CARICIAS DE UNA SANTA RITA

En la famosa obra de Dostoievski, “El Idiota”, hay una frase que se hizo muy conocida y que quiero traer aquí para dar pie a lo que vendrán a ser estas pocas líneas: “La belleza salvará el mundo.”; hecho comprobado, y es que a veces algo sencillo pero cargado de significado, nos detiene y nos asombra. Su belleza nos invita a alzar la mirada y a pensar en Aquel de quien procede toda hermosura. Como cantaba San Juan de la Cruz: “Mil gracias derramando… pasó por estos sotos con presura… y yéndolos mirando… vestidos los dejó de su hermosura…” Podríamos decir que encontrar cosas bellas es encontrarse con estos destellos de la Belleza suprema que siempre quiere decirnos algo.

Dejando de lado los preámbulos, ¿a qué vengo? En el interior de las ruinas de la Basílica Cruzada dedicada a resguardar la Roca de la casa de Santa Ana —donde vivimos y que custodiamos—, tenemos a la derecha del ábside central, una imagen imponente que representa a Santa Ana, la dueña de la casa, con la Virgen Niñita a su lado. Tierna imagen. Ya habrán podido contemplarla en algunas de las fotos que por ahí hemos publicado. El entorno de la imagen está adornado con distintas flores y plantas que realzan la belleza de la imagen hecha toda en mármol, regalo de una parroquia de Estados Unidos —dedicada justamente a la Madre de la Virgen María—. Justo detrás de la imagen, hay dos plantas que, de acuerdo con las informaciones de los que entienden de estas cosas, se llaman Santa Ritas, que aquí en la región son bastante comunes, y se destacan por sus vivos colores y casi nada de cuidados especiales para que florezcan y embellezcan cualquier lugar donde se las plante.

Pues bien. Una de estas ramas de la Santa Rita, justamente hoy estaba dispuesta de modo que las flores rosadas acariciaban el pequeño rostro blanco de la Virgen Niña. Tierna imagen, que al mirarla no pude menos que detenerme a contemplarla un rato y de ahí me vino la idea de estas líneas.

Pensaba en cómo nosotros podemos ofrecerle a la Virgen a lo largo de todo el día, innumerables obras, gestos, que, con todo amor y devoción filial hacia nuestra Madre del Cielo, podemos creer que los recibe gozosa desde su Trono en el Reino Celestial como la más exultante madre que recibe estos regalos sencillos de sus hijos pero que van cargados del cariño, del afecto, del amor que ellos le tienen.

Innecesario me parece aquí el recordar que es justamente el hecho de querer hacer cada gesto con amor lo que lo convierte en una “caricia a la Virgen”.

Siempre me ha llamado mucho la atención la ternura con que San Alfonso María de Ligorio —por poner un ejemplo— cuenta en su libro Las Glorias de María muchos y muy diversos testimonios de personas que han dedicado en sus vidas, algunos —o muchos— momentos para ofrecerle a la Virgen algún gesto de su filial afecto, de su amor confiado hacia tan buena Madre que Nuestro Redentor nos dio como último tesoro que nos podía dar en su vida de paso por esta Tierra. Indudablemente, la Virgen jamás dejará caer en el olvido cosas así hechas hacia ella. Como enseña San Luis María Grignion de Montfort, siempre ella nos llevará hacia Su Hijo, adornados con las más señaladas gracias y méritos que nosotros jamás podríamos alcanzar por nuestras solas fuerzas.

Es por esto que me llamó tanto la atención esta tan bella imagen de las caricias que recibía la Virgen Niña que les acabo de describir, porque de modo análogo, nosotros podemos —con cada gesto de devoción y piedad filial que le ofrecemos amorosamente— acariciar a la Virgen, ofrecerle estas caricias de hijos tan deseosos de agradar a tan buena Madre, deseosos de consolarla, de devolverle del modo más sencillo que nos sea posible, las incontables gracias que de ella misma recibimos a diario.

Lewis escribió que: “Las pequeñas decisiones que tú y yo tomamos cada día tienen una importancia infinita”[1]. Aplicando esta idea al tema de estas líneas, tiene importancia infinita cada decisión, cada gesto, por pequeño que sea, que tomamos, que ofrecemos a la Virgen, porque ella no los dejará pasar y caer en el olvido. Los recordará en el día del juicio, así lo creemos piadosamente. Por eso es que cada cosa, por pequeña e insignificante que sea, que hagamos por ella —sea una flor que le ponemos a sus pies, sea un beso que le demos a una de sus imágenes, una reverencia, una mirada confiada, una súplica abrasada, una vela encendida, lo que sea—, tiene importancia infinita, porque justamente encierra en sí una belleza análoga a la de esta Santa Rita que acaricia el delicado rostro de la pequeña Virgen de nuestro monasterio.

Y así terminamos como empezamos: ¿no será la belleza la que salvará el mundo?

P. Harley Carneiro, IVE

[1] C.S. LEWIS, Mero Cristianismo, Libro III, cap. 9: “La caridad” [Traducción propia]