregar su tiempo, para todos aquellos que a él se acercaban. Si alguna vez utilizó una palabra dura, o tuvo un gesto fuerte, en muchos de los casos expresiones espontáneas de su propia estirpe, sin embargo, todo eso respondió a una cosa: el amor a veces exige dureza, el amor a veces exige un gesto fuerte y un gesto duro; el amor a veces exige para sacudir una conciencia dormida o para obligarla a subir, una palabra un poquitito fuerte, esto quizá ilumina esos cuadros de su vida que a más uno desconcertó en su visita al convento capuchino.

Pero mis queridos hijos, estas almas a nosotros nos obligan a subir; ¿por qué no subiremos más? Estamos nosotros destinados a amarlo a Dios sobre todas las cosas, y el amor es la dicha, la felicidad del ser humano: «Nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Dios». Somos unos eternos torturados, prácticamente somos unos náufragos en el mundo, hasta que nos anclemos en Dios, hasta que nosotros en cierto modo no nos disolvamos en Él.

Mañana, pasado el umbral del tiempo, introducidos en la eternidad, entraremos en el éxtasis de Dios. ¿Por qué no anticiparnos nosotros, al éxtasis gracias al amor?

Pidámosle a Jesús Crucificado, que nos dé fortaleza para sufrir, para que nos haga verdaderamente enamorados de la cruz, que hablemos poco de la cruz pero que la llevemos con toda grandeza de alma, y que ciertamente nuestra vida pueda ser, una vida de copia perfecta de Cristo y de Cristo Crucificado, así nuestra vida tendrá una consistencia extraordinaria y así también junto a Cristo seremos corredentores de este pobre mundo de pecado.

Que así sea.

Que la bendición de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo descienda sobre vosotros y permanezca eternamente, que así sea.

Sermón predicado el 11 de octubre de 1968, en la Misa celebrada en la iglesia de Ntra. Señora de la Merced, de Buenos Aires

¿POR QUÉ AMO LA IGLESIA?

Cuando uno entra en la Via Della Conciliazione, en Roma, subiendo desde el Río Tíber en dirección a la Colina del Vaticano, al llegar a la entrada de la Plaza de San Pedro, la sensación que uno tiene es la de estar delante de algo magnánimo, grandioso. Es algo que se puede más que sentir, se puede tocar.

Al caminar unos metros más, en dirección a la Basílica, pasando por el centro de la Plaza, esta sensación va tomando nuevos matices que se complementan. Uno se da cuenta de que no solamente está delante de algo grandioso, sino que también se encuentra delante de una estructura muy acogedora; parece que te abraza, te envuelve en este conjunto que es impar en el mundo. Dos brazos gigantes te abrazan, te conducen para que entres más, para que vayas más adentro.

Antes de subir la escalinata que conduce y da acceso a la Basílica del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, encontramos dos monumentos también magníficos, uno a la derecha y otro a la izquierda de la Basílica. Son dos imágenes del siglo XIX, que, junto con su base, suman casi 12m de una solidez e imponencia cautivante.

A la izquierda, tenemos el imponente pescador de Galilea, transformado en el Príncipe de los Apóstoles, cabeza visible de una institución divina fundada por el mismo Hijo de Dios encarnado para prolongar su obra y llevar la redención a todos los pueblos, uniendo tierra y Cielo con el poder dado por el mismo Dios, que solemos llamar “el poder de las llaves”. Por esto lleva en sus manos las llaves del Reino de los cielos.

A la derecha, tenemos el intrépido apóstol de los gentiles, el que trabajó como ningún otro para que la palabra de Jesús llegara al máximo de corazones posible; sufriendo y uniéndose a su Señor al punto de llegar a exclamar: Vivo, pero no soy yo quién vivo, es Cristo quién vive en mí. Tuvo como arma empuñada siempre la Palabra de Dios, representada en la espada que lleva consigo la monumental estatua a la que nos referimos.

Son dos columnas gigantes vigilando como centinelas y acogiendo como pastores a todos los peregrinos y fieles que vienen hacia el corazón de la Iglesia desde los distintos confines del orbe.

Hoy es el día en que celebramos la solemnidad dedicada a ambos. San Pedro y San Pablo, apóstoles, columnas de la Iglesia.

San Agustín empezaba un sermón sobre estos dos apóstoles excepcionales con las siguientes palabras:

“El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.”

Y en otro lugar en el mismo sermón, San Agustín seguía diciendo:

“En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueron martirizados en días diversos: primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.”

Yo agregaría otro punto para que imitemos a estos dos gigantes de nuestra fe: su amor por la Iglesia. En definitiva, ellos no solamente dieron sus vidas para extender la Iglesia sobre todo el orbe, sino que también dejaron las enseñanzas sublimes compiladas en sus cartas inspiradas, ratificando toda la obra evangelizadora, continuando lo que Cristo Señor les había mandado antes de su partida de este mundo: Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura. Sin embargo, para imitar el amor de los apóstoles por la Iglesia, podríamos preguntarnos: ¿Por qué amo la Iglesia Católica? o ¿Por qué debo amar a la Iglesia?

A esto vamos en este sermón. Me gustaría que reflexionemos unos instantes sobre lo que fundamenta -o debería fundamentar- el amor que tenemos por la Iglesia. Por supuesto que aquí mencionaré solamente algunos de los motivos existentes:

  • En primer lugar, debemos amar la Iglesia porque es una obra del mismo Cristo. Como podemos leer en el Evangelio de Mateo (16,18) en que Jesús le dice a Pedro: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y como el amor alcanza no solamente al ser amado, sino que también se extiende hacia sus obras, más todavía siendo divinas como las de Cristo, con mucha más razón debemos amarla.
  • También debemos amar a la Iglesia pues se trata del mismo Cristo: “La Iglesia es Jesucristo continuado, difundido y comunicado; es como la prolongación de la Encarnación redentora…” (Dir. Espiritualidad, 227). Es justamente San Pablo, columna de la Iglesia quien, inspirado por el Espíritu Santo, nos habla de la Iglesia como el mismo Cuerpo de Cristo, su Cuerpo Místico.
  • Otro motivo que podemos señalar para fundamentar nuestro amor por la Iglesia es que por ella nosotros somos conducidos al puerto de nuestra salvación eterna. En efecto, Jesucristo cuando se aparece a los suyos después de su resurrección, en el cenáculo, el Domingo mismo de Pascua, les sopla el Espíritu Santo, diciendo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
  • También debemos amar a la Iglesia pues ella es la que nos trasmite los sacramentos: nos limpia de toda mancha del pecado original en el Bautismo y nos hace hijos de Dios; nos vigoriza y fortalece con el Pan de los Ángeles en la Eucaristía; nos cura y restituye la gracia en la Penitencia; nos configura con Cristo y nos da fuerza para defender nuestra fe con la Confirmación; nos auxilia en los momentos de enfermedad y sufrimientos en los últimos instantes de la vida con la Unción de los Enfermos. Sin contar con los auxilios para los diversos estados de vida, como con el sacramento del Orden por el cual tenemos al sacerdote, ministro que nos administra todos los demás sacramentos; también el sacramento del Matrimonio, que une a los esposos con lazos inquebrantables delante de Dios y los hombres, y les da la gracia de santificarse y engendrar hijos.

Podríamos seguir poniendo muchos motivos aquí para amar a la Iglesia, pero, para ir finalizando, un último, pero no menos importante, es el hecho de que la Iglesia es la única que nos presenta a María Santísima como nuestra Madre del Cielo.

Jesús, cuando estaba por consumar su sacrificio redentor en lo alto del Gólgota, veía que a los pies de la cruz estaba el discípulo amado y María su Madre, y mirando a ambos, les entregó uno al otro como madre e hijo: Mujer, he ahí a tu hijo; Hijo, he ahí a tu Madre. Desde aquel momento en adelante, el discípulo la asumió como suya, la llevó a su casa.

Cuando el soldado traspasa el costado de Cristo, y de él brota Sangre y Agua, muchos de los santos padres reconocen ahí el nacimiento de la Iglesia. Muere Cristo, la cabeza, y nace la Iglesia, su Cuerpo Místico. La misma Madre que dio la luz a la cabeza es la que da a luz al Cuerpo. Por eso, María es también Madre de la Iglesia, y madre de cada uno de los hijos de la Iglesia.

A ella, justamente, le pedimos en este día, que nos conceda, juntamente con los Apóstoles Pedro y Pablo, a quiénes celebramos su fiesta, la gracia de poder ser fieles a nuestro llamado a ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Y que nos alcance también la gracia de amar cada vez más a la Iglesia y reconocer en ella todos los bienes que el Señor le tiene confiados para que nos transmita en nuestra vida peregrina en esta tierra.

Ave María Purísima.

P. Harley D. Carneiro, IVE

EL CUIDADO ADMIRABLE DE UN DIOS TRINO POR SUS CREATURAS

[…] Y mis delicias están con los hijos de los hombres. – Pr 8,22-31

Queridos todos,

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, fiesta muy importante para nosotros, dónde podemos profundizar en esta verdad inefable de nuestra fe; fiesta en la cual podemos contemplar la misteriosa presencia del Dios Uno y Trino no solamente en la eternidad, como también en el tiempo; actuando en la historia en distintos momentos, pero principalmente actuando en nosotros por medio de su presencia -por la Inhabitación- en las almas en gracia.

Ahora me gustaría subrayar un aspecto de este misterio admirable, para asentarlo como base de lo que será desarrollado más adelante. Aunque en términos filosóficos, podemos atribuir ciertas propiedades a una persona de la Santísima Trinidad en particular, como, por ejemplo, atribuimos al Padre la creación, al Hijo la redención, al Espíritu Santo la santificación, nosotros sabemos bien que ellas -las tres personas divinas- están presente en todas estas obras. Es decir, que la creación, por más que sea una obra que se atribuye al Padre, ahí también está el Hijo y el Espíritu; la redención, por más que sea una obra atribuida al Hijo, también se puede decir igualmente que es del Padre y el Espíritu Santo; y por fin, por más que el Espíritu Santo sea el que santifica las almas, esto lo hace también con la presencia del Padre y del Hijo.

Volviendo a la liturgia de hoy, llama mucho la atención el tema de la creación. Esta obra magnífica de Dios, de la Trinidad, dónde podemos sentir el inmenso amor que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen por nosotros.

Comencemos por la primera lectura, del libro de los Proverbios. Aquí está puesto en labios de la Sabiduría divina, el hecho de la creación bajo su perspectiva: […] cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia […]. Y aquí viene una maravilla que el Espíritu Santo nos reveló por medio del Escritor Sagrado: de un modo lleno de ternura y cariño, el Verbo Divino demuestra, por un lado, su poder sobre toda la creación, el dominio que tiene sobre todo lo que fue creado, y, por otro lado, el amor para con una de sus criaturas, al punto de regocijarse de poder encontrarse en medio de sus criaturas. Dice: […] jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres […].

Con razón es que debemos admirarnos de las obras de Dios, de las maravillas que el Señor se ha dignado sacar de la nada y darles vida, darles ser, darles existencia. Pero especialmente, debería asombrarnos el hombre, el hecho de que nos haya creado, por simple y puro amor por nada más que esto.

Este asombro lo expresa muy bien el Salmista en el Salmo 8, que rezamos todos los sábados en la oración de las Laudes, dice: Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado. / ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, / el ser humano, para mirar por él? Y no contento por tamaño asombro por el cuidado que Dios nos tiene, quiere subrayar la posición que Dios le ha dado al hombre en la creación para justificar su admiración: Lo hiciste poco inferior a los ángeles, / lo coronaste de gloria y dignidad, / le diste el mando sobre las obras de tus manos. / Todo sometiste bajo sus pies.

En efecto, ¡este asombro jamás debería salir de nuestra mente! Nuestra alma debería ponerse a considerar esta gran verdad, este magnífico misterio, y debería enternecerse de amor por el que nos ha creado, incluso a aquellas almas más obstinadas en el pecado. Porque la verdad es que, mirando tanta bondad por parte de Dios y sabiendo de la infidelidad de nuestros primeros padres, que se transformó a lo largo de los siglos hasta llegar a la miseria y podredumbre actual, ¡no merecíamos para nada todo este cuidado! Parece que Dios se ha olvidado de todo lo que le hicimos, nosotros los hombres. Bien tenía razón el Siervo de Dios, el cardenal Van Thuân, cuándo, jocosamente -y con mucha reverencia- exponía a la curia romana en unos Ejercicios Espirituales anuales en el año 2000[1] que, era uno de los defectos de Dios Nuestro Señor que él más admiraba: la poca memoria que tiene el Señor.

Pues sí, estábamos en guerra con Dios, pero por supuesto que era una guerra, en la cual el empeño en pelear venía solamente de parte nuestra. Dios siempre nos quiere perdonar y desea que estemos arrepentidos verdaderamente.

San Pablo, en la segunda lectura nos hace recordar del remedio para esta guerra, para que nos admiremos más todavía con tamaño cuidado que Dios nos tiene: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, que, no obstante saber la miseria que somos, que hemos sido sacados de la nada a la vida por puro amor y benevolencia por parte del Padre, que hemos sido soberbios y hemos renegado su paternidad buscando por nuestros propios medios encontrar la felicidad, que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre; aún considerando todo este panorama, todavía tenemos muchos más motivos para gloriarnos y, por supuesto, no hemos de olvidarnos jamás, que debemos admirarnos, que debemos asombrarnos cada vez más con estas verdades sublimes.

Dice el Apóstol Pablo: […] nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Sí, es lo que leemos en la segunda lectura: ¡nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios! Pues por el sublime acto de amor manifestado por nosotros en Cristo, el Padre celeste nos ha abierto las puertas del Reino celestial para toda la eternidad, para que gocemos de su presencia, para que volvamos a su seno para contemplarlo cara a cara.

Pero Señor, ¿por qué no nos arrebatas luego, no nos llevas junto a tu seno en la Trinidad para que podamos alegrarnos eternamente contigo? Tenemos que sufrir, padecer tanto en este mundo y ¡Ay! Aún corremos el riesgo de perderte.

Por un lado, más justo que esto no hay, una vez que debemos contribuir con nuestra parte para nuestra salvación eterna. “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, basta recordarnos de esta frase de San Agustín para que entendamos que debemos poner lo nuestro en esta tarea. Pero, Señor, subiste al Padre, comenzaste a reinar en el Cielo con todos los justos que viniste a rescatar y ahora tienes preparado lugar ahí para cada uno de nosotros que luchamos para seguir lo que nos enseñaste, y aún nos cuesta tanto estas peleas, estas tribulaciones, estas crucecillas que tenemos que cargar cada día. Incluso en esto debemos gloriarnos, pues aumenta nuestro premio de gloria. No lo digo yo, acordémonos de lo que nos dice el Apóstol: Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.

Ahora ya no nos queda más por lo cual admirarnos, ¿habrá algo más para que nos asombremos, para que quedemos extasiados delante de tanta bondad?

¡Ah, alma mía! Cuanto pierdes en no poner en el Señor el ancla segura de tu felicidad suprema. Dios, tan bondadoso, tanta bondad tiene para que se le escape por todos lados y la desborde (vierta…) en nosotros: ha sido derramado en nuestros corazones, dice San Pablo, desborda, el Padre tiene tanto amor para regalarnos, y al mismo tiempo que tiene todo su esplendor, su gloria, su majestad, su potencia, su infinitud siempre en la eternidad, quiso derramarse a sí mismo, junto con el Espíritu Santo y el Hijo en nuestros corazones. Lo tenemos dentro, muy dentro, en el más profundo centro del alma, diría San Juan de la Cruz.

En el Evangelio, Jesús dijo: Todo lo que tiene el Padre es mío, lo mismo podemos decir del Espíritu Santo, y fuimos comprados por el Padre a precio de la Sangre preciosísima de su Hijo Unigénito. Por esto, que la Santísima Virgen María nos ayude a tomar conciencia de nuestra dignidad, de quién es Aquél a quién pertenecemos, para que nos admiremos siempre más del tamaño del amor con que la Santísima Trinidad nos ha amado desde toda la eternidad.

Que la Virgen nos conceda a todos esta gracia.

Ave María Purísima.

P. Harley D. Carneiro, IVE

 

[1] Idea sacada del libro Testigo de Esperanza, del Card. Van-Thuân

LAS NEGACIONES DE PEDRO

«…Pedro le dijo: “¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti”. Respondió Jesús: “¿Tú darás tu vida por Mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo hasta que tú me hayas negado tres veces”» (Del Evangelio del Martes Santo).

Ven. Fulton Sheen

Cuando nuestro Señor fue preso, Pedro le siguió a cierta distancia; Juan le acompañaba también. Ambos llegaron hasta la casa de Anás y Caifás, donde Jesús sufrió el proceso religioso. La casa del sumo sacerdote estaba construida, al igual que muchas otras casas orientales, alrededor de un patio cuadrangular al que se entraba por un pasillo desde la parte delantera del edificio. Este pasaje abovedado era un pórtico cerrado a la calle por medio de una pesada puerta. En aquella ocasión se hallaba guardando la puerta una criada del sumo sacerdote. El patio interior a que daba acceso este pasaje se hallaba descubierto, y el suelo estaba pavimentado con lajas. Aquella noche hacía frío, pues era en los primeros días de abril. Pedro había sido infiel al Señor en el huerto, al quedarse dormido en vez de velar; ahora se le presentaba la ocasión de reparar su falta. Pero el peligro acechaba a Pedro, sobre todo porque éste tenía una confianza exagerada en su propia lealtad. Aunque un antiguo profeta había dicho que las ovejas serían dispersadas, el creía que, al habérsele dado las llaves del reino de los cielos, quedaba dispensado de semejante contratiempo. Un segundo peligro lo constituía su misma falta anterior de cuando se le rogó que «velara y orase». No había velado, sino que se había dormido; no oró, puesto que substituyó la espiritualidad por el activismo al hacer uso de la espada. Un tercer peligro podía ser el que la distancia física que le separaba de Jesucristo fuese el símbolo de la distancia espiritual que le mantenía alejado del Maestro. Y todo apartamiento del sol de justicia no es más que tinieblas.

Cuando Pedro entró en el patio, lo primero que hizo fue calentarse a la lumbre. Puesto a la luz de las llamas, era más fácil que le reconociera la criada que le había dejado entrar. Si el desafío a la lealtad de Pedro le hubiera venido de una espada o de un hombre, probablemente se habría mostrado más fuerte; pero, con la desventaja de su amor propio y de su orgullo, se vio más fácilmente vencido por una joven, que resultó ser así demasiado fuerte para el presuntuoso Pedro. El propósito de Cristo era vencer por medio del sufrimiento; el propósito de Pedro era vencer resistiendo. Pero aquí la oposición con que se encontró era poco evidente. Cogido de sorpresa por la criada, Pedro negó a Jesús por vez primera. La criada le dijo así:

También tú estabas con Jesús el galileo. Mt 26, 69.

Pero, delante de todos, Pedro respondió:

No sé lo que dices. Mt 26, 70

Pedro empezó a sentirse molesto ante lo que le pareció la luz escudriñadora de una llama que parecía querer sondear su alma al mismo tiempo que examinaba su rostro; por ello se dirigió unos pasos más allá, hacia el pórtico. Deseoso de evitar preguntas comprometedoras y miradas indiscretas, se sintió más seguro en la obscuridad del pórtico. La misma criada, o probablemente otra, vino a él diciendo que él había estado con Jesús de Nazaret, cosa que Pedro volvió a negar, pero esta vez con juramento, diciendo:

No conozco a ese hombre. Mt 26, 72

El que unas pocas horas antes había sacado la espada en defensa del Maestro, ahora negaba al mismo a quien había tratado de defender. El que había llamado a su Maestro «Hijo de Dios viviente», ahora le llamaba simplemente «ese hombre».

Trascurrió el tiempo, y su Salvador fue acusado de blasfemia y entregado a la brutalidad de sus verdugos; pero Pedro se hallaba todavía rodeado de enemigos. Aunque era probablemente más de medianoche, las calles estaban abarrotadas de gentes que habían salido de sus casas a la noticia del proceso de Jesús. Entre esta gente se hallaba un pariente de Malco que recordó perfectamente que Pedro era quien había cortado la oreja de su pariente en el huerto de los Olivos, y que Jesús le había sanado la herida poniendo nuevamente la oreja en su lugar. Con objeto de disimular su nerviosidad y aparentar cada vez más que no conocía a Jesús, Pedro debió de hablar seguramente en demasía; y esto fue lo que le perdió. Su acento provinciano reveló que se trataba de un galileo; se sabía que la mayor parte de los adeptos de Jesús provenían de aquella región, cuyo dialecto no era el lenguaje refinado de Judea y Jerusalén. Aquí se pronunciaban sonidos guturales que los galileos no sabían pronunciar, e inmediatamente uno de los presentes dijo así:

Verdaderamente tú también eres uno de ellos,

porque aun tu habla lo hace manifiesto. Mt 26, 73

Entonces Pedro comenzó a maldecir y a jurar, diciendo:

¡No conozco a ese hombre! Mt 26, 74

Tan fuera de sí estaba Pedro esta vez, que no vaciló en invocar a Dios omnipotente en testimonio de su reiterada mentira. Nos preguntamos si con ello no volvería en cierto modo a sus viejos tiempos de pescador; tal vez cuando se le enredaba la red en el lago de Galilea perdía los estribos y recurría a la blasfemia. Sea lo que fuere, ahora juró a fin de obligar a que los incrédulos le creyeran.

Entonces acudieron en tropel antiguos recuerdos a su mente. El Señor le había llamado «bienaventurado» al darle las llaves del reino de los cielos y al permitirle contemplar su gloria en la transfiguración. Ahora, en la helada aurora de la conciencia de su culpa, percibió un son inesperado:

Cantó un gallo. Mt 26, 74

Incluso la naturaleza protestaba de la negación que Pedro hacía de Cristo. Entonces cruzó como una centella por su mente el recuerdo de las palabras que Jesús le había dicho:

Antes que cante el gallo me negarás tres veces. Mt 26, 75

En aquel momento pasó por allí nuestro Señor con el rostro cubierto de esputos. Acababa de ser azotado.

Y, volviéndose el Señor, fijó la mirada en Pedro. Lc 22, 61

Aunque estaba atado ignominiosamente, los ojos del Maestro buscaron a Pedro con una compasión indescriptible. Nada dijo; solamente le miró. Aquella mirada sirvió probablemente para refrescar la memoria de Pedro y reavivar su amor. Pedro podía negar al «hombre», pero Dios seguía amando al hombre Pedro. El mismo hecho de que el Señor tuviera que volverse para mirar a Pedro indica que Pedro había vuelto la espalda al Señor.

El ciervo herido estaba buscando la espesura del bosque para desangrarse a solas, pero el Señor venía a arrancar la flecha del corazón herido de Pedro.

Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Lc 22, 62

Pedro se sentía ahora lleno de arrepentimiento, como Judas dentro de unas horas se sentiría invadido por el remordimiento. El dolor de Pedro estaba producido por el pensamiento del pecado en sí o de haber ofendido a la persona de Dios. El arrepentimiento no repara en las consecuencias; pero el remordimiento está inspirado sobre todo por el temor a las consecuencias. La misma misericordia que se extendió a uno que le negaba, se extendería a los que le clavaron en la cruz y al ladrón arrepentido que le pediría perdón. En realidad, Pedro no negó que Cristo fuese el Hijo de Dios. Negó conocer a aquel «hombre», o que fuera uno de sus discípulos. Pero fue infiel al Maestro. Y, sin embargo, sabiendo todas las cosas, el Hijo de Dios hizo de Pedro, y no de Juan, la Roca sobre la cual edificaría su Iglesia, a fin de que los pecadores y los débiles no desesperaran jamás.

* En «Vida de Cristo». Editorial Herder – Barcelona, España – 1959, pp.451-454.

HUMILDAD Y SOBERBIA

Aunque perfectamente delimitado el ámbito de la humildad en esta aclaración de Santo Tomás, queda un amplio margen para una rica escala de «humildades», que van desde un sano «desprecio de los hombres» que muestra el magnánimo, hasta el anonadamiento de un San Francisco de Asís, que con una soga al cuello se deja conducir ante la turba, despojado de su hábito.

Josef Pieper

Humildad como forma fundamental de la templanza

           Una de las cosas en que el hombre, por instinto natural, procura hallar el logro de sí mismo es la tendencia a sobresalir, el demostrar superioridad, categoría y preeminencia.

La virtud de la templanza, en cuanto aplicada a ese instinto para someterlo a los dictados de la razón, se llama humildad. Esta consiste en que el hombre se tenga por lo que realmente es. Con esto está ya dicho lo fundamental sobre esta virtud.

Por eso resulta difícil entender el que se haya discutido tanto sobre ella. Claro que hay que tener en cuenta los esfuerzos del diablo para destruir en las almas la fisonomía delicada de esta virtud, tan esencial para la perfección cristiana. Pero si prescindimos de esto, hay que admitir un oscurecimiento del concepto de humildad en la conciencia cristiana, para explicarnos tanta discusión sobre su verdadero alcance y contenido.

En todo el tratado de Santo Tomás sobre la humildad y la soberbia no se encuentra ni una frase que diera pie a pensar que la humildad pueda tener algo que ver, como tampoco lo tiene ninguna otra virtud, con una constante actitud de autorreproche, con la depreciación del propio ser y de los propios méritos o con una conciencia de inferioridad.

Magnanimidad como virtud subordinada y necesaria.

         Para que se entienda por dónde va el camino de la verdadera humildad hay que percatarse de que no sólo no es contraria a la magnanimidad, sino que es su hermana gemela y compañera; ambas están a mitad de camino, igualmente distantes de la soberbia y de la pusilanimidad.

¿Qué quiere decir magnanimidad? Es el compromiso que el espíritu voluntariamente se impone de tender a lo sublime. Magnánimo es aquel que se cree llamado o capaz de aspirar a lo extraordinario y se hace digno de ello. El magnánimo es en cierto modo caprichoso; no se deja distraer por cualquier cosa, sino que se dedica únicamente a lo grande, que es lo que a él le va. El magnánimo tiene sobre todo una sensibilidad despierta para ver dónde está el honor: «el magnánimo se consagra a aquello que proporciona una grande honra». En la Summa theologica se dice: «El que despreciare la honra hasta tal punto que no se preocupa de hacer aquello que honra merece, es de vituperar». El magnánimo no se inmuta por una deshonra injusta; la considera sencillamente indigna de su atención. Acostumbra a mirar con desprecio a los seres de ánimo mezquino; y nunca es capaz de considerar que exista alguien tan alto que sea merecedor de que, por miramiento a él, se cometa algo deshonesto. Santo Tomás aplica al justo que muestra este sano desprecio de lo humano aquellas palabras del Salmo 14, 4: «A sus ojos es nada el hombre malvado».

Características del magnánimo son la sinceridad y la honradez. Nada le es tan ajeno como callar por miedo. El magnánimo evita, como la peste, la adulación y las posturas retorcidas. No se queja, pues su corazón no permite que se le asedie con un mal externo cualquiera. La magnanimidad implica una fuerte e inquebrantable esperanza, una confianza casi provocativa y la calma perfecta de un corazón sin miedo. No se deja rendir por la confusión cuando ésta ronda el espíritu, ni se esclaviza ante nadie, y sobre todo no se doblega ante el destino: únicamente es siervo de Dios.

Uno queda maravillado cómo la Summa theologica va construyendo, rasgo por rasgo, la imagen de la magnanimidad. Era necesario un desarrollo minucioso y claro porque, aunque Santo Tomás había dicho en el tratado sobre la humildad que la magnanimidad no es contraria a ésta, no lo había explicado demasiado. Ahora se entenderá mejor lo que aquella afirmación quería significar. Y advertiremos también que la frase de que humildad y magnanimidad no se contradicen, tiene su parte de aviso y de toque de atención para que no se desvirtúe el contenido de la humildad.

A veces se ha confundido el magnánimo con el engreído, y esta equivocación repercute en el juicio que se forma sobre la humildad. «Ese hombre es un soberbio», se oye a veces decir, con más ligereza que justificación; pues raras veces es cierto que haya verdadera soberbia («superbia» teológica) en los casos a que nos referimos cuando hablamos así.

La soberbia no es primariamente una forma de portarse con los demás. Soberbia es ante todo una postura ante Dios. Quiere decir, fundamentalmente, la negación de la relación criatura-Creador; el soberbio niega la dependencia de Dios como criatura.

De las dos cosas que definen el pecado: alejamiento de Dios y acercamiento a los bienes perecederos, lo primero es lo que determina y constituye la forma definitoria de lo pecaminoso. Este aspecto constitutivo del pecado se encuentra en la soberbia de una manera especialísima y específica, como en ningún otro: «Todos los pecados son fuga de Dios; la soberbia es el único que le planta cara». Los soberbios son también los únicos pecadores a quien Dios no soporta, según dice la Biblia, en la Epístola de Santiago 4, 6.

Tampoco la humildad es en primer término una forma de relacionarse con los demás, sino una forma determinada de estar en la presencia de Dios. Ese carácter de criatura, que es inherente al hombre y que la soberbia niega y destruye, es afirmado y mantenido por la humildad. Si ese carácter creacional del hombre, el ser hechura de Dios, es lo que constituye su esencia, la humildad, en cuanto «sometimiento del hombre a Dios», es la aceptación de una realidad primaria y definitiva.

Humildad y humor

         Por otra parte, la humildad no es tampoco en primer término un comportamiento exterior, sino una forma de ser por dentro, que nace de una decisión libre y consciente de la voluntad. Aplicada a la relación Dios-criatura, es la aceptación sin reservas de aquello que por divina voluntad es lo real. En este sentido, consiste en doblegarse conscientemente al hecho de que ni la humanidad ni el hombre particular son Dios, ni están tampoco creados de naturaleza divina. Y en este momento es cuando quiere hacerse visible una secreta correspondencia entre humildad y humor; algo que sería profundamente cristiano.

Aceptar la condición de criatura

          Una vez aclarado su auténtico concepto ya no será preciso demostrar que la humildad tiene también una cara que da hacia el mundo de la convivencia con los demás. Entendida así habremos de definirla como la virtud que inclina a los hombres a rebajarse los unos ante los otros. Palabras un poco grandilocuentes, pero que en seguida vamos a intentar explicar.

La cuestión de la humildad de unos hombres entre otros la ha resuelto Santo Tomás de Aquino en la Summa theologica de la siguiente manera: «En el hombre hay que distinguir dos cosas: lo que es de Dios y lo que es del hombre… Humildad, tomada en su sentido estricto, es el miedo reverencial por el que el hombre se somete a Dios. Por eso debe el hombre subordinar lo que hay de humano en sí mismo a lo que hay de Dios en el prójimo. Pero la humildad no exige que se someta lo que hay de Dios en sí mismo a lo que parece ser de Dios en el otro… Así como tampoco exige que se someta lo humano propio a lo humano de los demás».

Aunque perfectamente delimitado el ámbito de la humildad en esta aclaración de Santo Tomás, queda un amplio margen para una rica escala de «humildades», que van desde un sano «desprecio de los hombres» que muestra el magnánimo, hasta el anonadamiento de un San Francisco de Asís, que con una soga al cuello se deja conducir ante la turba, despojado de su hábito.

Una vez más nos encontramos con que la Iglesia, por lo que se refiere a la doctrina de la perfección cristiana, no es una gran partidaria del «camino único». Este cuidado que muestra la Iglesia por abrir sendas múltiples, su aversión incluso al exclusivismo, está comentada por San Agustín con ocasión de otro tema afín al que ahora nos ocupa, pero donde se refleja la identidad de pensamiento: «Si uno cree que debe recibirse el Cuerpo del Señor diariamente y el otro dice lo contrario, que cada uno haga lo que mejor le parezca según su opinión y devoción. Tampoco se pelearon entre sí Zaqueo y el Centurión porque el uno recibiera con gozo al Señor en su casa (Lc. 19, 6) y el otro dijera: Señor, yo no soy digno de que entréis en mi morada (Lc. 17, 6). Aunque no de la misma manera, ambos hicieron honor al Redentor».

* En «Las Virtudes Fundamentales» (fragmento del estudio de la virtud de la Templanza), Ediciones Rialp, Madrid, 6ª edición – 1998, pp. 276-281.

Un nuevo relicario para nuestra Capilla

“La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales.” (CIC 955)

La carta a los Hebreos nos advierte: “Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.” (Heb 13,7) El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 956, al hablar de la intercesión de los santos, nos enseña que por el simple hecho de que “los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la Santidad […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.

Esta veneración que les prestamos a los santos, confiando en su auxilio junto a Cristo Señor y esperando recibir las gracias necesarias para que alcancemos el mismo camino que ellos mismos han recorrido y que, por lo tanto, han alcanzado la meta definitiva en la eternidad, es algo de una tradición antiquísima en la Iglesia. Con efecto, en el famoso Martirio de San Policarpo, nos es relatado la siguiente frase del santo obispo, dice san Policarpo: “Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su Rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos.” (CIC 957).                                                   

Con gran alegría, esta semana pudimos poner en nuestra sencilla capilla, un nuevo relicario, que nos recuerda toda esta enseñanza milenaria de la Iglesia sobre la veneración de los santos. Es una tradición en nuestra congregación, y en varios otros lugares también, el tener en la capilla un cuadro reservado para las reliquias de los santos, para que ellos también nos acompañen y nos auxilien en nuestro trabajo cuotidiano de amar más y más a Nuestro Señor.

Con ayuda de bienhechores, pudimos mandar confeccionar un relicario más grande, dónde fue posible ordenar no sólo las reliquias que ya teníamos, como también ponerle más reliquias que teníamos guardadas por cuestión de falta de espacio.

Ahora, con mucha alegría, les compartimos esta noticia y, confiados en la intercesión de estos nuestros amigos del Cielo, nos encomendamos unos a otros a su intercesión y ayuda para que ambos podamos alcanzar la gloria de la patria celestial y gozar por toda la eternidad de los gozos y alabanzas al Dios Uno y Trino que vive y reina por los siglos de los siglos, ¡amén!

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia