MISTERIO INSONDABLE DE UN DIOS QUE MORA EN MÍ

Porque Dios amó tanto al mundo… Jn 3,16-18

Queridos todos,

San Atanasio, el gran Santo y Doctor del Verbo Encarnado, como es conocido, obispo de Alejandría, en una de sus cartas decía: “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición de la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres.”[1] El Papa Benedicto XVI en una homilía en Génova decía que “la fiesta de hoy nos invita a contemplarlo a Él, el Señor; nos invita a subir en cierto sentido, al ‘monte’, como hizo Moisés.”[2]

El contenido que la doctrina y la fe de la Iglesia que nos han transmitido, como decía San Atanasio, y que hoy somos invitados a contemplar, como hacía mención el Papa Benedicto XVI, es lo que magistralmente encontramos explicado por San Pablo en la primera carta a los Corintios (2, 1-16):

“…una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos…

…enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria…

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

¿Quién conoce el íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.”

“…Dios nos lo ha revelado por el Espíritu…”

…para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él, no está sujeto al juicio de nadie.

Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.”

Lo que vamos a intentar ahora, queridos hermanos, es adentrarnos un poco más en esta inefable realidad; este insondable misterio de un Dios Uno y Trino que habita en el alma en gracia.

No tengo intención de explicar un misterio tan sublime, porque evidentemente me supera absurdamente; lo que sí quiero que hagamos, es considerar esta verdad tan hermosa empezando por la Escritura misma, en las lecturas de la Liturgia de hoy hasta llegar a una aplicación más práctica, más cercana a nuestra vida corriente.

Partiendo de la primera lectura que nos propone la Iglesia para hoy, del libro del Éxodo, podemos contemplar una cercanía de Moisés -que según la misma Sagrada Escritura fue el mayor de todos los profetas (cfr. Deut 34,10)- con Dios mismo. Cuando allá en el Sinaí, Moisés subió en medio de la madrugada, el Señor baja en la nube y se queda allí con él. Moisés es el profeta que contempló a Dios cara a cara; es el que sabía reconocer al Señor. Ahí, en ese momento de una cercanía profunda, Moisés se da cuenta de que hay un abismo enorme entre la Divinidad y su pequeña e insignificante humanidad. Tras pronunciar el nombre del Señor, el Altísimo pasó ante Moisés, éste se inclinó, y se echó por tierra en señal de profunda reverencia (cfr. Ex 34, 4-6.8-9).

Lo que contemplamos aquí es una cercanía muy grande, pero que todavía no es algo interior, íntimo. Lo que escuchamos en el salmo, sacado de un cántico del profeta Daniel ilustra bien esta realidad: “Bendito eres en el templo de tu santa gloria… Bendito eres sobre el trono de tu reino… Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos… Bendito eres en la bóveda del cielo.” (Dan 3, 52-56)

Esta relación entre Dios y el hombre, desde el Génesis, después de la creación del hombre, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, se va desarrollando en un ciclo que se repite: el hombre se aleja, Dios lo busca; Dios lo perdona, el hombre vuelve; Dios hace una alianza, el hombre se olvida, Dios permite el castigo; el pueblo se arrepiente, etc. Pero cuando Jesús, el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumió la naturaleza humana en el seno de la Virgen María, estuvo tan cerca del hombre, tan cerca como jamás había estado antes; ni en el Edén cuando bajaba a la tarde para caminar junto al hombre, ni en la montaña santa con Moisés, ni en la cueva con el profeta Elías… Juan Pablo II expresó esta verdad con las siguientes palabras: “Dios no estuvo nunca tan cerca del hombre -y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios- como precisamente en este momento: ¡en el instante del misterio de la Encarnación!.”[3]

Este niño -Divino Niño- que fue gestado en el seno purísimo de la Virgen, debía recibir el nombre de Emanuel, que quiere decir Dios con Nosotros (cfr. Mt 1,23). Allá en el Éxodo, también Moisés pronunció el nombre de Dios, en la Montaña Santa, pero era otro el nombre: “El Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en gracia y fidelidad.” (Ex 34,6) El Papa Benedicto XVI decía, en la misma homilía que mencionamos antes, que: San Juan, en el Nuevo Testamento, resume esta expresión en una sola palabra: “Amor” (1Jn 4,8.16). Lo atestigua también el pasaje evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).”[4]

Este Dios Amor, no solamente es amor, no solamente intervino en nuestra historia decidiendo hacer la redención del género humano[5], sino que, como leemos en San Pablo: “el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11-13) Y no estará como algo transitorio, sino como algo permanente, en el mismo texto, el Apóstol habla de este don tan sublime, de esta presencia inefable: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros” (Ibid.)

Retomando una frase de San Atanasio también en la carta ya mencionada antes: “Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.”[6] Pero no es que sea simplemente una existencia encerrada en sí misma, satisfecha en su propia autosuficiencia, como aclara Benedicto XVI, sino que “es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación.”[7] Y retomando el tema del nombre de Dios, sigue diciendo que “palabras como ‘misericordioso’, compasivo’, ‘rico en clemencia’, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero.”[8] En otras palabras: es un misterio de un Dios -Uno y Trino- que quiere habitar en nosotros.

Lo que hace la Liturgia de hoy, comentaba Juan Pablo II en una homilía en su visita a Bulgaria, es invitarnos “a remontarnos hasta la Fuente suprema de este don: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad.”[9] Y sigue diciendo que la vida del cristiano se orienta totalmente hacia este misterio. De la correspondencia fiel al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo depende el éxito de nuestro camino en la tierra.”[10]

A primera vista, contemplar este misterio de la Santísima Trinidad, de la Inhabitación Trinitaria dentro del alma en gracia, pareciera alejarnos del mundo y de sus problemas, en una especie de introspección para abstraerse de la realidad. A esta objeción responde el Papa Benedicto XVI diciendo que “en realidad se descubre que precisamente conociendo a Dios más de cerca” es que “se reciben también las indicaciones fundamentales para nuestra vida.” Para explicarlo, retoma el ejemplo de Moisés, en el Sinaí, pues el Patriarca, “al subir al Sinaí y permanecer en la presencia de Dios, recibió la ley grabada en las tablas de piedra, en las que el pueblo encontró una guía para seguir adelante, para encontrar la libertad y para formarse como pueblo en libertad y justicia. Del nombre de Dios depende nuestra historia; de la luz de su rostro depende nuestro camino.”[11]

En síntesis, “toda la revelación se resume en estas palabras: “Dios es amor” (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla.”[12]

Para ir concluyendo, queridos hermanos, debemos alegrarnos, animarnos siempre, exultar de alegría por un don que excede toda comprensión humana: el don de tener a un Dios Uno y Trino, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, que quiere habitar en nuestro corazón; quiere hacernos partícipes del movimiento de Vida y Amor que emana del seno mismo de la Trinidad.

Por eso, pidámosle a la Santísima Virgen María -ella quien mejor supo vivir en este misterio de Amor dentro de la Santísima Trinidad- que nos ayude a comprender un poco este misterio insondable de la Inhabitación de Dios en nuestra alma, pero más que comprenderlo bien, que nos ayude a vivirlo como debemos, para así degustar ya desde la tierra, lo que serán las delicias que nos esperan en el Paraíso.

P. Harley Carneiro, IVE

 

 

 

[1] San Atanasio de Alejandría, CARTA 1 A SERAPIÓN, 28-30 (Tomado del Oficio de Lecturas de esta Solemnidad)

[2] Homilía del Papa Benedicto XVI en la plaza de la Victoria de Génova el domingo 18 de mayo de 2008

[3] San Juan Pablo II, Angelus, 02/08/1981

[4] Papa Benedicto XVI, op.cit.

[5] Cfr. EE de San Ignacio, contemplación de la Encarnación, 1º Punto

[6] San Atanasio de Alejandría, op.cit.

[7] Papa Benedicto, op.cit.

[8] Ibid.

[9] San Juan Pablo II, Homilia en la plaza central de Plovdiv (Bulgaria), domingo, 26/05/2002

[10] Ibid.

[11] Papa Benedicto XVI,

[12] Papa Benedicto XVI, Angelus, Domingo 22/05/2005