Las obras: el traje de gala

Homilía: Domingo XXVIII del tiempo Ordinario, Ciclo A

P. Jason, IVE

Queridos hermanos:
El domingo pasado escuchamos en el evangelio la parábola de “los viñadores homicidas”, aquellos que, según Jesucristo, les será quitada la viña para dársela a otro pueblo que le dé los verdaderos frutos a su tiempo. En el evangelio de hoy se nos habla acerca del fin de los tiempos, porque es una parábola que anuncia el día final de nuestra historia en que el Gran Rey dará su gran festín a todos aquellos que no se excusaron de asistir, es decir, a todos aquellos que no rechazaron la invitación.
El P. Castellani, dice que en esta parábola se pueden considerar dos tipos de rechazos a la invitación del gran rey al banquete de las bodas de su hijo: por un lado está el rechazo nacional del pueblo judío que no quiso escuchar a los profetas y que inclusive llegaron a matarlos; y por otro lado tenemos el aspecto más bien personal, es decir, el de un individuo que es arrojado afuera, a las tinieblas, por no haber estado revestido con el traje de gala que exigía el banquete.
De aquí podemos comprender claramente que cuando llegue el gran día de las bodas del hijo del rey, es decir, el día en que Jesucristo venga a celebrar su gran banquete con los que no lo hayan rechazado, no basta simplemente con haber aceptado la invitación sino que además hay que haberla recibido y estar revestidos con el traje de gala, sin el cual, no es posible permanecer en la compañía del rey… de hecho, es mismo rey quien manda echar fuera de su banquete y atado al hombre mal vestido.
Y ahora nos toca preguntarnos: ¿De qué vestiduras se trata este “traje de gala”?
Muchos autores, muchos santos y padres de la iglesia no han pasado por alto este detalle de la parábola y han dado distintas interpretaciones:
Orígenes dice: «Cuando entró [el rey], vio a uno que no había mudado sus costumbres; […] Dijo en singular, porque son de un mismo género todos los que conservan la malicia después de la fe, como la habían tenido antes de creer.»; y san Jerónimo: “El vestido nupcial es también la ley de Dios y las acciones que se practican en virtud de la ley y del Evangelio, y que constituyen el vestido del hombre nuevo. El cual si algún cristiano dejare de llevar en el día del juicio, será castigado inmediatamente; por esto sigue: “Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí, no teniendo vestido de bodas?” Le llama amigo, porque había sido invitado a las bodas (y en realidad era su amigo por la fe), pero reprende su atrevimiento, porque había entrado a las bodas, afeándolas con su vestido sucio… (o, al menos, impropio… basta con eso); y finalmente, san Juan de Ávila:
“[se pregunta] ¿Tanto vale esa ropa que por ella me dan la bienaventuranza eterna? ¿Qué ropa es esa? ¡Comprémosla!, cueste lo que costare, aunque me cueste la vida. ¿Dónde la venden? Escucha: la boda es entre Cristo, que es el Esposo, y la Iglesia. Por lo tanto esa vestidura es la vestidura que lleva Cristo, el Esposo. Esto quiere decir que debo revestirme de una ropa que me haga parecido al Esposo. Es decir, debo imitar el Esposo. Por eso os digo: esa vestidura de bodas es la imitación de Jesucristo.
Por eso, tengamos cuidado de las vestiduras de las estamos vestidos ahora; no sea que sea superflua, aunque a nosotros nos parezca preciosa. ¿Qué vestidura llevas ahora? ¿No será que estás sin el traje de bodas para entrar en el cielo, sino con el traje por el cual serás echado al infierno? [¿Echado fuera?] (…) Quiera Dios que no…”
Ya sabemos, entonces, que este “traje de gala” consiste no en otra cosa que la imitación de Jesucristo, y esta imitación comienza con la vida de la gracia, es decir, que empieza en el momento en que recibimos el bautismo. Pero no basta con esto, pues la fe que nos da la gracia santificante es, a la vez, una fe viva y por lo tanto operante, o sea que opera, que obra, que se mueve (no es estática) porque la fe sin obras es una fe anémica, tullida, enferma… por eso dice el apóstol Santiago aquella frase tan conocida por nosotros: “muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe” … y podría agregar el apóstol: “mi traje de gala son mis obras”. Pero no cualquier obra, sino las obras hechas según Dios, según lo que sea para su mayor gloria y salvación de las almas, por eso Jesucristo dijo también: “no todo aquel que me diga “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”; y la voluntad del Padre se resume en el gran mandamiento que Dios ha dado a los hombres por medio de su hijo: “amaos los unos a los otros como yo os he amado” … de este mandamiento dependen todas las obras con que debemos estar revestidos cuando venga Jesucristo en su segunda venida.
A los ojos de Dios, las buenas obras, son las que son consecuentes con la imitación de Cristo:
Por ejemplo:
– no es consecuente con la imitación de Cristo guardar rencor… pero sí perdonar.
– no es consecuente con la imitación de Cristo mentir… pero sí decir la verdad, aunque a veces cueste.
– no es consecuente con la imitación de Cristo dejar que el error siga perdiendo a las almas… pero sí combatirlo.
– en resumen, no es consecuente con la imitación de Cristo tomar parte activa en todos los beneficios espirituales que Jesucristo nos dejó en ella para nuestras almas pero al mismo tiempo compartir criterios mundanos, es decir, criticarla antes de buscar humildemente comprenderla… porque la Iglesia es madre… y nos la regaló Jesucristo.
Ya sabemos en qué consiste el traje de bodas, ahora conviene tratar brevemente acerca del fundamento de estas obras, y que no puede ser otro que el amor de Dios. Por eso decía el santo cura de Ars que “El amor se manifiesta mejor con hechos que con palabras”, o sea que nuestras obras de caridad han de ser un fruto del sincero amor a Dios. Por eso dice san Juan de la Cruz: “Un poquito de este puro amor…, más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas [las demás] esas obras juntas.” Y san Juan Crisóstomo tiene un texto muy profundo, que a la vez es una invitación a corregir lo que haya que corregir y enmendarse con gran confianza en Dios. Él dice así: “Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina si nuestra vida fuese tan radiante, ni sería necesario recurrir a las palabras si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano, si nos comportáramos como verdaderos cristianos.”
Por eso se dice que los ejemplos arrastran, porque cada vez que unimos nuestras vidas a la gran obra de Dios, nos vamos revistiendo con el traje de gala que se nos va a exigir al final de los tiempos: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras” (San Antonio de Padua).
Hemos considerado más bien el aspecto negativo de esta exigencia en cuanto a la obligación que pesa realmente sobre nosotros, pero no podemos dejar de mencionar también el aspecto positivo que se desprende de la misma bondad divina que a todos ofrece la oportunidad de ir revistiéndose de estas buenas obras que brotan del amor que a Dios le profesamos y que, por lo tanto, debe llenarnos de confianza en Él.
San Pablo, por ejemplo, exhortaba a los primeros cristianos a ofrecer todo su día a Dios […]. Así leemos en la carta a los corintios: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios.” (1 Cor 10,31); y a los colosenses: “todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.”(Col 3,17).
Cada una de nuestras obras hechas por amor a Dios, y estando en gracia, es verdaderamente meritoria para alcanzar el Cielo; porque si su motor es el amor a Dios, y no el interés personal o la vanagloria, entonces Dios siempre las acepta gustoso. De ahí que diga un santo que “el Señor no mira tanto la cantidad que se le ofrece, como el amor que se pone en la ofrenda” (San Juan Crisóstomo).
En este día, en que se nos invita a revestirnos con las buenas obras hechas en gracia y movidos por el amor de Dios, le pedimos a María santísima la gracia de ser siempre fieles a las mociones del Espíritu Santo para que, cuando llegue el gran banquete de Jesucristo con su segunda venida, no seamos echados fuera por habernos atado antes con nuestras malas acciones sino que le hayamos ofrecido con sinceridad y confianza nuestras vidas para su mayor gloria y salvación de las almas. La pedimos esta gracia a la Virgen.

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