Carta de Su Santidad, Juan Pablo II al arzobispo de Lyon, con motivo de la peregrinación a Paray-le-Monial (Francia). 4 de junio de 1999
Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.
Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum Sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.
La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: “Del corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor”. Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: “Venid a mí (…) que soy manso y humilde de corazón”.
El Corazón del Verbo Encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor“.
En el umbral del tercer milenio, “el amor de Cristo nos impulsa” a hacer que el Salvador sea conocido y amado. Exhorto encarecidamente a los fieles a adorar a Cristo presente en el Santísimo Sacramento del altar, permitiéndole que cure nuestra conciencia, nos purifique, nos ilumine y nos unifique. En el encuentro con él, los cristianos hallarán la fuerza para su vida espiritual y para su misión en el mundo. En la relación de corazón a corazón con el divino Maestro, descubrirán el amor infinito del Padre y serán verdaderos adoradores en espíritu y verdad.
Su fe se reavivará; entrarán en el misterio de Dios y serán profundamente transformados por Cristo. En las pruebas y en las alegrías conformarán su vida al misterio de la cruz y de la resurrección del Salvacor. Serán cada día más hijos en el Hijo. Así, a través de ellos, el amor se derramará en el corazón de los hombres para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad. Serán también intercesores de la humanidad entera, pues toda alma que se eleva hacia Dios eleva al mismo tiempo al mundo.
Invito, por tanto, a todos los fieles a proseguir con piedad su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, adaptándola a nuestro tiempo, para acoger sus insondables riquezas y responder con alegría amando a Dios y a los hermanos, encontrando así la paz, siguiendo un camino de reconciliación y fortaleciendo la esperanza de vivir un día en la plenitud junto a Dios y en compañía de todos los santos.
Conviene asimismo trasmitir a las generaciones futuras el deseo de encontrarse con el Señor, fijar su mirada en él y responder a la llamada a la santidad, descubriendo cada uno su misión específica en la Iglesia y en el mundo. En efecto, “la caridad divina, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu”, se comunica a los hombres para que sean testigos del amor de Dios.
Invocando la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, imparto de buen grado mi bendición apostólica a todos los fieles que, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, peregrinen a Paray-le-Monial o participen con devoción en celebraciones litúrgicas y momentos de oración al Sagrado Corazón.