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La luz que alumbra a todo hombre

De los escritos de San Máximo el Confesor, abad

(Cuestiones a Talasio)

La luz que alumbra a todo hombre. Cuestión 63
La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

Él, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, la cual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

A pesar de todo, siempre vuelven a sonreír…

Reflexión dedicada a los feligreses de la Parroquia de la Sagrada Familia, en Gaza

Una de aquellas frases sueltas que recuerdo de mi infancia, entre tantas otras, es aquella que dice que “los niños son como esponjas”, es decir, que aprenden con prontitud; ya que, al estar en desarrollo, todo en ellos va creciendo o se está formando: el cuerpo, el conocimiento, el carácter, los hábitos, dones, etc. Y es por esta razón que decimos que los niños están en un proceso. Y es de vital importancia especialmente para los padres moldearlos de la mejor manera posible, para lo cual se requiere cariño, atención, paciencia, palabras, ejemplos, etc. “Ejemplos”, qué fundamentales son los ejemplos, “porque arrastran”, porque confirman la enseñanza o la destrozan, porque revelan si el formador es coherente o mendaz, porque pueden encaminar un alma al Cielo o torcerle el camino hacia la perdición. Sí, hay que darles buenos ejemplos a los niños; “educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, dice la frase atribuida a Pitágoras, y educar y guiar corresponde normalmente a los más grandes, a “los que saben porque ya aprendieron”. Pero esto no es absoluto… ya que también los niños pueden -y, de hecho, muchas veces lo hacen- darnos ejemplos a nosotros, los más grandes, los que estudiamos y tenemos experiencia, los que por oficio o profesión debemos enseñar; pero sí, también nosotros podemos aprender de ellos tantas cosas -o “recordar” tal vez, podríamos decir; reconsiderar, examinar, etc.-; como la prontitud en perdonar y no guardar rencor, o la inocencia y sencillez para aceptar la verdad, y hasta la capacidad tan notable que suelen tener para hacer nuevos amigos con presteza. Todo esto lo sabemos bien, no es nada nuevo, no hay originalidad en lo escrito hasta ahora, pero quería citarlo a modo de introducción para llegar al punto que, en esta oportunidad, quisiera compartir; y me refiero a un ejemplo muy concreto, y de un lugar muy específico, en una comunidad que lleva el maravilloso nombre que también titula nuestro monasterio: Sagrada Familia, la Parroquia católica de la Sagrada Familia en Gaza; conocida seguramente por todos nosotros gracias a las noticias diarias que nos han acompañado a lo largo de la guerra en esta parte del mundo y que, por aquellos lados, ha sido terriblemente devastadora, y cuyas consecuencias seguirán sólo Dios sabe hasta cuándo…

Queridos lectores, en esta oportunidad les comparto un sencillo pensamiento y reflexión que ha surgido, precisamente, a lo largo de estos últimos años, en que los sagrarios de todo el mundo, pero especialmente los de aquí en Medio Oriente, han sido testigos de las abundantes y constantes oraciones pidiendo en favor de la paz, así como de uno de los milagros más hermosos -a mi parecer-, que se han dejado ver como la flor entre las cenizas; como esa lejana luz del faro que en medio de la tormenta se roba toda la atención y guía lleno de esperanza; en fin, como una palabra de aliento en la aridez más profunda, pero de esas palabras que cambian el ambiente y saben hacernos sacar fuerzas desde donde antes no las había. “Algo así” han sido para mí las sonrisas de los niños y feligreses de la parroquia de la Sagrada Familia; nuestros hermanos en la fe; quienes al abrigo misterioso de la Divina Providencia, y asistidos por nuestros padres y hermanas entregados a tan especial misión, sin embargo, a pesar de haber vivido entre constantes explosiones, inmersos en la más terrible incertidumbre de no saber hasta cuándo se encontrarían con vida, sufriendo y viendo sufrir, y dejando de ver a quienes partieron antes que ellos hacia la eternidad; y entre noches sin dormir, y habitaciones y camas improvisadas, y entre todo lo demás, tan terrible como sabemos (y miramos a la distancia), asombrosa y ejemplarmente, a pesar de todo -repetimos-, siempre vuelven a sonreír.

Me detengo especialmente en los más pequeños, aquellas almas inocentes que tantas veces en lugar de un parque de juegos no contaron más que con un espacio entre los demás refugiados para jugar… y todavía pueden jugar. Niños que, en la más tierna edad tuvieron que vivir cosas que nosotros quizás jamás veremos, y asumir pérdidas que nosotros recién de adultos hemos sufrido; corazones cuyo entorno gris no ha podido apagar el colorido de sus sonrisas ni los cantos de sus voces, ¡oh!, ¡cómo me enternecen sus cantos a la Virgen! Ojo que no estamos negando sus sufrimientos, que a pesar de ser ellos pequeños éstos son grandes y mucho, o no; ellos sufren más que nosotros, pero saben sufrir mejor que muchos de nosotros -al menos hablo por mí.; pues sufren abrazados a la Cruz y no renegando de ella, ¡niños tan pequeños y de ejemplos tan grandes!; a su corta edad ya han aprendido a ofrecer sus padecimientos con esperanza sobrenatural; a vivir con una fe probada en una tristemente variada gama de adversidades; a practicar la caridad fraterna y santa resignación de una manera admirable.

Dejando de lado los rincones más profundos y exclusivos del alma, en los cuales solamente entra Dios, podemos ir poniendo cada uno de nuestros problemas junto a los de estos hermanos nuestros ejemplares, y veremos cómo van perdiendo fuerza y dimensiones; no que no sean tales necesariamente, pero sí que tenemos ejemplos tangibles de cómo han de padecerse ellos y seguir nosotros adelante en la vida espiritual. Tal vez estas hermosas sonrisas entre los escombros sean para ellos la antesala -sino la entrada-, o al menos la expresión de aquella verdad madura y profunda que los santos supieron comprender y que tan difícil nos resulta a nosotros mientras no emprendamos con grandísima y fiel determinación nuestra purificación, es decir, mientras no pasemos por las noches del alma con que Dios nos quiere purificar para hacernos menos carnales y más espirituales: la alegría de la cruz; la eficacia de la cruz, la bendición que es la cruz, el camino que es la cruz, la fecundidad de la cruz y la santificación que se haya en la cruz; no, claro, por el sufrimiento mismo que ésta lleva consigo, sino por todos estos bienes que ella nos ofrece y nos alcanza si aprendemos a abrazarla como Jesucristo nuestro Señor lo quiere: suavizando el yugo y aligerando su carga en la medida de nuestra santa aceptación y ofrecimiento, amando en ella a nuestro Dios crucificado, y viendo en Él mismo, el primero de todos y el ejemplo sublime, la manera amorosa de llevarla.

Recordemos aquí la conocida reflexión de san Alberto Hurtado acerca del valor de una sonrisa. Escribía el santo: “¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás”.[1] Dice el santo al principio que “no cuesta nada pero vale mucho”; no cuesta en cuanto a que no hay que pagar por ella monetariamente hablando, pero al mismo tiempo “vale mucho”, a su vez, en la medida que se haya tenido que abrir paso entre las tristezas, las arideces, el arrepentimiento, los escombros o las cenizas… tal vez por esta razón las sonrisas de estos niños y feligreses nos parecen de un valor inmensurable, imposible de llegar a conocer en profundidad, porque eso le corresponde solamente a Dios, el mismo que en sus secretos y profundísimos designios los sostiene en el dolor, los levanta de la frustración, los guía con esperanza sobrenatural en medio de las tinieblas, y les ha concedido la perseverancia en la dureza de las pruebas que implica la guerra.

Aprendamos a seguir el ejemplo que nos dan nuestros hermanos más probados en la fe, especialmente de los pequeños de alma grande, de los que lloran pero serán consolados, de los artífices de paz que no saben de rencores; de los pobres -y no sólo de espíritu- que poseen las llaves del Reino de los Cielos; de los afligidos que serán consolados; en fin, de los feligreses que aun en medio de sus arduos sufrimientos y el entorno catastrófico en que han sabido forjar y mantener un verdadero oasis espiritual en torno al Sagrario, a pesar de todo siempre vuelven a sonreír.

P. Jason Jorquera M., IVE.

[1] San Alberto Hurtado S.J.; extracto del capítulo diez de su libro “Humanismo Social”

Jesús, su vida en la Iglesia y en el alma fiel

De las meditaciones escritas en Nazaret

San Charles de Foucauld

Mi Señor Jesús: Vos estáis «con nosotros hasta la consumación de los siglos», no solamente en la Santa Eucaristía, sino también por medio de vuestra gracia… Vuestra gracia existe y vive en la Iglesia al igual que en toda alma fiel… La Iglesia es vuestra Esposa, el alma fiel lo es asimismo…
¿Cuál «es la acción de vuestra gracia en ella?… Hacerla semejante a Vos… Vuestra gracia obra sin cesar en la Iglesia para hacerla más perfecta: más perfecta por el número creciente de sus santos; los nuevos se añaden incesantemente a los antiguos, y esta corona de santos se completa cada día con nuevos diamantes; más perfecta, por la explicación cada vez mayor de sus dogmas, por la organización más completa de su liturgia, su disciplina; por las nuevas cruces que Vos la cargáis cada día y las victorias que diariamente obtiene contra el príncipe de este mundo; por las persecuciones que soporta a través de los siglos y que la vuelven, por los sufrimientos, cada vez más parecida a su Esposo; más perfecta, por el peso de los méritos de sus miembros, añadiéndose a los de la víspera; ésa es una suma creciente de santidad incesante, una nueva suma de glorificación de Dios, añadiéndose a la antigua, que está viva delante del Señor; más perfecta, por la multitud de Sacrificios, Tabernáculos, Comuniones, donde Jesús está cada día ofrecido por la tierra a Dios, uniendo las nuevas ofrendas a las antiguas; porque la gracia acumulada a la de ayer no puede dejar de hacer subir a esta Esposa de escalón en escalón hasta más cerca de su Esposo; Jesús es el alma de la Iglesia; Él la da todo lo que el alma da al cuerpo: la vida. La vida inmortal, volviéndola inconmovible; la luz, haciéndola infalible en la declaración de la vendad; obra por ella misma, y continúa por su mediación la obra comenzada en su cuerpo mientras Él vivía entre los hombres; la glorificación de Dios para la santificación de los hombres.., Esta obra es el fin de la Iglesia, como ella fue la de Cristo:
Jesús la cumple en ella, a través de los siglos…
Señor mío: Vos habitáis en el alma fiel: «Vendremos a ella y haremos nuestra morada»; Vos convertido como en el alma de esta alma; vuestra gracia la sostiene totalmente, ilumina su inteligencia, dirige su voluntad; no es ella la que obra, sois Vos, que obráis en ella… Vos le dais la vida, la vida de gracia, semilla de la vida de gloria, con una abundancia creciente; Vos le dais la verdad; Vos la establecéis, le dais el gusto, le abrís los ojos, le hacéis ver las cosas bajo la mirada de la fe; Vos la ponéis así en la luz divina, bien alta, por encima de las tinieblas del mundo; continuáis en ella vuestra obra… El fin de cada hombre, como el fin de la Iglesia, como vuestro propio fin, mi Señor Jesús, es la glorificación de Dios, es decir, la manifestación exterior de su gloria y la santificación de los hombres… Vos nos amáis; cuanto más perfectos seamos nosotros, más seréis Vos consolado; debemos desear consolaros lo más posible puesto que Vos ordenáis que os amemos con todas nuestras fuerzas; debemos desear ser lo más perfectos posible… Convertid, pues, nuestros pensamientos, palabras y acciones conformes con los vuestros, conformes a lo que Vos haríais; vivid en nosotros, reinad en nosotros, que no seamos nosotros los que vivimos, sino que seáis Vos. Dios mío, el que viváis en nosotros y que, sirviéndoos de nuestro cuerpo y alma, que os hemos entregado sin reservas, continuéis por medio de ellos vuestra vida y obra en este mundo, la glorificación de Dios y la salvación de los hombres en la medida en que lo habéis decretado Vos mismo en vuestros designios eternos, en Vos, por Vos y para Vos. Amén. Amén. Amén.

Jesús en la santa Eucaristía

De los escritos de san Charles de Foucauld

¡Mi Señor Jesús, Vos estáis en la Santa Eucaristía! ¡Vos estáis ahí, a un metro de mí, en ese Tabernáculo! ¡Vuestro Cuerpo, vuestra Alma, vuestra Humanidad, vuestra Divinidad, vuestro Ser enteramente está ahí, en su doble Naturaleza! ¡Qué cerca, Dios mío, mi Salvador, Jesús mío, mi Hermano, mi Esposo, mi Bienamado!… ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen durante los nueve meses que ella os llevó en su seno que lo estáis de mí cuando os depositáis sobre mi lengua en la Comunión! ¡Vos no estabais más cerca de la Santa Virgen y de San José en la gruta de Belén, en la casa de Nazaret, en la huida a Egipto, durante todos los instantes de aquella divina vida de familia, que lo estáis de mí en este momento y tan frecuentemente en este Tabernáculo! ¡Santa Magdalena no estaba más próxima a vuestros pies en Betania que lo estoy yo al pie de este altar! ¡Vos no estabais más cerca de los Apóstoles cuando estabais sentado en medio de ellos que lo estáis de mi alma, Dios mío!… ¡Qué dichoso soy! Estar solo en mi celda y conversar con Vos en el silencio de la noche es agradable, Señor mío, y Vos estáis ahí como Dios, así como por medio de vuestra gracia; sin embargo, quedarme en mi celda cuando podría estar delante del Santo Sacramento, es hacer como si Santa Magdalena, cuando estabais en Betania, os dejase solo…, para ir a pensar en Vos, sola en su habitación… Besar los lugares que habéis santificado en vuestra vida mortal, las piedras de Getsemaní y del Calvarlo, el suelo de la Vía Dolorosa, las olas del mar de Galilea, es dulce y piadoso, Dios mío; pero preferir esto a vuestro Tabernáculo es separarme de Jesús vivo a mi lado, dejarle solo e irme solitario a venerar piedras muertas donde Él no está; es dejar la habitación donde Él está y su divina compañía, para ir a besar el suelo de una habitación donde Él estuvo, pero en donde ahora no está… Dejar el Tabernáculo para ir a venerar las estatuas, es dejar a Jesús vivo cerca de mí e ir a otra habitación para saludar a su retrato…

Cuando se ama, ¿no encontramos perfectamente empleado todo el tiempo pasado al lado del amado? ¿No es éste el tiempo mejor empleado, salvo aquel donde la voluntad, el bien, del ser amado nos llama por otra parte?

«Allí donde está la Santa Hostia está Dios vivo; es tu Salvador, tan real como cuando Él vivía y hablaba en Galilea y en Judea, y como está ahora en el cielo… No pierdas jamás una Comunión por tu culpa: una Comunión es más que la vida, más que todos los bienes del mundo, más que el universo entero; es Dios mismo, soy Yo, Jesús. ¿Puedes preferir cualquier otra cosa? ¿Puedes, si me amas aunque sea poco, perder voluntariamente la gracia que Yo te hago de entrar en ti? ¡Ámame con toda la profundidad y toda la sencillez de tu corazón!…»

BAUTISMO DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas, en este día celebramos litúrgicamente la fiesta del Bautismo del Señor. Celebramos la fiesta que cierra el tiempo de Navidad, propuesta por la Iglesia justamente después de la Solemnidad de la Epifanía, fiesta de la manifestación del Señor. San Juan Crisóstomo decía que, en la Epifanía, donde escuchamos este año la manifestación de Cristo a los Reyes Magos, tenemos una manifestación más reservada; y hoy, en la fiesta del Bautismo del Señor, se da como una segunda manifestación, (pero) una manifestación al público.

Pues bien, el evangelista hoy nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre Él. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el Evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús: “Tú eres mi Hijo amado” (Lc 3,22). En nuestro bautismo, el Padre celestial repitió también estas palabras refiriéndose a cada uno de nosotros. Dijo: “Tú eres mi Hijo”. En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la Santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por eso el bautismo debe administrarse en nombre de la Santísima Trinidad. Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que todos nosotros renacemos como Hijos de Dios. De hijos de padres humanos, nos convertimos también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

El Apóstol San Pablo, cuándo escribe a Tito, dice que: Él nos salvó “según su misericordia, por medio del baño de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo” (Tt 3,5). ¡Un baño de regeneración! El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no es algo que se refiera solamente al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y pasa a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad.

El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia, el agua se convierte en símbolo del seno materno de la Iglesia.

En Tertuliano, un escritor eclesiástico del siglo III, se encuentran estas sorprendentes palabras: “Cristo nunca está sin agua”. Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre Celestial, pero en esta familia que Él constituye existe también una madre, la Madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como Madre. Así, de nuevo vemos cómo el cristianismo no es solamente una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como Hijos de Dios, del Dios trino, es a su vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y solamente podemos decir “Padre nuestro”, dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo, si como hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el “nosotros” de la familia de Dios.

Pero ahora debemos recordar las palabras del Evangelio, donde Juan Bautista dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo (…) Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta: ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo junto con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era solo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos solamente nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo es Dios mismo quien actúa mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no solamente nosotros.

Pero naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa solamente con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, que ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el “sí” que confiere eficacia a la acción divina.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendémonos, para que María vele por todos nosotros y nos acompañe siempre, para que se realice plenamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

¡Así sea!

P. Harley Carneiro, IVE

Jesús, su vida oculta

Jesús mío, que estáis tan cerca de mí, inspiradme lo que es necesario que yo piense de vuestra vida oculta…

San Carlos de Foucauld

«Él descendió con ellos y fue a Nazaret y les estaba sujeto»… Él descendió, se hundió, se humilló… Esto es, fue una vida de humildad: Dios, Vos aparecéis como un Hombre; Hombre, Vos os habéis hecho el último de los hombres; esto fue, una vida de abyección, hasta el último de los puestos; Vos descendisteis con ellos para vivir su vida, la vida de los pobres obreros, viviendo de su trabajo; vuestra vida fue como la suya, pobreza y trabajo; ellos vivían oscuramente, Vos vivisteis en la penumbra de su oscuridad. Fuisteis a Nazaret, pequeña ciudad perdida, oculta en la montaña, de donde «nada de bueno salía», según se decía; esto era el retiro, el alejamiento del mundo y de las capitales. Vos vivisteis en este retiro…

 

Vos estabais sometido, sometido como un hijo lo está a su padre y a su madre; esto era una vida de sumisión, de sumisión filial; obedecíais en todo lo que obedece un buen hijo. Si un deseo de vuestros padres no estaba de acuerdo con la vocación divina que Vos teníais, no le cumplíais. Vos

obedecíais «a Dios antes que a los hombres», como cuando os quedasteis tres días en Jerusalén; pero, salvo el caso en que la vocación que teníais pedía que nos os prestaseis a sus deseos, os entregabais en todo, siendo el mejor de los hijos, y, por consiguiente, no solamente obediente a sus menores deseos, sino previéndolos, haciendo todo lo que pudiera causarle un placer, consolándolos, haciéndoles la vida dulce y agradable, procurando con todo el corazón hacerles dichosos, siendo el hijo modelo y teniendo todas las atenciones posibles para con vuestros padres, en la medida, bien entendido, que permitía vuestra vocación… Pero ésta era la de ser perfecto, y Vos no podíais dejar de serlo, ¡oh Hijo eterno, oh Hijo de Dios! También durante esos treinta años fuisteis el Hijo más tierno, previsor, sumiso, amable y consolador, causando el mayor placer posible a vuestros padres, ayudándoles, sosteniéndoles, animándoles en su trabajo cotidiano, tomando para Vos la mayor parte posible para permitirles descansar, no contradiciéndoles jamás, a menos que una necesidad para la mayor gloria de Dios lo exigiera, y entonces, ¡con qué dulzura, bondad y ternura lo hacíais, que volvía la contradicción más dulce que una aquiescencia y la hacía ser como un rocío celestial, teniendo todas las atenciones, gracias, delicadezas, previsiones, las amabilidades que hacen la vida tan dulce cuando están hechas por una hermosa alma!… No omitiendo nada de lo que pudiera consolar a vuestros padres y hacer de su casita lo que ella era: un Cielo…

¡He aquí lo que fue vuestra vida en Nazaret, aquí, puesto que yo tengo la infinita dicha, la gracia incomparable de vivir en este Nazaret querido! ¡Gracias, gracias! Vuestra vida era la de un hijo modelo, viviendo entre un padre y una madre pobres obreros. Esto era la mitad de vuestra vida, la que mira a la tierra, aun esparciendo sobre la tierra un perfume celeste… Esto era la parte visible. La parte invisible era la vida en Dios, la contemplación en todos los instantes. Vos trabajabais, consolabais a vuestros padres, os entreteníais ternísimamente y santamente con ellos, orabais con ellos durante el día…, pero ¡cómo oraríais también en la soledad, en las tinieblas de la noche; cómo vuestra alma se exhalaba en silencio!… Siempre, siempre oraríais, oraríais en todos los instantes, pues orar es estar con Dios, y Vos sois Dios; pero cómo vuestra alma humana prolongaba esta contemplación durante las noches, cómo durante todos los instantes del día, ¡ella se unía a vuestra divinidad!… ¡Cómo vuestra vida sería un derramamiento continuo en Dios, una mirada continua hacia Dios; contemplación constante de Él en todos vuestros instantes!… ¿Y qué era esta oración que constituía la mitad de vuestra vida en Nazaret? Era, primero y sobre todo, la adoración, es decir, la contemplación, la adoración muda, que es la más elocuente de las alabanzas Tibi silentium laudis esta nueva admiración, que encierra la más apasionada de las declaraciones de amor, como el amor de admiración es el más ardiente de los amores… Después, en segundo lugar y empleando menos tiempo, la acción de gracias, primeramente por la gloria de Dios, de éste que es Dios de todas las gracias concedidas a la tierra y a todas las criaturas; el grito de perdón por todos los pecados cometidos contra Dios, perdón por los que no lo piden; acto de contrición por el mundo entero, dolor de ver a Dios ofendido; la petición, petición de la gloria de Dios, que Dios sea glorificado por todas las criaturas, que su Reino llegue a ellas, que su Voluntad se haga en ellas, como entre los ángeles, y que estas pobres criaturas reciban, en lo espiritual y en lo temporal, todo lo que ellas tengan necesidad y sean al fin libradas de todo mal en este mundo y en el otro… Y que las gracias se derramen en particular, en abundancia, sobre aquellos que la Voluntad divina ha puesto cerca de Jesús, alrededor de Él: su madre, su padre, sus primos, amigos; las almas que le aman, aquellos que se ligan a Él…

FAMILIA, LUGAR DE PAZ

En el año 1979, en una solemnidad como la que celebramos hoy, san Juan Pablo II, polaco que hacía poco tiempo había asumido el gobierno de la Santa Iglesia, propuso al mundo una reflexión sobre esta hermosa fiesta de la Sagrada Familia. Decía él: “El Hijo de Dios vino al mundo de la Virgen cuyo nombre era María; nació en Belén y creció en Nazaret bajo la protección de un hombre justo llamado José.

Jesús fue desde el principio el centro del gran amor que llenaba y rodeaba siempre a la Sagrada Familia, lleno de solicitud y de afecto hacia el Niño Dios que acababa de nacer; fue su gran vocación; fue su inspiración; fue el gran misterio de su vida. En la casa de Nazaret: ‘crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres’ (Lc 2, 52). Fue obediente y sumiso, como debe ser un hijo con sus padres. Esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que Él vivió en la tierra y constituye, por tanto, el período más largo de esta total e ininterrumpida obediencia que tributó al Padre celestial. No son muchos los años que Jesús dedicó al servicio de la Buena Nueva y finalmente al Sacrificio de la Cruz.

Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de este divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo.”

San Pablo, en la segunda carta a los cristianos de Colosas, en la lectura que escuchamos hace poco, deseaba a los cristianos de esta ciudad que “la paz de Cristo reine en vuestros corazones”. La Iglesia nos introduce en un tema profundamente importante con estas dos conexiones: la fiesta de la Sagrada Familia y también este deseo de san Pablo de que, finalmente, reine la paz de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que nos da la paz, pero dijo que no la da como la da el mundo; su paz es diferente. Esta paz que viene de Cristo y que el Apóstol desea que reine en nuestros corazones es una paz que comienza, sobre todo, en el ambiente familiar.

La paz, según san Agustín, puede definirse como tranquillitas ordinis, es decir, la tranquilidad en el orden de todas las cosas. Todos los ambientes que nos rodean, cuando están bien ordenados, siguiendo una jerarquía de valores —los sobrenaturales por encima de los naturales, la fe sobre la razón, la razón sobre la animalidad, etc.—, cuando las cosas están así ordenadas, se puede decir que estamos en paz. Todo está sometido a aquello a lo que le corresponde estar sometido.

Dentro de la familia también debe existir este orden. En verdad, es en la familia donde se debe enseñar este orden, para que de ella salgan personas bien ordenadas, personas que busquen la paz y busquen instaurar la paz de Cristo en la sociedad.

San Pablo nos deja algunas indicaciones de este orden, de cómo debe ser dentro de la familia, cuando nos enseña que, en primer lugar, todo lo que hagamos debemos hacerlo en nombre del Señor Jesucristo. Luego advierte a las esposas que sean solícitas con sus maridos, como conviene en el Señor. Después advierte también a los maridos que amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas. A los hijos tampoco les falta un tirón de orejas: obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es bueno y correcto en el Señor. A los padres les dirige también palabras para enseñarles cómo deben comportarse con relación a sus hijos: no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen.

Este orden es algo establecido por Dios; es algo que Él, como Ser Supremo que pensó y quiso la familia desde toda la eternidad, busca honrar al padre en los hijos, como nos dice el libro del Eclesiástico en la primera lectura, y confirma sobre ellos la autoridad de la madre. Quien honra a su padre alcanza el perdón de los pecados, evita cometerlos y será escuchado en la oración cotidiana. Quien respeta a su madre es como alguien que acumula tesoros. Quien honra a su padre tendrá alegría con sus propios hijos, y el día en que ore será escuchado. Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien obedece al padre es el consuelo de su madre.

Después, ya al final de la primera lectura, el autor del Eclesiástico nos da una de las exhortaciones más hermosas de la Sagrada Escritura: “Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva.” ¡Ah, cuántas familias hoy en día se están desmoronando por falta de aplicación de este consejo! Cuántos padres y madres ancianos abandonados por aquellos por quienes dieron la vida, por quienes se desvivieron para criarlos y educarlos! Y el autor del Eclesiástico continúa: “Aunque pierda la lucidez, sé comprensivo con él; no lo humilles en ninguno de los días de su vida. La caridad hecha a tu padre no será olvidada, sino que servirá para reparar tus pecados…”

¿Y qué significa esto sino la aplicación de aquello que Nuestro Señor dejó como el mayor mandamiento dentro de la familia? ¿No fue Nuestro Señor Jesucristo quien nos dijo que el nuevo mandamiento que nos dejaba era este:  amaos los unos a los otros como yo os he amado”? ¿Y no debemos entonces aplicar este mandamiento en la familia en primer lugar? ¿No es esto lo que nos exhortan las lecturas y la liturgia de este día dedicado a la Sagrada Familia?

Esta paz de Cristo, que el Apóstol Pablo desea que reine en nuestros corazones, que la Iglesia busca y siempre ha buscado que reine en las familias y que actualmente se ve tan atacada, tan bombardeada y debilitada, brota de la verdadera caridad, brota de la caridad aplicada a los más cercanos, a los más próximos a nosotros: a los de nuestra casa. El Apóstol exhorta: “Pero, sobre todo, amaos los unos a los otros, pues el amor es el vínculo de la perfección.”

Esta exhortación no puedo dejar de dirigirla a cada uno de ustedes; no puedo ignorarla. El mismo san Pablo me exhorta a mí: “Instruíos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría.”

San Juan Pablo II, en esta reflexión que mencionaba al comienzo de esta homilía, decía que: “Efectivamente, la paz es signo del amor, es su confirmación en la vida de la familia. La paz es la alegría de los corazones; es el consuelo en la fatiga cotidiana. La paz es el apoyo que se ofrecen recíprocamente la mujer y el marido, y que los hijos encuentran en los padres y los padres en los hijos.”

Por eso tenemos la gran alegría de, desde lo profundo de nuestros corazones, como pedía san Pablo en la segunda lectura, cantar a Dios salmos, himnos y cánticos espirituales, en acción de gracias porque tenemos a la Sagrada Familia para imitar. Ustedes tienen a Jesús, María y José como modelo de este orden perfecto que debe ser seguido dentro del hogar y, a partir de ahí, procurar ordenar todos los demás aspectos de sus vidas y así alcanzar la paz de Cristo. En síntesis: lograrán la paz de Cristo amándoos los unos a los otros como Cristo los amó, dentro de vuestros hogares.

Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda en este día especial por todas las familias del mundo entero, especialmente por todos ustedes aquí reunidos en la presencia del Señor, para que alcancen la verdadera alegría que brota de la paz de Cristo que debe reinar en vuestra familia.

Ave Maria Puríssima.

P. Harley Carneiro, IVE

RECONOCE, CRISTIANO, TU DIGNIDAD – SAN LEÓN MAGNO

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la 
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua 
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de 
qué Cuerpo eres miembro.

San León Magno

Hoy, amadísimos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos.
No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la Vida,
disipando el temor de la muerte y llenándonos de gozo con la
eternidad prometida. Nadie se crea excluido de tal regocijo,
pues una misma es la causa de la común alegría. Nuestro
Señor, destructor del pecado y de la muerte, así como a nadie
halló libre de culpa, así vino a librar a todos del pecado. Exulte
el santo, porque se acerca al premio; alégrese el pecador,
porque se le invita al perdón; anímese el pagano, porque se le
llama a la vida.

Al llegar la plenitud de los tiempos (cfr. Gal 4, 4), señalada
por los designios inescrutables del divino consejo, tomó el Hijo
de Dios la naturaleza humana para reconciliarla con su Autor y
vencer al introductor de la muerte, el diablo, por medio de la
misma naturaleza que éste había vencido (cfr. Sab 2, 24). En
esta lucha emprendida para nuestro bien se peleó según las
mejores y más nobles reglas de equidad, pues el Señor
todopoderoso batió al despiadado enemigo no en su majestad,
sino en nuestra pequeñez, oponiéndole una naturaleza humana,
mortal como la nuestra, aunque libre de todo pecado.

No se cumplió en este nacimiento lo que de todos los demás
leemos: nadie está limpio de mancha, ni siquiera el niño que
sólo lleva un día de vida sobre la tierra (Job 14, 4-5). En tan
singular nacimiento, ni le rozó la concupiscencia carnal, ni en
nada estuvo sujeto a la ley del pecado. Se eligió una virgen de
la estirpe real de David que, debiendo concebir un fruto
sagrado, lo concibió antes en su espíritu que en su cuerpo. Y
para que no se asustase por los efectos inusitados del designio
divino, por las palabras del Ángel supo lo que en ella iba a
realizar el Espiritu Santo. De este modo no consideró un daño
de su virginidad llegar a ser Madre de Dios. ¿Por qué había de
desconfiar Maria ante lo insólito de aquella concepción, cuando
se le promete que todo será realizado por la virtud del Altísimo?
Cree Maria, y su fe se ve corroborada por un milagro ya
realizado: la inesperada fecundidad de Isabel testimonia que es
posible obrar en una virgen lo que se ha hecho con una estéril.

Asi pues, el Verbo, el Hijo de Dios, que en el principio estaba
en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas, y sin el
cual ninguna cosa ha sido hecha (cfr. Jn 1, 1-3), se hace
hombre para liberar a los hombres de la muerte eterna. Al tomar
la bajeza de nuestra condición sin que fuese disminuida su
majestad, se ha humillado de tal forma que, permaneciendo lo
que era y asumiendo lo que no era, unió la condición de siervo
(cfr. Fil 2, 7) a la que Él tenía igual al Padre, realizando entre las
dos naturalezas una unión tan estrecha, que ni lo inferior fue
absorbido por esta glorificación, ni lo superior fue disminuido
por esta asunción. Al salvarse las propiedades de cada
naturaleza y reunirse en una sola persona, la majestad se ha
revestido de humildad; la fuerza, de flaqueza; la eternidad, de
caducidad.

Para pagar la deuda debida por nuestra condición, la
naturaleza inmutable se une a una naturaleza pasible;
verdadero Dios y verdadero hombre se asocian en la unidad de
un solo Señor. De este modo, el solo y único Mediador entre
Dios y los hombres (cfr. 1 Tim 2, 5) puede, como lo exigía
nuestra curación, morir, en virtud de una de las dos naturalezas,
y resucitar, en virtud de la otra. Con razón, pues, el nacimiento
del Salvador no quebrantó la integridad virginal de su Madre. La
llegada al mundo del que es la Verdad fue la salvaguardia de su
pureza.

Tal nacimiento, carísimos, convenía a la fortaleza y sabiduría
de Dios, que es Cristo (cfr. 1 Cor 1, 24), para que en Él se
hiciese semejante a nosotros por la humanidad y nos
aventajase por la divinidad. De no haber sido Dios, no nos
habría proporcionado remedio; de no haber sido hombre, no
nos habría dado ejemplo. Por eso le anuncian los ángeles,
cantando llenos de gozo: gloria a Dios en las alturas; y
proclaman: en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad
(Lc 2, 14). Ven ellos, en efecto, que la Jerusalén celestial se
levanta en medio de las naciones del mundo. ¿Qué alegría no
causará en el pequeño mundo de los hombres esta obra
inefable de la bondad divina, si tanto gozo provoca en la esfera
sublime de los ángeles?

Por todo esto, amadísimos, demos gracias a Dios Padre por
medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa
misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros; y,
estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida en Cristo
(cfr. Ef 2, 5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una
nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo
con sus acciones (cfr. Col 3, 9) y renunciemos a las obras de la
carne, nosotros que hemos sido admitidos a participar del
nacimiento de Cristo.

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, pues participas de la
naturaleza divina (cfr. 2 Re 1, 4), y no vuelvas a la antigua
miseria con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de
qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado del
poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino y claridad de
Dios (cfr. Col 1, 13). Por el sacramento del Bautismo te
convertiste en templo del Espíritu Santo: no ahuyentes a tan
escogido huésped con acciones pecaminosas, no te entregues
otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la Sangre
de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará
conforme a la verdad. El cual con el Padre y el Espiritu Santo
reina por los siglos de los siglos. Amén.

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO – SAN CIRILO DE JERUSALÉN

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles.

San Cirilo de Jerusalén

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado.

Catequesis XV, 1-3 – San Cirilo de Jerusalén

EL ÁRBOL GENEALÓGICO DE JESÚS – FULTON SHEEN

La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. 

Fulton Sheen

Aunque su naturaleza divina procedía de la eternidad, su naturaleza humana tenía una base judía. La sangre que corría por sus venas era de la casa real de David, por medio de su madre, que, aunque pobre, pertenecía al linaje de aquel gran rey. Sus contemporáneos le llamaron el «hijo de David». El pueblo jamás habría consentido mirar como Mesías a ningún pretendiente que no cumpliera este requisito indispensable. Ni tampoco nuestro Señor desmintió nunca su origen davídico. Únicamente afirmó que su filiación davídica no explicaba las relaciones con que se hallaba unido al Padre en su persona divina.

Las primeras palabras del evangelio de Mateo sugieren la generación de nuestro Señor. El Antiguo Testamento empieza con la generación o génesis del cielo y de la tierra por medio de Dios, el cual creó todas las cosas. El Nuevo Testamento tuvo otra clase de génesis, en el sentido en que describe la creación nueva de todas las cosas. La genealogía que se da en dicho libro implica que Cristo era «un segundo Hombre», y no simplemente uno de entre tantos que habían surgido de Adán. Lucas, que dirigía su evangelio a los gentiles, remontó los ascendientes de nuestro Señor hasta el primer hombre, pero Mateo, que dirigía su evangelio a los judíos, lo presentó como el «hijo de David e hijo de Abraham». La diferencia entre la genealogía que presenta Lucas y la que presenta Mateo es debida al hecho de que Lucas, al escribir a los gentiles, ponía cuidado en dar la ascendencia natural; mientras que Mateo, al escribir a los judíos, puso claro empeñó en demostrar a los judíos que nuestro Señor era el heredero del reino de David. A Lucas le interesa el Hijo del hombre; a Mateo, el rey de Israel. De ahí que Mateo empiece así su evangelio:

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. (Mt 1, 1)

Mateo presenta las generaciones que van desde Abraham hasta nuestro Señor como si hubieran pasado a través de tres ciclos de catorce cada uno. Sin embargo, ello no representa una genealogía completa. Se mencionan catorce desde Abraham hasta David; catorce desde David hasta el cautiverio de Babilonia, y catorce desde el cautiverio de Babilonia hasta nuestro Señor. La genealogía desborda el fondo judío para incluir a unos pocos no judíos. Debió de haber alguna muy buena razón para ello, como debió de haberla para incluir a otros que no tenían la mejor reputación.

Una de estas personas fue la ramera Rahab, y otra fue Rut, que era extranjera, aunque admitida en la nación israelita; un tercer antepasado de mala fama fue la pecadora Betsabé, cuyo pecado con David arrojó oprobio sobre la línea de descendencia real. ¿Por qué había de haber tales manchas en el escudo de armas, como Betsabé, cuya pureza femenina fue mancillada; y Rut, que, aunque moralmente buena, fue un elemento que introdujo sangre extranjera en la descendencia? Posiblemente fue debido a que se quería indicar la relación de Cristo con respecto a los mancillados y a los pecadores, a las prostitutas, e incluso a los gentiles, los cuales fueron incluidos en su mensaje y en su redención.

En algunas traducciones de la Escritura, la palabra que se emplea para describir la genealogía es la palabra «engendró», por ejemplo: «Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob»; en otras traducciones hallamos la expresión «fue padre de», por ejemplo: «Jeconías fue padre de Salatiel». Una u otra manera de traducir es lo de menos; lo que llama la atención es que esta monótona expresión se usa a lo largo de cuarenta y una generaciones. Pero se omite al llegar a la generación cuarenta y dos. ¿Por qué? Debido al nacimiento virginal de Jesús.

Y Jacob engendró a José, marido de María; de la cual nació Jesús, que es llamado el Cristo. (Mt 1, 16)

Mateo, al trazar la genealogía, sabía que nuestro Señor no era hijo de José. De ahí que desde las primeras páginas del evangelio se presenta a nuestro Señor relacionado con la raza que, no obstante, no le produjo enteramente. Que llegó a formar parte de esta raza era evidente; sin embargo, era distinto de ella.

Si había una sugerencia al nacimiento virginal en la genealogía de Mateo, también la había en la genealogía de Lucas. En Mateo no se dice que José hubiera engendrado a nuestro Señor, y en Lucas se llama a nuestro Señor: Hijo (según se creía) de José. (Lc 3, 23)

Quería decir con estas palabras que corrientemente se suponía que nuestro Señor era hijo de José. Combinando las dos genealogías: en Mateo, nuestro Señor es hijo de David y de Abraham; en Lucas, es el hijo de Adán y es también la simiente de la mujer que Dios prometió habría de aplastar la cabeza de la serpiente. Personas inmorales son convertidas, mediante la providencia de Dios, en los instrumentos de su divina política: así, David, que asesinó a Urías, es, sin embargo, el canal por el cual la sangre de Abraham fluye hasta la sangre de María. Había pecadores en su  árbol genealógico, y Él parecería el más grande pecador de todos cuando pendiera del árbol genealógico de la cruz, haciendo a los hombres hijos adoptivos del Padre celestial.