Domingo XIº T.O – Año A
Al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas… Mt 9, 36-10,8
Hay un tema en el que me gusta pensar a veces y que pretendo algún día poder desarrollar más, con la gracia de Dios, y es el tema de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo. Miradas tan poderosas. Miradas de un Dios. Miradas de un hombre. Miradas divinas por medio de ojos humanos. Realmente se puede profundizar muchísimo en cada pasaje del Evangelio donde se narra que nuestro Señor ha mirado, o ha visto algo. El Evangelio de este domingo es uno de estos.
Dice el Evangelio que Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas… Es un detalle que remarca mucho el sentimiento que movía al Señor a hacer todas las cosas que tenía que hacer. Digamos que este sentimiento era doble: por un lado, hacia el Padre, por estar siempre aplicado a hacer Su voluntad, como el mismo Jesús ha dicho en distintos pasajes; por otro lado, tenemos el sentimiento de misericordia o, para usar el término del Evangelio de hoy, compasión, que tenía Él por las gentes. Jesús, al ver a las personas, perdidas, extenuadas, abandonadas como estaban, se compadeció de ellas. En verdad no solamente tuvo compasión, misericordia, sino que el Señor es, Él mismo el “rostro de la misericordia del Padre”.
Santo Tomás de Aquino directamente relaciona a la compasión a la misericordia, cuando en la Suma Teológica pone a la primera [compasión] dentro de la definición de la segunda: “La misericordia es la compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos impulsa a socorrerla si está en nuestro poder.” (S.Th., II-II, q.30, a.1) ¡Qué preciosa descripción! No solamente que siente, o padece (cum passio) por las miserias ajenas, sino que hay una fuerza que lo impulsa a socorrerla. Santo Tomás aclara que, esto lo hace la persona si está en su poder, con mucho mayor razón se podría aplicar esta definición a la misericordia que tenía, o mejor dicho, que tiene nuestro Señor por nosotros. Él es el que tiene todo el Poder, la Fuerza y más, el Amor, la voluntad, podríamos decir, tiene ganas de socorrernos. Este socorro que el Señor nos puede dar puede realizarse de muchos modos, Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, todo fue hecho por Él y sin Él nada de lo que existe fue hecho.
En la primera lectura de hoy, hemos escuchado en el libro del Éxodo, que el Señor le dice a su pueblo que si ellos escuchasen a la voz del Señor y guardasen su alianza, ellos serían “propiedad personal” del Señor, tomado de entre todos los pueblos. El Salmista lo confirma en el Salmo 99, diciendo que el “Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.” Para luego seguir diciendo que el Señor es “bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Y todo esto, cuando nosotros todavía no éramos cercanos a Él. En efecto, lo dice San Pablo a los Romanos en la segunda lectura: “Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (cfr. Rm 5,6-11).
Sin embargo, un detalle interesante, que me ha llamado la atención, es el “medio”, podríamos decirlo así, con el que el Señor decide “remediar” la miseria de este pueblo, de Su pueblo. Elige de en medio de sus discípulos a doce, a Los Doce, para ser columnas y fundamentos de la Nueva Jerusalén, como ha sido revelado a san Juan en el Apocalipsis. Es decir, que Cristo, para remediar la miseria de su pueblo, que estaba extenuado y abandonado, les da pastores.
Es algo muy lógico, pues sabemos que estaban abandonados y extenuados justamente porque parecían ovejas que no tienen pastor. Pastores existieron, existen y existirán muchos a lo largo del tiempo, pero los verdaderos pastores, los que conocen a sus ovejas, y a los que las ovejas les reconocen su voz, esos son pocos en verdad: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…”
¿Qué quiere decir todo esto, queridos hermanos? Quiere decir que para que encontremos alivio, descanso, auxilio en nuestro camino en el rebaño del Señor, como pueblo elegido, pueblo Suyo, esta “nación santa”, como bien nos recuerda la primera lectura, debemos buscar los auxilios que nos ha dejado el mismo Señor.
No es mi intención aquí hacer un sermón apologético, en defensa de la verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica -aunque podría ser de mucho provecho-, lo que quiero simplemente es remarcar la necesidad que nosotros, todos nosotros, incluyéndome en este grupo, tenemos de los pastores de la Iglesia para nuestro paso por este mundo, para nuestro camino espiritual.
Somos enviados siempre como mansos corderos en medio de lobos feroces. El Señor nos manda ser discípulos suyos viviendo en un mundo feroz, que intenta sumergirnos a todos en el más profundo abismo de perdición, buscando placeres, deleites, gozos momentáneos, cosas efímeras que no valen realmente nada para la verdadera Vida, para la Eternidad. Y nosotros, además de esto, nos vemos acechados por el demonio, que intenta seducirnos, utilizando no solamente el mundo como secuaz, pero también a nuestra misma carne, aumentando exponencialmente el horror al sufrimiento, el miedo a cualquier molestia, promoviendo el bienestar a cualquier costo.
Justamente en contra de esto es que el Señor ha enviado también a nosotros, su pueblo y ovejas de su rebaño, los pastores, en la figura de los obispos principalmente, pero de manera participada también en todos los sacerdotes. Escuchemos nuevamente las instrucciones que les da nuestro Señor apenas elige a los Doce: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.”
Todas estas cosas que nos acechan, que nos fatigan, nos hacen caminar en pesadez, desconsolados en medio a este valle de lágrimas del mundo actual en que vivimos. Dos de los más hermosos auxilios que nos dejó el Señor en sus pastores, son la Eucaristía y la Confesión. En efecto, ¿en qué otro lugar, o con qué otras personas, fuera de los pastores, de nuestros pastores, de los pastores de la Iglesia, nosotros podemos encontrar el Pan de la Vida como alimento de nuestra alma, y al perdón de los pecados, que borra nuestras culpas?; ¿Cómo podríamos sobrevivir en un mundo tan terrible como el que vivimos, si no tuviéramos una fuente segura donde encontrar alivio, refugio, auxilio en los momentos de tentación, de miedo, de desesperación?
Realmente, el Señor al mirar a la gente -y aquí subrayemos que el Señor seguramente vio a las generaciones futuras, nos vio a nosotros, seamos sacerdotes, religiosos, laicos, lo que sea-, se compadeció de nosotros y quiso dejarnos este remedio.
Por esto es que, en esta Santa Misa, le vamos a pedir, le vamos a suplicar a la Virgen María, a su Inmaculado Corazón, que nos obtenga la gracia de realmente experimentar este alivio, este socorro, este auxilio que podemos encontrar siempre en los pastores de la Iglesia, y que sepamos valorarlo como se merece, y que aprendamos a no tenerles miedo, y acercarnos a ellos siempre, porque al final, “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.” (Sal 99)
Ave María Purísima.
P. Harley Carneiro, IVE