Una verdad fundamental

Templos vivos del Espíritu Santo

P. Jason Jorquera M., Monje IVE.

La noción de templo

maxresdefault (1)Decía el santo cura de Ars en un sermón de Jueves Santo: «Guardémonos de hacer como aquellos impíos que no muestran el menor respeto a los templos, tan santos, tan dignos de reverencia, tan sagrados por la presencia de Dios hecho hombre, que día y noche mora entre nosotros[1]… un templo es un lugar que se ha constituido específicamente como sagrado y destinado para dar culto a Dios, y por lo tanto, merece el mayor de los respetos por parte de los hombres.

Todas las religiones, incluyendo al pueblo elegido, han tenido su culto ligado necesariamente a un lugar, porque es una exigencia natural del hombre que está formado de alma y cuerpo y, en consecuencia, expresa también exteriormente el culto que brota de su alma, y para esto es necesario hacerlo en un lugar.

La idea del “templo”, ya desde la antigüedad, tiene que ver con el reunirse de los fieles para la oración. Por lo tanto significa un lugar de encuentro entre quienes rinden un mismo culto a un ser superior. Pero este espacio sagrado en el que los fieles son convocados por Dios para la celebración litúrgica, pertenece al Señor, por eso se dice también que es un lugar “señorial” y, por consiguiente, digno del mayor de los respetos. Así lo entendió de hecho siempre el pueblo elegido y fue allí, en el templo, en donde rendían a Dios el culto de adoración.

 Pero resulta que un día apareció el Mesías esperado y afirmó que “llegaba la hora (y ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23); y esta promesa se cumplió fielmente a partir del envío del Espíritu Santo en Pentecostés, momento en el que Dios inauguró su nuevo culto que no está ya ligado exclusivamente a un lugar o pueblo determinado, sino que se ha vuelto universal y accesible para todo el mundo, como leemos en la profecía del profeta Malaquías: “desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura”. (Mal 1, 11). En definitiva, debemos decir que “el templo” es el lugar propio del encuentro con Dios… eso es lo esencial y la esencia de las cosas no puede cambiar.

Ante esta realidad del templo como lugar del encuentro y culto a Dios, el pueblo elegido, en tiempos de Jesucristo, se podría haber preguntado acerca del modo en que el “nuevo Israel” pudiera participar del mismo culto, pues a partir de Jesucristo “la Buena Nueva” se convirtió en un llamado universal, porque la Iglesia invita a todos los hombres y mujeres del mundo a formar parte del cuerpo místico, de hecho eso significa la palabra católica, “universal”. Y luego nos preguntamos: ¿Cómo sería posible que el templo siguiera siendo el lugar del culto si todo el mundo comenzaba a formar parte de él?; una vez más Jesucristo nos trae la solución:

Hemos dicho que a partir del envío del Espíritu Santo los creyentes comienzan a adorar en Espíritu y en Verdad. Pero no acaba aquí la novedad, porque a partir del nacimiento de la Iglesia Católica, apostólica y Romana, los fieles reciben un don de Dios que se llama “gracia divina”, mediante la cual Dios mismo entra a habitar en los corazones que la han recibido y no la han expulsado por el pecado mortal, y entonces toda alma en gracia se convierte así en verdadero templo del Espíritu Santo…, de ahí que san Pablo escribiera a los Corintios: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (1Cor 6,19).

Y pasamos así a la afirmación fundamental que movió este escrito: Nosotros somos verdaderamente templos del Espíritu Santo por la gracia.

Nosotros como templo

pentecostes_blogAplicando lo anteriormente dicho respecto a la noción de “templo” pero ahora a nosotros, podemos sacar no pocas consecuencias si consideramos que nuestro cuerpo está animado por un alma inmortal, creada por Dios y que es en todo el hombre (cuerpo y alma), que Dios habita de un modo misterioso pero real mediante la gracia.

Mencionamos algunas de estas consecuencias:

1º)  El hombre y la mujer, por la gracia, se convierten en algo sagrado: Esto lo explica claramente el Conc. Vat. II. Cuando afirma: «Los bautizados, en efecto, son consagrados [constituidos como algo sagrado, algo que pertenece a Dios] por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual…»[2]

2º)  Siempre podremos encontrar a Dios dentro de nosotros mismos: San Agustín en su libro de las “confesiones”, explica cómo buscaba a Dios en la sabiduría del mundo y no podía hallarlo, y sin embargo, como dirá también la santa de Ávila siglos más adelante, finalmente lo descubrió dentro de sí mismo. Y lo cuenta así:

«¡Pobre infeliz de mí!, ¡por qué grados fui cayendo hasta dar en el profundo abismo en que me veía! Porque yo, Dios mío (a quien confieso todas mis miserias, pues tuvisteis piedad de mí antes que yo pensase confesároslas),con mucha fatiga y ansia, por hallarme tan falto de la verdad, os buscaba, Dios mío, con los ojos y demás sentidos de mi cuerpo, y no con la potencia intelectiva, en que Vos quisisteis que me distinguiese y aventajase a los irracionales, siendo así que Vos estabais más dentro de mí que lo más interior que hay en mí mismo, y más elevado y superior que lo más elevado y sumo de mi alma[3] Esto es lo que explicará santa Teresa en el libro de las moradas: Dios habita en las séptimas moradas que se encuentran en lo más profundo de nosotros, es decir, en lo más interior del alma.

 3º)  Debemos ofrecerle a Dios una morada digna: ¿qué significa esto?, significa que nuestro cuerpo también es digno de respeto, no tan sólo por parte de los demás sino también de parte nuestra; esto quiere decir que todo aquello que ofenda a nuestro cuerpo se convierte también en una ofensa a Dios, como por ejemplo el maltrato, el exponerse al peligro, el perjudicarse la salud mediante los desórdenes en la comida y la bebida, los excesos malsanos; emplear los labios en la mentira, en los insultos, o entregar el cuerpo a la impureza, a la violencia; o peor todavía a la indecencia, la falta de pudor, y más grave aún si esto provoca escándalo (escándalo no significa aquí dejar a alguien pasmado o admirado por nuestra mala conducta, sino que quiere decir inducir a otro a pecar, eso es pecar de escándalo y ese pecado hoy en día, desgraciadamente, es muy común); en definitiva, todo aquello rebaje la dignidad de nuestro cuerpo.

Pero tampoco olvidemos  que este cuerpo tiene un alma dada por Dios, y esto también implica que nuestra alma la podemos ir hermoseando para Dios (es decir, hacerla más digna) mediante las virtudes. Por esto escribía san Pablo a los efesios: “Así pues, os exhorto yo, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad.” (Ef 4, 1), porque lo único capaz de hermosear el alma de una persona son las virtudes… porque la hacen más parecida a Jesucristo, el Hijo amado del Padre[4].

4º)  Como Dios se vuelve verdadero huésped del hombre por la gracia, Él jamás lo abandonará a menos que éste lo eche fuera: respecto a esto escribía Don Bosco: “Dos cosas temo: el pecado mortal que da la muerte al alma y la muerte corporal que sorprenda a quien se encuentra en desgracia de Dios.”

Cuando una persona que está en gracia comete un pecado mortal, lo que hace es destruirse él mismo en cuanto templo, porque lo ensucia, lo corrompe y lo derrumba…, y entonces ya Dios no tiene más ese lugar para morar y necesariamente se tiene que ir, no porque Él quiera, sino porque el que peca es quien lo echa de sí. De aquí la necesidad de ser fieles a la vida de la gracia.

Conclusión

Decía Orígenes: “Por esto se considera el cuerpo del Señor como un templo, porque así como el templo contenía la gloria de Dios, que habitaba en él, así el cuerpo de Jesucristo, representando a la Iglesia, contiene al Unigénito, que es la imagen y la gloria de Dios.”

 Nosotros sabemos que por la gracia comenzamos a tomar parte de la filiación divina, es decir, nos hacemos verdaderos hijos de Dios y en consecuencia, al igual que Jesucristo, verdaderos templos de la gloria del Padre. Pidamos siempre la gracia de poder tomar conciencia de lo que significa ser templos vivos del Dios vivo; como dice san León Magno: «Si somos templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, es mucho más lo que cada fiel lleva en su interior que todas las maravillas que contemplamos en el cielo.»[5]

A.M.D.G.

[1] San Juan María Vianney, Sermón sobre el jueves Santo

[2] Lumen Gentium, 10

[3] San Agustín, Confesiones, Cap. VI

[4] Cf. Mt 3,17; 17,5; 2Pe 1,17, etc.

[5] San León Magno, Sermón 7, sobre la Natividad.

Audiencias de san Juan Pablo II

Sobre la Catequesis

 

Anunciar el Evangelio 5.12.84

jesuspredicando1. Nos encontramos en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo, ´se llenaron del Espíritu Santo´ (Hech 2,4).
Entonces, Pedro habla a la multitud reunida en torno al Cenáculo. Evoca al Profeta Joel, que había anunciado ´la efusión del Espíritu de Dios sobre toda persona´ (Cfr. Hech 2, 17), y luego plantea a los que se habían reunido para escucharlo, la cuestión de Jesús de Nazaret. Recuerda cómo Dios había confirmado la misión mesiánica de Jesús ´con milagros, prodigios y señales´ (Hech 2, 22), y después que Jesús fue ´entregado, clavado en la Cruz y matado´ (Cfr. Ib. 24). Pedro se refiere al Salmo 15, en el cual se contiene el anuncio de la resurrección. Pero, sobre todo, se remite al testimonio propio y al de los otros Apóstoles: ´todos nosotros somos testigos´ (Hech 2, 32). ´Tenga, pues, por cierto toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado´ (Ib. 36).

2. Con el acontecimiento de Pentecostés comenzó el tiempo de la Iglesia.

Este tiempo de la Iglesia marca también el comienzo de la evangelización apostólica. El discurso de Simón Pedro es el primer acto de esta evangelización. Los Apóstoles habían recibido de Cristo el mandato de ´ir a todo el mundo, enseñando a todas las naciones´ (Cfr. Mt 28, 19; Mc 16, 15).(…) El anuncio del Evangelio, según el mandato del Redentor que retornaba al Padre (Cfr. p.e. Jn 15, 28; 16, 10), está unido a la llamada al Bautismo, en nombre de la Santísima Trinidad. Así, pues, el día de Pentecostés, a la pregunta de quienes lo escuchaban: ´¿Qué hemos de hacer, hermanos?´ (Hech 2, 37), Pedro responde: ´Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo´ (Ib. 38).

“Ellos recibieron la gracia y se bautizaron, siendo incorporados a la Iglesia aquel día unas tres mil almas” (Ib. 41). De este modo nació la Iglesia como sociedad de los bautizados, que ´perseveraban en oír la enseñanza de los Apóstoles y en la fracción del pan y en la oración´ (Ib. 42). El nacimiento de la Iglesia coincide con el comienzo de la evangelización. Puede decirse que éste es simultáneamente el comienzo de la catequesis. De ahora en adelante, cada uno de los discursos de Pedro es no sólo anuncio de la Buena Nueva sobre Jesucristo, y por tanto un acto de evangelización, sino también cumplimiento de una función instructiva, que prepara a recibir el Bautismo; es la catequesis bautismal. A su vez, ese ´perseverar en oír la palabra de los Apóstoles´ por parte de la primera comunidad de los bautizados constituye la expresión de la catequesis sistemática de la Iglesia en sus mismos comienzos.

Nos remitimos constantemente a estos comienzos. Si ´Jesucristo es el mismo ayer y hoy.´ (Heb 13, 8), entonces a esa identidad corresponde, en todos los siglos y en todas las generaciones, la evangelización y la catequesis de la Iglesia.

3. Catequesis cristiana. 12.12.84

Basta leer atentamente el rito del sacramento del bautismo, para convencerse de que profunda y fundamental conversión es signo este sacramento. El que recibe el bautismo no sólo hace la profesión de fe, sino que del mismo modo ´renuncia a satanás, y a todas sus obras, y a todas sus seducciones´, y por esto mismo se entrega al Dios vivo: el bautismo es la primera y fundamental consagración de la persona humana, mediante la cual se entrega al Padre en Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo que actúa en este sacramento (´el nacimiento del agua y del Espíritu´: Cfr. Jn. 3, 5). San Pablo ve en la inmersión en el agua del bautismo, el signo de la inmersión en la muerte redentora de Cristo, para tener parte en la nueva vida sobrenatural, que se manifestó en la resurrección de Cristo (Rom 6, 3-5).

4. Catequesis posteriores al Bautismo 19.12.84

La usanza de conferir el bautismo a los niños poco después de su nacimiento, se desarrolló como expresión de fe viva de las comunidades y, en primer lugar, de las familias y de los padres; éstos, habiendo crecido también ellos en la fe, deseaban este don para sus hijos lo antes posible después del nacimiento. Como es sabido, esta costumbres se mantiene constantemente en la Iglesia como signo del amor proveniente de Dios. Los padres solicitan el bautismo para sus hijos recién nacidos, comprometiéndose a educarlos cristianamente. Para dar una expresión todavía más completa a este compromiso, piden a otras personas, los llamados padrinos, que se comprometan a ayudarles -y en caso de necesidad sustituirles- a educar en la fe de la Iglesia al recién bautizado.

5. La renovación auténtica de la catequesis 16.1.85

La catequesis plantea problemas de pedagogía. Sabemos por los textos evangélicos que el mismo Jesús quiso afrontarlos. En su predicación a las muchedumbres se sirvió de las parábolas para impartir su doctrina de un modo adecuado a la inteligencia de sus oyentes. En la enseñanza a los discípulos procede gradualmente, teniendo en cuenta sus dificultades en comprender; y así sólo en el segundo periodo de su vida pública anuncia expresamente su camino doloroso y sólo al final de Clara abiertamente su identidad de Mesías y también de ´Hijo de Dios´. Constatamos así mismo que en los diálogos más reservados comunica su revelación respondiendo a las preguntas de los interlocutores y usando un lenguaje asequible a su mentalidad. Algunas veces El mismo hace preguntas y suscita problemas.
Cristo nos ha hecho ver la necesidad de adaptar la catequesis de muchas maneras. Nos ha indicado igualmente la índole y límites de dicha adaptación; presentó a sus oyentes toda la doctrina para cuya enseñanza había sido enviado y, ante las resistencias de quienes le escuchaban, expuso su mensaje con todas las exigencias de fe que comportaba. Recordemos el sermón sobre la Eucaristía, con ocasión del milagro de la multiplicación de los panes; no obstante las objeciones y defecciones, Jesús sostuvo su doctrina y pidió a los discípulos su adhesión (Cfr. Jn 6, 60-69). Al transmitir a sus oyentes la integridad de su mensaje contaba con la acción iluminadora del Espíritu Santo que iba a hacer comprender más tarde lo que no podían entender inmediatamente (Cfr. Jn 14, 26; 16, 13). Por tanto, tampoco para nosotros la adaptación de la catequesis debe significar reducción o mutilación del contenido de la doctrina revelada, sino más bien esfuerzo por hacer que se acepte con adhesión de fe, a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo.

Un signo mariano

Escapulario de Nuestra Señora

del Monte Carmelo

P. Enrique González, IVE

 ¿Qué es el Escapulario?

stoescapulario-fot2El escapulario de Nuestra Señora del Carmen es un poderoso sacramental, es decir, es un signo sagrado según el modelo de los sacramentos, por medio del cual se confieren efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por la intercesión de la Iglesia, poder conferido por Nuestro Señor Jesús cuando dijo a sus Apóstoles: “Todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 18,18). Decía el San juan Pablo II: En el signo del Escapulario se evidencia una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndoles sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en sus vidas. El Escapulario es esencialmente un «hábito». Quien lo recibe viene agregado o asociado en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmelo, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia . Quien viste el Escapulario viene por tanto introducido en la tierra del Carmelo, para que “coma de sus frutos y bienes” (Jr 2,7), y experimenta la presencia dulce y materna de María, en el compromiso cotidiano de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad.

San Simón Stock y el Escapulario

San simon stock recibiendo el escapulario
San simon stock recibiendo el escapulario

San Simón Stock nació en Inglaterra en 1165 y fue Prior General de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo que tuvo sus orígenes en el Monte del mismo nombre en Tierra Santa. En el siglo XIII, cuando fue invadida la región por los musulmanes, los monjes carmelitas sufren varias masacres y un gran grupo huye a Europa donde se convierte en una orden mendicante (viven únicamente de las limosnas). La historia sostiene:

San Simón era un hombre de gran santidad y devoción, que siempre en sus oraciones pidió a la Virgen para socorrer a su Orden ante los peligros que la acechaban. La Virgen se le apareció sosteniendo el Escapulario en la mano diciendo:

“Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”

Es una “Señal” del cuidado y solicitud con que ella vela por sus hijos. Ella se hace nuestra Patrona, cuida de nosotros como madre y hermana. Madre, porque nutre la vida divina en nosotros y nos enseña el camino hacia Dios. Hermana, porque camina con nosotros en el viaje de transformación invitándonos a hacer nuestra su propia repuesta; “Hágase en mí según tu palabra”.

El Escapulario, signo mariano

VIRGEN DEL CARMEN NUESTRA SEÑORA DEL MONTE CARMELO MENSAJESDEDIOSALMUNDO.BLOGSPOT.png0.png1.png2.png3.pngE.pngSEl Escapulario ahonda sus raíces en la larga historia de la Orden, donde representa el compromiso de seguir a Cristo como María, modelo perfecto de todos los discípulos de Cristo. Este compromiso tiene su origen lógico en el bautismo que nos transforma en hijos de Dios.

La Virgen nos enseña: a vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida;

-A escuchar la voz (palabra) de Dios en la Biblia y en la vida, poniendo después en práctica las exigencias de esta voz.

-A orar fielmente sintiendo a Dios presente en todos los acontecimientos.

-A vivir cerca de nuestros hermanos y a ser solidarios con ellos en sus necesidades.

El Padre Gabriel de Santa María Magdalena de Pazzi, OCD, una autoridad venerada en la espiritualidad carmelita, escribió el significado de la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo:

Nuestra Señora quiere que nos asemejemos a ella no sólo en nuestra vestidura exterior, sino, mucho más en corazón y espíritu. Si miramos en el alma de María, veremos que la gracia hizo que floreciera en ella una vida espiritual de riqueza incalculable: una vida de recogimiento, de oración, la oblación ininterrumpida a Dios, de contacto continuo, y de unión íntima con Él.

[…] Los que quieren vivir la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo al máximo deben seguir a María en las profundidades de su vida interior…”

Las promesas de llevar el Escapulario

El 16 de julio 1251 la Santísima María hizo esta promesa a San Simón Stock:

Toma este Escapulario, será un signo de salvación, una protección en peligro y una promesa de paz. Todo aquel que muera llevando este Escapulario no sufrirá el fuego eterno.” Y continúa diciendo“Usa el escapulario devotamente y con perseverancia, es mi vestidura. Para ser revestidos de él, debes estar continuamente pensando en mí, y yo a su vez, siempre estoy pensando en ti y te ayudaré a asegurar la vida eterna”.

  • Si se portan como hijos cariñosos yo me portaré con ustedes como Madre amabilísima.
  • Bendeciré las casas donde mi imagen sea honrada, y donde me recen cada día alguna oración.
  • Si se esfuerzan por alejar el pecado de sus vidas, yo me esforzaré por alejarlos de las desgracias y calamidades.
  • Si quieres tener felicidad y santidad “hagan lo que Jesús les diga”, es decir: lean el evangelio y traten de practicar lo que allí le recomienda nuestro Señor. Si así lo hacen, yo rogaré por ustedes ahora y en la hora de su muerte.
Virgen del Carmen
Virgen del Carmen

La Virgen María le prometió además, liberar del Purgatorio a todas las almas que hayan vestido el escapulario durante su vida, el sábado siguiente a la muerte de la persona y llevarlos al cielo, creencia que ha sido respaldada por todos los pontífices ya la que refiere también San Juan Pablo II: En el signo del Escapulario se evidencia una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndoles sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en sus vidas. El Escapulario es esencialmente un «hábito». Quien lo recibe viene agregado o asociado en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmelo, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia (cfr Fórmula de la imposición del Escapulario, en el “Rito de la Bendición e imposición del Escapulario”, aprobado por la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos, 5/1/1996). Quien viste el Escapulario viene por tanto introducido en la tierra del Carmelo, para que “coma de sus frutos y bienes” (Jr 2,7), y experimenta la presencia dulce y materna de María, en el compromiso cotidiano de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad.

Indulgencias plenarias: Se otorga indulgencia plenaria a quien use con devoción el escapulario y:

  1. Se vista con el escapulario al momento de ser inscrito en la Tercera Orden o Cofradía.
  2. Celebre las siguientes festividades: Virgen del Carmen (16 de Julio o cuando se celebre); San Simón Stock (16 de mayo);  San Elías Profeta (20 de Julio);  Santa Teresa de Jesús (15 de Octubre), Santa Teresa del Niño Jesús (1 de octubre); San Juan de la Cruz (14 de Diciembre); Todos los Santos Carmelitas (14 de Noviembre)

Indulgencias parciales: No solamente se gana una indulgencia parcial por usar devotamente el santo escapulario, también hay una Indulgencia parcial concedida por el Papa Benedicto XV a los que usen y «besen» su Escapulario con gran devoción

El Rosario y el Escapulario son inseparables

Con el fin de recibir las gracias y promesas del Escapulario, hay que llevarlo con devoción. En otras palabras, hay que estar en estado de gracia:

  • Ir a la Confesión regularmente,
  • Estar debidamente investido / inscrito por un sacerdote católico,
  • Rezar al menos el pequeño Oficio de la Santísima Virgen María o 5 décadas del Santísimo Rosario diariamente.
  • La Novena a Nuestra Señora del Monte Carmelo es opcional pero muy recomendable para mostrar el “Mater Dei” de nosotros sus sirvientes más humildes y no merecedores, teniendo así más fe en su poderosa protección e intercesión.

Juan Pablo II en Lourdes

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II DURANTE SU PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA  A LOURDES

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
Domingo 15 de agosto de 2004

Nuestra-Señora-de-Lourdes1. “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Las palabras que María dirigió a Bernardita el 25 de marzo de 1858 resuenan con intensidad muy particular en este año, en el que la Iglesia celebra el 150° aniversario de la definición solemne del dogma proclamado por el beato Papa Pío IX en la constitución apostólica Ineffabilis Deus.

Deseaba vivamente realizar esta peregrinación a Lourdes, para recordar un acontecimiento que sigue dando gloria a la Trinidad una e indivisa. La concepción inmaculada de María es el signo del amor gratuito del Padre, la expresión perfecta de la redención llevada a cabo por el Hijo y el inicio de una vida totalmente disponible a la acción del Espíritu.

2. Bajo la mirada materna de la Virgen, os saludo cordialmente, queridos hermanos y hermanas que os habéis dado cita delante de la gruta de Massabielle para cantar las alabanzas de Aquella a quien todas las generaciones llaman bienaventurada (cf. Lc 1, 48).

Saludo ante todo a los cardenales, a los obispos y a los sacerdotes. Gracias por vuestra presencia.
Saludo a los peregrinos franceses y a sus obispos, en particular al presidente de la Conferencia episcopal y a monseñor Jacques Perrier, obispo de Tarbes y Lourdes, a quien agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido al inicio de esta celebración.

Saludo también al metropolita Emmanuel, presidente de la Asamblea de obispos ortodoxos de Francia.

Saludo al señor ministro del Interior, que representa aquí al Gobierno francés, así como a las demás autoridades civiles y militares presentes.

Saludo cordialmente a todos los peregrinos que se han reunido aquí procedentes de diversas partes de Europa y del mundo, y a todos los que están unidos espiritualmente a nosotros a través de la radio y la televisión. Con especial afecto os saludo a vosotros, queridos enfermos, que habéis acudido a este lugar bendito para buscar consuelo y esperanza. Que la Virgen santísima os haga sentir su presencia y reconforte vuestro corazón.

3. “En aquellos días, María se puso en camino hacia la región montañosa…” (Lc 1, 39). Las palabras del relato evangélico nos hacen ver con los ojos del corazón a la joven de Nazaret en camino hacia la “ciudad de Judá” donde habitaba su prima, para prestarle sus servicios.

JP LourdesEn María nos impresiona, ante todo, la atención, llena de ternura, hacia su prima anciana. Se trata de un amor concreto, que no se limita a palabras de comprensión, sino que se compromete personalmente en una asistencia auténtica. La Virgen no da a su prima simplemente algo de lo que le pertenece; se da a sí misma, sin pedir nada a cambio. Ha comprendido perfectamente que el don recibido de Dios, más que un privilegio, es un deber que la compromete en favor de los demás con la gratuidad propia del amor.

4. “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1, 46). Los sentimientos que María experimenta en el encuentro con Isabel afloran con fuerza en el cántico del Magníficat. Sus labios expresan la espera, llena de esperanza, de “los pobres del Señor”, así como la conciencia del cumplimiento de las promesas, porque Dios “se acordó de su misericordia” (cf. Lc 1, 54).

Precisamente de esta conciencia brota la alegría de la Virgen María, que se refleja en todo el cántico:  alegría por saberse “mirada” por Dios, a pesar de su “humildad” (cf. Lc 1, 48); alegría por el “servicio” que puede prestar, gracias a las “maravillas” a las que la ha llamado el Todopoderoso (cf. Lc 1, 49); alegría por gustar anticipadamente las bienaventuranzas escatológicas, reservadas a los “humildes” y a los “que tienen hambre” (cf. Lc 1, 52-53).

Después del Magníficat viene el silencio:  de los tres meses de permanencia de María al lado de su prima Isabel no se nos dice nada. O, tal  vez, se nos dice lo más importante:  el bien no hace ruido, la fuerza del amor se manifiesta en la discreción serena del servicio cotidiano.

5. Con sus palabras y su silencio, la Virgen María se nos presenta como modelo en nuestro camino. No es un camino fácil:  por el pecado de nuestros primeros padres, la humanidad lleva en sí la herida del pecado, cuyas consecuencias pesan también sobre los redimidos. Pero el mal y la muerte no tendrán la última palabra. María lo confirma con toda su existencia, como testigo viva de la victoria de Cristo, nuestra Pascua.

Los fieles lo han entendido. Por eso, acuden en multitudes a esta gruta para escuchar las exhortaciones maternas de la Virgen, reconociendo en ella “la mujer vestida de sol” (Ap 12, 1), la Reina que resplandece al lado del trono de Dios (cf. Salmo responsorial) e intercede en su favor.

6. Hoy la Iglesia celebra la gloriosa Asunción de María al cielo en cuerpo y alma. Los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción están íntimamente unidos entre sí. Ambos proclaman la gloria de Cristo Redentor y la santidad de María, cuyo destino humano ya desde ahora está perfecta y definitivamente realizado en Dios.

“Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros”, nos ha dicho Jesús (Jn 14, 3). María es la prenda del cumplimiento de la promesa de Cristo. Su Asunción se convierte así, para nosotros, en “signo de esperanza segura y de consuelo” (cf. Lumen gentium, 68).

7. Amadísimos hermanos y hermanas, desde la gruta de Massabielle la Virgen Inmaculada nos habla también a nosotros, cristianos del tercer milenio. Escuchémosla.

viajes13Escuchad ante todo vosotros, jóvenes, que buscáis una respuesta capaz de dar sentido a vuestra vida. Aquí la podéis encontrar. Es una respuesta exigente, pero es la única respuesta que vale. En ella reside el secreto de la alegría verdadera y de la paz.

Desde esta gruta os hago una llamada especial a vosotras, las mujeres. Al aparecerse en la gruta, María encomendó su mensaje a una muchacha, como para subrayar la misión peculiar que corresponde a la mujer en nuestro tiempo, tentado por el materialismo y la secularización:  ser en la sociedad de hoy testigo de los valores esenciales que sólo se perciben con los ojos del corazón. A vosotras, las mujeres, corresponde ser centinelas del Invisible. A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, os dirijo un apremiante llamamiento para que hagáis todo cuanto esté a vuestro alcance a fin de que la vida, toda vida, sea respetada desde la concepción hasta su término natural. La vida es un don sagrado, del que nadie puede hacerse dueño.

La Virgen de Lourdes tiene, por último, un mensaje para todos. Es este:  sed mujeres y hombres libres. Pero recordad:  la libertad humana es una libertad marcada por el pecado. Ella misma necesita también ser liberada. Cristo es su liberador, pues “para ser libres nos ha liberado” (Ga 5, 1). Defended vuestra libertad.

Queridos amigos, sabemos que para esto podemos contar con Aquella que, al no haber cedido jamás al pecado, es la única criatura perfectamente libre. A ella os encomiendo. Caminad con María por las sendas de la plena realización de vuestra humanidad.

 

Ora et labora

La vida monástica

P. Jon de Arza Blanco, Monje del IVE

Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monje.
Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monje.

Jesucristo dijo a sus discípulos: Orad siempre sin desfallecer (Lc 18,1b) y San Pablo exhortó: Orad constantemente (1Tes 5,17). Esto vale para cada cristiano, pero como no es posible llevar una vida incesante de oración en medio de las ocupaciones del mundo, y como somos un Cuerpo, hay algunos miembros, los religiosos, cuyo primer y principal deber es la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración.

De entre los religiosos, y en el Cuerpo Místico de Cristo, los monjes se dedican exclusivamente a cumplir este mandato del Señor, y podría decirse que ocupan toda su vida en este divino oficio. Ellos son como lámparas votivas, como cirios encendidos que arden y se consumen a los pies del Sagrario, y velan en lugar de los otros miembros de la Iglesia que, teniendo otras misiones y encargos del Señor, no pueden dedicar todo su tiempo a la adoración; y también adoran por aquellos hombres y mujeres que viven en el mundo como si Dios no existiera y como si este mundo fuera definitivo. Por eso, los monjes reciben el elogio de Cristo a María de Betania: eligió la mejor parte, que no le será quitada (Lc. 10,42), y no le será quitada porque la vida del Cielo será una incesante contemplación y alabanza divinas.

La actividad más importante de un monje, es pues, la oración, especialmente por el canto de las alabanzas de Dios en el Coro, al que acude siete veces al día, al llamado de la campana, que es la voz de Dios. Como decía el Rey David, que fue poeta y cantor de Dios: siete veces al día te alabo (Sal 118, 164). Venid, adoremos al Señor, demos vítores a la roca que nos salva (Sal 94), canta el monje cuando aún no ha rayado el alba: Me adelanto a la aurora y pido auxilio, en tu palabra espero (118, 147).

Y en este entonar las alabanzas del Creador, el monje se une a la voz de las creaturas, las celestes y las terrestres, y así eleva su canto. San Rafael Arnáiz lo describe hermosamente: “A la hora de vísperas, no se percibían en el Monasterio más que dos cosas, el viento al correr por la llanura, y el canto de la salmodia; la naturaleza y los hombres tributaban a Dios sus alabanzas; el viento acariciaba al Monasterio, resbalando sobre las campanas, y los monjes en el Coro acariciaban con los salmos a Jesús en el Sagrario”.

Unida a la oración, especialmente al sacrificio de alabanza, está el sacrificio y la penitencia que realiza el monje, en reparación por sus propios pecados y los de los hombres, pues, si se asemejan a los ángeles en el Coro, fuera de él son bien humanos y por eso necesitan purificarse, como lo han hecho todos los santos: “El monasterio va a ser para mí dos cosas –escribía el Hermano Rafael-; primero, un rincón del mundo donde sin trabas pueda alabar a Dios noche y día; y segundo, un purgatorio aquí en la tierra donde pueda purificarme…”.

Y esta alabanza y esta purificación, las realiza el monje como a escondidas, solo para el que ve en lo secreto (Mt 6, 6), viviendo una vida oculta, con Cristo en Dios (Col 3, 3). Por eso agregaba el santo trapense: “donde pueda purificarme, perfeccionarme y llegar a ser santo (…) delante de Dios y no de los hombres; una santidad que se desarrolle en el silencio, y que solamente Dios la sepa y ni aun yo mismo me dé cuenta, pues entonces ya no sería verdadera santidad…”. Y en esto imita el monje los treinta años de la vida escondida de Jesús y María en Nazareth, sólo que Jesús era el Santísimo y María “la llena de gracia”, y no necesitaban purificarse, pero su santidad permaneció oculta a los hombres hasta el tiempo de su manifestación.

Instituto-del-verbo-encarnado-ive-monjes-contemplativos-el-pueyo-reunion-7Paradójicamente, aunque los monjes se olvidan del mundo para acordarse totalmente de Dios, esto no les impide de ninguna manera olvidarse de sus hermanos que viven en el mundo, por quienes tienen el deber de orar especialmente: los monjes, por el contrario, están presentes, de una manera más profunda en las entrañas de Cristo ya que todos somos una cosa en Cristo (cf. 1 Cor 10,17; Jn 17,20-22). Y en la misma oración se unen a sus seres más queridos, como lo hacía con sus padres el mismo Hermano Rafael cuando rezaba el santo Rosario: “Ahora yo lo rezo solo –le escribía a su padre- pero siempre lo hago como si estuviera con vosotros, y yo creo que la Virgen recibe las oraciones vuestras y las mías al mismo tiempo, aunque sean en distintas horas…”.

La vida contemplativa requiere de mucho recogimiento y silencio, sobre todo interior, para recibir las mociones de Dios que habla al corazón. Como bien decía el P. Segundo Llorente, gran misionero jesuita y, al mismo tiempo, gran contemplativo y amante del silencio y la soledad: “cuando Dios quiere comunicarse a fondo con un alma, lo primero que hace es inspirarle amor al silencio y recogimiento”. Como se lo inspiró a la Santísima Virgen, modelo de toda vida contemplativa, con quien tanto comunicó, que se hizo carne en sus purísimas entrañas.

 

Santa Teresa de Jesús de los Andes

Una vida intensa en deseos de santidad

 

d1aeab82d7add2daec2686dbaded4ccdFue bautizada en la Parroquia de Santa Ana con el nombre de Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar, pero todos en la familia la conocían como Juanita.

Su infancia se desarrolló en el seno de una familia profundamente católica: sus padres, don Miguel Fernández Jaraquemada y Lucía Solar Armstrong; sus tres hermanos y dos hermanas; su abuelo materno, tíos, tías y primos. La familia gozaba de muy buena posición económica.

Desde muy niña había dado muestras de su espiritualidad: quiso comulgar con tan sólo cinco años, prometió a los seis rezar el rosario todos los días y a los catorce amadrinó a un niño que le había pedido limosna en la calle.

Juanita realizó sus estudios en el Colegio del Sagrado Corazón de Santiago. Entre sus estudios, la vida familiar y su apostolado de caridad con los más pobres, se desarrolló su intenso amor por Jesucristo. A los catorce años de edad decidió consagrarse a Dios como religiosa, como Carmelita Descalza.

Un dato muy interesante de su vida es el hecho de que de los 11 a los 15 años sufrió trastornos de salud cada 8 de diciembre, estando varias veces en peligro de muerte. Nunca expresó, sin embargo, la más mínima queja, ya que consideraba que era Dios quien le “permitía sufrir“.

untitledDurante su preparación para el Carmelo, el 7 de diciembre de 1915, un día antes de que su confesor le permitiera hacer su primer voto de castidad, Juana escribió en su diario: “Es mañana el día más grande de mi vida. Voy a ser esposa de Jesús. ¿Quién soy yo y quién es Él? El todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora. ¡Oh, Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría, mi todo! ¡Mañana seré tuya! ¡Oh, Jesús, amor mío! Madre mía, mañana seré doblemente tu hija. Voy a ser Esposa de Jesús. Él va a poner en mi dedo el anillo nupcial. Oh, soy feliz, pues puedo decir con verdad que el único amor de mi corazón ha sido Él“.

A pesar de la oposición de sus padres, cuyos problemas económicos les impedían obtener la dote necesaria, en agosto de 1918 abandonó el colegio con la intención de ingresar en la orden del Carmelo. Pero su deseo de consagración total se hizo realidad cuando ingresó finalmente al pequeño Monasterio del Espíritu Santo de las Carmelitas Descalzas de Los Andes, en la V Región de Valparaíso, el 7 de mayo de 1919. El 14 de octubre hizo su primera profesión, tomó el Hábito y recibió el nombre de Teresa de Jesús. Durante su estancia en el convento no dejó de escribir cartas a sus familiares y amistades en las que pregonaba su amor a Cristo, a la Eucaristía y a la Virgen, además de su alegría y su felicidad por ver cumplida su vocación: “así pasamos la vida; orando, trabajando y riéndonos“.

Sólo once meses llevaba en el convento cuando murió de tifus a las 19:15 horas del 12 de abril de 1920, a la edad de 19 años. Fue, después de todo, una vida breve y sencilla, pero viviendo el amor en gran medida. Hablaba familiarmente con Dios y así aprendió a serle fiel. “Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca.”, escribió.

Poco a poco creció su fama de santidad, cada vez eran cientos y miles de personas las que llegaban a su tumba a pedir su intercesión o agradecer favores recibidos.

STT06001Fue sepultada inicialmente en el cementerio del convento y en 1940 fue trasladada al Coro Bajo, junto a la nueva gran Capilla, donde permaneció junto a sus Hermanas Carmelitas hasta el 18 de octubre de 1987, fecha en la que fueron trasladadas (y con ellas los restos de Teresita) hasta el nuevo convento y Santuario ubicados en el sector de Auco, comuna de Rinconada, el que fue inaugurado el 11 de diciembre de 1988 con la presencia del Sr. Nuncio y el episcopado chileno. Hoy, el convento antiguo de Los Andes aún se conserva, es Monumento Nacional, se puede visitar la Capilla, la Gruta y el Museo del convento, que ilustra la vida de Santa Teresa de los Andes. El Santuario de Auco, por su parte, constituye uno de los mayores lugares de peregrinación del país durante todo el año, siendo su evento más importante la peregrinación juvenil De Chacabuco al Carmelo, el tercer sábado de octubre de cada año.

En una convulsionada ceremonia en el Parque O’Higgins de Santiago, fue beatificada por Su Santidad Juan Pablo II el 3 de abril de 1987, durante su visita pastoral a Chile. Un imborrable recuerdo de esa ceremonia serán las palabras pronunciadas por el Papa: “El Amor es más fuerte”. La situación que se vivía en Chile en esos momentos, a causa de la polémica dictadura del general Pinochet, era de suma tensión y división, por lo que estas palabras del Papa constituyeron el punto de partida para una reconciliación nacional.

teresalaFue canonizada el 21 de marzo de 1993, en la Basílica de San Pedro del Vaticano por el mismo Sumo Pontífice, con la presencia de alrededor de 5.000 chilenos que viajaron a Roma para asistir al histórico momento, encabezados por una delegación oficial del Estado chileno.

Que el ejemplo de santa Teresa de los Andes nos mueva, al igual que a ella, a “vivir nuestra vida” con la máxima intensidad evangélica.

11 de julio: san Benito abad

San Benito abad, padre de monjes

 

 1Hablar de san Benito es hablar de monacato, es decir, de una vida consagrada totalmente al servicio de Dios dedicada particularmente a la oración y el trabajo. Pero en el caso de san Benito, debemos resaltar de manera particular su fecundidad espiritual, enraizada firmemente en su íntimo e intenso trato con Dios, y de la cual se desprende su aun palpable paternidad espiritual que a tantos monjes, aun hoy en día, sigue iluminando y atrayendo hacia las soledades de los monasterios para vivir sólo para el Todopoderoso.

Ofrecemos una semblanza de este padre de monjes, con el mejor prólogo que de ella se ha escrito, el de san Gregorio Magno, otra gran figura de la Iglesia.

Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano. En efecto, adelantándose por sus costumbres a la edad, no entregó su espíritu a placer sensual alguno, sino que estando aún en esta tierra y pudiendo gozarlibremente de las cosas temporales, despreció el mundo con sus flores, cual si estuviera marchito. Nació en el seno de una familia libre, en la región de Nursia, y fue enviado a Roma a cursar los estudios de las ciencias liberales. Pero al ver que muchos iban por los caminos escabrosos del vicio, retiró su pie, que apenas había pisado el umbral del mundo, temeroso de que por alcanzar algo del saber mundano, cayera también él en tan horrible precipicio. Despreció, pues, el estudio de las letras y abandonó la casa y los bienes de su padre. Y deseando agradar únicamente a Dios, buscó el hábito de la vida monástica…(Del prólogo de la vida de San Benito)

Más adelante, como a no pocos grandes monjes les aconteció, san Benito comenzó a atraer otras almas para el servicio de Dios.

Atraídos por su santa vida, algunos monjes que moraban en los alrededores, le requieren con insistencia como su superior y maestro: Benito acepta, pero en cuanto trata de corregir su conducta, no muy ejemplar, atentan contra su vida con una copa envenenada que él rompe al bendecirla con el signo de la cruz.

Una anécdota 

En uno de aquellos monasterios fundados por él, había un monje que no podía permanecer en oración, sino que no bien los monjes se disponían a orar, él salía fuera del oratorio y se entretenía en cosas terrenas y fútiles. Después de haber sido amonestado repetidamente por su abad, finalmente fue enviado al hombre de Dios, quien a su vez le reprendió ásperamente por su necedad. Vuelto al monasterio, apenas hizo caso un par de días de la corrección del hombre de Dios, pero al tercer día volvió a su antigua conducta y comenzó de nuevo a divagar durante el tiempo de la oración. Habiéndolo comunicado al hombre de Dios, el abad que él mismo había puesto en el monasterio, dijo: “Iré y le corregiré personalmente”. Fue el hombre de Dios al monasterio, y cuando a la hora señalada, concluida ya la salmodia, los monjes se ocuparon en la oración, vio cómo un chiquillo negro arrastraba hacia fuera por el borde del vestido a aquel monje que no podía estar en oración. Entonces dijo secretamente a Pompeyano, el abad del monasterio, y al monje Mauro: “¿No veis quién es el que arrastra fuera a este monje?”. “No”, le respondieron. “Oremos, pues, para que también vosotros podáis ver a quién sigue este monje”.

Después de haber orado dos días, Mauro lo vio, pero Pompeyano, el abad del monasterio, no pudo verlo. Al tercer día, concluida la oración, al salir del oratorio el hombre de Dios encontró a aquel monje fuera. Y para curar la ceguera de su corazón le golpeó con su bastón, y desde aquel día no volvió a sufrir más engaño alguno de aquel chiquillo negro y perseveró constante en la oración. Así, el antiguo enemigo, como si él mismo hubiera recibido el golpe, no se atrevió en adelante a esclavizar la imaginación de aquel monje.                                                                                                                                                                                                             (De la “vida de san Benito”, de san Gregorio Magno)

Después de haber constituidos doce pequeños monasterios, San Benito deja Subíaco y se dirige hacia el sur, acompañado por algunos discípulos. No se conocen las razones por las cuales selecciona el monte «en el cual Cassino está: En la costa» (Dante, XXII, 37), aun cuando puede pensarse en la generosidad de algún benefactor patricio.

22Dotado de sentido práctico, Benito, en la zona del actual claustro de acceso, adapta el templo pagano a oratorio de su comunidad y utiliza los restantes edificios como habitaciones de monjes y peregrinos y también como áreas para las diferentes actividades de trabajo.

En la cima del monte, donde surgía un bosquecito pagano, es construido un pequeño oratorio en honor a San Juan Bautista, destinado para fines de camposanto. Aún hoy en día el venerado sitio del sepulcro de San Benito y de su hermana Santa Escolástica corresponde exactamente a la parte inferior Altar mayor, Basílica.

A la obra de la implantación monástica, San Benito une el anuncio del Evangelio entre los pobladores de la llanura de abajo. Esta misión está aún hoy día encomendada a la comunidad monástica, por lo cual la ciudad de Cassino y las veinte comunidades aledañas forman parte de la jurisdicción pastoral del abad de Monte Cassino.

En Monte Cassino, San Benito completa la implantación de su Regula monachorum, o Regla de los monjes; «pequeño compendio del Evangelio», como la definió Bossuet. Siempre en Monte Cassino, el gran Patriarca, cercano a los setenta años, cerrará su existencia terrenal. Apenas antes de su muerte, sintiendo flaquear sus fuerzas, se hará llevar al oratorio de San Martín y allí, con los brazos tendidos hacia el cielo, después de haber recibido el Cuerpo de Nuestro Señor. La fecha de su muerte ha sido fijada por la tradición en el día 21 de marzo del 547.

ORACIÓN PARA PEDIR SU PROTECCIÓN

Santísimo confesor del Señor; Padre y jefe de los monjes, interceded por nuestra santidad, por nuestra salud del alma, cuerpo y mente.

Destierra de nuestra vida, de nuestra casa, las asechanzas del maligno espíritu. Líbranos de funestas herejías, de malas lenguas y hechicerías.

Pídele al Señor, remedie nuestras necesidades espirituales, y corporales. Pídele también por el progreso de la santa Iglesia Católica; y porque mi alma no muera en pecado mortal, para que así confiado en Tu poderosa intercesión, pueda algún día en el cielo, cantar las eternas alabanzas. Amén.

Jesús, María y José os amo, salvad vidas, naciones y almas.

Rezar tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias.

La señal de la cruz

El estandarte de nuestra fe

(Del libro de J. Ratzinger “El espíritu de la liturgia”, p.201 ss.)

 

bxviEl gesto fundamental de la oración del cristiano es, y seguirá siendo, la señal de la cruz. Es una profesión de fe en Cristo Crucificado, expresada corporalmente según las palabras programáticas de san Pablo: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos— un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23s). Y más adelante: «Pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2,2). Santiguarse con la señal de la cruz es un sí visible y público a Aquél que ha sufrido por nosotros; a Aquél que hizo visible en su cuerpo el amor de Dios llevado hasta el extremo; un sí al Dios que no gobierna con la destrucción, sino con la humildad del sufrimiento y un amor que es más fuerte que todo el poder del mundo y más sabio que toda la inteligencia y los cálculos del hombre.

La señal de la cruz es una profesión de fe: yo creo en Aquél que sufrió por mí y resucitó; en Aquél que ha transformado el signo del oprobio en signo de esperanza y de amor actual de Dios por nosotros. La profesión de fe es una profesión de esperanza: creo en Aquél que, en su debilidad, es Omnipotente; en Aquél que, a pesar de su ausencia aparente, y extrema impotencia, puede salvarme y me salvará. En el instante en que hacemos sobre nosotros la señal de la cruz, nos ponemos bajo su protección, la ponemos delante de nosotros como un escudo que nos protege de las tribulaciones de cada día, e incluso nos da el valor para seguir adelante. La aceptamos como una señal que indica el camino a seguir: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34). La cruz nos muestra el camino de la vida: el seguimiento de Cristo.

Descendimiento_43411Nosotros relacionamos la señal de la cruz con la profesión de fe en el Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De este modo, se convierte en recuerdo del bautismo, recuerdo más evidente aún cuando, además, utilizamos el agua bendita. La cruz es un signo de la pasión, pero al mismo tiempo es también signo de la resurrección; es, por así decirlo, el báculo de salvación que Dios nos ofrece, el puente, gracias al cual atravesamos el abismo de la muerte y todas las amenazas del mal, y finalmente podemos llegar hasta Él. Se hace presente en el bautismo, por el cual nos convertimos en contemporáneos de la cruz y la resurrección de Cristo (Rom 6,1-14). Cada vez que hacemos la señal de la cruz, renovamos nuestro bautismo; Cristo desde la cruz nos atrae hacia Él (Jn 12,32) y, de este modo, nos pone en comunión con el Dios vivo. A fin de cuentas, el bautismo y el signo de la cruz, que lo representa y lo renueva, son, ante todo, un acontecimiento de Dios: el Espíritu Santo que conduce a Cristo, y Cristo que abre la puerta hacia el Padre. Dios ya no es el Dios desconocido: tiene un nombre. Podemos llamarlo, y Él nos llama.

De este modo, podemos decir que en la señal de la cruz, con la invocación trinitaria, se resume toda la esencia del acontecimiento cristiano, y está presente el rasgo distintivo del cristianismo. Sin embargo, también por esto mismo, abre el camino a todo el conjunto de la historia de las religiones y al mensaje de Dios presente en la creación. Ya en el 1873 se descubrieron, junto al Monte de los Olivos, epitafios griegos y hebreos que se remontan al tiempo de Jesús y que iban acompañados de la señal de la cruz; los arqueólogos, en este caso, dedujeron que se trataba de cristianos de la época más primitiva. En torno a 1945, se hicieron numerosos hallazgos de tumbas judías con el signo de la cruz que se remontan, más o menos, al siglo primero después de Cristo. Tales hallazgos ya no permitían deducir que se tratase de cristianos de la primera generación; más bien se tuvo que reconocer que el signo de la cruz también estaba presente en el ámbito judío. ¿Cómo entender esto? La clave interpretativa se encontró en Ez 9,4ss. En la visión allí descrita, el mismo Dios le dice a su mensajero, vestido de lino, que tenía la cartera de escriba a la cintura: «pasa por la ciudad y marca con una tau en la frente a los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella». En la terrible catástrofe que se anuncia, aquellos que no se reconocen en el pecado del mundo, sino que sufren por él ante Dios —sufren con impotencia, pero distanciándose del pecado— deben ser señalados con la última letra del alfabeto hebreo, la Tau, que se escribía en forma de cruz (T o bien +, o bien X). La Tau que, efectivamente, tenía la forma de una cruz, se convierte en el sello de la propiedad de Dios. Responde al anhelo y al dolor del hombre por Dios, y lo introduce, de esta manera, bajo la particular protección de Dios.

  1. Dinkler[1] pudo demostrar que la estigmatización cultual —en las manos o en la frente— se anuncia ya de diversos modos en el Antiguo Testamento, y que esta costumbre también era conocida en la época del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento, Ap 7,1-8 hace suya la idea fundamental de la visión de Ezequiel. Los hallazgos de tumbas, junto con los textos de la época, ponen de manifiesto que, en ciertos círculos del judaísmo, la Tau se había difundido como signo sagrado, como señal de la profesión de fe en el Dios de Israel y, al mismo tiempo, como signo de la esperanza puesta en su protección. Dinkler resume sus conclusiones en la afirmación de que, en la Tau con forma de cruz «se resume toda una profesión de fe en un solo signo», «las realidades creídas y esperadas quedan inscritas en una imagen visible. Una imagen que es más que un mero espejo, una imagen de la que, antes bien, se espera una fuerza salvadora…» (24).

Por lo que hasta ahora podemos saber, los cristianos, en un primer momento, no retomaron este símbolo judío de la cruz, sino que encontraron la señal de la cruz desde lo profundo de su propia fe, y pudieron reconocer en ella la suma de toda su fe. Sin embargo, la visión de Ezequiel de la tau salvadora y toda la tradición basada en ella ¿no debía contemplarse como una mirada abierta al futuro? ¿No se «desvelaba» ahora (cfr. 2 Cor 3,18) lo que se había querido decir de manera misteriosa? ¿No se aclaraba en este momento a quién pertenecía este signo y de quién recibía su fuerza? ¿No podían ver, por tanto, en todo esto una prefiguración de la cruz de Cristo, que realmente había convertido la Tau en la fuerza de salvación?

Los Padres ligados al ámbito cultural griego, se vieron aún más directamente afectados por otro descubrimiento. Encontraron en la obra de Platón una extraña imagen de la cruz inscrita en el cosmos (Timeo 34 A/B y 36 B/C). Platón la había tomado de las tradiciones pitagóricas que, a su vez, estaban relacionadas con tradiciones del Antiguo Oriente. Se trata, en principio, de una afirmación astronómica: los dos grandes movimientos estelares conocidos por la astronomía antigua —la elíptica (el gran círculo en torno a la esfera terrestre, sobre el que discurre el movimiento aparente del sol) y la órbita terrestre— se encuentran, y forman conjuntamente la letra griega Chi, que a su vez, se representa en forma de cruz (como una X). El signo de la cruz está, por tanto, inscrito en el cosmos en su totalidad. Platón —siguiendo, una vez más, tradiciones más antiguas— había relacionado este dato con la imagen de la divinidad: el demiurgo (el creador del mundo) habría «extendido» el alma del mundo «a través de todo el universo».

Justino mártir, el primer filósofo entre los Padres, originario de Palestina y muerto en torno al año 165, descubrió estos textos de Platón y no dudó en relacionarlos con la doctrina del Dios trinitario y con su intervención salvífica en Jesucristo. En la idea del demiurgo y del alma del mundo, Justino ve presagios del misterio del Padre y el Hijo, presagios que, ciertamente, necesitaban ser corregidos, pero que también podían corregirse. Lo que dice Platón acerca del alma del mundo le parece una alusión a la venida del Logos, del Hijo de Dios. Y así, hasta llega a decir que la figura de la cruz es el mayor signo del señorío del Logos, sin el cual la creación entera no podría existir en su conjunto (1 Apol 55). La cruz del Gólgota está anticipada en la misma estructura del cosmos; el instrumento de martirio, en el que murió el Señor, está inscrito en la estructura del universo. El cosmos habla aquí de la cruz, y la cruz aquí desvela el misterio del cosmos. Ésta es la verdadera clave interpretativa de toda la realidad. La historia y el cosmos son el uno parte del otro. Si abrimos los ojos, leemos el mensaje de Cristo en el lenguaje del universo y, por otra parte, Cristo aquí nos hace comprender el mensaje de la creación.

A partir de Justino, esta «profecía de la cruz», y la conexión que en ella se pone de manifiesto entre cosmos e historia, se ha convertido en una de las ideas fundamentales de la teología patrística[2]. Para los Padres tuvo que ser un descubrimiento fascinante el que el filósofo que resumía e interpretaba las tradiciones más antiguas, hubiese hablado de la cruz como el sello del universo. Ireneo de Lyon (muerto en torno al año 200), el verdadero fundador de la teología sistemática en su forma católica, en su escrito apologético titulado «Demostración de la predicación apostólica» afirma lo siguiente: el crucificado «es, Él mismo, la palabra de Dios Todopoderoso, que con su presencia invisible impregna nuestro universo. Y por eso abarca todo el mundo, su anchura y su longitud, su altura y su profundidad; porque, por medio de la Palabra de Dios, todas las cosas son conducidas al orden. Y el Hijo de Dios está crucificado en ellas al estar impreso en todo, en forma de cruz» (1,3).

Este texto del gran Padre de la Iglesia, oculta una cita bíblica que es de gran importancia para la teología bíblica de la cruz. La Carta a los Efesios nos exhorta a estar arraigados y cimentados en el amor y, al apoyarnos en él, ser capaces de abarcar con todos los santos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor de Cristo» (3,18s). No puede dudarse de que esta carta, perteneciente a la escuela de san Pablo, habla ya aquí, a modo de alusión, de la cruz cósmica, recogiendo probablemente tradiciones religiosas que hablan del árbol cósmico en forma de cruz, que sostiene el universo. Una idea religiosa que, por lo demás, también era conocida en la India.

San Agustín hizo una maravillosa interpretación existencial de este significativo pasaje de san Pablo. En él, ve representadas las dimensiones de la vida humana, en referencia al Cristo crucificado, cuyos brazos abarcan el mundo, cuyo camino llega hasta los abismos del infierno y hasta la altura del mismo Dios (De doctr. Christ. II 41, 62 CChr XXXII, 75s).

Hugo Rahner recopiló los textos más bellos de la época patrística dedicados al misterio cósmico de la cruz[3]. Quisiera citar aquí únicamente dos. En la obra de Lactancio (✝ hacia 325) leemos: «En su sufrimiento, Dios extendió los brazos, abarcando así el orbe para anticipar ya entonces que, desde la salida del sol hasta el ocaso, se reunirá un pueblo que habrá de venir para ser acogido bajo sus alas» (81). Un griego desconocido del siglo IV contrapone la cruz al culto al sol y dice: ahora Helios (el sol) ha sido vencido por la cruz «y el hombre, al que el sol creado en el cielo no ha podido instruir, ahora está bañado por la luz solar de la cruz e iluminado (en el bautismo)». A continuación, el autor anónimo, hace suya una expresión de san Ignacio de Antioquía (muerto en torno al año 110), que había definido la cruz como «árgano»[4] (mechane) del cosmos para el ascenso al cielo (Ef 9, 1) y dice: ¡Oh sabiduría, verdaderamente divina! ¡Oh cruz, tu árgano que eleva al cielo! La cruz quedó plantada —y así, la esclavitud de los ídolos quedó aniquilada—. No es un leño como los demás, sino un leño del que Dios se ha servido para su victoria» (87s).

En su discurso escatológico, Jesús había anunciado que al final de los tiempos «aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre» (Mt 24,30). La mirada de la fe podía, ya desde ahora, reconocer su señal inscrita en el cosmos desde el principio, y ver así confirmada por el cosmos la fe en el Redentor crucificado. Al mismo tiempo, los cristianos sabían, de este modo, que los caminos de la historia de las religiones se dirigían hacia Cristo, que su espera representada en muchas imágenes conducía hacia Él. Esto significaba, por otra parte, que la filosofía y la religión ofrecían a la fe las imágenes y las ideas en las que ésta podía comprenderse a sí misma plenamente.

«Tu nombre será una bendición» había dicho Dios a Abrahán al principio de la historia de la salvación (Gn 12,2). En Cristo, hijo de Abrahán, se cumple esta palabra en su plenitud. Él es una bendición y es una bendición para toda la creación y para todos los hombres. La cruz, que es su señal en el cielo y en la tierra, tenía que convertirse, por ello, en el gesto de bendición propiamente cristiano. Hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismos y entramos, de este modo, en el poder de bendición de Jesucristo. Hacemos la señal de la cruz sobre las personas a las que deseamos la bendición. Hacemos la señal de la cruz también sobre las cosas que nos acompañan en la vida y que queremos recibir nuevamente de la mano de Dios. Mediante la cruz podemos bendecirnos los unos a los otros.

Personalmente, jamás olvidaré con qué devoción y con qué recogimiento interior mi padre y mi madre nos santiguaban, de pequeños, con el agua bendita. Nos hacían la señal de la cruz en la frente, en la boca, en el pecho, cuando teníamos que partir, sobre todo si se trataba de una ausencia particularmente larga. Esta bendición nos acompañaba, y nosotros nos sentíamos guiados por ella: era la manera de hacerse visible la oración de los padres que iba con nosotros, y la certeza de que esta oración estaba apoyada en la bendición del Redentor. La bendición suponía, también, una exigencia por nuestra parte: la de no salirnos del ámbito de esta bendición. Bendecir es un gesto sacerdotal: en aquel signo de la cruz percibíamos el sacerdocio de los padres, su particular dignidad y su fuerza. Pienso que este gesto de bendecir, como expresión plenamente válida del sacerdocio común de los bautizados, debería volver a formar parte de la vida cotidiana con mayor fuerza aún, empapándola de esa energía del amor que procede del Señor.

[1] Dinkler, E., Signum crucis. Aufsätze zum Neuen Testament und zur christlichen Archäologie, J. C. B. Mohr (Tübingen 1967), sobre todo 1-76.

[2] Una síntesis útil de los testimonios de los Padres la ofrece Pfnür, V., «Das Kreuz: Lebensbaum in der Mitte des Paradiesgartens», en M. B. Von Strizky – Chr. Uhrig (ed.), Garten des Lebens, Festschrift für W. Cramer (Altenberge 1999), pp. 203-222.

[3] H. Rahner, Griechische Mythen in christlicher Deutung (Darmstadt 1957).

[4] * Nota del traductor: Máquina a modo de grúa para levantar pesos.

La Eucaristía…

Realización de las más sublimes aspiraciones del hombre

Por san Alberto Hurtado

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El Padre Hurtado celebrando la santa Misa

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes…

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario…

padre pio calizAhora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

La Felicidad

El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).

Cambiarse en Dios

El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es Él quien domina mi vida, en su realidad más íntima.

Hacer cosas grandes

El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…! He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

Unión de caridad

En la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial.

 08viajesHacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

San Alberto Hurtado, “La búsqueda de Dios”

Julio, mes de la Preciosísima Sangre

Devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

San Juan XXIII escribió a fines de junio de 1960 esta pequeña pero hermosa carta apostólica  “Inde a Primis” sobre esta Devoción.

7113985_origMuchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio —y nuestra palabra, anhelante y sencilla, se ha anticipado con frecuencia a nuestros sentimientos— ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.

Esta devoción se nos infundió en el mismo ambiente familiar en que floreció nuestra infancia y todavía recordamos con viva emoción que nuestros antepasados solían recitar las Letanías de la Preciosísima Sangre en el mes de julio.

Fieles a la exhortación saludable del Apóstol: “Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre”, creemos, venerables Hermanos, que entre las solicitudes de nuestro ministerio pastoral universal, después de velar por la sana doctrina, debe tener un puesto preeminente la concerniente al adecuado desenvolvimiento e incremento de la piedad religiosa en las manifestaciones del culto público y privado. Por tanto, nos parece muy oportuno llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado “derramada por muchos en remisión de los pecados” .

Sí, pues, es de suma importancia que entre el Credo católico y la acción litúrgica reine una saludable armonía, puesto que lex credendi legem statuat supplicandi (la ley de la fe es la pauta de la ley de la oración)  y no se permitan en absoluto formas de culto que no broten de las fuentes purísimas de la verdadera fe, es justo que también florezca una armonía semejante entre las diferentes devociones, de tal modo que no haya oposición o separación entre las que se estiman como fundamentales y más santificantes, y al mismo tiempo prevalezcan sobre las devociones personales y secundarias, en el aprecio y práctica, las que realizan mejor la economía de la salvación universal efectuada por “el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos”. Moviéndose en esta atmósfera de fe recta y sana piedad los creyentes están seguros de sentirse cum Ecclesia (sentir con la Iglesia), es decir, de vivir en unión de oración y de caridad con Jesucristo, Fundador y Sumo Sacerdote de aquella sublime religión que junto con el nombre toma de El toda su dignidad y valor.

Si echamos ahora ,una rápida ojeada sobre los admirables progresos que ha logrado la Iglesia Católica en el campo de la piedad litúrgica, en consonancia saludable con el desarrollo de la fe en la penetración de las verdades divinas, es consolador, sin duda, comprobar que en los siglos más cercanos a nosotros no han faltado por parte de esta Sede Apostólica claras y repetidas pruebas de asentimiento y estímulo respeto a las tres mencionadas devociones; que fueron practicadas desde la Edad Media por muchas almas piadosas y propagadas después por varias diócesis, órdenes y congregaciones religiosas, pero que esperaban de la Cátedra de Pedro la confirmación de la ortodoxia y la aprobación para la Iglesia universal.

Baste recordar que nuestros Predecesores desde el siglo XVI enriquecieron con gracias espirituales la devoción al Nombre de Jesús, cuyo infatigable apóstol en el siglo pasado fue, en Italia, San Bernardino de Sena. En honor de este Santísimo Nombre se aprobaron de modo especial el Oficio y la Misa y a continuación las Letanías . No menores fueron los privilegios concedidos por los Romanos Pontífices al culto del Sacratísimo Corazón, en cuya admirable propagación tuvieron tanta influencia las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque . Y tan alta y unánime ha sido la estima de los Sumos Pontífices por esta devoción, que se complacieron en explicar su naturaleza, defender su legitimidad, inculcar la práctica con muchos actos oficiales a los que han dado remate tres importantes Encíclicas sobre el misma tema.

Asimismo la devoción a la Preciosísima Sangre, cuyo propagador admirable fue en el siglo pasado; el sacerdote romano San Gaspar del Búfalo, obtuvo merecido asentimiento de esta Sede Apostólica. Conviene recordar que por mandato de Benedicto XIV se compusieron la Misa y el Oficio en honor de la Sangre adorable del Divino Salvador; y que Pío IX, en cumplimiento de un voto hecho en Gaeta, extendió la fiesta litúrgica a la Iglesia universal. Por último Pío XI, de feliz memoria, como recuerdo del XIX Centenario de la Redención, elevó dicha fiesta a rito doble de primera clase, con el fin de que, al incrementar la solemnidad litúrgica, se intensificase también la devoción y se derramasen más copiosamente sobre los hombres los frutos de la Sangre redentora.


Por consiguiente, secundando el ejemplo de nuestros Predecesores, con objeto de incrementar más el culto a la preciosa Sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, hemos aprobado las Letanías, según texto redactado por la Sagrada Congregación de Ritos, recomendando al mismo tiempo se reciten en todo el mundo católico ya privada ya públicamente con la concesión de indulgencias especiales.

¡Ojalá que este nuevo acto de la “solicitud por todas las Iglesias”, propia del Supremo Pontificado, en tiempos de más graves y urgentes necesidades espirituales, cree en las almas de los fieles la convicción del valor perenne, universal, eminentemente práctico de las tres devociones recomendadas más arriba!

Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado), como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI . Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

padre pio calizY al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo… Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor… Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea. De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo “por inspiración del Espíritu Santo” mereció para el mundo entero. Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: “Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros… Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles… Esta Sangre derramada purifica el mundo… Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia… Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras”.

¡Ah! Si los cristianos reflexionasen con más frecuencia en la advertencia paternal del primer Papa: “Vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha!” . Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: “Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo”.

¡Cuánto más dignas, más edificantes serían sus costumbres; cuánto más saludable sería para el mundo la presencia de la Iglesia de Cristo! Y si todos los hombres secundasen las invitaciones de la gracia de Dios, que quiere que todos se salven, pues ha querido que todos sean redimidos con la Sangre de su Unigénito y llama a todos a ser miembros de un único Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, ¡cuánto más fraternales serían las relaciones entre los individuos, los pueblos y las naciones; cuánto más pacífica, más digna de Dios y de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza del Altísimo, sería la convivencia social!

Debemos considerar esta sublime vocación a la que San Pablo invitaba a los fieles procedentes del pueblo escogido, tentados de pensar con nostalgia en un pasado que sólo fue una pálida figura y el preludio de la Nueva Alianza: “Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos, que están escritos en los cielos, y a Dios, Juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos, y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión de la sangre, que habla mejor que la de Abel”.

Confiando plenamente, venerables Hermanos, en que estas paternales exhortaciones nuestras, que daréis a conocer de la manera que creáis más oportuna al Clero y a los fieles confiados a vosotros, no sólo serán puestas en práctica de buen grado, sino también con ferviente celo, como auspicio de las gracias celestiales y prenda de nuestra especial benevolencia, con efusión de corazón impartimos la Bendición Apostólica a cada uno de vosotros y toda vuestra grey, y de modo especial a todos los que respondan generosa y plenamente a nuestra invitación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el treinta de junio de 1960, vigilia de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, segundo año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP.XXIII.

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado