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Audiencias de san Juan Pablo II

Acerca de Dios

Los hombres y Dios

El Dios de nuestra Fe

 

Los hombres de ciencia y Dios 17.07.85

JPIIsonriendo1. Es opinión bastante difundida que los hombres de ciencia son generalmente agnósticos y que la ciencia aleja de Dios. ¿Qué hay de verdad en esta opinión?
Los extraordinarios progresos realizados por la ciencia, particularmente en los últimos dos siglos, han inducido a veces a creer que la ciencia sea capaz de dar respuesta por si sola a todos los interrogantes del hombre y de resolver todos los problemas. Algunos han deducido de ello que ya no habría ninguna necesidad de Dios. La confianza en la ciencia habría suplantado a la fe.
Entre ciencia y fe -se ha dicho- es necesario hacer una elección: o se cree en una o se abraza la otra. Quien persigue el esfuerzo de la investigación científica, no tiene ya necesidad de Dios; y viceversa, quien quiere creer en Dios, no puede ser un científico serio, porque entre ciencia y fe hay un contraste irreducible.

2. El Concilio Vaticano II ha expresado una condición bien diversa. En la Constitución Gaudium et Spes se afirma: ´La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetraren los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser´ (Gaudium et Spes, 36).
De hecho se puede observar que siempre han existido y existen todavía eminentes hombres de ciencia, que en el contexto de su humana experiencia han creído positiva y benéficamente en Dios. Una encuesta de hace cincuenta años, realizada con 398 científicos entre los más ilustres, puso de relieve que sólo 16 se declararon no creyentes, 15 agnósticos y 367 creyentes (cfr. A.Ey mieu, la part des croyants dans les progres de la science, 6ª ed., Perrin,1935, pág. 274).

3. Todavía más interesante y proficuo es darse cuenta de por qué muchos científicos de ayer y de hoy ven no sólo conciliable, sino felizmente integrante la investigación científica rigurosamente realizada con el sincero y gozoso reconocimiento de la existencia de Dios.
De las consideraciones que acompañan a menudo como un diario espiritual su empeño científico, sería fácil ver el entrecruzamiento de dos elementos: el primero es cómo la misma investigación, en lo grande y en lo pequeño, realizada con extremo rigor, deja siempre espacio a ulteriores preguntas en un proceso sin fin, que descubre en la realidad una inmensidad, una armonía, una finalidad inexplicable en términos de casualidad o mediante los solos recursos científicos. A ello se añade la insuprimible petición de sentido, de más alta racionalidad, más aún, de algo o de Alguien capaz de satisfacer necesidades interiores, que el mismo refinado progreso científico, lejos de suprimir, acrecienta.

4. Mirándolo bien, el paso a la afirmación religiosa no viene por si en fuerza del método científico experimental, sino en fuerza de principios filosóficos elementales, cuales el de causalidad, finalidad, razón suficiente, que un científico, como hombre, ejercita en el contacto diario con la vida y con la realidad que estudia. Más aún, la condición de centinela del mundo moderno, que entrevé el primero la enorme complejidad y al mismo tiempo la maravillosa armonía de la realidad, hace del científico un testigo privilegiado de la plausibilidad del dato religioso, un hombre capaz de mostrar cómo la admisión de la trascendencia, lejos de dañar la autonomía y los fines de la investigación, la estimula por el contrario a superarse continuamente, en una experiencia de autotranscendencia relativa del misterio humano.
Si luego se considera que hoy los dilatados horizontes de la investigación, sobre todo en lo que se refiere a las fuentes mismas de la vida, plantean interrogantes inquietantes acerca del uso recto de las conquistas científicas, no nos sorprende que cada vez con mayor frecuencia se manifieste en los científicos la petición de criterios morales seguros, capaces de sustraer al hombre de todo arbitrio. ¿Y quien, sino Dios, podrá fundar un orden moral en el que la dignidad del hombre, de todo hombre, sea tutelada y promovida de manera estable?
Ciertamente la religión cristiana, si no puede considerar razonables ciertas confesiones de ateísmo o de agnosticismo en nombre de la ciencia, sin embargo, es igualmente firme el no acoger afirmaciones sobre Dios que provengan de formas no rigurosamente atentas a los procesos racionales.

5. A este punto seria muy hermoso hacer escuchar de algún modo las razones por las que no pocos científicos afirman positivamente la existencia de Dios y ver qué relación personal con Dios, con el hombre y con los grandes problemas y valores supremos de la vida los sostienen. Cómo a menudo el silencio, la meditación, la imaginación creadora, el sereno despego de las cosas, el sentido social del descubrimiento, la pureza de corazón son poderosos factores que les abren un mundo de significados que no pueden ser desatendidos por quienquiera que proceda con igual lealtad y amor hacia la verdad.
Baste aquí la referencia a un científico italiano, Enrico Medi, desaparecido hace pocos años. En su intervención en el Congreso Catequístico Internacional de Roma en 1971, afirmaba: ´Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono. La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable. Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios.
´El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85ª potencia… ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: “Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! “Oh átomos, protones, electrones! “Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!´ (Atti del II Congreso Catechistico Internazionale, Roma, 20-25 septiembre de 1971, Roma, Studium, 1972, págs. 449-450).

El Dios de nuestra fe 24.07.85

1. En las catequesis del ciclo anterior he tratado de explicar qué significa la frase ´Yo creo´; que quiere decir ´creer como cristiano´. En el ciclo que ahora comenzamos deseo concentrar la catequesis sobre el primer artículo de la fe: ´Creo en Dios´ o, más plenamente: ´Creo en Dios Padre todopoderoso, creador.´. Así suena esta primera y fundamental verdad de la fe en el Símbolo Apostólico. Y casi id idénticamente en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano: ´Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador.´. Así el tema de las catequesis de este ciclo será Dios: el Dios de nuestra fe. Y puesto que la fe es la respuesta a la Revelación, el tema de las catequesis siguientes será ese Dios, que se ha dado a conocer al hombre, al cual ´se ha revelado a Sí mismo y ha manifestado el misterio de su voluntad´ (Cfr. Dei Verbum , 2).

2. De este Dios trata el primer artículo del ´Credo´. De el hablan indirectamente todos los artículos sucesivos de los Símbolos de la fe. En efecto, están todos unidos de modo orgánico a la primera y fundamental verdad sobre Dios, que es la fuente de la que derivan. Dios es ´el Alfa y el Omega´ (Ap 1, 8): El es también el comienzo y el término de nuestra fe. Efectivamente, podemos decir que todas las verdades sucesivas enunciadas en el ´Credo´ nos permiten conocer cada vez más plenamente al Dios de nuestra fe, del que habla el artículo primero: Nos hacen conocer mejor quién n es Dios en Sí mismo y en su vida íntima. En efecto, al conocer sus obras -la obra de la creación y de la redención-, al conocer todo su plan de salvación respecto del hombre, nos adentramos cada vez más profundamente en la verdad de Dios, tal como se revela en la Antigua y la Nueva Alianza. Se trata de una revelación progresiva, cuyo contenido ha sido formulado sintéticamente en los Símbolos de la fe. Al ir desplegándose los artículos de los Símbolos adquiere plenitud de significado la verdad expresada en las primeras palabras: ´Creo en Dios´. Naturalmente, dentro de los límites en los que el misterio de Dios es accesible a nosotros mediante la Revelación.

3. El Dios de nuestra fe. Aquel que profesamos en el ´Credo´, es el Dios de Abrahán, nuestro Padre en la fe (Cfr. Rom 4,12-16). Es ´el Dios de Isaac y el Dios de Jacob´ (Mc 12, 26), es decir, de Israel, el Dios de Moisés, y finalmente y sobre todo es ´Dios, Padre de Jesucristo´ (Rom 15, 6) Esto afirmamos cuando decimos ´Creo en Dios Padre.´. Es el único e idéntico Dios, del que nos dice la Carta a los Hebreos que ´muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo.´ (1, 1-2). El, que es la fuente de la palabra que describe su progresiva auto-manifestación en la historia, se revela plenamente en el Verbo Encarnado, Hijo eterno del Padre. En este hijo -Jesucristo- el Dios de nuestra fe se confirma definitivamente como Padre. Como tal lo reconoce y glorifica Jesús que reza: ´Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra.´ (Mt 11, 25), enseñando claramente también a nosotros a descubrir en este Dios, Señor del cielo y de la tierra, a ´nuestro´ Padre (Mt 6, 9).

4. Así, el Dios de la Revelación, ´Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo´ (Rom 15, 6) se pone frente a nuestra fe como un Dios personal, como un ´Yo´ divino inescrutable ante nuestros ´yo´ humanos, ante cada uno y ante todos. Es un ´Yo´ inescrutable, sí, en su profundo misterio, pero que se ha ´abierto´ a nosotros en la Revelación, de manera que podemos dirigirnos a El como al santísimo ´Tú´ divino. Cada uno de nosotros es capaz de hacerlo porque nuestro Dios, que abraza en Sí y supera y transciende de modo infinito todo lo que existe, está muy cercano a todos, y más aún, íntimo a nuestro más íntimo ser: ´Interior intimo meo´, como escribe San Agustín (Confesiones III, VI,11).

5. Este Dios, el Dios de nuestra fe, Dios y Padre de Jesucristo, Dios y Padre nuestro, es al mismo tiempo el ´Señor del cielo y de la tierra´, como Jesús mismo lo invocó (Mt 11, 25). En efecto, El es el creador.
Cuando el Apóstol Pablo de Tarso se presenta ante los atenienses en el areópago, proclama: ´Atenienses,. al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto (Las estatuas de los dioses venerados en la religión de la antigua Grecia), he hallado un altar en el cual está escrito: ´al Dios desconocido´ Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ese, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano de hombres, ni por las manos humanas es servido, como si necesitase algo, siendo El mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. El ., fijó las estaciones y los confines de las tierras por ellos habitables, para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de cada uno de nosotros, porque en El vivimos, nos movemos y existimos.´ (Hech 17, 23-28).
Con estas palabras Pablo de Tarso, el Apóstol de Jesucristo, anuncia en el Areópago de Atenas la primera y fundamental verdad de la fe cristiana. Es la verdad que también nosotros confesamos con las palabras: ´Creo en Dios (en un solo Dios), Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra´. Este Dios -el Dios de la Revelación- hoy como entonces sigue siendo para muchos ´un Dios desconocido´. Es aquel Dios que muchos hoy como entonces ´buscan a tientas´ (Hech 17, 27). El es el Dios inescrutable e inefable. Pero es Aquel que todo lo comprende; en ´El vivimos, nos movemos y existimos´ (Hech 17, 28). A este Dios trataremos de acercarnos gradualmente en los próximos encuentros.

Educación de la voluntad

La educación de La voluntad

 Mons. Tihamér Tóth

Los sentimientos, la imaginación, el temperamento ejercen gran influencia sobre la voluntad. No los dominamos por completo; por lo tanto, respecto a ellos la voluntad del hombre no goza de plena libertad. Has podido verlo por propia experiencia. Una mañana te despiertas con sentimientos tristes, abatidos; otro día, en cambio, saltarías continuamente de alegría; pero en vano buscarías la causa de tu tristeza primera, de tu alegría presente; tú mismo no

sabrías decir cuál sea. Lo mismo sucede con la fantasía. Un día, sin motivo especial, revive el recuerdo de acontecimientos lejanos en tu memoria; o bien, pensamientos imposibles, imágenes engañadoras se pintan en tu cabeza. ¿De dónde proceden? ¿Por qué precisamente en este momento penetran en tu mente? No sabrías decirlo. Y, ¡de cuántas desgracias es causa la imaginación humana! Pinta dificultades enormes, obstáculos invencibles ante nuestro trabajo, sólo para quitarnos el ánimo. Al tener que tapar una muela, no es la operación la mayor molestia, sino la media hora que tienes que esperar en la antesala del dentista, mientras que tu fantasía va atormentándose con las imágenes aumentadas del sufrimiento futuro.

Pues bien. Aunque no seamos completamente dueños de nuestros sentimientos y de nuestra fantasía, hemos de extender también el dominio de la voluntad y en lo posible a estos terrenos. Sé dueño de tus sentimientos y toma las riendas de tu imaginación. ¿Te has despertado de mal humor? Es igual. Esfuérzate por sonreír, canta con alegría, y ya habrás vencido en parte tus sentimientos.

¿Tienes que resolver un problema de álgebra? Tu fantasía sale con cuadros aterradores: ¡Qué terriblemente difícil es este problema! ¡Cuánto tendrás que sudar! Tú en cambio, di para tus adentros: “No es verdad. Amiguita, fantasía mía, tú me engañas. No eres tan terrible como pereces. Cuanto mayor sea la dificultad, tanto más quiero emprender el trabajo”.

Como ves, la educación de la voluntad no es sino una labor sistemática para la conquista de todas aquellas potencias espirituales: entendimiento, sentidos, memoria, imaginación, que influyen en la función de la voluntad. Por lo tanto, no basta para la educación de la voluntad que la ejercitemos, que la robustezcamos, sino que nuestro propósito principal debe ser poner con la mayor perfección posible, esta voluntad firme al servicio de elevados fines espirituales: es decir, tenemos que subordinarla por completo al dominio del alma.

Quien quiere tener carácter firme, debe esforzarse por dominar lo más posible sus sentimientos. Muchos crímenes, discordias, pensamientos de envidia, alegrías del mal ajeno, ofensas precipitadas, riñas sinnúmero, no tienen siempre por causa una voluntad depravada, sino una voluntad débil, no ejercitada en mandar, sin desmayos, a los sentimientos vehementes. Podemos vencer, por ejemplo, un leve mal humor sin ningún esfuerzo especial; y no obstante, cuántos hombres sufren por este leve mal humor, porque tienen pereza de hacer un pequeño esfuerzo.

La educación adecuada de los sentimientos es a la par, educación de la voluntad. Los sentimientos influyen en el espíritu, no sólo para movernos a querer, sino aun para querer de buen grado y con perseverancia. Y, ¿quién no ve que las obras buenas brotan con más lozanía al calor del corazón que a la fría luz del intelecto?

Por este motivo, debes cuidar también la educación de tus sentimientos: la voluntad que funciona sin sentimientos puede convertir al hombre con gran facilidad en una máquina de voluntad, sin corazón, egoísta, testaruda, lo cual es otra caricatura del “joven de carácter”.

El hombre prudente no se esfuerza tan sólo por vencer sus sentimientos desagradables y compensarlos con alegría, sino que hace cuanto está en su mano por conservar siempre la tranquilidad del alma.

Cuerpo y alma están en íntima dependencia. Si estás abatido y una tristeza sin causa se apodera de tu alma, intenta sonreír, frota con alegría tus manos, y verás que tu tristeza empieza a desaparecer. Por otra parte, si un dolor físico te tortura, ocúpate en pensamientos agradables, y llegarás a olvidar en parte tu dolor.

De cualquier desgracia que te sucediese, procura sacar algún provecho espiritual. Deficiendo discamus, “aprendamos de las propias deficiencias”. ¿Te han robado tu billetera en el bus? No pierdas la cordura, sino procura recordar cuándo estabas distraído y medita qué cuidado debes tener en adelante. ¿Te pisa alguien el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros: “A costa de este dolor compraré un poco de dominio de mí mismo”.

Seguir siempre dueño de los propios sentimientos sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.

 Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”

Audiencias de san Juan Pablo II

Acerca de Dios

Creo en Dios

Pruebas de la existencia de Dios

Creo en Dios 3.07.85

001. Nuestras catequesis llegan hoy al gran misterio de nuestra fe, el primer artículo de nuestro Credo: Creo en Dios. Hablar de Dios significa afrontar un tema sublime y sin límites, misterioso y atractivo. Pero aquí en el umbral, como quien se prepara a un largo y fascinante viaje de descubrimiento tal permanece siempre un genuino razonamiento sobre Dios, sentimos la necesidad de tomar por anticipado la dirección justa de marcha, preparando nuestro espíritu a la comprensión de verdades tan altas y decisivas.
A este fin considero necesario responder enseguida a algunas preguntas, la primera de las cuales es: ¿Por qué hablar hoy de Dios?.

2. En la escuela de Job, que confesó humildemente: ´He hablado a la ligera. Pondré mano a mi boca´ (40, 4), percibimos con fuerza que precisamente la fuente de nuestras supremas certezas de creyentes, el misterio de Dios, es antes todavía la fuente fecunda de nuestras más profundas preguntas: ¿Quién es Dios?. ¿Podemos conocerlo verdaderamente en nuestra condición humana?. ¿Quiénes somos nosotros, criaturas, ante Dios?.
Con las preguntas nacen siempre muchas y a veces tormentosas dificultades: Si Dios existe, ¿por qué tanto mal en el mundo?. ¿Por qué el impío triunfa y el justo viene pisoteado?. ¿La omnipotencia de Dios no termina con aplastar nuestra libertad y responsabilidad?.
Son preguntas y dificultades que se entrelazan con las expectaciones y las aspiraciones de las que los hombres de la Biblia, en los Salmos en particular, se han hecho portavoces universales; ´Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, “oh Dios!. Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo ir y ver la faz de Dios?´ (Sal 41, 2-3): De Dios se espera la salvación, la liberación del mal, la felicidad y también, con espléndido impulso de confianza, el poder estar junto a El, ´habitar en su casa´(Cfr. Sal 83, 2 ss). He aquí, pues, que nosotros hablamos de Dios porque es una necesidad del hombre que no se puede suprimir.

3. La segunda pregunta es cómo hablar de Dios, cómo hablar de El rectamente. Incluso entre los cristianos, muchos poseen una imagen deformada de Dios. Es obligado preguntarse si se ha hecho un justo camino de investigación, sacando la verdad de fuentes genuinas y con una actitud adecuada. Aquí creo necesario citar ante todo, como primera actitud, la honestidad de la inteligencia, es decir, el permanecer abiertos a aquellos signos de verdad que Dios mismo ha dejado de Sí en el mundo y en nuestra historia.
Hay ciertamente el camino de la sana razón (y tendremos tiempo de considerar que puede el hombre conocer de Dios con sus fuerzas). Pero aquí me urge decir que a la razón, más allá de sus recursos naturales, Dios mismo le ofrece de Sí una espléndida documentación: la que con lenguaje de la fe se llama ´Revelación´. El creyente, y todo hombre de buena voluntad que busquen el rostro de Dios, tiene a su disposición ante todo el tesoro inmenso de la Sagrada Escritura, verdadero diario de Dios en las relaciones con su pueblo, que tiene en el centro el insuperable revelador de Dios, Jesucristo: ´El que me ha visto a mí ha visto al Padre´ (Jn 14, 9). Jesús, por su parte, ha confiado su testimonio a la Iglesia, que desde siempre, con la ayuda del Espíritu Santo, lo ha hecho objeto de apasionado estudio, de progresiva profundización e incluso de valiente defensa frente a errores y deformaciones. La documentación genuina de Dios pasa, pues, a través de la Tradición viviente, de la que la que todos los Concilios son testimonios fundamentales: desde el Niceno y el Constantinopolitano, al Tridentino, Vaticano I y VaticanoII.
Tendremos cuidado en remitirnos a estas genuinas fuentes de verdad.
La catequesis saca además sus contenidos sobre Dios también de la doble experiencia eclesial: la fe rezada, la liturgia, cuyas formulaciones son un continuo e incansable hablar de Dios hablando con El; y la fe vivida por parte de los cristianos, de los santos en particular, que han tenido la gracia de una profunda comunión con Dios. Así, pues, no estamos destinados sólo a hacer preguntas sobre Dios, para luego perdernos en una selva de respuestas hipotéticas o bien demasiado abstractas. Dios mismo ha venido a nuestro encuentro con una riqueza orgánica de indicaciones seguras. La Iglesia sabe que posee, por la gracia de Dios mismo, en su patrimonio de doctrina y vida, la dirección justa para hablar con respecto a la verdad de El. Y nunca como hoy siente el empeño de ofrecer con lealtad y amor a los hombres la respuesta esencial, que esperan.

4. Es lo que pretendo hacer en estos encuentros. ¿Pero cómo?. Hay diversas maneras de hacer catequesis, y su legitimidad depende en definitiva de la fidelidad respecto a la fe integral de la Iglesia. He considerado oportuno escoger el camino que, mientas hace referencia directamente a la Sagrada Escritura, hace referencia también a los Símbolos de la Fe, en la comprensión profunda que ha dado de ella el pensamiento cristiano a lo largo de veinte siglos de reflexión.
Es mi propósito, al proclamar la verdad sobre Dios, invitaros a todos a reconocer la validez del camino histórico-positivo y del camino ofrecido por la reflexión doctrinal elaborada en los grandes Concilios y en el Magisterio ordinario de la Iglesia. De este modo, sin disminuir para nada la riqueza de los datos bíblicos, se podrán ilustrar verdades de fe o próximas a la fe o de todas las formas teológicamente fundadas que, por haber sido expresadas en lenguaje dogmático-especulativo, corren el riesgo de ser menos percibidas y apreciadas por muchos hombres de hoy, con no ligero empobrecimiento del conocimiento de Aquel que es misterio insondable de luz.

Pruebas de la existencia de Dios 10.08.85

1. Cuando nos preguntamos: ´¿Por qué creemos en Dios?´, la primera respuesta es la de nuestra fe: Dios se ha revelado a la humanidad, entrando en contacto con los hombres. La suprema revelación de Dios se nos ha dado en Jesucristo, Dios encarnado. Creemos en Dios porque Dios se ha hecho descubrir por nosotros como el Ser Supremo, el gran ´Existente´.
Sin embargo esta fe en un Dios que se revela, encuentra también un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la existencia de Dios. Estas han sido elaboradas por pensadores bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles a todo hombre que trata de comprender lo que significa el mundo que le rodea.

2. Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios, debemos subrayar que no se trata de pruebas de orden científico experimental. Las pruebas científicas, en el sentido moderno de la palabra, valen sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de investigación y de verificación de que se sirve la ciencia. Querer una prueba científica de Dios, significaría rebajar a Dios al rango de los seres de nuestro mundo, y por tanto equivocarse ya metodológicamente sobre aquello que Dios es. La ciencia debe reconocer sus límites e impotencia para alcanzar la existencia de Dios: ella no puede ni afirmar ni negar esta existencia.
De ello, sin embargo, no debe sacarse la conclusión que los científicos son incapaces de encontrar, en sus estudios científicos, razones válidas para admitir la existencia de Dios. Si la ciencia como tal no puede alcanzar a Dios, el científico, que posee una inteligencia cuyo objeto no está limitado a las cosas sensibles, puede descubrir en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera. Muchos científicos han hecho y hacen este descubrimiento.
Aquel que, con espíritu abierto, reflexiona en lo que está implicado en la existencia del universo, no puede por menos de plantearse el problema del inicio. Instintivamente cuando somos testigos de ciertos acontecimientos, nos preguntamos cuáles son las causas. ¿Cómo no hacer la misma pregunta para el conjunto de los seres y de los fenómenos que descubrimos en el mundo?.

3. Una hipótesis científica como la de la expansión del universo hace aparecer más claramente el problema: si el universo se halla en continua expansión, no se debería remontar en el tiempo hasta lo que se podría llamar ´momento inicial´, aquel en el que comenzó la expansión?. Pero, sea cual fuere la teoría adoptada sobre el origen del mundo, la cuestión más fundamental no puede eludirse. Este universo en constante movimiento postula la existencia de una Causa que, dándole el ser, le ha comunicado ese movimiento y sigue alimentándolo. Sin tal Causa Suprema, el mundo y todo el movimiento existente en él permanecerían ´inexplicados´ e ´inexplicables´, y nuestra inteligencia no podría estar satisfecha. El espíritu humano puede percibir una respuesta a sus interrogantes sólo admitiendo un Ser que ha creado el mundo con todo su dinamismo, y que sigue conservándolo en la existencia.

4. La necesidad de remontarse a una Causa suprema se impone todavía más cuando se considera la organización perfecta que la ciencia no deja de descubrir en la estructura de la materia. Cuando la inteligencia humana se aplica con tanta fatiga a determinar la constitución y las modalidades de acción de las partículas materiales, ¿no es inducida, tal vez, a buscar el origen de una Inteligencia superior, que ha concebido todo?. Frente a las maravillas de lo que se puede llamar el mundo inmensamente pequeño del átomo, y el mundo inmensamente grande del cosmos, el espíritu del hombre se siente totalmente superado en sus posibilidades de creación e incluso de imaginación, y comprende que una obra de tal calidad y de tales proporciones requiere un Creador, cuya sabiduría transcienda toda medida, cuya potencia sea infinita.

5. Todas las observaciones concernientes al desarrollo de la vida llevan a una conclusión análoga. La evolución de los seres vivientes, de los cuales la ciencia trata de determinar las etapas, y discernir el mecanismo, presenta una finalidad interna que suscita la admiración. Esta finalidad que orienta a los seres en una dirección, de la que no son dueños ni responsables, obliga a suponer un Espíritu que es su inventor, el Creador.
La historia de la humanidad y la vida de toda persona humana manifiestan una finalidad todavía más impresionante. Ciertamente el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido de todo lo que le sucede, y por tanto debe reconocer que no es dueño de su propio destino. No sólo no se ha hecho él a sí mismo, sino que no tiene ni siquiera el poder de dominar el curso de los acontecimientos ni el desarrollo de su existencia. Sin embargo, está convencido de tener un destino y trata de descubrir cómo lo ha recibido, cómo está inscrito en su ser. En ciertos momentos puede discernir más fácilmente una finalidad secreta, que se transparenta de un conjunto de circunstancias o de acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía de Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.

6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan a mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta en las multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce en innumerables obras de arte, literatura, música, pintura, artes plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral: hay tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos. El hombre es consciente de ´recibir´ toda esta belleza, aunque con su acción concurre a su manifestación. El la descubre y la admira plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la belleza transcendente de Dios.

7. A todas estas ´indicaciones´ sobre la existencia de Dios creador, algunos oponen la fuerza del caso o de mecanismos propios de la materia. Hablar de Caso para un universo que presenta una organización tan compleja de elementos y una finalidad en la vida tan maravillosa, significa renunciar a la búsqueda de una explicación del mundo como nos aparece. En realidad, ello equivale a querer admitir efectos sin causa. Se trata de una abdicación de la inteligencia humana que renunciaría a pensar, a buscar una solución a sus problemas.
En conclusión, una infinidad de indicios empuja al hombre, que se esfuerza por comprender el universo en que vive, a orientar su mirada al Creador. Las pruebas de la existencia de Dios son múltiples y convergentes. Ellas contribuyen a mostrar que la fe no mortifica la inteligencia humana, sino que la estimula a reflexionar y le permite comprender mejor todos los ´porqués´ que plantea la observación de lo real.

Lectio Divina

Práctica de la Lectio Divina para principiantes

 Lic. José A. Marcone, I.V.E.

 Definición de Lectio Divina

 9b2c4b44fb86522964124ed80d03c5e8_XLLa Lectio Divina es un diálogo con Dios tomando como punto de partida y como argumento de este diálogo la Palabra de Dios escrita, que es la Biblia, también llamada Sagrada Escritura o Escritura Divina. Por eso también puede definirse como una lectura orante de la Biblia.

 Es muy importante estar convencidos que si bien el título que lleva esta acción es de ‘lectura’ (lectio), se trata de una lectura en la que se entabla una relación dialogal, un diálogo: “En realidad, no sería preciso que los padres y otros maestros espirituales aconsejaran asociar la oración a la lectura. Cuando la lectio divina se practica como enseña la tradición, es decir, cuando la «lectura divina» es verdaderamente «lectura divina» y no mera «lectura espiritual» ni está dominada por preocupaciones intelectuales o utilitarias; cuando la lectio es atención a Dios y contacto personal e íntimo con su Palabra, la oración brota espontánea e irresistiblemente. Esmás, la oración forma parte de la lectio. En efecto, a Dios no se le lee como se lee un autor cualquiera. Se ha insistido mucho en que leer es ponerse en íntima comunicación con el autor, y es cierto. Para leer bien, para que un autor nos comunique de verdad su pensamiento y conteste a nuestras interrogaciones, es preciso-que consideremos que estamos conversando con él. Claro que esto es una ficción, porque ni el autor nos conoce ni está presente, y por tanto no puede responder a nuestras preguntas sino en cuanto las respuestas están ya escritas en su texto. Con la Biblia es diferente. Dios, que está presente en ella, es un Dios vivo, un Dios que no sólo habló sino que habla, que me habla. Por eso, «lectura de Dios» equivale a «conversación con Dios»”[1].

 También podemos definirla de la siguiente manera: “La Lectio Divina es una lec­tura personal de la palabra de Dios, mediante la cual nos esforzamos por asimilar su substancia; una lectura que se hace en la fe, en espíritu de oración, creyendo en la presencia actual de Dios que nos habla en el texto sagrado, mientras nos esforzamos por estar nosotros mismos presen­tes, en espíritu de obediencia y de completa entrega tanto a las promesas como a las exigen­cias divinas”[2].

 “Si se mantiene el concepto auténtico de «lectura divina» se mantendrá ipso facto la neta distinción entre ella y el estudio. Esto no implica, claro es, ningún desprecio para el estudio. Una vida espiritual profunda requiere, por lo general, una buena formación intelectual, teológica, en quienes son capaces, y tienen oportunidad de adquirirla. Dom Ambrose Southey, como de ordinario, acierta plenamente cuando escribe: «La lectio divina se refiere a un tipo de conocimiento especial; el estudio, a un conocimiento más conceptual. Como es natural, no hay que reaccionar exageradamente contra la insistencia actual sobre la inteligencia de Occidente, cayendo en un anti-intelectualismo. No; ambos conocimientos van a la par. Son complementarios, y no mutuamente exclusivos»”[3]

 “La convicción fundamental de fe que guía este modo de acercarse a la Sagrada Escritura es la expresada, entre otros, por Adalgero: “cuando oramos, nosotros hablamos con Dios; cuando leemos (lectio) Dios habla con nosotros”. También San Jerónimo decía: “oras, hablas con el Esposo; lees, Él te habla a ti”[4].

“La lectio es una lectura desinteresada. Se lee por leer. Se penetra en la lectura como si se entrara en la sala de audiencia de Dios, de Jesucristo. Lo que interesa es estar con Dios, con Jesús; escuchar su voz para responderle primero, en la misma lectio, con palabras y luego, a lo largo de la vida, con obras. Pero todo esto no significa que el hombre no recoja otros frutos de su diálogo con Dios, además de la gran merced de haber sido recibido en audiencia.

“Muchos y muy sabrosos son los frutos de la lectio divina. Según san Benito, nos conduce a la perfección; según san Bernardo, nos infunde sabiduría; según san Ferreolo, engendra el fervor espiritual; según Bernardo Ayglier, disipa la ceguera de la mente, alumbra el entendimiento, sana la debilidad del espíritu, sacia el hambre del alma, engendra la compunción de corazón187. Resumiendo los frutos de la «lectura de Dios» entre los monjes antiguos, se ha escrito: «La lectio divina era el paraíso del monje, el lugar de sus deleites espirituales. Ella le consolaba en sus pruebas, le purificaba de sus pasiones, le mantenía fervoroso en el servicio divino y le procuraba las lágrimas de la compunción, la voz de su oración y el alimento de su contemplación»”[5]

 La Lectio Divina bien hecha provoca en el alma una profunda consolación. Alcuino decía: “Como la luz alegra los ojos, así la lectura de la Biblia el corazón”[6]. “La «lectura de Dios»—no se insistirá nunca bastante en ello—es una lectura gustosa y gustada, paladeada. Es saborear al Verbo, sabo­rear a Dios, en el Espíritu Santo, que vivifica la letra y suscita en el lector un gusto secreto para que se ponga en armonía con lo leído y responda con su oración y toda su vida a la Palabra del Padre. Es una experiencia de Dios, pues en ella se verifica una comunicación de vida, una parti­cipación, una comunión”[7]

Hacer la Lectio Divina trae grandes provechos. “Dietrich Bonhoffer tiene a este propó­sito unas líneas preciosas: «Si fuera yo quien tuviera que determinar dónde hallar a Dios, encon­traría siempre a un Dios que está de acuerdo con mi manera de ser. Pero si es Dios quien esta­blece el lugar de encuentro, en tal caso no será un lugar para halagar a la humana naturaleza, un lugar conforme a mi gusto. Este lugar es la cruz de Cristo, y todo aquel que quiera hallarlo debe acudir al pie de la cruz, como lo exige el Sermón de la Montaña. Esto no complace en nada a nuestra naturaleza, sino que le es enteramente contrario. Pero tal es el mensaje bíblico, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo. Y quisiera haceros una confidencia personal: desde que considero la Biblia como el lugar de encuentro con Dios, ‘el lugar que Dios me ofrece para encontrarlo’, todos los días voy de maravilla en maravilla.

“La leo mañana y tarde, y con frecuencia, a lo largo del día, medito un texto que he escogido para la semana y procuro sumergirme en él profundamente para poder entender de verdad lo que en él nos dice. Estoy convencido de que sin esto no podría vivir verdaderamente y ciertamente ya no podría creer…»”[8]

Preparación remota

Como preparación remota para poder hacer la Lectio Divina sólo hace falta:

  1. a) Saber que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios viva, y tener firme fe en esa verdad. Esto significa que se trata de una “convicción de que la Biblia es un libro actualmente vivo y operante. Bajo las fórmulas, está la presencia misteriosa de Dios que me interpela. Escu­chando sus palabras “es como si viese su propia boca”. Por tanto, Dios inspira siempre al que la lee con fe. La palabra “es fecundada milagrosamente por el Espíritu”, que continúa animándola con su soplo y asegura su juventud perenne. No sólo transmite un mensaje, una doctrina, sino que además es una presencia, es alguien (de aquí que la consideremos un modo de contemplación). Es el acto con que Dios me busca, se revela a mí y exige que me comprometa con Él. De ahí que se diga que la lectura de la Sagrada Escritura tiene una eficacia salvífica: en ella “se bebe la salvación”[9].

Pero es necesario, como decíamos recién, que no basta con creer que Dios ha hablado. “Dios ha hablado; Dios habla; Dios mehabla. Se dirige a mí, personalmente, aquí y ahora. Así pensaban los monjes antiguos, profesionales de la «lectura divina». Estaban convencidos de que cada uno de los vocablos contenidos en la Escritura es una palabra que Dios dirige a cada uno de los lectores para su salvación y santificación: siendo la Biblia «ciencia de salvación», creían sin la menor vacilación que todo tiene en ella un valor personal, actual, para la vida pre­sente y con vistas a la vida eterna.

“Dios dirige a cada uno de sus lectores un mensaje personal y único. Este mensaje personal está contenido en e! gran mensaje universal, enderezado a la comunidad de los hombres. San Gregorio lo ha explicado. Dios —viene a decir— nos lo ha dicho todo. Ha hablado una vez, y es suficiente. No hay que esperar otra revelación. Dios no responde al corazón de cada uno por revelaciones privadas porque ha preparado una palabra que puede solucionar todos los proble­mas. En la Palabra de su Escritura, en efecto, si sabemos buscar, encontraremos respuesta a cada una de nuestras necesidades… Para poner un solo ejemplo: si estamos afligidos por un sufrimiento cualquiera o por una enfermedad corporal, encontramos alivio al conocer sus causas ocultas. Como a cada una de nuestras pruebas no se nos responde en particular, recurrimos a la Sagrada Escritura. Allí encontramos que Pablo, tentado por la fragilidad de la carne, oye esta respuesta: ‘Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la flaqueza’ 81. Dios ha recogido en la Escritura Santa todo lo que puede suceder a cada uno y nos ha dado por modelo los ejemplos de los que nos precedieron»82. Admirable lección sobre la actualidad de la Palabra de Dios.

“Claro que Dios no se ha quedado aprisionado en la Biblia. Dios es un Dios vivo que habla «ora por la Escritura, ora por una inspiración secreta». Pero la norma de toda «inspiración secre­ta» es la Biblia. «Se cae fácilmente en el error si no se sabe confrontar lo que se ha recogido en la contemplación secreta con la eminente verdad de la Escritura Santa». Hasta aquí san Gregorio Magno”[10].

 Esta actitud de fe intensa en la Biblia en cuanto verdadera palabra de Dios implica también la entrega total del creyente, del lector y del orante al texto bíblico. “Los maestros de la espiritualidad cristiana, especialmente los Padres, pueden y deben iniciar­nos en esta lectura espiritual de la Biblia. Pero todos los libros del mundo son incapaces de formarnos en esta sabrosa ciencia si no ponemos de nuestra parte una generosidad total. Casiano lo subraya con gran energía. Si no nos entregamos con alma y cuerpo a la Palabra de Dios, ésta nunca se entregará plenamente a nosotros. La Sagrada Escritura tiene una gracia especial: sus vocablos, además de su sentido literal, poseen una profunda resonancia espiritual, que el hombre sólo puede descubrir gracias a cierta connaturalidad. El hombre, cuanto más haya progresado en el trabajo de purificarse de sus vicios y pecados y en la adquisición de las virtudes cristianas, tanto más percibirá este sentido hondo y escondido. Sólo el hombre espiritual puede gustar el sentido espiritual.128

San Gregorio Magno observa por su parte que si la Biblia resulta en parte fácil, en parte difícil, esto se debe a que ha sido escrita para todos, tanto para los fuertes como para los débiles; ejercita a los primeros por sus oscuridades y se muestra indulgente con los segundos gracias a su simplicidad. Se pone al alcance de cada lector. «Si buscas en las palabras de Dios algo elevado, estas palabras santas se elevan contigo y suben contigo a las alturas». Como el maná en el desier­to, la Escritura se adapta al gusto de cada uno; conviene a todos y, permaneciendo fiel a sí mis­ma, condesciende con las posibilidades de los que la utilizan” [11]

  1. b) Tener deseos de conversión; tener deseos de llevar una vida santa. No es posible extraer frutos del diálogo que se establece con Dios en la Lectio Divina si no hay un decidido propósito de cambiar nuestra conducta moral diaria. Incluso más, los frutos de la oración serán muy escasos si no aspiro un perfeccionamiento continuo  en la virtud de la caridad. La Lectio Divina hecha a modo de ejercicio puramente intelectual y animado sólo por la curiosidad del contenido de la Biblia trae frutos escasísimos, por no decir nulos[12].

Preparación próxima

Como preparación próxima solamente hace falta una cosa: ponerse en la presencia de Dios. Lograr el recogimiento interior “que haga confluir en la escucha todas las energías del ser” [13]. Invocar al Espíritu Santo.

Breve descripción de lo que es la Lectio Divina

Usaremos para esta breve descripción un texto de Benedicto XVI: “Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, lalectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? (…) Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad” [14].

Resumamos lo dicho por Benedicto XVI. La Lectio Divina consta de cuatro pasos. Los expresamos en sus nombres latinos porque son nombres técnicos que es necesario recordar.

  1. Lectio: es la lectura de la Palabra de Dios.
  2. Meditatio: es la meditación de lo leído en el texto bíblico.
  3. Oratio: es la oración que brota del que lee la Biblia como respuesta a la Palabra de Dios.
  4. Contemplatio: es la contemplación o admiración que surge de entrar en contacto con la Palabra de Dios. Esta contemplación implica también el tomar decisiones para cambiar aquellas cosas que haya que cambiar en nuestra propia vida.[15]

Junto con el Papa Benedicto XVI podemos agregar un quinto paso, la actio, es decir la acción que sigue a la oración, el llevar a la acción lo que se ha rezado, el llevar a la vida lo que se ha considerado en la oración.

“La actio consiste en poner en práctica el fruto de todos los otros aspectos descriptos en los pasos anteriores. (…) La actio se refiere sobre todo a la elección de la vocación y al modo de llevar adelante mi vocación”[16]. En este breve escrito sobre la Lectio Divina no nos vamos a extender sobre la actio dado que queremos concentrarnos en el acto mismo de oración, constituido por los cuatro primeros pasos: lectio, meditatio, oratio y contemplatio, mientras que la actio dice relación a una acción que viene a ser una consecuencia de la oración, importantísima sin duda, pero que ya entra en el aspecto conductual o moral del sujeto orante. De ninguna manera queremos quitar importancia a la consecuencia moral de la oración que es la actio, es decir, la puesta en práctica de lo que se ha tratado en el trato íntimo con Dios, sino solo poder enseñar lo esencial de la Lectio Divina que, por otra parte, si se hace bien, de ella la actio brotará sola y espontáneamente.

Una tarea ardua y penosa

No hay que imaginarse que hacer la lectio divina implica pocos esfuerzos. Dice García Colombás: “La Biblia es «el libro de los buscadores de Dios»; la «lectura divina», una tarea propia de los buscadores de Dios. Ahora bien, buscar supone siempre algún esfuerzo. Aunque reposada y apacible, la lectio divina requiere a menudo una notable, una perseverante aplicación.

“Hay que desechar de una vez para siempre la idea de que la lectio consiste o puede consistir en una especie de «pasatiempo espiritual», una leve recreación piadosa. (…)

“La lectio, fundamentalmente, representa el ejercicio del «hombre interior»; un ejercicio que requiere, sin excusa posible, la total atención, la enérgica aplicación de las potencias del alma: la memoria, el entendimiento, la afectividad. Implica la lectio una gran firmeza de ánimo para escrutar, captar y comprender, en el sentido más pleno del vocablo, la Palabra de Dios. Hay que aplicarse a ello (…) con perseverante esfuerzo.

“Ahora bien, el cansancio, el sueño, la desgana, el tedio, la pereza son realidades demasiado humanas para que no afecten, al menos de vez en cuando, al lector de la Escritura. (…). Mucho más a menudo, sin duda, el individuo está poco dispuesto a leer, sobre todo con la atención y la total dedicación propias de la lectio divina. Casiano nos pinta una pequeña escena que debía repetirse con cierta frecuencia en la prosaica realidad cotidiana del desierto cuando escribe: «Tal vez deseo dar fir­meza a mí corazón forzándome a leer la Escritura; pero un dolor de cabeza me lo impide, y hacia las nueve de la mañana me he dormido con la cabeza sobre el libro». Otras veces, el alma se siente como sumergida en el letal sopor de la akedía, y la lectura causa aversión y dis­gusto. Perseverar en ella, cueste lo que cueste, supone una voluntad casi heroica. En la senten­cia de la Regla de San Benito: «Lectiones sanctas libenter audire» (“Hay que aplicarse con gusto a la lectura de las Sagradas Escrituras”), el adverbio libenter(con gusto) se refiere a la repugnancia que ciertos espíritus sentían por la lectura. San Benito reprime severamente tales negligencias.

“A estas dificultades de tipo más bien subjetivo se añaden otras de carácter objetivo, derivadas de la naturaleza misma de la Escritura. Porque, no nos engañemos, la lectura de la Biblia es una lectura austera en muchísimas de sus páginas. Por varias razones. Una de ellas son sus oscurida­des, las dificultades de interpretarla correctamente. Incluso el Evangelio las presenta”[17] .

Otro de los peligros que hace de la Lectio Divina una tarea ardua y penosa es “«el querer conseguir resultados inmediatos». Vivimos en la sociedad de consumo, en la que «todo está organizado para producir lo más posible en el menor tiempo». Esto engendra una «mentalidad utilitarista», y por eso «nos es difícil el dedicarnos a algo que no esté orientado a resultados inmediatos»”[18].

“Otro enemigo acaso más temible y poderoso es el ritmo trepidante, desenfrenado, de la vida moderna, al que difícilmente podemos sustraernos: no hay tiempo; las ocupaciones apremiantes nos absorben, y, si hallamos unos momentos para la lectio, sentimos demasiado a menudo un real vacío interior”[19]

Una pequeña observación sobre el tiempo y el lugar

Mi opinión personal es que no puede hacerse la Lectio Divina  de otro modo que en el espíritu de la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: “Tú, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6). A mi modo de ver la soledad es condición indispensable para hacer la lectura de Dios, como la llama García Colombás[20]. Esta soledad puede entenderse de diversas maneras: puede ser la soledad exacta de la que habla Jesucristo, es decir, la propia habitación; puede ser la soledad que a veces nos regala la naturaleza, un bosque, una montaña, etc.; puede ser la soledad de una Iglesia con la compañía del Santísimo Sacramento que se encuentra en el sagrario, aun cuando en la misma Iglesia haya otros fieles que adoran en silencio e incluso, pienso yo, puede ser la soledad que nos proporciona un viaje de un tiempo de cierta duración en medios públicos, cuando se tiene mucha gente al lado pero uno puede abstraerse en la lectura de la Biblia y en la realización de los pasos subsiguientes. Nos convertimos por un momento en ermitaños urbanos.

También puede hacerse la Lectio Divina de manera grupal. Conozco parroquias donde el sacerdote explica un trozo de la Sagrada Escritura y luego cada oyente se retira a la soledad de la Iglesia a realizar por su propia cuenta los pasos propios de la Lectio Divina. Este es un medio óptimo, ya que se tiene una explicación de un especialista en la Biblia que favorece mucho la lectio y los demás pasos. Además, el hecho de haberse comprometido a concurrir a un lugar y a un horario determinado ayuda mucho a la voluntad para que el ejercicio de la Lectio Divina se haga efectivamente.

Pero debe quedar absolutamente claro que la Lectio Divina puede ser hecha por cualquier cristiano que sepa leer, que tenga fe en que la Biblia es Palabra de Dios y que tenga verdaderos deseos de convertirse, es decir, de cumplir cada vez mejor los mandamientos de Dios.

Descripción más detallada de cada paso de la Lectio Divina o Lectura orante de la Biblia

1) Lectio: consiste en la lectura de un trozo unitario de la Sagrada Escritura. Esta lectura implica la comprensión del texto, al menos en su sentido general.

“La Lectio es el primer paso, por el cual se lee con la convicción de que Dios está hablando. No es la lectura de un libro, sino la escucha de alguien. Es “escuchar la voz de Dios hoy”. Se trata de leer un pasaje de la Sagrada Escritura, que debe ser ni demasiado largo ni excesivamente corto. Es necesario que el texto elegido tenga cierta unidad y que haya en él un concepto clave que unifique los demás elementos. Para esto puede servir mucho seguir los textos que ofrece la liturgia de la Misa de cada día que están seleccionados ya con ese criterio”[21].

Éste es un trabajo objetivo, es decir, se trabaja sobre el texto sagrado, que tiene un mensaje objetivo. Nuestra labor en la lectioconsiste en descubrir y desentrañar ese mensaje objetivo.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Cuál es el mensaje, cuál es el contenido de este texto de la Biblia?

Para llevar a cabo este primer paso (lectio) lo ideal es lo siguiente:

Hacer, con anterioridad, un estudio del texto que se va a utilizar en la Lectio Divina[22].

Luego, ya en la Lectio Divina misma:

  1. Tener solamente el texto de la Sagrada Escritura, teniendo en la memoria todo lo que se ha estudiado.
  2. Si no es posible manejarse solamente con la memoria, entonces hacer un resumen o un esquema de lo que se ha estudiado y tenerlo al lado del texto de la Sagrada Escritura.
  3. Si tampoco le es útil el resumen o esquema, tener junto al libro de la Biblia los apuntes completos que se han tomado del estudio.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta lo siguiente. Hay distintos niveles para hacer el primer paso, la lectio. El primer nivel, indispensable, es la simple lectura de un trozo unitario. ‘Simple lectura’ significa leer varias veces el texto. Leer con paciencia y atención varias veces el texto propuesto. Esto debe hacerse hasta que se hayan encontrado ideas y temas suficientes para ser procesados y reflexionados en la meditatio. En este primer nivel, al alcance de todo cristiano que simplemente sepa leer, no hace falta un conocimiento científico de la Biblia. Bastan sólo dos cosas: saber leer y tener fe en que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios.

Un segundo nivel para hacer el primer paso de la Lectio Divina, la lectio, es la lectura previa de algunos comentarios al trozo propuesto de la Sagrada Escritura. En esta lectura previa de algunos comentarios tienen preeminencia los textos de los Santos Padres. Luego los comentarios de Santo Tomás de Aquino a la Sagrada Escritura. Luego la de los santos en general. Finalmente, comentarios de la Sagrada Escritura modernos y de sana doctrina.

“La Lectio consiste en una repetida lectura de un paso de la Escritura con el fin de comprender el significado que el autor originario trataba de comunicar a sus lectores y auditores. Es necesario leer varias veces el texto. En la Lectio tratamos de captar el trozo en su contexto original histórico, geográfico, cultural. ¿Cuál era el motivo religioso que el autor tenía en mente? ¿Cuándo lo escribió? ¿Dónde? ¿En qué circunstancias? ¿Cómo ha sido recibido este mensaje por los destinatarios originales? Para este aspecto de la Lectio los comentadores pueden ser de gran ayuda (…). Pero es crucial el elemento religioso. En efecto, él trasciende las circunscriptas condiciones originarias en las cuales el texto ha visto la luz y por lo tanto este elemento religioso tiene una validez universal y duradera. La relectura continuada puede ayudarnos a comprender este elemento religioso”[23]

Un tercer nivel para hacer la Lectio es la investigación científica del trozo propuesto. Para esto es necesario leer no sólo comentarios a la Sagrada Escritura, sino estudios exegéticos. Para esto se requiere tener un cierto hábito y una cierta destreza que se adquiere con el estudio y la dedicación especial a la Sagrada Escritura. De esta manera uno puede captar con más profundidad y exactitud el sentido literal del texto de la Biblia, y de allí descubrir el sentido dogmático, el sentido moral y el sentido escatológico, que son los sentidos espirituales de la Sagrada Escritura.

Mientras más alto sea el nivel de la lectio al que podamos acceder, más profunda, más fructuosa y más gozosa será la Lectio Divina. Pero es necesario saber que aun cuando nos mantengamos en el primer nivel, la Lectio Divina despliega todo su poder y potencialidad, haciendo tocar al creyente la Palabra viva de Dios. La distinción de estos niveles debe ser un acicate para hacer crecer nuestros conocimientos sobre las Sagradas Escritura, pero la ausencia de la posibilidad de acceder a los dos niveles superiores no debe desalentar a nadie, sino convencerse que un lectura simple, bien intencionada y perseverante de la Biblia es suficiente para proporcionar la materia necesaria para realizar la Lectio Divina. “Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración” [24].

Es por eso que no hace falta para hacer la Lectio Divina tener una comprensión total del texto, con un estudio demasiado profundo. La Sagrada Escritura es un mar lleno de perlas y el que la lee o la medita puede concentrarse en alguna de esas perlas. Así por ejemplo, se da el caso de que algunos encuentran saciedad en algún versículo o incluso palabra, cuyo significado investigan en la lectio y que sirve muy bien para meditar y hacer la oratio y la contemplatio.

De todas maneras me parece conveniente que se lea numerosas veces el texto sobre el cual se hace la Lectio Divina, de tal manera de tener la comprensión general más exacta posible. Una vez que se hace eso entonces sí podemos detenernos en un versículo o una palabra que nos ha llamado la atención.

Una misma lectio (primer paso) puede servir para varias Lectio Divina. De la misma manera que los rumiantes traen a la boca varias veces el mismo alimento, así, se puede hacer la meditatio y el resto con el pan de la Palabra ya masticado en una lectio.

2) Meditatio: estando siempre en la presencia de Dios, reflexionar en nuestro interior y con nuestra inteligencia sobre lo que se ha leído y comprendido.

Reflexionar significa pasar de una verdad conocida a otra verdad que esté relacionada de algún modo con la primera, y todo esto usando como instrumento nuestra propia razón, nuestra propia capacidad de raciocinio, sin olvidar que estamos en presencia de Dios.

De este modo se van encontrando nuevas verdades y nuevas relaciones entre las verdades. También se van encontrando nuevas aplicaciones de estas verdades a mi vida personal, al contexto en el que se sitúa mi vida personal y al “aquí y ahora” de los tiempos que nos toca vivir.

Estas reflexiones deben suscitar en mí afectos de la voluntad que impriman con más fuerza en mi alma las verdades descubiertas. Nuestro corazón debe encenderse al reflexionar sobre la verdad divina aplicada a mi vida.

Es necesario advertir que en estas nuevas verdades que he descubierto, en las nuevas relaciones que he visto y en los afectos que han nacido en mi corazón está la voz de Dios. En efecto, si bien en la meditatio uso libremente de mis facultades intelectuales y volitivas, sin embargo, lo específico de este paso es la actitud de escucha de mi alma a todo lo que Dios quiera decirme y que toque de cerca mi vida personal, en la situación concreta en que me encuentre. Dios tiene muchas cosas que decirme y sólo espera que nosotros nos dispongamos a escucharlo. La meditatio es esa disposición del alma que usa de todas sus facultades intelectuales y volitivas para poder captar lo que Dios le dice … al modo de Dios.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Qué me dice Dios a mí, en mi situación actual, a través de este texto de la Biblia?

“La meditatio consiste en una reflexión sobre el objeto último del texto – el elemento religioso originario del autor humano y divino- que trasciende las limitaciones temporales y espaciales de la situación original del texto. La meditatio trata de reconocer lo que el texto me dice a mí hoy. (…) Las preguntas que la meditatio me provoca son las siguientes: ¿Cuál es la relevancia para el hoy del elemento religioso que el autor, humano y divino, expresa en el texto? ¿En qué modo soy provocado por este elemento religioso que es comunicado a través del texto?”[25]

3) Oratio: “es la plegaria que brota del corazón al toque de la divina palabra” [26]. En este paso los conceptos asimilados en lalectio y la meditatio se convierten en plegaria. “Dios habla, nosotros escuchamos y acogemos, y respondemos a Dios y le hablamos. El texto puede suscitar varios tipos de oración: alabanza, profesión de fe, acción de gracias, adoración, petición de perdón y de ayuda” (Card. Scherer).

“La oratio consiste en la oración que viene de la meditatio. Es un espontánea reacción del corazón en respuesta al texto”[27]

Los modos en que nuestra oración puede subir hacia Dios son: petición, intercesión, agradecimiento y alabanza.

Se pueden usar los mismos textos de la Sagrada Escritura, cuando ayudan para este fin, por ejemplo, los Salmos.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Qué me hace decirle a Dios este texto?

Si se hacen bien la Lectio y la Meditatio, la Oratio aparece casi como una exigencia del espíritu, nace sola, sin forzarla[28].

Cuando en la meditatio, la Palabra me hace una reprensión, sola hace nacer en la oratio una oración de súplica de perdón. Cuando en la meditatio, la Palabra me llena de gozo o me alienta, nace espontáneamente en la oratio una oración de acción de gracias.

Una de las preguntas importantes para pasar de la meditatio a la oratio es: ¿qué sentimientos ha generado en mí la meditatio? Puede ser que haya sentido sentimientos de culpa, ante un trozo de la Escritura que denuncia un pecado mío o una carencia moral o intelectual. Un ejemplo. En Mc.1,16-20 se dice que los hombres llamados se ligan a Jesús como discípulos y, por lo tanto, Jesús también se compromete a ligarse a ellos como maestro. La misma cercanía que Jesús pide que los discípulos tengan con Él, la tiene Él con ellos en cuanto Maestro. Él también se compromete a estar muy cerca del que lo sigue, del que va detrás de él. Y por esta razón la vocación también es un don, porque es el llamado a una vida íntima con Jesús. Al hacer yo la meditatio me doy cuenta que no he considerado suficientemente la vocación como un don. Siento una carencia. Ese es el sentimiento que generó en mí la meditatio. Por lo tanto, en la oratio elevaré al Señor un pedido de perdón por mi falta de agradecimiento, agradeceré el don de la vocación y le pediré que crezca en mí la concepción de la vocación como un don y que crezca, por lo tanto, el agradecimiento por ese don.

El paso que se da entre la meditatio y la oratio es el mismo movimiento que sucede cuando alguien viene navegando en cayac por un rápido montañés y de golpe llega a un gran remanso. Allí cesa la actividad de la razón y se encuentra cara a cara con Dios para hablarle y decirle todo aquello que la lectio y la meditatio le han hecho decirle a Dios. Y luego con la contemplatio viene una calma mayor aun.

La imagen del cayac que viene por un rápido de la montaña está tomada del hecho que en la lectio y en la meditatio el creyente investiga diligentemente en el texto, va y viene, de una palabra a otra, luego vuelve a la misma palabra, anota, etc. En cambio en laoratio se acabó toda actividad de investigación. Ahora es el momento de encontrarse con Dios. Y la contemplatio es el momento de compenetrarse con Dios: hacer que Dios penetre en nosotros y que nosotros penetremos en Dios.

De acuerdo a esto la Lectio Divina es un proceso de interiorización siempre mayor. De la lectio a la meditatio, de la meditatio a laoratio y de la oratio a la contemplatio hay una flecha que indica el interior del corazón del hombre, donde habita Dios. Por lo tanto el movimiento es del exterior del hombre a lo más interior. Pero como Dios mora en lo más interior del hombre este mismo movimiento es también de una interiorización en Dios; es decir, es un movimiento que va de lo más exterior de Dios a lo más interior de Dios. Por eso podemos decir que hay como una progresión de mayor intimidad con Dios de la lectio a la contemplatio.

4) Contemplatio: como último paso de la Lectio Divina debemos abandonarnos totalmente en los brazos de Dios. Esta actividad de la Lectio en realidad no es una actividad sino más bien una cesación de toda actividad. La mejor imagen que nos puede dar a entender lo que es la contemplatio es aquella que nos presenta el salmo: “Señor, yo estoy callado y tranquilo, / como un niño recién amamantado / que está en brazos de su madre. / ¡Soy como un niño / recién amamantado!” (Sal.130,2). El bebé de brazos que ha sido recién amamantado por la madre se siente absolutamente seguro, pleno y feliz; no tiene necesidad de más nada; no tiene necesidad de decir nada para expresar su felicidad.

Otra imagen que nos puede ayudar a comprender lo que es la contemplatio es la de aquel que mora dentro del templo de Dios. Como cuando estamos en un templo y la realidad sagrada nos rodea por todos lados y nos sentimos como sumergidos en ese ambiente sagrado, así debemos morar y permanecer en el misterio de Dios durante la contemplatio. Así como la nube llenó el Templo de Jerusalén (cf. 2Crón 7,1-3), así también durante la contemplatio debe rodearnos el misterio de Dios, debemos introducirnos en Dios, morar en Él, morar en la Palabra. Dejar que la Palabra nos penetre y nos ‘empape’.

Otra imagen que puede ayudarnos es la de aquel que toma sol. Debemos estar en la Contemplatio como aquel que plácidamente recibe los rayos benéficos del sol. Debemos estar en silencio y sin esfuerzo alguno recibiendo la acción del “Sol que nace de lo alto” (Lc.1,78), que es la Palabra.

La contemplatio debe hacerse sobre Dios mismo y no sobre las verdades de Dios. El objeto de nuestra contemplación no pueden ser los conceptos acerca de Dios que hemos encontrado en la meditatio, sino  Dios mismo. Así por ejemplo, no puede ser objeto de la contemplatio el concepto de bondad de Dios, sino el Dios bueno, cuyo concepto de bondad he encontrado en la meditatio. La contemplatio tiene un gran carácter de adoración y esa es una de las razones por las que tiene por objeto a Dios mismo.

“La contemplatio consiste en la adoración, en la alabanza y en el silencio delante de Dios que se está comunicando conmigo. Es un tentativo de estar delante de Dios omnipotente teniendo expuesto nuestro corazón. (…) La contemplatio confiere a todo el proceso de lectura de un texto el aspecto del deleitarse en el comprender”[29].

“Contemplar es un acto más simple que la oración, pero muy rico; a él pertenecen sentimientos como el estupor, la admiración, el reconoci­miento, la adoración, la confesión de las grandezas de Dios, la alabanza”[30].

Si quisiéramos resumir la contemplatio en una sola palabra, esa palabra sería ‘estupor’. Puede ayudarnos el saber la definición de ‘estupor’ según el Diccionario de la Real Academia Española: “Estupor. Asombro, pasmo. Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia”. Y la definición de ‘pasmo’: “Pasmo. Admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso”. Según esto, debemos ponernos ante la Palabra, ante su grandeza y su belleza, con un corazón lleno de asombro y admiración, dejando como en suspenso la razón y el discurso.

“Entre los antiguos esta última etapa de la Lectio Divina expresa una experiencia religiosa que se parece mucho al éxtasis” [31].

“Quédate impresionado, fascinado, en silencio, en calma. Déjate animar por el ardor de la Palabra, como quien recibe el calor del sol” (P. Irure).

 Otro de los modos de hacer la  contemplatio es contemplar al Espíritu Santo, que es el que engendra la Escritura. Contemplarlo y entrar en contacto con Él.

 Toda la LD es un proceso que parte de la palabra de Dios escrita y debe llegar a la Palabra, el Verbo. Así, la contemplatio se convierte en una contemplación de la Palabra. De la palabra a la Palabra.

La contemplatio es como la flor y la coronación de toda la Lectio Divina [32].

Si fuera posible, anotar las luces y las gracias que Dios me ha concedido, y los propósitos que he formado.

La Lectio Divina, un proceso unitario

La Lectio Divina puede compararse al proceso de alimentación de los animales rumiantes. Éstos, una vez que ya han ingerido los alimentos, los vuelven a llevar a la boca para volver a masticarlos y poder así extraerle toda la sustancia. Así también nosotros masticamos el pan de la Palabra cuando hacemos el primer paso, la lectio; rumiamos el alimento de la Palabra cuando hacemos la meditatio; y lo asimilamos, lo hacemos parte de nosotros mismos, con la oratio y la contemplatio. “La lectio presenta un manjar sólido, la meditatio lo mastica,… la oratio lo saborea,… la contemplatio es el sabor mismo”[33].

“El Evangelio es el libro de la vida del Señor y está escrito para que se convierta en el libro de nuestra vida. No sólo hay que leerlo, sino interiorizarlo. Cada Palabra es Espíritu y vida, y está esperando un corazón hambriento para entrar en él” (M. Delbrel).

“La LD es un modo de leer la Sagrada Escritura que implica varios aspectos, que no deben ser considerados como fases netamente separable, sino puntos de vista de un solo acto que es al mismo tiempo simple y complejo: simple, porque fundamentalmente es un tentativo de responder  a la Palabra de Dios con todo el corazón; complejo, porque fundamentalmente es un tentativo de responder a la Palabra de Dios con todo nuestro corazón” [34]

Otro modo en que pueden definirse los pasos de la Lectio Divina es:

  1. Comprensión de la Palabra de Dios (lectio)
  2. Escucha de lo que la Palabra de Dios me dice a mí (meditatio)
  3. Reacción espiritual y orante a la escucha (oratio)
  4. Gozo sapiencial de toda la realidad aprehendida en los tres pasos anteriores, es decir, gozo sapiencial del mismo Dios (contemplatio)

Si bien la Lectio Divina es un proceso unitario, sin embargo podemos distinguir, sin destruir su unidad, dos binomios: la lectio y lameditatio constituyen el primer binomio; la oratio y la contemplatio constituyen el segundo binomio. En otras palabras, podemos organizar la Lectio Divina en dos grupos: el primero conformado por lectio y la meditatio; el segundo conformado por la oratio y lacontemplatio.

  1. Lectio
  2. Meditatio

———————————-

  1. Oratio
  2. Contemplatio

En el primer binomio o grupo predomina más la acción de la razón discursiva. En el segundo predomina la razón contemplativa. En el primero predomina más la reflexión; en el segundo predomina la contemplación. En el primer binomio predomina la conversación con uno mismo (siempre en la presencia de Dios). En el segundo binomio predomina la conversación con Dios.

Otra característica del primer binomio es que la lectio y la meditatio se compenetran mutuamente. A medida que uno va haciendo la lectio es imposible no meditar sobre lo que se está leyendo, es decir, es imposible que no se haga meditatio mientras se hace la lectio. Espontáneamente el espíritu humano en una verdad descubierta de la Sagrada Escritura percibe si esa verdad lo toca personalmente o no. Y ese percibir que lo toca personalmente pertenece a la meditatio[35].

“No debemos considerar la lectura, la meditación, y la oración como grados sucesivos, sino como tres ramales de una misma cuerda. Sus grados o peldaños no se suceden uno después de otro: son elementos que coexisten pacíficamente. Y no sólo coexisten sino que se interfieren y presentan características tan semejantes que con frecuencia, es muy difícil distinguirlos entre sí” [36].

Otro aspecto que resalta la unidad de la LD es el siguiente: como la LD se trata verdaderamente de rumiar, es lógico que estando haciendo la oratio o la contemplatio, quiera volverse a la meditatio y a la lectio, para cotejar lo que estamos hablando con Dios con la norma objetiva de lo que hemos estudiado y meditado. Esta vuelta a la meditatio y a la lectio cuando ya se está en las dos etapas posteriores (que son de relación directa con Dios) también tiene el objetivo de recrear el motivo por el cual nos habíamos sentido inclinados a hablar a Dios, y recrear el tema original que motivó la conversación con Dios en la oratio y la contemplatio.

En la meditatio hay una  mayor introspección y, por lo tanto, una relación del yo consigo mismo, siempre en la presencia de Dios. La oratio es el paso del tú a tú con Dios; se habla en intimidad con Dios. Y la contemplatio es el momento del abrazo con Dios. Dos personas que se quieren mucho hablan confidencialmente y en intimidad un cierto tiempo, hasta que esa conversación se hace tan íntima que provoca un abrazo de unión, que sella de una manera afectiva todo lo que se ha estado hablando. Esa es la relación que hay entre la oratio y la contemplatio.

Diferencia entre la Lectio Divina y la meditación clásica

Una de las preguntas que puede brotar en aquel que se dispone a ejercitar la Lectio Divina es: ¿qué diferencia hay entre la meditación que hago todos los días y la Lectio Divina? Trataremos de dar a esta pregunta una respuesta lo más concreta posible.

En primer lugar debemos decir que meditación clásica (también llamada ‘oración mental’) y Lectio Divina son de naturaleza distinta y, por lo tanto, son esencialmente distintas.

Esta distinción esencial entre una y otra consiste fundamentalmente en el objeto sobre el cual se aplica el alma para hacer oración. En la meditación clásica u oración mental la mente se aplica a un texto escrito por un teólogo o un autor espiritual. En laLectio Divina el alma se aplica a la Palabra de Dios escrita que es la Biblia, y que ha sido escrita por un hagiógrafo con Inspiración Bíblica. Ambas, meditación clásica y Lectio Divina, coinciden en que ambas ‘trabajarán’ sobre verdades reveladas por Dios, pero hay una diferencia esencial entre tomar esas verdades de un texto humano de tomarlas de un texto divino, como es la Biblia. El que hace la Lectio Divina entra en contacto directo con la Palabra viva.

De esta distinción fundamental brota la dificultad y el gran desafío que comporta la Lectio Divina. En la meditación clásica lalectio de la Lectio Divina se ofrece ya hecha, de manera que no hace falta más que leer lo que es presentado en el libro que se usa para meditar, para comprender el sentido. En cambio, Lectio Divina implica un trabajo personal en buscar las verdades reveladas directamente del texto sagrado. Hacer la Lectio Divina es arrojarse a un océano inmenso y lleno de riquezas, pero que requiere la ausencia de temor al mar. En la meditación clásica otro, el autor, ha hecho la lectio por nosotros.

Otra distinción muy importante está en el hecho que en la meditación clásica se destina el mayor tiempo de ella a lo que en laLectio Divina es la Meditatio, es decir, el pasar de una verdad conocida a una verdad desconocida por el método de la reflexión discursiva, dándole a la conversación directa y formal con Dios un espacio pequeño, al final de la meditación en el coloquio. En cambio, en la Lectio Divina, la meditatio ocupa un espacio menor, el mínimo indispensable para que abra al orante a la conversación con Dios, para que incite al orante a hablar con Dios, para que invite al que ora a decirle a Dios lo que tiene en su corazón, todo esto en la oratio. Y luego, de este dirigirse a Dios con la oratio, se abre a la compenetración con Dios en lacontemplatio.

Otra diferencia muy importante está en el método en que se desarrolla una y otra. El método en la Lectio Divina es mucho más simple y más unitario. El método en la meditación clásica implica pasos distintos (materia, composición de lugar, historia, petición, reflexión, coloquio, propósitos).

Otra diferencia importante consiste en que la Lectio Divina implica una confrontación mucho más franca con la vida concreta del hombre. Esto se hace en la meditatio. En cambio, en la meditación clásica, si bien no puede estar desprovista de propósitos concretos, se va de verdad en verdad sin que tenga una parte particular en la cual hacer la confrontación de la verdad contemplada con la vida concreta del que medita.

Otra diferencia entre meditación clásica y LD es que la misma meditación de la LD es distinta de la meditación clásica. Y esto es así porque es muy distinto meditar sobre una verdad abstracta (aun cuando sea un dogma) que meditar sobre una palabra o una frase de la SE, que evoca, no solamente una verdad abstracta sino un grupo de existentes concretos. Por eso en la LD la meditación será siempre un movimiento de desentrañar el sentido de las palabras, mientras que en la meditación clásica se trata de relacionar verdades ya conocidas y comprendidas por el solo hecho de comprender sus términos.

Podemos decir, entonces, de acuerdo a lo dicho recién, que la LD es más existencial y más integral, hace implicar en la oración a todas las potencias y posibilidades del hombre. La meditación clásica, en cambio, es más abstracta e involucra sobre todo la razón del que reza.

De esto no podemos concluir que la Lectio Divina sea más importante que la meditación clásica. Simplemente afirmamos que se diferencian esencialmente. Aún más, en todo aquel que se encuentra en un estado de perfección (sacerdocio, vida religiosa), no debe faltar ni la meditación clásica u oración mental, ni la Lectio Divina.

Conclusión

Debemos, entonces, animarnos a hacer la Lectio Divina. Dice Benedicto XVI: “Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”»

 “ (…)

 “La lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente»” [37].

Recordemos, como lo hace Benedicto XVI, que media hora de lectura de la Biblia trae aparejada, con las condiciones necesarias, el don de la indulgencia plenaria [38].

Terminemos con una mención a la Virgen María, tomada de Benedicto XVI: “Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos” [39].

Dos apéndices interesantes

Presentamos dos textos de García Colombás sobre dos complementos de la Lectio Divina y que algunos los consideran como dos pasos más dentro del mismo proceso de la Lectio Divina.

Uno de ellas, la collatio, ciertamente que es un elemento que completa la Lectio Divina, pero que no necesariamente forma parte de su estructura esencial.

La otra, la eructatio, es una consecuencia de la Lectio Divina, la cual, hecha con asiduidad y seriedad, crea en la persona que la practica aquella disposición de la que habla Jesucristo: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34)[40].

He aquí los textos.

Collatio

“La lectio divina hecha en privado, encuentra un complemento frecuente, por lo menos según los textos monásticos antiguos y medievales, en la collatio. La palabra es expresiva. Viene de confero, en el sentido de «confrontar» y también de «contribuir».

“¿En qué consistía la collatio? En un coloquio de tipo estrictamente espiritual, en el que se po­nían en común las experiencias individuales obtenidas al contacto de la Palabra de Dios. En dicho coloquio cada participante era libre de exponer lo que el texto sagrado, leído y saboreado en la intimidad del diálogo con Dios, le había sugerido: ideas, sentimientos, propósitos…; lo que redun­daba en edificación y enriquecimiento de todos. Con frecuencia el fin que pretendían los partici­pantes en el coloquio no era otro que ayudarse mutuamente a resolver los problemas que el texto bíblico planteaba: qué significaba tal o cual vocablo, cómo debía interpretarse determinado pasaje… Y siempre con un propósito práctico: amoldar mejor la propia vida a la Palabra de Dios.

“(…) En el suplemento sobre san Orsiesio a una vida de san Pacomio leemos: «Desde los principios, acostumbraban todos los días por la tarde, después del trabajo y la refección, sentarse juntos y discutir sobre las Escrituras».

“El interés y provecho de tales conferencias espirituales para los que tomaban parte en ellas es patente. Compartir las experiencias personales al contacto con la Escritura, contrastarlas con las de otros monjes, no podía menos de constituir un estímulo poderosísimo para seguir adelante por el camino del ascetismo y en la práctica asidua de la «lectura de Dios»”[41].

Eructatio

“La palabra eructatio, tan desagradable para la sensibilidad moderna, es el sustantivo del verbo eructare, «eructar». Pertenece, pues, a la terminología de la comida y la digestión. Eructa el que está harto, ahíto, repleto de alimento. Probablemente, sugirió el uso de este término el principio del salmo 44 en versión de la Vulgata: «Eructavit cor meum verbum bonum», que hoy traduci­mos mucho más finamente: «Me brota del corazón un poema bello».O acaso el versículo 7 del salmo 144: «Memoriam abundantiae suavitatis tuae eructabunt», que hoy suena así en nuestros templos: «Difunden la memoria de tu inmensa bondad». Hay que notar que no son infieles estas traducciones al texto original, puesto que eructare significa también «proferir», «expresar», y se usa sobre todo para hablar del lenguaje inspirado de los profetas.

“¿Qué querían significar los autores espirituales al utilizar este vocablo, símbolo bíblico del entusiasmo y del amor? Simplemente, que toda nuestra conversación, todos nuestros escritos, no deberían ser otra cosa que una efusión, un rebosar, de la superabundancia e intensidad de los pensamientos y afectos que la lectio divina, la meditatio, la frecuentación asidua, personal e íntima de la Palabra de Dios, han ido engendrando y acumulando en nuestro espíritu.

“El abad Hiperiquio decía: «Que el monje desborde de palabras de bondad; que de su boca broten las palabras del Altísimo».  Y, según san Juan Crisóstomo, los solitarios de Siria reco­gían en la lectura de los libros sagrados «la miel de sus oraciones y de su conversación». Son pensamientos hermosos y verdaderos. La Palabra de Dios escrita nos proporciona «las palabras del Altísimo», «la miel»—es decir, lo mejor—que podemos devolver al mismo Dios, después de apropiárnosla, en la oración, y compartir con los hermanos en nuestro trato con ellos. Una miel que fluye espontáneamente de los labios y del corazón, sin premeditación, sin esfuerzo, sin dar­nos siquiera cuenta de ello. Que todo esto no es una pura imaginación, nos lo prueba una multi­tud de escritos debido a hombres y mujeres que, en realidad, no son otra cosa que un desborda­miento, una comunicación irreprimible, una efusión irrestañable, de lo mejor que había en su alma; y que todo ello era efecto de la lectio divina, de la meditatio, nos lo prueban irrebatible­mente las continuas citas, reminiscencias, imágenes, expresiones y vocablos procedentes de la Escritura que forman la trama de tales escritos[42].

“En resumen, podría decirse que la lectio divina, en que se gusta la Palabra de Dios, en que uno se maravilla al contacto y comunión con esta Palabra, sólo es posible en el espacio interior del corazón, caja de resonancia en que los ecos dan vida a una meditación, un continuo revolver de la verdad y la vida que se nos revelan y comunican. Como María conservaba y revolvía en su corazón todas las palabras pronunciadas a propósito de su Hijo 221, el lector fiel de la Escritura no deja de ejercitarse en lameditatio para profundizar la Palabra de Dios, para apropiársela y con­vertirla en sustancia de su propio ser. Y luego la comunica naturalmente a los hermanos, la comparte, como canta la liturgia de la Iglesia en las fiestas de sus doctores: «La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho, porque lleva en el corazón la ley de su Dios». Lo que exponen sus labios lo ha meditado largamente, lo ha vivido en su interior.

“A propósito de la predicación de san Agustín ha escrito F. van der Meer: «Apenas toca él los textos, éstos se abren como flores al sol de la mañana. Y cuando los textos lo tocan a él, seconvierten en fuentes de agua que salta hasta la vida eterna. Entonces, de los más recónditos pasajes de la Escritura brota de sus labios agua viva ». Ésta es la eructatio de que hablan los antiguos”[43].

Un tercer apéndice interesante

Con otra frase tomada de García Colombás afirmamos la siguiente verdad, que es también un complemento para el ejercicio de la Lectio Divina: para San Benito las obras de los Santos Padres eran también objeto de la Lectio Divina.

He aquí el breve texto de García Colombás: “Dice la Regla de San Benito en el capítulo 73 y último: «El que tenga prisa por llegar a una perfección de vida, tiene a su disposición las enseñanzas de los Santos Padres, que, si se ponen en práctica, llevan al hombre a la perfección. Porque ¿hay alguna página o palabra inspirada por Dios en el Antiguo o en el Nuevo Testamento que no sea una norma rectísima para la vida del hombre? ¿O es que hay algún libro de los Santos Padres católicos que no nos repitan constante­mente que vayamos por el camino recto hacia el Creador? Ahí están las Colaciones de los Pa­dres, sus Instituciones y Vidas, y también la Regla de nuestro Padre san Basilio. ¿Qué otra cosa son sino medios para llegar a la virtud de los monjes, obedientes y de la vida santa?» (Regla, 72,2-6)

“San Benito recomienda aquí, evidentemente, tres clases de lecturas: la Biblia, los Padres católicos y los Padres monásticos. No dice que se lean las obras de los Padres durante el tiempo destinado a la lectio, pero es evidente que, en particular, o se leían entonces, o no se leían, pues no quedaba otro tiempo disponible durante la jornada, ni en los días laborables ni en los domin­gos y fiestas. Las obras de los Padres, por consiguiente, eran objeto de la lectio divina, según san Benito”[44].

Y unas páginas más adelante vuelve a repetir: Además de la Sagrada Escritura, “para saber lo que se puede y lo que no se debe leer en la lectio divina, la Regla de San Benito nos proporciona un criterio precioso: sólo se deben leer obras de los «Santos Padres católicos» (Regla, 73,4)”[45]

(Contacto: [email protected])

***

[1] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 29-30. Ya casi al final de su trabajo, este mismo autor tiene una página hermosísima acerca del “Concepto de lectio divina” (ese es el subtítulo). En ella hace como un resumen de lo dicho en todo el libro en palabras que no tienen desperdicio (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 64). Lo mismo puede decirse del colofón con el que termina el librlo (p. 69)

[2] Bouyer, L., Parola, Chiesa e Sacramenti nel Protestantesimo e nel Cattolice­simo, Brescia, 1962, p. 17, citado en Fuentes, M.,Rezar con la Biblia, Colección Bíblica. Como una breve introducción a la necesidad y al provecho de la lectura de la Biblia aconsejamos leer este breve y profundo opúsculo del P. Fuentes.

[3] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67-68.

[4] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[5] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 47.

[6] Citado en Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[7] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 25.

[8] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 20-21.

[9] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica. Otro texto que aclara esta verdad es el siguiente: “La característica primera y fundamental de la lectio divina es la fe que la anima. Sin una fe viva, radical, en que Dios ha escrito la Biblia, en que el autor último, principal y verdadero de la Escritura es el propio Dios, ¿cómo sería posible «leer a Dios»?

“Pero no basta estar persuadido de que Dios ha escrito, de que Dios ha hablado. Es preciso hacer un acto de fe en que Dios sigue hablando. No se leen sus palabras como se leen las de un autor de otros tiempos. Dios no está muerto. Es el «Dios vivo». Su palabra está viva. «La Pala­bra de Dios es viva y enérgica», dice la Carta a los Hebreos (Heb 4,12). Sin creer firmemente que «abrir la Biblia es encontrar a Dios», que «en los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amoro­samente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos», que «Cristo está presente en su palabra», la verdadera «lectura de Dios» resulta completamente imposible” (Colombás, G., La lectura de Dios…).

[10] Colombás, G., La lectura de Dios…

[11] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 31.

[12] “Otra de las disposiciones fundamentales para acercarnos a Dios que nos espera en la Escritura son la sencillez, el desprendimiento, la docilidad, la entrega. (…)

“El desprendimiento debe liberarnos, como dice A. Southey, del «deseo ansioso de los resulta­dos». Pues no se debe «ir a la búsqueda de sentimientos, de ‘experiencias’, de ideas bonitas para comunicar a los demás… La lectio es una labor de larga duración, que lleva a una profundiza­ción incesante, pero normalmente imperceptible, de nuestra intimidad con Dios» 166.

“En el simposio cisterciense sobre la lectio divina ya citado se notó con insistencia que solemos acudir a la Biblia para ver qué podemos sacar de ella, no para ver lo que ella puede sacar de nosotros… Esto, naturalmente, es de la mayor importancia. Para que la «lectura de Dios» sea auténtica, es preciso acercarse a ella con espíritu de entrega, de perfecta disponibilidad a lo que el Señor va a pedirnos. «La lectio es una verdadera ascesis. No se queda en un nivel teórico, sino que, como la misma Palabra de Dios, es una espada de doble filo, que llega a las profundi­dades más íntimas y requiere una respuesta personal. (…)

“Esta disposición fundamental de escudriñar las Escrituras para cumplir y poner por obra la voluntad del Señor que en ella se mani­fiesta, esta actitud generosa del corazón abre a los sencillos y menos preparados el sentido de los preceptos divinos que ignoran por negligencia espíritus mejor dotados. «El ojo del amor ilumina las tinieblas de su rudeza… Llegan así a las cumbres del entendimiento, porque no dejan de cumplir lo que han comprendido, hasta las cosas más pequeñas»” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 40-41)

[13] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica

[14] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87.

[15] La letra t de cada  palabra debe pronunciarse como la letra c castellana cuando está delante de una i o un e; es decir: debe leerse: leccio, meditacio, oracio  y contemplacio.

[16] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 2

[17] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 35-36.

[18] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 66.

[19] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67.

[20] “La «lectura divina» sólo puede florecer y fructificar en un clima hecho de recogimiento, de paz, de oración. Hay que restaurar ese clima si se quiere restaurar la lectio. Porque «nadie puede penetrar el sentido del Evangelio si no ha descansado como Juan, en íntimo coloquio, sobre el pecho de Jesús», como dice Orígenes . ¿Y quién puede desmentirle?” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67)

[21] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica, San Rafael.

[22] “Pedro el Grande, zar de todas las Rusias, dio este decreto: «Los monjes no sólo lean las Sa­gradas Escrituras, sino que las entiendan» De nada, en efecto, sirve leer la Biblia si no se la entiende. La lectura de la Palabra de Dios nunca fue considerada por la Iglesia como un rito mágico.

“Unas páginas de la Biblia son claras; otras, oscuras. Considerada globalmente, la Escritura resulta más bien oscura que clara. No es fácil, muchas veces, entender perfectamente lo que quiere decir. La transmisión del texto ha sido a menudo defectuosa; la lengua hebrea, como toda lengua, ha ido evolucionando a través de los siglos; la forma de expresarse de autores tan remo­tos y tan personales como san Pablo dista mucho de la nuestra… Descubrir el significado preciso de ciertos vocablos, de ciertos pasajes, no sólo del Antiguo Testamento, sino también del Nue­vo, presupone un esfuerzo, un estudio.

“Es un esfuerzo y un estudio del que el lector de la Escritura no puede prescindir, según nos advierten los maestros de la lectio divina. Esto no significa, naturalmente, que todo lector de la Biblia tenga que ser maestro consumado en exégesis; pero sí que hay que utilizar los trabajos de los maestros en exégesis. Recordemos los sudores de un Orígenes, de un san Jerónimo, para llegar a poseer un texto correcto de la Escritura y penetrar su verdadero sentido. Ante todo, su sentido literal, al que debe ajustarse la «lectura divina». Nada debe quedar borroso, vago, impre­ciso, en cuanto sea posible. La filología, las ciencias naturales, todo el saber humano debe po­nerse en juego para descubrir el sentido histórico de la Palabra de Dios escrita” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 30-31).

 [23] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 1

[24] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 86.

[25] Swetnam, J.. La Lectio Divina, 1999, p. 1

[26] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[27] Swetnam, J.. La Lectio Divina, 1999, p. 2

[28] “No olvidemos nunca que la lectio divina es a la vez lectura y oración. Cuando san Jerónimo escribía a santa Eustoquia: «Cuando oras, hablas a tu Esposo; cuando lees, él te habla a ti», no quería significar que debe terminarse primero la lectura para dedicarse luego a la oración. Leer y orar—lo hemos visto— eran para los antiguos dos actividades espiri­tuales que se compaginaban, que debían compaginarse en la lectio divina. Y es perfectamente claro que los antiguos y los medievales no conocieron otro método de oración que la «lectura divina» y que oraban habitualmente teniendo el texto sagrado ante los ojos o, al menos, en la memoria” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 65)

[29] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 2.

[30] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica

[31] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[32] Existe un libro italiano que divide la Lectio Divina en, fundamentalmente, tres partes: Lectura, Interpretación y Actualización. Entendemos que la Lectura y la Interpretación corresponden a lo que en la Lectio Divina tradicional se señala por Lectio, mientras que la Actualización corresponde a la Meditatio; cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco, Edizioni Messaggero Padova, Collanna Dabar – Logos – Parola, Lectio divina popolare, Padova, 2002, 225 pp. (ver documento de Word aparte).

[33] Guigo II, gran prior de la Cartuja, Scala claustralium, sive de modo orandi. VPL 184,476, citado en Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 54

[34] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 1.

[35]

[36] Dicesare, P., Lectio Divina, trabajo no publicado todavía.

[37] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 86.87.

[38] Cf. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87, nota 298.

[39] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87.

[40] En esta cita Jesucristo se refiere a los fariseos, para hacer resaltar las palabras malas que salen de un corazón malo. Sería laeructatio en su sentido más desagradable. También puede citarse como una eructatio mal aplicada aquella que lleva a una conversación trozos bíblicos para aplicarlos humorísticamente a situaciones concretas.

[41] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 55.

[42] Nota nuestra: de esta manera se explica cómo era posible que Jesucristo citara constantemente el AT. Y también explica cómo era posible que muchos de los cánticos del NT (Benedictus, Magnificat, etc.) estén tan llenos de reminiscencias bíblicas

[43] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 55-56.

[44] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 58.

[45] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 65.

Audiencias de San Juan Pablo II

Fe y revelación

Antiguo Testamento

Nuevo Testamento

 

El Antiguo Testamento 8.05.85

jpii-avion1. La Sagrada Escritura, como es sabido, se compone de dos grandes colecciones de libros: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento, redactado todo él antes de la venida de Cristo, es una colección de 46 libros de carácter diverso. Los enumeraremos aquí, agrupándolos de manera que se distinga, al menos genéricamente, la índole de cada uno de ellos.

2. El primer grupo que encontramos es el llamado ´Pentateuco´, formado por: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Casi como prolongación del Pentateuco se encuentra el Libro de Josué y, luego, el de los Jueces. El conciso Libro de Rut constituye, en cierto modo, la introducción al grupo siguiente de carácter histórico, compuesto por los dos Libros de Samuel y por los dos Libros de los Reyes. Entre estos libros deben incluirse los dos de las Crónicas, el Libro de Esdras y el de Nehemías, que se refieren al período de la historia de Israel posterior a la cautividad de Babilonia.
El Libro de Tobías, el de Judit y el de Ester, aunque se refieren a la historia de la nación elegida, tienen carácter de narración alegórica y moral, más bien que de historia verdadera y propia. En cambio, los dos Libros de los Macabeos tienen carácter histórico (de crónica).

3. Los llamados ´Libros didácticos´ forman un propio grupo, en el cual se incluyen obras de diverso carácter. Pertenecen a él: el Libro de Job, los Salmos, y el Cantar de los Cantares, e igualmente algunas obras de carácter sapiencial-educativo: el Libro de los Proverbios, el de Qohelet (es decir, el Eclesiastés), el Libro de la Sabiduría y la Sabiduría de Sirácida (esto es, el Eclesiástico).

4. Finalmente, el último grupo de escritos del Antiguo Testamento está formado por los ´Libros proféticos´. Se distinguen los cuatro llamados Profetas ´mayores´: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Al Libro de Jeremías se añaden las lamentaciones y el Libro de Baruc. Luego vienen los llamados Profetas ´menores´: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Naún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

5. A excepción de los primeros capítulos del Génesis, que tratan del origen del mundo y de la humanidad, los libros del Antiguo Testamento, comenzando por la llamada de Abrahán, se refieren a una nación que ha sido elegida por Dios. He aquí lo que leemos en la Constitución Dei Verbum: ´Deseando Dios con su gran amor preparar la salvación de toda la humanidad, escogió a un pueblo particular a quien confiar sus promesas. Hizo primero una alianza con Abrahán; después, por medio de Moisés, la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como el único Dios vivo y verdadero. De este modo Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los Profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones. La economía de la salvación anunciada, contada y explicada por los escritores sagrados, se encuentra, hecha palabra de Dios, en los libros del antiguo Testamento; por eso dichos libros, divinamente inspirados, conservan para siempre su valor.´ (n.15).

6. La Constitución conciliar indica luego lo que ha sido la finalidad principal de la economía de la salvación en el Antiguo Testamento: ´Preparar´, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor del universo y del reino mesiánico (Cfr. n.15).
Al mismo tiempo, los libros del Antiguo Testamento, según la condición del género humano antes de Cristo, ´muestran a todos el conocimiento de Dios y del hombre y de que modo Dios, justo y misericordioso, trata a los hombres. Estos libros, aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros, nos enseñan la pedagogía divina´ (n.15). En ellos se expresa ´un vivo sentido de Dios´, ´una sabiduría salvadora acerca del hombre´ y, finalmente, ´encierra tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra salvación´ (n.15). Y por esto, también los libros del Antiguo Testamento deben ser recibidos por los cristianos con devoción.

7. La Constitución conciliar explica así la relación entre el Antiguo y Nuevo Testamento: ´Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera el Antiguo´ (según las palabras de San Agustín: ´Novum in Vetere latet, Vetus in Novo patet.´). ´Pues, aunque Cristo estableció con su Sangre la Nueva Alianza, los libros íntegros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y lo explican´ (n.16).
Como veis, el Concilio nos ofrece una doctrina precisa y clara, suficiente para nuestra catequesis. Ella nos permite dar un nuevo paso en la determinación del significado de nuestra fe. ´Creer de modo cristiano´ significa sacar, según el espíritu que hemos dicho, la luz de la Revelación también de los Libros de la Antigua Alianza.

El Nuevo Testamento 22.05.85

1. El Nuevo Testamento tiene dimensiones menores que el Antiguo. Bajo el aspecto de la redacción histórica, los libros que lo componen están escritos en un espacio de tiempo más breve que los de la Antigua Alianza. Está compuesto por veintisiete libros, algunos muy breves.
En primer lugar tenemos los cuatro Evangelios: según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Luego sigue el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuyo autor es también Lucas. El grupo mayor está constituido por las Cartas Apostólicas, de las cuales las más numerosas son las Cartas de San Pablo: una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito y una a Filemón. El llamado ´corpus paulinus´ termina con la Carta a los Hebreos, escrita en el ámbito de influencia de Pablo. Siguen: la Carta de Santiago, dos Cartas de San Pedro, tres Cartas de San Juan y la Carta de San Judas. El último libro del Nuevo Testamento es el Apocalipsis de San Juan.

2. Con relación a estos libros se expresa así la Constitución Dei Verbum: ´Todos saben que entre los escritos del Nuevo Testamento sobresalen los Evangelios, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador. La Iglesia siempre y en todas partes ha mantenido y mantiene que los cuatro Evangelios son de origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Jesucristo, después ellos mismos con otros de su generación lo escribieron por inspiración del Espíritu Santo y nos lo entregaron como fundamento de nuestra fe: el Evangelio cuádruple, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan´ (n.18).

3. La Constitución conciliar pone de relieve de modo especial la historicidad de los cuatro Evangelios. Dice que la Iglesia ´afirma su historicidad sin dudar´, manteniendo con constancia que ´los cuatro .Evangelios. transmiten fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos, hasta el día de la Ascensión´ (n.19).
Si se trata del modo como nacieron los cuatro Evangelios, la Constitución conciliar los vincula ante todo con la enseñanza apostólica, que comenzó con la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Leemos así: ´Los Apóstoles, después de la Ascensión del Señor, comunicaron a sus oyentes esos dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban los acontecimientos gloriosos de Cristo e iluminados por la enseñanza del Espíritu Santo´ (n.19). Estos ´acontecimientos gloriosos´ están constituidos principalmente por la resurrección del Señor y la venida del Espíritu Sano. Se comprende que, a la luz de la resurrección, los Apóstoles creyeron definitivamente en Cristo. La resurrección proyectó a luz fundamental sobre su muerte en la cruz, y también sobre todo lo que había hecho y proclamado antes de su pasión. Luego, el día de Pentecostés sucedió que los Apóstoles fueron ´iluminados por el Espíritu de verdad´.

4. De la enseñanza apostólica oral se pasó a la redacción de los Evangelios, respecto a lo cual se expresa así la Constitución conciliar: . los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas Iglesias, conservando el estilo de proclamación: así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús. Sacándolos de su memoria o del testimonio de los ´que asistieron desde el principio y fueron testigos de la palabra, lo escribieron para que conozcamos la verdad de lo que nos enseñaban´ (n.19).
Este conciso párrafo del Concilio refleja y sintetiza brevemente toda la riqueza de las investigaciones y estudios de los escrituristas no han cesado de dedicar a la cuestión del origen de los cuatro Evangelios. Para nuestra catequesis es suficiente este resumen.

5. En cuanto a los restantes libros de Nuevo Testamento, la Constitución conciliar Dei Verbum se pronuncia del modo siguiente: . Estos libros, según el sabio plan de Dios, confirman la realidad de Cristo, van explicando su doctrina auténtica, proclaman la fuerza salvadora de la obra de Cristo, cuentan los comienzos y la difusión de la Iglesia, predicen su consumación gloriosa´ (n.20). Se trata de una breve y sintética presentación de contenido de esos libros, independientemente de cuestiones cronológicas, que ahora nos interesan menos. sólo recordaremos que los estudiosos fijan para su composición la segunda mitad del siglo I.
Lo que más cuenta para nosotros es la presencia del Señor Jesús y de su Espíritu en los autores del Nuevo Testamento, que son, por lo mismo, medios a través de los cuales Dios nos introduce en la novedad revelada. ´El Señor asistió a sus Apóstoles, como lo había prometido, y les envió el Espíritu Santo, que los fuera introduciendo en la plenitud de la verdad´ (n.20). Los libros del Nuevo Testamento nos introducen precisamente en el camino que lleva a la plenitud de la verdad de la divina Revelación.

6. Y tenemos aquí otra conclusión para una concepción más completa de la fe. Creer de modo cristiano significa aceptar la auto-revelación de Dios en Jesucristo, que constituye el contenido esencial del Nuevo Testamento.
Nos dice el Concilio: ´Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros llena de gracia y de verdad. Cristo estableció en la tierra el reino de Dios, se manifestó a Si mismo y a su Padre con obras y palabras. Llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae todos hacia Sí, pues es el único que posee palabras de vida eterna´ (n.17).
´De esto dan testimonio divino y perenne los escritos del Nuevo Testamento´ (n.17).
Y por lo mismo constituyen un particular apoyo para nuestra fe.

Audiencias de san Juan Pablo II

Fe y revelación

Sagrada Tradición y Sagrada Escritura

Sagrada Escritura: inspiración e interpretación

Sagrada Tradición y Sagrada Escritura 24.04.85

JP II y la biblia1. ¿Donde podemos encontrar lo que Dios ha revelado para adherirnos a ello con nuestra fe convencida y libre?. Hay un ´sagrado depósito´, del que la Iglesia toma comunicándonos sus contenidos.
Como dice el Concilio Vaticano II: ´Esta Sagrada Tradición con la Sagrada Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en el que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como El es´ (Dei Verbum , 7).
Con estas palabras la Constitución conciliar sintetiza el problema de la transmisión de la Revelación Divina, importante para la fe de todo cristiano. Nuestro ´credo´, que debe preparar al hombre sobre la tierra a ver a Dios cara a cara en la eternidad, depende en cada etapa de la historia, de la fiel inviolable transmisión de esta auto-revelación de Dios, que en Jesucristo ha alcanzado su ápice y su plenitud.

2. Cristo mandó ´a los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadoras y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos´ (n.7). Ellos ejecutaron la misión que les fue confiada ante todo mediante la predicación oral, y al mismo tiempo algunos de ellos ´pusieron por escrito el mensaje de salvación inspirados por el Espíritu Santo´ (n. 7). Esto hicieron también algunos del círculo de los Apóstoles (Marcos, Lucas).
Así se formó la transmisión de la Revelación divina en la primera generación de cristianos: ´Para que este Evangelio se conservara siempre vivo e integro en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su función en el magisterio (S. Ireneo)´ (n.7).

3. Como se ve, según el Concilio, en la transmisión de la divina Revelación en la Iglesia se sostienen recíprocamente y se completan la Tradición y la Sagrada Escritura, con las cuales las nuevas generaciones de los discípulos y de los testigos de Jesucristo alimentan su fe, por que ´lo que los Apóstoles transmitieron . comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios´ (n.8).
´Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras y de las instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian re pasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios´ (n.8).
Pero en esta tensión hacia la plenitud de la verdad divina la Iglesia bebe constantemente en el único ´depósito´ originario, constituido por la Tradición apostólica y la Sagrada Escritura, las cuales ´manan de una misma fuente divina, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin´ (n.9).

4. A este propósito conviene precisar y subrayar, también de acuerdo con el Concilio, que . La Iglesia no saca exclusivamente de la Sagrada Escritura la certeza de todo lo revelado´ (n.9). Esta Escritura ´es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo´. Pero ´la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos, iluminados por el Espíritu de verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación´ (n.9). ´La misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon íntegro de los Libros Sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga siempre activos´ (n.8).
´La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus Pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica.´ (n.10). Por ello ambas, la Tradición y la Sagrada Escritura, deben estar rodeadas de la misma veneración y del mismo respeto religioso.

5. Aquí nace el problema de la interpretación auténtica de la Palabra de Dios, escrita o transmitida por la Tradición. Esta función ha sido encomendada ´únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo´ (n.10). Este Magisterio ´no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído´(n.10).

6. He aquí, pues, una nueva característica de la fe: creer de modo cristiano significa también: aceptar la verdad revelada por Dios, tal como la enseña la Iglesia. Pero al mismo tiempo el Concilio Vaticano II recuerda que ´ la totalidad de los fieles. no pueden equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos prestan su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos, penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida guiado en todo por el sagrado Magisterio´ (LumenGentium, 12).

7. La Tradición, la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia y el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo de Dios forman ese proceso vivificante en el que la divina Revelación se transmite a las nuevas generaciones. ´Así Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando con la esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo´ (Dei Verbum, 8).
Creer de modo cristiano significa aceptar ser introducidos y conducidos por el Espíritu a la plenitud de la verdad de modo consciente y voluntario.

Sagrada Escritura: inspiración e interpretación 1.05.85

1. Repetimos hoy una vez más las hermosas palabras de la Constitución conciliar Dei Verbum ; ´ Así Dios, que habló en otros tiempos.´ (n.8).
Digamos, de nuevo que significa ´creer´.
Creer de modo cristiano significa precisamente: ser introducidos por el Espíritu Santo en la verdad plena de la divina Revelación. Quiere decir: ser una comunidad de fieles abiertos a la Palabra del Evangelio de Cristo. Una y otra cosa son posibles en cada generación, porque la viva transmisión de la divina Revelación, contenida en la Tradición y la Sagrada Escritura, perdura integra en la Iglesia, gracias al servicio especial del Magisterio, en armonía con el sentido sobrenatural del Pueblo de Dios.

2. Para completar esta concepción del vínculo entre nuestro ´credo´ católico y su fuente, es importante también la doctrina sobre la inspiración de la Sagrada Escritura y de su interpretación auténtica. Al presentar esta doctrina seguimos (como en las catequesis anteriores) ante todo la Constitución Dei Verbum.
Dice el Concilio: ´La Santa Madre Iglesia fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, que escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia´ (n.11).
Dios -como Autor invisible y transcendente- ´se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo. como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería´ (n.11). Con este fin el Espíritu Santo actuaba en ellos y por medio de ellos (Cfr. n.11).

3. Dado este origen, se debe reconocer ´que los libros de la Sagrada Escritura enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para la salvación nuestra´ (n.11). Lo confirman las palabras de San Pablo en la Carta a Timoteo: ´Toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena´ (2 Tim. 3, 16-17).
La Constitución sobre la divina revelación, siguiendo a San Juan Crisóstomo, manifiesta admiración por la particular ´condescendencia´, que es como un ´inclinarse´ de la eterna Sabiduría. ´La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del Eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres´ (n.13).

4. De la verdad sobre la divina inspiración de la Sagrada Escritura se deriva lógicamente algunas normas que se refieren a su interpretación. La Constitución Dei Verbum las resume brevemente:
El primer principio es que ´porque Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano, el intérprete de la Sagrada Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas palabras´ (n.12).
Con esta finalidad -y éste es el segundo punto- es necesario tener en cuenta, entre otras cosas, ´los géneros literarios´. ´Pues la verdad se presenta y enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios´ (n.12). El sentido de lo que el autor expresa depende precisamente de estos géneros literarios, que se deben tener, pues, en cuenta sobre el fondo de todas las circunstancias de una poca precisa y de una determinada cultura.
Y, por esto, tenemos el tercer principio para una recta interpretación de la Sagrada Escritura: ´Para comprender exactamente lo que el autor sagrado propone en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los habituales y originarios modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en el tiempo del escritor, y también las expresiones que entonces solían emplearse en la conversación ordinaria´ (n.12).

5. Estas indicaciones bastantes detalladas, que se dan para la interpretación de carácter histórico-literario, exigen una relación profunda con las premisas de la doctrina sobre la divina inspiración de la Sagrada Escritura. ´La escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita´ (n.12). Por esto, ´hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe´ (n.12).
Por ´analogía de la fe´ entendemos la cohesión de cada una de las verdades de fe entre sí y con el plan total de la Revelación y la plenitud de la divina economía encerrada en él.

6. La misión de los exegetas, es decir, de los investigadores que estudian con métodos idóneos la Sagrada Escritura, es contribuir, según dichos principios, ´para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia´ (n.12). Puesto que la Iglesia tiene ´el mandato y el ministerio divino de Conservar e interpretar la Palabra de Dios´, todo lo que se refiere ´al modo de interpretar la Escritura, queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia´ (n.12).
Esta norma es importante para precisar la relación recíproca entre exégesis (y la teología) y el Magisterio de la Iglesia. Es una norma que está en relación muy íntima con lo que hemos dicho anteriormente a propósito de la transmisión de la divina Revelación. Hay que poner de relieve una vez más que el Magisterio utiliza el trabajo de los teólogos-exegetas y, al mismo tiempo, vigila oportunamente sobre los resultados de sus estudios. Efectivamente, el Magisterio está llamado a custodiar la verdad plena, contenida en la divina Revelación.

7. Creer de modo cristiano significa, pues, adherirse a esta verdad gozando de la garantía de verdad que por institución de Cristo mismo se le ha dado a la Iglesia. Esto vale para todos los creyentes: y, por tanto -en su justo nivel y en el grado adecuado-, también para los teólogos y exegetas. Para todos se revela en este campo la misericordiosa providencia de Dios, que ha querido concedernos no sólo el don de su auto-revelación, sino también la garantía de su fiel conservación, interpretación y explicación, confiándola a la Iglesia.

Audiencias de san Juan Pablo II

Fe y revelación

Características de la fe

El carácter de la fe

 

Características de la fe 10.04.85

juanpabloii0111. Hemos dicho varias veces en estas consideraciones, que la fe es la respuesta particular del hombre a la Palabra de dios que se revela a Sí mismo hasta la revelación definitiva en Jesucristo. Esta respuesta tiene, sin duda, un carácter cognoscitivo; efectivamente, da al hombre la posibilidad de acoger este conocimiento (auto-conocimiento) que Dios ´comparte con él´.
La aceptación de este conocimiento de Dios, que en la vida presente es siempre parcial, provisional e imperfecto, da, sin embargo, al hombre la posibilidad de participar desde ahora en la verdad definitiva y total, que un día le será plenamente revelada en la visión inmediata de Dios. ´Abandonándose totalmente a Dios´, como respuesta a la auto-Revelación, el hombre participa en esta verdad. De tal participación toma origen una nueva vida sobrenatural, a la que Jesús llama ´vida eterna´ (Jn 17, 3) y que, con la Carta a los Hebreos, puede definirse ´vida mediante la fe´: ´mi justo vivirá de la fe´ (Heb 10, 38).

2. Si queremos profundizar, pues, en la comprensión de lo que es la fe, de lo que quiere decir ´creer´, lo primero que se nos presenta es la originalidad de la fe en relación con el conocimiento racional de Dios, partiendo ´de las cosas creadas´.
La originalidad de la fe está ante todo en su carácter sobrenatural. Si el hombre en la fe da la respuesta a la ´auto-Revelación de Dios´ y acepta el plan divino de la salvación, que consiste en la participación en la naturaleza y en la vida íntima de Dios mismo, esta respuesta debe llevar al hombre por encima de todo lo que el ser humano mismo alcanza con las facultades y las fuerzas de la propia naturaleza, tanto en cuanto a conocimiento como en cuanto a voluntad: efectivamente, se trata del conocimiento de una verdad infinita y del cumplimiento transcendente de las aspiraciones al bien y a la felicidad, que están enraizadas en la voluntad, en el corazón: se trata, precisamente, de la ´vida eterna´.
´Por medio de la revelación divina -leemos en la Constitución Dei Verbum- Dios quiso manifestarse a Sí mismo y sus planes de salvar al hombre, para que el hombre se haga partícipe de los bienes divinos, que superan totalmente la inteligencia humana´ (n.6). La Constitución cita aquí las palabras del Concilio Vaticano I (Cons. Dei Filius , 12), que ponen de relieve el carácter sobrenatural de la fe.
Si, pues, la respuesta humana a la auto-revelación de Dios, y en particular a su definitiva auto-revelación en Jesucristo, se forma interiormente bajo la potencia luminosa de Dios mismo que actúa en lo profundo de las facultades espirituales del hombre, y, de algún modo, en todo el conjunto de sus energías y disposiciones. Esa fuerza divina se llama gracia, en particular, la gracia de la fe.

3. Leemos también en la misma Constitución del Vaticano II: “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad (palabras del Concilio Arausicano II). Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la Revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones´ (Dei Verbum , 5).
La Constitución Dei Verbum se pronuncia de modo sucinto sobre el tema de la gracia de la fe; sin embargo, esta formulación sintética es completa y refleja la enseñanza de Jesús mismo, que ha dicho: ´Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae´ (Jn 6, 44). La gracia de la fe es precisamente esta ´atracción´ por parte de Dios, ejercida en relación con la esencia interior del hombre, e indirectamente de toda la subjetividad humana, para que el hombre responda plenamente a la ´auto-revelación´ de Dios en Jesucristo, abandonándose a El. Esa gracia previene el acto de fe, lo suscita, sostiene y guía; su fruto es que el hombre se hace capaz ante todo de ´creer a Dios´ y cree de hecho. De este modo, en virtud de la gracia proveniente y cooperante se instaura una ´comunión´ sobrenatural interpersonal que es la misma viva estructura que sostiene la fe, mediante la cual el hombre, que cree en Dios, participa de su ´vida eterna´: ´conoce al Padre y a su enviado Jesucristo´ (Cfr. Jn 17, 3) y, por medio de la caridad entra en una relación de amistad con ellos (Cfr. Jn 14, 23; 15, 15).

4. Esta gracia es fuente de la iluminación sobrenatural que ´abre los ojos del espíritu´; y, por lo mismo, la gracia de la fe abarca particularmente la esfera cognoscitiva del hombre y se centra en ella. Logra de ella la aceptación de todos los contenidos de la Revelación en los cuales se desvelan los misterios de Dios y los elementos del plan salvífico respecto al hombre. Pero, al mismo tiempo, la facultad cognoscitiva del hombre bajo la acción de la gracia de la fe tiende a la comprensión cada vez más profunda de los contenidos revelados, puesto que tiende hacia la verdad total prometida por Jesús (Cfr. Jn 16, 13), hacia la ´vida eterna´. Y en este esfuerzo de comprensión creciente encuentra apoyo en los dones del Espíritu Santo, especialmente en los que perfeccionan el conocimiento sobrenatural de la fe: ciencia, entendimiento, sabiduría.
Según este breve bosquejo, la originalidad de la fe se presenta como una vida sobrenatural, mediante la cual la ´auto-revelación´ de Dios arraiga en el terreno de la inteligencia humana, convirtiéndose en la fuente de la luz sobrenatural, por la que el hombre participa, en la medida humana, pero a nivel de comunión divina, de ese conocimiento, con el que Dios se conoce eternamente a Sí mismo y conoce toda otra realidad en Sí mismo.

El carácter de la fe 17.04.85

1. Si la originalidad de la fe consiste en el carácter de conocimiento esencialmente sobrenatural, que proviene de la gracia de Dios y de los dones del Espíritu Santo, igualmente se debe afirmar que la fe posee una originalidad auténticamente humana. En efecto, encontramos en ella todas las características de la convicción racional y razonable sobre la verdad contenida en la divina Revelación. Esta convicción -o sea, certeza- corresponde perfectamente a la dignidad de la persona como ser racional y libre.
Sobre este problema es muy iluminadora, entre los documentos del Concilio Vaticano II, la Declaración Dignitatis humanae . En ella, leemos, entre otras cosas: ´Es uno de los capítulos principales de la doctrina católica, contenido en la Palabra de Dios y predicado constantemente por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios, y que, por tanto, nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado en Jesucristo a la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios, que se revela a Sí mismo, a menos que, atraído por el Padre, rinda a Dios el obsequio racional y libre de la fe. Está, por consiguiente, en total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género de coacción por parte de los hombres en materia religiosa´ (Dignitatis humanae, 10).
´Dios llama ciertamente a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por este llamamiento quedan ellos obligados en conciencia, pero no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana, que El mismo ha creado, y que debe regirse por su propia determinación y usar la libertad. Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús.´ (n.11).

2. Y aquí el documento conciliar explica de que modo Cristo trató de ´excitar y robustecer la fe de los oyentes´, excluyendo toda coacción. En efecto, El dio testimonio definitivo de la verdad de su Evangelio mediante la cruz y la resurrección, ´pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían Cían´. ´Su reino. se establece dando testimonio de la verdad y prestándole oído, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae los hombres a Sí mismo´ (n.11). Cristo encomendó luego a los Apóstoles el mismo modo de convencer sobre la verdad del Evangelio.
Precisamente, gracias a esta libertad, la fe -lo que expresamos con la palabra ´creo´- posee su autenticidad y originalidad humana, además de divina. En efecto, ella expresa la convicción y la certeza sobre la verdad de la revelación, en virtud de un acto de libre voluntad. Esta voluntariedad estructural de la fe no significa en modo alguno que el creer sea ´facultativo´, y que por lo tanto, sea justificable una actitud de indiferentismo fundamental; sólo significa que el hombre está llamado a responder a la invitación y al donde Dios con la adhesión libre y total de sí mismo.

3. El mismo documento conciliar, dedicado al problema de la libertad religiosa, pone de relieve muy claramente que la fe es una cuestión de Conciencia.
Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, y además tienen la obligación moral de buscarla, sobre todo, la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar su vida según las exigencias de la verdad´ (n.2). Si éste es el argumento esencial a favor del derecho a la libertad religiosa, es también el motivo fundamental por el cual esta misma libertad debe ser correctamente comprendida y observada en la vida social.

4. En cuanto a las decisiones personales, ´cada uno tiene la obligación, y en consecuencia también el derecho, de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse prudentemente juicios rectos y verdaderos de conciencia. Ahora bien, la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, mediante la libre investigación, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación y del diálogo, por medio de los cuales los hombres se exponen mutuamente la verdad que han encontrado o juzgan haber encontrado para ayudarse unos a otros en la búsqueda de la verdad; y una vez conocida ésta, hay que adherirse firmemente a ella con asentimiento personal´(n.3).
En estas palabras hallamos una característica muy acentuada de nuestro ´credo´ como acto profundamente humano, que responde a la dignidad del hombre en cuanto persona. Esta correspondencia se manifiesta en la relación con la verdad mediante la libertad interior y la responsabilidad de conciencia del sujeto creyente.
Esta doctrina, inspirada en la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, sirve también para hacer comprender lo importante que es una catequesis sistemática, tanto porque hace posible el conocimiento de la verdad sobre el proyecto de Dios, contenido en la divina Revelación, como porque ayuda a adherirse cada vez más a la verdad ya conocida y aceptada mediante la fe.

Audiencias de san Juan Pablo II

Fe y revelación

La revelación divina

Jesucristo culmina la revelación

La Revelación divina 27.03.85

jesusmisericordiosostospiritoinsassiacjpii1. Nuestro punto de partida en la catequesis sobre Dios que se revela sigue el texto del Concilio Vaticano II: ´Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad: por Cristo, la palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. En esta revelación, Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía´. (Dei Verbum , 2).
Pero ya hemos considerado la posibilidad de conocer a Dios con la capacidad de la sola razón humana. Según la constante doctrina de la Iglesia, expresada especialmente en el Concilio Vaticano I, y tomada por el Concilio Vaticano II, la razón humana posee esta capacidad y posibilidad: ´Dios, principio y fin de todas las cosas -se dice- puede ser conocido con certeza con la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas´, aun cuando es necesaria la Revelación divina para que ´todos los hombres, en la condición presente de la humanidad, puedan conocer fácilmente, con absoluta certeza y sin error las realidades divinas, que en sí no son inaccesibles a la razón humana´.
Este conocimiento de Dios por medio de la razón, ascendiendo a El ´a partir de las cosas creadas´, corresponde a la naturaleza racional del hombre. Corresponde también al designio original de Dios, el cual, al dotar al hombre de esta naturaleza, quiere poder ser conocido por él. ´Dios creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo´ (Dei Verbum, 3). Este testimonio se da como don y, a la vez, se deja como objeto de estudio por parte de la razón humana. Mediante la atenta y perseverante lectura del testimonio de las criaturas, la razón humana se dirige hacia Dios y se acerca a El. Esta es, en cierto sentido, la vía ´ascendente´: por las gradas de las criaturas el hombre se eleva a Dios, leyendo el testimonio del ser, de la verdad, del bien y de la belleza que las criaturas poseen en sí mismas.

2. Esta vía del conocimiento que, en algún sentido, tiene su comienzo en el hombre y en su mente, permite a la criatura subir al Creador. Podemos llamarla la vía del ´saber´. Hay una segunda vía, la vía de la ´fe´. que tiene su comienzo exclusivamente en Dios. Estas dos vías son diversas entre sí, pero se encuentran en el hombre mismo y, en cierto sentido, se completan y se ayudan recíprocamente.
De manera diversa que en el conocimiento mediante la razón a partir ´de las criaturas´, las cuales sólo indirectamente llevan a Dios, en el conocimiento mediante la fe nos inspiramos en la Revelación, con la que Dios ´se da a conocer a Sí mismo´ directamente. Dios se revela, es decir, permite que se le conozca a El mismo manifestando a la humanidad ´el misterio de su voluntad´ (Ef 1, 9). La voluntad de Dios es que los hombres, por medio de Cristo, Verbo hecho hombre, tengan acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hagan partícipes de la naturaleza divina. Dios, pues, revela al hombre ´a Sí mismo´, revelando a la vez su plan salvífico respecto al hombre. Este misteriosos proyecto salvífico de Dios no es accesible a la sola fuerza razonadora del hombre. Por tanto, la más perspicaz lectura del testimonio de Dios en las criaturas no puede desvelar a la mente humana estos horizontes sobrenaturales. No abre ante el hombre ´el camino de la salvación sobrenatural´ (como dice la Constitución Dei Verbum, 3), camino que está íntimamente unido al ´don que Dios hace de Sí´ al hombre. Con la revelación de Sí mismo Dios ´invita y recibe al hombre a la comunión con El´ (Cfr. Dei Verbum, 2).

3. Sólo teniendo todo esto ante los ojos, podemos captar que es realmente la fe: cuál es el contenido de la expresión ´creo´.
Si es exacto decir que la fe consiste en aceptar como verdadero lo que Dios ha revelado, el Concilio Vaticano II ha puesto oportunamente de relieve que es también una respuesta de todo el hombre, subrayando la dimensión ´existencial´ y ´personalista´ de ella. Efectivamente, si Dios ´se revela a Sí mismo´ y manifiesta al hombre el salvífico ´misterio de su voluntad´, es justo ofrecer a Dios que se revela esta ´obediencia de la fe´, por la cual todo el hombre libremente se abandona a Dios, prestándole ´el homenaje total de su entendimiento y voluntad´ (Vaticano I), ´asintiendo voluntariamente a lo que Dios revela´ (Dei Verbum, 5).
En el conocimiento mediante la fe el hombre acepta como verdad todo el contenido sobrenatural y salvífico de la Revelación; sin embargo, este hecho lo introduce, al mismo tiempo, en una relación profundamente personal con Dios mismo que se revela. Si el contenido propio de la Revelación es la ´auto-comunicación´ salvífica de Dios, entonces la respuesta de fe es correcta en la medida que el hombre -aceptando como verdad ese contenido salvífico-, a la vez, ´se abandona totalmente a Dios´. Sólo un completo ´abandono a Dios´ por parte del hombre constituye una respuesta adecuada.

Jesucristo culmina la revelación 3.04.85

1. La fe -lo que encierra la expresión ´creo´- está en relación esencial con la Revelación. La respuesta al hecho de que Dios se revela ´a Sí mismo´ al hombre, y simultáneamente desvela ante él el misterio de la eterna voluntad de salvar al hombre mediante la ´participación de la naturaleza divina´, es el ´abandono en Dios´ por parte del hombre, en el que se manifiesta la ´obediencia de la fe´. La fe es la obediencia de la razón y de la voluntad a Dios que revela. Esta ´obediencia´ consiste ante todo en aceptar ´como verdad´ lo que Dios revela: el hombre permanece en armonía con la propia naturaleza racional en este acoger el contenido de la revelación. Pero mediante la fe el hombre se abandona del todo a este Dios que se revela a Sí mismo, y entonces, a la vez que recibe el don ´de lo Alto´, responde a Dios con el don de la propia humanidad. De este modo, con la obediencia de la razón y de la voluntad a Dios que revela, comienza un modo nuevo de existir de toda la persona humana en relación a Dios.
La Revelación -y, por consiguiente, la fe- ´supera´ al hombre, porque abre ante él las perspectivas sobrenaturales. Pero en estas perspectivas está puesto el más profundo cumplimiento de las aspiraciones y de los deseos enraizados en la naturaleza espiritual del hombre: la verdad, el bien, el amor, la alegría, la paz. San Agustín expresó esta realidad con la famosa frase: ´Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti´ (Confesiones, I, 1).Santo Tomás dedica las primeras cuestiones de la segunda parte de la Suma Teológica a demostrar, como desarrollando el pensamiento de San Agustín, que sólo en la visión y en el amor de Dios se encuentra la plenitud de la realización de la perfección humana y, por tanto, el fin del hombre. Por esto, la divina Revelación se encuentra, en la fe, con la capacidad transcendente de apertura del espíritu humano a la Palabra de Dios.

2. La Constitución conciliar Dei Verbum hace notar que esta ´economía de la revelación´ se desarrolla desde el principio de la historia de la humanidad. ´Se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a la vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio´ (Dei Verbum, 2). Puede decirse que esa economía de la Revelación contiene en sí una particular ´pedagogía divina´. Dios ´se comunica´ gradualmente al hombre, introduciéndole sucesivamente en su ´auto-revelación´ sobrenatural, hasta el culmen, que es Jesucristo.
Al mismo tiempo, toda la economía de la Revelación se realiza como historia de la salvación, cuyo proceso impregna la historia de la humanidad desde el principio. ´Dios creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo; queriendo además abrir el camino de la salvación sobrenatural, se revelo desde el principio a nuestros primeros padres´ (Dei Verbum, 3).
Así, pues, como desde el principio el ´testimonio de la creación habla al hombre atrayendo su mente hacia el Creador invisible, así también desde el principio perdura en la historia la auto-revelación de Dios, que exige una respuesta justa en el ´creo´ del hombre. Esta Revelación no se interrumpió por el pecado de los primeros hombres. Efectivamente, Dios ´después de su caída, los levantó a la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención: después cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. Al llegar el momento, llamó a Abrahán para hacerlo padre de un gran pueblo. Después de la edad de los Patriarcas. Instruyó a dicho pueblo por medio de Moisés y los Profetas, para que lo reconociera a El como Dios único y verdadero, como Padre providente y justo juez; para que esperara al Salvador prometido. De este modo fue preparando a través de los siglos el camino del Evangelio´ (Dei Verbum, 4).
La fe como respuesta del hombre a la palabra de la divina Revelación entró en la fase definitiva con al venida de Cristo, cuando ´al final´ Dios ´nos habló por medio de su Hijo´ (Heb 1, 1-2).

3. ´Jesucristo, pues, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; El, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna´ (Dei Verbum, 4).
Creer en sentido cristiano quiere decir acoger la definitiva auto-revelación de Dios en Jesucristo, respondiendo a ella con un ´abandono en Dios´, del que Cristo mismo es fundamento, vivo ejemplo y mediador salvífico.
Esta fe incluye, pues, la aceptación de toda la ´economía cristiana´ de la salvación como una nueva y definitiva alianza, que ´no pasará jamás´. Como dice el Concilio: . no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor´ (Dei Verbum , 4)
Así el Concilio, que en la Constitución Dei Verbum nos presenta de manera concisa, pero completa, toda la ´pedagogía´ de la divina Revelación, nos enseña, al mismo tiempo, que es la fe, que significa ´creer´, y en particular ´creer cristianamente´, como respondiendo a la invitación de Jesús mismo; ´Creéis en Dios, creed también en mí´ (Jn 14, 1).

Audiencias de san Juan Pablo II

Fe y revelación

¿Qué quiere decir “creer”?

Conocimiento racional de Dios

perfil-wojtyla-papa-juan-pablo-ii¿Qué quiere decir “creer”? 13.03.85

1. El primer y fundamental punto de referencia de la presente catequesis son las profesiones de la fe cristiana universalmente conocidas. Se llaman también ´símbolos de fe´. La palabra griega ´symbolon´ significaba la mitad de un objeto partido (p.ej. un sello) que se presentaba como el signo de reconocimiento. En nuestro caso, los ´símbolos´ significan la colección de las principales verdades de fe, es decir, de aquello en lo que la Iglesia cree.

2. Entre los varios ´símbolos de fe´ antiguos, el más autorizado es el ´símbolo apostólico´, de origen antiquísimo y comúnmente recitado en las ´oraciones del cristiano´. En él se contienen las principales verdades de la fe transmitidas por los Apóstoles de Jesucristo. Otro símbolo antiguo y famoso es el ´niceno-constantinopolitano´: contiene las mismas verdades de la fe apostólica autorizadamente explicadas en los dos primeros Concilios Ecuménicos de la Iglesia universal: Nicea (325) I Constantinopla (381).
Los símbolos de fe son el principal punto de referencia para la presente catequesis. Pero ellos nos remiten al conjunto del ´depósito de la Palabra de Dios´, constituido por la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica, del que son una síntesis conocida. Por esto, a través de las profesiones de fe nos proponemos remontarnos también nosotros a ese ´depósito´ inmutable, guiados por la interpretación que la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha dado de él en el curso de los siglos.

3. Cada uno de los mencionados ´símbolos´ comienza con la palabra ´creo´. Efectivamente, cada uno de ellos nos sirve no tanto como instrucción, sino como profesión. Los contenidos de esta confesión son las verdades de la fe cristiana: todas están enraizadas en esta primera palabra ´creo´. Y precisamente sobre esta expresión ´creo´, deseamos centrarnos en esta primera catequesis.
La expresión está presente en el lenguaje cotidiano, aún independientemente de todo contenido religioso, y especialmente del cristiano. ´Te creo´, significa: me fío de ti, estoy convencido de que dices la verdad. ´Creo en lo que tú dices´ significa: estoy convencido de que el contenido de tus palabras corresponde a la realidad objetiva.
En este uso común de la palabra ´creo´ se ponen de relieve algunos elementos esenciales. ´Creer´ significa aceptar y reconocer como verdadero y correspondiente a la realidad el contenido de lo que se dice, esto es, de las palabras de otra persona (o incluso de más personas), en virtud de su credibilidad (o de ellas). Esta credibilidad decide, en un caso dado, sobre la autoridad especial de la persona: la autoridad de la verdad. Así, pues, al decir ´Creo´, expresamos simultáneamente una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad, en consideración de la persona que tiene particulares títulos de credibilidad.

4. La palabra ´creo´ aparece con frecuencia en las páginas del Evangelio y de toda la Sagrada Escritura. Sería muy útil confrontar y analizar todos los puntos del Antiguo y Nuevo Testamento que nos permiten captar el sentido bíblico del ´Creer´. Al lado del verbo ´creer´ encontramos también el sustantivo ´fe´ como una de las expresiones centrales de toda la Biblia. Encontramos incluso cierto tipo de ´definiciones´, como p.ej.: ´La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven´ (´fides est sperandarum substantia rerum et argumentum non apparentium´) de la Carta a los Hebreos (11, 1).
Estos datos bíblicos han sido estudiados, explicados, desarrollados por los Padres y los teólogos a lo largo de dos mil años de cristianismo, como nos lo atestigua la enorme literatura exegética y dogmática que tenemos a disposición. Lo mismo que en los ´símbolos´, así también en toda la teología el ´creer´, la ´fe´, es una categoría fundamental. Es también el punto de partida de la catequesis, como primer acto con el que se responde a la Revelación de Dios.

5. En el presente encuentro nos limitaremos a una sola fuente, pero que resume todas las otras. Es la Constitución conciliar Dei Verbum del Vaticano II. Allí leemos:
´Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad; mediante el cual los hombres, por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina.´ (Dei Verbum, 2).
´Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios le revela´ (Dei Verbum, 5).
En estas palabras del documento conciliar se contiene la respuesta a la pregunta: ¿Qué significa ´creer´?. La explicación es concisa, pero condensa una gran riqueza de contenido. Deberemos en lo sucesivo penetrar más ampliamente en esta explicación del Concilio (.).
Ante todo hay una cosa obvia: existe un genético y orgánico vínculo entre nuestro ´credo´ cristiano y esa particular ´iniciativa´ de Dios mismo, quese llama ´Revelación´.
Por esto, la catequesis sobre el ´credo´ (la fe), hay que realizarla juntamente con la de la Revelación divina. Lógica e históricamente la revelación precede a la fe. La fe está condicionada por la Revelación. Es la respuesta del hombre a la divina Revelación.
Digamos desde ahora que esta respuesta es posible y justo darla, porque Dios es creíble. Nadie lo es como El. Nadie como El posee la verdad. En ningún caso como en la fe en Dios se realiza el valor conceptual y semántico de la palabra tan usual en el lenguaje humano: ´Creo´, ´Te creo´.

2. Conocimiento racional de Dios 20.03.85

1. Concentrémosnos todavía un poco sobre el sujeto de la fe: sobre el hombre que dice “creo” respondiendo de este modo a Dios que “en su bondad y sabiduría” ha querido “revelarse al hombre”,
Antes de pronunciar su ´creo´, el hombre posee ya algún concepto de Dios que obtiene con el esfuerzo de la propia inteligencia. Al tratar de la revelación divina, la Constitución Dei Verbum recuerda este hecho con las siguientes palabras: ´El Santo Sínodo profesa que el hombre puede conocer ciertamente a Dios con la razón natural por medio de las cosas creadas´ (Dei Verbum, 6).
El Vaticano II se remite aquí a la doctrina expuesta con amplitud por el Concilio anterior, el Vaticano I. Es la misma de toda la Tradición doctrinal de la Iglesia que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento.

2. Un texto clásico sobre el tema de la posibilidad de conocer a Dios -en primer lugar su existencia- a partir de las cosas creadas, lo encontramos en la Carta de San Pablo a los Romanos: . lo cognoscible de Dios es manifiesto a ellos, pues Dios se lo manifestó; porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables´ (Rom 1, 19-21). Aquí el Apóstol tiene presentes a los hombres que ´aprisionan la verdad con la injusticia´ (Rom 1,19). El pecado les impide dar la gloria debida a Dios, a quien todo hombre puede conocer. Puede conocer su existencia y también hasta un cierto grado su esencia, perfecciones y atributos. En cierto sentido Dios invisible ´se hace visible en sus obras´.
En el Antiguo Testamento, el libro de la Sabiduría proclama la misma doctrina del Apóstol sobre la posibilidad de llegar al conocimiento de la existencia de Dios a partir de las cosas creadas. La encontramos en un pasaje algo más extenso que conviene leer entero:
´Vanos son por naturaleza todos los hombres, en quienes hay desconocimiento de Dios,/ y que a partir de los bienes visibles son incapaces de ver al que es,/ ni mediante la consideración de sus obras conocieron al artífice.
Sino que al fuego, al viento, al aire ligero,/ o al círculo de los astros, o al agua impetuosa,/ o a las lumbreras del cielo tomaron por dioses rectores del universo.
Pues si, seducidos por su hermosura, los tuvieron por dioses,/ debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos,/ pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas.
Y si se admiraron del poder y de la fuerza,/ debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador.
Pues en la grandeza y hermosura de las criaturas,/ por analogía se puede Contemplar a su Hacedor original.
Pero sobre éstos no cae tan grande reproche,/ pues por ventura yerran/buscando realmente a Dios y queriendo hallarle.
Y ocupados en la investigación de sus obras,/ a la vista de ellas se persuaden de la hermosura de lo que ven, aunque no son excusables.
Porque si pueden alcanzar tanta ciencia/ y son capaces de investigar el universo,/ cómo no conocen más fácilmente al Señor de él?´ (Sab 13, 1-9).
El Pensamiento principal de este pasaje lo encontramos también en la Carta de San Pablo a los Romanos (1, 18-21): Se puede conocer a Dios por sus criaturas; para el entendimiento humano el mundo visible constituye la base de la afirmación de la existencia del Creador invisible. El pasaje del libro de la Sabiduría es más amplio. En él polemiza el autor inspirado con el paganismo de su tiempo que atribuía a las criaturas una gloria divina. A la vez nos ofrece elementos de reflexión y juicio que pueden ser válidos en toda poca, también en la nuestra. Habla del enorme esfuerzo realizado para conocer el universo visible. Habla asimismo de los hombres que ´buscan a Dios y quieren hallarle´. Se pregunta por qué el saber humano que consigue ´investigar el universo´ no llega a conocer a su Señor. El autor del libro de la Sabiduría, al igual que San Pablo más adelante, ve en ello una cierta culpa. Pero convendrá volver de nuevo a este tema por separado.
Por ahora preguntémosnos también nosotros esto: ¿Cómo es posible que el inmenso progreso en el conocimiento del universo (del macrocosmos y del microcosmos), de sus leyes y avatares, de sus estructuras y energías, no lleve a todos a reconocer al primer Principio sin el que el mundo no tiene explicación?. Hemos de examinar las dificultades en que tropiezan no pocos hombres de hoy. Hagamos notar con gozo que, sin embargo, son muchos también hoy los científicos verdaderos que en su mismo saber científico encuentran un estímulo para la fe o, al menos, para inclinar la frente ante el misterio.

3. Siguiendo la Tradición que, como hemos dicho, tiene sus raíces en la Sagrada Escritura del Antiguo y Nuevo Testamento, en el siglo XIX, durante el Concilio Vaticano I, la Iglesia recordó y confirmó esta doctrina sobre la posibilidad de que está dotado el entendimiento del hombre para conocer a Dios a partir de las criaturas. En nuestro siglo, el Concilio Vaticano II ha recordado de nuevo esta doctrina en el contexto de la Constitución sobre la revelación divina (Dei Verbum ). Ello reviste suma importancia.
La Revelación divina constituye de hecho la base de la fe: del ´creo´ del hombre. Al mismo tiempo, los pasajes de la Sagrada Escritura en que está consignada esta Revelación, nos enseñan que el hombre es capaz de conocer a Dios con su sola razón, es capaz de una cierta ´ciencia´ sobre Dios, si bien de modo indirecto y no inmediato. Por tanto, al lado del ´yo creo´ se encuentra un cierto ´yo sé ´. Este ´yo sé ´ hace relación a la existencia de Dios e incluso a su esencia hasta un cierto grado. Este conocimiento intelectual de Dios se trata de modo sistemático en una ciencia llamada ´teología natural´, que tiene carácter filosófico y surge en el terreno de la metafísica, o sea, de la filosofía del ser. Se concentra sobre el conocimiento de Dios en cuanto Causa primera y también en cuanto Fin último del universo.

4. Estos problemas y toda la amplia discusión filosófica vinculada a ellos, no pueden tratarse a fondo en el marco de una breve instrucción sobre las verdades de la fe. Ni siquiera queremos ocuparnos con detenimiento de las ´vías´ que conducen a la mente humana en la búsqueda de Dios (las cinco ´vías´ de Santo Tomás de Aquino). Para nuestra catequesis de ahora es suficiente tener presente el hecho de que las fuentes del cristianismo hablan de la posibilidad de conocer racionalmente a Dios. Por ello y según la Iglesia todo nuestro pensar acerca de Dios sobre la base de la fe tiene también carácter ´racional´ e ´intelectivo´. E incluso el ateísmo queda en el círculo de una cierta referencia al concepto de Dios. Pues si de hecho se niega la existencia de Dios, debe saber ciertamente de Quien niega la existencia.
Claro está que el conocimiento mediante la fe es diferente del conocimiento puramente racional. Sin embargo, Dios no podía haberse revelado al hombre si éste no fuera capaz por naturaleza de conocer algo verdadero a su respecto. Por consiguiente, junto y más allá de un ´yo sé ´, propio de la inteligencia del hombre, se sitúa un ´yo creo´, propio del cristiano: en efecto, con la fe el creyente tiene acceso, si bien sea en la oscuridad, al misterio de la vida íntima de Dios.

Una verdad fundamental

Templos vivos del Espíritu Santo

P. Jason Jorquera M., Monje IVE.

La noción de templo

maxresdefault (1)Decía el santo cura de Ars en un sermón de Jueves Santo: «Guardémonos de hacer como aquellos impíos que no muestran el menor respeto a los templos, tan santos, tan dignos de reverencia, tan sagrados por la presencia de Dios hecho hombre, que día y noche mora entre nosotros[1]… un templo es un lugar que se ha constituido específicamente como sagrado y destinado para dar culto a Dios, y por lo tanto, merece el mayor de los respetos por parte de los hombres.

Todas las religiones, incluyendo al pueblo elegido, han tenido su culto ligado necesariamente a un lugar, porque es una exigencia natural del hombre que está formado de alma y cuerpo y, en consecuencia, expresa también exteriormente el culto que brota de su alma, y para esto es necesario hacerlo en un lugar.

La idea del “templo”, ya desde la antigüedad, tiene que ver con el reunirse de los fieles para la oración. Por lo tanto significa un lugar de encuentro entre quienes rinden un mismo culto a un ser superior. Pero este espacio sagrado en el que los fieles son convocados por Dios para la celebración litúrgica, pertenece al Señor, por eso se dice también que es un lugar “señorial” y, por consiguiente, digno del mayor de los respetos. Así lo entendió de hecho siempre el pueblo elegido y fue allí, en el templo, en donde rendían a Dios el culto de adoración.

 Pero resulta que un día apareció el Mesías esperado y afirmó que “llegaba la hora (y ya estamos en ella) en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23); y esta promesa se cumplió fielmente a partir del envío del Espíritu Santo en Pentecostés, momento en el que Dios inauguró su nuevo culto que no está ya ligado exclusivamente a un lugar o pueblo determinado, sino que se ha vuelto universal y accesible para todo el mundo, como leemos en la profecía del profeta Malaquías: “desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura”. (Mal 1, 11). En definitiva, debemos decir que “el templo” es el lugar propio del encuentro con Dios… eso es lo esencial y la esencia de las cosas no puede cambiar.

Ante esta realidad del templo como lugar del encuentro y culto a Dios, el pueblo elegido, en tiempos de Jesucristo, se podría haber preguntado acerca del modo en que el “nuevo Israel” pudiera participar del mismo culto, pues a partir de Jesucristo “la Buena Nueva” se convirtió en un llamado universal, porque la Iglesia invita a todos los hombres y mujeres del mundo a formar parte del cuerpo místico, de hecho eso significa la palabra católica, “universal”. Y luego nos preguntamos: ¿Cómo sería posible que el templo siguiera siendo el lugar del culto si todo el mundo comenzaba a formar parte de él?; una vez más Jesucristo nos trae la solución:

Hemos dicho que a partir del envío del Espíritu Santo los creyentes comienzan a adorar en Espíritu y en Verdad. Pero no acaba aquí la novedad, porque a partir del nacimiento de la Iglesia Católica, apostólica y Romana, los fieles reciben un don de Dios que se llama “gracia divina”, mediante la cual Dios mismo entra a habitar en los corazones que la han recibido y no la han expulsado por el pecado mortal, y entonces toda alma en gracia se convierte así en verdadero templo del Espíritu Santo…, de ahí que san Pablo escribiera a los Corintios: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (1Cor 6,19).

Y pasamos así a la afirmación fundamental que movió este escrito: Nosotros somos verdaderamente templos del Espíritu Santo por la gracia.

Nosotros como templo

pentecostes_blogAplicando lo anteriormente dicho respecto a la noción de “templo” pero ahora a nosotros, podemos sacar no pocas consecuencias si consideramos que nuestro cuerpo está animado por un alma inmortal, creada por Dios y que es en todo el hombre (cuerpo y alma), que Dios habita de un modo misterioso pero real mediante la gracia.

Mencionamos algunas de estas consecuencias:

1º)  El hombre y la mujer, por la gracia, se convierten en algo sagrado: Esto lo explica claramente el Conc. Vat. II. Cuando afirma: «Los bautizados, en efecto, son consagrados [constituidos como algo sagrado, algo que pertenece a Dios] por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual…»[2]

2º)  Siempre podremos encontrar a Dios dentro de nosotros mismos: San Agustín en su libro de las “confesiones”, explica cómo buscaba a Dios en la sabiduría del mundo y no podía hallarlo, y sin embargo, como dirá también la santa de Ávila siglos más adelante, finalmente lo descubrió dentro de sí mismo. Y lo cuenta así:

«¡Pobre infeliz de mí!, ¡por qué grados fui cayendo hasta dar en el profundo abismo en que me veía! Porque yo, Dios mío (a quien confieso todas mis miserias, pues tuvisteis piedad de mí antes que yo pensase confesároslas),con mucha fatiga y ansia, por hallarme tan falto de la verdad, os buscaba, Dios mío, con los ojos y demás sentidos de mi cuerpo, y no con la potencia intelectiva, en que Vos quisisteis que me distinguiese y aventajase a los irracionales, siendo así que Vos estabais más dentro de mí que lo más interior que hay en mí mismo, y más elevado y superior que lo más elevado y sumo de mi alma[3] Esto es lo que explicará santa Teresa en el libro de las moradas: Dios habita en las séptimas moradas que se encuentran en lo más profundo de nosotros, es decir, en lo más interior del alma.

 3º)  Debemos ofrecerle a Dios una morada digna: ¿qué significa esto?, significa que nuestro cuerpo también es digno de respeto, no tan sólo por parte de los demás sino también de parte nuestra; esto quiere decir que todo aquello que ofenda a nuestro cuerpo se convierte también en una ofensa a Dios, como por ejemplo el maltrato, el exponerse al peligro, el perjudicarse la salud mediante los desórdenes en la comida y la bebida, los excesos malsanos; emplear los labios en la mentira, en los insultos, o entregar el cuerpo a la impureza, a la violencia; o peor todavía a la indecencia, la falta de pudor, y más grave aún si esto provoca escándalo (escándalo no significa aquí dejar a alguien pasmado o admirado por nuestra mala conducta, sino que quiere decir inducir a otro a pecar, eso es pecar de escándalo y ese pecado hoy en día, desgraciadamente, es muy común); en definitiva, todo aquello rebaje la dignidad de nuestro cuerpo.

Pero tampoco olvidemos  que este cuerpo tiene un alma dada por Dios, y esto también implica que nuestra alma la podemos ir hermoseando para Dios (es decir, hacerla más digna) mediante las virtudes. Por esto escribía san Pablo a los efesios: “Así pues, os exhorto yo, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad.” (Ef 4, 1), porque lo único capaz de hermosear el alma de una persona son las virtudes… porque la hacen más parecida a Jesucristo, el Hijo amado del Padre[4].

4º)  Como Dios se vuelve verdadero huésped del hombre por la gracia, Él jamás lo abandonará a menos que éste lo eche fuera: respecto a esto escribía Don Bosco: “Dos cosas temo: el pecado mortal que da la muerte al alma y la muerte corporal que sorprenda a quien se encuentra en desgracia de Dios.”

Cuando una persona que está en gracia comete un pecado mortal, lo que hace es destruirse él mismo en cuanto templo, porque lo ensucia, lo corrompe y lo derrumba…, y entonces ya Dios no tiene más ese lugar para morar y necesariamente se tiene que ir, no porque Él quiera, sino porque el que peca es quien lo echa de sí. De aquí la necesidad de ser fieles a la vida de la gracia.

Conclusión

Decía Orígenes: “Por esto se considera el cuerpo del Señor como un templo, porque así como el templo contenía la gloria de Dios, que habitaba en él, así el cuerpo de Jesucristo, representando a la Iglesia, contiene al Unigénito, que es la imagen y la gloria de Dios.”

 Nosotros sabemos que por la gracia comenzamos a tomar parte de la filiación divina, es decir, nos hacemos verdaderos hijos de Dios y en consecuencia, al igual que Jesucristo, verdaderos templos de la gloria del Padre. Pidamos siempre la gracia de poder tomar conciencia de lo que significa ser templos vivos del Dios vivo; como dice san León Magno: «Si somos templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, es mucho más lo que cada fiel lleva en su interior que todas las maravillas que contemplamos en el cielo.»[5]

A.M.D.G.

[1] San Juan María Vianney, Sermón sobre el jueves Santo

[2] Lumen Gentium, 10

[3] San Agustín, Confesiones, Cap. VI

[4] Cf. Mt 3,17; 17,5; 2Pe 1,17, etc.

[5] San León Magno, Sermón 7, sobre la Natividad.