¡BENDITA LANZA!

Y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron – Zc 12,10

No es la primera vez. Es que en algún otro momento ya tuve esta idea, ya pensé en este tema, pero no es que se me ocurrió escribir algo. Pero hoy… hoy sí.

Al celebrar la gran solemnidad en honor al Sagrado Corazón de Jesús, muchas cosas pueden ser consideradas, hay tanto para pensar sobre el amor de Dios, sobre el amor de Cristo, sobre el sentimiento que Cristo tiene por nosotros, los hombres: “…el Corazón que tanto amó al mundo…”, sobre cómo es tan incomprendido este amor y recibe siempre ingratitud. También se puede reflexionar sobre el corazón de Jesús como fuente de vida: “De su costado salieron al punto, sangre y agua”… O quizás pensar en Jesús que nos dejó, por amor nuestro, su Sagrado Corazón en la Eucaristía, su mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para que lo comiésemos, para que tengamos vida, y para que la tengamos en abundancia

Pero deseo dedicar algunas líneas a una idea que no tiene mucho que ver con todo esto, al menos no directamente: la lanza que le traspasó el Corazón de Nuestro Señor.

Durante toda la historia de nuestra salvación, Dios nunca dejó de mostrarnos su preocupación, su cuidado para con nosotros, los hombres, sus creaturas. Incluso cuando éramos enemigos suyos, para usar la expresión de San Pablo. Siempre la Providencia Divina estuvo ocupada en mantener presente en la vida de la humanidad, algún destello del cuidado de Dios, o de alguno de sus atributos más preciosos: su Poder, que podemos ver manifestado más explícitamente en las Teofanías del Antiguo Testamento (Las plagas en Egipto, la Columna de fuego, el Paso del Mar Rojo, etc); también su Fuerza, cuando nos acordamos de las tantas y tantas veces en que el Señor ha librado a su pueblo de las manos de los enemigos; su Justicia, en todas las veces en que hizo cumplir su Palabra tal cual la habían anunciado por los profetas. En fin, siempre hubo mucho cuidado de parte de la Providencia de que el hombre jamás se olvidase no solamente de la existencia de un Dios poderoso que lo había creado, pero también que no se olvidase de la presencia de este mismo Dios, que le salva, le guía.

También con Cristo. En efecto, habiendo llegado la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo, a Su Unigénito, a su Cristo, para venir a este mundo y morir por nosotros, para libertarnos de las garras de la muerte, y abrirnos el paso para caminar sin trabas en dirección a la vida, a la eternidad.

Quizás en lo que más se ha ocupado la Providencia en manifestarnos, es el amor de Dios por nosotros. En todas las manifestaciones anteriormente mencionadas, en el fondo está siempre el Amor de Dios, pues, en definitiva, el amor es el Querer de Dios. Dios quiso manifestar su poder, su fuerza, su justicia, su amor mismo. Jesús nos enseñó esto de un modo excelente: no solamente vino y nos dio la vida: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por su amigo”, sino que nos vino a manifestar “el amor que nos tiene Dios”. Porque en esto consiste el amor, no en que hayamos amado a Dios, sino que Dios nos ha amado y nos ha querido, y nos ha elegido desde toda la eternidad. Hasta que murió en la Cruz, Cristo estuvo siempre haciendo eco del amor que Dios nos tiene.

Pero, hubo un momento en que, todavía quedaba algo guardado, pero que Cristo, exánime, pendiente del madero, ya no tenía fuerzas, no tenía vida, no tenía modo para dárnoslo. Ahí, nuevamente la Providencia que jamás descuida ningún detalle, nos brindó con algo excepcional.

Ya había predicho el Profeta Zacarías: “volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron” (Zc 12,10). Cristo no tenía cómo darnos más, pero tenía algo precioso para darnos: su Corazón. Bendita lanza del soldado que tuvo la dicha de tocar, por vez primera, este Sacratísimo Corazón. Dice el Evangelista, el Discípulo Amado, que estaba ahí a los pies de la Cruz con la Virgen, que apenas la lanza traspasó el Corazón de Cristo, al punto salió sangre y agua.

En este dulce hueco de Tu Herida, Señor, no quiero más que meterme, al final, la Providencia quiso que un objeto inanimado, un objeto de muerte, una lanza (bendita lanza), fuera el objeto introducido en tu Pecho y lo abriera, y que al punto, pudiéramos nosotros adentrar en la Fuente Viva de Tu Amor. Un amor que atrae, como la luz y el calor del fuego, de modo análogo, nosotros, perdidos en nuestra oscuridad, en las tinieblas de nuestros pecados y miserias, somos atraídos a esta hornalla del Amor Divino; pero hay una diferencia, aquí, en Tu Sacratísimo Corazón: no tememos acercarnos demasiado, no tememos que el fuego nos queme o nos empuje lejos, sino que, admirados de Tu Poder, de Tu Amor, de Tu Fuerza, nos acercamos más. Nos metemos enteramente dentro de Tu Corazón.

Entramos por medio de un “objeto mortal”, algo material que era usado para darle muerte a las personas -podemos pensar aquí también en que esta lanza representaba nuestro amor imperfecto hiriendo al Corazón de Cristo al entrar en él- y Él, sediento de amor, aún después de muerto, se dejó traspasar por una lanza (bendita lanza), pero que al fin, se ha convertido en un ancla de salvación, dónde podemos depositar nuestra esperanza, nuestro amor, nuestros anhelos más profundos.

Bendita la lanza que traspasó al costado de Cristo. Bendita la Providencia Divina que quiso que el hombre mismo encontrase el camino hacia la Fuente Viva del Amor de Dios entre los hombres, y más bendito todavía, bendito por los siglos de los siglos, por habernos permitido anclarnos dentro de este Corazón Divino.

Sí, una vez para siempre quiso Dios tener también un corazón. Viéndolo Él que además de ser un órgano vital, es también un signo, una señal clara del amor, de la vida misma, quiso tener un corazón, quiso abrirnos la puerta para meternos en este Corazón.

Termino como he comenzado… No es la primera vez que se me ocurre esta idea… Pero alguna vez tendría que traducirlo en palabras, aún que, les digo: se quedan cortas las palabras para expresar correctamente lo que solamente experimenta el que se acerca a este dulce hueco de la herida del Costado de Cristo.

¿Qué quiero mi Jesús? Quiero quererte,

Quiero cuanto hay en mí del todo darte,

Sin tener más placer que el agradarte,

Sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,

Quiero dejarlo todo por buscarte,

Quiero perderlo todo por hallarte,

Quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, en Ti abismarme,

En ese dulce hueco de Tu herida,

Y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin, en Ti transfigurarme,

Morir a mí, para vivir tu vida,

Perderme en Ti, Jesús y no encontrarme. (Calderón de la Barca)

P. Harley Carneiro, IVE

 

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