Sermón sobre el Evangelio de Mateo, 25, 7-8 : PL 46, 937
Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: «He aquí mi madre y mis hermanos». Y luego: «El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49-50). ¿Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe? Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno.
Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: «¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!» ¿Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? «¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!». Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!
Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12, 27). «El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre». Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8, 17).