La fuerza de la devoción

Expresión de nuestro amor a Dios y a lo sagrado

“Pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!”
San Manuel González

Hace ya más de 20 años, por una de esas maravillosas delicadezas de la Divina Providencia, entré por primera vez a la sencilla capilla de la parroquia de “Nuestra Señora del Huerto”, sin sospechar -en aquel momento- que al año siguiente en esa misma capilla recibiría a diario a nuestro Señor sacramentado, acompañándolo también expuesto en la Custodia y pudiéndolo visitar cuando quisiera, simplemente caminando unos pocos metros… y todo esto a partir de aquel primer encuentro que cambiaría radicalmente el curso de mi vida.

La primera vez que entré en dicha capilla, me encontré delante de una escena que se quedó plasmada para siempre, pues era totalmente nueva para mí: el sacerdote estaba incensando el altar durante los ritos iniciales de la santa Misa, y yo me quedé como embobado, pues no recuerdo haber tenido antes la oportunidad de ver algo así. Participaba de la santa Misa en otro lugar, de hecho, me estaba preparando para la confirmación, pero aquí veía algo especial que no entendía bien qué era. Luego me gustó la prédica y la liturgia completa, y entonces decidí que iría allí a participar de la santa Misa. Pero como las gracias de Dios jamás vienen solas, me invitaron a la Adoración Eucarística, a lo cual accedí más bien para no quedar mal, debo reconocer, pues no sabía lo que era propiamente ni qué debía hacer… pero fui. Y nuevamente -aunque esta vez sí tuve todo tiempo que quise para reflexionar-, me quedé cautivado mirando tanto a nuestro Señor sacramentado en la custodia (allí descubrí lo que era una custodia), cuanto al sacerdote, por la gran delicadeza, recogimiento y respeto con que el padre realizó la exposición. No sabía qué debía responder, no entendí bien a los demás como para “copiarles las respuestas”, ni sabía siquiera si debía estar sentado, parado o arrodillado; pero sí que algo me quedó bastante claro a partir de aquella primera Adoración con exposición solemne para mí (pues hasta al incienso lo miraba con respeto): comprendí que comenzaba una nueva etapa de mi vida en la que quería estar más presente para nuestro Señor Jesucristo. Dios me había mostrado de una manera totalmente inesperada lo que es la devoción. Y yo la quería.

Todo esto fue el año 2004. Al año siguiente entré al noviciado y continué con mi preparación religiosa y sacerdotal hasta llegar a este punto, en que comparto esta sencilla reflexión con más de una década de sacerdocio monástico. Y durante estos más de 20 años desde aquella primera adoración solemne que Dios me regaló, no he dejado de gozarme en la exposición del Santísimo Sacramento, de la que ahora tomo parte muy seguido gracias a la bondad divina; pues me parece cada vez más uno de los momentos más hermosos de nuestra piedad católica y del ministerio sacerdotal.

Dejo para otra oportunidad lo que, por supuesto, es evidente que hay que tratar si se habla de sacerdocio e intimidad con Dios, como lo es la santa Misa o la vida sacramental del sacerdote, para detenerme en esta expresión tan delicada y tan íntima para el ministro de Cristo, a pesar de realizarse muchas veces delante de sus fieles; pero es que la manera de tratar a Jesús sacramentado, a la vez que es manifestación de la fe y el amor del sacerdote a su Señor, también es una oportunidad para que lo feligreses contemplen y aprendan la devoción que se ha de tener ante nuestro Dios hecho sacramento por nosotros y para nosotros.

El sacerdote, a menudo puede andar corriendo: siempre hay cosas que atender, intenciones para elevar al Cielo en sus plegarias, sacrificios para ofrecer; mensajes para responder, compras para realizar, apostolados para preparar, misas que celebrar, sacramentos para administrar, sermones que preparar; direcciones espirituales, trámites, médico, mantenimiento, etc. Todo un vasto ministerio para poner a disposición de las almas cada vez que éstas lo necesiten; porque el sacerdote no se pertenece, es de Dios y de las almas. Sin embargo, cuando llega la hora de exponer el Santísimo Sacramento y “dedicarse a Él”, todo lo demás se ha de detener, porque así lo exige la devoción: ni una impía genuflexión relámpago, ni unas indescifrables oraciones apresuradas, ni una disipada atención deben entrar a la capilla junto con el sacerdote cuando llega “la hora santa”, eso se queda afuera porque en la capilla está Jesús Sacramentado. Si algo de esto se nos cuela los demás lo notan, y eso no es fecundo. En cambio, el sacerdote que trata con profunda devoción a Jesús Sacramentado, con respeto, con delicadeza, con amor, le da a su ministerio la poderosa impronta de la devoción que le da fuerza a sus palabras y a sus acciones; pero devoción verdadera, no artificial o caricaturesca. La devoción genuina es respetuosa; se toma el tiempo correspondiente y nada más; no termina en el ministro sino en Jesús sacramentado; mueve, inspira, cautiva para Dios.

Por supuesto que la devoción no está restringida solamente a los sacerdotes, la devoción “es nuestra”, de todos los creyentes y todos debemos aspirar a crecer en ella; de hecho, no pocas veces las personas más sencillas nos adelantan y nos motivan en gran medida sin siquiera darse cuenta; pero en esta oportunidad nos quedamos con este ejemplo concreto del sacerdote delante del Santísimo Sacramento, porque es allí donde de manera especial -así como en su manera de celebrar la santa Misa-, la devoción puede tener una fuerza enorme y cautivadora, como hemos podido constatar a lo largo de la historia de la Iglesia en sus santos sacerdotes, grandes adoradores y promotores de la Adoración Eucarística, descanso de sus almas y de donde debemos sacar nuestras fuerzas para cumplir con lo que Dios nos pide. Del santo cura de Ars se decía que, al hablar sobre la Eucaristía a los fieles, muchas veces se emocionaba tanto que no podía terminar las frases y rompía en llanto o silencio; o que cuando miraba el sagrario, solía exclamar conmovido: «¡Él está ahí!» o «¡Él nos espera!»; y podemos constatar la fuerza arrolladora de su predicación, sus penitencias, sus ejemplos, etc.

Hasta el día de hoy, no deja de edificarme el contemplar a mis hermanos en el ministerio sacerdotal al tratar con piedad a nuestro Señor sacramentado. A los sacerdotes devotos los admiro y deseo imitarlos en su devoción, y le ruego a Dios que mi devoción crezca y se haga profunda, pues sólo así será fecunda. Pero la invitación es para todos los creyentes, para todos los miembros de la Iglesia que tenemos la posibilidad de acudir a nuestro Señor en la Eucaristía -¡Oh, qué triste sería no tener la Eucaristía!-; así que amemos mucho a Jesucristo Sacramentado, porque en definitiva nuestra devoción es una expresión de nuestro amor. Vayamos a visitarlo, vayamos a recibirlo, pasemos tiempo con Él, correspondámosle. Él ya nos abrió su corazón, abrámosle nosotros en nuestro, y que nuestro trato hacia Él sea cada vez más piadoso e íntimo.

P. Jason.

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