“Somos hijos de la Iglesia”

Sobre la maternidad que la santa Iglesia ejerce sobre nosotros

 

P. Jason Jorquera Meneses

 

“La iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y  de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios.”  (Benedicto XVI)

Cuando hablamos de “maternidad” o “paternidad” necesariamente tenemos que hablar de “filiación”, es decir, de la relación real, íntima y especialmente unitiva entre los padres y los hijos, la cual como sabemos implica tanto derechos como obligaciones que bien debemos conocer: amor, respeto, responsabilidad, atención, etc. Ahora bien, cuando se trata de la “santa madre Iglesia” (como la llamamos también los católicos), de la cual somos miembros por el bautismo, estos mismos derechos y obligaciones permanecen vigentes en nosotros, lo cual debemos tener muy presente ya que el ignorarlos por razonamientos mundanos, desgraciadamente, hoy en día es un peligro demasiado difundido. Cuántas personas se excusan de ir a la Iglesia por el mal ejemplo de algunos que se dicen creyentes, cuando justamente el mal ejemplo se produce cuando no somos fieles a los principios y enseñanzas de la Iglesia; en otras palabras, que algunos miembros se corrompan no significa que la Iglesia lo haga, ya que la instituyó Jesucristo y se dice que e santa en cuanto lo son sus principios, análogo al auto nuevo que le salpica encima un poco de barro, pues no por eso decimos que deja de funcionar y ya no sirve sino que simplemente hay que quitarle la mancha; y dicho sea de paso, estemos atentos a no formar parte de estos “criticones” sino más bien ser parte de los “reparadores”, de los que al ver que un miembro va mal, antes que detenerse a criticar se ponen a trabajar por hacerlo volver al correcto camino, es decir, al camino de los principios capaces de santificarnos y que nuestro Señor Jesucristo nos dejó en su Iglesia que nos acoge verdaderamente como sus hijos. De ahí que escribiera el santo: “Lo más grande que tiene el mundo es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiendo de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea. Planteémonos, pues, el problema de nuestra responsabilidad frente a la Iglesia”. [1]

Antes de considerar esta verdadera maternidad espiritual de la esposa de Cristo, conviene considerar algunas otras denominaciones que le damos, para tratar luego mejor el aspecto que queremos resaltar:

  • Iglesia, Cuerpo místico: porque es realmente un organismo vivo y a la vez trascendente, … a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina. De modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos (Cat 771).

“La iglesia no es una asociación que quiere promover cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado sigue siendo “carne”. Tiene carne y huesos (Lc 24,39), como afirma el evangelio de san Lucas, el Resucitado ante los discípulos que creían que era espíritu. Tiene cuerpo.

Está presente personalmente en su iglesia: “Cabeza y cuerpo” forman un único sujeto, dirá san Agustín. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?, escribe san Pablo a los Corintios (1Cor 6,15). Y añade: del mismo modo que, según el libro del génesis, el hombre y la mujer llegan a ser una sola carne, así también Cristo con los suyos se convierte en un solo espíritu, es decir, en un único sujeto en el mundo nuevo de la resurrección” (Benedicto XVI)

Si preguntamos a la propia Iglesia Católica qué pretende ser -escribía el P. Hurtado-, nos responderá: La Iglesia es la realización del Reino de Dios sobre la tierra. “La Iglesia actual, la Iglesia de hoy, es el Reino de Cristo y el Reino de los cielos”, nos dice con emoción San Agustín. El grano de mostaza que crece y se desarrolla; la levadura que penetra y levanta el mundo; la mies que lleva trigo y cizaña (cf. Mt 13,31-43).

Tiene conciencia la Iglesia de ser la manifestación de lo sobrenatural, de lo divino, la manifestación de la santidad. Es ella, bajo la apariencia de las cosas que pasan, la realidad nueva, traída a la tierra por Cristo, lo divino que se muestra bajo una envoltura terrenal.

  • Iglesia, Esposa de Cristo: Para dar a entender esta unión de Cristo con la Iglesia San Pablo nos habla del desposorio. La Iglesia es la Esposa de Cristo por la cual Él se entregó a la muerte (cf. 2Cor 11,2). El Apocalipsis, por el mismo motivo, celebra las bodas del Cordero con la Esposa ataviada (cf. Ap 21,2). De aquí la [teología] mística sacará esta atrevida imagen: Cristo Esposo y la Iglesia su esposa, por unión íntima, dan a luz a los hijos de la vida nueva.
  • La Iglesia, somos también nosotros:
  • La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. Él vino para unirnos a Él, y formar Él y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo: “Pero la Iglesia somos todos, ¡todos! Desde el primer bautizado, todos somos Iglesia. Y todos tenemos que seguir el camino de Jesús, que se despojó a sí mismo. Se hizo siervo, servidor; quiso humillarse hasta la cruz. Y si nosotros queremos ser cristianos, no hay otro camino”. (Papa Francisco)

 La iglesia es nuestra Madre

 ¿Qué significa que la iglesia sea nuestra madre? Todos los grandes santos han sido unos fervorosos convencidos de que la santa Iglesia católica, apostólica y romana, es nuestra madre.

  • De san Marcelino Champagnat se dice: En la Santa Madre Iglesia, a la que amaba con todo el afecto de su corazón y a la que profesaba la más sincera sumisión
  • San Francisco de Asís escribe: Y sabemos que estamos obligados por encima de todo a observar todas estas cosas según los preceptos del Señor y las constituciones de la santa madre Iglesia.

 San Juan de la Cruz dice: no es mi intención apartarme del sano sentido y doctrina de la santa Madre Iglesia Católica, porque en tal caso totalmente me sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que en mejor razón de ello juzgare.

  • Papa Pío XI: Bien podemos decir que es la voz de nuestra Santa Madre Iglesia la que nos propone solemnemente la infancia evangélica, tal como la entendió, propuso y practicó Santa Teresita.

 

Características de esta maternidad

Que la iglesia sea nuestra madre implica una serie muy amplia de características que hacen referencia directamente a su actitud hacia nosotros en cuanto somos, por el bautismo, verdaderamente sus hijos.

1º) La Iglesia nos acoge: así como el niño al nacer es puesto en brazos de su madre, de la misma manera la Iglesia nos ampara al momento de nacer a la vida espiritual, a la vida de la gracia, en definitiva, a la vida eterna. La Iglesia es aquel regazo que nos recibe con gran gozo de tener un hijo más en su familia,  que no es otra que la de Cristo.

2º) La Iglesia nos conduce al cielo: porque sólo en ella encontramos los medios eficaces para poder alcanzar la eternidad, sólo la iglesia ha recibido del mismo Cristo los sagrados sacramentos que nos confieren la gracia necesaria para ir al cielo. Y esta unión entre la Iglesia y la gracia es tan estrecha que al momento de perder la gracia se pierde automáticamente la comunión con la Iglesia… pero como ella es madre siempre está dispuesta a recibir nuevamente a sus hijos arrepentidos mientras no los alcance antes la muerte. Todos los condenados se separaron en algún momento de la Iglesia… y todos los bienaventurados, que se encuentran en el cielo, alcanzaron el paraíso por haber muerto en comunión con la Iglesia por su vida de gracia.

3º) La Iglesia vela por nosotros: porque sabemos que así como los pecados de todos los miembros, por más ocultos que sean, siempre repercuten en perjuicio de los demás miembros del cuerpo, de la misma manera influyen sobre los demás miembros las oraciones que elevan a Dios desde el seno de la iglesia, así como todos los sufrimientos sobrellevados en manos de Dios y ofrecidos por los demás hermanos de la familia de Cristo. Es lo que se llama la comunión de los santos.

4º) La Iglesia nos enseña la verdad y nos protege así del error y de la condenación: simplemente porque es quien ha recibido, custodiado y transmitido el mensaje de la salvación de manos del mismo Jesucristo.

Consecuencias de nuestra filiación: nuestras obligaciones

Respeto: A ninguna madre, por mala que fuera, le ha de faltar el respeto su hijo. ¡Cuánto más respecto a la Santa Madre Iglesia!, aquella madre que nos ha dado a luz para el cielo.

Fidelidad: es decir, lealtad, ser fiel a sus preceptos, a su doctrina, a sus dogmas, a sus sacramentos, sus consejos; al ejemplo de sus santos, etc. En el mundo actual ésta es una de las tentaciones más grandes para el cristiano, para el católico: traicionar a su madre, ¿cómo? Pactando con el pecado, y no hablamos aquí de alguna caída por debilidad, sino de una vida en comunión con el pecado, con el error, con el espíritu del mundo. Dijo el papa Francisco hace 3 días: “El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. La mundanidad que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo. Eso es un ídolo: no es Dios. Y la idolatría es el pecado más grave”.

Defensa: si un hijo ve que le hacen daño a su madre sale en seguida en su defensa, no importa cómo, pero la defiende a morir; de la misma manera nosotros debemos defender a la Iglesia que es nuestra madre.

Docilidad: sencillamente porque su enseñanza, en lo que respecta a fe y moral, es infalible por promesa directa de Jesucristo, por lo tanto la doctrina de la iglesia es siempre segura, cierta y aceptable. Quien quiera madurar su fe, debe vivir su vida a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la mejor maestra y escuela de los cristianos.

Amor: ¿cómo no amar a esta madre que nos dio el mismo Cristo?, ¿cómo no amarla si nos colma de sus cuidados y beneficios?, ¿cómo no amarla si está llamando constantemente a los hombres a ser sus hijos? El amor es la primera consecuencia en realidad que se sigue del hecho de ser nosotros sus hijos.

 

Conclusión

Jesucristo le dice a Jerusalén: … ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido! Esa pareciera ser la súplica de la iglesia hacia todos los bautizados que no han correspondido a su amor… así también podríamos decir, que a sus hijos fieles, a aquellos que la aman con sinceridad y docilidad, oirán su dulce voz al final de sus vidas al cerrar los ojos llamándolos a despertar para siempre, como dice el salmo 100: Entrad por sus puertas dando gracias, por sus atrios cantando alabanzas, dadle gracias, bendecid su nombre.

[1] San Alberto Hurtado: “Responsabilidad frente a la Iglesia”, Charla, posiblemente a jóvenes de la A.C., el año 1944. La búsqueda de Dios, pp. 135-141.

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