











“Two projects for St. Anne’s House”.
Dear friends:
As you well know, especially those of you who accompany us in this apostolate through Facebook for several years, your prayers for us have been always the most important type of help, it has been thanks to the Holy Family and your prayers that after these 17 years in Sepphoris, thanks to God little by little, the monastery has improved, along with the simplicity that we always hope to be able to preserve. In this opportunity we want to make an extra special request to those who can collaborate with anything, economically speaking, because every contribution is of great value to us.
That is why to benefit this holy place, that thanks to God has become more known as a place of pilgrimage, we have made two projects that we hope will be of great benefit those same pilgrims who visit us every day.
You may already know that our simple lifestyle does not allow us to achieve the completion of the projects without help, (the main one -we repeat-, are your pious prayers.)
Account to help: paypal.me/casadesantaana
First project: IMAGE OF SANTA ANA
Definitive placement of the beautiful image of St. Anne given by the parish, dedicated to our beloved saint in Arizona, which through Fr. Sergio Fita, pastor at that time, made the generous collection for the beautiful image made of marble from Carrara, Italy. Two meters high and a beauty that really touches the heart; and not only that, but they even took care of the transfer to here: eternal thanks! The drawback so far has been the difficulty to find a company for the definitive placement of the image; due to both the difficult terrain of the monastery and the cost of the placement itself. By the grace of God, a Christian man from Nazareth offered to do the installation without asking for more than what was necessary for the materials (the base of the image) and to pay for the necessary machinery (an incredible difference compared to the first company we consulted with). Once the confirmation is given, in only two weeks our beloved Saint Anne with the Blessed Virgin child will be in its definitive place, for the devout veneration of all those who come to visit the place, sanctified by the Holy Family even the grandparents!
The cost of this project is NIS 14,930 (4,078.52 dollars at present).
Second project: ROOF FOR PILGRIMS
As those who have come to visit us know, the monastery is extremely simple in its external appearance: the imposing ruin of the basilica with its small chapel for about 15 people, the olive trees garden and the garden of the Virgin and the two rooms and dining room of the monks, nothing more. That is why when the sun rises (which here is very strong and with high temperatures), unfortunately we cannot offer the pilgrims any shade other than that of some small tree, which we have been trying to solve for years but it has been impossible. That is why we are also asking for your help to finance this second project, which consists of a large wooden roof of 6 x 6 meters, very firm due to the strength of the wind at midday here, especially in summer, and as a shelter for those who come to pray, which would be located next to the so-called mirador, which is the lower part of the wall of the monastery that looks towards the fields below the monastery, a really nice view.
The cost of this project is NIS 36,410 (9,941.68 dollars at present).
Being such a large amount, we will obviously start with the placement of the image and then move on to the roof for the pilgrims, looking for our part to continue to collect what is needed until we have everything. If we manage to get everything we will let you know immediately so that you do not continue to donate, we do not want to abuse your generosity, as soon as the monetary goal has been reached we will notify all of you.
Thank you very much to all of you, dear friends, we remind you that your prayers are the most valuable contribution for us, because thanks to them this simple monastery little by little has become a place of pilgrimage and apostolate that only God knows how many people it has been able to help a little, We say this in the light of the messages that reach us internally thanking us on more than one occasion for some word, some homily, some phrase of a saint that someone, only by the grace of God, has read at an important moment and
Which God has used to touch a heart or simply to instruct in regards to our faith.
We are grateful to all of you and with our blessing, in Christ and Mary:
Monks of the Monastery of the Holy Family,
Sepphoris, Holy Land.






P. Gustavo Pascual, IVE.
El conocimiento secreto que María tiene de nuestras ofrendas es el conocimiento que nosotros le manifestamos generalmente cuando vamos a visitarla en algún santuario o al ver su imagen. Conocimiento que ella tiene porque ve el fondo de nuestro corazón y sabe que todo lo que hacemos, por ser sus hijos, se lo entregamos a ella como ofrenda de amor.
Para hablar de este conocimiento recordaré aquel pasaje del Evangelio de la viuda pobre[1] que hizo su pequeña ofrenda, pequeña materialmente, y que llamó la atención de Jesús que conoce el fondo de los corazones y las acciones de los hombres de todos los tiempos.
Jesús dijo a sus apóstoles en aquella ocasión que la viuda, que apenas echó dos moneditas, había hecho la ofrenda más grande de todos porque dio todo, dio lo único que le quedaba para vivir. La ofrenda de la viuda es un culto a la divina providencia y una entrega sin reservas, en definitiva, en manos de Dios que es el Señor de todas las cosas.
Así como agradó aquella ofrenda al Señor así agradan las ofrendas similares a Nuestra Señora. Ella no mira tanto la ofrenda exterior cuanto la interior, ese desprendimiento del corazón de todas las cosas, no sólo de las materiales sino, en especial, de las espirituales y de nosotros mismos. Ella quiere que nos ofrendemos completamente a ella porque quiere hacer en nosotros y por nosotros obras grandes.
La Virgen María recibe muchas ofrendas, ofrendas de todo tipo, pero quiere que sus hijos no se queden sólo en el ofrecimiento exterior, quiere que sus hijos vayan ofreciendo su vida, que quieran cambiarla por una vida más auténtica, que se acerquen a ella, que vivan como ella. ¿Para qué le sirven tantos vestidos, joyas y cosas materiales si ella está en el Cielo junto a Dios y no tiene necesidad de nada porque es plenamente feliz? Ella quiere almas, almas que quieran ser como su Hijo, almas que se vacíen de sí mismas y se le entreguen para que las moldee a imagen de Jesús.
Así como las ofrendas son diversas, así lo que piden sus hijos a esta agraciada Madre es variado y ella socorre sus necesidades con amor extraordinario, pero quienes le pidan cosas grandes y en especial su conversión, vivir una vida pura, una vida “cristificada”, lo alcanzarán de ella.
Ofrendar lo que nos sobra, lo que podemos dar sin mucha incomodidad está bien, ofrecerle cosas que nos cuestas y que implican sacrificios está mejor y esos sacrificios tienen grados: de los materiales a los físicos y a los espirituales y éstos últimos tienen mayor valor. Pero ofrendarse todo, bienes y persona es óptimo, como lo hizo la viuda del Evangelio. Animémonos a cuanto podamos pero debemos saber que podemos ofrendarnos como esclavos de amor y esta es la mayor devoción que le podemos tener.
La verdadera devoción consiste en darse todo entero, como esclavo de amor, a María. Todo se resume en obrar siempre: por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo[2].
“Con esta devoción se inmola el alma a Jesús por María, con un sacrificio, que ni en orden religiosa alguna se exige, de todo cuanto el alma más aprecia; y del derecho que cada cual tiene de disponer a su arbitrio del valor de todas sus oraciones y satisfacciones: de suerte que todo se deja a disposición de la Virgen Santísima que, a voluntad suya, lo aplicará para mayor gloria de Dios que sólo Ella perfectamente conoce.
A disposición suya se deja todo el valor satisfactorio e impetratorio de las buenas obras […] también nuestros méritos los ponemos con esta devoción en manos de la Virgen Santísima; pero es para que nos los guarde, aumente y embellezca […]
¡Feliz y mil veces feliz el alma generosa que, esclava del amor, se consagra enteramente a Jesús por María, después de haber sacudido en el bautismo la esclavitud tiránica del demonio![3]
Una de las ofrendas más agradables a la Madre de Dios son nuestras ofrendas en favor del prójimo. Oraciones, sacrificios, renuncias en favor de nuestros hermanos.
El amor al prójimo es la característica principal del hijo de María y del hermano de Jesús. “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”[4] y “en esto conocerán todos que sois discípulos míos”[5]. El amor al prójimo es la plenitud de la ley y por él demostramos el amor que tenemos a Dios.
Dice San Juan Crisóstomo: “El cristiano fervoroso ha de preocuparse del bien de los demás. Y en esto no nos vale la excusa de la pobreza, ya que entonces nos acusaría el ejemplo de la viuda que echó las dos moneditas en el templo. Pedro afirmó no tengo plata ni oro. Asimismo Pablo era tan pobre, que muchas veces pasó hambre por carecer del alimento necesario. Tampoco sirve pretextar un nacimiento humilde, ya que éstos eran de origen humilde. Como tampoco nos excusa la ignorancia, pues ellos eran hombres sin letras. Ni la enfermedad, pues Timoteo con frecuencia padecía enfermedades. Todos podemos ayudar a nuestro prójimo, si cada cual cumple con lo suyo”[6].
Nuestras ofrendas al prójimo muestran nuestras ofrendas a Dios y nuestra entrega a Dios, porque mostramos nuestro amor a Dios a quien no vemos amando al prójimo a quien vemos como lo hizo el Buen Samaritano[7], que vio al prójimo en necesidad y se compadeció de él dándole de lo que tenía para curarlo, es decir, usando de misericordia para con él.
Ofrendemos a María la ayuda a nuestro prójimo necesitado, en humilde sacrificio por todo lo que Ella nos da. Que se pueda decir de nosotros: “En cuanto al amor mutuo, no necesitáis que os escriba, ya que vosotros habéis sido instruidos por Dios para amaros mutuamente. Y lo practicáis bien con los hermanos de toda Macedonia. Pero os exhortamos, hermanos, a que continuéis practicándolo más y más”[8].
[1] Cf. Mc 12, 41-44
[2] V.D. nº 257-265…, 578-84
[3] San Luis María Grignion de Montfort, Obras de San Luis María G. de Montfort, El Secreto de María nº 29-34, BAC Madrid 1954, 279-281
[4] Jn 13, 34
[5] Jn 13, 35
[6] San Juan Crisóstomo, Homilía 20, 4: PG 60, 162-164. Cit. en la Liturgia de las Horas (IV), segunda lectura del común de santos varones.
[7] Lc 10, 30s
[8] 1 Ts 4, 9-10
María, depositaria de nuestras promesas y votos
P. Gustavo Pascual, IVE
El culto es una necesidad humana, y necesitamos expresarnos de alguna manera para testimoniar al Señor y a su Madre Santísima o a los Santos nuestra fe, porque sabemos muy bien que ellos pueden socorrernos en nuestra pobreza. Y una manera de hacer patente nuestra piedad son los votos, romerías y promesas que el hombre formula a la Divinidad y a la Virgen Santísima, y también a los Santos, como más cercanos a Dios. Es así que desde un principio vemos cada día multiplicarse más y más las ofrendas y promesas a Nuestra Señora[1].
María también es la depositaria de nuestras promesas y votos.
Las promesas consisten en un intercambio de ofrendas. Le prometemos a la Santísima Virgen para que nos conceda una gracia, prometemos un sacrificio por la salud, prometemos una oración por la conversión de un pecador, prometemos una ofrenda material para conseguir un trabajo, etc.
El voto consiste más bien en una entrega de un bien mayor y posible por amor a ella, para alabarla. Prometemos una Misa en su honor, entregamos a ella nuestros sacrificios, hacemos voto, de cuanto somos y tenemos, dejarlo en sus manos, hacemos voto de ser sus hijos para siempre, nos consagramos a ella bajo voto de esclavitud, etc.
En todos los santuarios marianos suelen haber recordatorios de estas promesas y votos que sus hijos hacen a la Santísima Virgen. Recordatorios de que han estado allí y le han ofrendado desde lo íntimo de su corazón lo que su amor les sugería. En sus santuarios y en la confidencia de la vida del espíritu ellos se han entregado a su Madre. Han entregado toda o parte de su vida para alabarla como medianera universal de gracias o simplemente para reverenciarla como su Madre, merecedora de sus votos de amor.
Y la Virgen da a sus promesantes lo que necesitan, siempre y cuando sea para su bien, y sino no les concede lo que le piden es porque sabe que les va a perjudicar. Y a aquellos que se entregan a ella por el voto les concede una particular protección y una amorosa solicitud para conducirlos a la patria celestial.
Promesas y votos que proceden del amor como también del amor de esta Madre benigna proceden los bienes que derrama sobre sus hijos. Y cuanto más puro es el amor que informa nuestras promesas y votos de mayor estima son ellos. Porque muchas veces es el interés lo que lleva a prometer cosas a María y nos convertimos en devotos interesados.
¿Cuáles son las clases de devotos? Dice San Luis María:
Hay, a mi parecer, siete clases de falsos devotos y falsas devociones a la Santísima Virgen, a saber[2]:
1° los devotos críticos;
2° los devotos escrupulosos;
3° los devotos exteriores;
4° los devotos presuntuosos;
5° los devotos inconstantes;
6° los devotos hipócritas;
7° los devotos interesados.
San Luis María Grignion de Montfort nos trae un voto especialísimo para hacer a la Santísima Virgen. Consagrarse a ella con esclavitud de amor.
Nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más completamente a Jesucristo y a su Santísima Madre que la esclavitud aceptada voluntariamente a ejemplo de Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo y de la Santísima Virgen que se proclamó servidora y esclava del Señor[3].
¿Qué razones nos llevan a abrazar esta devoción?
“+Nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo por manos de María.
+ Nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano el consagrarse totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de pertenecer más perfectamente a Jesucristo.
+ La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordiosa y jamás se deja vencer en amor y generosidad.
+ Esta devoción, fielmente practicada, es un medio excelente para enderezar el valor de nuestras buenas obras a procurar la mayor gloria de Dios.
+ Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios.
+ Esta devoción da a quienes la practican fielmente una gran libertad interior: la libertad de los hijos de Dios.
+ Abrazar esta práctica reporta grandes bienes a nuestro prójimo.
+ Lo que más poderosamente nos induce a abrazar esta devoción a la Santísima Virgen es el reconocer en ella un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fieles a Dios”[4].
Los verdaderos devotos de María Santísima deben ser:
Libres: Verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como el fuego y alumbrar las tinieblas del mundo como soles; y que por medio de la verdadera devoción a María, es decir, interior sin hipocresía, exterior sin crítica, prudente sin ignorancia, tierna sin indiferencia, constante sin liviandad y santa sin presunción, aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza” (Gn 3, 15)[5].
[1] Presas, Nuestra Señora en Luján y Sumampa, Ediciones Autores Asociados Morón Buenos Aires 1974, 200
[2] San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 92, BAC Madrid 1954, 491-2
[3] San Luis María G. de Montfort, O.C., Tratado de la verdadera devoción nº 152-168…, 481
[4] Ibíd., nº 135-173, 513-541
[5] San Luis María g. de montfort, O.C., La Oración Abrasada…, 599
“Felices son los misericordiosos, puesto que a ellos se les mostrará misericordia.” Mt 5, 7
(Homilía)
Para meditar este Sábado Santo…
José María Pemán
Composición de lugar
Palidecidas las rosas
De tus labios angustiados;
Mustios los lirios morados
De tus mejillas llorosas;
Recordando las gozosas
Horas idas de Belén,
Sin consuelo y sin bien
Que su soledad llene…
¡Miradla por donde viene,
Hijas de Jerusalén!
Meditación
Virgen de la soledad:
Rendido de gozos vanos,
En las rosas de tus manos
Se ha muerto mi voluntad.
Cruzadas con humildad
En tu pecho sin aliento,
La mañana del portento,
Tus manos fueron, Señora,
La primera cruz redentora:
La cruz del sometimiento.
Como tú te sometiste,
Someterme yo quería:
Para ir haciendo mi vía
Con sol claro noche triste.
Ejemplo santo nos diste
Cuando, en la tarde deicida,
Tu soledad dolorida
Por los senderos mostrabas:
Tocas de luto llevabas,
Ojos de paloma herida.
La fruta de nuestro bien
Fue de tu llanto regada:
Refugio fueron y almohada
Tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
Tu falda cuna le hacía,
Y sobre Él tu amor volvía
A las angustias primeras…
Señora: si tú quisieras
Contigo lo lloraría.
Coloquio
Por tu dolor sin testigo,
Por tu llanto sin piedades,
Maestra de soledades,
Enséñame a estar contigo.
Que al quedarte Tú conmigo,
Partido
Ya de tu veras
El hijo que en la madera
De la Santa Cruz dejaste,
Yo sé que en Tí lo encontraste
De una segunda manera.
En mi alma. Madre, lavada
De las bajas suciedades,
A fuerza de soledades,
Le estoy haciendo morada.
Prendida tengo y colgada
Ya mi cámara de flores.
Y a humear por los alcores
Por si llega el peregrino
He soltado en mi camino
Mis cinco perros mejores.
Quiero yo que el alma mía,
Tenga, de sí vaciada,
Su soledad preparada
Para la gran compañía.
Con nueva paz y alegría
Quiero, por amor, tener
La vida muerta al placer
Y muerta al mundo, de suerte
Que cuando venga la muerte
La quede poco que hacer.
Oración final
Pero en tanto que El asoma,
Señor, por las cañadas,
¡por tus tocas enlutadas
y tus ojos de paloma!
Recibe mi angustia y toma
En tus manos mi ansiedad
Y séame, por piedad,
Señora del mayor duelo,
Tu soledad sin consuelo
Consuelo en mi soledad.
El pecador habla con Jesucristo en la cruz…
El pecador:
¿Por qué, Señor del Cielo,
pudiendo redimir de mil maneras,
la cruz del desconsuelo
sin par, y sin fronteras,
abrazas por el hombre al que liberas?
Jesucristo:
Es cierto que podría
obrar la salvación con sólo un dedo,
mas si en la cruz se expía
amando con denuedo,
hasta el final en ella yo me quedo.
El pecador:
¡Mas no era necesario
beber también la hiel de los azotes!;
parece que el Calvario
forjaba sus barrotes
al son de la crueldad de los garrotes…
Jesucristo:
Aún no lo comprendes…,
lo escrito debe hallar su cumplimiento;
si tu mirada extiendes
al Cielo y su cimiento,
verás la gloria oculta en lo cruento.
El pecador:
Pero Señor, no entiendo,
¿por qué también espinas en tu frente
permites, cual remiendo
furioso e insolente?;
¿Oh, cuánto es para Ti lo suficiente?
Jesucristo:
Mi reino no se encuentra
en este mundo herido del pecado;
mi redención se centra
en un amor probado,
por más que sea de espinas coronado.
El pecador:
¿Hacía falta acaso
llegar hasta los clavos en tus manos
y pies, en este ocaso
de vida y sus arcanos
designios, que el dolor hace cercanos?
Jesucristo:
Contempla en este abrazo
que ofrezco inamovible al ser clavado,
aquel perdón sin plazo
de prescripción que ha dado
al hombre facultad de ser salvado.
El pecador:
Ya entiendo, Señor mío,
en Ti la entrega noble que no cede
al atropello frío
y cruel que nunca puede
vencer, ¡porque tu amor no retrocede!
Jesucristo:
Ahora ves más claro
y más allá del velo del tormento:
mi cruz se vuelve amparo
del alma en el momento
que acepta compartir mi sufrimiento.
El pecador:
Te ruego, Señor mío,
que aceptes mi contrita compañía;
sé bien que fui un impío,
te ofrezco el alma mía
sin dar un paso atrás como solía.
Jesucristo:
Por esto mi madero,
mis clavos, mi corona y mis flagelos:
en este dolor fiero
se esconden mis anhelos
de convidar al Reino de los Cielos.
P. Jason Jorquera M.
“Si todos los días de nuestra vida están marcados por este gran misterio de la fe, el de hoy lo está de modo particular. Este es nuestro día con él.”
San Juan Pablo II
1. «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (Hb 13, 8).
Queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo: Mientras nos encontramos hoy en torno a tantas cátedras episcopales del mundo —los miembros de las comunidades presbiterales de todas las Iglesias junto con los pastores de las diócesis—, vuelven con nueva fuerza a nuestra mente las palabras sobre Jesucristo, que han sido el hilo conductor del 500 aniversario de la evangelización del nuevo mundo.
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre»: son las palabras sobre el único y eterno Sacerdote, que «penetró en el santuario una vez para siempre… con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna» (Hb 9, 12). Éstos son los días —el «Triduum sacrum» de la liturgia de la Iglesia— en los que, con veneración y adoración incluso más profunda, renovamos la pascua de Cristo, aquella «hora suya» (cf. Jn 2, 4; 13, 1) que es el momento bendito de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4).
Por medio de la Eucaristía, esta «hora» de la redención de Cristo sigue siendo salvífica en la Iglesia y precisamente hoy la Iglesia recuerda su institución durante la última Cena. «No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros» (Jn 14, 18). «La hora» del Redentor, «hora» de su paso de este mundo al Padre, «hora» de la cual él mismo dice: «Me voy y volveré a vosotros» (Jn 14, 28). Precisamente a través de su «ir pascual», él viene continuamente y está presente en todo momento entre nosotros con la fuerza del Espíritu Paráclito. Está presente sacramentalmente. Está presente por medio de la Eucaristía. Está presente realmente.
Nosotros, queridos hermanos, hemos recibido después de los Apóstoles este inefable don, de modo que podamos ser los ministros de este ir de Cristo mediante la cruz y, al mismo tiempo, de su venir mediante la Eucaristía. ¡Qué grande es para nosotros este Santo Triduo! ¡Qué grande es este día, el día de la última Cena! Somos ministros del misterio de la redención del mundo, ministros del Cuerpo que ha sido ofrecido y de la Sangre que ha sido derramada para el perdón de nuestros pecados. Ministros de aquel sacrificio por medio del cual él, el único, entró de una vez para siempre en el santuario: «ofreciéndose a sí mismo sin tacha a Dios, purifica de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo» (cf. Hb 9, 14).
Si todos los días de nuestra vida están marcados por este gran misterio de la fe, el de hoy lo está de modo particular. Este es nuestro día con él.
2. En este día nos encontramos juntos, en nuestras comunidades presbiterales, para que cada uno pueda contemplar más profundamente el misterio de aquel sacramento por medio del cual hemos sido constituidos en la Iglesia ministros del sacrificio sacerdotal de Cristo. Al mismo tiempo, hemos sido constituidos servidores del sacerdocio real de todo el pueblo de Dios, de todos los bautizados, para anunciar las «magnalia Dei», las «maravillas de Dios» (Hch 2, 11).
Este año es oportuno incluir en nuestra acción de gracias un particular aspecto de reconocimiento por el don del «Catecismo de la Iglesia católica». En efecto, este texto es también una respuesta a la misión que el Señor ha confiado a su Iglesia: custodiar el depósito de la fe y transmitirlo íntegro a las generaciones futuras con diligente y afectuosa solicitud.
Fruto de la fecunda colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica, el Catecismo es confiado ante todo a nosotros, pastores del pueblo de Dios, para reforzar nuestros profundos vínculos de comunión en la misma fe apostólica. Compendio de la única y perenne fe católica, constituye un instrumento cualificado y autorizado para testimoniar y garantizar la unidad en la fe por la que Cristo mismo, al acercarse su «hora», dirigió al Padre una ferviente plegaria (cf. Jn 17, 21-23).
Al proponer de nuevo los contenidos fundamentales y esenciales de la fe y de la moral católica, tal y como la Iglesia de hoy los cree, celebra, vive y reza, el Catecismo es un medio privilegiado para profundizar en el conocimiento del inagotable misterio cristiano, para dar nuevo impulso a una plegaria íntimamente unida a la de Cristo, para corroborar el compromiso de un coherente testimonio de vida.
Al mismo tiempo, este Catecismo nos es dado como punto de referencia seguro para el cumplimiento de la misión, que se nos ha confiado en el sacramento del orden, de anunciar la «buena nueva» a todos los hombres, en nombre de Cristo y de la Iglesia. Gracias a él podemos cumplir, de manera siempre renovada, el mandamiento perenne de Cristo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes… enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).
En ese sintético compendio del depósito de la fe, podemos encontrar una norma auténtica y segura para la enseñanza de la doctrina católica, para el desarrollo de la actividad catequética entre el pueblo cristiano, para la nueva evangelización, de la que el mundo de hoy tiene inmensa necesidad.
Queridos sacerdotes, nuestra vida y nuestro ministerio llegarán a ser, por sí mismos, elocuente catequesis para toda la comunidad que se nos ha encomendado si están enraizados en la verdad que es Cristo. Entonces, nuestro testimonio no será aislado sino unánime, dado por personas unidas en la misma fe y que participan del mismo cáliz. A este «contagio» vital es al que debemos mirar juntos, en comunión efectiva y afectiva, para realizar la «nueva evangelización», que es cada vez más urgente.
3. El Jueves santo, reunidos en todas las comunidades presbiterales de la Iglesia en toda la faz de la tierra, damos gracias por el don del sacerdocio de Cristo, del que participamos a través del sacramento del orden. En esta acción de gracias queremos incluir el tema del «Catecismo» porque su contenido y su objetivo están vinculados particularmente con nuestra vida sacerdotal y el ministerio pastoral en la Iglesia.
En efecto, en el camino hacia el gran jubileo del año 2000, la Iglesia ha conseguido elaborar, después del concilio Vaticano II, el compendio de la doctrina sobre la fe y la moral, la vida sacramental y la oración. De diversas maneras, esta síntesis podrá ayudar a nuestro ministerio sacerdotal. También podrá iluminar la conciencia apostólica de nuestros hermanos y hermanas que, en conformidad con su vocación cristiana, juntamente con nosotros desean dar testimonio de aquella esperanza (cf. 1 P 3, 15) que nos vivifica en Jesucristo.
El Catecismo presenta la «novedad del Concilio» situándola, al mismo tiempo, en la Tradición entera; es un Catecismo, tan lleno de los tesoros que encontramos en la sagrada Escritura y después en los padres y doctores de la Iglesia a lo largo de milenios, que permite que cada uno de nosotros se parezca a aquel hombre de la parábola evangélica «que extrae de su arca cosas nuevas y cosas antiguas» (Mt 13, 52), las antiguas y siempre nuevas riquezas del depósito de la revelación.
Al reavivar en nosotros la gracia del sacramento del orden, conscientes de lo que significa para nuestro ministerio sacerdotal el «Catecismo de la Iglesia católica», confesamos con la adoración y el amor a aquel que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre».
Vaticano, 8 de abril, jueves santo, del año 1993, decimoquinto de mi pontificado.
Homilía de Domingo de Ramos
P. Jason Jorquera M., IVE.
Queridos hermanos:
Finalmente nos encontramos en la antesala de la Semana Santa, en el llamado: Domingo de Ramos; donde conmemoramos la entrada triunfal de nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén, entre aplausos y alabanzas, entre el reconocimiento de algunos como Mesías y la incredulidad definitiva de otros; y sin embargo, entre todo ese jolgorio y alegría de quienes lo acompañaban y ponían sus mantos y ramas a lo largo del camino, solamente Jesús podía ver perfectamente lo que significaba esta entrada definitiva, en que se celebraría tanto la última Pascua figurada, como la primera santa Misa de la historia oficiada por el mismo Hijo de Dios, mediante un sacrificio real, cruento, triste hasta la muerte… y dónde ninguna de estas personas que ahora lo aclamaban intercedería después por Él ante sus mortales acusadores. Jesucristo sabía todo esto perfectamente, y aun así continúa adelante, hacia la ciudad santa.
Jesucristo sabía bien que había llegado su hora, “la gran hora del Cordero de Dios”, del “Siervo sufriente”; y que esta hora sería cubierta por la sombra de cruz y el sacrificio inigualable de su propia vida, y aún así -como hemos dicho- continúa; porque sabe bien también las consecuencias de esta entrega, y cómo de esta manera se abrirán nuevamente las puertas del Cielo para las almas que lo acepten con fe; y justamente es esta fe la que nos debe enseñar a ver mucho más allá de la cruz, de nuestras cruces, que a veces parecen hasta castigos cuando en realidad pueden perfectamente bendiciones: cuántas veces una cruz aleja a algunos del pecado y hace a otros ir corriendo tras de Dios en busca de ayuda, fortaleza, consuelo, etc. Dicho todo esto, vemos con mayor claridad en Jesucristo el modelo perfecto de entrega generosa que no retrocede ante el sufrimiento que se avecina, porque lo mueve un amor que llega siempre hasta las últimas consecuencias.
Jesucristo sabe bien lo que se viene, sabe que las turbas de hoy no estarán el viernes siguiente ni siquiera para consolarlo; sabe que algunos lo verán en la cruz como alguien que fracasó… pero también sabe que las almas con fe sabrán ir más allá del Calvario… Jesucristo con su muerte conquistará la vida eterna para todos aquellos que sepan llegar también con Él hasta el calvario, con todos aquellos que vayan más allá de la entrada triunfal y lo acompañen hasta ese amor extremo que solamente la fe puede mostrar. Respecto a esto escribía muy acertadamente el Kempis: “Jesús tiene ahora muchos enamorados de su reino celestial pero muy poco que quieran llevar su cruz. Tiene muchos que desean los consuelos y pocos la tribulación. Muchos que aspiran comer en su mesa y pocos que anhelan imitarlo es su abstinencia. Todos apetecen gozar con Él pero pocos sufrir algo por él.
Muchos siguen a Jesús hasta la fracción del pan, mas pocos hasta beber el cáliz de la pasión. Muchos admiran sus milagros, pero pocos le siguen en la ignominia de la cruz.
Muchos aman a Jesús mientras no haya contrariedades. Muchos lo alaban y bendicen en el tiempo de las dulzuras, pero si Jesús se esconde y los deja por un tiempo, enseguida se quejan o desalientan.”
Podemos ver esta entrada triunfal de Jesucristo como lo que Él quiere realizar en nosotros: entrar en nuestras almas como Rey, entre nuestras aclamaciones y compromiso de seguirlo hasta el final. Pero la diferencia aquí es que nosotros sí tenemos la oportunidad de no abandonarlo cuando llegue su pasión; y nosotros sí tenemos la oportunidad de defenderlo a Él y a nuestra fe con nuestras palabras, ejemplos y hasta con nuestra propia vida si Él así lo dispone; nosotros aun estamos a tiempo de acompañarlo hasta el final y no salir huyendo como los apóstoles y todos los demás cuando se acerca la hora de la dificultad, de la oscuridad, de la sequedad, en definitiva, de la Cruz.
La invitación de hoy, queridos hermanos, es a considerar hasta dónde estamos dispuestos a seguir a Jesucristo ahora que comienza su camino final a la pasión, es decir, a ofrecerse como Víctima inocente y expiatoria por cada uno de nosotros… sabemos bien que Jesucristo llegó hasta la cruz por nosotros; la pregunta es pues, ¿hasta dónde estamos nosotros dispuestos a llegar por Jesucristo?; no digo solamente asistir fielmente cada Domingo a la santa Misa, sino más (Dios se preocupa cada instante de nosotros y nos pide como mínimo esa horita a la semana); no digo solamente confesarse frecuentemente y más o menos llevar una vida de oración, sino mucho más. Esto está bien, está perfecto, pero es sólo la base de la gran obra de santidad que Jesucristo tiene dispuesta para cada uno de nosotros si lo dejamos obrar, si vamos más allá de la entrada a Jerusalén y llegamos hasta el Calvario, y sabemos ser generosos con Él, enamorados realmente, con sed de aprender más y más sobre la verdad, sobre nuestra fe, en definitiva, sobre cómo darle mayor gloria a Dios con nuestra vida. Entonces, y sólo entonces, podremos arrogarnos la verdadera victoria, la entrada triunfal definitiva en el Reino de los Cielos, reservada para aquellos que sigan a Jesucristo realmente hasta el final: con la cruz, con trabajos, con esfuerzos; pero especialmente con la alegría sobrenatural que nos mueve a emprender lo que sea que Dios nos pida con tal de tomar parte de su victoria absoluta en la Cruz: aparente fracaso para los incrédulos, señal de predilección para los creyentes.
Respecto a esto último escribía san Alberto Hurtado: “Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente sobre Jesús. ¿No fue Él acaso vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y crucificado desnudo, con el título ridículo de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra, y (sin embargo), en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la Cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador.”
Queridos hermanos, pidamos en este día a María santísima que nos alcance la gracia de no retroceder jamás ante la cruz, y de acompañar a nuestros Señor Jesucristo hasta el final, hasta el verdadero final que consiste en poder estar toda la eternidad junto con Él.




