CUÁN POCOS SON LOS QUE AMAN LA CRUZ DE CRISTO

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad.

Tomas de Kempis

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, pero muy pocos que lleven su cruz. ‘Tiene muchos que desean el consuelo, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros halla para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozarse con él, mas pocos quieren sufrir algo por él. Muchos siguen a Jesús cuando no hay adversidades; muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él algunas consolaciones; si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían y abatirían.

Pero los que aman a Jesús por él mismo, y no por algún propio consuelo suyo, bendícenle en toda pena y angustia del corazón, tan bien como en el consuelo. Y aunque nunca más les quisiere dar consuelo, siempre le alabarían y darían gracias.

¡ Oh cuánto puede el amor puro de Jede sin mezcla del propio amor! Bien se pueden llamar propiamente mercenarios los que siempre buscan consolaciones. ¿No se aman a si mismos más que a Cristo, los que continuamente piensan en su provecho y ganancias? ¿Dónde se hallará alguno que quiera servir a Dios de balde?

Pocas veces se halla alguno tan espiritual, que esté desnudo de todas las cosas. ¿Pues quién hallará el verdadero pobre de espíritu y desnudo de toda criatura? De muy lejos y muy precioso es su valor. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada; y el hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos; y si tuviere gran virtud y muy fervorosa devoción, aún le falta mucho; esto es una cosa que ha menester mucho. ¿Y cuál es ésta? Que dejadas todas las cosas, se deje a sí mismo, y salga de sí del todo, y no le quede nada de amor propio. Y cuando conociere que ha hecho todo lo que debe hacer, piense que aún no ha hecho nada.

No tenga en mucho que lo puedan tener por grande; más llámese en la verdad siervo sin provecho, como dice la Verdad; Cuando aun hubieres hecho todo lo que os está mandado, aún decid: Siervos somos sin provecho. Y así podrás ser pobre y desnudo de espíritu, y decir con el Profeta: Uno solo y pobre soy. Con todo eso, ninguno hay más rico, ninguno más poderoso, ninguno más libre, que aquél que sabe dejarse a sí mismo y a todas las cosas, y ponerse en el último lugar.

Capítulo XII

Del camino real de la Santa Cruz

Estas palabras parecen duras a muelles! “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y que sígueme”, Pero más duro será oír aquella terribles Palabras: “Apartaos de mí, maldito, al fuego eterno”. Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la Cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. Entonces todos los siervos de la Cruz, que se conformaron su vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo Juez con gran confianza.

¿Por qué pues temes tomar le Cruz por le cual se va al Reino? En la Cruz está le salud, en la Cruz está la vida, en le Cruz está la defensa contra los enemigos, en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial, en la Cruz está la fortaleza del corazón, en la Cruz está el gozo del espíritu, en la Cruz está la suma virtud, en la Cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la Cruz. Toma, pues tu Cruz y sigue a Jesús e irás a la vida eterna. Él vino primero y llevó su Cruz, y murió en la Cruz por ti, porque tú también la tú también lleves y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él vivirás con Él, y si fueres compañero de sus penas, lo serás también de su gloria.

Mira que todo consiste en la Cruz, y todo está en morir en ella; y no hay otro camino para la vida y para la verdadera paz sino el de la santa Cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo eminente ni más seguro en lo abatido sino la senda de la santa Cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la Cruz, pues, o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

Unas veces te dejará Dios y otras te mortificará el prójimo, y lo que más es, muchas veces te descontentarás de ti mismo, y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo, y será preciso que sufras hasta cuando Dios quisiere, porque quiere que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él, y te hagas más humilde con la aflicción. Ninguno siente tan de corazón la pasión de Cristo, como aquél e quien acaece sufrir penas semejantes. De modo que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar. No le puedes huir donde quiera que fueres; porque a cualquier parte que huyas llevas a ti mismo, Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuere, vuélvete adentro, en todo hallarás la cruz; y es necesario que en todo lugar tengas paciencia si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin de padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, la hiciste mas pesada, y no obstante es preciso que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y acaso más pesada.

¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor, porque convenía que Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria. ¿Pues cómo buscas tú otra senda, sino este camino real que es el de la santa Cruz? ¿Y tu buscas para ti holgura y gozo? Yerras, yerras si buscas otra cosa que sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes está rodeada de cruces; y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más pesadas cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

Más este tal, así afligido de tantos modos, no está sin el alivio de la consolación, porque siente crecer en sí gran fruto de llevar su cruz, porque cuando se junta a ella de buena voluntad todo el peso de la tribulación se convierte en confianza del consuelo divino. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se fortifica el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces se conforta tanto con el afecto a la tribulación y adversidad por el amor y conformidad con la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y penalidad, porque se tiene por tanto más acepto a Dios, cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne frágil, que lo que naturalmente el hombre siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu.

No es propio de la humana condición llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo y sujetarle a servidumbre, huir los honores, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado, tolerar todo lo adverso con daño y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, él te dará fortaleza celestial y hará que te obedezca el mundo y la carne, y no temerás al demonio si estuvieres armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

Disponte, pues, como bueno y fiel siervo de Cristo para llevar varonilmente la Cruz de tu Señor, crucificado por amor tuyo. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo donde quiera que fueres y de verdad lo hallarás en cualquier parte donde te escondas. Así conviene, y no hay otro remedio para escapar de la tribulación de los males y del dolor, sino sufrir. Bebe con afecto el cáliz del Señor si quieres ser su amigo y tener parte con él. Remite a Dios las consolaciones y haga Él con ellas lo que más le pluguiere. Pero tú disponte a sufrir las tribulaciones y estímalas por grandes consuelos; porque son condignas las penalidades de este tiempo pare merecer la gloria venidera, aunque tú pudieras sufrirlas todas.

Cuando llegares a punto que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces que vas bien porque hallaste el paraíso en la tierra. Mientras te parezca penoso el padecer y procures huirlo, cree que vas mal, y donde quiera que fueres te seguirá el rastro de la tribulación.

Si te dispones para hacer lo que debes, conviene a saber, sufrir y morir, luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con San Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. Yo, dice Jesús, te mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre. Luego, sólo te queda el padecer, si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

Pluguiese a Dios que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús. ¡Cuán grande gloria se te daría! ¡Cuánta alegría causarías e todos los Santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo!, pues todos alaban la paciencia, aunque pocos quieren padecer. Con razón debías sufrir algo de buena gene por Cristo, cuando hay tantos que sufren más graves cosas por el mundo.

Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y que cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir e Dios. Ninguno es apto para comprender esa cosas celestiales si no se aviene a sufrir lee adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer gustosamente por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debería desear padecer cosas adversas por Cristo, que ser recreado de muchas consolaciones; porque en esto le serías más semejante, y más conforme a todos los santos. Pues no está nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestro estado en disfrutar muchas suavidades y consuelo, sino en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombre que el sufrir, Cristo lo hubiera declarado con su palabra y ejemplo; pues manifiestamente exhorte a sus discípulos, y a todos los que desean seguirle, que lleven la Cruz y les dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mis tu cruz, y sígame. Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la conclusión: Que por muchas tribulaciones nos es necesario entrar en el reino de Dios.

Tomás de KempisImitación de Cristo y menosprecio del mundo, Capítulo XI-XII

 

NECESIDAD DE LA CRUZ

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

D. Columba Marmion, OSB

No nos dejemos abatir por las pruebas, las contradicciones. Ellas serán tanto más grandes y profundas cuanto Dios nos llame a mayor perfección. ¿Por qué esta ley?

Porque es el camino por donde pasó Jesús, y cuanto más queramos estar unidos a Él, tanto más debemos asemejarnos a Él en el más profundo e íntimo de sus misterios. San Pablo, ya lo sabéis, reduce toda la vida interior al conocimiento práctico de Jesús, y de Jesús crucificado. Y Nuestro Señor mismo nos dice que el “Padre, que es el divino viñador, poda la rama para que dé más frutos”. Purga bit eum ut fructum plus afferat. Dios tiene mano poderosa, y sus operaciones purificadoras llegan a profundidades que sólo los santos conocen; por las tentaciones que permite, por las adversidades que envía, por los abandonos que y soledades que produce en el alma, intenta deshacerla de lo creado; la “persigue para poseerla”; penetra hasta los tuétanos, “rompe hasta los huesos”, como dice Bossuet en alguna parte, “a fin de reinar solo”.

¡Feliz el alma que se abandona en manos del Obrero eterno! Por su Espíritu, todo fuego y amor, que es “el dedo Dios”, el artista divino cincelará en ella los rasgos de Cristo a fin de que se parezca al Hijo de su amor, según el designio inefable de su sabiduría y de su misericordia.

Hay almas que tienen mucha actividad: hacen oración, se dan a la mortificación, se dedican a obras… adelantan, pero cojeando, un poco, porque su actividad es en parte humana. Hay otras almas que Dios ha tomado de su mano y que adelantan mucho, porque es Él mismo quien obra en ellas. Pero, antes de llegar a este segundo estado, se debe sufrir mucho, porque conviene que antes haya dejado sentir el Señor al alma que ella no es nada, ni puede nada; conviene que Él llegue a decir con toda sinceridad: Ut jumentum factus sum, apud te: ad nihilum redactus sum et nescivi: “Yo soy estúpido, sin inteligencia, como bestia de carga ante el Señor.”

Querida hija mía, es esto lo que el Señor está dispuesto hacer en vos, y tendréis que sufrir mucho mientras no logréis este resultado; pero no os espantéis si sentís que todo hierve en vos; no os desaniméis si, luego, sentís vuestra incapacidad porque Dios, después de haber como anulado vuestra actividad humana, vuestras energías naturales, tomará Él mismo al alma y la conducirá a la unión consigo. Cuando hagáis el Vía-Crucis, uníos a los sentimientos que tenía nuestro divino Salvador; esto no puede dejar de agradar al Padre Eterno, si le ofrecemos la imagen de su Hijo. En la XIV estación, vemos el Cuerpo de Nuestro Señor exinanitum, “inanimado”, pero tres días después sale del sepulcro, lleno de vida, de una vida magnífica… Lo mismo acaecerá con nosotros; si dejamos que Dios obre en nosotros, después de que Él haya destruido todo lo que en nosotros se opone a la gracia, nos llenará de su vida; será la realización de esta palabra: Christus mihi vita: “Cristo es mi vida.”

A esto debéis aspirar: el Padre eterno sólo desea ver en vos a su Hijo. Acordaos de la palabra de san Pablo: Ut inveniat in illo: Yo deseo ser hallado en Cristo (no con mi propia justicia). Os aconsejo que pongáis todas las mañanas cada una de vuestras facultades a los pies de Cristo, a fin de que todo salga de Él y que vos nada hagáis sino por amor a Él.

No hay duda alguna de que vuestras penas interiores forman gran parte del plan de Dios misericordiosísimo para la santificación de vuestra alma. Todos hemos pasado por este invierno, porque “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Era necesario que vuestra alma fuese surcada por el sufrimiento; que experimentaseis que el sentimiento del entero abandono por parte de Dios es el mayor de todos los sufrimientos: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me habéis abandonado?” Porque erais agradable a Dios, era necesario que la prueba os visitara… Después del invierno vendrá la primavera; luego, el verano…

El sufrimiento desprende al alma

Después de que el sacerdote, ministro de Cristo, nos ha impuesto en el sacramento de la penitencia la satisfacción necesaria y, por la absolución, ha lavado nuestra alma en la sangre divina, añade estas palabras: “Que todos los esfuerzos que hagas para cumplir el bien, que todo cuanto sufras, sirva para el perdón de tus pecados, aumento de la gracia y recompensa en la vida eterna.”

Por esta plegaria, el sacerdote da a nuestros sufrimientos, a nuestros actos de satisfacción, de expiación, de mortificación, de reparación, de paciencia —que de esta manera une al sacramento— una eficacia particular, que nuestra fe no puede olvidar de poner a luz. “En remisión de tus pecados,”

El Concilio de Trento enseña a este propósito una verdad muy consoladora. Nos dice que Dios tiene tal munificencia en su misericordia, que no sólo las obras de expiación que el sacerdote nos impone, o que nosotros mismos escogemos, sino también todas las penas inherentes a nuestra condición humana, todas las contrariedades temporales que Dios envía o permite y que nosotros soportamos con paciencia, sirven, por los méritos de Jesucristo, de satisfacción cerca del Padre celestial. Por esto —y yo no sabría encarecéroslo bastante—es una práctica muy excelente y fecunda, la de que cuando nos presentemos ante el sacerdote o, mejor aún, ante Jesucristo, para acusar nuestras faltas, aceptemos, en expiación de ellas, todas las penas, todas las contrariedades, todas las contradicciones que nos puedan sobrevenir; y más aún, la de señalarnos en este momento tal o cual acto de mortificación, por insignificante que sea, para irlo cumpliendo hasta la confesión siguiente.

La fidelidad a esta práctica, que encaja muy bien con el espíritu de la Iglesia, es extraordinariamente fecunda.

Por de pronto, evita el peligro de la rutina. Un alma que se sumerge de tal modo, por la fe, en la consideración de la grandeza de este sacramento por el que se nos aplica la sangre de Jesús, y que, por una intención llena de amor, se ofrece a soportar con paciencia, en unión con Cristo en la cruz, todo cuanto se presente de duro, difícil, penoso, contrario en su vida, una alma así es refractaria a la rutina que se pega, en muchas personas, en la frecuente confesión.

Además, esta práctica representa un acto de amor en gran manera agradable a Nuestro Señor, porque indica la voluntad de participar de los sufrimientos de su Pasión, el más santo de sus misterios.

Hay renuncias que, por decreto de la Providencia, trae consigo el curso de la vida y que debemos aceptar como verdaderos discípulos de Jesucristo: tales son el sufrimiento, la enfermedad, la muerte de seres amados, los reveses y adversidades, las contrariedades y contradicciones que dificultan la realización de nuestros planes, el fracaso de nuestras empresas, nuestras decepciones, los momentos de tedio, las horas de tristeza, el “peso del día”, que abatía ya entonces tan fuertemente a san Pablo hasta el extremo de que “la existencia —lo dice él mismo— le era pesada”… tantas miserias que nos despegan de nosotros mismos y de las criaturas, no sin mortificar nuestra naturaleza, y “haciéndonos morir” poco a poco, “cada día”: quotidie morior.

Ésta era la frase de san Pablo; pero, si “él moría cada día”, era para vivir más, cada día también, la vida de Cristo.

Siento mucha compasión por vos, por la prueba que Dios os envía en estos momentos. Es un martirio. Sin embargo, yo me conformo enteramente con la santa voluntad de nuestro amado Señor, que os envía esta cruz tan íntima de su Corazón Sagrado. Creedme, y os lo digo en nombre de Dios, esta prueba os ha sido enviada por el amor de Nuestro Señor, y ella debe realizar una obra en vuestra alma que ninguna otra podría llevarla a cabo. Será la destrucción de vuestro amor propio, y, cuando salgáis de esta prueba, seréis mil veces más querida de su Sagrado Corazón que antes. Pues, aunque os tenga mucha compasión, no quisiera por nada del mundo que dejarais de pasarla, porque veo que Jesús, que os tiene un amor mil veces mayor que el que os podáis tener vos misma, permite que os alcance esta prueba. Estad segura de que durante todo este tiempo, os encomendaré mucho en mis oraciones y sacrificios, para que Dios os de fortaleza para saber aprovecharos bien de esta gracia.

Ya sabéis que Dios se complace en conducirnos por el camino de la perfección a la luz de la obediencia, y con Frecuencia nos priva de toda otra luz y nos conduce sin dejarnos comprender sus caminos. Conviene mantenerse, durante pruebas semejantes, en una sumisión completa y en una convicción inquebrantable —a pesar de lo contrario que os puedan inspirar vuestra razón o el demonio— de que sabrá sacar su gloria y vuestro crecimiento espiritual de manera muy diferente de la que habríais escogido por vuestra cuenta. Yo os digo de parte de Dios que esta prueba es una ganancia para vos, y estoy tan convencido que, desde que me di cuenta de su comienzo, sabía que duraría una temporada; es muy dolorosa, es la mayor de las cruces que Dios puede enviar a un alma que lo ama, pero, mientras seáis obediente, no hay peligro ninguno.

El sufrimiento da frutos para el alma y para toda la Iglesia

Dios colma de bendiciones especiales al alma poseída del espíritu de abandono. Se siente uno incapaz de decir lo que Dios hace en esta alma, cómo adelanta en santidad. La conduce por caminos seguros a la cumbre de la perfección. A veces, es cierto, puede parecer que estos caminos contrarían el fin, pero “Dios logra sus fines, guiando todas las cosas con fuerza y dulzura”. “Todo”, decía Jesús a su fiel sierva Gertrudis, “tiene su hora en los adorables designios de mi providente Sabiduría”.

¡Felices las almas a quienes Dios llama a vivir sólo de la desnudez de la cruz! Ésta es para ellas un manantial inagotable de preciosas gracias.

Los sufrimientos son el precio y la señal de los verdaderos favores divinos… Las obras y las fundaciones basadas en la cruz y el sufrimiento son las únicas durables.

Los sufrimientos que habéis soportado son, para mí, señal de una bendición especial de Aquel que, en su sabiduría, ha querido basarlo todo en la cruz.

Hay en vuestra carta una frase que me satisface mucho, porque en ella adivino una fuente de gran gloria de Dios. Decís: “En mí no hay nada, absolutamente nada, en que yo pueda tener un poco de seguridad. Así, pues, no ceso de abandonarme con confianza en el corazón de mi maestro.” Ésta es, hija mía, la verdadera alegría, porque todo lo que Dios hace por nosotros es efecto de su misericordia, movida por el reconocimiento de esta miseria; y un alma que ve su miseria y que la presenta continuamente a los ojos de la misericordia divina, da mucha gloria a Dios, dándole ocasión de mostrar su bondad al alma. Continuad siguiendo este atractivo, y dejaos conducir, en medio de las tinieblas de la prueba, a la unión que Dios os prepara con Cristo.

En cuanto vos, Nuestro Señor me obliga a rogar mucho para que permanezcáis con gran generosidad sobre el altar de la inmolación con Jesús. Un alma, por miserable que sea, unida así a Jesús en su agonía, pero, como Abraham, “esperando contra toda esperanza”, da una gloria “inmensa” a Dios y ayuda a Jesús en su obra de la Iglesia.

Veo que habéis sufrido, yo he sufrido también: ¡estamos tan unidos! Pero, sin embargo, no podía desear otra cosa. Yo os he depositado con Jesús, como su Amén, en el fondo del seno del Padre. Él os ama infinitamente mejor que yo. Yo os entrego a Él, como María entregó a Jesús, y si Él quiere clavaros en la cruz con vuestro Esposo, si quiere para vos la vergüenza, el sufrimiento y equivocaciones, si quiere para vos la inmolación, yo lo quiero también, como lo quiero para mí mismo. No hemos sido hechos para gozar aquí abajo: nuestra felicidad está arriba: Sursum corda. En el plan divino, todo bien viene del Calvario, del sufrimiento. San Juan de la Cruz ha dicho que Nuestro Señor no da casi nunca el don de la contemplación, de la unión perfecta, más que a aquellos que han trabajado mucho y sufrido mucho por Él. Pues bien, mi anhelo sobre vos es esta unión perfecta, tan fecunda para la Iglesia y las almas. San Pablo nos dice: “De buena gana me gloriaré de mis flaquezas, a fin de que la fuerza de Cristo habite en mí.” Yo os deseo ver muy débil en vos misma, pero llena de la virtus Christi. Jesús ha prometido que, por la Santa Comunión, no solamente nosotros moraremos en Él, sino que Él morará en nosotros. Es ésta la virtus Christi. Cuando más nuestra vida proceda de Él, tanto más tendremos la virtus Christi, más nuestra vida glorificará al Padre: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto; aquel que mora en Mí y Yo en Él, éste da mucho fruto.”

El Señor es dueño de sus dones y, sin mérito ninguno de su parte, llama a ciertas almas a una unión más íntima con Él, a compartir sus penas y sus sufrimientos, para gloria de su Padre y bien de las almas: Adimpleo in corpore meo quae desunt passionum Christi pro corpore ejus, quod est Ecclesia: “Yo completo en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo místico que es la Iglesia.” “Nosotros somos el cuerpo de Cristo y miembros de sus miembros.” Dios hubiera podido salvar a los hombres sin que éstos hubiesen tenido que sufrir o merecer, como lo hace con los niños pequeños que mueren después del Bautismo. Pero, por decreto de su adorable sabiduría, había decidido que la salvación del mundo dependiera de una expiación, de la cual su Hijo Jesús sufriría la mayor parte, pero a la que se asociarían sus miembros. Muchos hombres se olvidan de dar su parte de sufrimientos aceptados en unión con Jesucristo.

Por esto, Nuestro Señor escoge a algunas almas que se asocian a la gran obra de la redención. Son almas selectas, víctimas de expiación y de alabanza. Estas almas hacen mucho por la gloria de Jesús, mucho más de lo que se puede imaginar, y las delicias de Jesús están en hallarse en ellas. Pues bien, hija mía, estoy persuadido de que vos sois una de estas almas. Sin mérito ninguno de vuestra parte, Jesús os ha escogido. Si sois fiel, llegaréis a una estrecha unión con Nuestro Señor y, una vez unida a Él, perdida en Él, vuestra vida será muy fecunda para su gloria y la salvación de las almas. El día de las bodas místicas, no veréis sino flores de la corona que Dios colocó sobre vuestra cabeza. Pero, hija mía, no olvidéis jamás que la esposa de un Dios crucificado es una víctima. Os digo esto, porque preveo que sufriréis y os hace falta mucho ánimo, mucha fe, mucha confianza. Se tendrá que atravesar desiertos, tinieblas, oscuridades, desalientos, abandonos. Sin esto, vuestro amor no sería nunca profundo, ni fuerte. Pero si sois fiel y abandonada, Jesús os tenderá siempre la mano: “Aunque tenga que pasar por las tinieblas de la muerte, nada temeré, pues Vos estáis conmigo.”

 

Columba Dom MarmionDios nos visita a través del sufrimiento y el amor. Ed. Lumen, Buenos Aires-Mexico, 2004, pag. 196- 199. 204 – 207

RESIGNARSE CRISTIANAMENTE ANTE LAS PRUEBAS

Domingo XXVI – T.O – Año C

Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado mientras que tú eres atormentado…– Lc 16,19-31

Algunas de las parábolas que el Señor cuenta en los Evangelios, son suficientes en sí mismas para explicar y poner de modo bien gráfico todo lo que quiere decir. El pasaje que tenemos en el Evangelio de este domingo XXVI del Tiempo Ordinario es uno de éstos.

Una parábola con un contenido riquísimo, que ilustra con una perfección impresionante una de las realidades más crudas que Nuestro Señor vino a revelar en este mundo: la existencia del infierno. Pero no se detiene ahí, pues también con esta parábola, el Señor nos deja un mensaje inspirador: como confiar de que, aunque suframos en este mundo y padezcamos males “insuperables”, o quizás “injustos” -dirán algunos-, si los sabemos llevar bien, podemos estar seguros de recibir un gran consuelo en el cielo. Por otra parte, al que no sabe aprovechar los bienes que tiene con humildad y caridad, puede esperar un destino tanto más sombrío y terrible.

En síntesis, la enseñanza cristiana es conocida siempre por la misericordia. Por la compasión, por el cuidado y atención a las necesidades de los demás, de los más pobres, pecadores, miserables. A esto vino nuestro Señor Jesucristo, nuestro maestro y modelo en todo. Al que no sigue este camino, y a los que confían en la opulencia de sus bienes, el Señor los identifica en la primera lectura, cuándo habla por boca del profeta: “¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion, confiados en la montaña de Samaría! […] No se conmueven para nada por la ruina de la casa de José.” Es decir que, independiente de la situación que nos toca vivir en este mundo, una cosa es necesaria para que seamos verdaderamente cristianos: ser misericordiosos. Es esta la actitud del Señor, hemos cantado en el salmo responsorial: “El señor mantiene su fidelidad perpetuamente, / hace justicia a los oprimidos, / da pan a los hambrientos. / El Señor liberta a los cautivos. / […] El Señor ama a los justos.”

Aquí aparece un tema que es muy interesante considerar: el Señor ama a los justos. Sí, Él ama a los que practican la justicia. Él es Justicia, pero Él solamente puede ser justo en razón de su Misericordia; en efecto, Él es también Misericordia. Y es más, como enseña Santo Tomás de Aquino (I Pars, q.21, a.4), la misericordia es la raíz de todas las obras de Dios. Por eso se compadece de nosotros, sabe de qué barro somos hechos; sabe cómo nos cuestan nuestras pruebas, nuestras dificultades, nuestras luchas diarias.

En consecuencia, ¿qué es lo que nos toca hacer en nuestra vida? La respuesta nos la da el Apóstol San Pablo: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna…” En otras palabras, debemos dedicarnos a vivir nuestra vida, con nuestras luchas, con nuestras cruces, con todas las adversidades que tenemos, pensando siempre en lo bueno que será el ser consolado por Dios en el cielo, dónde no habrá más lágrimas.

Se dice que un anciano estaba sentado en su lecho de muerte[1], y llenos de dolor rezaban sus hijos. Tenía los ojos cerrados como si durmiera. Un velo de calma y de quietud cubría su rostro pálido y exangüe. Había vivido toda la vida honrado y cristiano, y no tenía nada que en esta hora martirizara su conciencia. Los hijos no apartaban sus ojos de aquel rostro querido.

De pronto el anciano sonrió y quedó otra vez inmóvil. Al poco tiempo volvió a sonreír, y algunos minutos después una tercera sonrisa brotó en sus labios.

Despertó. Los hijos le abrazaron y uno de ellos le preguntó:

– Padre, ¿por qué sonreías?

El viejo, con voz débil, les dijo así:

– Hijos míos, la primera vez sonreí, porque estaba pensando en los bienes caducos de este mundo, y no pude menos de alegrarme viendo cómo yo los he despreciado siempre, y de reírme viendo cuántos necios corren desalentados detrás de ellos. La segunda vez sonreí porque pensé en los males que sufrí en la vida, y me llené de gozo al ver que por haberlos llevado con resignación me van a traer ahora bienes infinitos. La tercera vez sonreí porque vi a mi lado al Ángel de la Guarda que me señalaba unas puertas abiertas llenas de claridad y de luz que eran las puertas del cielo.

Luego se reclinó sobre las almohadas y se quedó muerto.

De esta pequeña historia, podríamos sacar algunas conclusiones muy provechosas para nuestras propias vidas, como es la necesidad de convencernos de la nada de las cosas de este mundo, o la importancia de vivir cristianamente los mandamientos, como el Apóstol exhortaba en la segunda lectura: “te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.” Sin embargo, me gustaría que tomásemos por “moraleja” esta verdad: cuán meritorio será para nosotros el saber sobrellevar bien, resignados, entregando en las manos providentes del Padre todos los momentos de nuestra vida, sean buenos o malos. Todo el dolor llevado con paciencia se convertirá en una gloria inmensa en el cielo.

En el salmo podemos encontrar al salmista expresando esta verdad con la alegoría del sembrado: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares.” (Sal 126, 5) Y el Señor pone en labios de Abrahán la sentencia consoladora para reconfortarnos a sobrellevar nuestras cruces en esta vida: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida”, es lo que le dice al rico epulón condenado en el infierno, y sigue: “y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María, que nos alcance la gracia de su Divino Hijo de ser totalmente entregados, abandonados en las manos de Dios, confiados en que lo que Él permite que nos suceda, será siempre lo mejor, y que sepamos llevarlo con paciencia y resignación cristiana. Que en todas estas nuestras dificultades, resuene en nuestro corazón el Fiat de la Virgen, el hágase en mí según Tu palabra, según la voluntad de Dios.

Ave María Purísima

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

[1] Cfr. Sonreírnos ante la muerte, ROMERO, F., Recursos Oratorios, disponible en: https://vozcatolica.com/homiletica/28-de-septiembre-xvi-domingo-del-tiempo-ordinario-ciclo-c/

Vida interior

De los escritos del P. Alfonso Torres

 

a) Tesoro escondido

La vida interior de cada alma es un tesoro escondido.

Si se baja a las almas y se mira en particular lo que en cada alma se esconde, lo mismo de luces sobrenaturales que de tesoro de gracias y virtudes, si se mira, repito, ese mundo interior de cada alma, entiende uno que quien sabe vivir en ese interior del propio espíritu y sabe recogerse de esa vida exterior y miserable que consiste en derramarse a las criaturas, comprueba que esa vida interior es un verdadero tesoro.

Toda la vida interior es un glorificar a Dios, un vivir en lo alto, un salir de la tierra, donde el alma se asfixia; un subir a nuevos horizontes, un vivir en la verdad.

La vida verdadera del hombre está dentro de él. La vida verdadera del hombre es la que se esconde en la mente, en el corazón, en el alma. Un hombre es lo que es esa vida interior.

Los seres espirituales son los únicos que tienen la facultad de replegarse sobre sí mismos para encontrar a Dios en el fondo de su ser, lo mismo que para descubrirlo en las criaturas que les rodean. Dios vive en ellos y ellos viven en Dios.

La solución de los problemas espirituales que se nos presentan a cada uno en nuestra vida hay que hallarla, más bien que mirando hacia fuera, mirando hacia dentro.

b) Vida interior, vida divina

La vida interior no es solamente eso que llamamos nosotros mirar hacia dentro. Eso es, como si dijéramos, la puerta para entrar en la vida interior; es una de las condiciones que se necesitan para cultivar la vida interior; pero la vida interior es otra cosa. La vida interior es la vida divina manifestada, reflejada en nosotros. Un alma tiene vida interior en el mismo grado en que tiene vida divina. Y la vida divina no es otra cosa que la vida de la santidad, la vida de la gracia y la vida de las virtudes. Esa es la verdadera vida divina.

El amor es el que domina al hombre, la mente se ilumina según el amor; si se eleva el amor, la vida interior se eleva también, y, si baja, la vida interior decae. Al oír las palabras vida interior, parece que se está uno dirigiendo a las grandes almas contemplativas: a una Santa Teresa, a un San Juan de la Cruz, a un San Francisco de Borja… Pero no es así. Es verdad que estas almas son las manifestaciones más sublimes de dicha vida divina, pero la vida interior es para todos los cristianos.

Ahora bien, esta vida interior se puede vivir de muchas maneras. A veces se vive de una manera que consiste en guardar lo indispensable para no perder esa vida; pero reservando una parte, y a veces la mayor parte del corazón, para otras cosas. Esto es muy común en las almas cristianas. Hay otra manera de buscar la vida interior, que consiste en buscarla con todo corazón. Cuando las almas tienen esta manera de consagrarse a su vida interior, entonces sucede que todo lo demás lo ven en orden a la vida interior, y en tanto lo aman y lo buscan en cuanto a la vida interior conduce o de la vida interior procede, y en tanto prescinden de ello o lo rechazan en cuanto a la vida interior estorba o en cuanto retarda el crecimiento de esta vida interior.

Hay almas que viven para dentro, y entienden de vida interior, y hay otras derramadas, a las que hablarles de ella es, como se suele decir en nuestro lenguaje familiar, “hablarles en griego”. ¡No les interesa, no es su tema! Pero veamos más concretamente en qué consiste ser almas derramadas. Hay quien se preocupa de todo lo que pasa en torno suyo; son esas personas que, como crónicas vivientes, van registrando minuto por minuto todo lo que pasa a su alrededor; hay otras que, sin ocuparse así de los demás, se entregan tanto a la ocupación exterior, que se engolfan en ella, y sucede que eso es lo único que les interesa, y lo que es vida interior, no. Y así es cómo se da que haya almas verdaderamente derramadas, y éstas corren peligro de que se pierda para ellas la palabra de Dios.

c) Menosprecio actual por la vida interior

El nivel que tiene la apreciación de la vida interior en el mundo actual es sumamente bajo. Hay un desequilibrio perfecto entre la estima en que se tiene todo lo exterior y la desestima en que se tiene todo lo interior.

El cuidado, la diligencia, el esfuerzo que se pone en todo lo que sean medios externos para la difusión del Evangelio, para la propagación de la virtud, para la salvación de las almas, y el cuidado, la diligencia, el esfuerzo que se ponen en la vida interior de las almas, en la transformación íntima de los corazones, son muy desproporcionados; tan desproporcionados, que todo lo que es externo encuentra aplauso, encuentra acogida, encuentra entusiasmo, mientras que todo lo que es vida interior, todo lo que es purificación propia, encuentra, sí, alguna acogida; pero esa acogida cordial, fervorosa, diligente, que encuentran los medios externos, ésa no la encuentra la vida interior.

d) Vida interior y recogimiento del espíritu

Las almas puras, limpias, son como aquella palomita que Noé soltó del arca para ver si había cesado el diluvio, que después de volar un poco sobre las aguas, volvió al arca; las almas puras abandonan ese arca de su vida interior para salir al diluvio cenagoso de las cosas mundanas cuando no hay más remedio, pero en seguida vuelven a su arca, a su vida interior; no encuentran dónde descansar, dónde posarse; han gustado lo que es el Señor, y todo lo demás les resulta amargo y desabrido; además, ese recogimiento es la disposición necesaria para el trato con Dios, para recibir las comunicaciones divinas, los dones del Señor.

¿No sabemos todos el trabajo que nos cuesta adquirir el recogimiento interior? Es una de las mayores mortificaciones adquirir este recogimiento, una de las mortificaciones más fuertes, una de las ocupaciones más duras; cuesta mucho trabajo este vencimiento interno. Me atrevería a decir que es lo más fuerte de la vida espiritual.

Ese recogimiento lleva consigo la paz del corazón; no hay estrépitos en el alma recogida; lleva consigo la posesión de Dios; el alma recogida ha puesto su nido en Dios y mora en Dios; en el alma recogida se aprovechan las gracias divinas y se oyen hasta las más leves insinuaciones del Espíritu Santo; por consiguiente, florecen todas las virtudes, y, sobre todo, el alma recogida gusta de la suavidad de Dios, y sabe que estas palabras, “la suavidad de Dios”, no son palabras vanas.

Adviertan, sobre todo, que sin este recogimiento no llegarán nunca al trato íntimo y amoroso con Dios nuestro Señor, a que se le comunique Dios con esa abundancia con que se ha comunicado siempre a las almas recogidas. Una de las cosas que más fácilmente se pierden aún entre personas buenas y espirituales es el recogimiento, y esto es lo que hace que la vida espiritual sea distraída, poco intensa; una vida en que parece que se mezclan la luz y las tinieblas, el fervor y las tibiezas, la generosidad y la soberbia. Cierto que, si supiéramos los tesoros que tenemos en el recogimiento, ninguno de nosotros dejaría de trabajar con todas sus fuerzas hasta conseguirlo.

Nuestro Señor puede hacer sentir su voz aún en medio de un estrépito grande de las almas; pero la providencia ordinaria del Señor es ésta: que Él se comunica a las almas recogidas y no se comunica tanto a las almas derramadas.

¡Qué maravillas haría Jesús en las almas si siempre le oyeran! ¡Cuántas veces llevamos dentro una Jerusalén inquieta y alborotada en vez de una aldea sonriente y sosegada de Galilea! Como un rincón de la apartada Galilea son las almas que todavía aman al Señor.

e) Las condiciones inexcusables de la vida interior

La primera condición para la vida interior es ese pasar inadvertido a las miradas de las criaturas, ese esconderse, ese morar en el silencio humilde, no vivir hacia fuera en las cosas exteriores. Sin recogimiento, sin silencio, sin ese pasar inadvertidos, nunca tendremos vida interior.

Daos a la vida espiritual, escondida con Jesucristo en Dios, en el abismo de verdadera unión y pobreza, si no queréis vivir como ilusos.

Cuando se purifica de versas el corazón, entonces se adquiere la verdadera vida interior. Nosotros no hemos tenido la dicha de conservar pura el alma; necesitamos trabajar asiduamente en purificar nuestro corazón. Hay almas que se afanan por alcanzar la vida interior; nada hay que estorbe tanto las mociones del Espíritu Santo como la falta de purificación del corazón.

Las personas que quieran llegar a la vida interior han de andar por caminos de sacrificio, de cruz y de mortificación.

La vida espiritual es como una suerte de despojo. Cuando comienza uno a despojarse, comienza ya la vida espiritual; cuando adelanta en este despojarse, adelanta en la vida espiritual, y cuando se ha despojado de todo para quedarse únicamente en Dios y en la propia nada, entonces es cuando ha llegado a la cima de la misma vida espiritual.

Hay almas que no entran de lleno en la vida interior por esta causa, porque el camino que lleva a la vida interior es un camino estrecho, y ellas buscan más bien el camino ancho, en que la naturaleza tiene ciertas expansiones, en que la libertad, las tendencias naturales, son tratadas con condescendencia. Lo que tienen que vencer todas las almas para lanzarse a la santidad es esa tendencia hacia lo ancho.

f) Levadura transformadora del mundo

Cuando cultivamos nuestra vida interior, estamos depositando en el mundo en que vivimos, levadura de Evangelio, que secretamente, pero eficazmente, transformará las almas mucho más que todos los cálculos y las obras resonantes que el mundo aplaude, y a las que, por desgracia, nos vamos acostumbrando.

Cuando Dios quiere transformar al mundo, es decir, fundar su reino entre los hombres, establecer aquí en la tierra el reino de Dios, quiere proceder por esos caminos de la vida interior, por una acción profunda, escondida, como la acción de la levadura, y así misteriosamente, en lo escondido, en lo secreto del corazón, en lo interior de las almas y de las conciencias, ejercitar su eficacia divina, para que esas conciencias, esos corazones, esas almas se transformen y transformen el mundo.

Amemos cada vez más el santo recogimiento; aún en medio de nuestro trabajo apostólico, aprendamos a vivir hacia adentro en Dios. Cuanto más vivamos así, más eficaces serán nuestros trabajos en las almas.

 Las cosas de Dios muchas veces no pueden quedar escondidas. ¿Hay algo más oculto que la vida interior, que la verdadera santidad? ¿Y es posible que cuando hay verdadera santidad y vida interior, esa vida interior y esa santidad no sean conocidas de las gentes? La santidad, aunque escondida en el fondo del corazón, será revelada al mundo, y eso es inevitable; y es inevitable, porque así lo reclama la gloria de Dios y así lo reclama la edificación de los hombres. Dios no enciende la luz y la esconde para que los hombres no la vean; cuando enciende la luz es para colocarla sobre el candelero y que los que entren en la casa vean esa luz; y aunque parezca que esa luz está escondida, porque la envuelva el silencio, porque es la vida interior oculta en el fondo del corazón, esa luz resplandecerá un día, y en esto no solamente no hay nada malo, sino que el Señor lo desea y el Señor lo manda: Así resplandezca vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre celestial (Mt 5, 16).

g) El vicio de la curiosidad, enemigo de la vida interior

La curiosidad que san Bernardo describe es la antítesis de la vida interior; y no digo sólo de la vida interior, propia de loc contemplativos o que nosotros solemos imaginarnos como la de un cartujo, sino de toda vida interior. ¿Qué vida interior puede tener quien no entra dentro de sí como conviene, quien vive derramando hacia afuera?

Alma curiosa es alma sin vida interior o, a lo más, con una vida interior rudimentaria y superficial.

Las almas que se parecen al monje curioso de san Bernardo las encontramos a veces en nuestro camino, y solemos verlas locuaces, sobresaltadas, movedizas, volubles en sus pensamientos y juicios, intrigadas por todo género de bagatelas, tardas y descuidadas en el cumplimiento de sus deberes, escépticas de la virtud y santidad y como decepcionadas y desesperadas; pusilánimes para todo lo bueno o, como diría santa Teresa, sin fuerzas ni para levantar del suelo una paja; hostiles y rencorosas para quienes intenten iluminarlas o simplemente les hablen de cosas de Dios y con una malignidad como innata para interpretar todo lo espiritual.

Si tan grande es el daño que se hace a sí misma el alma víctima de la curiosidad, no es menor el que hace a otros, pues por lo pronto se comprende que un alma así, lejos de levantar el nivel espiritual en los otros y promover la vida interior, fomenta la disipación y la tibieza.

2ª CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil».

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 11 de marzo 1909

Desde hace mucho tiempo, perseguido por la idea del abandono espiritual de tantos infieles, y en particular del de los musulmanes e infieles de nuestras colonias, viendo, al mismo tiempo, el amor por los bienes materiales y la vanidad invadir cada vez más al pueblo cristiano, he puesto sobre el papel, después de mi último retiro, hace un año, un proyecto de asociación católica, teniendo el triple fin de llevar a los cristianos a una vida de acuerdo con la del Evangelio, presentando como modelo a Aquel que es el Modelo Único; de desarrollar entre ellos el amor de la Santa Eucaristía, que es el bien infinito y nuestro Todo, y provocar entre ellos un movimiento eficaz para la conversión de los infieles, y especialmente para el cumplimiento del deber estricto que todo pueblo cristiano tiene de dar educación cristiana a los infieles de sus colonias.

No solamente por medio de dones materiales es como se debe trabajar por la conversión de los infieles, sino provocando el establecimiento entre ellos, a título de cultivadores, de colonos, comerciantes, artesanos, propietarios, etc., de excelentes cristianos de todas las condiciones, destinados a ser preciosos apoyos para los misioneros, a atraer por medio del ejemplo, la bondad y el contacto, a los infieles a la fe y a ser los núcleos a los cuales puedan agregarse uno a uno los infieles a la medida que se conviertan. La Cofradía, con la intensidad de vida cristiana que debe desarrollar y el deber de convertir infieles, que debe ponerse continuamente ante los ojos, es apropiada también para multiplicar las vocaciones de sacerdotes, religiosos y religiosas misioneros. De buenos cristianos viviendo en el mundo, la Cofradía hará una especie de misioneros laicos; ella los llevará a expatriarse para ser misioneros laicos entre las ovejas más perdidas, mostrándolas cómo la conversión de ellas es un deber para los pueblos católicos y cómo es hermoso y cristiano consagrar su vida a ellas.

Los deberes de los hermanos y hermanas que no son sacerdotes ni religiosos hacia los infieles son tanto más graves cuanto ellos hacen a menudo más que los sacerdotes, religiosos y religiosas. Mejor que ellos pueden entrar en relaciones, ligar lazos de amistad, mezclarse y tomar contacto entre ellos. Como los infieles sienten una repulsión contra los cristianos, cuando tienen una religión que les inspira una fe profunda, los sacerdotes, religiosos y religiosas, les causan desconfianza; frecuentemente a los sacerdotes y religiosos les faltan puntos de contacto, ocasión de ponerse en relación con los infieles; además, la prudencia y las reglas de sus Institutos les estorban algunas veces para sobrepasar ciertos límites de intimidad, penetrar en el hogar familiar, entrar en relaciones estrechas. Aquellos que viven en el mundo tienen a menudo, al contrario, grandes facilidades para entrar en estrechas relaciones con los infieles. Sus ocupaciones, administración, agricultura, comercio, trabajo, cualquiera que sea, les ponen, si quieren, en cualquier momento en relación. De estas relaciones, con la ayuda de la caridad, de la suavidad del trato que practiquen, pueden, si quieren, hacer nacer verdaderas amistades, dándoles acceso a los hogares y a las familias más cerradas. El trabajo de los hermanos y hermanas que no son ni sacerdotes ni religiosos no es instruir a los infieles en la religión cristiana ni acabar su conversión; sino de prepararla haciéndose querer por ellos, haciendo caer los prejuicios por la visión de su vida, haciéndoles conocer, por sus actos mejor que por las palabras, la moral cristiana; de disponerlos ganando su confianza, su afecto, su amistosa familiaridad; de tal manera, que los misioneros encuentren un terreno preparado, almas bien dispuestas, yendo ellas mismas a ellos, y a las cuales pueden dirigirse sin obstáculos.

Es a los fieles de los países cristianos a los que incumbe el deber de la evangelización de los infieles… Cualquier retardo, cualquiera frialdad por su parte en el cumplimiento de un deber tan grave, puesto que se trata de la salvación de tantas almas, y tan urgente, puesto que cada día la muerte se lleva muchos delante del Tribunal supremo, es una responsabilidad de la cual cada uno tiene una parte proporcional. El tiempo se nos ha dado para santificarnos y santificar a los demás, y no para ser inútiles y malos; grave es la advertencia de Jesús: «Será pedida cuenta en el último día de toda palabra inútil». Si Dios permite que algunos conserven riquezas, en lugar de volverse pobres materialmente, como lo hizo Jesús, es para que ellos se sirvan de este depósito que Él les ha confiado, como a servidores fieles, según la voluntad del Dueño, para hacer a los demás los beneficios espirituales y temporales, dar recursos materiales allí donde son necesarios para el cumplimiento de los bienes espirituales. Ellos deberán dar cuenta del bien que habrían hecho y que no han hecho. De qué manera, en el Santo Evangelio, Jesús nos lo dice y repite: «Amaos los unos a los otros…; haced a los demás lo que quisierais que se os hiciese…; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos…». Si después de estas frases, tan frecuentemente leídas, oídas y meditadas, los fieles, y sobre todo los sacerdotes, los religiosos y las religiosas entregados a las almas que están cerca de ellos son negligentes y abandonan a aquellas que están más alejadas, y de las cuales las necesidades son tan grandes y el peligro tan extremo, qué reproches no tendrán que tener por una omisión tan grave por parte de Aquel que ha dicho: «Cada vez que no lo habéis hecho a uno de estos pequeñuelos es a Mí a quien no se lo habéis hecho». Más que nunca, en el siglo XX, la evangelización de los pueblos infieles se ha convertido en un deber estricto para los pueblos cristianos. Otras veces, la ignorancia de los lugares habitados por ellos, lo largo de los viajes y la dificultad de las comunicaciones, la imposibilidad de entrar en relaciones con poblaciones fanáticas o salvajes, expulsando o martirizando a cualquier misionero, frecuentemente a cualquier europeo, eran otros tantos motivos de excusa, retardando la evangelización. Hoy estas excusas no existen. Los viajes, los más largos, se han convertido en cortos y fáciles.

Los pueblos infieles están en su mayor parte sometidos a los europeos, y a los demás les han forzado a respetarlos. Sobre todos los puntos del globo donde hay infieles, el contacto existe entre ellos y los europeos, y allí donde un misionero quiere ir puede hacerlo; no lo puede hacer siempre llamándose abiertamente misionero, pero puede hacerlo en todo momento, disimulando lo que es, bajo apariencias de comercio, agricultura u otras…

La patria es la extensión de la familia; Dios, poniendo en nuestra vida las personas de nuestra familia más cerca de nosotros que las demás, nos ha dado deberes especiales para con ellas; de una manera más amplia ocurre lo mismo con los compatriotas, y, por consiguiente, con las de las colonias de la patria, que forman parte de la gran familia nacional. Este motivo incontestable y fortísimo es el primero por el cual debemos trabajar particularmente por la conversión de los infieles de las colonias de nuestra patria. Otra razón se añade, y es que si somos negligentes hay el temor que sean totalmente abandonados. Por la misma razón que pertenecen a nuestra patria, los cristianos de otros países no se ocuparán, dejándonos a nosotros la carga. La conversión de los infieles es frecuentemente muy difícil. Lo es sobre todo cuando el gobierno local pone obstáculos y es adversario de la religión católica. Esto no debe desanimar; al contrario, esto debe hacer trabajar con más ardor; los obstáculos demuestran que el éxito pide un mayor esfuerzo… Cualesquiera que sean los ínfleles de las colonias de su patria, no serán más difíciles de convertir que los romanos y los bárbaros de los primeros siglos del cristianismo; por muy opuesto que pueda ser a la Iglesia el gobierno de su país, no lo será más que Nerón y sus sucesores. Que los hermanos y hermanas tengan el mismo celo por las almas, las mismas virtudes que los cristianos de los primeros siglos, y ellos harán las mismas obras. Lo harán como ellos, escondidos, disimulados, a ocultas, lo que no puedan hacer abiertamente. El amor hará encontrar los medios, y Jesús hará eficaces los esfuerzos que inspira. Digamos de nuevo: «Es necesario no medir nuestros trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos». Si las dificultades son grandes, apresurémonos tanto más a ponernos a la obra y multipliquemos más nuestros esfuerzos.

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988, pp. 220-225.

Madre del buen consejo

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana

P. Gustavo Pascual, IVE.

“Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga[1]

“Aunque había dicho, no es llegada mi hora, al fin hizo lo que su madre le había pedido, y así prueba suficientemente que no estaba sujeto a horas. Pues si lo hubiese estado, ¿cómo hizo esto cuando aún no había llegado la hora debida? Además, por honra de su Madre, a quien no creía oportuno contradecir, ni quería avergonzar delante de todos; pues ésta le había traído a los que servían para que la petición se hiciese por muchos”[2].

“Aunque parece que se niega, lo hará, sin embargo. La madre sabía, pues que era bueno y caritativo”[3].

María es Virgen llena de gracias, llena de Dios, llena del Espíritu Santo. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra[4].

María también posee el don de consejo, que es un hábito sobrenatural por el cual el alma justa, bajo la inspiración del Espíritu Santo, juzga rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural[5].

María no sólo poseyó el don del Espíritu Santo, sino que también junto con los apóstoles lo pidió y lo esperó hasta Pentecostés para ser aconsejada por este divino Espíritu y junto con Pedro y los demás apóstoles emprender la magna tarea de dirigir la naciente Iglesia[6].

Pero es en Caná donde nos da su consejo más excelente y la llave maestra para llegar al Cielo, para salir siempre victoriosos en la batalla contra la serpiente infernal. Dijo María: “haced lo que él os diga” que, como dice Santo Tomás en el comentario al Evangelio de Juan, en ello consiste la perfección de la justicia. Es una formula sencilla pero difícil en la práctica. Es hacer siempre la voluntad de Dios.

En el consejo de María está la clave de la perfección cristiana. Consejo que implica hacerse indiferente para querer lo que Dios quiere. Conformidad entera, sin reservas, constante, irrevocable de nuestra voluntad con la de Dios.

Voluntad sumisa que nada le daña, ni la prosperidad la ensalza, ni la cruz la abate. Voluntad que camina el camino de la cruz; que en él halla gozo, paz y alegría. Voluntad de niño que sólo actúa al mandato del Padre obedeciendo hasta el extremo como Cristo, “¡he aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!”[7], como María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Nuestro delito está en creernos grandes y querer prescindir en nuestras obras de la madre celestial y ya no hacer lo que ella nos aconseja, sino, por el contrario, hacer nuestra propia voluntad.

María nos aconseja en particular a cada uno en la voz de nuestra conciencia, en nuestro director espiritual, en nuestro confesor, en nuestros amigos […] pero, especialmente, en sus mensajes que no sólo a nosotros nos dirige en particular sino a toda la humanidad.

La Virgen de la Salette (Francia). Sobre la oración: “ah, hay que hacerla bien, mañana y tarde. Cuando no podáis, decid un Padrenuestro y un Ave María, pero cuando tengáis tiempo, hay que rezar más” (A los franceses).

La Virgen de Lourdes (Francia). A Santa Bernardita: “ruega a Dios por los pecadores”; “penitencia, penitencia, penitencia”.

La Virgen de Fátima (Portugal). A los pastorcitos: “rezad el rosario todos los días, a fin de obtener la paz para el mundo”; “sacrificios por los pecadores y decid a menudo, pero especialmente al hacer algún sacrificio: Oh Jesús, esto es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores, y en reparación de las ofensas hechas al Corazón inmaculado de María”[8].

“¡Madre del Buen Consejo! Indícanos siempre cómo debemos servir al hombre, a la humanidad en cada nación, cómo conducirla por los caminos de la salvación. Cómo proteger la justicia y la paz en el mundo, amenazada continuamente por varias partes. Cuán vivamente deseo, con ocasión de este encuentro de hoy, confiarte todos estos difíciles problemas de la sociedad, de los sistemas y de los Estados, problemas que no pueden resolverse con el odio, la guerra y la autodestrucción, sino sólo con la paz, la justicia, el respeto a los derechos de los hombres y las naciones”[9].

Madre del buen consejo, que nunca nos apartemos del camino por el que tú nos conduces, y que recurramos a Ti confiados en todas nuestras inquietudes.

 

[1] Jn 2, 5

[2] Catena Aurea, Juan (V)…, Crisóstomo a Jn 2, 5-11, 62-3

[3] Ibíd.…, San Beda a Jn 2, 5-11, 63

[4] Cf. Lc 1, 35

[5] Cf. II-II, 52, 1-2

[6] Cf. Hch 2, 1-4

 

[7] Hb 10, 7

[8] López Melús, Principales Apariciones de la Santísima Virgen, Alonso Madrid 1978, 77.122.124

[9] Juan Pablo II en Polonia, Paulinas, Buenos Aires 1979, 69

 

CARTA DE UN MONJE EN EL SAHARA – SAN CHARLES DE FOUCAULD

“Cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.”

San Charles de Foucauld

Tamanrasset, 9 de junio 1908.

    El rincón del Sahara, que yo solo tengo que trabajar, tiene dos mil kilómetros de Norte a Sur, y mil de Este a Oeste, con cien mil musulmanes dispersos por este espacio, sin un cristiano, si no son los militares franceses en todos los grados; estos últimos son poco numerosos; noventa o cien, diseminados en esta extensión; pues en las tropas saharianas sólo los cuadros son franceses; los soldados son indígenas. Yo no he hecho una sola conversión en serio desde hace siete años que estoy aquí; dos bautismos; pero Dios sabe lo que son y serán las almas bautizadas; un niño pequeño, que los Padres Blancos educan –¡Dios sabe lo que será!– y una pobre vieja ciega: ¿qué habrá en esa cabeza y en qué medida su conversión es real? Como conversión en serio, cero, y aún diré alguna cosa más triste, y es que cuanto más voy viendo, más creo que no hay lugar a buscar hacer conversiones aisladas (salvo casos particulares), por el momento, siendo la masa de un nivel tan bajo, el apego a la fe musulmana tan fuerte, el estado intelectual de los indígenas hace difícil, al presente, hacerles reconocer la falsedad de su religión y la verdad de la nuestra.

    Salvo caso excepcional, no se podría ahora buscar más que conversiones aisladas, conversiones interesadas y solamente aparentes, lo que es la peor de las cosas. En lo referente a los musulmanes, que son semibárbaros, el camino no es el mismo que con los idólatras y fetichistas, gentes del todo salvajes y bárbaros, teniendo una religión del todo inferior; ni como con los civilizados. A los civilizados se les puede proponer directamente la fe católica, son aptos para comprender los motivos de credulidad y para reconocer la verdad; a los completamente bárbaros, lo mismo, pues sus supersticiones son tan inferiores, que se les hace bastante fácil comprender la superioridad de la religión de un solo Dios… Parece ser que con los musulmanes el camino es civilizarlos primero, instruirlos, hacerles gentes parecidas a nosotros; hecho esto, su conversión estaría casi hecha, pues el islamismo no se puede defender delante de la instrucción; la Historia y la Filosofía le hacen justicia, sin discusión: cae como la noche ante el día.

    La obra a hacer aquí, como con todos los musulmanes, es, pues, una obra de educación moral: educarlos moral e intelectualmente por todos los medios: acercarse a ellos, tomar contacto, ligar amistades, hacer caer, por las relaciones diarias y amistosas, sus prevenciones contra nosotros; por medio de la conversación y el ejemplo de nuestra vida, modificar sus ideas; procurar la instrucción propiamente dicha, hacer, en fin, la educación entera de estas almas; enseñarles por medio de escuelas y colegios lo que se aprende en los mismos; enseñarles por el contacto diario y estrecho lo que se aprende en la familia; hacerse de su familia… Obtenido este resultado, sus ideas serán modificadas infinitamente, sus costumbres mejoradas por ellos mismos, y el paso al Evangelio se hará fácilmente. Sin duda alguna, Dios lo puede todo; puede, por su gracia, convertir a los musulmanes y lo que quiera en un instante; pero hasta ahora no ha querido hacerlo; parece, aún más, que no esté en sus designios conceder esta conversión solamente a la santidad, pues si la reserva para la santidad, ¿cómo es que San Francisco de Asís no la ha obtenido? Quedan por emplear los medios que parecen más razonables, todo, y santificándose lo más posible y acordándose que se hace el bien en la medida en que se es bueno.

    Estos medios, lentos e ingratos, con pueblos que nos rechazan y desprecian, que nos llaman «salvajes» y «paganos», que están tan alejados de nosotros en costumbres, lengua y en tantas cosas; estos medios lentos e ingratos son la educación por el contacto y la instrucción. Sobre todo, es necesario no desanimarse ante la dificultad, sino decirse que cuanto más la obra es difícil, lenta e ingrata, más es necesario ponerse apresuradamente a la obra y hacer grandes esfuerzos; la frase de San Juan de la Cruz «no se deben medir los trabajos según nuestra debilidad, sino nuestros esfuerzos en los trabajos», debe estar continuamente ante nuestros ojos.

    ¿Qué hacer solo ante esta tarea? Por vocación debo tener una vida oculta, solitaria y no una vida de predicación y de viajes. Por otra parte, las almas de estos lugares, para los cuales yo estoy solo, exigen, en tanto que no haya otros obreros, ciertos viajes. Procuro conciliar las dos cosas. Tengo dos ermitas, a mil quinientos kilómetros una de otra. Paso tres meses en la del Norte, seis meses en la del Sur y tres meses en ir y venir cada año. Cuando estoy en una de las ermitas, vivo en ella en clausura, procurando hacer una vida de trabajo y oración, una vida de Nazaret. En el camino, pienso en la huida a Egipto y en los viajes anuales de la Santa Familia a Jerusalén… En las ermitas, como en el camino, procuro tomar contacto, en tanto que me sea posible, con los indígenas, haciéndoles pequeños servicios, hablando con ellos, divirtiéndoles como a los niños, por medio de estampas o cuentos, procurando empezar un poco esa parte de la educación que se hace en el seno de la familia. En la ermita, es la vida del claustro, pero en la forma en que ella lo es para el Hermano portero, encargado de recibir las personas y de hacerles el bien en lo posible… Pero, en suma, esto no es nada al lado de lo que sería necesario hacer. Haría falta, no un obrero, sino un centenar; con obreros, y no solamente ermitaños, sino también apóstoles, yendo y viniendo, tomando contacto y asimismo instruyéndoles.

    Este pueblo Tuareg es particularmente interesante, puesto que musulmán de nombre solamente, poco ferviente, está muy cerca de nosotros por sus costumbres, su viva inteligencia y su facilidad para intimar. Desgraciadamente, está bien lejos de nosotros, por su extrema ignorancia, sus prevenciones y su poco gusto por la instrucción… Es necesario trabajar y rogar al Padre de Familia que envíe obreros a su campo.

9 de febrero 1909

    Sus oraciones me son demasiado preciosas para que yo no se las pida, de cuando en cuando, para mí y para los pobres infieles que me rodean. Esta parte del reino de Jesús queda dolorosamente abandonada. El venerado y santo prefecto apostólico del Sahara no dispone más que de algunos sacerdotes para unas poblaciones dispersas sobre inmensos espacios, y usted se dará cuenta que las dificultades no faltan, viniendo de todas partes… En este momento estoy al sur de In Salah; al fin del verano volveré a Beni Abbés, cerca de la frontera de Marruecos, y allí la miseria espiritual es mayor todavía, pues numerosas gentes están en un abandono más grande aún… Rogad por tantas almas, que después de mil novecientos años no han recibido aún la Buena Nueva, o han perdido el conocimiento y el recuerdo después de tantos siglos. Recomendad estos pueblos a las oraciones de las almas piadosas. ¡Hay por aquí partes del campo del Padre de Familias bien abandonadas! Lugares donde las almas, desprovistas de nuestros medios de salvación, esclavas del error y del vicio, caen en el infierno en masa… Cristo ha muerto por cada una de ellas… ¿Qué no debemos hacer por estas almas, de las cuales el precio es la Sangre de Jesús? Rogad para que el Padre de Familia envíe obreros, buenos obreros a su campo; ¡y rogad por el pobre y miserable obrero que soy yo, a fin que sea lo que quiera Jesús!

 

* En «Escritos Espirituales», 5ª edición, Editorial Herder – Barcelona – 1988.

“A veces sin darnos cuenta…”

Reflexión

Una de las tantas cosas maravillosas de la vida consagrada, y especialmente misionera, es el enorme bagaje de edificantes anécdotas que se van forjando a lo largo de los años, muchas de las cuales vamos compartiendo en las diversas crónicas, buscando algún beneficio espiritual, algún entusiasmo por la virtud, y especialmente oraciones por la obra que Dios va realizando en las almas a través de quienes se encuentran en tierra de misión, pidiendo especialmente que los misioneros se santifiquen, de tal manera que su fecundidad apostólica sea cada vez mayor, es decir, de que sean instrumentos cada vez más aptos a través de los cuales el plan divino de redención llegue a la mayor cantidad de corazones posibles.

Hace ya casi 20 años, antes de entrar a la vida contemplativa, fuimos como seminaristas a misionar en uno de esos barrios bien difíciles, donde las primeras indicaciones para visitar las casas (dejando de lado, por ahora, las obvias razones sobrenaturales que acompañan siempre el inicio de las misiones populares), versaban sobre “dónde no meterse”, “dónde había que ir siempre acompañados”, “cómo encarar las cosas ante ciertas circunstancias especiales, difíciles o peligrosas”, etc.; hasta una lluvia de piedras tuvimos por aquellos días. En resumen, era un barrio peligroso y complicado, pero no por eso sin personas buenas también; y sobre todo por eso, necesitado del Evangelio y su predicación en orden a la preparación y posterior celebración de los sacramentos. Dicho esto, vamos propiamente a la hermosa anécdota que ahora nos interesa.

Hacia el final de una calle -creo que de tierra, pero no estoy seguro-, había una especie de canchita, un pedazo de terreno desocupado y polvoriento, donde el padre misionero comenzaba su sermón con un gran parlante, acompañado de los seminaristas y hermanas que íbamos por las sencillas casas invitando a participar a todos los que quisieran. Para llegar a dicha esquina, había que atravesar la estrecha calle donde cada cual tenía su música, bien fuerte por lo general, con los parlantes hacia afuera en las ventanas algunos, produciendo una especie de aturdimiento hasta llegar donde el padre debía comenzar su sermón misionero. El caso es que el primer día no fue ninguno de los vecinos a escuchar al padre mientras predicaba frente a nosotros, lo cual fue bastante triste, pues la prédica fue excelente, con ejemplos de los santos y explicaciones bien claras, pues el padre además de formador del seminario tenía mucha experiencia, y se notaba realmente en sus palabras. Al segundo día ocurrió lo mismo… y al tercero y cuarto día creo que había alguna que otra señora y unos pocos niños esperando para jugar luego con nosotros. Y fue bastante triste. Fue así que, llegada la cena, después de la santa Misa, rosario por las calles (para el cual sí habían acudido más personas y muchos niños gracias a Dios), el padre dijo muy sereno y con una pequeña sonrisa: “la gente no está yendo a escuchar el sermón misionero, yo les pido oraciones, por favor, y quien pueda ofrecer algún sacrificio especial por estas almas sería de gran ayuda”. Fue entonces cuando el seminarista que había hecho apostolado en dicho barrio todo el año -y varios años en realidad, o sea, el que conocía mejor a las personas-, corrigió caritativamente al padre y nos dejó a todos asombrados: “no padre, todo lo contrario: todos lo están escuchando”. Ante la cara de sorpresa nuestra y del padre, continuó con su inesperada aclaración: “A esa hora, todos están con la música a más no poder, como compitiendo cuál suena más fuerte; pero fíjese padre cómo bajan la música apenas usted empieza a hablar. No salen porque les da vergüenza, pero lo están escuchando.” Esta, queridos amigos, es una de las anécdotas, para mí, más hermosas que les puedo compartir de mis años de seminario (aunque son muchísimas gracias a la bondad de Dios). No nos habíamos dado cuenta de que todo el trabajo y esfuerzo estaban dando fruto frente a nuestros ojos…, bueno, detrás de las ventanas propiamente, pero allí estaban las personas escuchando atentas, en un lugar donde el primer día apenas nos podíamos dar algunas indicaciones por el ruido; y en el barrio donde se decía “traten de no meterse ahí”, habían muchas almas escuchando voluntariamente las palabras del padre misionero; con un respeto que para nosotros, los misioneros, había pasado totalmente desapercibido, pero que al momento de darnos cuenta de lo que en realidad estaba pasando, nos llenó de un nuevo entusiasmo, y nos enseñó una vez más que siempre es posible hacer el bien, incluso “sin darnos cuenta”, ¡y cuántas veces sin darnos cuenta! Es más, en tierra de misión a menudo debemos renovar nuestros actos de fe en el valor del Evangelio predicado sea de la manera que sea, con palabras y con ejemplos; renovar la convicción de que no hay dolor ni sacrificio ofrecido a Dios que pase desapercibido ante sus ojos paternales, y que no lleve consigo algún fruto espiritual, tantas veces oculto para preservar al misionero del orgullo o el exceso de confianza, para mantenerlo humilde e irlo purificando, en su alma, en sus intenciones, en la esperanza sobrenatural; pues el día en que midamos nuestra entrega a Dios a la luz de los frutos visibles y consuelos, habrá comenzado la ruina de nuestra fe. Es cierto que aun así Dios a menudo nos deja ver algunos frutos, y para algunos quizás hasta en abundancia, pero esa no es la razón de que nos esforcemos más o no, de que recemos más o no, de que confiemos más o menos en la Divina Providencia, ¡claro que no!, la razón de estar en tierra de misión es simplemente la voluntad de Dios sobre nosotros, por nuestra salvación y la de las almas que se nos encomiende ayudar a acercarse a Él.

Muchas veces nuestro testimonio, en ciertas misiones especialmente, “no hace ruido”, no deja ver grandes conversiones y quizás ni pocas ni ninguna; pero los frutos, si somos fieles, aun así se dan. Donde Dios quiera, como Dios quiera, en quien Él quiera y en el momento que quiera.

Tal vez sintamos de vez en cuando “que estamos solos predicando en una esquina”, pero sabemos por la fe que no es así, pues la oración sincera no se esfuma, sino que llega al Cielo, y los sacrificios ofrecidos con paciencia y caridad jamás se pierden, sino que llegan gratamente a las manos de Dios como reparación de nuestras faltas e intercesión por las de los demás.

Pidamos a Dios constantemente la gracia de perseverar en todo buen propósito; en el deseo inquebrantable de vivir y predicar de palabra y de obra el Evangelio sin desanimarnos; siempre con mirada sobrenatural, siempre con santo abandono a su santa voluntad y no pendientes de los posibles consuelos terrenos, sino buscando simplemente hacer lo que Él espera de nosotros. Él sabrá dar sus frutos al momento oportuno, como hacia el final de aquella misión popular de la que he compartido esta hermosa anécdota y enseñanza para nosotros, donde gracias a Dios los sacramentos administrados fueron muchos.

Continuemos el plan de Dios en nosotros sin desanimarnos ante las dificultades, ante el ruido, las contrariedades y hasta las persecuciones; pues probablemente haya a nuestro alrededor almas que, escondidas y en silencio, estén poniendo a su manera y a su tiempo, los ojos de su corazón en la verdad salvífica del Evangelio que Dios desea predicarles.

¡Recemos por la salvación de las almas; recemos por nuestra conversión y santificación; recemos por los consagrados!

 

P. Jason Jorquera, IVE.

JESUCRISTO IDEAL DEL SACERDOTE [FRAGMENTO]

“Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida.”

D. Columba Marmion

Podemos contemplar a Jesucristo em cada uno de los estados de su vida, y en cada una de sus virtudes. Él es el ideal que todos deben imitar. Lo mismo el niño que el adulto y el obrero como la virgen o el religioso encuentran en Él el modelo más acabado para su respectivo estado.

Pero hay en Jesús un Santo de los santos, un tabernáculo cerrado, donde el alma del sacerdote debe desear entrar, porque allí está la fuente de donde mana toda la vida interior de Jesús. Desde el punto mismo de su encarnación, “el Salvador se entregó enteramente al cumplimiento de la voluntad del Padre”: Ecce venido… ut faciam, Deus, voluntatem tuam (Hebr. X, 7). Y nunca renunció al cumplimiento de esta voluntad.

He aquí nuestra consigna: imitar a Jesús en la entrega total de su vida a la gloria de Dios y la salvación del mundo. Tal es la perfección que corresponde al sacerdote y esta vocación supera a la angélica.

Obedecer a esta invitación: “Imitad el misterio del que vosotros sois los ministros”, no solamente significa celebrar la Misa con espíritu de piedad, sino, sobre todo, unir a la ofrenda de Jesús la oblación más completa de nuestra vida. Debemos caer en la cuenta de que la muerte de Jesús en la cruz se preparó a todo lo largo de su existencia terrena. “Por nosotros” bajó del cielo, como dice el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem. Cuando vivía en Nazaret, en el modesto taller de José, tenía plena conciencia de que era la víctima destinada a la suprema inmolación. Y aceptó por anticipado toda la trama de su vida y previó su pasión con todo el cortejo de sus afrentas y sufrimientos. Y cuando llegó su hora, Jesús, movido por un impulso de inmenso amor, se ofreció por nuestra redención: Crucifixus etiam pro nobis.

Esta aceptación plena de todos los designios de Dios nos servirá de modelo. Imitamini… Presentemos también nosotros en el altar al Señor todo el desarrollo de nuestra existencia, aceptándolo, amándolo, ofreciéndolo y consagrándolo amorosamente a la causa de Dios y al bien de las almas. Esta imitación diaria de la ofrenda de Jesús nos permitirá penetrar gradualmente en la intimidad misteriosa del alma del divino Maestro.

Fragmento del libro Jesucristo Ideal del Sacerdote, de D. Columba Marmion.

SOBRE LAS VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

P. Segundo Llorente, SJ

[…] Entonces tratábamos asuntos espirituales de gran interés para nosotros. no había nada académico en ello. No se tomaban notas. No era una clase para estudiar. Era simplemente una conversación relajada, amistosa sobre lo que los santos decían sobre este o aquel capítulo. De tal manera que cubríamos un amplio espectro, como vivir en la presencia de Dios mientras se hacían las tareas cotidianas, sobrenaturalizando todo lo que hacíamos o decíamos; los demonios de no vivir en la presencia de Dios. Ya que fuimos creados para una beatífica visión, todo lo que nos ayude a lograr ese fin sobrenatural debe ser adoptado, y aquello que nos impida a nosotros alcanzarlo debe ser evitado.

De esta manera todos deben saber qué es lo que nos ayuda y lo que nos estorba. A continuación, seguía una vívida discusión sobre todo ello y era muy interesante escuchar lo que el Espíritu Santo inspiraba en cada uno de nosotros.

San Juan de la Cruz, otro doctor de la Iglesia, tenía mucho que decir acerca de las largas visitas al Santísimo. La cuestión era saber cuánto tiempo nosotros, los religiosos, gastábamos en nuestra vida activa en estar arrodillados o sentados en la capilla.

En primer lugar, al menos que uno ya arda en el amor de Cristo, siempre hay mil y una excusas para no hacerlo. Y es cierto que, cuando nos enfrentamos a una alternativa, el Señor siempre pierde. Siempre hay mil cosas que hacer antes que estar en la capilla orando. Y entonces finalmente no lo hacemos. Pero si llega la inspiración de ir a la capilla y estar con el Señor, entonces, una vez allí, de nuevo vuelven a surgir las excusas y las alternativas y finalmente nos vamos de la capilla para hacerlas.

La cuestión es también qué hacer en la capilla cuando se está solo, ya que la imaginación nos puede llevar a un millón de leguas de allí. Santa Teresa se quejaba de que la imaginación era la loca de la casa, es decir, la parte de locura que llevamos dentro de nuestro ser.

¿Y si se reza un rosario? ¿O se lee un libro espiritual? No, este no es el asunto. El asunto es que hay que sentarse en un banco, con nuestras manos confortablemente sobre nuestras rodillas, relajarnos tranquilamente, tomar posesión de todo nuestro ser, cerrar los ojos o mirar al suelo o al altar, y estar inmersos en la presencia de Dios. Si entonces la imaginación intenta despistarnos, has de decirte a ti mismo que no lo vas a permitir, que estás de guardia; estás velando ante la puerta del palacio del Rey en el tabernáculo como un centinela guarda la entrada.

Pero, además, nadie puede pretender entrar en la Iglesia con una mentalidad mundana, casi extraño a Dios, y arrodillarse y esperar que Dios vaya a verter sobre él cataratas de gracia y placeres celestiales. Va contra la naturaleza pasar del frío glacial al calor del horno, ir y volver entre los dos. Para gozar con la presencia de Dios ante el sagrario, el alma ha de vivir esa presencia normalmente a lo largo del día.

La finalidad de nuestros comentarios sobre estos asuntos era quitarnos de la cabeza la idea de que uno podía escuchar misa, rezar el rosario, recibir la sagrada comunión, cantar algunas oraciones y ya estaba todo. Un sacerdote puede decir misa sin tener un contacto personal con Cristo. Una monja puede hacer unos ejercicios espirituales diarios sin haberse encontrado ni una sola vez con la mirada de Cristo. Pero las largas visitas ante el sagrario pueden curar heridas y restaurar el alma para una vida espiritual sana, una vida de intimidad con Cristo. Entonces Cristo actuará a través de esa persona de una manera maravillosa y se convertirá en un instrumento apto en las manos de Dios para hacer cosas maravillosas.

Estas buenas hermanas caminaban en esta dirección de todo corazón y volvían de regreso con unos comentarios muy apropiados. Todos llegamos a la conclusión de que nuestras relaciones con el Señor eran muy superficiales. Por supuesto, Dios sabe que venimos del barro, que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Por tanto, no puede esperar mucho de este polvo, esta es la realidad. Pero no solo somos polvo o barro. Somos templos del Espíritu Santo. Cristo tomó nuestra carne en su encarnación y la santificó y la elevó a una categoría superior. Tenemos en nosotros el gran potencial de transformarnos en Cristo. Pero, para hacer esto necesitamos mucha intimidad con Él, y esta intimidad solo llega con el contacto frecuente y cercano a Él. ¿Cuán frecuente ha de ser este contacto? Aquí de nuevo las monjas debatían el tema y cada una tenía una opinión que exponer.

Una de ellas remarcaba cómo trabajaba la Divina Providencia. Ella había sentido que venir a Alaska lo iba a privar de buenos sermones y charlas con sacerdotes sobre temas espirituales. Y, mira por donde, aquí estábamos con esta gran oportunidad de poder remontarnos hasta lo alto con estas conversaciones espirituales. Les dije que yo estaba aprendiendo de ellas tanto como ellas de mis comentarios. El mérito, en cualquier caso, era de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, pero de una manera más cercana, desde luego, también el Espíritu Santo nos iluminaba, sin el cual no seríamos capaces tan siquiera de pronunciar con devoción la palabra Jesús.

 

Fragmento del libro Memorias de un sacerdote en el Yukón, del P. Segundo Llorente, SJ

 

Monjes contemplativos del Instituto del Verbo Encarnado