Transformemos nuestros tropiezos en tesoros
Uno de los tantos hermosos aspectos de la vida del sacerdote es el de dar consejo. No por nada estudiamos -en nuestro caso- al menos 8 años para poder llegar a la ordenación sacerdotal, pasando además por los correspondientes cursos y exámenes que nos ayudan a prepararnos tanto para administrar el sacramento de la confesión cuanto para la posible dirección espiritual. Y aún así hay que seguir estudiando siempre que sea posible, pues el sacerdote tiene la paternal obligación de transmitir lo que Dios le ha ido enseñando a través de sus estudios, de su experiencia, y, por supuesto, de sus ratos de oración y reflexión delante de Jesús sacramentado, pues las almas han de ser atendidas lo mejor posible. Que el Señor nos alcance esta gracia poniendo nosotros de nuestra parte.
La gran variedad de almas y sus obvias diferencias (temperamento, edad, circunstancias, vocación; estado actual de consolación o desolación, formación, vida de oración, y todo aquello que actualmente anide en ellas), hace que la gama de consejos se abra en un abanico sumamente colorido de posibilidades según las correspondientes necesidades, y de allí hay que descender con la máxima caridad posible hasta los consejos particulares. Pero también existen muchos consejos más bien generales, prácticos, más o menos fáciles -al menos de entender-, y que normalmente ayudan si los sabemos poner en práctica. Y en esta oportunidad quisiera compartir uno que personalmente me ha ayudado, así como a no pocas personas a las cuales en algún momento se los pude aconsejar: “Transformemos nuestros tropiezos en tesoros”. Me explico:
A menudo, cuando nos examinamos, nos podemos encontrar con ciertas faltas más o menos constantes, derivadas de circunstancias también constantes en nuestra vida que suelen encontrarse con nuestra debilidad y falta de ciertas virtudes que todavía no hemos conquistado o terminado mejor de conquistar (si es que realmente estamos trabajando en ello, se entiende). Pongo algunos ejemplos muy simples: esa persona en mi trabajo que normalmente me hace perder la paciencia, sea por su irresponsabilidad, por su impuntualidad, etc.; ese compañero que prefiero evitar porque su temperamento fuerte choca con el mío; esas faltas de caridad con los que no tenemos casi nada en común pero con los cuales debo verme a menudo; o más general aún, considerando las faltas más comunes que tenemos (las cuales solemos descubrir examinando nuestras confesiones: de qué normalmente pido perdón). Sea lo que sea, podemos poner delante de nosotros algunos de nuestros “tropiezos habituales”, y pedir a Dios la gracia de que sean transformados en “tesoros que podamos ofrecer a nuestro Señor”: así, por ejemplo, supongamos que suelo perder la paciencia con tal o cual persona, de mi trabajo, de mi comunidad, de donde sea que implique para mí una situación habitual, normalmente irrenunciable; y así, al momento de comenzar mi día, hacer una oración en la cual, en lugar de quejarme de esa persona y de que probablemente hoy “tenga nuevamente la oportunidad de perder con ella la paciencia”, y tal vez contestarle mal o simplemente amargarme murmurando interiormente, en cambio, que yo mismo le pida al Señor no que me aparte de la ocasión de encontrarme a esa persona, sino “que me regale la oportunidad de hacer un acto de paciencia con ella”, ¿se entiende?, es decir, que aquella ocasión que anteriormente ha sido motivo de alguna falta de virtud o tropiezo, y que normalmente deseo rehuir, ahora se convierta, por mi oración sincera delante de Dios para poder ofrecerle algo, en una oportunidad no ya que quiera rechazar, sino que honestamente, virtuosamente, esté esperando con atención y la mejor de las disposiciones. Esto es algo muy sencillo de entender, el tema es poner en ello toda nuestra buena voluntad según aquel “tropiezo” que antes precedió a la culpa; pero que esta vez se cambie en un acto de virtud que deseo de todo corazón poder realizar para ofrecer a Dios: “Señor, ante tal circunstancia suelo perder la paciencia: te pido la gracia de que hoy me concedas regalarte un acto de paciencia”; “Señor, suelo faltar a la caridad en tal situación: te pido que me concedas la gracia de regalarte hoy un acto de caridad”, etc.; con lo que queramos: nosotros elegimos y luego Dios lo aceptará con agrado.
Esta es una manera muy concreta de irnos venciendo poco a poco en nuestros defectos, nuestras faltas de virtud, “nuestros tropiezos habituales”. Y como correspondiente colofón: una vez hecho el acto de virtud que estuvimos esperando desde la mañana para poder ofrecerle a Dios, “guardarlo como un tesoro”, es decir, llevarlo a una oración de ofrecimiento y agradecimiento, delante del Señor de ser posible; pero sea como sea, con el gozo sobrenatural de haber podido hacer tal acto de virtud. Y si esto nos resulta con la ayuda de la gracia y nuestro deseo sincero de avanzar en la vida espiritual, lo podemos ir haciendo habitualmente e ir pasando por las virtudes que deseemos trabajar y conquistar.
No olvidemos, finalmente, que delante de lo que decidamos transformar en un tesoro para ofrecer, debemos poner a nuestro Señor Jesucristo en su trato con los pecadores, con nosotros, los que tropezamos; pero de quienes espera también que practiquemos las virtudes que Él practica amorosamente con nosotros: paciencia, compasión, generosidad, humildad, caridad, etc.
P. Jason.