El estandarte de nuestra fe
(Del libro de J. Ratzinger “El espíritu de la liturgia”, p.201 ss.)
El gesto fundamental de la oración del cristiano es, y seguirá siendo, la señal de la cruz. Es una profesión de fe en Cristo Crucificado, expresada corporalmente según las palabras programáticas de san Pablo: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos— un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23s). Y más adelante: «Pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2,2). Santiguarse con la señal de la cruz es un sí visible y público a Aquél que ha sufrido por nosotros; a Aquél que hizo visible en su cuerpo el amor de Dios llevado hasta el extremo; un sí al Dios que no gobierna con la destrucción, sino con la humildad del sufrimiento y un amor que es más fuerte que todo el poder del mundo y más sabio que toda la inteligencia y los cálculos del hombre.
La señal de la cruz es una profesión de fe: yo creo en Aquél que sufrió por mí y resucitó; en Aquél que ha transformado el signo del oprobio en signo de esperanza y de amor actual de Dios por nosotros. La profesión de fe es una profesión de esperanza: creo en Aquél que, en su debilidad, es Omnipotente; en Aquél que, a pesar de su ausencia aparente, y extrema impotencia, puede salvarme y me salvará. En el instante en que hacemos sobre nosotros la señal de la cruz, nos ponemos bajo su protección, la ponemos delante de nosotros como un escudo que nos protege de las tribulaciones de cada día, e incluso nos da el valor para seguir adelante. La aceptamos como una señal que indica el camino a seguir: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34). La cruz nos muestra el camino de la vida: el seguimiento de Cristo.
Nosotros relacionamos la señal de la cruz con la profesión de fe en el Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De este modo, se convierte en recuerdo del bautismo, recuerdo más evidente aún cuando, además, utilizamos el agua bendita. La cruz es un signo de la pasión, pero al mismo tiempo es también signo de la resurrección; es, por así decirlo, el báculo de salvación que Dios nos ofrece, el puente, gracias al cual atravesamos el abismo de la muerte y todas las amenazas del mal, y finalmente podemos llegar hasta Él. Se hace presente en el bautismo, por el cual nos convertimos en contemporáneos de la cruz y la resurrección de Cristo (Rom 6,1-14). Cada vez que hacemos la señal de la cruz, renovamos nuestro bautismo; Cristo desde la cruz nos atrae hacia Él (Jn 12,32) y, de este modo, nos pone en comunión con el Dios vivo. A fin de cuentas, el bautismo y el signo de la cruz, que lo representa y lo renueva, son, ante todo, un acontecimiento de Dios: el Espíritu Santo que conduce a Cristo, y Cristo que abre la puerta hacia el Padre. Dios ya no es el Dios desconocido: tiene un nombre. Podemos llamarlo, y Él nos llama.
De este modo, podemos decir que en la señal de la cruz, con la invocación trinitaria, se resume toda la esencia del acontecimiento cristiano, y está presente el rasgo distintivo del cristianismo. Sin embargo, también por esto mismo, abre el camino a todo el conjunto de la historia de las religiones y al mensaje de Dios presente en la creación. Ya en el 1873 se descubrieron, junto al Monte de los Olivos, epitafios griegos y hebreos que se remontan al tiempo de Jesús y que iban acompañados de la señal de la cruz; los arqueólogos, en este caso, dedujeron que se trataba de cristianos de la época más primitiva. En torno a 1945, se hicieron numerosos hallazgos de tumbas judías con el signo de la cruz que se remontan, más o menos, al siglo primero después de Cristo. Tales hallazgos ya no permitían deducir que se tratase de cristianos de la primera generación; más bien se tuvo que reconocer que el signo de la cruz también estaba presente en el ámbito judío. ¿Cómo entender esto? La clave interpretativa se encontró en Ez 9,4ss. En la visión allí descrita, el mismo Dios le dice a su mensajero, vestido de lino, que tenía la cartera de escriba a la cintura: «pasa por la ciudad y marca con una tau en la frente a los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella». En la terrible catástrofe que se anuncia, aquellos que no se reconocen en el pecado del mundo, sino que sufren por él ante Dios —sufren con impotencia, pero distanciándose del pecado— deben ser señalados con la última letra del alfabeto hebreo, la Tau, que se escribía en forma de cruz (T o bien +, o bien X). La Tau que, efectivamente, tenía la forma de una cruz, se convierte en el sello de la propiedad de Dios. Responde al anhelo y al dolor del hombre por Dios, y lo introduce, de esta manera, bajo la particular protección de Dios.
- Dinkler[1] pudo demostrar que la estigmatización cultual —en las manos o en la frente— se anuncia ya de diversos modos en el Antiguo Testamento, y que esta costumbre también era conocida en la época del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento, Ap 7,1-8 hace suya la idea fundamental de la visión de Ezequiel. Los hallazgos de tumbas, junto con los textos de la época, ponen de manifiesto que, en ciertos círculos del judaísmo, la Tau se había difundido como signo sagrado, como señal de la profesión de fe en el Dios de Israel y, al mismo tiempo, como signo de la esperanza puesta en su protección. Dinkler resume sus conclusiones en la afirmación de que, en la Tau con forma de cruz «se resume toda una profesión de fe en un solo signo», «las realidades creídas y esperadas quedan inscritas en una imagen visible. Una imagen que es más que un mero espejo, una imagen de la que, antes bien, se espera una fuerza salvadora…» (24).
Por lo que hasta ahora podemos saber, los cristianos, en un primer momento, no retomaron este símbolo judío de la cruz, sino que encontraron la señal de la cruz desde lo profundo de su propia fe, y pudieron reconocer en ella la suma de toda su fe. Sin embargo, la visión de Ezequiel de la tau salvadora y toda la tradición basada en ella ¿no debía contemplarse como una mirada abierta al futuro? ¿No se «desvelaba» ahora (cfr. 2 Cor 3,18) lo que se había querido decir de manera misteriosa? ¿No se aclaraba en este momento a quién pertenecía este signo y de quién recibía su fuerza? ¿No podían ver, por tanto, en todo esto una prefiguración de la cruz de Cristo, que realmente había convertido la Tau en la fuerza de salvación?
Los Padres ligados al ámbito cultural griego, se vieron aún más directamente afectados por otro descubrimiento. Encontraron en la obra de Platón una extraña imagen de la cruz inscrita en el cosmos (Timeo 34 A/B y 36 B/C). Platón la había tomado de las tradiciones pitagóricas que, a su vez, estaban relacionadas con tradiciones del Antiguo Oriente. Se trata, en principio, de una afirmación astronómica: los dos grandes movimientos estelares conocidos por la astronomía antigua —la elíptica (el gran círculo en torno a la esfera terrestre, sobre el que discurre el movimiento aparente del sol) y la órbita terrestre— se encuentran, y forman conjuntamente la letra griega Chi, que a su vez, se representa en forma de cruz (como una X). El signo de la cruz está, por tanto, inscrito en el cosmos en su totalidad. Platón —siguiendo, una vez más, tradiciones más antiguas— había relacionado este dato con la imagen de la divinidad: el demiurgo (el creador del mundo) habría «extendido» el alma del mundo «a través de todo el universo».
Justino mártir, el primer filósofo entre los Padres, originario de Palestina y muerto en torno al año 165, descubrió estos textos de Platón y no dudó en relacionarlos con la doctrina del Dios trinitario y con su intervención salvífica en Jesucristo. En la idea del demiurgo y del alma del mundo, Justino ve presagios del misterio del Padre y el Hijo, presagios que, ciertamente, necesitaban ser corregidos, pero que también podían corregirse. Lo que dice Platón acerca del alma del mundo le parece una alusión a la venida del Logos, del Hijo de Dios. Y así, hasta llega a decir que la figura de la cruz es el mayor signo del señorío del Logos, sin el cual la creación entera no podría existir en su conjunto (1 Apol 55). La cruz del Gólgota está anticipada en la misma estructura del cosmos; el instrumento de martirio, en el que murió el Señor, está inscrito en la estructura del universo. El cosmos habla aquí de la cruz, y la cruz aquí desvela el misterio del cosmos. Ésta es la verdadera clave interpretativa de toda la realidad. La historia y el cosmos son el uno parte del otro. Si abrimos los ojos, leemos el mensaje de Cristo en el lenguaje del universo y, por otra parte, Cristo aquí nos hace comprender el mensaje de la creación.
A partir de Justino, esta «profecía de la cruz», y la conexión que en ella se pone de manifiesto entre cosmos e historia, se ha convertido en una de las ideas fundamentales de la teología patrística[2]. Para los Padres tuvo que ser un descubrimiento fascinante el que el filósofo que resumía e interpretaba las tradiciones más antiguas, hubiese hablado de la cruz como el sello del universo. Ireneo de Lyon (muerto en torno al año 200), el verdadero fundador de la teología sistemática en su forma católica, en su escrito apologético titulado «Demostración de la predicación apostólica» afirma lo siguiente: el crucificado «es, Él mismo, la palabra de Dios Todopoderoso, que con su presencia invisible impregna nuestro universo. Y por eso abarca todo el mundo, su anchura y su longitud, su altura y su profundidad; porque, por medio de la Palabra de Dios, todas las cosas son conducidas al orden. Y el Hijo de Dios está crucificado en ellas al estar impreso en todo, en forma de cruz» (1,3).
Este texto del gran Padre de la Iglesia, oculta una cita bíblica que es de gran importancia para la teología bíblica de la cruz. La Carta a los Efesios nos exhorta a estar arraigados y cimentados en el amor y, al apoyarnos en él, ser capaces de abarcar con todos los santos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor de Cristo» (3,18s). No puede dudarse de que esta carta, perteneciente a la escuela de san Pablo, habla ya aquí, a modo de alusión, de la cruz cósmica, recogiendo probablemente tradiciones religiosas que hablan del árbol cósmico en forma de cruz, que sostiene el universo. Una idea religiosa que, por lo demás, también era conocida en la India.
San Agustín hizo una maravillosa interpretación existencial de este significativo pasaje de san Pablo. En él, ve representadas las dimensiones de la vida humana, en referencia al Cristo crucificado, cuyos brazos abarcan el mundo, cuyo camino llega hasta los abismos del infierno y hasta la altura del mismo Dios (De doctr. Christ. II 41, 62 CChr XXXII, 75s).
Hugo Rahner recopiló los textos más bellos de la época patrística dedicados al misterio cósmico de la cruz[3]. Quisiera citar aquí únicamente dos. En la obra de Lactancio (✝ hacia 325) leemos: «En su sufrimiento, Dios extendió los brazos, abarcando así el orbe para anticipar ya entonces que, desde la salida del sol hasta el ocaso, se reunirá un pueblo que habrá de venir para ser acogido bajo sus alas» (81). Un griego desconocido del siglo IV contrapone la cruz al culto al sol y dice: ahora Helios (el sol) ha sido vencido por la cruz «y el hombre, al que el sol creado en el cielo no ha podido instruir, ahora está bañado por la luz solar de la cruz e iluminado (en el bautismo)». A continuación, el autor anónimo, hace suya una expresión de san Ignacio de Antioquía (muerto en torno al año 110), que había definido la cruz como «árgano»[4] (mechane) del cosmos para el ascenso al cielo (Ef 9, 1) y dice: ¡Oh sabiduría, verdaderamente divina! ¡Oh cruz, tu árgano que eleva al cielo! La cruz quedó plantada —y así, la esclavitud de los ídolos quedó aniquilada—. No es un leño como los demás, sino un leño del que Dios se ha servido para su victoria» (87s).
En su discurso escatológico, Jesús había anunciado que al final de los tiempos «aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre» (Mt 24,30). La mirada de la fe podía, ya desde ahora, reconocer su señal inscrita en el cosmos desde el principio, y ver así confirmada por el cosmos la fe en el Redentor crucificado. Al mismo tiempo, los cristianos sabían, de este modo, que los caminos de la historia de las religiones se dirigían hacia Cristo, que su espera representada en muchas imágenes conducía hacia Él. Esto significaba, por otra parte, que la filosofía y la religión ofrecían a la fe las imágenes y las ideas en las que ésta podía comprenderse a sí misma plenamente.
«Tu nombre será una bendición» había dicho Dios a Abrahán al principio de la historia de la salvación (Gn 12,2). En Cristo, hijo de Abrahán, se cumple esta palabra en su plenitud. Él es una bendición y es una bendición para toda la creación y para todos los hombres. La cruz, que es su señal en el cielo y en la tierra, tenía que convertirse, por ello, en el gesto de bendición propiamente cristiano. Hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismos y entramos, de este modo, en el poder de bendición de Jesucristo. Hacemos la señal de la cruz sobre las personas a las que deseamos la bendición. Hacemos la señal de la cruz también sobre las cosas que nos acompañan en la vida y que queremos recibir nuevamente de la mano de Dios. Mediante la cruz podemos bendecirnos los unos a los otros.
Personalmente, jamás olvidaré con qué devoción y con qué recogimiento interior mi padre y mi madre nos santiguaban, de pequeños, con el agua bendita. Nos hacían la señal de la cruz en la frente, en la boca, en el pecho, cuando teníamos que partir, sobre todo si se trataba de una ausencia particularmente larga. Esta bendición nos acompañaba, y nosotros nos sentíamos guiados por ella: era la manera de hacerse visible la oración de los padres que iba con nosotros, y la certeza de que esta oración estaba apoyada en la bendición del Redentor. La bendición suponía, también, una exigencia por nuestra parte: la de no salirnos del ámbito de esta bendición. Bendecir es un gesto sacerdotal: en aquel signo de la cruz percibíamos el sacerdocio de los padres, su particular dignidad y su fuerza. Pienso que este gesto de bendecir, como expresión plenamente válida del sacerdocio común de los bautizados, debería volver a formar parte de la vida cotidiana con mayor fuerza aún, empapándola de esa energía del amor que procede del Señor.
[1] Dinkler, E., Signum crucis. Aufsätze zum Neuen Testament und zur christlichen Archäologie, J. C. B. Mohr (Tübingen 1967), sobre todo 1-76.
[2] Una síntesis útil de los testimonios de los Padres la ofrece Pfnür, V., «Das Kreuz: Lebensbaum in der Mitte des Paradiesgartens», en M. B. Von Strizky – Chr. Uhrig (ed.), Garten des Lebens, Festschrift für W. Cramer (Altenberge 1999), pp. 203-222.
[3] H. Rahner, Griechische Mythen in christlicher Deutung (Darmstadt 1957).
[4] * Nota del traductor: Máquina a modo de grúa para levantar pesos.

Ahora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:
Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.
Muchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio —y nuestra palabra, anhelante y sencilla, se ha anticipado con frecuencia a nuestros sentimientos— ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.
Por gracia de Dios, hemos podido predicar en nuestro monasterio, al igual que el año pasado, una nueva tanda de Ejercicios Espirituales según el método de san Ignacio de Loyola. En esta ocasión han sido de seis días, dirigidos por el P. Enrique González, a cuatro hermanas de las SSVM, misioneras todas en Tierra Santa.
Es de notar que el clima del monasterio favorece mucho a los ejercitantes, debido a la tranquilidad propia del lugar, y además a que por estas fechas los peregrinos disminuyen notablemente, lo cual ha favorecido más aun el clima de silencio durante todo el día para realizar tranquilamente las meditaciones.


Su Santidad el Papa Francisco aceptó la renuncia de Su Beatitud Fouad Twal, que ha llegado a la edad requerida, de conformidad con el artículo 401, § 1 del Código de Derecho Canónico. Su Santidad ha nombrado el Padre Pierbattista Pizzaballa, OFM, anterior Custodio durante doce años, como Administrador Apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén sede vacante, hasta el nombramiento de un nuevo Patriarca.
En un mensaje difundido por el Patriarcado Latino de Jerusalén, el P. Pizzaballa pidió oraciones a los fieles por esta nueva labor. “Como a los apóstoles (…) también a mí el Señor, a través del Papa, pide regresar a la Ciudad Santa después de mi experiencia como Custodio”, expresó.


1. Aún permanece muy vivo en mi memoria el recuerdo de los momentos extraordinarios que hemos vivido juntos en Roma durante el Jubileo del año 2000, cuando habéis venido en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo. Habéis pasado por la Puerta Santa en largas filas silenciosas y os habéis preparado a recibir el sacramento de la Reconciliación; después, en la vigilia nocturna y en la Misa de la mañana en Tor Vergata, habéis vivido una intensa experiencia espiritual y eclesial; robustecidos en la fe, habéis vuelto a casa con la misión que os he confiado: que seáis, en esta aurora del nuevo milenio, testigos valientes del Evangelio.
Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14).
Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten. Entre otros muchos, baste recordar a Inés de Roma, Andrés de Phú Yên, Pedro Calungsod, Josefina Bakhita, Teresa de Lisieux, Pier Giorgio Frassati, Marcel Callo, Francisco Castelló Aleu o, también, Kateri Tekakwitha, la joven iraquesa llamada la “azucena de los Mohawks”. Pido a Dios tres veces Santo que, por la intercesión de esta muchedumbre inmensa de testigos, os haga ser santos, queridos jóvenes, ¡los santos del tercer milenio!
5. ¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramas
Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo específico y radical, en la profesión monástica, las exigencias derivadas de la participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo, haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi), hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente la historia con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad.
Occidente ha practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a El, « no anteponiendo nada al amor de Cristo »
Es justo, por tanto, esperar que las distintas formas de vida contemplativa experimenten una creciente difusión en las Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre todo en las regiones del mundo donde están más difundidas otras religiones. Esto permitirá testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso
La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca.
No hablamos aquí, obviamente, de la separación del alma y el cuerpo, sino de una nueva y amorosa disposición del corazón de quien se consagra a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje. Porque la renuncia –que es este “morir constante”- implica el ineludible combate por sepultar al hombre viejo, al del mundo, para que el hombre nuevo -el que tiene sed de estar a solas con su Creador para contemplarlo e interceder ante Él por la humanidad entera-, pueda comenzar a vivir libre de las ataduras de este mundo, del cual ha huido considerándose como muerto para él y refugiarse así sólo en Dios. Y esta es la razón de que la vida contemplativa sea equiparada a la muerte gloriosa que implica el martirio: “Los mártires nacen al morir, su fin significa el principio; al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra”
Vivir “escondido junto a Dios”, quiere decir apartado del mundo para dedicarse a estar en lo posible -como hemos dicho antes-, a solas con Él; es decir, refugiado en la oración porque nada puede hacerse sin la vida de oración. Un alma no puede llegar a la cima de la santidad si no ora. Dios no puede penetrar en el alma, si nosotros no tratamos de buscarlo (San Alberto Hurtado). Y el contemplativo ha de buscarlo durante toda su vida, siguiendo aquello de Dom Columba Marmion: “Buscar a Dios es permanecer unidos a Él por la fe, adherirnos a Él como objeto de nuestro amor. Ahora bien: es evidente que esta unión admite una variedad infinita de grados. Dios está presente en todas partes dice san Ambrosio, pero está más próximo a aquellos que le aman, estando en cambio alejado de aquellos que no le sirven.
Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios [1], hombres o mujeres. Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual El mismo lo había modelado al principio [2]. Y revelándose a él le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré” (Gen. 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad [3] reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.