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La señal de la cruz

El estandarte de nuestra fe

(Del libro de J. Ratzinger “El espíritu de la liturgia”, p.201 ss.)

 

bxviEl gesto fundamental de la oración del cristiano es, y seguirá siendo, la señal de la cruz. Es una profesión de fe en Cristo Crucificado, expresada corporalmente según las palabras programáticas de san Pablo: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos— un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23s). Y más adelante: «Pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2,2). Santiguarse con la señal de la cruz es un sí visible y público a Aquél que ha sufrido por nosotros; a Aquél que hizo visible en su cuerpo el amor de Dios llevado hasta el extremo; un sí al Dios que no gobierna con la destrucción, sino con la humildad del sufrimiento y un amor que es más fuerte que todo el poder del mundo y más sabio que toda la inteligencia y los cálculos del hombre.

La señal de la cruz es una profesión de fe: yo creo en Aquél que sufrió por mí y resucitó; en Aquél que ha transformado el signo del oprobio en signo de esperanza y de amor actual de Dios por nosotros. La profesión de fe es una profesión de esperanza: creo en Aquél que, en su debilidad, es Omnipotente; en Aquél que, a pesar de su ausencia aparente, y extrema impotencia, puede salvarme y me salvará. En el instante en que hacemos sobre nosotros la señal de la cruz, nos ponemos bajo su protección, la ponemos delante de nosotros como un escudo que nos protege de las tribulaciones de cada día, e incluso nos da el valor para seguir adelante. La aceptamos como una señal que indica el camino a seguir: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8,34). La cruz nos muestra el camino de la vida: el seguimiento de Cristo.

Descendimiento_43411Nosotros relacionamos la señal de la cruz con la profesión de fe en el Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De este modo, se convierte en recuerdo del bautismo, recuerdo más evidente aún cuando, además, utilizamos el agua bendita. La cruz es un signo de la pasión, pero al mismo tiempo es también signo de la resurrección; es, por así decirlo, el báculo de salvación que Dios nos ofrece, el puente, gracias al cual atravesamos el abismo de la muerte y todas las amenazas del mal, y finalmente podemos llegar hasta Él. Se hace presente en el bautismo, por el cual nos convertimos en contemporáneos de la cruz y la resurrección de Cristo (Rom 6,1-14). Cada vez que hacemos la señal de la cruz, renovamos nuestro bautismo; Cristo desde la cruz nos atrae hacia Él (Jn 12,32) y, de este modo, nos pone en comunión con el Dios vivo. A fin de cuentas, el bautismo y el signo de la cruz, que lo representa y lo renueva, son, ante todo, un acontecimiento de Dios: el Espíritu Santo que conduce a Cristo, y Cristo que abre la puerta hacia el Padre. Dios ya no es el Dios desconocido: tiene un nombre. Podemos llamarlo, y Él nos llama.

De este modo, podemos decir que en la señal de la cruz, con la invocación trinitaria, se resume toda la esencia del acontecimiento cristiano, y está presente el rasgo distintivo del cristianismo. Sin embargo, también por esto mismo, abre el camino a todo el conjunto de la historia de las religiones y al mensaje de Dios presente en la creación. Ya en el 1873 se descubrieron, junto al Monte de los Olivos, epitafios griegos y hebreos que se remontan al tiempo de Jesús y que iban acompañados de la señal de la cruz; los arqueólogos, en este caso, dedujeron que se trataba de cristianos de la época más primitiva. En torno a 1945, se hicieron numerosos hallazgos de tumbas judías con el signo de la cruz que se remontan, más o menos, al siglo primero después de Cristo. Tales hallazgos ya no permitían deducir que se tratase de cristianos de la primera generación; más bien se tuvo que reconocer que el signo de la cruz también estaba presente en el ámbito judío. ¿Cómo entender esto? La clave interpretativa se encontró en Ez 9,4ss. En la visión allí descrita, el mismo Dios le dice a su mensajero, vestido de lino, que tenía la cartera de escriba a la cintura: «pasa por la ciudad y marca con una tau en la frente a los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella». En la terrible catástrofe que se anuncia, aquellos que no se reconocen en el pecado del mundo, sino que sufren por él ante Dios —sufren con impotencia, pero distanciándose del pecado— deben ser señalados con la última letra del alfabeto hebreo, la Tau, que se escribía en forma de cruz (T o bien +, o bien X). La Tau que, efectivamente, tenía la forma de una cruz, se convierte en el sello de la propiedad de Dios. Responde al anhelo y al dolor del hombre por Dios, y lo introduce, de esta manera, bajo la particular protección de Dios.

  1. Dinkler[1] pudo demostrar que la estigmatización cultual —en las manos o en la frente— se anuncia ya de diversos modos en el Antiguo Testamento, y que esta costumbre también era conocida en la época del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento, Ap 7,1-8 hace suya la idea fundamental de la visión de Ezequiel. Los hallazgos de tumbas, junto con los textos de la época, ponen de manifiesto que, en ciertos círculos del judaísmo, la Tau se había difundido como signo sagrado, como señal de la profesión de fe en el Dios de Israel y, al mismo tiempo, como signo de la esperanza puesta en su protección. Dinkler resume sus conclusiones en la afirmación de que, en la Tau con forma de cruz «se resume toda una profesión de fe en un solo signo», «las realidades creídas y esperadas quedan inscritas en una imagen visible. Una imagen que es más que un mero espejo, una imagen de la que, antes bien, se espera una fuerza salvadora…» (24).

Por lo que hasta ahora podemos saber, los cristianos, en un primer momento, no retomaron este símbolo judío de la cruz, sino que encontraron la señal de la cruz desde lo profundo de su propia fe, y pudieron reconocer en ella la suma de toda su fe. Sin embargo, la visión de Ezequiel de la tau salvadora y toda la tradición basada en ella ¿no debía contemplarse como una mirada abierta al futuro? ¿No se «desvelaba» ahora (cfr. 2 Cor 3,18) lo que se había querido decir de manera misteriosa? ¿No se aclaraba en este momento a quién pertenecía este signo y de quién recibía su fuerza? ¿No podían ver, por tanto, en todo esto una prefiguración de la cruz de Cristo, que realmente había convertido la Tau en la fuerza de salvación?

Los Padres ligados al ámbito cultural griego, se vieron aún más directamente afectados por otro descubrimiento. Encontraron en la obra de Platón una extraña imagen de la cruz inscrita en el cosmos (Timeo 34 A/B y 36 B/C). Platón la había tomado de las tradiciones pitagóricas que, a su vez, estaban relacionadas con tradiciones del Antiguo Oriente. Se trata, en principio, de una afirmación astronómica: los dos grandes movimientos estelares conocidos por la astronomía antigua —la elíptica (el gran círculo en torno a la esfera terrestre, sobre el que discurre el movimiento aparente del sol) y la órbita terrestre— se encuentran, y forman conjuntamente la letra griega Chi, que a su vez, se representa en forma de cruz (como una X). El signo de la cruz está, por tanto, inscrito en el cosmos en su totalidad. Platón —siguiendo, una vez más, tradiciones más antiguas— había relacionado este dato con la imagen de la divinidad: el demiurgo (el creador del mundo) habría «extendido» el alma del mundo «a través de todo el universo».

Justino mártir, el primer filósofo entre los Padres, originario de Palestina y muerto en torno al año 165, descubrió estos textos de Platón y no dudó en relacionarlos con la doctrina del Dios trinitario y con su intervención salvífica en Jesucristo. En la idea del demiurgo y del alma del mundo, Justino ve presagios del misterio del Padre y el Hijo, presagios que, ciertamente, necesitaban ser corregidos, pero que también podían corregirse. Lo que dice Platón acerca del alma del mundo le parece una alusión a la venida del Logos, del Hijo de Dios. Y así, hasta llega a decir que la figura de la cruz es el mayor signo del señorío del Logos, sin el cual la creación entera no podría existir en su conjunto (1 Apol 55). La cruz del Gólgota está anticipada en la misma estructura del cosmos; el instrumento de martirio, en el que murió el Señor, está inscrito en la estructura del universo. El cosmos habla aquí de la cruz, y la cruz aquí desvela el misterio del cosmos. Ésta es la verdadera clave interpretativa de toda la realidad. La historia y el cosmos son el uno parte del otro. Si abrimos los ojos, leemos el mensaje de Cristo en el lenguaje del universo y, por otra parte, Cristo aquí nos hace comprender el mensaje de la creación.

A partir de Justino, esta «profecía de la cruz», y la conexión que en ella se pone de manifiesto entre cosmos e historia, se ha convertido en una de las ideas fundamentales de la teología patrística[2]. Para los Padres tuvo que ser un descubrimiento fascinante el que el filósofo que resumía e interpretaba las tradiciones más antiguas, hubiese hablado de la cruz como el sello del universo. Ireneo de Lyon (muerto en torno al año 200), el verdadero fundador de la teología sistemática en su forma católica, en su escrito apologético titulado «Demostración de la predicación apostólica» afirma lo siguiente: el crucificado «es, Él mismo, la palabra de Dios Todopoderoso, que con su presencia invisible impregna nuestro universo. Y por eso abarca todo el mundo, su anchura y su longitud, su altura y su profundidad; porque, por medio de la Palabra de Dios, todas las cosas son conducidas al orden. Y el Hijo de Dios está crucificado en ellas al estar impreso en todo, en forma de cruz» (1,3).

Este texto del gran Padre de la Iglesia, oculta una cita bíblica que es de gran importancia para la teología bíblica de la cruz. La Carta a los Efesios nos exhorta a estar arraigados y cimentados en el amor y, al apoyarnos en él, ser capaces de abarcar con todos los santos «lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor de Cristo» (3,18s). No puede dudarse de que esta carta, perteneciente a la escuela de san Pablo, habla ya aquí, a modo de alusión, de la cruz cósmica, recogiendo probablemente tradiciones religiosas que hablan del árbol cósmico en forma de cruz, que sostiene el universo. Una idea religiosa que, por lo demás, también era conocida en la India.

San Agustín hizo una maravillosa interpretación existencial de este significativo pasaje de san Pablo. En él, ve representadas las dimensiones de la vida humana, en referencia al Cristo crucificado, cuyos brazos abarcan el mundo, cuyo camino llega hasta los abismos del infierno y hasta la altura del mismo Dios (De doctr. Christ. II 41, 62 CChr XXXII, 75s).

Hugo Rahner recopiló los textos más bellos de la época patrística dedicados al misterio cósmico de la cruz[3]. Quisiera citar aquí únicamente dos. En la obra de Lactancio (✝ hacia 325) leemos: «En su sufrimiento, Dios extendió los brazos, abarcando así el orbe para anticipar ya entonces que, desde la salida del sol hasta el ocaso, se reunirá un pueblo que habrá de venir para ser acogido bajo sus alas» (81). Un griego desconocido del siglo IV contrapone la cruz al culto al sol y dice: ahora Helios (el sol) ha sido vencido por la cruz «y el hombre, al que el sol creado en el cielo no ha podido instruir, ahora está bañado por la luz solar de la cruz e iluminado (en el bautismo)». A continuación, el autor anónimo, hace suya una expresión de san Ignacio de Antioquía (muerto en torno al año 110), que había definido la cruz como «árgano»[4] (mechane) del cosmos para el ascenso al cielo (Ef 9, 1) y dice: ¡Oh sabiduría, verdaderamente divina! ¡Oh cruz, tu árgano que eleva al cielo! La cruz quedó plantada —y así, la esclavitud de los ídolos quedó aniquilada—. No es un leño como los demás, sino un leño del que Dios se ha servido para su victoria» (87s).

En su discurso escatológico, Jesús había anunciado que al final de los tiempos «aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre» (Mt 24,30). La mirada de la fe podía, ya desde ahora, reconocer su señal inscrita en el cosmos desde el principio, y ver así confirmada por el cosmos la fe en el Redentor crucificado. Al mismo tiempo, los cristianos sabían, de este modo, que los caminos de la historia de las religiones se dirigían hacia Cristo, que su espera representada en muchas imágenes conducía hacia Él. Esto significaba, por otra parte, que la filosofía y la religión ofrecían a la fe las imágenes y las ideas en las que ésta podía comprenderse a sí misma plenamente.

«Tu nombre será una bendición» había dicho Dios a Abrahán al principio de la historia de la salvación (Gn 12,2). En Cristo, hijo de Abrahán, se cumple esta palabra en su plenitud. Él es una bendición y es una bendición para toda la creación y para todos los hombres. La cruz, que es su señal en el cielo y en la tierra, tenía que convertirse, por ello, en el gesto de bendición propiamente cristiano. Hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismos y entramos, de este modo, en el poder de bendición de Jesucristo. Hacemos la señal de la cruz sobre las personas a las que deseamos la bendición. Hacemos la señal de la cruz también sobre las cosas que nos acompañan en la vida y que queremos recibir nuevamente de la mano de Dios. Mediante la cruz podemos bendecirnos los unos a los otros.

Personalmente, jamás olvidaré con qué devoción y con qué recogimiento interior mi padre y mi madre nos santiguaban, de pequeños, con el agua bendita. Nos hacían la señal de la cruz en la frente, en la boca, en el pecho, cuando teníamos que partir, sobre todo si se trataba de una ausencia particularmente larga. Esta bendición nos acompañaba, y nosotros nos sentíamos guiados por ella: era la manera de hacerse visible la oración de los padres que iba con nosotros, y la certeza de que esta oración estaba apoyada en la bendición del Redentor. La bendición suponía, también, una exigencia por nuestra parte: la de no salirnos del ámbito de esta bendición. Bendecir es un gesto sacerdotal: en aquel signo de la cruz percibíamos el sacerdocio de los padres, su particular dignidad y su fuerza. Pienso que este gesto de bendecir, como expresión plenamente válida del sacerdocio común de los bautizados, debería volver a formar parte de la vida cotidiana con mayor fuerza aún, empapándola de esa energía del amor que procede del Señor.

[1] Dinkler, E., Signum crucis. Aufsätze zum Neuen Testament und zur christlichen Archäologie, J. C. B. Mohr (Tübingen 1967), sobre todo 1-76.

[2] Una síntesis útil de los testimonios de los Padres la ofrece Pfnür, V., «Das Kreuz: Lebensbaum in der Mitte des Paradiesgartens», en M. B. Von Strizky – Chr. Uhrig (ed.), Garten des Lebens, Festschrift für W. Cramer (Altenberge 1999), pp. 203-222.

[3] H. Rahner, Griechische Mythen in christlicher Deutung (Darmstadt 1957).

[4] * Nota del traductor: Máquina a modo de grúa para levantar pesos.

La Eucaristía…

Realización de las más sublimes aspiraciones del hombre

Por san Alberto Hurtado

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El Padre Hurtado celebrando la santa Misa

Fuente de vida cristiana. Ya que el cristianismo no es tanto una ética, como el protestantismo, ni una filosofía, ni una poesía, ni una tradición, ni una causa externa, sino la divinización de nuestra vida o, más bien, la transformación de nuestra vida en Cristo, para tener como suprema aspiración hacer lo que Cristo haría en mi lugar; esa es la esencia de nuestro cristianismo.

Y la esencia de nuestra piedad cristiana, lo más íntimo, lo más alto y lo más provechoso es la vida sacramental, ya que mediante estos signos exteriores, sensibles, Cristo no sólo nos significa, sino que nos comunica su gracia, su vida divina, nos transforma en Sí [mismo]. La gracia santificante y las virtudes concomitantes…

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario…

padre pio calizAhora bien, la Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

La Felicidad

El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre (cf. Jn 6,48ss).

Cambiarse en Dios

El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gal 2,20); y cuando el que viene a vivir en mí es de la fuerza y grandeza de Cristo, se comprende que es Él quien domina mi vida, en su realidad más íntima.

Hacer cosas grandes

El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad… por hacer estas cosas los hombres más grandes se han lanzado a toda clase de proezas, como las que hemos visto en esta misma guerra; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la raza y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre: opone a todo el dique de pecados de los hombres, la sangre redentora de Cristo; ofrece por las culpas de la humanidad, no sacrificios de animales, sino la sangre misma de Cristo; une a su débil plegaria la plegaria omnipotente de Cristo, que prometió no dejar sin escuchar nuestras oraciones y ¡cuándo más las escuchará que cuando esa plegaria proceda del Cristo Víctima del Calvario, en el momento supremo de amor…! He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

Unión de caridad

En la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico. Al unirnos con Cristo, a quien todos los hombres están unidos: los justos con unión actual; los otros, potencial.

 08viajesHacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

San Alberto Hurtado, “La búsqueda de Dios”

Julio, mes de la Preciosísima Sangre

Devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

San Juan XXIII escribió a fines de junio de 1960 esta pequeña pero hermosa carta apostólica  “Inde a Primis” sobre esta Devoción.

7113985_origMuchas veces desde los primeros meses de nuestro ministerio pontificio —y nuestra palabra, anhelante y sencilla, se ha anticipado con frecuencia a nuestros sentimientos— ha ocurrido que invitásemos a los fieles en materia de devoción viva y diaria a volverse con ardiente fervor hacia la manifestación divina de la misericordia del Señor en cada una de las almas, en su Iglesia Santa y en todo el mundo, cuyo Redentor y Salvador es Jesús, a saber, la devoción a la Preciosísima Sangre.

Esta devoción se nos infundió en el mismo ambiente familiar en que floreció nuestra infancia y todavía recordamos con viva emoción que nuestros antepasados solían recitar las Letanías de la Preciosísima Sangre en el mes de julio.

Fieles a la exhortación saludable del Apóstol: “Mirad por vosotros y por todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios, que El adquirió con su sangre”, creemos, venerables Hermanos, que entre las solicitudes de nuestro ministerio pastoral universal, después de velar por la sana doctrina, debe tener un puesto preeminente la concerniente al adecuado desenvolvimiento e incremento de la piedad religiosa en las manifestaciones del culto público y privado. Por tanto, nos parece muy oportuno llamar la atención de nuestros queridos hijos sobre la conexión indisoluble que debe unir a las devociones, tan difundidas entre el pueblo cristiano, a saber, la del Santísimo Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, con la que tiende a honrar la Preciosísima Sangre del Verbo encarnado “derramada por muchos en remisión de los pecados” .

Sí, pues, es de suma importancia que entre el Credo católico y la acción litúrgica reine una saludable armonía, puesto que lex credendi legem statuat supplicandi (la ley de la fe es la pauta de la ley de la oración)  y no se permitan en absoluto formas de culto que no broten de las fuentes purísimas de la verdadera fe, es justo que también florezca una armonía semejante entre las diferentes devociones, de tal modo que no haya oposición o separación entre las que se estiman como fundamentales y más santificantes, y al mismo tiempo prevalezcan sobre las devociones personales y secundarias, en el aprecio y práctica, las que realizan mejor la economía de la salvación universal efectuada por “el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos”. Moviéndose en esta atmósfera de fe recta y sana piedad los creyentes están seguros de sentirse cum Ecclesia (sentir con la Iglesia), es decir, de vivir en unión de oración y de caridad con Jesucristo, Fundador y Sumo Sacerdote de aquella sublime religión que junto con el nombre toma de El toda su dignidad y valor.

Si echamos ahora ,una rápida ojeada sobre los admirables progresos que ha logrado la Iglesia Católica en el campo de la piedad litúrgica, en consonancia saludable con el desarrollo de la fe en la penetración de las verdades divinas, es consolador, sin duda, comprobar que en los siglos más cercanos a nosotros no han faltado por parte de esta Sede Apostólica claras y repetidas pruebas de asentimiento y estímulo respeto a las tres mencionadas devociones; que fueron practicadas desde la Edad Media por muchas almas piadosas y propagadas después por varias diócesis, órdenes y congregaciones religiosas, pero que esperaban de la Cátedra de Pedro la confirmación de la ortodoxia y la aprobación para la Iglesia universal.

Baste recordar que nuestros Predecesores desde el siglo XVI enriquecieron con gracias espirituales la devoción al Nombre de Jesús, cuyo infatigable apóstol en el siglo pasado fue, en Italia, San Bernardino de Sena. En honor de este Santísimo Nombre se aprobaron de modo especial el Oficio y la Misa y a continuación las Letanías . No menores fueron los privilegios concedidos por los Romanos Pontífices al culto del Sacratísimo Corazón, en cuya admirable propagación tuvieron tanta influencia las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacoque . Y tan alta y unánime ha sido la estima de los Sumos Pontífices por esta devoción, que se complacieron en explicar su naturaleza, defender su legitimidad, inculcar la práctica con muchos actos oficiales a los que han dado remate tres importantes Encíclicas sobre el misma tema.

Asimismo la devoción a la Preciosísima Sangre, cuyo propagador admirable fue en el siglo pasado; el sacerdote romano San Gaspar del Búfalo, obtuvo merecido asentimiento de esta Sede Apostólica. Conviene recordar que por mandato de Benedicto XIV se compusieron la Misa y el Oficio en honor de la Sangre adorable del Divino Salvador; y que Pío IX, en cumplimiento de un voto hecho en Gaeta, extendió la fiesta litúrgica a la Iglesia universal. Por último Pío XI, de feliz memoria, como recuerdo del XIX Centenario de la Redención, elevó dicha fiesta a rito doble de primera clase, con el fin de que, al incrementar la solemnidad litúrgica, se intensificase también la devoción y se derramasen más copiosamente sobre los hombres los frutos de la Sangre redentora.


Por consiguiente, secundando el ejemplo de nuestros Predecesores, con objeto de incrementar más el culto a la preciosa Sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, hemos aprobado las Letanías, según texto redactado por la Sagrada Congregación de Ritos, recomendando al mismo tiempo se reciten en todo el mundo católico ya privada ya públicamente con la concesión de indulgencias especiales.

¡Ojalá que este nuevo acto de la “solicitud por todas las Iglesias”, propia del Supremo Pontificado, en tiempos de más graves y urgentes necesidades espirituales, cree en las almas de los fieles la convicción del valor perenne, universal, eminentemente práctico de las tres devociones recomendadas más arriba!

Así, pues, al acercarse la fiesta y el mes consagrado al culto de la Sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna, que los fieles la hagan objeto de sus más devotas meditaciones y más frecuentes comuniones sacramentales. Que reflexionen, iluminados por las saludables enseñanzas que dimanan de los Libros Sagrados y de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia en el valor sobreabundante, infinito, de esta Sangre verdaderamente preciosísima, cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere (de la cual una sola gota puede salvar al mundo de todo pecado), como canta la Iglesia con el Doctor Angélico y como sabiamente lo confirmó nuestro Predecesor Clemente VI . Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables.

padre pio calizY al culto de latría, que se debe al Cáliz de la Sangre del Nuevo Testamento, especialmente en el momento de la elevación en el sacrificio de la Misa, es muy conveniente y saludable suceda la Comunión con aquella misma Sangre indisolublemente unida al Cuerpo de Nuestro Salvador en el Sacramento de la Eucaristía. Entonces los fieles en unión con el celebrante podrán con toda verdad repetir mentalmente las palabras que él pronuncia en el momento de la Comunión: Calicem salutaris accipiam et nomem Domini invocabo… Sanguis Domini Nostri Iesu Christi custodiat animam meam in vitam aeternam. Amen. Tomaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor… Que la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna. Así sea. De tal manera que los fieles que se acerquen a él dignamente percibirán con más abundancia los frutos de redención, resurrección y vida eterna, que la sangre derramada por Cristo “por inspiración del Espíritu Santo” mereció para el mundo entero. Y alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hechos partícipes de su divina virtud que ha suscitado legiones de mártires, harán frente a las luchas cotidianas, a los sacrificios, hasta el martirio, si es necesario, en defensa de la virtud y del reino de Dios, sintiendo en sí mismos aquel ardor de caridad que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: “Retirémonos de esa Mesa como leones que despiden llamas, terribles para el demonio, considerando quién es nuestra Cabeza y qué amor ha tenido con nosotros… Esta Sangre, dignamente recibida, ahuyenta los demonios, nos atrae a los ángeles y al mismo Señor de los ángeles… Esta Sangre derramada purifica el mundo… Es el precio del universo, con ella Cristo redime a la Iglesia… Semejante pensamiento tiene que frenar nuestras pasiones. Pues ¿hasta cuándo permaneceremos inertes? ¿Hasta cuándo dejaríamos de pensar en nuestra salvación? Consideremos los beneficios que el Señor se ha dignado concedernos, seamos agradecidos, glorifiquémosle no sólo con la fe, sino también con las obras”.

¡Ah! Si los cristianos reflexionasen con más frecuencia en la advertencia paternal del primer Papa: “Vivid con temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, considerando que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha!” . Si prestasen más atento oído a la exhortación del Apóstol de las gentes: “Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo”.

¡Cuánto más dignas, más edificantes serían sus costumbres; cuánto más saludable sería para el mundo la presencia de la Iglesia de Cristo! Y si todos los hombres secundasen las invitaciones de la gracia de Dios, que quiere que todos se salven, pues ha querido que todos sean redimidos con la Sangre de su Unigénito y llama a todos a ser miembros de un único Cuerpo místico, cuya Cabeza es Cristo, ¡cuánto más fraternales serían las relaciones entre los individuos, los pueblos y las naciones; cuánto más pacífica, más digna de Dios y de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza del Altísimo, sería la convivencia social!

Debemos considerar esta sublime vocación a la que San Pablo invitaba a los fieles procedentes del pueblo escogido, tentados de pensar con nostalgia en un pasado que sólo fue una pálida figura y el preludio de la Nueva Alianza: “Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea, a la congregación de los primogénitos, que están escritos en los cielos, y a Dios, Juez de todos, y a los espíritus de los justos perfectos, y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús, y a la aspersión de la sangre, que habla mejor que la de Abel”.

Confiando plenamente, venerables Hermanos, en que estas paternales exhortaciones nuestras, que daréis a conocer de la manera que creáis más oportuna al Clero y a los fieles confiados a vosotros, no sólo serán puestas en práctica de buen grado, sino también con ferviente celo, como auspicio de las gracias celestiales y prenda de nuestra especial benevolencia, con efusión de corazón impartimos la Bendición Apostólica a cada uno de vosotros y toda vuestra grey, y de modo especial a todos los que respondan generosa y plenamente a nuestra invitación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el treinta de junio de 1960, vigilia de la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, segundo año de nuestro Pontificado.

IOANNES PP.XXIII.

Ejercicios Espirituales en Séforis

Monjes de Séforis con las ejercitantes
Monjes de Séforis con las ejercitantes

Ejercicios Espirituales a Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará

Decía san Juan Pablo II: “El cristiano con el fuerte dinamismo de los ejercicios es ayudado a entrar en el ámbito de los pensamientos de Dios, de sus designios para confiarse a Él, Verdad y Amor así como para tomar decisiones comprometidas en el seguimiento de Cristo, midiendo claramente sus dones y las responsabilidades propias.”[1]

SAM_7715Por gracia de Dios, hemos podido predicar en nuestro monasterio, al igual que el año pasado, una nueva tanda de Ejercicios Espirituales según el método de san Ignacio de Loyola. En esta ocasión han sido de seis días, dirigidos por el P. Enrique González, a cuatro hermanas de las SSVM, misioneras todas en Tierra Santa.

Con este apostolado, queremos contribuir a la mayor gloria de Dios y salvación de las almas, atendiendo a aquella petición que hiciera Benedicto XVI a los jesuitas, respecto a la predicación según el método ignaciano: “que sigan siendo ‘un instrumento precioso y eficaz para el crecimiento espiritual de las almas’, porque ‘los Ejercicios Espirituales representan un camino y un método particularmente precioso para buscar y encontrar el rostro de Dios, en nosotros, y a nuestro alrededor y en todas las cosas, para conocer su voluntad y ponerla en práctica’.”[2]

SAM_7712Es de notar que el clima del monasterio favorece mucho a los ejercitantes, debido a la tranquilidad propia del lugar, y además a que por estas fechas los peregrinos disminuyen notablemente, lo cual ha favorecido más aun el clima de silencio durante todo el día para realizar tranquilamente las meditaciones.

Nos encomendamos a sus oraciones y les pedimos especialmente para que todos los años podamos contribuir con este apostolado tan importante y recomendado por la iglesia, y en el que tanto insistía el santo de Loyola para las almas que quieren realmente trabajar por alcanzar la santidad:

“Los Ejercicios Espirituales son todo lo mejor que yo puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo y para poder fructificar, y ayudar a otros muchos.”

(Carta al P. Manuel Miona, 16 de nov. 1536)

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[1] ANGELUS del 16/12/1979, con ocasión del 50 aniversario de la Encíclica Mens Nostra de Pio XI

[2] Benedicto XVI, discurso a los Jesuitas, Aciprensa 21 de febrero ’08”

Nuevo Administrador Apostólico del Patriarcado Latino

El Papa Francisco nombró al Padre Pierbattista Pizzaballa O.F.M como  nuevo Administrador Apostólico del Patriarcado Latino

imagesSu Santidad el Papa Francisco aceptó la renuncia de Su Beatitud Fouad Twal, que ha llegado a la edad requerida, de conformidad con el artículo 401, § 1 del Código de Derecho Canónico. Su Santidad ha nombrado el Padre Pierbattista Pizzaballa, OFM, anterior Custodio durante doce años, como Administrador Apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén sede vacante, hasta el nombramiento de un nuevo Patriarca.

Los obispos, el clero y los fieles del Patriarcado Latino, agradecen de corazón al Patriarca Fouad Twal, que acaba de terminar su misión y dan la bienvenida al nuevo Administrador Apostólico, enviándole sus mejores deseos para su misión. Toda la diócesis se une en oración por las intenciones del Patriarca Emérito y del nuevo Administrador Apostólico.

La ordenación episcopal del P. Pizzaballa se llevará a cabo en septiembre.

El P. Pizzaballa nació en Cologno al Serio (Italia) en 1965, pronunció los votos perpetuos en 1989 y fue ordenado sacerdote en 1990. Después de su Bachillerato en Teología en el Pontificio Ateneo Antonianum de Roma, completó sus estudios en el Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén y posteriormente fue profesor de hebreo bíblico en la Facultad Franciscana de Ciencias Bíblicas y Arqueológicas de Jerusalén.

Comenzó su servicio en la Custodia de Tierra Santa en 1999 y en 2011 fue nombrado Guardián del convento de los santos Simeón y Ana en Jerusalén. Se ha dedicado a la pastoral de los fieles católicos de expresión hebrea y fue nombrado vicario patriarcal de 2003 a 2008. Fue elegido Custodio de Tierra Santa y Guardián de Monte Sión en 2004, cargo que ha desempeñado hasta el pasado mes de abril.

c14d6b52-5da0-4b31-98cd-bb6e3dbc0cb0_largeEn un mensaje difundido por el Patriarcado Latino de Jerusalén, el P. Pizzaballa pidió oraciones a los fieles por esta nueva labor. “Como a los apóstoles (…) también a mí el Señor, a través del Papa, pide regresar a la Ciudad Santa después de mi experiencia como Custodio”, expresó.

“No escondo estar sorprendido por tal pedido, conociendo mis personales y objetivos límites. Pueden por tanto imaginar cuál sea mi ansiedad y preocupación por el encargo que me fue confiado. Puedo también comprender sus tantas preguntas y quizá también cualquier perplejidad”, expresó.

Sin embargo, afirmó, “sé bien que es Él quien llama y manda y en Él confío”.

El nuevo Arzobispo aseguró que regresa a Jerusalén “con el deseo de servir sobre todo al clero local y a toda la comunidad, pidiendo a todos comprensión, amistad y colaboración”.

En ese sentido, dijo que hoy, en la Solemnidad de San Juan Bautista, “vengo enviado delante del Señor para prepararle el camino justo donde comenzó todo”. Una labor, afirmó, realizada por su predecesor y que compartirá con el pueblo y clero que se le ha confiado. “Preparar el camino, otra cosa no se nos ha pedido”, señaló.

Asimismo, se refirió a los jóvenes y recordó que “son el futuro de nuestra Iglesia y a ellos miramos con esperanza y confianza”.

“La salvación tiene la ‘forma’ del encuentro: secundando la invitación del Papa Francisco, quisiera que volviese a salir de Jerusalén, de esta Tierra Santa y herida, para nosotros y para toda la Iglesia, la capacidad de encontrarnos y de acogernos los unos a los otros, construyendo caminos y puentes y no muros”, con “los hermanos y amigos hebreos y musulmanes” y con todos los que tienen necesidad de misericordia y esperanza”.

“Solo así podremos responder plenamente a la especial vocación de la Iglesia de Jerusalén, Iglesia de los Lugares Santos”, expresó.

Nazaret recibe al nuevo Custodio

Entrada solemne del nuevo Custodio en Nazaret

P. Francesco Patton
P. Francesco Patton

Este sábado pudimos asistir a la entrada solemne del nuevo Custodio de Tierra Santa, el P. Francesco Patton en la Basílica de la Anunciación, donde por vez primera era acogido en su nuevo cargo por los feligreses.

La entrada solemne indicó la llegada del nuevo superior de los franciscanos en la basílica que está bajo la Custodia de la Orden de Frailes de Menores. El santuario es uno de los más significativos para la fe cristiana, siendo el lugar santo en el que el Verbo de Dios se hizo carne.

La entrada estuvo acompañada por una gran variedad de religiosos de las distintas congregaciones que trabajamos en Tierra Santa, y por gracia de Dios fuimos brevemente presentados como religiosos del Instituto del Verbo Encarnado encargados de resguardar Séforis, el lugar donde nació santa Ana, a lo cual el P. Patton se mostró muy cordial.

Nuevo Custodio rezando en el lugar de la Encarnación

A continuación, acompañado por el guardián de la basílica y de la comunidad franciscana, el Custodio se dirigió a la Gruta de la Anunciación, para venerar el lugar en el que el ángel Gabriel se apareció a María, trayéndole la noticia de que sería la Madre del Salvador.

Posteriormente el P. Bruno varriano, superior de la Basílica de Nazaret, lo recibió con algunas palabras de bienvenida, y finalmente el nuevo Custodio agradeció la bienvenida con gran alegría.

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Saludo entre el anterior y el nuevo Custodio

Terminada la ceremonia, el P. Patton afirmó en una entrevista: “Para mí en este momento lo más importante es disponerme a escuchar: Escuchar a los frailes de la Custodia de Tierra Santa, escuchar a las comunidades, escuchar esta realidad que es ciertamente compleja, pero al mismo tiempo extraordinariamente fascinante“.

Encomendamos a sus oraciones al nuevo Custodio, por quien rezamos especialmente como monasterio así como por las obras de la Custodia, y a todos los religiosos que trabajan para ella con tanto ahínco y esfuerzos en nombre de la fe.

Padres de Séforis.

Sal de la tierra y luz del mundo

Mensaje del santo padre Juan Pablo II

Para la XVII jornada mundial de la juventud

“Vosotros sois la sal de la tierra…

Vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5, 13-14)


¡Queridos jóvenes!

papa-j-p-ii1. Aún permanece muy vivo en mi memoria el recuerdo de los momentos extraordinarios que hemos vivido juntos en Roma durante el Jubileo del año 2000, cuando habéis venido en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo. Habéis pasado por la Puerta Santa en largas filas silenciosas y os habéis preparado a recibir el sacramento de la Reconciliación; después, en la vigilia nocturna y en la Misa de la mañana en Tor Vergata, habéis vivido una intensa experiencia espiritual y eclesial; robustecidos en la fe, habéis vuelto a casa con la misión que os he confiado: que seáis, en esta aurora del nuevo milenio, testigos valientes del Evangelio.

La celebración de la Jornada Mundial de la Juventud se ha convertido ya en un momento importante de vuestra vida, como lo ha sido para la vida de la Iglesia. Os invito, pues, a que comencéis a prepararos para XVIIª edición de este gran acontecimiento, que se celebrará internacionalmente en Toronto, Canadá, el verano del próximo año. Será una nueva ocasión para encontrar a Cristo, dar testimonio de su presencia en la sociedad contemporánea y llegar a ser constructores de la “civilización del amor y la verdad”.

2. “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5,13-14): éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana.

“Vosotros sois la sal de la tierra….”. Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido “sazonado” con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para “que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: “no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2).

papa-con-los-jovenesDurante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14).

¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio.

Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad.

3. “Vosotros sois la luz del mundo….”. Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.

Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado!

La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88).

En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡”No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín” (cf. Mt 5,15).

papa-niñosAsí como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten. Entre otros muchos, baste recordar a Inés de Roma, Andrés de Phú Yên, Pedro Calungsod, Josefina Bakhita, Teresa de Lisieux, Pier Giorgio Frassati, Marcel Callo, Francisco Castelló Aleu o, también, Kateri Tekakwitha, la joven iraquesa llamada la “azucena de los Mohawks”. Pido a Dios tres veces Santo que, por la intercesión de esta muchedumbre inmensa de testigos, os haga ser santos, queridos jóvenes, ¡los santos del tercer milenio!

4. Queridos jóvenes, ha llegado el momento de prepararse para la XVII Jornada Mundial de la Juventud. Os dirijo una especial invitación a leer y a profundizar la Carta apostólica Novo milenio ineunte, que he escrito a comienzos de año para acompañar a los bautizados, en esta nueva etapa de la vida de la Iglesia y de los hombres: “Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su “reflejo”” (n. 54).

Sí, es la hora de la misión. En vuestras diócesis y en vuestras parroquias, en vuestros movimientos, asociaciones y comunidades, Cristo os llama, la Iglesia os acoge como casa y escuela de comunión y de oración. Profundizad en el estudio de la Palabra de Dios y dejad que ella ilumine vuestra mente y vuestro corazón. Tomad fuerza de la gracia sacramental de la Reconciliación y de la Eucaristía. Tratad asiduamente con el Señor en ese “corazón con corazón” que es la adoración eucarística. Día tras día recibiréis nuevo impulso, que os permitirá confortar a los que sufren y llevar la paz al mundo. Muchas son las personas heridas por la vida, excluida del desarrollo económico, sin un techo, una familia o un trabajo; muchas se pierden tras falsas ilusiones o han abandonado toda esperanza. Contemplando la luz que resplandece sobre el rostro de Cristo resucitado, aprended a vivir como “hijos de la luz e hijos del día” (1 Ts 5, 5), manifestando a todos que “el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5, 9).

5. Queridos jóvenes amigos, para todos los que puedan, ¡la cita es en Toronto! En el corazón de una ciudad multicultural y pluriconfesional, anunciaremos la unicidad de Cristo Salvador y la universalidad del misterio de salvación del que la Iglesia es sacramento. Rogaremos por la total comunión entre los cristianos en la verdad y en la caridad, respondiendo a la invitación apremiante de Dios que desea ardientemente “que sean uno como nosotros” (Jn 17, 11).

Venid para hacer resonar en las grandes arterias de Toronto el anuncio gozoso de Cristo, que ama a todos los hombres y lleva a cumplimiento todo germen de bien, de belleza y de verdad existente en la ciudad humana. Venid para contar al mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta los extremos confines de la tierra.

Vuestros coetáneos canadienses se preparan ya para acogeros calurosamente y con gran hospitalidad, junto con sus Obispos y las Autoridades civiles. Se lo agradezco ya desde ahora cordialmente. ¡Quiera Dios que esta primera Jornada Mundial de los Jóvenes al comienzo del tercer milenio transmita a todos un mensaje de fe, de esperanza y de amor!

Os acompaña mi bendición, mientras confío a María, Madre de la Iglesia, a cada uno de vosotros, vuestra vocación y vuestra misión.

En Castel Gandolfo, el 25 de julio de 2001

La presencia monástica en la Iglesia

Vida contemplativa en la exhortación apostólica “Vita Consecrata”

Juan Pablo II

 

La obra del Espíritu en las diversas formas de vida consagrada

monje-cisterciense-leyendo5. ¿Cómo no recordar con gratitud al Espíritu la multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena de ramas[8] que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada época de la Iglesia. ¡Qué extraordinaria riqueza! Yo mismo, al final del Sínodo, he sentido la necesidad de señalar este elemento constante en la historia de la Iglesia: los numerosos fundadores y fundadoras, santos y santas, que han optado por Cristo en la radicalidad evangélica y en el servicio fraterno, especialmente de los pobres y abandonados[9]. Precisamente este servicio evidencia con claridad cómo la vida consagrada manifiesta el carácter unitario del mandamiento del amor, en el vínculo inseparable entre amor a Dios y amor al prójimo.

El Sínodo ha recordado esta obra incesante del Espíritu Santo, que a lo largo de los siglos difunde las riquezas de la práctica de los consejos evangélicos a través de múltiples carismas, y que también por esta vía hace presente de modo perenne en la Iglesia y en el mundo, en el tiempo y en el espacio, el misterio de Cristo.

Vida monástica en Oriente y en Occidente

6. Los Padres sinodales de las Iglesias católicas orientales y los representantes de las otras Iglesias de Oriente han señalado en sus intervenciones los valores evangélicos de la vida monástica[10], surgida ya desde los inicios del cristianismo y floreciente todavía en sus territorios, especialmente en las Iglesias ortodoxas.

monja-rezandoDesde los primeros siglos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de siervo del Verbo encarnado y han seguido sus huellas viviendo de modo específico y radical, en la profesión monástica, las exigencias derivadas de la participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo, haciéndose portadores de la Cruz (staurophóroi), se han comprometido a ser portadores del Espíritu (pneumatophóroi), hombres y mujeres auténticamente espirituales, capaces de fecundar secretamente la historia con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad.

Con el propósito de transfigurar el mundo y la vida en espera de la definitiva visión del rostro de Dios, el monacato oriental da la prioridad a la conversión, la renuncia de sí mismo y la compunción del corazón, a la búsqueda de laesichia, es decir, de la paz interior, y a la oración incesante, al ayuno y las vigilias, al combate espiritual y al silencio, a la alegría pascual por la presencia del Señor y por la espera de su venida definitiva, al ofrecimiento de sí mismo y de los propios bienes, vivido en la santa comunión del cenobio o en la soledad eremítica[11].

monjes-famosos-cine-internet_1_914978Occidente ha practicado también desde los primeros siglos de la Iglesia la vida monástica y ha conocido su gran variedad de expresiones tanto en el ámbito cenobítico como en el eremítico. En su forma actual, inspirada principalmente en san Benito, el monacato occidental es heredero de tantos hombres y mujeres que, dejando la vida según el mundo, buscaron a Dios y se dedicaron a El, « no anteponiendo nada al amor de Cristo »[12]. Los monjes de hoy también se esfuerzan enconciliar armónicamente la vida interior y el trabajo en el compromiso evangélico por la conversión de las costumbres, la obediencia, la estabilidad y la asidua dedicación a la meditación de la Palabra (lectio divina), la celebración de la liturgia y la oración. Los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de dialogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial.

Institutos dedicados totalmente a la contemplación

8. Los Institutos orientados completamente a la contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura.

En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios[15].

monje-viejoEs justo, por tanto, esperar que las distintas formas de vida contemplativa experimenten una creciente difusión en las Iglesias jóvenes como expresión del pleno arraigo del Evangelio, sobre todo en las regiones del mundo donde están más difundidas otras religiones. Esto permitirá testimoniar el vigor de las tradiciones ascética y mística cristianas, y favorecer el mismo diálogo interreligioso[16].

Vita Consecrata, nº 5, 6 y 8; del 25 de marzo del año 1996, solemnidad de la Anunciación del Señor. 

Sobre la “muerte y soledad” del monje

“Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios”

Colosenses 3,3

P. Jason Jorquera M.

“Toda la vida de los religiosos debe orde­narse a la contemplación[1]

como elemento constitutivo de la perfección cristiana;

sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen

esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar,

recogiéndose realmente en la soledad…”[2].

Ésta ha sido la misión de los monjes,

quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente,

pues proclaman con su vocación y género de vida

que Dios es todo y que debe ser todo en todos[3].”

Directorio de Vida Contemplativa

 

São Bruno (3)     La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca.

     Cuando hablamos de vida monástica, necesariamente hablamos de oración, pero también de silencio, soledad y muerte, todo lo cual tiene un profundo sentido espiritual que va como marcando el ritmo mismo de la oración, a la vez que de ella se nutre para poder profundizar más aun su unión con el Creador. Me explico: para rezar se necesita del silencio, exterior en lo posible pero siempre buscando el imprescindible silencio interior que permitirá al alma oír mejor la voz del Todopoderoso que la invita a dialogar con Él; y lo mismo se diga respecto a la soledad, entendida como apartamiento de las disipaciones para tratar a solas con Dios, la cual también contribuye y se beneficia de la oración. Y finalmente la muerte, pero ¿qué muerte?, pues –llamémosla así- una “muerte vívida”, es decir, activa, batalladora; en lenguaje espiritual un continuo morir a sí mismo, al egoísmo, al amor propio, a los defectos, al pecado, etc., la cual es una condición necesaria para progresar en la contemplación de Dios.

          Entonces, morir al mundo para vivir en soledad con Dios ha de ser la impronta característica del monje, que quiere imitar al Cristo orante, modelo perfecto del contemplativo; y que busca identificarse con las palabras que escribiera el apóstol de los gentiles: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.”

Porque habéis muerto…

          galeria-1No hablamos aquí, obviamente, de la separación del alma y el cuerpo, sino de una nueva y amorosa disposición del corazón de quien se consagra a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje. Porque la renuncia –que es este “morir constante”- implica el ineludible combate por sepultar al hombre viejo, al del mundo, para que el hombre nuevo -el que tiene sed de estar a solas con su Creador para contemplarlo e interceder ante Él por la humanidad entera-, pueda comenzar a vivir libre de las ataduras de este mundo, del cual ha huido considerándose como muerto para él y refugiarse así sólo en Dios. Y esta es la razón de que la vida contemplativa sea equiparada a la  muerte gloriosa que implica el martirio: “Los mártires nacen al morir, su fin significa el principio; al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra”[4]. De la misma manera el monje, que renunció a su vida en el mundo para consagrarse a Dios, vive en sí mismo una especie de martirio que le anticipa la gloria reservada a los que dieron la propia sangre en valiente testimonio del Cordero de Dios que vino a ofrecer primero su vida por los pecadores; con la esperanza de alcanzar mediante esta entrega exclusiva la vida perenne prometida a aquellos que lo dejaron todo por seguir al Salvador de cerca, animados por la confianza inquebrantable de la que hablaba san Basilio cuando decía que “…el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo”[5]; y aplicándose, a la vez, las exhortativas palabras de san Pablo: “…porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras o pasiones de la carne, viviréis, siendo cierto que los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.”[6]

          Obviamente que el “morir al espíritu del mundo” para dejarse guiar por el Espíritu de Dios[7] no implica la ausencia de las tentaciones, de las dificultades, en definitiva de la cruz; ya que la ascesis del monje es un trabajo de toda la vida, puesto que  dondequiera que vaya llevará siempre consigo su naturaleza herida por el pecado (como cualquier otro hombre), pero gracias a su muerte-renuncia mucho más radical al espíritu mundano, se arroga para sí el premio de “la parte mejor” que eligió María y que al igual que ella no le ha de ser quitada[8], porque a imitación de su arquetipo sublime, Jesucristo, ha elegido libremente entregar a Dios su vida para servirlo en la rica soledad del monasterio: “Nadie me la quita (la vida); yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). Y esa es justamente la actitud de todo consagrado (y en este caso del monje), “hacerse ofrenda”, darse libremente en servicio de aquel que lo amó primero[9] para dedicarse a contemplarlo y buscar configurarse con aquel Hijo amado orante que pasaba las noches en profunda intimidad con el Altísimo[10]; aquel Cristo de Getsemaní que pese a sus tormentos rogaba al Padre que se realizara en Él su voluntad[11]; aquel  Jesús de Nazaret que permaneció 30 años en el arcano silencio de la casa de José y María preparando la misión que su Padre del cielo le había encomendado; en fin, aquel Mesías y Cordero de Dios que en su infinita misericordia decidió quedarse con los hombres después de su bendita ascensión, hecho sacramento en el silencio del sagrario.

          El monje además ha muerto al mundo buscando frutos para el cielo, porque si el grano de trigo muere  (entonces, y sólo entonces) da mucho fruto[12]; y lo hace porque su muerte es voluntaria, es decir, aceptada al momento decirle “sí” al llamado de Dios.

El contemplativo vive, en definitiva, “una vida que es muerte y una muerte que da vida”, pues la ha puesto totalmente en manos de Aquel que lo llamó, tal como afirma nuestro Directorio: “Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monje…”[13].

… y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios

San Bruno (2)      Vivir “escondido junto a Dios”, quiere decir apartado del mundo para dedicarse a estar en lo posible -como hemos dicho antes-, a solas con Él; es decir, refugiado en la oración porque nada puede hacerse sin la vida de oración. Un alma no puede llegar a la cima de la santidad si no ora. Dios no puede penetrar en el alma, si nosotros no tratamos de buscarlo (San Alberto Hurtado). Y el contemplativo ha de buscarlo durante toda su vida, siguiendo aquello de Dom Columba Marmion: “Buscar a Dios es permanecer unidos a Él por la fe, adherirnos a Él como objeto de nuestro amor. Ahora bien: es evidente que esta unión admite una variedad infinita de grados. Dios está presente en todas partes dice san Ambrosio, pero está más próximo a aquellos que le aman, estando en cambio alejado de aquellos que no le sirven.

     Cuando ya hemos encontrado a Dios podemos continuar aun buscándole, es decir, podemos buscarle más intensamente, acercarnos a Él por una fe más ardiente, por una caridad más exquisita, por una fidelidad más exacta en el cumplimiento de su voluntad: he aquí por qué podemos y debemos siempre buscar a Dios, hasta tanto que nos sea dado contemplarlo de una manera inamisible en todo el esplendor de su majestad, rodeado de luz eterna. Si no alcanzamos este fin, arrastraremos una vida inútil.”[14]

     Cuando dos personas que se aman están a solas experimentan gran alegría y deseos de permanecer juntos; es lo que pasa con los amigos, los esposos o los hermanos: quieren estar con aquel que aman y el sólo hecho de hacerlo les alegra el corazón. En el contemplativo esta dicha tiene que ser siempre sobrenatural: pese a las arideces, pese a las dificultades, pese a nuestras limitaciones Dios siempre está con nosotros; ¿cómo va a abandonar a quien lo dejó todo para estar con Él? Y más aún, este “estar con Dios” se va realizando en el alma misma, que es el lugar de encuentro con Aquel que suscitó en el monje el deseo de estar oculto con Él para buscar su gloria mediante la vida de oración y ocupar en la santa Iglesia el lugar que le corresponde según una divina disposición de lo alto: interceder por ella mediante oraciones y sacrificios. “El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí misma con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen. San Agustín habla con Dios en los Soliloquios y le dice: «No te hallaba, Señor, por fuera, porque mal te buscaba fuera, pues estabas dentro». Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste? ”.[15]

     El monje debe vivir oculto con Cristo en Dios, no porque quiera estar lejos de los hombres (pues su renuncia no es misantropía sino mayor deseo de Dios); no por estar harto del ruido, ni porque sea un egoísta que intenta tener a Dios sólo para sí, nada de eso; simplemente lo hace porque así lo exige su vocación, o mejor dicho, porque en esto consiste su vocación: “… No ya sólo vivir en presencia de Dios sino vi­vir para solo Dios, sin más inten­ción que Dios, “porque es más precioso delante de él y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas obras (exteriores) juntas”[16]. Por tanto que todos los actos de su vida suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adora­ción al solo Santo, en acción de gracias por tanto bien reci­bi­do, “en todo amando y reconociendo.”[17]”[18]

La gran conclusión será, entonces, que la medida de la fidelidad del  monje a su vocación, será la de su muerte al mundo e intimidad de vida interior con Dios.

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Contra impugnantes Dei cultum et re­ligionem, cap. II, n 20,Ed. Marietti, Turín, 1972, p. 11.

[2] VS, 1.

[3] Cf. 1 Cor 15,28.

[4] San Pedro Crisólogo, sermón 108

[5] San Basilio, Homilía 20

[6] Rom 8,13-14

[7] Cfr. 1 Cor 2,12; Rom 8,1,; 2Cor 4,4; 1 Jn 4,5; etc.

[8] Cfr. Lc 10, 38-42

[9] Referencia a 1Jn 4,19

[10] Cfr. Lc 5,16

[11] Cfr. Mt. 26,36-46; Mc 14,32-42

[12] Jn 12,24

[13] Directorio de vida contemplativa, nº10

[14] Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje

[15] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, I, 6).

[16] San Juan de la Cruz, Cántico, 29, 1.

[17] EE [233]: “Interno conocimiento de todo bien recibido, para que enteramente reconociendo yo pueda amar y servir en todo a su Divina Majestad”.

[18] Directorio de Vida Contemplativa nº9

Tres tipos de llamados

San Antonio Abad, carta 1ª

 

San_Antonio_Abad_(Catedral_de_Valencia)Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios [1], hombres o mujeres. Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual El mismo lo había modelado al principio [2]. Y revelándose a él le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré” (Gen. 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad [3] reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.

He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes dan fruto en el temor de Dios [4]. Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante”, etc. (Ps.18,8, traducción oficial española). Así como en otros muchos pasajes que no tenemos intención de citar.

Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia, trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a Él [5]. En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.

Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y la vocación de hijos de Dios.

Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras [6]. Les enseña cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos reciban la herencia. Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y después el corazón mediante la vigilancia y la oración [7], así como por toda práctica que debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne.

El Espíritu de conversión [8] viene en ayuda del monje. Él es quien lo pone a prueba por miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre enseguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se purifique. Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo desde la perturbación original [9]. Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo, conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (I Cor.9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura [10].

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Yo señalaría tres clases de mociones violentas [11]. La primera reside en el cuerpo, está inserta[12] en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De ella sólo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo, cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: “No os emborrachéis con vino, en él está la liviandad” (Ef.5,18). Del mismo modo, el Señor en el Evangelio prescribe a sus discípulos: “Que vuestros corazones no se emboten por la comida y bebida” (Lc.21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe repetirse: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (I Cor.9,27)[13]. En cuando a la tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan manchar a quienes se comprometen en el celibato.

Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple [14] enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las pasiones [15] en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en Él es su paz [16][17].

Esto, queridos, para indicaros cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos [18] en la obra de conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros [19], de la cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo por la voluntad propia.

Así es como el Espíritu conducirla mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es extraño [20]. El inclinar el oído sólo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que estando enfermo, se había desinteresado hasta entonces.

El Espíritu enseñara la lengua a purificarse porque ella es la que puso al alma gravemente enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol Santiago cuando dice: “Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña en su corazón, su culto es vano” (St.1,26). En otro lugar afirma: “La lengua es un miembro pequeño, pero mancha todo el cuerpo” (3,5).

Cuando el corazón está, pues, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo que dice Salomón: “Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión” (Prov.8,8) y “la lengua del justo cura las heridas” (Prov.12,18).

Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: “El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde” (ps.140,2), y esta otra: “Las manos de los poderosos distribuyen riquezas” (Prov.10,4)[21].

Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David decía sobre esto: “Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré” (ps.100,5). Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las voluntades propias [22] que lo trabajan lo hacen insaciable, a todo esto vendrá a añadirse todavía la actividad del diablo [23]. Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en ellos la palabra de S. Pablo: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (I Cor,10,31) [24]. Si los órganos genitales producen pensamientos de fornicación [25], el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, hélo aquí dueño de esas mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe su curso. Como dijo Pablo: “Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones y malos deseos” (Col.3,5).

A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu, éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de las buenas obras. Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte [26] del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos [27].

He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella. He indicado también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia, el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.

Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación le revela los adversarios que se levantan ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere en su conversión. Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta a convertirse, el Creador se apresurara tener piedad del trabajo [28] de su conversión. Y viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras[29], humildad y pobreza de corazón[30], l grimas y perseverancia en la vida monástica, – viendo, digo – su trabajo y su paciencia[31], el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvar .

 

NOTAS, 1ª Carta

[1] que llama el amor de Dios: según S.

[2] Enseñanza repetida sin cesar en las Cartas: el estado original de gracia es natural al hombre, y a este estado deben conducir de nuevo la llamada de Dios y es esfuerzo del hombre. Cf. Vita,14; y sobre todo el n.20.

[3] Según el siríaco N&OElighut”. Hay una huella en S: requies, única alusión en estas Cartas a la hesyquía, la quietud necesaria para que se desarrolle en el alma el don de Dios.

[4] En la vocación del mismo Antonio fue decisiva la escucha dela Palabra de Dios (la Ley escrita):cf. Vita, 2.

[5] Acerca de cómo las pruebas tienden a desanimar al monje para conducirlo a poner en Dios su confianza, cf. la Lettres esfils, de MACARIO, 11-12 (ed. A. WILMART, Révue d’ascétique, Ide mystique, I (1920), 58-83.

[6] Doble ascesis, exterior e interior, del cuerpo y del corazón, que se encuentran unidas inseparablemente desde los comienzos del monaquismo; cf. Apotegmas, AGATON 8. El Espíritu Santo suaviza la ascesis, cf. AMMONAS, Cartas II,2.

[7] y después el corazón…la oración, conjetura según S,E,G y la variante de un manuscrito sirio.

[8] Ammonas (Cartas II, XV, 5) también conoce un Espíritu de conversión que precede al Espíritu de verdad; este último es sólo el Espíritu Santo. con el cuerpo: según E.

[9] Lo que nosotros llamamos concupiscencia. Según la concepción de los antiguos es ajena al hombre y le fue sobreañadida.

[10] Esta purificación del corazón se dirige a todo cuanto influye indebidamente en él, a partir de la pesadez no natural del cuerpo en su estado actual. No es la supresión de todo deseo o necesidad. El n.3 señalar una moción natural en el hombre, que es según Dios.

[11] La doctrina de las tres mociones se halla casi literalmente en los Apotegmas, Antonio 22. Cf. también AMMONAS, Cartas XI,3, que mencionan tres deseos, que encierran en parte las tres mociones, pero, invirtiendo su orden.

[12] Literalmente: plantada.

[13] del mismo modo el Señor…a servidumbre: según S y G.

[14] triple: según S,E,G.

[15] Las pasiones proceden en este caso del diablo, que se aprovecha de nuestra inadvertencia. Alteran un movimiento o una moción que son naturales al cuerpo. movimiento natural: cf. S y G.

[16] ella aprende así… es: según S,E,G.

[17] Cf. MACARIO, Letra … es filas, 10-12. han de ir unidos: según E.

[18] han de ir unidos: según E.

[19] En este caso la pasión es natural. Encierra, pues, el concepto de moción. de cuanto le es extraño: según S,E,G.

[20] de cuanto le es extraño: según S,E,G.

[21] y esta otra…riquezas: según S.E,G.

[22] En plural, como aparece habitualmente en los textos antiguos. Se trata de la variedad de deseos inmoderados que, después del pecado, han roto la unidad y simplicidad del hombre.

[23] vendrá a añadirse todavía: según E.

[24] pero si el deseo…gloria de Dios: según S,E,G.

[25] Si… fornicación: según S y G.

[26] una parte: según S y G.

[27] Texto muy fuerte. MACARIO, en su Letra … es filas (n.14) habla del Paráclito “que hace alianza con la santidad del cuerpo”, en un párrafo que recuerda, más sobriamente, las largas ampliaciones de este n.4. En cuanto a AMMONAS, habla de un cuerpo viviente, que viene de arriba (Cartas I,1). Cf. la descripción del cuerpo de S. Antonio anciano en la Vita Antonii 93.

[28] En la Carta de MACARIO aparece frecuentemente Dios que se muestra solícito ante el trabajo del monje tentado. Cf. también, en la Bita Antonia 10, la respuesta de Jesús: “estaba aquí, Antonio, y esperaba para ver tu combate”

[29] huida … obras: según G.

[30] pobreza de corazón: según S,E,G.

[31] paciencia: según S y G.