¿Qué vio Dios en nosotros?

¡Oh, amoroso conflicto!

Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, ¿qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida!”

San Alberto Hurtado

Ayer celebrábamos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, nuestro Dios y Señor, amador de las almas hasta el extremo, pues literalmente entregó su vida por cada uno de nosotros. Y al hacer la introducción de la homilía -lo que solemos llamar “Captatio”, pues consiste en esa primera idea que busca justamente captar la atención del oyente desde allí en adelante-, me quedó dando vueltas esta simple pregunta-consideración que le ha dado el título a este pequeño escrito que hoy deseo compartir: ¿Qué vio Dios en nosotros?, es decir, ¿qué es lo que ve Dios en nosotros para no dejar de amarnos a pesar del abismo inmensurable que existe entre su perfecto amor por su pequeña creatura y el nuestro, siempre imperfecto? No pretendo propiamente responder a esta pregunta… o, tal vez, sería mejor decir “terminar de responder esta pregunta”, porque considero con total sinceridad que estamos ante una de esas maravillosas interrogantes que son tan particulares como universales, en el sentido de que, sí, existe una respuesta más bien universal que, en definitiva, siempre se encuentra inmersa en los misteriosos y bondadosos designios divinos, cuyas profundidades escapan a nuestra limitada condición; pero también existe una especie de respuesta particular, propiamente “personal”, que cada uno de nosotros va desarrollando y profundizando a lo largo de la vida, en la medida que se va forjando nuestra relación con Dios, y nuestra intimidad con Él nos va abriendo nuevas puertas y nos va brindando nuevas luces… y, aún así, la respuesta definitiva -cada vez se comprende más-, ya ha echado sus raíces propiamente en la eternidad. Y esto entusiasma y mueve a seguir buscando la respuesta.

¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Mi parcial intento de respuesta comienza a partir de la mencionada introducción:

Cuando los hombres descubrimos algo de bondad en los demás, ello capta nuestra atención. Luego de detenernos algún tiempo surge la atracción hacia la bondad que contemplamos, y si es posible poseerla de alguna manera, brota en nosotros la esperanza y junto con ello nuestra actitud de ir por ella, de quererla para sí; y de aquí en adelante es posible que se produzca el amor; y el fruto del amor, es la unión. Es por eso que dos personas que se aman, ya sean hermanos, amigos, esposos, padres e hijos, etc., necesariamente tienden a buscar la “unión de corazones”, y en la medida que ese amor se vaya acrecentando, se vaya haciendo puro, el que ama irá haciendo lo posible por entregarse más profundamente a la persona que ama. El amor verdadero, por lo tanto, posee ciertas características: se corresponde, como, por ejemplo, en los amigos que se buscan constantemente; se manifiesta, como los esposos que se dicen todos los días que se quieren; y busca cada vez más la unión de los que se aman. El amor da y se da, ve lo amable del otro y corresponde con lo que puede dar, como dice san Ignacio: “El amor consiste en comunicación de las dos partes. Es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene, o de lo que tiene o puede. Y así por el contrario el amado al amante. De manera que, si el uno tiene ciencia, dala al que no la tiene; si honores y riquezas, y así el otro al otro”.

Con esto presente, la afirmación respecto a Dios es absoluta: Él es el más amable, quien más merece ser amado; el sumo bien de nuestras almas y de quien provienen todos los beneficios de los cuales podemos gozar; el amador fiel que no puede traicionar, que jamás se cansa de amar; cuyo amor no se retira ni aun ante nuestras posibles infidelidades; y que sigue amando aun si le fallamos, y cuyas manos bondadosas no se retiran si lo defraudamos; en fin, nuestro buen Dios del amor probado, del amor que llegó hasta el suplicio de la cruz en la Persona del Hijo para hacerse expresión irrefutable ante nuestros pequeños corazones.

A pesar de la simpleza de nuestra condición de creaturas, pecadores redimidos por la sola misericordia divina, no es difícil comprender la deuda amorosa que tenemos con el Sagrado Corazón. Pero de parte de Dios… ¡oh, amoroso conflicto!, ¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Somos nada más pecado, somos los capaces de traicionar, somos los que le pedimos perdón por haberlo ofendido; tal vez, los de los propósitos incumplidos y los magnánimos ofrecimientos cuya realización sigue en lista de espera… ¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? El amor de Dios es diferente, a nosotros nos atraen los bienes que podemos recibir, e incluso recibir para corresponder, pero Dios en nosotros ve limitación, imperfección, heridas del pecado y frustraciones por nuestras fragilidades, etc., y, sin embargo, nos ama… ¡Nos ama y no deja de amarnos!: ¡¿Qué es lo que vio Dios en nosotros?!; una creatura herida que no puede ser curada más que por Él; una naturaleza caída que no puede levantarse por sí misma, sino sólo por su Gracia; un hijo rebelde que abandonó a su padre, siendo Él mismo el padre que jamás se desentiende; Dios en nosotros ve miserias y limitaciones, y su amor las quiere remediar: Dios ve un hijo para consolar, un herido para curar, tal vez un extraviado para reorientar, o hasta un muerto para resucitar; y es que para el amor de Dios no hay impedimentos, sólo debemos aceptarlo y dedicarnos a corresponder.

Dios es como las madres que se levantan a socorrer a sus pequeños cuando lloran: ¿qué le puede ofrecer “en compensación” a su madre un bebé de dos semanas por haber sido atendido?, y, sin embargo, las madres no esperan nada a cambio, simplemente aman porque así es el amor verdadero; y saltan sus corazones ante llanto de sus hijos porque solamente desean que estén bien, protegerlos, resguardarlos; la vida de su pequeño depende de la madre que lo cuida y lo alimenta. Pues bien, nosotros somos “los pequeños de Dios”: pequeños en gratitud tal vez, pequeños en generosidad quizás, pequeños en correspondencia probablemente… y Dios nos ama, nos protege y nos ofrece su atención ininterrumpidamente.

¿Qué es lo que vio Dios en nosotros para amarnos? Pues alguien que lo necesita y necesita de su amor; y qué gran consuelo para nuestras almas el reconocer que necesitamos a Dios, pues, como hemos dicho y lo sabemos bien, somos limitados, somos pecadores, somos frágiles y débiles, sí, pero también somos amados por Dios y redimidos. Él ve perfectamente en nosotros lo que ama: nuestra propia alma, los designios que nos tiene preparados, la eternidad que desea que alcancemos junto a Él, la gloria que debemos tributarle y el amor con que debemos corresponderle.

Nuestro amor hacia Dios siempre será limitado e imperfecto, y, sin embargo, por esta misma condición siempre podrá seguir creciendo en esta vida. Esto los santos lo han comprendido bien, haciendo germinar en ellos esa “santa inconformidad” en la correspondencia hacia el amor de Dios, lo que los hacía imparables en amar. Aceptemos nosotros también, a pesar del amoroso misterio, que Dios ha visto algo en nosotros -lo que Él mismo ha querido disponer al crearnos-, por lo cual no puede dejar de amarnos, y ante lo cual debemos dedicar nuestra vida entera a corresponderle en el amor.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

P. Jason Jorquera Meneses, IVE.

 

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