¿CUÁNTO CUESTA EL REINO?

“El Reino de Dios no tiene precio, sin embargo vale sólo lo que tenéis.” (San León Magno)

Vale sólo lo que tenéis…

Para la viuda, el precio era dos moneditas…

Para Zaqueo, que tenía dinero —mucho dinero—, el precio era cuatro veces más de lo que había defraudado…

Para el Joven rico —que también tenía muchas riquezas—, además del cumplimiento de los mandamientos, le costaba la libertad para dejarlo todo…

Para el centurión, que no tenía con qué devolver la salud de su siervo, le costó la fe y la humildad…

La Samaritana tenía un cántaro vacío y una vida llena de medias verdades… para ella, le costó sus medias verdades…

El paralítico de Cafarnaúm sólo tenía la fe y la amistad de sus amigos… esto le costó el Reino de Dios…

A la hemorroísa apenas le quedaba el coraje para acercarse al Señor… Este fue su precio…

Al paralítico de la piscina probática, de Jerusalén, le costó sus treinta y ocho años de ilusiones desesperanzadas…

Y ¿con qué se encontró Cristo?

Dos monedas.

Riquezas.

Enfermedad.

Un cántaro y medias verdades.

Algunos amigos, una camilla y el techo abierto.

Una mano temblorosa.

Treinta y ocho años de espera.

Era lo que tenían ellos en sus manos, y es con esto que Dios actúa: con lo que encuentra en nuestras manos.

¿Y los santos?

¿Qué tenían ellos?

Quizás es ahí donde se esconde uno de los secretos del Reino de los Cielos…

El precio es extraño.

No cuesta lo mismo para todos y, sin embargo, cuesta exactamente lo mismo para todos.

Las cosas eran distintas: dos monedas, tesoros, riquezas que abandonar… Pedro tenía las redes… Mateo la mesa de impuestos… un gesto de audacia de la hemorroísa… A tantos mártires, les costó la sangre.

Eran realmente cosas distintas. Pero el precio era el mismo: TODO.

Dios no pide a todos las mismas cosas.

Pero a todos les pide la misma cosa: TODO.

Existe algo de subjetividad que se sostiene y se apoya sobre una realidad bien objetiva cuando se trata del precio del Reino de los Cielos. No era lo mismo para la viuda en el templo que para Zaqueo en Jericó, sin embargo. Para que pudieran comprar el Reino, la entrega tenía que ser total.

Ahí es donde entra en acción la extraña aritmética divina: dos monedas pesan más que todos los tesoros… una oveja vale más que noventa y nueve…

Dios no considera solamente lo que damos, sino lo que reservamos —y esta parte tiene mucho más peso—, por eso el que no se reserva nada, pone muchísimo en la balanza.

El Joven rico tenía algo… estaba apegado a sus riquezas, por eso se marchó triste.

Judas también tenía algo: su avaricia.

(Y hay posesiones que son terribles, terminan poseyendo al que las posee.)

Judas debía entregarla, poner también aquella miseria a los pies de Cristo… la Samaritana lo hizo… Pero Judas no la quiso soltar, se aferró a ella, y como una cuerda que se enrolla al cuello, le apretó y… se ahorcó.

Se hace necesario bajar a lo particular, al ámbito privado de cada uno: ¿Qué tengo? O quizás sea mejor: ¿Qué cosa me tiene a mí?

A cada uno puede ser algo distinto: dinero, personas, bienes, heridas, juicio propio, ambición, miedo, comodidad, un recuerdo… Puede incluso ser una virtud de la que empezamos a encariñarnos y apropiarnos de ella…

Cosas grandes, cosas pequeñas… Cosas exteriores, cosas interiores… Riquezas que ofrecer… pobrezas que aceptar… Virtudes que entregar, vicios que abandonar.

No importa… el precio sigue siendo el mismo: TODO.

Hay algo más todavía: pues Jesús dijo que el hombre que encontró el tesoro escondido en aquel campo, fue y vendió todo cuanto tenía para comprar el campo… Pero, añade el Evangelio, que lo hizo “lleno de alegría”…

Es una más de estas paradojas del Evangelio… desposeer de todo y llenarse del Todo, de la alegría que del Todo brota…

El Reino de los Cielos tiene un valor infinito… ni si poseyéramos todas las riquezas de la tierra lo podríamos comprar… Pero, sin embargo (¿Paradoja? ¡Por supuesto!) Dios ha querido ponerle un precio que hasta el más pobre puede pagar.

¿Cuánto?

Lo que tengas, pero que sea TODO.

Si tienes dos monedas: dos monedas…

Si tienes riquezas: tus riquezas…

Si tienes fuerza: tu fuerza…

Si tienes solamente debilidad: tus debilidades…

Si tienes pecados: entregalos arrepentido…

Si tienes una vida entera: una vida entera…

Porque Dios no te pedirá lo que no tienes, pero querrá todo lo que tienes.

Este misterio podríamos intentar expresarlo —con escuetas palabras— así: el Tesoro que vale infinitamente más que todas las cosas puede ser comprado por el más pobre de los hombres… porque el Reino de Dios no cuesta mucho… ni cuesta poco… Cuesta todo.

Es por esto que, al final, tenía razón San León Magno… es algo que parece absurdo pero que, sin embargo, es verdad: ¡El Reino de Dios sólo vale lo que tienes!

 

P. Harley Carneiro, IVE

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