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MUÉSTRAME TU GLORIA

Mirándote ahí no puedo

sin gemidos suspirar

hasta el cielo suplicar

y Tu perdón he de implorar

porque mucho he pecado.

 

Velo traigo en mis ojos;

nada puedo contemplar.

En Tu Corazón deseo entrar

para Tu Gloria vislumbrar

y el Amor que a mí has dado.

 

Crucificado y escarnecido,

atormentado y afligido.

Como el Profeta Mayor en la historia,

Te pido: “Muéstrame Tu Gloria”.

 

Resucitado y Glorificado,

de toda Vida y Salud colmado.

Como el ladrón en el Calvario,

Te pido: “Acuérdate de mí en Tu Gloria”.

 

P. Harley Carneiro, IVE

EL GRITO

 

Cuando del alto de un madero Tú gritabas,

atraías corazones; redención les ofrecías,

cuando apenas te miraban, grande paz les concedías,

por un grito que en la agonía

de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando de un madero elevado proclamabas

Redención y Salvación nos ofrecías

a pesar de cuantas faltas te traían

Tú corazón enternecido se encontraba

cuando con un grito dolorido

de dentro de Tu pecho exhalabas.

 

Cuando del Trono de la Cruz gritabas,

al mundo entero y más allá te dirigías,

almas pesarosas, manchadas de tinieblas Tú querías.

“¡Tengo sed!” desde el Gólgota se escuchaba

cuando por un grito exprimido entre dolores

del profundo de tu alma exhalabas.

 

Cuando en Sicar ya no gritabas,

a un corazón afligido le socorrías.

“¡Tengo Sed!” también a ella le decías.

Paso a paso te revelabas y

manantial de Agua Viva prometías,

como en el susurro de un grito,

a una Samaritana al mediodía,

del fondo de Tu pecho susurrabas.

 

Cuando entre mis dedos te elevas,

en muchos corazones Tú pretendes

adentrarse y hacer morada cada día.

Pero a mí, cual Samaritana en el camino,

me gritas: “Tengo Sed!” y susurrando

Te respondo a Ti Eucaristía,

cuando dentro de mi pecho Te adentras,

y sediento de mi corazón te sacias.

 

P. Harley Carneiro, IVE

DESNUDECES

Viendo tu cuerpo herido así desnudo

inerte y tan perfecto,

teniendo abierto así el pecho

por sufrimientos tan crudos;

de un Amor así no dudo

[y creo],

mirando a tu cuerpo así desnudo

inerte y tan perfecto.

 

Tu Santo cuerpo así desnudo,

de Gloria pleno y de Vida.

De un Sepulcro a la alborada

qué puertas abres para el mundo.

De oír promesa así no dudo

[y espero],

que de tal Cuerpo así desnudo

de gloria me llene y de vida.

 

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

Feliz el hombre que ha creído

que el sacerdote en manos pudo

traer a Dios aquí, y recibiéndote no dudo

[y amo],

Sublime Cuerpo así desnudo

de Divinidad desposeído.

 

P. Harley Carneiro, IVE

 

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO – SAN AGUSTÍN

Este relato del evangelio se ha hecho tan célebre por ser tan grande milagro, que ni aun infiel hay que no haya oído hablar de la resurrección de Lázaro; ¿cuánto más conocido no será de los fieles, cuando ni los infieles han podido ignorarlo? Y, sin embargo, cuando se lee, el alma parece como que asiste a una escena siempre nueva. No está fuera de lo razonable que repitamos nosotros lo que solemos decir sobre la resurrección esta; ni debe daros fastidio, me parece, lo que yo diga; al fin, más veces oís leerlo que comentarlo; porque, si acontece leerlo fuera de un sábado o de un domingo, no se predica. Lo digo para que no torzáis el rostro ahora que vamos a decir algo, ni salga nadie con un «Ya otras veces dijo eso»; también lo ha leído el diácono más veces, y lo habéis oído con gusto. Atención, pues.

2. Enséñanos el santo evangelio haber Jesucristo resucitado tres muertos: a la hija del príncipe de la sinagoga, pues, habiéndosele dicho que se hallaba enferma de gravedad, fue a su casa, donde la encontró muerta; le dijo: Muchacha, levántate; yo te lo mando, y se levantó.

Otro es un joven llevado ya fuera de las puertas de la ciudad y amargamente llorado por su madre viuda; él lo vio, mandó que se detuviesen los que le llevaban y dijo: Joven, levántate; yo te lo mando; y el muerto se sentó y comenzó a hablar, y se le devolvió a su madre.

El tercero es este Lázaro al que acabamos de ver con los ojos de la fe muriendo y resucitando en virtud de un prodigio mucho mayor que los anteriores y blanco de una gracia extraordinaria, pues llevaba cuatro días muerto y ya hedía; con todo, fue resucitado. ¿Qué significan estos tres muertos? Algo, sin duda; los milagros del Señor son palabras de sentido misterioso. Tres géneros de muerte hallamos en los pecados de los hombres. Traed a la memoria estos tres muertos. Había primeramente muerto aquella doncella en su casa; aún no había sido alzado su cadáver; al joven le habían sacado fuera de las puertas de la ciudad; Lázaro ya estaba sepultado y oprimido bajo la mole de piedra. ¿Cuáles son, pues, los tres géneros de muerte que hay en los pecados? Digo: si uno consintió en su corazón el mal deseo, resolviendo ceder a la suavidad de sus halagos, está ya muerto. Nadie lo sabe, aún no fue sacado fuera; es muerte secreta, en su casa, en su cuarto; pero muerte. Nadie diga que no cometió adulterio si determinó cometerle; si ha consentido a la delectación que le impulsaba blandamente a cometerlo, ya lo cometió; él es adúltero, ella casta. Preguntad a Dios, y él os responderá sobre esta muerte doméstica, interior, de la muerte en el lecho, lechos de los que leemos: Compungíos en el silencio de vuestros lechos de las cosas que andáis meditando en vuestros corazones. Oye la sentencia del resucitador en punto a este morir: Quien a una mujer casada mira para desearla, adulteró ya con ella en su corazón, si bien no llevó aún a efecto la fornicación corporal. Más a las veces le mira el Señor, y se arrepiente de haber determinado hacerlo, de haber consentido; en su lecho ha muerto y en su lecho resucita.

Pero, si ejecuta lo pensado, ya la muerte se puso en marcha, ya salió fuera; mas por el arrepentimiento se le da fin, y el muerto llevado a enterrar es devuelto a la vida. Pero si a la consumación de la obra se allega la costumbre, ya hiede y tiene encima de sí la losa de la mala costumbre; mas ni aun a éste le abandona Cristo; poderoso es para resucitarle también, aunque llora. Hemos oído, cuando se leía el evangelio, haber Cristo llorado a Lázaro. Los oprimidos por la costumbre están aprisionados, y Cristo brama para resucitarlos. Mucho, en efecto, los increpa la palabra divina, mucho les grita la Escritura, y también es mucho lo que yo grito para ser oído y felicitarme de la resurrección de este Lázaro.

Quitad, dice, la piedra, pues ¿cómo puede resucitar el consuetudinario si no se le quita el peso de la costumbre? Clamad, ligadle, acusadle, removed la piedra; cuando veáis a uno de ésos, no queráis daros tregua; es cosa trabajosa, más el trabajo ese remueve la piedra. Aquel cuya voz traspasa los corazones sea el que grite: Lázaro, sal fuera; esto es, vive, sal del sepulcro, muda la vida, da fin a la muerte. Y el muerto salió atado con las vendas; porque, si bien el consuetudinario cesa de pecar, todavía es reo de lo pasado, y necesario es que ruegue y haga penitencia por lo hecho, no por lo que hace, pues ya no lo hace; está vivo, no lo hace, pero aún está ligado por las cosas que hizo. Luego es a los ministros de la Iglesia, por medio de los cuales se imponen las manos a los penitentes, a los que dice Cristo: Desatadle y dejadle ir. Dejadle, desatadle: Lo que desatéis en la tierra, desatado quedará en el cielo. (Quien me hubiese oído ya esto que ahora dije y lo recordaba, imagínese estar leyendo lo que entonces escribió; y quien no lo había oído, escríbalo ahora en su corazón para leerlo cuando guste.)

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º), t. XXIII, Sermón 139A, 1-2, BAC Madrid 1983, pág. 270-73

Finalmente reconoció al Rey de reyes…

Sobre el buen ladrón

Mons. Fulton Sheen

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate y sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino”.

Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos que todo estaba ganado, nuestro Señor rompió el silencio. El que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tornó en Divino Asesor de las almas cuando contestó el ladrón penitente con estas palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Este día, en que dices la primera y última plegaria; hoy, tú estarás conmigo y donde yo estoy; esto es, en el paraíso. Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre Celestial como la Gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz, la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa —Hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía, Nuestro Señor no sufre solo en la Cruz, sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo Místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido su recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por tanto, no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir más en las nuestras. Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a El en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participantes de su Cruz, podamos ser también participantes de su Gloria en el Cielo.

Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias, unidas con la suya en la patena, del altar. Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y los distribuiría, entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta, en el Ofertorio. ¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan a nosotros el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas dos cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros mismos al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo las apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es éste: Una gran cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como una oblación pura, al Padre Celestial. En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme”. Al hacerlo así no nos pide algo que El no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor” Así era el ladrón.

Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como el verdadero Rey de los Reyes.

Fragmento del libro “El Calvario y la Misa”.

TAHÚRES EN EL CALVARIO – FULTON SHEEN

FRAGMENTO DEL LIBRO EL ETERNO GALILEO (Fulton Sheen)

Capítulo 11: Los tahúres en el Calvario

“[…] Las escenas cambian, pero la lección sigue siendo la misma. La Divinidad está aún en el mundo, y el mundo no la recibe. En todas sus clases sociales, el mundo continúa jugando las perlas de la eternidad por las lentejuelas del tiempo, sin dignarse dar siquiera una mirada a la Divinidad que Cristo ha dejado a su Iglesia. Si quieres saber dónde está la Divinidad en el siglo veinte, busca la Iglesia que ellos rechazan con la misma indiferencia crucificante con que rechazaron en el siglo primero al Señor de los cielos y la tierra. Observad la indiferencia en los campos de educación, política internacional, y religión.

[…] Entrad ahora al campo de la política internacional. Año tras año, en Washington, Londres, Genova y Lausanna, los representantes de las grandes naciones se congregan en un deseo verdaderamente sincero por unir a todos los pueblos en un lazo de unidad y paz. Pero año tras año sus tratados fracasan: ¿Y por qué?  Porque no hay nada fuera de las naciones para unirlas. Un hombre no puede envolver un paquete si él es parte de ese paquete; un hombre no puede hacer su valija si él es uno de los artículos que va dentro de esta valija. De igual manera, las naciones no pueden ligarse unas a otras en una liga si ellas son parte de esa liga. Y si son parte de esa liga sus tratados meramente significan obediencia o algún otro político más; y si nosotros difícilmente obedecemos a nuestros propios políticos, sólo el cielo sabrá si obedecemos a un político más. Sólo hay una cosa en el mundo que puede unir a todas las naciones en el lazo de paz, y tiene que ser algo fuera de las naciones mismas. Pero hay una sola cosa en el mundo que no solamente es internacional sino también supra-nacional y es la Iglesia cuyo Vicario es el padre espiritual de toda la Cristiandad, y cuya única fuerza es la fuerza moral de la Justicia y la Bondad de Cristo. Como ha dicho James Brown Scott, secretario de la Dotación Carnegie para la paz:

“Una disputa que se pusiera ante el Estado del Vaticano para que éste decidiera, estaría libre de la sugerencia de fuerza material que obligase su aceptación; estaría desconectada de cualquier idea de expansión territorial; tendría una presunción de Justicia en su favor, porque el Estado mismo es el reconocimiento de la justicia; y la decisión, cualquiera que pudiera ser, forzosamente tendría que estar en conformidad con el código moral de los siglos, y estar dominada por una concepción espiritual de las cosas, sin la cual los jueces temporales a veces juzgan.”

 ¿Y sin embargo, cuál es la actitud de las naciones en frente a esta fuerza moral, que está por encima de las naciones porque tiene que ver directamente con la salvación de las almas? Año tras año las naciones se encuentran en el Calvario de los campos de batalla del mundo, arrojan los dados de la política internacional, discuten sobre patrones de oro, armas de largo alcance y balanza comercial, y en todo este tiempo está allí en medio de ellos alguien que vino a traer la paz al mundo y que podría ser el arbitro de las naciones porque es la fuerza espiritual que está fuera de las naciones: y ellos solamente se sientan y vigilan.

Sugerir a nuestros políticos internacionales que el Estado Vaticano es la única Corte Internacional de Justicia moral, sería tan absurdo como haber sugerido a los tahúres del Calvario que el Hombre en la Cruz es la Fuerza Moral del mundo; pero la verdad aún sigue en pie: la Salvación para las naciones está en lo que los hombres tanto ignoran, y en cuya presencia juegan sus trucos de intriga cuando se limitan a sentarse y vigilar.”

Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, conceda de su Hijo Amado, la paz que tanto necesita el mundo.

Ave María Purísima.

LA SED DE UNA MUJER

Del Tratado de San Agustín, obispo, sobre el Evangelio de San Juan

Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justificada aún, pero en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia, venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los gentiles, de los que no eran de raza judía.

Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad. Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues, a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer todos.

Jesús le dijo: «Dame de beber.» Mientras tanto sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alguna cosa para comer. Díjole la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que los judíos no alternan con los samaritanos.

Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer.

Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.» Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón. Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.

¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa.

Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendía aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de ese agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua.» La necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.

EL VERDADERO TEMOR DEL SEÑOR

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.

Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los hombres, tiene otro sentido.

El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.

En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el conocimiento de la verdad.

Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas. Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.

Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.

Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.

CUÁNDO DIOS MENDIGA UN CORAZÓN

“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4,10)

                No tengo dudas de que en este IIIº domingo de la cuaresma, la Iglesia nos propone unas de las páginas más hermosas de todo el Nuevo Testamento, una preciosidad de detalles que se hace tanto de parte de la “samaritana” -con todo el proceso de su conversión hasta reconocer a Cristo Nuestro Señor como Mesias- como también de parte de Cristo, que se nos revela como un verdadero manantial de agua viva. La escena comienza con la descripción del trayecto que hacía nuestro Señor en dirección a Galilea. Tras caminar por horas, llega a Sicar, que está en el territorio de Samaría, al norte de Jerusalén. Se detiene en el pozo de Jacob a descansar, pues como dice S. Juan estaba cansado del camino. A sus discípulos les había enviado a la ciudad a conseguir comida, quiso quedarse solo, era alrededor de la hora sexta; el sol ardía en el cielo azul primaveril de la región de samaria, y de repente se acerca una persona, una persona un tanto misteriosa; una mujer que llega hasta el pozo (justo en el que se encuentra nuestro Señor descansando), viene a coger un poco de agua, necesita para su vida cotidiana, sin embargo el horario y el modo como va, nos dan indicios de que lo hace buscando no ser vista; necesita mantenerse más lejos de los demás, algo en su conciencia le incomoda, le hace quedar inquieta…

                Se acerca la mujer con sus cubos, le extraña ver un judío sentado al borde del pozo, pero lo entiende: un viajero, cansado, hacer una pausa ahí para tomar un poco de agua y aliviar el peso del camino no sería una cosa del todo inusual. Sin embargo, nuestro Señor la observa, más, mucho más de lo que las simple apariencias. “El señor mira al corazón”… Sabe de las necesidades del hombre, sabe de sus debilidades, de sus límites… Él mismo está en este momento cansado, necesitaba descansar… Para demostrar su compasión con el género humano, para hacernos ver de modo claro que tenía semejanza en todo con nosotros -excepto en el pecado- le dice a la mujer: “Dame de beber”. Se sobresalta la mujer: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”… En este momento nuestro Señor se revela compasivo, tierno en sus palabras, profundo en su conocimiento de la pobreza y miseria humana, se muestra verdadero hombre, pero también se revela como verdadero Dios: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”… si conocieras el grandiosísimo don que Dios te concede en este momento, si conocieras a la miseria de la naturaleza humana como yo la conozco, con sus efectos, debilidades y todo lo que quieras, y más, si conocieras quién es el que te pide de beber, ¡ah, éste que te pide de beber es el mismo que les dio de beber a tus padres en el desierto!, el que te pide ahora de beber, puede parecer que necesita de esta agua para saciar una sed simplemente natural; sin embargo, si conocieras… ¡ah! La sed que me envuelve por todos lados es una sed que no se sacia con esta agua, tengo sed, sí… dame de beber mujer, dame de beber, lo único que necesito es que veas, que conozcas quién es el que te pide; cuando tengas este conocimiento, se colmarán tus anhelos, tus deseos serán saciados, beberías de una fuente de vida, de vida eterna, vida que no se acaba: yo soy la vida, si me pides de beber como yo te estoy pidiendo ahora, serías tú misma quién sería colmada de las abundantes aguas de la vida.”

                La mujer empieza su caminar en la fe, todavía desconocido para ella misma, pero el contacto con el Señor le va haciendo cambios profundos… Por ahora vuelve a interpelarlo llamándolo de Señor, sin embargo todavía no ha logrado comprender qué es lo que el Maestro le quiere enseñar. Acaso en las palabras con que pregunta a Jesús si es más que nuestro padre Jacob, nunca imaginaría que sí, es mucho más, este es aquel en quien Jacob creyó, por quien Jacob confió en las promesas del Señor. Pero este secreto todavía le es muy oscuro, la fe necesita de una fuente que sea inagotable, por eso nuestro Señor le revela a ella la plena saciedad que Él le puede dar si ella le pide… “si conocieras el don de Dios”… beberías del agua que puedo darte, y no solamente beberías y te quedarías saciada, sino que beberías y no tendrías más sed… y no sólo esto, sino que también se convertiría en ti misma en fuente, de ti surgiría un agua que salta hasta la vida eterna. En este momento, vuelve la mujer a presentarle al Señor su angustia, el Señor conoce las debilidades del corazón humano, sabe que deseamos el fin de las penas, sabe que el peso del pecado se nos hace cada vez más difícil de llevar, tener que salir en el medio del día, como a las escondidas, buscando huir de algo que jamás vamos conseguir huir, de nuestra propia conciencia. La mujer demuestra su deseo de no tener que buscar más agua natural, en efecto dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”, se me hace pesado tener que ocultarme de mi conciencia, busco saciar mi sed, hay un deseo en mí de estar saciada plenamente, si tú tienes de esta agua que me puede saciar, dame de ella Señor.

                Por más que ahora la mujer pide al Señor que le de de beber, no le pide con el conocimiento verdadero de lo que está pidiendo, ¡ah si conocieras el don de Dios!, si supieras que el agua de la cual hablo es algo que va mucho más allá de lo que te parece ahora… quiero, tengo sed, dame de beber, necesito que me dés de beber, necesito de materia para poder saciarte, la gracia (el “don de Dios”) que tengo para darte es algo que para que lo recibas, tienes que dármelo todo; ahora Jesús va más incisivo en la conciencia de la mujer: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. Una sentencia fría si la miramos superficialmente. El Señor que hasta entonces venía como alentando a la mujer, prometiéndole un don precioso, una gracia inestimable que le saciaría de todos sus deseos, se vuelve a ella como si fuese una especie de máquina de radiografía: llama a tu marido y vuelve. Busca en su conciencia la causa de su pesadumbrez, de su debilidad, de sus flaquezas. Jesús con su pregunta le toca en el corazón, ¿acaso viviendo con el hombre con la cuál vivía esta mujer, podría intentar engañarse a sí misma, a su propia conciencia diciéndose a sí misma que era su marido, que estaba bien, que andaba en la verdad? Sin embargo, al ser sorprendida con esta pregunta, no pudo esconder más la verdad: “No tengo marido”, tal vez que una respuesta bastante fría (seca) para una sentencia lanzada por el Señor también en el mismo tono; o quizás una respuesta un tanto corta para expresar una realidad un poco más profunda: “has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. El reconocerte pecadora ya te hace caminar en el camino de la humildad, andar en ella es la clave para empezar a beber de esta agua que yo puedo darte. En eso has dicho la verdad, no me lo ocultaste lo que pesa en tu conciencia.” Delante de sí mismo, uno debe tener la certeza de que no podemos ocultar nada, ahí es el santuario donde Dios nos habla. Cristo le dice a la mujer: “Tienes razón, que no tienes marido”. Te enfrentaste contigo misma, pusiste la verdad delante de tu engaño, delante de la mentira, delante del pecado, lo enfrentaste con la verdad. Reconocerlo es un paso.

                Jesús ahora, al demonstrar a la mujer que no solamente sufre en su cuerpo la debilidad de la naturaleza humana, siente en su debilidad las consecuencias del pecado, pero ahora le acaba de demostrar que es Dios, que conoce los corazones; es Dios, que “sondeas los abismos” más profundos de la conciencia, del corazón del hombre, ante sus ojos nada está oculto. Es verdadero Dios, todo lo conoce, pero ¡ah, si conocieras quién es el que te dice dame de beber…! Todavía la mujer no le reconoce de modo pleno, sabe que es algo más que un simple judío, el referirse a Él como Señor ya se queda atrás; le reconoce dones sobrenaturales, le tiene por profeta. El asunto cambia de rumbo, ahora que le reconoce por profeta, la conduce al tema de la religión, de su fe expresada de modo público: su creencia de que está en la verdad en cuanto a la práctica exterior de su fe le lleva a fiarse de la tradición de los suyos: “Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.” En su respuesta, Jesús deja en claro la verdad: la salvación viene de los judíos, además de esto, vosotros adoráis a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos. Sin embargo, esto a partir de ahora ya no será así, ya pues ya se acerca la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al padre en espíritu y verdad. Este es el deseo del Padre, por eso a partir de ahora, que se os ha dado a conocer algo de estos misterios, podéis vosotros también adorar al Dios verdadero, podéis conocerlo, por eso le pidió dame de beber, dame tu fe, créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ¡ah, si conocieras…! “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”… Cuando todavía nuestra fe es muy poca, o demasiado débil para comprender las realidades que Dios nos quiere mostrar, Él mismo se dispone a revelárnosla y a poner delante de nuestros ojos las realidades que no logramos comprender, este “¡ah, si conocieras el don de Dios!” Sólo puede ser plenamente satisfecho por obra de Dios mismo; el reconocimiento de Cristo como nuestro Salvador, como nuestro Redentor, como Salvador del mundo es también una gracia. La mujer demuestra su fe, su esperanza puesta en la llegada del Mesías para que les revele y les diga todo lo que está velado; por poco no puede reconocer delante de sí al que es fuente y origen de la gracia, “Soy yo, el que habla contigo”, créeme mujer… Ante dicha revelación ya desaparece la figura de la mujer. Luego de la revelación de nuestro Señor como el verdadero Mesías, vuelven sus discípulos y dice el texto que ellos se extrañaban de que [Jesús] estuviera hablando con una mujerLa mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y aquella que había salido en el sol del mediodía a buscar agua para saciarse y para mantener su vida, abandona los medios ordinarios para dar una saciedad temporal a sus deseos de infinitud. Entenderá ella que ahora, en espíritu y verdad será posible adorar a Dios, y más que eso, al menos por dos días, será posible que ella lo adore también en su presencia real: Jesús se queda dos días en el pueblo. Se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Sin embargo, por ahora podréis hacerlo en espíritu y verdad, nuestro Señor se queda unos días con ellos, enseñándoles las verdades de la fe, la plenitud de la fe, esta fe oscura que para muchos estaba velada.

En verdad, la salvación viene de los judíos, pero viene para todos; de nuestra parte, el Señor nos pide, como condición para recibir esta salvación, una cosa: Dame de beber. Esta sed de almas, sed de nuestra entrega total a Él, sed de nuestra adhesión plena a la Verdad, le acompaña hasta sus últimos momentos; en lo alto de la cruz Él exclama y al mismo tiempo suplica: “Tengo sed”; en Sicar, bastó con que hablase a solas con la samaritana y le pidiese de beber, pero como su alimento es hacer la voluntad del que le envió y llevar a término su obra, tenía que ir más allá, tenía que decirle al mundo entero, a todas las generaciones que esta obra que el Padre le tenía preparada para que llevase a cabo, fuese concluida, por eso su sed aumentó creció tanto que necesitaba un púlpito para que se escuchase y sonase más lejos su voz, por eso sube al púlpito de la Cruz para gritarle al mundo y “suplicarle” que le sacien: Tengo sed, dame de beber. A nosotros nos cabe acudir a Él y “saciarlo” de esta sed, y así esta agua de la cuál vamos beber, agua que brotó de su lado abierto, junto con su preciosísima Sangre, se convertirá en nosotros en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna; por eso, al depararnos con este misterio, debemos pedirle a Dios que nos de a conocer este inmenso don que nos da en su Hijo; que reconozcamos a nuestro Salvador, que reconozcamos en Él la fuente de vida para que podamos beber “aguas con gozo en las fuentes del Salvador”.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

Estuvimos allí en el Calvario

Fragmento del libro “El calvario y la Misa”

Mons. Fulton Sheen

“…Estuvimos, pues, allí durante la Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX. Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en

cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, “Perdónales”, es el Confíteor. La Segunda Palabra, “Hoy estarás en el Paraíso”, es el ofertorio. La Tercera Palabra, “He ahí a tu Madre”, es el Sanctus. La Cuarta Palabra, “¿Por qué me has abandonado?”, es la Consagración, La Quinta Palabra, “Tengo sed”, es la Comunión. La Sexta Palabra, “Todo se ha acabado”, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, “Padre, en tus manos”, es el último Evangelio, imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo, postrado como Víctima: Su Misa va a comenzar.”

(Pintura de Raúl Berzosa)