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ENTRADA EN JERUSALÉN

 Atrajo la atención hacia su realeza de dos maneras: primeramente por medio de una profecía familiar al pueblo, y en segundo lugar por los honores divinos que se le estaban tributando y que Él aceptaba como propios.

Ven. Fulton Sheen

Era el mes de nisán. El libro del Éxodo ordenaba que en este mes se escogiera el cordero pascual y que dentro de cuatro días se llevara al lugar donde había de ser sacrificado. En el domingo de Ramos, el cordero era elegido por el pueblo de Jerusalén; el día de viernes santo se le sacrificaba.

   El Señor pasó su último sábado en Betania, en compañía de Lázaro y sus hermanas. Ahora circulaba la noticia de que nuestro Señor se dirigía a Jerusalén. Como preparación para su entrada, Jesús envió a dos de sus discípulos a una aldea cercana, donde, les dijo, encontrarían un pollino atado en el que ningún hombre se había sentado todavía. Tenían que desatarlo y traérselo a Él.

Y si alguien os preguntare: ¿Por qué le desatáis? Diréis así: Porque el Señor lo ha menester. Lc 19, 31

   Quizá no se ha escrito nunca una paradoja tan grande como ésta: por un lado, la soberanía del Señor, y por la otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión y pobreza, era consecuencia de que la Palabra, o el Verbo, se hubiera hecho carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que nosotros pudiéramos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual poder predicar; tomó prestados panes de cebada y peces que llevaba un muchacho con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestada una sepultura de la cual resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén. A veces Dios se permite tomar cosas de los hombres para recordarles que todo procede de Él. Para aquellos que le conocen, le es suficiente oír estas palabras: «El Señor tiene necesidad de tal cosa».

     Al acercarse a la ciudad, «una gran muchedumbre» salió a su encuentro; en ella se encontraban no sólo los ciudadanos, sino también los que habían acudido a la fiesta y, naturalmente, los fariseos. También las autoridades romanas andaban vigilando durante las grandes fiestas para que no se produjera ninguna insurrección. En todas las ocasiones anteriores nuestro Señor rechazó el fácil entusiasmo del pueblo, huyó de toda publicidad y evitó todo cuanto pudiera ser ostentación y exhibicionismo. En cierta ocasión

Mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo. Mt 16, 20

     Al resucitar de entre los muertos a la hija de Jairo,

Les recomendó mucho que nadie lo supiese. Mc 5, 43

    Después de mostrar la gloria de su divinidad en la transfiguración,

Les mandó que a nadie dijesen las cosas que habían visto, sino cuando el Hijo del hombre se hubiese levantado de entre los muertos. Mc 9, 8

    Cuando las multitudes, después del milagro de los panes, intentaban proclamarle rey:

Partió otra vez a la montaña, Él solo. Jn 6, 15

  Cuando sus parientes le pidieron que fuera a Jerusalén y causara sensación ejecutando públicamente milagros, les dijo:

Mi hora no ha llegado todavía. Jn 7, 6

     Pero tan pública fue su entrada en Jerusalén, que incluso los fariseos dijeron:

He aquí que el mundo se va tras él. Jn 12, 19

    Todo ello era algo opuesto a su modo acostumbrado de proceder. Antes solía amortiguar todos los arrebatos de entusiasmo de ellos; ahora los encandilaba. ¿A qué obedecía este cambio de actitud?

   Porque su «hora» había llegado. Había llegado el momento de hacer por última vez pública afirmación de sus pretensiones. Sabía que esto era un paso hacia el Calvario y hacia su ascensión al cielo y establecimiento de su reino sobre la tierra. Una vez había reconocido las alabanzas que ellos le tributaban, la ciudad se hallaba ante la alternativa de confesarle como hizo Pedro o crucificarle. Se trataba de ver si era su rey o de si no querían tener a otro rey más que al césar. Ninguna aldea de Galilea, sino la ciudad real en tiempo de la pascua, era el lugar más indicado para que Él hiciera su postrera proclamación.

   Atrajo la atención hacia su realeza de dos maneras: primeramente por medio de una profecía familiar al pueblo, y en segundo lugar por los honores divinos que se le estaban tributando y que Él aceptaba como propios.

    Mateo declara de manera explícita que aquella solemne procesión fue para que se cumpliera la profecía de Zacarías:

Decid a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, manso, sentado sobre un asno. Mt 21, 5

    La profecía venía de Dios por medio de su profeta, y ahora el mismo Dios la estaba cumpliendo. La profecía de Zacarías tenía por objeto hacer ver el contraste entre la majestad y la humildad del Salvador. Si contemplamos los antiguos relieves de Asiría y Babilonia, de Egipto, de Persia y Roma, nos sorprende ver la majestad de los reyes, que cabalgaban triunfalmente montados en caballos o carros de guerra, e incluso a veces sobre los cuerpos de sus postrados enemigos. En cambio, contrasta con ellos el Rey que hace su entrada en Jerusalén montado en un asno. ¡Cuánto debió de reírse Pilato, si es que desde su fortaleza contempló aquel día el ridículo espectáculo de un hombre que estaba siendo proclamado rey y, sin embargo, hacía su entrada montado en la bestia símbolo de los seres despreciados, vehículo adecuado para uno que cabalgaba hacia las fauces de la muerte! Si hubiera entrado en la ciudad con el fausto y la pompa de los vencedores, habría dado ocasión para que creyeran que era un Mesías político. Pero la circunstancia que Él eligió corroboraba su afirmación de que su reino no era de este mundo. Nada había en aquella entrada que sugiriera que aquel pobre rey fuese un rival del césar.

    La aclamación de que le hizo objeto el pueblo fue otro modo de reconocer su divinidad. Muchas personas extendían sus vestidos por donde había de pasar Jesús; otros cortaban ramas de olivo y de palma y las esparcían a su paso. El Apocalipsis habla de una gran muchedumbre delante del trono del Cordero, con palmas de victoria en las manos. Aquí las palmas, tan a menudo usadas en toda la historia del pueblo judío para simbolizar la victoria, como cuando Simón Macabeo entró en Jerusalén, daban testimonio de su victoria, aun antes de quedar momentáneamente vencido.

    Luego, citando unos versículos del gran Hillel referentes al Mesías, las multitudes le seguían gritando:

¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! Paz en el cielo, y gloria en las alturas! Lc 19, 38

    Al admitir ahora que era el enviado de Dios, repetían en realidad el cántico de los ángeles en Belén, ya que la paz que Él traía era la reconciliación del cielo y la tierra. También se repetía la salutación que los magos hicieron ante el pesebre: «el rey de Israel». Un nuevo cántico fue entonado mientras clamaban:

¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas! Mt 21, 9

¡Rey de Israel! Jn 12, 13

    Él era el príncipe prometido de la línea de David; el que venía con una misión divina. «Hosanna», que originariamente era una plegaria, se convertía ahora en un saludo triunfal de bienvenida al rey salvador. Aunque no entendían cabalmente por qué había sido enviado, ni qué clase de paz venía a traer, confesaban, sin embargo, que Jesucristo era un ser divino. Los únicos que no participaban de las aclamaciones de entusiasmo eran los fariseos.

Algunos de los fariseos de entre el gentío le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Lc 19, 39

    Era algo insólito que se dirigieran a Jesús, ya que estaban disgustados con Él por el homenaje de que le hacía objeto la muchedumbre. Con terrible majestad, nuestro Señor les respondió:

Os digo que si éstos callasen, las piedras clamarían. Lc 19, 40

    Si los hombres callaran, la naturaleza misma gritaría y proclamaría la divinidad de Jesucristo. Las piedras son duras, incluso ellas podrían clamar, ¡cuánto más duros deben ser entonces los corazones de los hombres que no reconocen la bondad de Dios para con ellos! Si los discípulos callasen, nada ganarían con ello los enemigos, puesto que las montañas y los mares proclamarían la verdad.

    La entrada había sido triunfal, pero Jesús sabía muy bien que los «hosannas» se convertirían en «¡crucifícale!», y las palmas se volverían lanzas. En medio de los gritos del pueblo, Jesús pudo percibir lo que murmuraba un Judas y las voces airadas que se levantarían delante del palacio de Pilato. El trono al que Él era exaltado era una cruz, y su coronación real sería una crucifixión. A sus pies extendían vestidos, pero el viernes le serían negados incluso los suyos propios. Desde un principio sabía lo que había en el corazón del hombre, y nunca sugirió que la redención de las almas humanas hubiera de realizarse por medio de una pirotecnia de palabras. Aunque era rey, y aunque ellos le aceptaban ahora como rey y Señor, Él sabía que la bienvenida que como Rey podía esperar era el Calvario.

    Sus ojos estaban arrasados en lágrimas, no a causa de la cruz que le aguardaba, sino debido a los males que amenazaban a aquellos que había venido a salvar y que no querían saber nada de Él.

    Al contemplar la ciudad,

Lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh si hubieras conocido tú, siquiera en este tu día, el mensaje de paz! ¡Mas ahora está encubierto a tus ojos! Lc 19, 41-42

    Vio con exactitud histórica cómo se abatían sobre la ciudad las fuerzas de Tito, a pesar de que los ojos que estaban contemplando el futuro se hallaban empañados por las lágrimas. Habló de sí mismo como si hubiera querido y podido evitar aquellos males recogiendo a los culpables bajo sus protectoras alas, tal como la gallina protege a sus polluelos, pero ellos no habían querido. Como el prototipo del gran patriota de todos los tiempos, miraba más allá de los propios padecimientos y fijaba los ojos en la ciudad que se negaba al Amor. Ver el mal y no poder remediarlo, debido a la humana perversidad, constituye la mayor de las angustias. Ver la maldad y no poder apartar al malhechor de su camino es suficiente para desanimar a cualquiera. Un padre siente que se le parte el alma de angustia al ver el mal comportamiento de su hijo. Lo que hacía asomar las lágrimas a los ojos de Jesús eran los ojos de los que no querían ver y los oídos de los que no querían oír.

    En la vida de cada individuo y en la de cada nación hay tres momentos: un momento de visitación o privilegio, en que Dios derrama sus bendiciones; un momento de rechazamiento, en que los hombres olvidan a Dios; y un momento de condenación y desastrosa calamidad, consecuencia de las decisiones humanas que demuestra que el mundo está guiado por la presencia de Dios. Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén mostraban a Jesús como el Señor de la historia, dando su gracia a los hombres y, sin embargo, sin destruir jamás su libertad de aceptarla o rechazarla. Pero, al desobedecer su voluntad, los hombres se destruyen a sí mismos; al darle muerte, mataban sus propios corazones; al negarle, llevaban a la ruina su propia ciudad y su propia nación. Tal era el mensaje de sus lágrimas, las lágrimas del rey que caminaba hacia la cruz.

* En «Vida de Cristo», Editorial Herder – Barcelona, España – 1959, pp.348-353.

 

“Jesucristo sacramentado, desproporción del amor de Dios”

Corpus Christi 2025

Queridos hermanos:

Hoy estamos celebrando junto con toda la Iglesia, el Domingo de Corpus Christi, en donde la principal invitación es a poner la mirada de nuestra alma en este don maravilloso, fruto impensable para nosotros del amor del Hijo de Dios, que como siempre cumple sus promesas, y que de esta manera tan sublime, tan misteriosa y tan enriquecedora para el alma, corrobora sus palabras quedándose con nosotros hasta su segunda venida hecho sacramento de amor, para que podamos recibirlo bajo las especies del pan y del vino.

Como sacerdote puedo compartirles uno de esos dolores escondidos que a veces se renuevan al celebrar la santa Misa, como perfumando de alguna manera los sufrimientos mismos del Calvario donde el Hijo de Dios se entregaba a la muerte por nosotros: aquel primer viernes santo de la historia, no todos aceptaron a Jesucristo, nuestro Señor… muchos se quedaron atrás; y qué decir de los que se burlaban de Él. Y, sin embargo, una de las más grandes verdades que nos deja bien en claro nuestra fe, es el hecho de que Jesucristo se ofreció por cada uno de los presentes y por la salvación del mundo entero, y su Sagrado Corazón sufrió el dolor terrible de los que lo dejaron esperando… y ese dolor profundo, mis queridos hermanos, tristemente se sigue repitiendo hasta nuestros días en que nuestro Señor sacramentado sigue allí en cada sagrario, esperando…, y sigue descendiendo en cada santa Misa y haciéndose una y otra vez sacramento de amor para que nosotros podamos recibirlo como huésped de nuestros corazones… pero a veces, repetimos, se queda paciente y tristemente esperando.

Aclaremos aquí lo que ya sabemos: no se puede recibir la Sagrada Comunión estando en pecado grave, pues sería agregar el pecado de sacrilegio a la falta todavía no arrepentida y confesada; o se está aceptando la ocasión de pecado o se está aceptando a Jesucristo en el corazón, pero ambos al mismo tiempo es imposible. De hecho, quienes no reciben a nuestro Señor sacramentado conscientes de que no están actualmente en condiciones, pero participan de la santa Misa y rezan a Dios para que les ayude a cambiar su situación, para que les conceda la gracia de la conversión, para que llegue el día en que pese más en su corazón el deseo de la gracia que el del pecado o la situación de pecado, van por buen camino y en ello deben perseverar; ¡cuantas personas conocemos que han llegado a la vida de la gracia por haber perseverado en sus buenos propósitos, suplicando dicha conversión y habiendo hecho finalmente un paso -o un salto- de fe y de amor a Dios, recuperando así su vida y crecimiento espiritual, junto con los méritos de Cristo en sus obras, por la gracia santificante recibida o recuperada! Animemos, pues a estas almas, a desear más y más la Eucaristía, poniendo los medios necesarios para poder recibirla.

Con esto en claro, volvamos brevemente al Evangelio de este día que es figura del pan celestial que reemplazó al maná que saciaba el hambre del cuerpo en el desierto del destierro, por la presencia de Dios en nosotros queriendo saciar nuestros más profundos anhelos de correspondencia al amor de Dios y eternidad junto a Él.

Unos 5000 hombres sin contar mujeres y niños, cansados, hambrientos, alimentados con la palabra de Dios en sus corazones, pero seres humanos, al fin y al cabo. Necesitaban comer, y los apóstoles le dicen a Jesús que los mande retirarse en busca de alimento, pues sólo tenían 5 panes y dos peces para todos. Y Jesús, continuando su instrucción mediante un milagro, les deja implícita en esta obra extraordinaria la consoladora verdad que tanto anima y reconforta nuestra vida espiritual: Dios con lo poco y nada que le presentamos puede hacer mucho, puede hacer lo inimaginable, puede saciar nuestros deseos y desbordar sus gracias: ¡qué desproporcionado respecto a nuestra pequeñez! Comieron hasta saciarse y hasta sobraron 12 canastos.

Así como aquel día de la multiplicación de los panes y los peces, Jesucristo continua sin querer despedir a nadie: hombres, mujeres y niños; fuertes y débiles, devotos y “alejados”, a todos quiere bendecir y saciar de sus gracias, a todos quiere alimentar espiritualmente para que su fe se fortaleza, su esperanza se robustezca, su caridad se acreciente y lleguen algún día a recibirlo no ya escondido en la sagrada Eucaristía; en todos nosotros desea “desproporcionar” su amor transformador, santificador. Por eso nuestras disposiciones para la Sagrada Comunión deben ser siempre las mejores, y cada vez mejores, pues si Jesucristo se siente cómodo en nuestros corazones no debemos dudar de que en nosotros y a través de nosotros, hará grandes cosas por la gloria de su Padre y el bien de las almas.

Dice el san Alberto Hurtado: “Toda santidad viene de este sacrificio del Calvario, él es el que nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Por él, el Bautismo nos incorpora a Cristo, la Penitencia nos perdona, la Confirmación nos conforta… De aquí que en realidad el Calvario ha sido siempre considerado el centro de la vida cristiana y esas horas en que Cristo estuvo pendiente en la Cruz han sido los momentos más preciosos de la historia de la humanidad. Por esas horas se abrieron las puertas del cielo, se confirió la gracia, se redimió el pecado, nos hicimos de nuevo agradables a Dios. Ahora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella.”

Queridos hermanos, en Corpus Christi celebramos el amor de Dios hecho alimento espiritual para nosotros; la presencia real de nuestro Dios entre nosotros junto con la posibilidad de acompañarlo, contemplarlo, hablarle con confianza y hacer actos de fe y amor que Él sabrá muy bien recompensar. Contemplemos especialmente en este día a Jesús sacramentado, llamando desde las manos del sacerdote, desde los altares y los sagrarios a las almas a recibirlo, especialmente a aquellas que aun lo tienen esperando su conversión y regreso a Él. Volquemos nuestros corazones en el suyo al momento de recibirlo en la Sagrada Comunión, el momento más íntimo ciertamente entre Él y nosotros, y apenas lo recibamos hagamos esa oración profunda y confiada que Él escuchará estando en nosotros incluso sacramentalmente, ¡qué momento tan maravilloso el de la Sagrada Comunión!, ¡desproporción del amor de Dios! Preparémonos, pues, de la mejor manera posible a recibir a nuestro Señor hecho sacramento de amor, con acción de gracias, con actos de reparación, con santos propósitos de conversión y presentándole al Señor con confianza nuestro corazón para que lo sane, lo consuele, lo fortalezca, lo ilumine, lo acreciente y lo santifique, teniendo presente, por ejemplo, esta hermosa oración del Padre Pío de Pietrelcina, un gran santo enamorado de Jesús Eucaristía: “…Quédate conmigo, Señor, porque soy débil y tengo necesidad de Tu fortaleza para no caer tantas veces.  Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi luz y sin Ti quedo en las tinieblas.  Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida y sin Ti disminuye mi fervor.  Quédate conmigo, Señor, para mostrarme Tu voluntad.  Quédate conmigo, Señor, para que oiga Tu voz y la siga.  Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte mucho y estar en Tu compañía.  Quédate conmigo, Señor, si quieres que te sea fiel.  Quédate conmigo, Señor, porque aunque mi alma sea tan pobre, desea ser para Ti un lugar de descanso, un nido de amor.”

P. Jason Jorquera M., IVE.

EL COSTADO TRASPASADO

La divina víctima había reservado algunas preciosas gotas de su sangre para derramar después de haber entregado su espíritu, y manifestar así que su amor era más fuerte que la muerte. Salió sangre y agua de su costado; sangre: precio de la redención y símbolo de la eucaristía; agua: símbolo de regeneración y bautismo.

Ven. Fulton Sheen

Cuando nuestro Señor exhaló su último suspiro, a los dos ladrones les rompieron los huesos para apresurar su muerte. Le ley ordenaba que el cuerpo de un crucificado, y por lo tanto maldito de Dios, no podía permanecer en la cruz durante la noche. Además, siendo inminente el sábado de la semana de pascua, los observantes de la Ley tenían prisa por matar a los ladrones y enterrar a todos los que estuvieran crucificados. Faltaba cumplirse una profecía concerniente al Mesías. El cumplimiento tuvo lugar cuando:

Uno de los soldados traspasó su costado con una lanza, y en el acto salió sangre y agua (Juan, 19, 34).

La divina víctima había reservado algunas preciosas gotas de su sangre para derramar después de haber entregado su espíritu, y manifestar así que su amor era más fuerte que la muerte. Salió sangre y agua de su costado; sangre: precio de la redención y símbolo de la eucaristía; agua: símbolo de regeneración y bautismo. San Juan, que había sido testigo de cómo el soldado había traspasado el corazón de Cristo, escribió más tarde lo siguiente:

Éste es aquel que vino por medio de agua y sangre, Jesucristo: no con el agua solamente, sino con el agua y con la sangre (I Juan 5, 6).

Aquí se trata de algo más que un fenómeno natural, pues Juan le atribuye un significado misterioso y sacramental. El agua se encontraba al comienzo del ministerio de nuestro Señor, cuando fue bautizado; la sangre se encontró al fin del mismo, cuando Él se ofreció a sí mismo como oblación inmaculada. Lo uno y lo otro se convirtió en la base de la fe, puesto que en el bautismo el Padre declaró que Jesús era su Hijo y en la resurrección volvió a testificar su divinidad.

El mensajero del Padre fue empalado con el mensaje de amor escrito en su propio corazón. La lanzada fue la última profanación que tuvo que sufrir el Buen Pastor de Dios. Aunque se le perdonó la brutalidad de quebrarle las piernas, sin embargo, hubo cierto misterioso propósito divino en el hecho de que le fuera abierto el sagrado corazón. Este hecho fue registrado convenientemente en su evangelio por el apóstol Juan, el discípulo que se había recostado en el pecho del Maestro la noche de la última cena. En el diluvio, Noé practicó una puerta en el costado del arca, por la cual entraron en ella los animales para que pudieran escapar a la inundación; ahora una nueva puerta se abre en el corazón de Dios para que por ella puedan entrar los hombres y de este modo escapar a la inundación del pecado. Cuando Adán fue sumido en profundo sueño, Eva fue hecha de carne tomada de su costado y llamada madre de todos los vivientes. Ahora, cuando el segundo Adán inclinó la cabeza y se durmió en la cruz, bajo la figura de la sangre y el agua surgió de su costado su esposa, la Iglesia. El corazón abierto vino a cumplir las palabras de Jesús:

Yo soy la puerta: por mí si alguno entrare, será salvo (Juan, 10, 9).

San Agustín y otros escritores de los primeros tiempos del cristianismo escriben que Longino, el soldado que abrió los tesoros del sagrado corazón de Jesús, fue curado de ceguera; más adelante, Longino falleció siendo obispó y mártir de la Iglesia, y su fiesta se celebra el quince de marzo. Al ver cómo con la lanza era traspasado el corazón de Jesús, el apóstol Juan se acordó al punto de la profecía de Zacarías, emitida seis siglos atrás:

Mirarán a aquel que traspasaron (Juan 19, 37).

No es que primero aparezca el dolor y luego se mire a la cruz, sino que más bien el dolor de los pecados brota de contemplar la cruz. Todos los pretextos quedan arrinconados cuando de la manera más conmovedora se nos revela la vileza del pecado. Pero la flecha del pecado que hiere y crucifica lleva al mismo tiempo el bálsamo del perdón que cura. Pedro vio al Maestro y en seguida salió y lloró amargamente. De la misma manera que aquellos que miraban la serpiente de bronce quedaban curados de la mordedura ponzoñosa, ahora la figura se convierte en realidad y los que levantan los ojos hacia aquel que parecía un pecador, pero no lo era, quedan curados de la enfermedad del pecado.

Todos debe hacer esto, tanto si les gusta como si no. El Cristo traspasado se yergue en la encrucijada del mundo. Algunos miran y son ablandados por la penitencia; otros miran y se alejan pesarosos, pero sin arrepentirse, como hizo aquella muchedumbre que en el Calvario “se fue a su casa golpeándose el pecho”. Aquí el golpearse el pecho era señal de impenitencia: negábanse a mirar a aquel que habían traspasado. El mea culpa es el golpear de pecho que salva.

Aunque los verdugos atravesaron su costado, no le rompieron ningún hueso de su cuerpo, como había sido profetizado. El Éxodo había dicho que al cordero pascual no le romperían ningún hueso. Aquel cordero era solamente figura típica del cumplimiento del Cordero de Dios:

Estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: hueso de él no será quebrado (Juan 19, 36).

Esta profecía se cumplió a despecho de los enemigos de Cristo, quienes pedían lo contrario. Así como el cuerpo físico de Cristo tuvo heridas externas, contusiones y llagas, y, sin embargo, su estructura interna permaneció intacta, de la misma manera parecía predecir que, aunque su cuerpo místico, la Iglesia, tuviera sus heridas y llagas morales de escándalos e infidelidades, sin embargo, ni un solo hueso de su cuerpo le sería jamás quebrantado.

* “Vida de Cristo”, Editorial Herder, Barcelona, 1959; págs. 533-535.

 

EL CUIDADO ADMIRABLE DE UN DIOS TRINO POR SUS CREATURAS

[…] Y mis delicias están con los hijos de los hombres. – Pr 8,22-31

Queridos todos,

Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, fiesta muy importante para nosotros, dónde podemos profundizar en esta verdad inefable de nuestra fe; fiesta en la cual podemos contemplar la misteriosa presencia del Dios Uno y Trino no solamente en la eternidad, como también en el tiempo; actuando en la historia en distintos momentos, pero principalmente actuando en nosotros por medio de su presencia -por la Inhabitación- en las almas en gracia.

Ahora me gustaría subrayar un aspecto de este misterio admirable, para asentarlo como base de lo que será desarrollado más adelante. Aunque en términos filosóficos, podemos atribuir ciertas propiedades a una persona de la Santísima Trinidad en particular, como, por ejemplo, atribuimos al Padre la creación, al Hijo la redención, al Espíritu Santo la santificación, nosotros sabemos bien que ellas -las tres personas divinas- están presente en todas estas obras. Es decir, que la creación, por más que sea una obra que se atribuye al Padre, ahí también está el Hijo y el Espíritu; la redención, por más que sea una obra atribuida al Hijo, también se puede decir igualmente que es del Padre y el Espíritu Santo; y por fin, por más que el Espíritu Santo sea el que santifica las almas, esto lo hace también con la presencia del Padre y del Hijo.

Volviendo a la liturgia de hoy, llama mucho la atención el tema de la creación. Esta obra magnífica de Dios, de la Trinidad, dónde podemos sentir el inmenso amor que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen por nosotros.

Comencemos por la primera lectura, del libro de los Proverbios. Aquí está puesto en labios de la Sabiduría divina, el hecho de la creación bajo su perspectiva: […] cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia […]. Y aquí viene una maravilla que el Espíritu Santo nos reveló por medio del Escritor Sagrado: de un modo lleno de ternura y cariño, el Verbo Divino demuestra, por un lado, su poder sobre toda la creación, el dominio que tiene sobre todo lo que fue creado, y, por otro lado, el amor para con una de sus criaturas, al punto de regocijarse de poder encontrarse en medio de sus criaturas. Dice: […] jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres […].

Con razón es que debemos admirarnos de las obras de Dios, de las maravillas que el Señor se ha dignado sacar de la nada y darles vida, darles ser, darles existencia. Pero especialmente, debería asombrarnos el hombre, el hecho de que nos haya creado, por simple y puro amor por nada más que esto.

Este asombro lo expresa muy bien el Salmista en el Salmo 8, que rezamos todos los sábados en la oración de las Laudes, dice: Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos / la luna y las estrellas que has creado. / ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, / el ser humano, para mirar por él? Y no contento por tamaño asombro por el cuidado que Dios nos tiene, quiere subrayar la posición que Dios le ha dado al hombre en la creación para justificar su admiración: Lo hiciste poco inferior a los ángeles, / lo coronaste de gloria y dignidad, / le diste el mando sobre las obras de tus manos. / Todo sometiste bajo sus pies.

En efecto, ¡este asombro jamás debería salir de nuestra mente! Nuestra alma debería ponerse a considerar esta gran verdad, este magnífico misterio, y debería enternecerse de amor por el que nos ha creado, incluso a aquellas almas más obstinadas en el pecado. Porque la verdad es que, mirando tanta bondad por parte de Dios y sabiendo de la infidelidad de nuestros primeros padres, que se transformó a lo largo de los siglos hasta llegar a la miseria y podredumbre actual, ¡no merecíamos para nada todo este cuidado! Parece que Dios se ha olvidado de todo lo que le hicimos, nosotros los hombres. Bien tenía razón el Siervo de Dios, el cardenal Van Thuân, cuándo, jocosamente -y con mucha reverencia- exponía a la curia romana en unos Ejercicios Espirituales anuales en el año 2000[1] que, era uno de los defectos de Dios Nuestro Señor que él más admiraba: la poca memoria que tiene el Señor.

Pues sí, estábamos en guerra con Dios, pero por supuesto que era una guerra, en la cual el empeño en pelear venía solamente de parte nuestra. Dios siempre nos quiere perdonar y desea que estemos arrepentidos verdaderamente.

San Pablo, en la segunda lectura nos hace recordar del remedio para esta guerra, para que nos admiremos más todavía con tamaño cuidado que Dios nos tiene: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, que, no obstante saber la miseria que somos, que hemos sido sacados de la nada a la vida por puro amor y benevolencia por parte del Padre, que hemos sido soberbios y hemos renegado su paternidad buscando por nuestros propios medios encontrar la felicidad, que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre; aún considerando todo este panorama, todavía tenemos muchos más motivos para gloriarnos y, por supuesto, no hemos de olvidarnos jamás, que debemos admirarnos, que debemos asombrarnos cada vez más con estas verdades sublimes.

Dice el Apóstol Pablo: […] nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Sí, es lo que leemos en la segunda lectura: ¡nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios! Pues por el sublime acto de amor manifestado por nosotros en Cristo, el Padre celeste nos ha abierto las puertas del Reino celestial para toda la eternidad, para que gocemos de su presencia, para que volvamos a su seno para contemplarlo cara a cara.

Pero Señor, ¿por qué no nos arrebatas luego, no nos llevas junto a tu seno en la Trinidad para que podamos alegrarnos eternamente contigo? Tenemos que sufrir, padecer tanto en este mundo y ¡Ay! Aún corremos el riesgo de perderte.

Por un lado, más justo que esto no hay, una vez que debemos contribuir con nuestra parte para nuestra salvación eterna. “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, basta recordarnos de esta frase de San Agustín para que entendamos que debemos poner lo nuestro en esta tarea. Pero, Señor, subiste al Padre, comenzaste a reinar en el Cielo con todos los justos que viniste a rescatar y ahora tienes preparado lugar ahí para cada uno de nosotros que luchamos para seguir lo que nos enseñaste, y aún nos cuesta tanto estas peleas, estas tribulaciones, estas crucecillas que tenemos que cargar cada día. Incluso en esto debemos gloriarnos, pues aumenta nuestro premio de gloria. No lo digo yo, acordémonos de lo que nos dice el Apóstol: Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.

Ahora ya no nos queda más por lo cual admirarnos, ¿habrá algo más para que nos asombremos, para que quedemos extasiados delante de tanta bondad?

¡Ah, alma mía! Cuanto pierdes en no poner en el Señor el ancla segura de tu felicidad suprema. Dios, tan bondadoso, tanta bondad tiene para que se le escape por todos lados y la desborde (vierta…) en nosotros: ha sido derramado en nuestros corazones, dice San Pablo, desborda, el Padre tiene tanto amor para regalarnos, y al mismo tiempo que tiene todo su esplendor, su gloria, su majestad, su potencia, su infinitud siempre en la eternidad, quiso derramarse a sí mismo, junto con el Espíritu Santo y el Hijo en nuestros corazones. Lo tenemos dentro, muy dentro, en el más profundo centro del alma, diría San Juan de la Cruz.

En el Evangelio, Jesús dijo: Todo lo que tiene el Padre es mío, lo mismo podemos decir del Espíritu Santo, y fuimos comprados por el Padre a precio de la Sangre preciosísima de su Hijo Unigénito. Por esto, que la Santísima Virgen María nos ayude a tomar conciencia de nuestra dignidad, de quién es Aquél a quién pertenecemos, para que nos admiremos siempre más del tamaño del amor con que la Santísima Trinidad nos ha amado desde toda la eternidad.

Que la Virgen nos conceda a todos esta gracia.

Ave María Purísima.

P. Harley D. Carneiro, IVE

 

[1] Idea sacada del libro Testigo de Esperanza, del Card. Van-Thuân

¿Qué haremos, Señor, con esta cruz?

Reflexión sobre el valor de nuestras cruces

Queridos todos: como ya la mayoría se habrá enterado mediante los noticieros, la situación por esta zona nuevamente se complicó… y fue una noche del todo especial. Si bien, en el momento en que les escribo está todo realmente tranquilo, no por eso debemos tomarnos un descanso respecto a las oraciones por la paz que deben seguir subiendo al Cielo con la mayor insistencia posible de nuestra parte. Nosotros estamos bien gracias a Dios y a las oraciones de todos ustedes; la Sagrada Familia jamás nos abandona y estamos muy seguros de que santa Ana vela por nosotros desde el Cielo. Es una situación compleja, triste, y a ratos muy tediosa, pero a la vez siempre -si nosotros lo decidimos- purificadora y santificante: porque es cruz, y la cruz es fecunda si sabemos llevarla como corresponde.

A partir esta penosa realidad, quisiera compartirles una sencilla reflexión que espero pueda ser de algún provecho para alguien y sirva de pequeña respuesta a la notable caridad que se manifiesta en todos aquellos que nos escriben preocupados reiterándonos sus oraciones por Tierra Santa y la casa de santa Ana: gracias de todo corazón, correspondemos siempre con nuestras plegarias.

Una carrera tiene por objeto alcanzar la meta. Y normalmente comporta un premio para quienes lleguen entre los primeros, además del reconocimiento mismo por haber completado el trayecto. Recordemos aquí las palabras de san Pablo a los corintios: “¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible.” (1Cor 9, 24-25) Pues bien, nosotros como creyentes sabemos bien que debemos “correr la carrera de esta vida con los ojos puestos en la maravillosa meta que es la eternidad junto a Dios”. Ahora bien, con esto bien en claro, consideremos lo que pasa cuando, debido a la falta de fe, el desorden de nuestras pasiones, la tristeza, pesadumbre u otras mundanas razones, dejamos entrar lo absurdo (absurdo para nuestra fe) en la carrera al punto de, no sólo dejar de correr hacia la meta, sino comenzar a correr en sentido contrario, lo cual ocurre mediante el pecado. Con esta idea presente, pensemos también en las almas llamadas a ir un poco más allá, es decir, invitadas por Dios a una entrega especial, a un amor más profundo, a un “darle mucha más gloria y arrastrar a muchas más almas con ellas hacia Dios”; estas son las almas destinadas a la grandeza de la santidad, cuya carrera se hace más y más fecunda si corren hacia nuestro Señor crucificado y crucificadas con Él. Pero también respecto a esto encontramos una contra cara: la de las almas que emprenden la frustrante y triste carrera en contra de la cruz, es decir, una carrera que en realidad es una huida. Esta sería una competencia, si es que propiamente la hubiera, en que nadie gana; cuyo único premio es el fracaso y la derrota. Y a esto me quería, propiamente, referir.

La carrera contra la cruz (o mejor dicho, la huida de la cruz), es una tentación que durará lo que dure la historia de la humanidad. La cruz por naturaleza implica rechazo, pues no ofrece deleites ni promete consolaciones, y cada uno de sus matices nos muestra un aspecto penoso y sombrío: un gran dolor, una cruel enfermedad, una pérdida terrible, un problema que aplasta, una circunstancia que aprisiona, una pasión que nos domina, un defecto que se aferra, un buen propósito que se nos hace inalcanzable, etc. Las cruces no son agradables y probablemente si se nos ofrecieran gratis en las vitrinas éstas se quedarían allí… Pero esto no es absoluto como ya lo sabemos, pues cuando la fe es profunda la mirada del alma se hace más sobrenatural, y las razones escondidas y los beneficios y las bendiciones que las cruces traen consigo comienzan a dejarse ver y ser apreciadas por el amor de los buenos corazones que no desean más que la gloria de Dios y la correspondencia a su amor divino. Y eso es lo que han sabido ver los santos, y lo que comienzan a ver las almas buenas que se esfuerzan con sinceridad -y sudores- en la vida espiritual.

Delante de las cruces que nos salen al camino, lo primero que debemos preguntarnos es “¿cómo puedo aprovechar lo mejor posible esta cruz?”, convencidos de que la Divina Providencia está detrás sosteniéndome, sí, pero además probablemente esperando de mí una respuesta que me alcanzará una gracia que de otra manera no seré capaz de conseguir. Hagamos aquí una pequeña pausa para recordar que Dios es un Padre bueno, y por lo mismo sabe bien recompensar a las almas generosas y enamoradas con las cruces que ellas necesitan para ser purificadas, de tal manera que a través de sus cruces vayan hermoseándose cada vez más y así, la distancia entre ellas y Dios se vaya estrechando y la intimidad con Él se vaya acrecentando.

Dios no permite o envía cruces para torturar, ¡claro que no! -y de esto debemos estar bien convencidos por la fe -aun cuando no lleguemos a comprender sus razones escondidas-, pues “todo ocurre para el bien de los que aman a Dios” (Ro 8, 28); así que si nos decimos amadores de Dios (por imperfectos y pecadores que nos sepamos), hagamos ante nuestras cruces ese acto sobrenatural de santa aceptación que exige la fe, para que ésta misma se acreciente y embellezca, y para que nuestra alma se haga fuerte y más y más cercana a nuestro buen Dios: “Acuérdate que se va lejos, después que se está fatigado. La gran ascética es no ponerse a recoger flores en el camino. Hay más valor en soportar los acontecimientos, que en cambiarlos. El sufrimiento, la Cruz, es sobre todo permanecer en el combate que se ha comenzado a librar. Esto es lo que más configura con Cristo.” (san Alberto Hurtado).

Una buena propuesta en este punto sería examinar nuestras quejas y ponerlas delante de Dios en la oración, pidiéndole su gracia para que en adelante, en vez de gracias de purificación desperdiciadas, se conviertan en victorias y progreso espiritual para nosotros, aceptándolas y ofreciéndolas con paciencia y gran determinación en corresponder al Dios de amor, cuya tristeza de muerte ante la cruz más terrible de todas, sin embargo, no le hizo retroceder ni dejar de ofrecerse Él mismo en cruz al Padre por nosotros (Cf. Mt 26, 38).

Queridos amigos, hermanos en la fe: o corremos por el sendero de la cruz -de nuestra cruz-, o corremos (huimos) de la cruz, perdiéndonos de sus beneficios, a veces tan secretos e incomprensibles, pero no por ello menos fecundos, sino todo lo contrario: siempre abundantes para quienes decidan hacerse “cireneos voluntarios” en el camino de la cruz junto a nuestro Señor.

¿Qué haremos, Señor, con esta cruz de la guerra?, pues la ofreceremos con paciencia por la conversión de los pecadores, por los corazones endurecidos, especialmente los más alejados de Ti; ¿qué haremos, Señor, con esta cruz de la enfermedad?, pues crecer en la vida espiritual, incluso en la medida que se vaya desgastando nuestra vida terrenal, pues el alma es lo más importante y tal vez sin esta enfermedad nuestros ojos se habrían quedado distraídos de la eternidad; ¿qué haremos, Señor, con este dolor profundo?, pues ponerlo a tus pies pidiéndote por nuestras necesidades y las de nuestros seres queridos.

Seamos sinceros, hay cruces más difíciles de llevar que otras, al menos para mí y dependiendo de las virtudes que posea o no. Pero es norma general de nuestra fe, que cada cruz, como hemos dicho, es fecunda si sabemos abrazarla y aprovecharla. Roguemos, pues, al Cielo para aprender a hacer fecundas nuestras cruces, a contemplarlas con mirada sobrenatural, a reparar por las que tal vez hemos despreciado y aprender de ellas, y -por qué no- a enseñarle a otros a llevarlas… y más aún: ¡a ayudar a los demás a llevar las suyas!

Quisiera ser un cireneo

Señor, quisiera ser un cireneo

saliendo, voluntario, a tu camino,

con ansias de abrazarse a tu destino

que tras la cruz esconde su trofeo;

 

Un cireneo firme y decidido

a no soltarse más de tu madero;

dichoso de ir tiñendo su sendero

con este amor que salva lo perdido.

 

Señor, que con mi vida te consuele:

bebiendo de tu cáliz sin lamentos

ni miedos que derrumben tus deseos

 

de rescatar a todo aquel que anhele

quedarse junto a Ti en los sufrimientos…

que rompen los grilletes de los reos.

 

P. Jason Jorquera, IVE.

 

 

LAS NEGACIONES DE PEDRO

«…Pedro le dijo: “¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por Ti”. Respondió Jesús: “¿Tú darás tu vida por Mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo hasta que tú me hayas negado tres veces”» (Del Evangelio del Martes Santo).

Ven. Fulton Sheen

Cuando nuestro Señor fue preso, Pedro le siguió a cierta distancia; Juan le acompañaba también. Ambos llegaron hasta la casa de Anás y Caifás, donde Jesús sufrió el proceso religioso. La casa del sumo sacerdote estaba construida, al igual que muchas otras casas orientales, alrededor de un patio cuadrangular al que se entraba por un pasillo desde la parte delantera del edificio. Este pasaje abovedado era un pórtico cerrado a la calle por medio de una pesada puerta. En aquella ocasión se hallaba guardando la puerta una criada del sumo sacerdote. El patio interior a que daba acceso este pasaje se hallaba descubierto, y el suelo estaba pavimentado con lajas. Aquella noche hacía frío, pues era en los primeros días de abril. Pedro había sido infiel al Señor en el huerto, al quedarse dormido en vez de velar; ahora se le presentaba la ocasión de reparar su falta. Pero el peligro acechaba a Pedro, sobre todo porque éste tenía una confianza exagerada en su propia lealtad. Aunque un antiguo profeta había dicho que las ovejas serían dispersadas, el creía que, al habérsele dado las llaves del reino de los cielos, quedaba dispensado de semejante contratiempo. Un segundo peligro lo constituía su misma falta anterior de cuando se le rogó que «velara y orase». No había velado, sino que se había dormido; no oró, puesto que substituyó la espiritualidad por el activismo al hacer uso de la espada. Un tercer peligro podía ser el que la distancia física que le separaba de Jesucristo fuese el símbolo de la distancia espiritual que le mantenía alejado del Maestro. Y todo apartamiento del sol de justicia no es más que tinieblas.

Cuando Pedro entró en el patio, lo primero que hizo fue calentarse a la lumbre. Puesto a la luz de las llamas, era más fácil que le reconociera la criada que le había dejado entrar. Si el desafío a la lealtad de Pedro le hubiera venido de una espada o de un hombre, probablemente se habría mostrado más fuerte; pero, con la desventaja de su amor propio y de su orgullo, se vio más fácilmente vencido por una joven, que resultó ser así demasiado fuerte para el presuntuoso Pedro. El propósito de Cristo era vencer por medio del sufrimiento; el propósito de Pedro era vencer resistiendo. Pero aquí la oposición con que se encontró era poco evidente. Cogido de sorpresa por la criada, Pedro negó a Jesús por vez primera. La criada le dijo así:

También tú estabas con Jesús el galileo. Mt 26, 69.

Pero, delante de todos, Pedro respondió:

No sé lo que dices. Mt 26, 70

Pedro empezó a sentirse molesto ante lo que le pareció la luz escudriñadora de una llama que parecía querer sondear su alma al mismo tiempo que examinaba su rostro; por ello se dirigió unos pasos más allá, hacia el pórtico. Deseoso de evitar preguntas comprometedoras y miradas indiscretas, se sintió más seguro en la obscuridad del pórtico. La misma criada, o probablemente otra, vino a él diciendo que él había estado con Jesús de Nazaret, cosa que Pedro volvió a negar, pero esta vez con juramento, diciendo:

No conozco a ese hombre. Mt 26, 72

El que unas pocas horas antes había sacado la espada en defensa del Maestro, ahora negaba al mismo a quien había tratado de defender. El que había llamado a su Maestro «Hijo de Dios viviente», ahora le llamaba simplemente «ese hombre».

Trascurrió el tiempo, y su Salvador fue acusado de blasfemia y entregado a la brutalidad de sus verdugos; pero Pedro se hallaba todavía rodeado de enemigos. Aunque era probablemente más de medianoche, las calles estaban abarrotadas de gentes que habían salido de sus casas a la noticia del proceso de Jesús. Entre esta gente se hallaba un pariente de Malco que recordó perfectamente que Pedro era quien había cortado la oreja de su pariente en el huerto de los Olivos, y que Jesús le había sanado la herida poniendo nuevamente la oreja en su lugar. Con objeto de disimular su nerviosidad y aparentar cada vez más que no conocía a Jesús, Pedro debió de hablar seguramente en demasía; y esto fue lo que le perdió. Su acento provinciano reveló que se trataba de un galileo; se sabía que la mayor parte de los adeptos de Jesús provenían de aquella región, cuyo dialecto no era el lenguaje refinado de Judea y Jerusalén. Aquí se pronunciaban sonidos guturales que los galileos no sabían pronunciar, e inmediatamente uno de los presentes dijo así:

Verdaderamente tú también eres uno de ellos,

porque aun tu habla lo hace manifiesto. Mt 26, 73

Entonces Pedro comenzó a maldecir y a jurar, diciendo:

¡No conozco a ese hombre! Mt 26, 74

Tan fuera de sí estaba Pedro esta vez, que no vaciló en invocar a Dios omnipotente en testimonio de su reiterada mentira. Nos preguntamos si con ello no volvería en cierto modo a sus viejos tiempos de pescador; tal vez cuando se le enredaba la red en el lago de Galilea perdía los estribos y recurría a la blasfemia. Sea lo que fuere, ahora juró a fin de obligar a que los incrédulos le creyeran.

Entonces acudieron en tropel antiguos recuerdos a su mente. El Señor le había llamado «bienaventurado» al darle las llaves del reino de los cielos y al permitirle contemplar su gloria en la transfiguración. Ahora, en la helada aurora de la conciencia de su culpa, percibió un son inesperado:

Cantó un gallo. Mt 26, 74

Incluso la naturaleza protestaba de la negación que Pedro hacía de Cristo. Entonces cruzó como una centella por su mente el recuerdo de las palabras que Jesús le había dicho:

Antes que cante el gallo me negarás tres veces. Mt 26, 75

En aquel momento pasó por allí nuestro Señor con el rostro cubierto de esputos. Acababa de ser azotado.

Y, volviéndose el Señor, fijó la mirada en Pedro. Lc 22, 61

Aunque estaba atado ignominiosamente, los ojos del Maestro buscaron a Pedro con una compasión indescriptible. Nada dijo; solamente le miró. Aquella mirada sirvió probablemente para refrescar la memoria de Pedro y reavivar su amor. Pedro podía negar al «hombre», pero Dios seguía amando al hombre Pedro. El mismo hecho de que el Señor tuviera que volverse para mirar a Pedro indica que Pedro había vuelto la espalda al Señor.

El ciervo herido estaba buscando la espesura del bosque para desangrarse a solas, pero el Señor venía a arrancar la flecha del corazón herido de Pedro.

Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Lc 22, 62

Pedro se sentía ahora lleno de arrepentimiento, como Judas dentro de unas horas se sentiría invadido por el remordimiento. El dolor de Pedro estaba producido por el pensamiento del pecado en sí o de haber ofendido a la persona de Dios. El arrepentimiento no repara en las consecuencias; pero el remordimiento está inspirado sobre todo por el temor a las consecuencias. La misma misericordia que se extendió a uno que le negaba, se extendería a los que le clavaron en la cruz y al ladrón arrepentido que le pediría perdón. En realidad, Pedro no negó que Cristo fuese el Hijo de Dios. Negó conocer a aquel «hombre», o que fuera uno de sus discípulos. Pero fue infiel al Maestro. Y, sin embargo, sabiendo todas las cosas, el Hijo de Dios hizo de Pedro, y no de Juan, la Roca sobre la cual edificaría su Iglesia, a fin de que los pecadores y los débiles no desesperaran jamás.

* En «Vida de Cristo». Editorial Herder – Barcelona, España – 1959, pp.451-454.

HUMILDAD Y SOBERBIA

Aunque perfectamente delimitado el ámbito de la humildad en esta aclaración de Santo Tomás, queda un amplio margen para una rica escala de «humildades», que van desde un sano «desprecio de los hombres» que muestra el magnánimo, hasta el anonadamiento de un San Francisco de Asís, que con una soga al cuello se deja conducir ante la turba, despojado de su hábito.

Josef Pieper

Humildad como forma fundamental de la templanza

           Una de las cosas en que el hombre, por instinto natural, procura hallar el logro de sí mismo es la tendencia a sobresalir, el demostrar superioridad, categoría y preeminencia.

La virtud de la templanza, en cuanto aplicada a ese instinto para someterlo a los dictados de la razón, se llama humildad. Esta consiste en que el hombre se tenga por lo que realmente es. Con esto está ya dicho lo fundamental sobre esta virtud.

Por eso resulta difícil entender el que se haya discutido tanto sobre ella. Claro que hay que tener en cuenta los esfuerzos del diablo para destruir en las almas la fisonomía delicada de esta virtud, tan esencial para la perfección cristiana. Pero si prescindimos de esto, hay que admitir un oscurecimiento del concepto de humildad en la conciencia cristiana, para explicarnos tanta discusión sobre su verdadero alcance y contenido.

En todo el tratado de Santo Tomás sobre la humildad y la soberbia no se encuentra ni una frase que diera pie a pensar que la humildad pueda tener algo que ver, como tampoco lo tiene ninguna otra virtud, con una constante actitud de autorreproche, con la depreciación del propio ser y de los propios méritos o con una conciencia de inferioridad.

Magnanimidad como virtud subordinada y necesaria.

         Para que se entienda por dónde va el camino de la verdadera humildad hay que percatarse de que no sólo no es contraria a la magnanimidad, sino que es su hermana gemela y compañera; ambas están a mitad de camino, igualmente distantes de la soberbia y de la pusilanimidad.

¿Qué quiere decir magnanimidad? Es el compromiso que el espíritu voluntariamente se impone de tender a lo sublime. Magnánimo es aquel que se cree llamado o capaz de aspirar a lo extraordinario y se hace digno de ello. El magnánimo es en cierto modo caprichoso; no se deja distraer por cualquier cosa, sino que se dedica únicamente a lo grande, que es lo que a él le va. El magnánimo tiene sobre todo una sensibilidad despierta para ver dónde está el honor: «el magnánimo se consagra a aquello que proporciona una grande honra». En la Summa theologica se dice: «El que despreciare la honra hasta tal punto que no se preocupa de hacer aquello que honra merece, es de vituperar». El magnánimo no se inmuta por una deshonra injusta; la considera sencillamente indigna de su atención. Acostumbra a mirar con desprecio a los seres de ánimo mezquino; y nunca es capaz de considerar que exista alguien tan alto que sea merecedor de que, por miramiento a él, se cometa algo deshonesto. Santo Tomás aplica al justo que muestra este sano desprecio de lo humano aquellas palabras del Salmo 14, 4: «A sus ojos es nada el hombre malvado».

Características del magnánimo son la sinceridad y la honradez. Nada le es tan ajeno como callar por miedo. El magnánimo evita, como la peste, la adulación y las posturas retorcidas. No se queja, pues su corazón no permite que se le asedie con un mal externo cualquiera. La magnanimidad implica una fuerte e inquebrantable esperanza, una confianza casi provocativa y la calma perfecta de un corazón sin miedo. No se deja rendir por la confusión cuando ésta ronda el espíritu, ni se esclaviza ante nadie, y sobre todo no se doblega ante el destino: únicamente es siervo de Dios.

Uno queda maravillado cómo la Summa theologica va construyendo, rasgo por rasgo, la imagen de la magnanimidad. Era necesario un desarrollo minucioso y claro porque, aunque Santo Tomás había dicho en el tratado sobre la humildad que la magnanimidad no es contraria a ésta, no lo había explicado demasiado. Ahora se entenderá mejor lo que aquella afirmación quería significar. Y advertiremos también que la frase de que humildad y magnanimidad no se contradicen, tiene su parte de aviso y de toque de atención para que no se desvirtúe el contenido de la humildad.

A veces se ha confundido el magnánimo con el engreído, y esta equivocación repercute en el juicio que se forma sobre la humildad. «Ese hombre es un soberbio», se oye a veces decir, con más ligereza que justificación; pues raras veces es cierto que haya verdadera soberbia («superbia» teológica) en los casos a que nos referimos cuando hablamos así.

La soberbia no es primariamente una forma de portarse con los demás. Soberbia es ante todo una postura ante Dios. Quiere decir, fundamentalmente, la negación de la relación criatura-Creador; el soberbio niega la dependencia de Dios como criatura.

De las dos cosas que definen el pecado: alejamiento de Dios y acercamiento a los bienes perecederos, lo primero es lo que determina y constituye la forma definitoria de lo pecaminoso. Este aspecto constitutivo del pecado se encuentra en la soberbia de una manera especialísima y específica, como en ningún otro: «Todos los pecados son fuga de Dios; la soberbia es el único que le planta cara». Los soberbios son también los únicos pecadores a quien Dios no soporta, según dice la Biblia, en la Epístola de Santiago 4, 6.

Tampoco la humildad es en primer término una forma de relacionarse con los demás, sino una forma determinada de estar en la presencia de Dios. Ese carácter de criatura, que es inherente al hombre y que la soberbia niega y destruye, es afirmado y mantenido por la humildad. Si ese carácter creacional del hombre, el ser hechura de Dios, es lo que constituye su esencia, la humildad, en cuanto «sometimiento del hombre a Dios», es la aceptación de una realidad primaria y definitiva.

Humildad y humor

         Por otra parte, la humildad no es tampoco en primer término un comportamiento exterior, sino una forma de ser por dentro, que nace de una decisión libre y consciente de la voluntad. Aplicada a la relación Dios-criatura, es la aceptación sin reservas de aquello que por divina voluntad es lo real. En este sentido, consiste en doblegarse conscientemente al hecho de que ni la humanidad ni el hombre particular son Dios, ni están tampoco creados de naturaleza divina. Y en este momento es cuando quiere hacerse visible una secreta correspondencia entre humildad y humor; algo que sería profundamente cristiano.

Aceptar la condición de criatura

          Una vez aclarado su auténtico concepto ya no será preciso demostrar que la humildad tiene también una cara que da hacia el mundo de la convivencia con los demás. Entendida así habremos de definirla como la virtud que inclina a los hombres a rebajarse los unos ante los otros. Palabras un poco grandilocuentes, pero que en seguida vamos a intentar explicar.

La cuestión de la humildad de unos hombres entre otros la ha resuelto Santo Tomás de Aquino en la Summa theologica de la siguiente manera: «En el hombre hay que distinguir dos cosas: lo que es de Dios y lo que es del hombre… Humildad, tomada en su sentido estricto, es el miedo reverencial por el que el hombre se somete a Dios. Por eso debe el hombre subordinar lo que hay de humano en sí mismo a lo que hay de Dios en el prójimo. Pero la humildad no exige que se someta lo que hay de Dios en sí mismo a lo que parece ser de Dios en el otro… Así como tampoco exige que se someta lo humano propio a lo humano de los demás».

Aunque perfectamente delimitado el ámbito de la humildad en esta aclaración de Santo Tomás, queda un amplio margen para una rica escala de «humildades», que van desde un sano «desprecio de los hombres» que muestra el magnánimo, hasta el anonadamiento de un San Francisco de Asís, que con una soga al cuello se deja conducir ante la turba, despojado de su hábito.

Una vez más nos encontramos con que la Iglesia, por lo que se refiere a la doctrina de la perfección cristiana, no es una gran partidaria del «camino único». Este cuidado que muestra la Iglesia por abrir sendas múltiples, su aversión incluso al exclusivismo, está comentada por San Agustín con ocasión de otro tema afín al que ahora nos ocupa, pero donde se refleja la identidad de pensamiento: «Si uno cree que debe recibirse el Cuerpo del Señor diariamente y el otro dice lo contrario, que cada uno haga lo que mejor le parezca según su opinión y devoción. Tampoco se pelearon entre sí Zaqueo y el Centurión porque el uno recibiera con gozo al Señor en su casa (Lc. 19, 6) y el otro dijera: Señor, yo no soy digno de que entréis en mi morada (Lc. 17, 6). Aunque no de la misma manera, ambos hicieron honor al Redentor».

* En «Las Virtudes Fundamentales» (fragmento del estudio de la virtud de la Templanza), Ediciones Rialp, Madrid, 6ª edición – 1998, pp. 276-281.

Un nuevo relicario para nuestra Capilla

“La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales.” (CIC 955)

La carta a los Hebreos nos advierte: “Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.” (Heb 13,7) El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 956, al hablar de la intercesión de los santos, nos enseña que por el simple hecho de que “los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la Santidad […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.

Esta veneración que les prestamos a los santos, confiando en su auxilio junto a Cristo Señor y esperando recibir las gracias necesarias para que alcancemos el mismo camino que ellos mismos han recorrido y que, por lo tanto, han alcanzado la meta definitiva en la eternidad, es algo de una tradición antiquísima en la Iglesia. Con efecto, en el famoso Martirio de San Policarpo, nos es relatado la siguiente frase del santo obispo, dice san Policarpo: “Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su Rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos.” (CIC 957).                                                   

Con gran alegría, esta semana pudimos poner en nuestra sencilla capilla, un nuevo relicario, que nos recuerda toda esta enseñanza milenaria de la Iglesia sobre la veneración de los santos. Es una tradición en nuestra congregación, y en varios otros lugares también, el tener en la capilla un cuadro reservado para las reliquias de los santos, para que ellos también nos acompañen y nos auxilien en nuestro trabajo cuotidiano de amar más y más a Nuestro Señor.

Con ayuda de bienhechores, pudimos mandar confeccionar un relicario más grande, dónde fue posible ordenar no sólo las reliquias que ya teníamos, como también ponerle más reliquias que teníamos guardadas por cuestión de falta de espacio.

Ahora, con mucha alegría, les compartimos esta noticia y, confiados en la intercesión de estos nuestros amigos del Cielo, nos encomendamos unos a otros a su intercesión y ayuda para que ambos podamos alcanzar la gloria de la patria celestial y gozar por toda la eternidad de los gozos y alabanzas al Dios Uno y Trino que vive y reina por los siglos de los siglos, ¡amén!

Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia

Oda XXI a nuestra Señora

(Poesía)

  Virgen, que el sol más pura,

gloria de los mortales, luz del cielo,

en quien la piedad es cual la alteza:

  los ojos vuelve al suelo

y mira un miserable en cárcel dura,

cercado de tinieblas y tristeza.

  Y si mayor bajeza

no conoce, ni igual, juicio humano,

que el estado en que estoy por culpa ajena,

  con poderosa mano

quiebra, Reina del cielo, esta cadena.

  Virgen, en cuyo seno

halló la deidad digno reposo,

do fue el rigor en dulce amor trocado:

  si blando al riguroso

volviste, bien podrás volver sereno

un corazón de nubes rodeado.

  Descubre el deseado

rostro, que admira el cielo, el suelo adora:

las nubes huirán, lucirá el día;

  tu luz, alta Señora,

venza esta ciega y triste noche mía.

  Virgen y madre junto,

de tu Hacedor dichosa engendradora,

a cuyos pechos floreció la vida:

  mira cómo empeora

y crece mí dolor más cada punto;

el odio cunde, la amistad se olvida;

  si no es de ti valida

la justicia y verdad, que tú engendraste,

¿adónde hallará seguro amparo?

  Y pues madre eres, baste

para contigo el ver mi desamparo.

  Virgen, del sol vestida,

de luces eternales coronada,

que huellas con divinos pies la Luna;

  envidia emponzoñada,

engaño agudo, lengua fementida,

odio crüel, poder sin ley ninguna,

  me hacen guerra a una;

pues, contra un tal ejército maldito,

¿cuál pobre y desarmado será parte,

  si tu nombre bendito,

María, no se muestra por mi parte?

  Virgen, por quien vencida

llora su perdición la sierpe fiera,

su daño eterno, su burlado intento;

  miran de la ribera

seguras muchas gentes mi caída,

el agua violenta, el flaco aliento:

  los unos con contento,

los otros con espanto; el más piadoso

con lástima la inútil voz fatiga;

  yo, puesto en ti el lloroso

rostro, cortando voy onda enemiga.

  Virgen, del Padre Esposa,

dulce Madre del Hijo, templo santo

del inmortal Amor, del hombre escudo:

  no veo sino espanto;

si miro la morada, es peligrosa;

si la salida, incierta; el favor mudo,

  el enemigo crudo,

desnuda, la verdad, muy proveída

de armas y valedores la mentira.

  La miserable vida,

sólo cuando me vuelvo a ti, respira.

  Virgen, que al alto ruego

no más humilde sí diste que honesto,

en quien los cielos contemplar desean;

  como terrero puesto—

los brazos presos, de los ojos ciego—

a cien flechas estoy que me rodean,

  que en herirme se emplean;

siento el dolor, mas no veo la mano;

ni me es dado el huir ni el escudarme.

  Quiera tu soberano

Hijo, Madre de amor, por ti librarme.

  Virgen, lucero amado,

en mar tempestuoso clara guía,

a cuvo santo rayo calla el viento;

  mil olas a porfía

hunden en el abismo un desarmado

leño de vela y remo, que sin tiento

  el húmedo elemento

corre; la noche carga, el aire truena;

ya por el cielo va, ya el suelo toca;

  gime la rota antena;

socorre, antes que emviste en dura roca.

  Virgen, no enficionada

de la común mancilla y mal primero,

que al humano linaje contamina;

  bien sabes que en ti espero

dende mi tierna edad; y, si malvada

fuerza que me venció ha hecho indina

  de tu guarda divina

mi vida pecadora, tu clemencia

tanto mostrará más su bien crecido,

  cuanto es más la dolencia,

y yo merezco menos ser valido.

  Virgen, el dolor fiero

añuda ya la lengua, y no consiente

que publique la voz cuanto desea;

  mas oye tú al doliente

ánimo, que contino a ti vocea.

 

Fray Luis de León

 

DEDOS, MANOS Y CLAVOS

La diferencia entre los que creían y los que no estaban preparados para creer pudo verse en el modo como fueron recibidos los diez cuando dieron a Tomás la noticia de la resurrección. Negarse a confiar en el testimonio de diez compañeros competentes, que habían visto con sus propios ojos a Cristo resucitado, demostraba lo escéptico que era aquel pesimista. Sin embargo, el suyo no era el escepticismo frívolo de los que son indiferentes o enemigos de la verdad; él quería saber para poder creer. 

Ven. Fulton Sheen

La primera aparición de nuestro Señor en el cenáculo fue hecha sólo a diez de los apóstoles; Tomás no estaba presente. No estaba con los apóstoles, pero el evangelio supone que debiera estar con ellos. Se ignora la razón de su ausencia, pero probablemente se debía a su falta de fe. En tres pasajes distintos del evangelio se describe a Tomás como uno que siempre veía el lado sombrío de las cosas, tanto en lo referente al presente como al futuro. Cuando nuestro Señor recibió la noticia de la muerte de Lázaro, Tomás dijo que quería ir a morir con Él. Más adelante, al decir nuestro Señor que volvería al Padre a preparar una morada para sus apóstoles, la respuesta de Tomás fue que él no sabía a dónde iba el Señor y que tampoco sabía el camino.

Tan pronto como los otros apóstoles estuvieron convencidos de la resurrección y gloria de nuestro Salvador, fueron a anunciar esta nueva a Tomás. Éste les dijo que no se negaba a creer, pero que no le era posible creer a menos que tuviera una prueba experimental de la resurrección, a pesar del testimonio que ellos le daban de que habían visto al Señor resucitado. Enumeró así las condiciones que se requerían para que él pudiera creer: Si yo no viere en sus manos la señal de los clavos, y si no metiere mi dedo en la señal de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Jn 20, 25

La diferencia entre los que creían y los que no estaban preparados para creer pudo verse en el modo como fueron recibidos los diez cuando dieron a Tomás la noticia de la resurrección. Negarse a confiar en el testimonio de diez compañeros competentes, que habían visto con sus propios ojos a Cristo resucitado, demostraba lo escéptico que era aquel pesimista. Sin embargo, el suyo no era el escepticismo frívolo de los que son indiferentes o enemigos de la verdad; él quería saber para poder creer. Era distinto del que quiere saber para atacar a la fe. En cierto sentido, su actitud era la del teólogo científico que fomenta el conocimiento y la inteligencia después de haber eliminado toda duda.

Éste es el único pasaje de la Biblia en que la palabra «clavos» se usa en relación con nuestro Salvador, y que recuerda las palabras del salmista: «Traspasaron mis manos y mis pies». Las dudas de Tomás se suscitaron, en su mayor parte, de su desaliento y por el efecto deprimente de la tristeza y la soledad; porque era un hombre que gustaba de aislarse de sus compañeros. A veces una persona que falta a una reunión pierde mucho. Si se escribieran los minutos de la primera reunión, habrían contenido las trágicas palabras del evangelio: «Tomás no se hallaba presente». E1 domingo empezaba a ser el día del Señor, puesto que ocho días después los apóstoles volvían a estar reunidos en el cenáculo, y Tomás estaba con ellos.

Estando otra vez cerradas las puertas, el Salvador resucitado se apareció en medio de ellos por vez tercera y los saludó:

La paz sea con vosotros. Jn 20, 19

Inmediatamente después de hablar de la paz, nuestro Señor procedió a tratar el asunto sobre el que se basaba la paz, o sea su muerte y resurrección. No había el menor dejo de censura en la actitud de nuestro Señor, como no lo hubo tampoco cuando se apareció más tarde a Pedro junto al lago de Galilea. Tomás había pedido una prueba basada en los sentidos o facultades que pertenecen al reino animal, y una prueba de los sentidos le iba a ser dada ahora. Díjole nuestro Señor a Tomás:

Llega acá tu dedo, y ve mis manos, y llega acá tu mano, y
métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino creyente. 
Jn 20, 27

Una vez había dicho que una generación pecadora y adúltera buscaba una señal, y ninguna señal le sería dada más que la de Jonás el profeta. Ésta fue precisamente la señal que se dio a Tomás. El Señor conocía las palabras escépticas que Tomás había dicho antes a sus compañeros; otra prueba de su omnisciencia. La llaga del costado debía de ser muy grande, puesto que dijo a Tomás que metiera su mano en ella; también debieron de serlo las llagas de su mano, por cuanto Tomás fue invitado a que usara su dedo a modo de clavo. Las dudas de Tomás tardaron en desvanecerse más que las de los otros, y su extraordinario escepticismo constituye una prueba más de la realidad de la resurrección.

Hay la misma razón para suponer que Tomás hizo lo que se le invitaba a hacer, que la que hay para suponer que los diez apóstoles habían hecho lo mismo precisamente durante la primera noche de pascua de resurrección. Las palabras de reprensión que nuestro Señor dirigió a Tomás, de que no fuera tan incrédulo, contenían también una exhortación a ser creyente y a alejar de sí aquel pesimismo que constituía su principal defecto.

Pablo no fue desobediente a la visión celestial; tampoco lo fue Tomás. Aquel escéptico quedó tan convencido por la prueba positiva que acababa de recibir, que se convirtió en adorador. Postrándose de hinojos, dijo al Señor resucitado:

¡Señor mío y Dios mío! Jn 20, 28

En una sola ardiente exclamación, Tomás recogió todas las dudas de una humanidad abatida para curarse repentinamente de ellas mediante todo lo que significaba aquella sencilla y sublime exclamación: «¡Señor mío y Dios mío!».

Con estas palabras venía a reconocer que el Emmanuel de Isaías se hallaba delante de él. Tomás, que había sido el último en creer, fue el primero en hacer la plena confesión de la divinidad del Salvador resucitado. Pero, puesto que esta confesión procedía de la evidencia proporcionada por la carne y la sangre, no fue seguida de la bendición que le fue concedida a Pedro cuando confesó que Jesús era el Hijo de Dios vivo. Sin embargo, el Salvador resucitado dijo a Tomás:

Porque me has visto, has creído;
¡bienaventurados aquellos que
no han visto, y han creído!
 Jn 20, 29

Hay algunos que no quieren creer, aunque vean como faraón; otros creen solamente cuando ven. Sobre estos dos tipos de personas, Dios nuestro Señor ha colocado a los que no vieron y, sin embargo, creyeron. Noé había sido advertido por Dios de las cosas que aún no habían sucedido; las creyó y preparó su arca. Abraham abandonó su propio hogar sin saber adónde iba, pero confiando en la promesa que Dios le había hecho de que sería padre de una raza más numerosa que las arenas del mar. Si Tomás hubiera creído por medio del testimonio de sus condiscípulos, su fe en Cristo habría sido mayor, puesto que Tomás había oído muchas veces decir al Señor que sería crucificado y luego resucitaría. También sabía por las Escrituras que la crucifixión era el cumplimiento de una profecía, pero él quiso el testimonio complementario de los sentidos.

Tomás pensaba que estaba haciendo lo más adecuado al exigir la plena evidencia de la prueba sensible; pero ¿qué sería de las futuras generaciones si habían de pedir la misma evidencia? Los futuros creyentes, vino a decir el Señor, han de aceptar el hecho de la resurrección del testimonio dado por los que estuvieron con Él. Nuestro Señor estaba describiendo así la fe de los creyentes después de la época apostólica, cuando no habría nadie que lo hubiera visto; pero su fe tendría una base, porque los apóstoles mismos habían visto al Señor resucitado. Veía que los fieles podían hacerlo sin ver, creyendo en el testimonio de ellos. Los apóstoles eran hombres felices no porque hubieran visto a nuestro Señor y creyeran; fueron mucho más felices cuando comprendieron cabalmente el misterio de la redención y vivieron conforme al mismo, e incluso dieron la vida por la realidad de la resurrección. Sin embargo, hay que agradecer en cierto modo a Tomás que tocara a Cristo como hombre, pero creyera en Él como Dios.

* En «Vida de Cristo», Editorial Herder, Barcelona, 1959; págs. 567-570.