Breves del Monasterio de la Sagrada Familia
Visitas y trabajos
“La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se convierte en el gigantesco secreto del cristiano” (Chesterton)
Queridos amigos: en esta oportunidad les compartimos algo más acerca de nuestro monasterio en estas últimas semanas, además de lo constituye nuestra gran ocupación al modo monástico: “ora et labora”.
Por gracia de Dios hemos podido recibir a algunos pocos peregrinos, ya que últimamente la mayor parte del tiempo tras los muros del monasterio no se han visto mucho más que a los monjes en su silenciosa y orante existencia, aunque siempre atentos a recibir y atender a quienes los deseen, especialmente a quienes vienen a este santo lugar para rezar. De entre las últimas visitas que hemos recibido, cabe mencionar a Monseñor Rafic Nahara, vicario patriarcal para Israel y obispo auxiliar del Patriarcado Latino de Jerusalén, quien vino por última vez un poco antes de ser ordenado obispo y quien deseaba volver al monasterio a conversar un rato con nosotros y compartir una muy agradable conversación antes de regresar a sus demás ocupaciones en Nazaret; también recibimos la visita de un pequeño grupo de los Padres Misioneros de la Caridad, con un sacerdote de más de 80 años a cargo, quien traía en peregrinación a 3 hermanos para prepararse a su pronta profesión perpetua, contándonos cómo tuvo la gracia de conocer y compartir con la santa Madre Teresa de Calcuta, a quien recuerda con gran cariño. Finalmente recibimos la visita de Carlota Valenzuela, una joven peregrina que realizó una peregrinación desde España hasta Tierra Santa abandonada exclusivamente a la Divina Providencia, quien luego de un año caminando finalmente pudo llegar a los lugares santos que tanto deseaba conocer.
Por otra parte, Continuamos con la poda de los olivos y de la hierba que en tiempo de lluvias crece rápidamente. También comenzamos a envasar el aceite de este año para vender y contribuir al sostenimiento del monasterio, así como con la elaboración de la siempre esperada mermelada de limón.
Como siempre, damos gracias a la Sagrada Familia y a todos los que nos acompañan a la distancia con sus oraciones, pidiéndoles especialmente en esta ocasión que recen por las necesidades del monasterio y el regreso de los peregrinos.
Siempre en unión de oraciones y con nuestra bendición, en Cristo y María:
Monjes del Monasterio de la Sagrada Familia.









Madre dulce y tierna
María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijo: es Madre dulce y tierna.
P. Gustavo Pascual
Este título es un atractivo hacia la Madre de Dios, título que inspira confianza absoluta.
La dulcedumbre se opone al amargor y la ternura a la brusquedad. Son virtudes de todos los hombres pero que especialmente sobresalen en las mujeres y sobre todo en la mujer que es madre.
Son virtudes que se practican entre los hombres, pero especialmente entre la madre y el hijo.
María es dulce y tierna para con nosotros sus hijos, para que con confianza nos acerquemos a ella, para que pongamos en su conocimiento nuestras necesidades. Ella, sin embargo, conoce nuestras necesidades porque está en el Cielo y ve en Dios todas las cosas. Ella se adelanta a socorrer a sus hijos confiados y les da lo que necesitan antes que se lo pidan como hizo en la tierra, especialmente en Caná; allí su caridad se adelantó a la necesidad de los novios y pidió para ellos a su Hijo un milagro, que hizo por el poder de su súplica, adelantar la hora de Jesús.
María es la madre dulce y tierna que lleva en sus brazos a sus hijos confiados y los mece con cariño y suavidad. Nos hace descansar cuando estamos fatigados, nos calma y nos da la paz cuando estamos enfadados o iracundos, hace graciosos y limpios nuestros pensamientos e imágenes cuando la tormenta de la concupiscencia toca nuestra alma, suaviza nuestra fatiga porque nos mece en su seno, consuela nuestras arideces porque nos llena de caricias y besos… como un niño en brazos de su madre, así espere el alma confiada en esta madre dulce y tierna.
¿Y cuándo nos portamos mal es recia y dura? No; nos corrige, eso sí, pero con suavidad; y nos busca porque ella también es pastora, nos busca como a la oveja descarriada y le avisa al Buen Pastor para que nos vaya a recoger. María nos corrige con dulzura para que nos acerquemos cada día más a su Hijo Jesús. Deja muchas veces que nos vayamos de su lado, aunque sabe que nos perjudicamos, para respetar nuestra libertad. Deja que le recriminemos tontamente que ya somos hijos grandes y que no necesitamos que nos lleve en sus brazos para respetar nuestro querer y para que experimentemos lo que no debiéramos: la dureza y la reciedumbre de la vida sin Cristo y sin ella, la miseria de la vida solitaria, de los que se quedan solos sin Cristo y sin María, sin el hermano y sin la madre; de los que experimentan la dureza del mundo sin Dios.
¿Quién te arropará en las noches crudas de invierno sino esta Madre dulce y tierna? ¿Quién te dará de comer comida blanda sino esta Madre amorosa? ¿Quién te cantará canciones de cuna para que te duermas en paz sino esta Madre buena? ¿Quién te llevará de la mano para que tu pie no tropiece sino María? ¿Quién te llevará por un camino fácil, seguro, perfecto y corto hacia el Cielo sino esta Madre dulce y tierna?
¡Cuántas veces estamos fríos en nuestra devoción!; a veces, por culpa nuestra, por ser negligentes en los ejercicios espirituales, por no prepararnos a ellos, por no darles la importancia que merecen, por pereza. También podemos estar faltos de devoción porque Dios nos prueba y nos deja en un estado de frialdad. El primer estado es culpable, el segundo es permisión divina, y no hay en él culpa alguna. Sin embargo, sea cual fuere la causa de nuestra frialdad María puede devolvernos, si es la voluntad de Jesús, el calor de la devoción, el amor fogoso por las cosas de Dios. Ella es la Madre dulce y tierna que nos ayudará con su intercesión y su gracia para que salgamos del estado de tibieza o para que tengamos paciencia en la prueba haciéndola corta y suave, y devolviendo a nuestra alma la devoción perdida.
Cuando lamentablemente nos estemos alimentando mal, cuando estemos comiendo comida dura que lastima nuestros dientes o cuando estemos alimentándonos con las bellotas de los puercos pidamos a María que venga en nuestra ayuda. Ella nos traerá el alimento que necesitamos, la comida adecuada a nuestras fuerzas y a nuestro estado espiritual. Por ella nos vendrá, si se lo pedimos, el alimento que deseamos sin saber, el alimento que nos fortalece en el camino y el que tiene todas las delicias. Ella nos traerá a Jesús sacramentado que es el alimento cumbre de nuestra vida interior.
¡Qué bien estamos aquí!, le dijo Pedro a Jesús en el monte de la transfiguración, y lo dijo porque su alma estaba en paz y llena de gozo. Qué bien se vive y se descansa con el alma en paz. La paz es como un arrullo a nuestra alma inquieta que la tranquiliza y la hace reposar; María nos traerá esta paz para que vivamos una vida serena, para que nuestras noches sean calmas como un cielo estrellado. Ella alejará de nosotros, por su paz, la turbulencia de las pasiones que nos inquietan en algunos momentos de nuestra vida. Con María viviremos en paz y gozo. Su voz melodiosa callará a los enemigos de nuestra alma y callará las vocingleras pasiones que conturban el alma.
Con María caminaremos seguros, sin tropiezos. Aunque somos grandes nos cuesta caminar sin riesgos. A veces nos caemos, otras tropezamos, otras nos desviamos de la senda que tenemos que seguir, confundidos por tantos carteles que nos invitan a apartarnos del sendero seguro. María nos quiere llevar con seguridad por el camino recto pero quiere que nos hagamos como niños, no nos quiere autosuficientes, quiere que nos abandonemos en ella y ella nos llevará seguros sin tropiezos, sin desvíos, sin caídas, sin peligros, al destino seguro del Cielo.
Ella es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios en la cual consiste la perfección cristiana[1].
[1] Cf. San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 152-168, BAC Madrid 1954, 522-528. En adelante V.D.
Bienvenido a casa (Primera parte)
Epifanía
El llamado divino y nuestro acto de fe
(Homilía)
P. Jason Jorquera M.
Escribe san Pablo en su carta a los hebreos estas palabras: Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…
La solemnidad de la epifanía, como cada uno de los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, nos viene a instruir acerca de las verdades de nuestra fe, de esa fe que el mismo Dios nos ha querido regalar, para que la vayamos fortaleciendo, madurando y manifestando en nuestra vida de cristianos católicos.
Debemos recordar que la palabra epifanía es una palabra griega que significa “manifestación”, y es por eso que podríamos hablar, en sentido amplio, de varias epifanías de Nuestro Serñor Jesucristo a lo largo de su vida, porque se manifestó a san Juan Bautista mediante los signos que hacía; se manifestó a sus discípulos, a los sumos sacerdotes y escribas, a las masas del pueblo elegido e inclusive a algunos paganos.
Pero esta epifanía o manifestacion que hoy celebramos, es la primera en que Dios se muestra a los hombres de todo el mundo “representados por aquellos que lo visitan”:
- Primero al pueblo elegido, representado por los pastores que apacentaban sus rebaños;
- y en seguida a los demás hombres del mundo, representados por los magos venidos desde lejanas tierras para adorar al Mesías nacido en el pesebre…
A partir de este día, “la Epifanía de Jesús”, se convierte en nuestra gran fiesta, porque también a nosotros se nos ha manifestado y nos ha hecho miembros de su Iglesia mediante la gracia.
Consideremos algunos aspectos de la epifanía.
A) El llamado
La Epifanía de Jesucristo, el Niño-Dios nacido en Belén, nos revela, en primer lugar, “el llamado de Dios a todas las almas”, a todos los hombres del mundo entero para que se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Como sabemos, Dios se eligió un pueblo, en el cual se debían cumplir las profecías y las promesas que Dios había hecho… es este el pueblo que recibió la ley y las escrituras y además la promesa del Mesías que nacería de la estirpe de David, por lo tanto, parece justo que sean ellos los primeros en recibir la manifestación de Dios en la persona de los pastores.
Pero Dios, que quiere colmar al hombre de sus beneficios y, por tanto, quiere también la salvación de su alma, una vez más no se contenta sólo con manifestarse a unos pocos, y es entonces que se da a conocer a todos los hombres para ofrecerles la gloria del cielo viniendo Él mismo a la tierra a llamarlos. Y es por eso que enseguida de manifestado a los judíos se manifiesta a los gentiles, a los paganos, en la persona de estos reyes magos; así nos lo han enseñado los santos padres desde los comienzos de la Iglesia y así lo hemos experimentado nosotros al hacernos miembros del nuevo pueblo de Dios, que quiere abarcar a todos los hombres. Y es justamente la actitud de los magos la que nosotros debemos tener como cristianos, es decir, la de seguir con perseverancia al Dios que se nos ha manifestado: los magos vinieron de lejanas tierras, atravesaron países, peligros, largas caminatas, probablemente noches frías y días de calor, y sin embargo, no se detuvieron hasta encontrar al Rey de los judíos, en el que reconocieron al Dios del universo pues, como ellos mismos dijeron, venían a adorarlo.
Nosotros hoy, para ir en busca de ese Rey-Dios, debemos caminar por el sendero una “seria vida de santificación”: tal vez no tendremos que atravesar ni desiertos ni montañas, pero sí practicar las virtudes, acrecentar nuestra fe, cumplir los mandamientos, aprovechar los sacramentos, etc., ese es el llamado que hoy nos hace Jesucristo, a vivir nuestra fe de manera activa, en cada momento de nuestras vidas. Decía el Papa Francisco: Hay que buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo una y otra vez. Sólo esta inquietud da paz al corazón…Sin inquietud somos estériles”
B) El acto de fe
¿Qué es lo que nos mueve a ir continuamente hacia el Dios que se nos ha manifestado?, lo mismo que movió a los magos a venir desde lejanas tierras: solamente la fe.
Decía el P. Sáenz que: El llamado a creer en Cristo es universal. Dios es quien invita, de Él es la iniciativa. El hombre, creado libre y por lo tanto capaz de decidir, puede responderle que sí a Dios, con lo cual se acerca a la luz, o puede negarse a la convocatoria, en cuyo caso permanece en la noche tenebrosa… La estrella de Belén invitó a los Magos a seguirla a través de un largo y dificultoso camino. Fatigas, hambre, vigilias, acecharon el itinerario. Pero ellos no se amedrentaron, porque estaban deseosos de encontrar a quien ya no se hallaba lejos de sus corazones. La estrella de la fe brilla en la oscuridad de este mundo, haciéndonos buscar a Dios incansablemente. Ella no sólo será la luz que nos ilumina para poder ver, sino la guía del camino. Tal es el cometido de la estrella, figura de la fe, conducimos por el sendero de la vida, hasta el encuentro definitivo con Cristo.
Los Magos la siguieron, y encontraron efectivamente al Señor. Su “orientadora” (la estrella) no les falló. Así también la fe, luz que guía nuestra inteligencia, no nos defraudará. Nos llevará hasta el final, y hasta el término en el camino de este peregrinar, que no es otro que el descanso en la contemplación del Verbo Encamado, y a través de Él, de la Santísima Trinidad.
Y escribía también San Juan de la Cruz: “La fe y el amor serán los lazarillos que te llevarán a Dios por donde tú no sabes ir. La fe son los pies que llevan a Dios al alma. El amor es el orientador que la encamina“.
Para encontrar a Dios, es necesario vivir una fe auténtica, una fe pura, es decir, no mezclada con los criterios de la tierra sino los del cielo: ¿cómo decir que amo a Dios si no me reconcilio con Él en la confesión?; ¿cómo rezar el Padre Nuestro si no vivo como hijo de Dios?… tenemos que vivir lo que creemos, y creer lo que Dios nos ha manifestado:
- Id por todo el mundo y predicad el evangelio… (la predicación comienza con el ejemplo)
- Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis… (la caridad cristiana)
- Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan… (la oración por los que nos persiguen)
- Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano… (el perdón y la reconciliación)
- Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos… (practicar las virtudes, o mejor dicho, vivir una vida virtuosa)
Los reyes magos se dejaron guiar sólo por la fe, y gracias a su fe es que encontraron al Dios que buscaban.
Escribía el Papa Francisco: “Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. Es esta la pregunta que debemos hacernos: ¿tenemos esas grandes visiones y el impulso? ¿Somos audaces? ¿Nuestro sueño vuela alto? ¿El celo nos devora? ¿O somos mediocres y nos contentamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en sí misma y en su capacidad de organizar, sino que se esconde en las aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos expanden el corazón. Es lo que dice San Agustín: rezar para desear y desear para agrandar el corazón. … Sin deseos no se va a ninguna parte y es por eso que se tienen que ofrecer los propios deseos al Señor…”
Buscad y hallareis, dice Jesucristo. Y si buscamos a Dios, ¿acaso no se va a dejar encontrar?… Dios siempre se deja encontrar.
Cuando los Magos llegaron a Belén, al final de tantas fatigas, de tanto buscar al que con Amor eterno ya los había llamado (y germinalmente encontrado), por fin descansaron. Quizás esperaban hallar un palacio, riquezas, lujo y ostentación. Sólo vieron a un Niño en brazos de su Madre. Y sin embargo, la luz que los trajo, suscitó en su interior un sagrado deber de piedad y religiosidad. Se arrodillaron entonces, ante el Niño, para expresar con tal postura su tributo de adoración. Habían encontrado, por fin, a su Dios y Señor: ese es el premio de la fe.
Que María santísima nos alcance la gracia de tener una fe inquieta, no muerta ni estancada, que no se canse de buscar a Dios en esta vida hasta encontrarlo en la eternidad.
Concordia
La concordia: adorno y distintivo de los creyentes
P. Jason Jorquera
“Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros.”
Jesucristo.
Explicando este versículo, dice san Agustín que Jesús no se refiere a que sean uno con Dios, con Él en refiriéndose a su naturaleza, puesto que obviamente esto es imposible, sino que se refiere más bien a la unidad de voluntades lo cual es consecuencia exclusiva del amor. Es decir, que este “ser unos” con Dios y con su Hijo, significa ser uno en la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras vidas. Cuando el alma aprende a buscar en todo la voluntad de Dios, alcanza un fruto que la llena de gozo y a la vez es capaz de redundar en beneficio de quienes la rodean, este fruto tan deseado por los hombres de buena voluntad es lo que llamamos concordia, que es la conformidad en la unidad de corazones. Esta concordia es la que Jesucristo pide y exige para sus discípulos, por lo tanto, para ser verdaderos seguidores de Cristo en necesario que en nuestras comunidades viva la concordia si queremos que Jesucristo esté en medio de nosotros; y nos referimos a todas las comunidades de creyentes: comunidades religiosas, la familia, el trabajo, etc., porque la concordia, desde los primeros tiempos de la Iglesia, ha sido el adorno y distintivo de los creyentes.
Dice el libro del eclesiástico: Con tres cosas me adorno y me presento, hermosas ante el Señor y ante los hombres: la concordia entre hermanos, la amistad entre los prójimos y la armonía entre mujer y marido[1].
La concordia está presente donde reina la caridad; porque « La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios.»[2]
Jesucristo quiere que todos sean uno y para guiar mejor al hombre hacia esa unidad con el Padre y el Espíritu Santo, ha querido hacernos parte de su única iglesia; la que tiene un solo Señor, una sola Fe, un solo bautismo y una sola Madre para conducirnos al cielo.
La Donum Veritatis, hablando a los teólogos dice: «La iglesia es ‘como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano’. Por consiguiente, buscar la concordia y la comunión significa aumentar la fuerza de su testimonio y credibilidad; ceder, en cambio, a la tentación del disenso es dejar que se desarrollen ‘fermentos de infidelidad al Espíritu Santo»[3]
De todo esto se sigue lo nefasto y terrible que es crear discordia, que es el pecado que se opone a la concordia, entre los miembros de la Iglesia. Por eso debemos estar atentos a todo lo que sea causa de sembrar discordia, es decir, desunión entre los hermanos, como por ejemplo la murmuración, la mentira, las calumnias, el mal espíritu, etc. San Bernardo llega a decir: «Más vale que perezca uno, que la unidad: es necesario separar al que perturba la concordia.»[4]; y san León Magno: «Aborreced el espíritu de discordia; vivid siempre en paz; no disputéis de cosa alguna por diversión; las disputas engendran disputas; de ellas nacen las discusiones; encienden las llamas del odio; apagan la paz del corazón y rompen la unión de las almas.»[5]
El deseo de Jesucristo es que reine la paz y la unidad entre los hombres, cuanto más debemos nosotros convertirnos en ejemplo de concordia para el mundo, por eso Él mismo se dirige al Padre suplicándole: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.
[1] Eclo 25, 1.
[2] San Clemente, Carta a los Corintios.
[3] Donum Veritatis nº 40, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, Congregación para la doctrina de la fe, 24 de mayo de 1990
[4] S. Bern., Ep. 102, sent. 62, Tric. T. 10, p. 325 y 326
[5] S. León Papa, Serm. 25, c. 5, sent. 19, Tric. T. 8, p, 385.
Abnegación y alegría
“Si no se hace amar la virtud, no se la buscará”
San Alberto Hurtado
No hay sólo que darse, sino darse con la sonrisa. No hay sólo que dejarse matar, sino ir al combate cantando.
Hay que hacer amar la virtud. Hacer que los ejemplos sean contagiosos, de otra manera quedan estériles. Hacer la vida de los que nos rodean sabrosa y agradable.
Esto es triunfar sobre el egoísmo sutil, que una vez expulsado de la trama de nuestra vida, tiende a refugiarse en los repliegues, es decir, en nuestra sensibilidad egoísta haciendo sentir que uno es un mártir o al menos una víctima, alzándose sobre un pedestal y buscando el ser consolado.
Canta y avanza, la abnegación total es alegría perpetua. ¿Es la cuadratura del círculo? No. Porque hay un vínculo secreto entre el don de sí, por amor, y la paz del alma.
Nuestra vocación es integración total a Cristo, a Cristo resucitado. ¿En qué consiste esta actitud? Es difícil definirla, como no se puede definir belleza de una pieza de Beethoven, o de una Virgen de Fray Angélico. Es distinta para cada uno. Negativamente, es la eliminación de todo lo que choca, molesta, apena, inquieta a los otros, lo que les hace la vida más dura, más pesada, les desagrada…
San Pablo: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gál 6,2). No dice: “imponed a los demás vuestras cargas”. Se hace más pesada la atmósfera general.
El temperamento dulce, alegre, ligeramente original, simple, no forzado, alegre, amable en el recibir las personas y las cosas, contribuye a la alegría de la vida… Así Santa Teresa alegraba y contribuye alegrando… Algunas bromitas a tiempo… El sentarse junto a una mesa modestamente.
Cada uno tiene posibilidad de hacer algo, cada uno siguiendo su carácter: unos alegres, otros artistas, otros tranquilos y pacíficos, otros simpáticos… Cada uno cultivando su naturaleza. La gracia supone la naturaleza.
Si no se hace amar la virtud, no se la buscará. Se la estimará, pero no se la buscará. Todos desearían estar en la cumbre de monte para gozar bella vista, pero lo que aparta de ella es la dificultad de escalar. La subida es difícil, a veces peligrosa, parece larga. Pero el alegre le quita esa aspereza. Es como el alpinista: si vuelve alegre y animoso: consigue otros adeptos; si vuelve molido, tiritón y quejándose, los otros dicen: ¡bah, esto no es para mí!
Un santo triste, ¡un triste santo! “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,29–30). ¡Cuántas vocaciones al ver sonrientes a los novicios!
Meditación del Padre Hurtado en Ejercicios Espirituales del Clero de Concepción, posiblemente en febrero o marzo de 1948.
Santa María, Madre de Dios
(Homilía para el 1º de enero)
En el siglo V surgió una herejía llamada nestorianismo, la cual afirmaba que el Hijo de Dios se sirvió del hombre Jesús solamente como de un instrumento. De esto se deriva que la humanidad de Cristo, que fue la que sufrió en la pasión, no pudo redimir al mundo con una redención superabundante e infinita, pues era limitada. Tampoco, entonces, se puede decir que “el Verbo se hizo carne”. Jesús y el Hijo de Dios eran así dos personas distintas.
La consecuencia de esta herejía respecto a María santísima sería que ella habría dado a luz al hombre en el que habitó el Verbo, y por lo tanto no sería la Madre del Hijo de Dios.
Cuenta la historia que un día un discípulo de Nestorio en un sermón dijo que María no era la verdadera Madre de Dios sino sólo del hombre Jesús, pero en ese mismo momento el pueblo fiel comenzó a gritar “¡Theotokos!, ¡Theotokos!” (Madre de Dios), manifestando así la firmeza de su fe en el misterio que hoy celebramos: María como Madre de Dios.
Su maternidad
Escribe el P. Hurtado en un libro de moral social: El modo de vida femenina, su innata disposición, es la maternidad. Toda mujer nace para ser madre: madre, en el sentido físico de la palabra, madre en el sentido más espiritual y exaltado, y no por eso menos real. La mujer que es verdaderamente mujer contempla los problemas de la vida siempre a la luz de la familia, y su sensibilidad exquisita advierte cualquier peligro que amenaza pervertir su misión de madre, o que se cierne sobre el bien de la familia.
María santísima, permaneciendo Virgen por gracia divina, cumplió su vocación natural de Madre, pero además fue preparada por Dios desde toda la eternidad para una misión única, exclusiva, irrepetible, y que la puso por sobre todas las creaturas: ser Madre de Dios.
Ser madre significa trabajo, esfuerzo, paciencia, magnanimidad, renuncia, a veces dolor, etc., pero sobre todo significa amor, cuidado, protección, preocupación, atención, etc. La Virgen María es el único caso en el que “la madre fue hecha según el hijo y no el hijo según la Madre”, porque Dios la quiso inmaculada, para que pudiese portar a su Hijo como el más purísimo de los tabernáculos, como el más perfecto sagrario.
Importancia
Habiendo dejado esto en claro, ahora nos podemos preguntar acerca de la importancia de la maternidad divina para nuestra fe.
Escribía un autor: “La maternidad divina es la base de la relación de María con Cristo; de aquí que es la base de su relación con la obra de Cristo, con el Cristo total, con toda la Teología y el cristianismo; es, por lo tanto, el principio fundamental de toda la Mariología” (Cyril Vollert).
Cuando Dios asumió a María como madre, estableció una relación única con la humanidad, ya que por medio de la Virgen es que Dios entra en contacto directo con nuestra naturaleza, a la vez que María comienza a ocupar un lugar exclusivo en nuestra relación con Dios, como nos enseñan los autores marianos: Cristo nos vino por María y por ella podemos llegar más perfectamente a Dios.
Para comprender mejor esta relación única de María con Dios podemos considerar lo que implica la vida de cualquier buena mamá respecto a un hijo: le da su sangre y sus cuidados, lo trae al mundo, luego lo protege, los abraza, lo resguarda, lo acompaña en su crecimiento y desarrollo, y se alegra de sus alegrías, etc. Ahora apliquemos todo esto a la Virgen durante su vida con Jesús, el Hijo de Dios; pero agregando lo exclusivo, es decir, “cómo lo contemplaba, lo veía crecer, y guardaba todas esas cosas, todos esos sentimientos, en su corazón”
La Iglesia ha definido solemnemente como verdad de fe la maternidad divina de María en el Concilio Ecuménico III de Éfeso en el 431, pero la certeza sobre esta verdad venía desde mucho antes en los corazones de los creyentes, y anteriormente aun, en el eterno designio de Dios.
Si queremos honrar verdaderamente a Dios, debemos honrar también a aquella que nos lo trajo al mundo, aquella que mereció llevar en su vientre al Hijo de Dios, aquella cuyos brazos fueron su primera cuna y cuyos cuidados lo acompañaron durante su vida terrena.
A la Madre de Dios nos encomendamos, pidiéndole que nos alcance la gracia de imitarla especialmente en su preocupación por la gloria de Dios y en su fiel cumplimiento de la voluntad divina durante toda nuestra vida.
P. Jason
FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
Santa Misa en la gruta de Belén y festejos en el monasterio
¡Feliz Navidad para todos!


















