Dios revela sus misterios más profundos en primer lugar a María
P. Gustavo Pascual, IVE.
En María hemos de encontrar la fuerza para redescubrir permanentemente la vida cristiana como fidelidad a la religión del misterio. A ella se revela la Trinidad… el Señor Dios… Hijo del Altísimo… El Espíritu Santo… (Lc 1, 32-35); la Encarnación, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)[1].
María fue la primera en recibir la revelación de la Santísima Trinidad, de la Encarnación y de la Maternidad divina[2].
Misterio de Dios Uno y Trino
La Santísima Trinidad miró a María, punto luminoso en el conjunto de la oscuridad del mundo y amando a todos y cada uno de los hombres decide la Redención: “hagamos redención del género humano”[3].
María no tuvo otro anhelo en la tierra que pasar desconocida de sí misma y de toda criatura, para ser conocida de sólo Dios[4]. Es la excelente obra maestra del Altísimo, cuyo conocimiento y posesión Él se ha reservado para sí. Es el santuario y descanso de la Santísima Trinidad, donde Dios mora más magnífica y divinamente que en ningún otro del universo[5].
El ángel al saludarla le dice que viene de parte de Dios (v. 28) y que ha agradado a Dios (v. 30), al único Dios, al Altísimo (v. 32). El ángel le revela las tres personas que tendrán una relación directa con ella en el acontecimiento que le anuncia. Un Padre (v. 32.35), un Hijo (v. 32.35) y un Espíritu Santo (v. 35).
La Santísima Trinidad realiza la obra del misterio de la Encarnación, es la primera causa, la causa eficiente del misterio y es obra común de las Tres Personas. Pero podemos atribuir al Padre la iniciativa de la obra, al Hijo el resultado de la obra y al Espíritu Santo la obra misma.
El Padre es el que elige a María y le da la gracia de que obre en ella lo que tiene eternamente determinado (v. 28.30.37), también envía al Hijo en Persona al mundo[6] y nos lo da para que por Él alcancemos el cielo[7]. También es el que establece al que va a nacer sobre el trono de David (v. 32). Además, da el nombre del que nacerá (v. 31).
Al Hijo se le atribuye el resultado de la obra, la Encarnación misma, en cuanto es unión de la naturaleza humana con su naturaleza divina en la única persona que es la suya.
El Hijo va a ser concebido y dado a luz por María. Ella le pondrá por nombre Jesús (v. 31), es decir, Salvador[8]. Será concebido sin intervención de varón, será santo y llamado Hijo de Dios (v. 34-35), reinará sobre el trono de David y en la casa de Jacob eternamente (v. 32-33).
Al Espíritu Santo se le atribuye la obra misma[9], porque es principio de la perfección, del amor y de la santidad en la Encarnación. En la creación y donación de la naturaleza humana del Verbo Encarnado, en la unión de la naturaleza humana y la divina a la Segunda Persona y en la concepción virginal de María[10].
Misterio de la Encarnación
“El gran misterio de la piedad, manifestado en la carne”[11].
“La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella (María) y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia entra más profundamente en el altísimo misterio de la encarnación”[12].
María conocía las profecías que hablaban de la alegría de Israel por la presencia de Dios y sus maravillas en medio de su pueblo[13]. También la profecía sobre la virgen que iba a concebir y dar a luz al Emmanuel[14], sobre el heredero de David para siempre[15] y otras sobre el futuro Mesías.
La Virgen al recibir el saludo de Gabriel iría comprendiendo que el mensaje se refería al Mesías esperado por Israel; “se preguntaba” (v. 29), es decir, discurría sobre lo que escuchaba y preguntó cómo sería, pues no conocía varón (v. 34) y al aclararle el ángel cómo sería (v. 35) contestó con su “sí” (v. 38) a Dios y se obró en ella la Encarnación.
El Verbo viene al encuentro de la humanidad y se sirve de María. Ella pone en ejercicio toda la potencia de su amor. Sabe que todo lo que ella ofrece es nada en comparación de lo que recibe.
María recibe de parte del ángel el anuncio de que ella es la virgen de Isaías que concebirá y dará a luz un hijo, el cual, será llamado Hijo del Altísimo e Hijo de Dios. María comprendió que se trataba del Emmanuel, del Mesías prometido, del Salvador de Israel, del heredero de David.
María no comprendía el misterio pero creía en lo que Dios le revelaba. Su fe fue confirmada por las palabras del ángel “no hay nada imposible para Dios” (v. 37).
La potencia del amor de María en pleno ejercicio se muestra en la Encarnación, se manifiesta como fe[16].
La fe de María se ha expresado en su entrega absoluta. Es una fe que se fía de Dios, acepta el mensaje, conoce el amor de Dios y se pone en total disposición a colaborar.
Dios Padre dio al mundo su Unigénito solamente por medio de María.
Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María.
Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María; pero después de haberle pedido a ella su consentimiento por medio de uno de los principales ministros de su corte.
Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura era capaz de recibirla, a fin de darle poder para engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su cuerpo místico.
Dios Hijo descendió a su seno virginal como nuevo Adán a su paraíso terrenal, para tomar en él sus complacencias, y obrar allí secretamente las maravillas de la gracia. Dios hecho hombre encontró su libertad en verse aprisionado en su seno; hizo alarde de su poder dejándose llevar de esta virgencita; cifró su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las criaturas de la tierra, para no revelarlos más que a María; glorificó su independencia y su majestad, sometiéndose a esta Virgen amable en su concepción, en su nacimiento y hasta la muerte[17].
Misterio de la Maternidad Divina
También María fue la primera en conocer que una mujer sería la Madre de Dios. Porque se cumplía en ella la concepción del Emmanuel que es Dios entre los hombres[18]. Concepción de un hijo de su misma naturaleza y heredero de su familia, de David y de la casa de Jacob. Es decir, que en el anuncio también se le revela su Maternidad divina.
[1] Cf. Directorio de Espiritualidad del Instituto del Verbo Encarnado nº 77, Editrice del Verbo Incarnato Italia 20041.
[2] Cf. Lc 1, 26-38
[3] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales nº 107. En adelante E.E.
[4] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, 2.
[5] Ibíd., 5.
[6] Cf. Jn 17, 3
[7] Cf. Jn 3, 16
[8] Cf. Mt 1, 21
[9] Cf. Mt 1, 20
[10] Cf. Mt 1, 23; Lc 1, 35
[11] 1 Tim 3, 16
[12] Constitución dogmática “Lumen Gentium” sobre la Iglesia nº 65, Paulinas Buenos Aires 198. En adelante L.G.
[13] Cf. Is 12, 6; So 3, 14-15; Jl 2, 21-27; Za 2, 14; 9, 9
[14] Cf. Is 7, 14
[15] Cf. 2 S 7, 1; Is 9, 6; Dn 7, 14
[16] Cf. Lc 1, 45
[17] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nº 16-18. Resumo estos números usando las palabras del santo.
[18] Cf. Mt 1, 23
1. En la maternidad divina es precisamente donde el Concilio descubre el fundamento de la relación particular que une a María con la Iglesia. La constitución dogmática Lumen gentium afirma que «la santísima Virgen, por el don y la función de ser Madre de Dios, por la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y funciones, está también íntimamente unida a la Iglesia» (n. 63). Ese mismo argumento utiliza la citada constitución dogmática para ilustrar las prerrogativas de «tipo» y «modelo», que la Virgen ejerce con respecto al Cuerpo místico de Cristo: «Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la santísima Virgen María fue por delante mostrando de forma eminente y singular el modelo de virgen y madre» (ib.).




María ama a la juventud, y por lo tanto ama y bendice mucho a quienes se dedican a hacer bien a los jóvenes.
El papel excepcional que María desempeña en la obra de la salvación nos invita a profundizar en la relación que existe entre ella y la Iglesia.
1. Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María «es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección» (
El evangelista Juan hace alusión a cuatro personas que estaban junto a la cruz de Jesús. Tres mujeres: María, la madre de Jesús, María la de Cleofás, hermana de su madre y María Magdalena, que era discípula de Jesús. Además hace referencia a un hombre: el discípulo que Él amaba
Una vez oí a un sacerdote en el seminario decir que cuando una mujer pierde a su marido la llamamos viuda; cuando un hijo pierde a sus padres lo llamamos huérfano; pero cuando una madre pierde a su hijo…, es un dolor que no tiene nombre.
Este es Cristo. Y toda nuestra santificación, conocer a Cristo, e imitar a Cristo. A los que predestinó, los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo. Ninguno se salva sino en Cristo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Camino que andar; Verdad que creer; Vida que vivir… Todo el evangelio y todos los santos llenos de este ideal, que es el ideal cristiano por excelencia. Vivir en Cristo; transformarse en Cristo… San Pablo: “Nada juzgué digno sino de conocer a Cristo y a éste crucificado” (1Cor 2,2)… “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí” (Gál 2,20)… La tarea de todos los santos es realizar en la medida de sus fuerzas, según la donación de la gracia, diferente en cada uno, el ideal paulino de vivir la vida de Cristo. Imitar a Cristo, meditar en su vida, conocer sus ejemplos…