“No se haga Mi voluntad, sino la Tuya”

Misa crismal en Getsemaní

 

“Tanto cuando trabajaba en Nazaret como cuando iba por los caminos de Galilea o hablaba con sus apóstoles o se retiraba a orar en el monte, Jesús siempre tenía conciencia de su sacerdocio. Lo mismo debiera decirse de nosotros, porque no dejamos de ser sacerdotes cuando bajamos del altar, sino que seguimos siéndolo dondequiera y siempre. A la manera de Jesús, vivamos siempre con el alma vuelta a los intereses de Dios”

Dom Columba Marmion

 

Vivir en Tierra Santa es una de esas muchas gracias del Cielo para las cuales el agradecimiento parece siempre quedarse corto; es decir, fue el paso del mismo Dios encarnado el que santificó esta tierra… y luego su madre, sus discípulos, sus mártires, y tantas otras almas buenas que se dejaron abrazar por el aroma sobrenatural de la santidad que Jesucristo dejó por aquí, el mismo que comienza a perfumar las vidas que se lo permitan. Y es por esto que, al ser toda Tierra Santa un verdadero y enorme relicario, que abarca desde los más hermosos santuarios hasta las más sencillas ruinas y vestigios… y hasta el desierto y las piedras de las ciudades como la afamada Jerusalén y tantas otras; se comprende que, por fuerza, todo aquí sea especial: por aquí Jesucristo predicó, y por allá se encarnó, y en tal lugar hizo tales milagros y en tal otro se retiró a orar; y así podríamos seguir por horas a la luz de los santos Evangelios. En definitiva, en Tierra Santa tenemos innumerables lugares para elegir qué meditar: qué suceso de la vida terrena del Hijo de Dios, qué aspecto de la doctrina del Redentor, qué pasajes o palabras, y hasta con la correspondiente geografía casi intacta en algunos casos; así de maravillosa, así de profunda, así de fecunda y así de santificante es Tierra Santa para las almas devotas.

Pues bien, uno de los santos lugares que, personalmente más me ha impactado siempre, es Getsemaní: el huerto de los olivos, donde esta mañana, por gracia de Dios, hemos podido participar de la santa Misa Crismal de este año. La pasada guerra obligó a trasladar la celebración; y la actual paz permitió que en este día, más de 60 sacerdotes y varios obispos, junto con el Patriarca Latino de Jerusalén, pudiéramos rezar en uno de los lugares santos más significativos, especialmente para nosotros los sacerdotes; pues fue exactamente en Getsemaní donde nuestro Señor Jesucristo pronunció esas piadosísimas palabras tan sacerdotales y tan impregnadas de su amor hasta el extremo, que vienen a nosotros inevitablemente cada vez que nos situamos delante de “la roca de la agonía’’, al centro del santuario, y que nos recuerdan el culmen de la entrega amorosa del Cordero de Dios: “Padre, si es tu voluntad, aparta de Mí este cáliz ; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”. ¡Oh, Getsemaní!; ¡Testigo silencioso del ofrecimiento absoluto del Hijo de Dios, que entre tus olivos ofreció al Padre su sacratísima voluntad para redimirnos!

Mientras los discípulos dormían, el Sacerdote eterno sellaba la nueva alianza con la sangre que desde antes de la cruz ya comenzaba salir; mirando desde aquel primer jueves santo de la historia, a todas las almas que se beneficiarían de su sacrificio; y de manera particular a las almas elegidas para entregar también la voluntad al Padre celestial mediante la sagrada unción del crisma: los sacerdotes de la nueva alianza, llamados a imitar la entrega total de la vida al servicio de nuestro Señor.

En Getsemaní, es difícil apartar los ojos de la roca de la agonía; es decir, allí nuestro Señor abrió su corazón sufriente de tal manera que, posteriormente, el Cielo decidió enviar un ángel para consolarlo (Lc 22, 43)… oficio que, a pesar de nuestras limitaciones, también nosotros debemos asumir a nuestra manera, limitada, imperfecta, sí, pero no por eso menos importante para el Sagrado Corazón que se consuela en quienes aceptan su perdón y emprenden una generosa conversión; en quienes se desentienden del mundo para dedicarse a buscar una unión mucho más profunda con nuestro gran Amador. Oh, Getsemaní, escenario lúgubre del amor de Dios por los hombres apresado por la injusticia, ofrecido a los injustos, entregado por el mundo entero.

Es difícil explicar la emoción de renovar nuestras promesas sacerdotales de cara a la roca donde, antaño según atestigua la Tradición, nuestro amado Señor aceptara el cáliz de la Pasión bajo la Paternal mirada, misma que observaba a sus ministros afirmando nuevamente el triple “Quiero” que responde con precisión y aceptación sacerdotal a cada pregunta del celebrante principal: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?” Cada pregunta implica un examen de conciencia, una consideración estricta de nosotros mismos sobre cómo hemos venido llevando nuestro sacerdocio, siempre en orden a mejorar, a dar y darse más, a morir más; y a no quedarse con el cáliz en la mano sino también beberlo, porque Jesucristo lo bebió e invita a sus sacerdotes a beberlo también. Y si alguna vez nos hemos quedado dormidos en “nuestro Getsemaní”, es momento de despertar, de escribir la historia de los apóstoles que no abandonan cuando aparecen los soldados, que cumplen sus promesas de ir hasta la muerte junto al Señor con tal de mantenerse fieles, si Él así lo dispone, y de escribir en nuestros corazones las palabras que definen a las vidas que se entregan a Dios sin condiciones, mismas que nos enseñó nuestro Señor en el huerto de los olivos: “…no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”, y que espera especialmente de sus sacerdotes, no tanto con los labios, sino más bien expresadas con la vida, una vida dedicada a ofrecerse en todo lo que el Padre, en su infinita sabiduría e insondable bondad haya dispuesto, como se puede contemplar en su querido Hijo, de manera especial en el silencio de Getsemaní.

P. Jason.

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