La Misa es, pues, la comunicación del Sacrificio del Calvario con nosotros, bajo las especies del pan y del vino.
Nosotros estamos en el altar bajo las apariencias de pan y de vino, porque ambas son el sostén de la vida. Y por eso, dando lo que nos da la vida, estamos simbólicamente dándonos a nosotros mismos. Además, el trigo debe ser molido para convertirse en pan, y la uva debe ser prensada para convertirse en vino. Y por eso ambos son representativos de los cristianos que están llamados a sufrir con Cristo, para que puedan también reinar con Él.
Al acercarse la Consagración de la Misa nuestro Señor está diciéndonos equivalentemente: “Tú, María; tú, Pedro… vosotros, todos… Dadme vuestro cuerpo, dadme vuestra sangre. Dadme vuestro ser entero… Yo ya no puedo sufrir… Yo pasé por mi cruz y llené hasta el tope los sufrimientos de mi cuerpo físico… pero no llené los que pertenecían a mi Cuerpo místico, en el cual estás tú… La Misa es el momento en que cada uno de vosotros podéis cumplir literalmente mi mandato… Toma tu cruz y sígueme…”
En la Cruz nuestro Divino Señor te estuvo mirando a ti con la esperanza de que un día quisieras entregarte a Él en el momento de la Consagración. Hoy en la Misa esta esperanza, acariciada sobre ti por Nuestro Señor, se ve cumplida. Cuando asistes a la Misa espera que le hagas a Él la entrega de tu ser.
Así, cuando el momento de la Consagración llega, el sacerdote, obediente a la voz del Señor “haced esto en memoria mía”, toma el pan en sus manos y dice: Esto es mi cuerpo”, y luego sobre el cáliz del vino dice: “Este es el cáliz de mi sangre del nuevo y eterno testamento”. No ha consagrado el pan y el vino a la vez, sino por separado. La consagración separada del pan y del vino es una simbólica representación de la separación del cuerpo y la sangre, y como la Crucifixión entraña precisamente este misterio, el Calvario es renovado en el altar. Pero Cristo, como se ha dicho, no está solo en el altar. Estamos con Él. Y por eso las palabras de la consagración tienen un doble sentido; el primero es: “Este es el cuerpo de Cristo”, “Esta es la sangre de Cristo”; pero su significación secundaria es “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.
¡Tal es la finalidad de la vida! Redimirnos a nosotros en unión con Cristo; aplicarnos sus méritos a nuestras almas, siendo como El en todas las cosas, hasta en su muerte de Cruz. Él pasó por su consagración en la Cruz para que nosotros ahora pasemos por la nuestra en la Misa…
No hay nada más trágico en todo el mundo que el dolor malgastado… Piensa cuánto se sufre en los hospitales, cuánto sufren los pobres, los desamparados. Piensa también cuántos de esos sufrimientos se pierden. Cuántas de esas almas solitarias, adoloridas, abandonadas, crucificadas, están diciendo con nuestro Señor en el momento de la Consagración. “Esto es mi cuerpo, tómalo”? Y, sin embargo, esto es lo que todos nosotros deberíamos hacer en ese instante!
“Yo me entrego a ti, Señor, aquí está mi cuerpo: tómalo. Aquí está mi sangre: tómala. Aquí está mi alma, mi voluntad, mi fuerza, mi propiedad, mi salud, todo cuanto tengo. Es tuyo, Señor. Tómalo, conságralo, ofrécelo…
Ofrécelo contigo a tu Padre Celestial para que, echando una mirada a este gran sacrificio vea solamente a ti, su Hijo amado, en quien tiene todas sus complacencias.
Trasmuta el pobre pan de mi vida en tu divina vida… Enciende el vino de mi gastada vida en tu divino espíritu. Une mi roto corazón con tu corazón. Cambia mi cruz en tu crucifijo. Que mis abandonos y mis pruebas y mis dolores no se pierdan… Recoge sus fragmentos. Y, como la gota de agua es absorbida por el vino en el Ofertorio de la Misa, sea mi vida absorbida por la tuya; sea mi pequeña cruz engastada en tu gran cruz para que pueda yo gozar los gozos de la vida eternal en unión con vos…
Consagrad estas pruebas de mi vida, que quedarían sin valor de no unirlas con vos. Transustanciadme, de tal manera que, como el pan que es ahora vuestro cuerpo y el vino que es ahora vuestra sangre, yo también sea todo vuestro…
No me preocupa si las especies permanecen, o que, como el pan y el vino, yo aparezca a los ojos humanos el mismo de antes…
mi puesto en la vida, mis deberes diarios, mi trabajo, mi familia… Todo eso no son sino las apariencias o especies de mi vida, que pueden quedar intactas; pero la sustancia de mi vida, mi alma, mi entendimiento, mi voluntad, mi corazón, cámbialos, Señor, transfórmalos todos para tu servicio, de modo que, a través de mí, todos puedan comprender cuán suave es el amor de Cristo, Amén…”
Mons. Fulton Sheen, “El Calvario y la Misa”