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Semana Santa: sobre la oración de Jesús en su hora

LA ORACIÓN EN LA HORA DE JESÚS

    Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

     La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

     En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en Él (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.

     Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

     Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

     Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2746-2751

Los anuncios de la Pasión (2ª parte)

Los anuncios de la Pasión (2ª parte)

R.P. Gustavo Pascual, monje IVE.

SEGUNDO: SE CUMPLIRÁ TODO LO QUE LOS PROFETAS ESCRIBIERON SOBRE EL HIJO DEL HOMBRE[1]

            Vamos a tomar el compendio de todo lo profetizado por Jesús en las tres predicciones de su Pasión para confrontarlo con lo que dijeron los profetas acerca de ellas.

             El Hijo del hombre, es decir, Jesús, va a sufrir en Jerusalén, cumpliendo allí todo lo que dijeron los profetas. Va a ser entregado a los sumos sacerdotes y escribas que lo reprobarán, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para burlarse de él, va a sufrir mucho, lo escupirán, lo insultarán, lo azotarán y le matarán crucificándolo y al tercer día resucitará.

 Va a sufrir en Jerusalén

 Entrada triunfal en Jerusalén (Mt 21, 1-11p)

            “Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: « ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. « ¿Quién es éste?» decían. Y la gente decía: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.»”

 *          *          *

             “Se plantarán sus pies aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén, al oriente” (Za 14, 4).

            “Mirad que Yahveh hace oír hasta los confines de la tierra: «Decid a la hija de Sión: Mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, y su paga le precede” (Is 62, 11).

            “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna” (Za 9, 9)

            “¡Bendito el que viene en el nombre de Yahveh! Desde la Casa de Yahveh os bendecimos.

Yahveh es Dios, él nos ilumina. ¡Cerrad la procesión, ramos en mano, hasta los cuernos del altar!” (Sal 118, 25-26).

            “« ¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!” (Mt 23, 37p).

             Va a ser entregarlo a los sumos sacerdotes y escribas que lo reprobarán, lo condenarán a muerte.

 Consejo secreto del Sanedrín (Mt 26, 1-5p)

             “Y sucedió que, cuando acabó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos: «Ya sabéis que dentro de dos días es la Pascua; y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado.»

         Entonces los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás; y resolvieron prender a Jesús con engaño y darle muerte. Decían sin embargo: «Durante la fiesta no, para que no haya alboroto en el pueblo»” (Mt 26, 1-5).

 *          *          *

           “¿Por qué se agitan las naciones, y los pueblos mascullan planes vanos? Se yerguen los reyes de la tierra, los caudillos conspiran aliados contra Yahveh y contra su Ungido” (Sal 2, 1-2)

            “Escucho las calumnias de la turba, terror por todos lados, mientras se aúnan contra mí en conjura, tratando de quitarme la vida” (Sal 31, 14)

Juicio nocturno en casa de Caifás (Mt 26, 57-66p)

             “Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro le iba siguiendo de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver el final. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: «Este dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo.» Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: « ¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.» Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: « ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?» Respondieron ellos diciendo: «Es reo de muerte»”.

 *          *          *

          Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53, 7).

           “No me entregues al ansia de mis adversarios, pues se han alzado contra mí falsos testigos, que respiran violencia” (Sal 27, 12).

            “Y los sacerdotes y profetas, dirigiéndose a los jefes y a todo el pueblo, dijeron: « ¡Sentencia de muerte para este hombre, por haber profetizado contra esta ciudad, como habéis oído con vuestros propios oídos!»” (Jr 26, 11).

Jesús delante del Sanedrín (Lc 22, 66-71p)

             “En cuanto se hizo de día, se reunió el Consejo de Ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas, le hicieron venir a su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo.» El respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios.» Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: « ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»”.

 Lo entregarán a los gentiles, para burlarse de él.

 Entrega a Pilato (Mt 27, 2p)

            “Y después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato”.

 Jesús es coronado de espinas (Mt 27, 27-29.31p)

 
“Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: « ¡Salve, Rey de los judíos!» […] Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle”.

*          *          *

                       “Todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza” (Sal 22, 7)

            “Si tomo un sayal por vestido, para ellos me convierto en burla, cuento de los que están sentados a la puerta, y copla de los que beben licor fuerte” (Sal 69, 11-12).

                  “Me he hecho el insulto de ellos, me ven y menean su cabeza” (Sal 109, 25).

 Los criados se burlan de Jesús (Mt 26, 67-68; Mc 14, 65)

             “Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: «Adivínanos, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?»”.

 *          *          *

             “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos” (Is 50, 6).

            “Así como se asombraron de él muchos – pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana” (Is 52, 14);

             “Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: « ¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?» Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas”. (Lc 22, 63-65)

            “Situándolos durante la espera nocturna, antes de la sesión del Sanedrín y no después de ella como en Mt y Mc, los ultrajes en Lc no son cosa de los sanedritas, sino de sus lacayos. Además, a diferencia también de Mt 26, 68; Mc 14, 65, Jesús tiene el rostro cubierto con un velo, de modo que los ultrajes resultan un juego de adivinación, muy conocido en el mundo antiguo y aun en todos los tiempos. Sobre estos detalles el relato de Lc sin duda más verosimilitud que los de Mt y Mc”[2].

 El manto de Herodes (Lc 23, 11)

            “Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato”.

            “Vestido de gala, como el que llevaban los príncipes. Herodes quiere mofarse de las pretensiones de Jesús a la realeza”[3].

 Jesús es entregado para la muerte (Mt 27, 29-31)

            “Y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: « ¡Salve, Rey de los judíos!»; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle”.

 *          *          *

                       “Y yo, gusano, que no hombre, vergüenza del vulgo, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza” (Sal 22, 7-8).

            “Si tomo un sayal por vestido, para ellos me convierto en burla, cuento de los que están sentados a la puerta, y copla de los que beben licor fuerte” (Sal 69, 11-12).

            “Me he hecho el insulto de ellos, me ven y menean su cabeza” (Sal 109, 25).

            “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos” (Is 50, 6).

 Va a sufrir mucho

 Getsemaní (Mt 26, 36-46p)

         “Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.» Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.» Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.» Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: « ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Viene entonces donde los discípulos y les dice: «Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos!, ¡vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca.»”.

 *          *          *

             “¿Por qué, alma mía, desfalleces y te agitas por mí? Espera en Dios: aún le alabaré, ¡salvación de mi rostro y mi Dios!” (Sal 42, 6)

            “¿No es para uno una mortal tristeza un compañero o amigo trocado en enemigo?” (Si 37, 2)

            “¡Despierta, despierta! ¡Levántate, Jerusalén! Tú, que has bebido de mano de Yahveh la copa de su ira. El cáliz del vértigo has bebido hasta vaciarlo. Así dice tu Señor Yahveh, tu Dios, defensor de tu pueblo. Mira que yo te quito de la mano la copa del vértigo, el cáliz de mi ira; ya no tendrás que seguir bebiéndolo” (Is 51, 17.22)

            “¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes” (Is 53, 1-12)

 Lo escupirán (Mt 27, 30p)

             “Y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza”.

 *          *          *

                      “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos” (Is 50, 6).

 Le insultarán (Mt 27, 27- 29p)

            “Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: « ¡Salve, Rey de los judíos!»”.

 Las gentes se ríen del crucificado (Mt 27, 39-44p)

             “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»

Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo:

«A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de Dios.”» De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él”.

*          *          *

             “Y yo, gusano, que no hombre, vergüenza del vulgo, asco del pueblo, todos los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza” (Sal 22, 6-8)

            “Me he hecho el insulto de ellos, me ven y menean su cabeza” (Sal 109, 25).

            “Es para trocar su tierra en desolación, en eterna rechifla: todo el que pasare se asombrará de ella y meneará la cabeza” (Jr 18, 16).

            “Sobre ti baten palmas todos los que pasan de camino; silban y menean la cabeza sobre la hija de Jerusalén. « ¿Esa es la ciudad que llamaban la Hermosa, la alegría de toda la tierra?»” (Lm 2, 15).

            “Meneará su cabeza, batirá palmas, cuchicheará mucho y mudará de cara” (Si 12, 18).

            “Te avergonzará en sus festines, hasta despojarte dos, tres veces, y para terminar se burlará de ti. Después, si te ve, te dejará a un lado, y meneará la cabeza ante ti” (Si 13, 7).

            “Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará” (Sb 2, 18-20)

 Lo azotarán

             “Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle” (Jn 19, 1)

            “Así que le castigaré y le soltaré” (Lc 23, 16)

            “Y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado” (Mc 15, 15)

 Le matarán crucificándole

 La crucifixión (Mc 15, 22-27p)

             “Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario. Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: «El Rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda”.

 *          *          *

             “Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre” (Sal 69, 22).

            “Dad bebidas fuertes al que va a perecer y vino al de alma amargada; que beba y olvide su miseria, y no se acuerde ya de su desgracia” (Pr 31, 6-7).

            “Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica” (Sal 22, 18-19).

            “Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes” (Is 53, 12).

 Jesús muere (Mt 27, 50p)

             “Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu”.

 Y al tercer día resucitará 

Los ángeles anuncian la Resurrección (Lc 24, 3-8p)

             “Y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: « ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite. “» Y ellas recordaron sus palabras”.

            “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?” (Lc 24, 25-26)

 *          *          *

            “Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará” (Is 53, 11)

         “He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera” (Is 52, 13)

[1] Lc 18, 31

[2] Nota de la Biblia de Jerusalén (1998) a Lc 22, 63

[3] Jsalén a Lc 23, 11

Los anuncios de la Pasión (1ª parte)

Los anuncios de la Pasión (1ª parte)

R.P. Gustavo Pascual, monje IVE.

Introducción

En este trabajo vamos a estudiar primero los anuncios de la pasión en los sinópticos para ver luego en conjunto hasta donde conocían los apóstoles la Pasión y por otra parte conocer en detalle la profecía de Jesús sobre su Pasión en estos tres anuncios. En segundo lugar conociendo la profecía en su conjunto veremos los oráculos proféticos sobre ella.

PRIMERO: PREDICCIONES DE LA PASIÓN

 Primera predicción de la Pasión

 Mateo 16, 21

             “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día”.

Marcos 8, 31

             “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días”.

Lucas 9, 22

             “Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día»”.

            Mateo dice que desde entonces comenzó a manifestar a sus discípulos. ¿Desde cuándo? Desde la profesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Marcos y Lucas no hacen referencia a un momento particular de la vida de Cristo. Mateo dice que debía ir a Jerusalén, es decir, allí le iban a ocurrir las cosas que luego dice. Marcos y Lucas nada dicen en esta predicción sobre el lugar en que Cristo iba a padecer.

            ¿Quién iba a padecer?, Mateo no le da ningún nombre particular sino que es Jesús el que les está hablando. Marcos y Lucas dicen que al que le van a ocurrir esas cosas es al “Hijo del hombre”. ¿Qué cosas le van a ocurrir? Debe sufrir mucho, dicen los tres sinópticos. Marcos y Lucas agregan que va a ser reprobado. Lo van a matar. Y al tercer día va a resucitar. ¿Quiénes lo van a reprobar? Los ancianos, los sumos sacerdotes y los escriban dicen los tres sinópticos.  Agregamos algún dato más: “esta predicción debió de ser privada, a solos los apóstoles. El contexto así lo persuade. Mt 16, 21 habla de los discípulos. Y Mc 8, 34 dice que después llamó a la muchedumbre juntamente con los discípulos”[1]. Al norte de la Galilea, en el año 29 entre Mayo y Julio[2].

            Podemos concluir de esta primera predicción, la cual, ocurre después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, que Jesús, el Hijo del hombre, va a ir a Jerusalén y allí va a sufrir mucho, va a ser reprobado de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escriban, lo van a matar y al tercer día va a resucitar.

Segunda predicción de la Pasión

 Mt 17, 22-23

             “Yendo un día juntos por Galilea, les dijo Jesús: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará.» Y se entristecieron mucho”.

Mc 9, 30-32

             “Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle”.

Lc 9, 44- 45

             “«Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto”.

            ¿Dónde ocurrió esta predicción? Mateo y Marcos dicen que iban caminando por Galilea probablemente en Daburiyeb, pequeña aldea ubicada a los pies del monte Tabor días después de la primera predicción[3]. Marcos dice: “saliendo de allí”, de la pequeña aldea donde había curado a un endemoniado epiléptico[4]. Marcos dice que entró en una casa y allí le preguntaron sus discípulos sobre el exorcismo. También puede que Marcos haga referencia que la predicción fue al salir de la casa.

            ¿Delante de quién la dijo? De sus discípulos, dice Marcos que agrega que no quería que nadie supiese que estaba allí para poderles enseñar. ¿A quién le van a ocurrir las cosas que predice? Al Hijo del hombre dicen los tres sinópticos. ¿Qué cosas le van a ocurrir? Será entregado en manos de hombres (Mt, Mc y Lc), le matarán y al tercer día resucitará (Mt y Mc). ¿Cuál fue la reacción de los discípulos? Tristeza dice Marcos. Los discípulos no entendían lo que les decía (Mc y Lc), les estaba velado de modo que no comprendían (Lc) y temían preguntarle sobre el asunto (Mc y Lc).

            Podemos concluir de esta predicción que fue dicha al pie del monte Tabor en Galilea ante sus discípulos, probablemente los apóstoles solamente. Les dijo que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, los matarán y al tercer día resucitará.            En esta predicción no dice en particular en manos de quien va a ser entregado sino sólo en manos de los hombres. Agrega a la primera la reacción de los discípulos. Primero la tristeza por lo que les decía. Además que no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Tercera predicción de la Pasión

 Mt 20, 17-19

                       “Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará»”.

Mc 10, 32-34

            “Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará»”.

Lc 18, 31-34

            “Tomando consigo a los Doce, les dijo: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron sobre el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará.» Ellos nada de esto comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y no entendían lo que decía”.

            ¿Dónde ocurre esta predicción? Camino a Jerusalén (Mt, Mc y Lc). Dice Leal: “La ida a Jericó la consideran los Sinópticos como ascensión a Jerusalén, porque de hecho el término del viaje era la capital, y Jericó iba a ser paso nada más.  El Señor viene de Efrén. No creemos que fuera directamente de Efrén a Betania, sino que de Efrén se dirigió a Jericó y de allí a Betania y Jerusalén. Tal vez ha dado vuelta para hacer tiempo. De hecho en Jerusalén ya hay peregrinos, y echan de menos a Jesús (Jn 11, 55-56)”[5].  ¿Cuándo ocurre? En Febrero del año 30 ya cercana su última Pascua[6].  ¿A quién hizo la predicción? A los doce dicen los tres sinópticos.

            ¿Quién va a ser entregado? El Hijo del hombre en los tres sinópticos.  ¿Qué le va a suceder? Será entregado a los sumos sacerdotes y escribas, le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, (Mt, Mc y Lc); lo escupirán (Mc, Lc), lo insultarán (Lc), lo azotarán (Mt, Mc y Lc) y le matarán (Mc y Lc) con muerte de cruz (Mt) y al tercer día resucitará (Mt, Mc y Lc). Lucas también agrega un dato interesante: se cumplirá lo profetizado acerca del Hijo del hombre.

            Si bien no dice explícitamente donde va a suceder esto, podemos entenderlo de las palabras “Mirad que subimos a Jerusalén” (Mt, Mc y Lc) “y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre” (Lc). Lucas agrega que nada comprendieron de esto, sus palabras les quedaban ocultas y no las entendían.

            Esta tercera predicción es más detallada pues agrega cosas más particulares sobre lo que van a hacer con el Hijo del hombre.

 Conclusión

             ¿Qué nos dicen en resumen las tres predicciones de la Pasión? Que el Hijo del hombre, es decir, Jesús, va a sufrir en Jerusalén, cumpliendo allí todo lo que dijeron los profetas. Va a ser entregado a los sumos sacerdotes y escribas que lo reprobarán, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para burlarse de él, va a sufrir mucho, lo escupirán, lo insultarán, lo azotarán y le matarán crucificándolo y al tercer día resucitará.

            Esta es la profecía que dijo Jesús ante sus discípulos en las tres predicciones desde Cesarea de Filipo a Jerusalén. Entre la confesión de Pedro y la última Pascua de su vida.  Sin embargo, a pesar de la claridad de la profecía y de los detalles de ella, los evangelistas dicen que los doce no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

            Creo que los datos de la Pasión los entenderían mejor porque conocían casos de crucifixiones y por eso al decirles estas cosas se entristecieron. De todas maneras la crucifixión de Jesús chocaba con la concepción mesiánica que tenían. De hecho, después de la tercera predicción de la pasión se presenta la madre de los Zebedeo[7] para pedirle un puesto en su reino para sus hijos porque seguramente pensarían que sería conquistado al subir a Jerusalén. Además ante la ambición de los doce por ser ministros del reino Jesús les habla sobre el servicio como distintivo de los que pertenezcan al reino que va a instaurar[8]. Hasta Pedro en nombre de los doce después de su confesión quiso apartar a Jesús de su Pasión[9].

            No entendían nada sobre la resurrección pues era para ellos un término y un concepto totalmente nuevo, al menos, sobre una resurrección personal después de tres días de muerto. De hecho sabían de la resurrección final porque lo habían oído hablar de ella ante los saduceos[10] y también habían escuchado la conversación de Marta con Jesús[11]. En aquella conversación Jesús les dijo que Él era “la resurrección y la vida” y ellos vieron con gran asombro el poder de Jesús para resucitar a Lázaro pero nunca llegaron a entender, a mi modo de ver, la resurrección del mismo Jesús aunque la había profetizado. Sólo creyeron en ella después de haber estado con Él en su nueva vida de resucitado y sobre todo con perfección después de Pentecostés.

[1] Leal, Sinopsis Concordada de los Cuatro Evangelios, BAC Madrid 19612, 220

[2] Leal, Sinopsis Concordada de los Cuatro Evangelios…, Plano Gráfico del Ministerio público del Señor.

[3] Cf. Leal, Sinopsis Concordada de los Cuatro Evangelios…, 223

[4] Mc 9, 14-29p

[5] Leal, Sinopsis Concordada de los Cuatro Evangelios…, 249

[6] Leal, Sinopsis Concordada de los Cuatro Evangelios…, Plano Gráfico del Ministerio público del Señor.

[7] Mt 20, 20-28p

[8] Mt 20, 24-28p

[9] Mt 16, 22

[10] Lc 20, 27-39

[11] Jn 11, 24-25

Instrumentos en las manos de Dios

INSTRUMENTOS

EN LAS MANOS DE DIOS

Extracto de “Medios divinos y medios humanos”.

San Alberto Hurtado

“Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien” San Alberto Hurtado

Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino. Lo único que impediría nuestra santificación en el obrar es la independencia del querer divino. Este sería el camino de la esterilidad, como el de la dependencia será el de santificación.

Supuesta la voluntad de Dios, todas las criaturas son igualmente aptas para llevarnos al mismo Dios: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, acción o contemplación, evangelio, liturgia, prácticas ascéticas: lo que Dios quiera de nosotros. Entre las manos de Dios cualquiera acción puede ser instrumento de bien como el barro en manos de Cristo sirvió para curar al ciego.

Cualquiera de nuestras acciones por más material que parezca, con tal que sea una colaboración con Dios, hace crecer la vida divina en nuestras almas. ¿Hay un criterio para poder distinguir las acciones nuestras que son una colaboración con Dios de las que no lo son? Sí. La unión de nuestra voluntad con la de Dios. La voluntad de Dios es la llave de la santidad: aceptar esta voluntad, adherir a ella es santificarnos.

Pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa. Esta tendencia establece un divorcio entre la religión y la vida y puede llegar hasta hacer despreciar el cumplimiento de los deberes de estado aun los más elementales. El miedo de la acción, la convicción que la actividad humana aleja de Dios arrojan estas almas en la mediocridad y en la rareza; no pocos se vuelven orgullosos y testarudos.

No es raro que estas personas ilusionadas no tengan sino desprecio por la cosas de este mundo. No consideran a Dios como causa de su obrar y como alma de sus operaciones sino como un fin al cual hay que tender y este fin situado más allá de lo creado se alcanza por una elevación intelectual que ellos creen mística. Se desinteresan éstos de los progresos terrestres y de las calamidades que pesan sobre la sociedad humana. Allí no está Dios. Dios está en el cielo. De aquí una concepción de la vida espiritual sentada alrededor de algunas virtudes pasivas y secretas que ellos entienden a su manera.

“Qué haría Cristo en mi lugar”

Toda esta concepción de la vida nace de un desconocimiento de la doctrina de la colaboración del hombre con Dios. Si Dios no actúa en este mundo sino que únicamente nos aguarda en el otro es evidente que es una locura detenerse a considerar esta vida mortal y preocuparse en algo de las cosas finitas que nos alejan del infinito. Pero al que considera esta vida como la obra amorosa de un padre que nos la ha dado para su gloria; que nos la ha dado hasta el punto de enviar a su Hijo único a esta tierra a revestirse de nuestra carne mortal y tomar nuestra sangre e incorporar en sí como en un resumen todas las realidades humanas: para el que esto piensa este mundo tiene un valor casi infinito. Este mundo sin embargo lo mira no como el estado definitivo de su acción, sino como la preparación para la consumación de su amor con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Mientras tanto con su sacrificio de oraciones se une al Verbo Encarnado y agrega en lo que falta a la pasión de Cristo para salvar otras almas y dar gloria a Dios.

El que ha comprendido la espiritualidad de la colaboración toma en serio la lección de Jesucristo de ser misericordioso como el Padre Celestial es misericordioso, procura como el Padre Celestial dar a su vida la máxima fecundidad posible. El Padre Celestial comunica a sus creaturas sus riquezas con máxima generosidad. El verdadero cristiano, incluso el legítimo contemplativo, para semejar a su padre se esfuerza también por ser una fuente de bienes lo más abundante posible. Quiere colaborar con la mayor plenitud a la acción de Dios en El. Nunca cree que hace bastante. Nunca disminuye su esfuerzo. Nunca piensa que su misión está terminada. Tiene un celo más ardiente que la ambición de los grandes conquistadores. El trabajo no es para Él un dolor, un gasto vago de energías humanas, ni siquiera un puro medio de progreso cultural. Es más que algo humano. Es algo divino. Es el trabajo de Dios en el hombre y por el hombre. Por esto se gasta sin límites. Quisiera que los colaboradores no faltasen a Dios. Sabe que Dios está dispuesto a obrar mucho más de lo que lo hace, pero está encadenado por la inercia de los hombres que deberían colaborar con El. Como San Ignacio, piensa “que hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprendan perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos”.

Frente al error que acabamos de señalar hay otro no menos grave que deriva también de una incomprensión de la espiritualidad de la colaboración. Hay personas, como se ve a diario que están de tal manera obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que olvidan casi completamente la causa invisible de este bien. Su celo es admirable. No tienen más que una idea: hacer avanzar el reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril.

Tienen un inmenso celo de la perfección de los otros pero poco celo de su propia perfección. Semejan al artista que preocupado de la función teatral que prepara no guarda tiempo para prepararse él mismo para ella. La realización de sus proyectos los absorbe en tal forma que no tienen tiempo ni fuerza ni gusto para pensar en su alma. Están devorados por la acción. A solas con Dios se aburren; están pensando en la acción que los aguarda y dan como excusa las necesidades del apostolado. Algunos para remediar a su mediocridad introducen en su vida algunos ejercicios de piedad pero su remedio es insuficiente y demasiado exterior a la misma actividad. Algunos llegan a extrañarse que se les pida otra cosa que una abnegación total en la acción. Desprecian secretamente la contemplación, la paz y el silencio.

El motivo de “la voluntad de Dios” es el lema para estar seguro de cumplir nuestra misión sobrenatural, mejor aún que el de la “gloria de Dios”, pues a veces el lema de la gloria de Dios encubre nuestra voluntad bajo pretextos especiosos. En resumen la gran ilusión de los activistas está en gastar demasiados esfuerzos en producir frutos y de hacer demasiado pocos esfuerzos por vivir en Cristo. De esta falta de vida en Cristo se sigue la esterilidad real de su apostolado ya que, como dijo Jesús, “sin mí no podéis nada”; y en cambio, el que cree en El hará las obras de Cristo y aún mayores; pero creer en Cristo es estar incorporado en El por una fe viva que supone la caridad. El sarmiento que no está incorporado a la vid no puede dar frutos, nosotros tampoco si no permanecemos en Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

Animarse a la santidad

Un llamado universal

 

P. Jason Jorquera M.

San Rafael Arnáiz

A veces al leer la vida de los santos, encendidos en animoso ardor, decimos “qué admirable, qué grandioso sería hacer aquello”  y nos quedamos en el umbral contemplando impresionados, pero sin entrar a compartir y realizar aquellas grandes hazañas. ¿Por qué nos estancamos en vez de fluir como agua de vertiente?; sí, es cierto, nadie está obligado a lo imposible, ya que no todos tenemos las mismas cualidades y/o facultades físicas ni espirituales, y sin embargo, es cierto también que todos estamos llamados a fluir e ir arrastrando en nuestras aguas aquellos “minerales” que la tierra nos va proporcionando. Los minerales son los beneficios, dones, talentos, etc., que tenemos que llevar a las almas -y lo digo especialmente como religioso-; y la tierra es la gracia, que es la que nos entrega todos esos beneficios. Corramos pues por aquella buena tierra.

Quizá alguno objete: “pero ¿qué soy yo, pequeño riachuelo, comparado a aquellos magníficos torrentes que son los santos?”, y no obstante, muchos de aquellos torrentes comenzaron siendo pequeños hilos de agua; algunos incluso en su momento fueron tierra árida y seca, pero la primera y más grandiosa obra que realizaron fue la de ser dóciles a la gracia y esto está a nuestro alcance, no lo podemos objetar. “Un santo no nace, se hace” reza el dicho; ¿hasta cuándo, pues, nos excusaremos en nuestra debilidad, propia de nuestra naturaleza caída?; es cierto que somos frágiles e inclinados al mal, pero también es cierto que la gracia que nuestro Señor Jesucristo nos concedió gratuitamente en la cruz eleva nuestra naturaleza hacia las cumbres más altas e inimaginables de la vida espiritual: el mismo San Pablo antes de ser el apóstol de los gentiles fue el perseguidor de los cristianos, pero donde  abundó el pecado sobreabundó la gracia[1] -nos dejó escrito después él mismo-, y nuestro Señor Jesucristo nos dice sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial[2], y evidentemente Él no pide nada sin antes concedernos la gracia que necesitamos para su cumplimiento, de ahí que también se diga: haz lo posible y lo imposible déjaselo a Dios.

Venerable Antonietta Meo

Ciertamente que no es fácil, es necesario pasar por la cruz, y ése es exactamente el denominador común entre todos los santos, que son aquellos que sinceramente quisieron imitar a Cristo, pero a Cristo Crucificado. Así también debemos tener en claro que todo árbol por enorme e imponente que se vea salió de una pequeña semilla que paulatinamente se fue regando antes de llegar a ser lo que es. Es verdad que Dios si quiere puede encender un alma hasta hacer que se funda en amor, pero eso dejémoselo a Dios que obra libremente en quien quiere, cuando quiere y cuanto quiere: ¿quién eres tú para pedirle cuentas a Dios?[3]; conformémonos con los medios ordinarios que en sí mismos son extraordinarios pues que Dios habite en nuestras almas por su gracia ¿no es acaso una desbordante y desproporcionada muestra de su infinita misericordia?, reguemos, pues, la semilla que Dios ha plantado en nosotros, pongamos cada día en nuestros actos el mayor fervor posible; por insignificante que parezca lo que hacemos, cuando es hecho con total entrega siempre glorifica a Dios y predispone nuestra alma al aumento de santidad y méritos que posteriormente recibiremos de nuestro Creador.

San Martín de Porres se santificó con la escoba y Dios, además, lo coronó con grandiosos prodigios ya desde su vida aquí en la tierra, los cuales “no son requisito necesario” o demostración de la práctica de las virtudes humanas que nos llevan a las heroicas. Tantos santos hay que jamás hicieron grandes milagros en la tierra y, sin embargo, llegaron a altísimos grados de contemplación y unión con Dios; como por ejemplo el mismo san José del cual históricamente no tenemos prácticamente datos escritos o testimonios de que ya en su vida terrenal haya realizado grandes y maravillosos milagros, es más, ni siquiera en los evangelios podemos encontrar siquiera algunas palabras salidas de su boca, simplemente se santificó amando a Dios sobre todas las cosas en una humilde y sencilla carpintería; y pensemos con cuánto amor amaba a Dios que Él mismo lo eligió como custodio de sus dos más grandes tesoros: su propio Hijo y su madre. No busquemos hacer milagros, ni realizar grandes hazañas a los ojos de los hombres, sino sencillamente esforcémonos en dar gloria a Dios incondicionalmente, eso es la santidad. Si queremos gloriarnos que sea en Jesús y en nada más;  pongamos los medios que nos permitan nuestras fuerzas, pero “todas nuestras fuerzas” al servicio y entrega a Dios, en nuestro estado, en nuestro oficio, pero sobre todo hagámoslo siempre para la Mayor Gloria de Dios y salvación de las almas: quizás no podré realizar las grandes penitencias de un San Pedro de Alcántara pero sí arrodillarme un minuto ante el sagrario, y después cinco, y después más o tal vez no, pero poniendo todo de mi parte aun cuando no logre todo lo que quiera pues más importa hacer todo lo que Dios quiera; quizás tampoco podré dormir menos de una hora al día como hacía Santa Catalina de Siena, ni mucho menos convertir a un pecador con dos o tres palabras como San Juan María Vianney; pero sí puedo, como todos ellos, pedirle a Dios constantemente crecer en las virtudes que me asemejan a Cristo, ese es un derecho que el mismo Mesías nos regaló y que no debemos desaprovechar en absoluto, ya que Él mismo nos dijo Pedid y se os dará…[4], y por más insignificantes y miserables que seamos podemos siempre rogar confiadamente al Cielo sin dejar que nuestra miseria nos oprima, ya que si bien es cierto que somos pecadores y de naturaleza caída también es cierto que somos imagen y semejanza de Dios[5]. Podemos llorar nuestros pecados ¿Quién nos lo impide?, y ¿acaso no fue esta una actitud fundamental en la vida de los santos?, ¿apuntamos a lo accidental o a lo esencial en nuestra vida ascética?; podemos también ayudar a Cristo en nuestros hermanos, podemos imitar a Cristo en la cruz rogando por nuestros enemigos, perdonando a quienes nos han ofendido, haciendo pequeños sacrificios, ofreciéndole nuestras buenas obras, etc., en fin, viviendo movidos por la caridad iluminada por la fe y fortalecida por la gracia: si después Dios nos quiere exaltar con prodigios extraordinarios que haga como a Él le plazca pues para eso es Dueño y Señor de la creación entera, pero si no ocurre así ¡lo mismo bendito sea Dios!, pues como dijimos anteriormente aquellas “cosas extraordinarias” no son necesarias para progresar sino mero don gratuito de Dios; de nuestra parte corresponde dar el puntapié inicial y seguir caminando abandonados con plena confianza en Él. No debemos ser mediocres y estancarnos sino fluir incansablemente animados por la gracia, entregados completamente, para que Dios pueda obrar en y por nosotros aquel hermosísimo plan divino de salvación que nos tiene preparado desde toda la eternidad: He aquí nuestra santificación, en ser dóciles al Espíritu Santo en aquello que Dios me pide “a mí”, porque la salvación es personal, la santificación también, y yo me santifico en aquello que la voluntad divina tiene preparado para mí. Es verdad que puedo y es muy loable querer hacer lo que los santos han hecho pero cada uno de ellos llegó a ese elevado grado de unión con Dios siendo fiel al Espíritu Santo en el designio divino que tenía para ellos en concreto, designio que si bien puede materialmente parecer inclusive el mismo para mí o ser mi ideal (por ejemplo el monje que quiere imitar a san Antonio, o el médico que desea ser como san José Moscati) es concretamente distinto pues yo soy una persona realmente diferente, que debe ser fiel a Dios en aquello que propiamente Él me pide: de ahí la importancia de la docilidad, sea ésta manifestada (como ocurre de ordinario) en el director espiritual o claramente por moción divina. Eso es lo que nos eleva y diviniza, el cumplimiento de lo que Dios me tiene preparado a mí y hacerlo con el mayor entusiasmo posible.

Santa Gianna Beretta Molla

Finalmente no debemos cometer el grave error de querer solamente imitar a los santos, pues si queremos verdaderamente emular sus virtudes ha de ser porque éstas son participación de las de Cristo y por tanto siempre limitadas por extraordinarias y heroicas que sean: Cristo es el modelo perfectísimo que debemos imitar; si obramos como los santos es porque aquellos resaltan de modo admirable (lo cual es innegable) algún o algunos de los muchos aspectos de la perfección de Cristo, y queremos ser como ellos porque queremos ser como Jesucristo, ese es nuestro fin: la amorosa configuración con nuestro Señor Jesucristo que se da sólo, como ya sabemos, en la cruz, en su bendita cruz a la cual nos invita a clavarnos junto con Él para resucitar así también con Él. No le neguemos nada entonces y seamos generosos con aquel que fue primero desmedidamente generoso con nosotros sin haberlo merecido, porque, como decía el doctor melifluo: La medida del amor a Dios es amarlo sin medida.

Pidámosle a la Santísima Virgen María, madre de nuestro modelo a imitar por excelencia, la gracia de parecernos a su Hijo, empezando por las cosas pequeñas pero sin dejarnos desanimar por nuestra miseria y finitud sino más bien encendiendo cada uno de nuestros actos en el amor divino cuyo apogeo es el calvario: No hay cosas grandes ni chicas, pues todo es para la mayor gloria de Dios. (P. Casanova).

Que la santísima Virgen sea nuestra maestra,

Y nuestra escuela el crucifijo.

[1] Ro 5,20

[2] Mt 5,48

[3] Ro 9,20

[4] Cfr. Jn 16,24

[5] Cfr. Gén 1,26

Carta del P. Hurtado

Carta a uno que no concreta su vocación

3 de junio de 1945, Loyola

Mi querido […]:

Esta mañana, al leer en la santa Misa el Evangelio de hoy, me ha venido un fuerte deseo de escribirte para decirte algo que tengo atravesado entre el pecho y la espalda desde hace tiempo, y que jamás me atrevía a decírtelo, a pesar de la confianza que me has dado, por respetar en forma total tu libertad, como tú has visto que lo he hecho siempre….

Si recuerdas el santo Evangelio de hoy (S. Lucas 14,16-24), el Señor hizo una cena y los llamados comienzan a excusarse con los pretextos más fútiles desairando así a quien generosamente los había invitado. Esta lectura me trajo a la mente tu recuerdo, pues, si quieres que te diga francamente mi impresión, ésta es que tú querrías servir a Cristo, ser generoso con Él, pero que no acabas nunca de decidirte a cortar las amarras, porque éstas son fuertes, justas, santas, bellas, las más bellas en el orden de lo lícito: las del hogar donde uno ha nacido, y en un caso como el tuyo, de un hogar donde todo el cariño se reconcentra en el hijo único. Yo debo pensar en los que el Señor ha confiado a mis cuidados y muchas veces he pensado que tu inconsciente lucha muy fuertemente contra el llamamiento del Señor que te dice HOY, y tú le dices: MAÑANA… y yo me temo que ese “mañana”, pueda equivaler a “nunca”, como ha resultado verdad para tantos amigos nuestros, incluso para otros que, en el mismo puesto que tú ocupas en la A. C., sintieron un día el llamamiento de Cristo y hoy van por otro camino, honesto, lícito, pero que no es el que ellos creyeron en un primer momento, y en el que yo siempre he pensado que habrían dado más gloria a Dios, si a tiempo hubiesen marchado generosamente. Después, los oídos se endurecen, los ojos no tienen la finura para percibir y llega uno a creerse no llamado.

Tú has reaccionado violentamente contra una actitud semejante, pero te pido, […], que delante de Nuestro Señor, ante su Cruz pienses si eres sincero con Él al esperar aún más; o si no sería mejor afrontar la dificultad en la forma más valiente que sea posible: fijarte una fecha, hablar con tus padres, quemar las naves y echarte al agua, esto es, en los brazos de Cristo para trabajar por su gloria y por la salvación de las almas. Si tú en tu conciencia crees que la conducta debe ser otra, ten por no dichos mis consejos, pero si la voz de Cristo persiste, tú que has “puesto la mano al arado no vuelvas los ojos atrás”, porque ese “no es apto para el Reino de los cielos”. “El Reino de los cielos padece violencia y sólo los esforzados lo arrebatan”. “El que ama su alma la perderá y el que la perdiere por mí la hallará”. “El que quiera venir en pos de Mí, niéguese, tome su cruz y sígame”. [cf. Lc 9,62; 16,16; 17,33; 9,23].

Quizás el Señor espera para bendecir a la A. C. y a otras vocaciones en germen, tu sacrificio. No dudes en hacer en cada momento, hoy mismo, lo que creas delante de Dios que debas hacer. El mañana es muy peligroso.

Esta carta es sólo para ti, y tu confianza para con tu ex-asesor y [actual] Director espiritual es la que me ha dado fuerzas para escribirla. Ruega a Jesús que yo también no ponga obstáculos a sus designios sobre mí. Afectísimo amigo y hermano en Cristo.

Alberto Hurtado C. s.j.

La Eucaristía…

Realización de las más sublimes aspiraciones del hombre

Por san Alberto Hurtado

FPH016
El Padre Hurtado celebrando la santa Misa

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes…

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario…

padre pio calizAhora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

La Felicidad

El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).

Cambiarse en Dios

El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es Él quien domina mi vida, en su realidad más íntima.

Hacer cosas grandes

El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…! He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

Unión de caridad

En la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial.

 08viajesHacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

San Alberto Hurtado, “La búsqueda de Dios”