DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS DE CLAUSURA
EN LA CATEDRAL DE GUADALAJARA
Martes 30 de enero de 1979
Queridas religiosas de clausura:
En esta catedral de Guadalajara quiero saludaros con esas bellas y expresivas palabras que repetimos con frecuencia en la asamblea litúrgica: “El Señor esté con vosotras” (Misal Romano). Sí, que el Señor, al que habéis consagrado toda vuestra vida, esté siempre con vosotras.
¿Cómo podría faltar durante la visita a México, un encuentro del Papa con las religiosas contemplativas? Si a tantas personal yo quería ver, vosotras ocupáis un puesto especial por vuestra particular consagración al Señor y a la Iglesia. Por ese motivo, el Papa también quiere estar cerca de vosotras.
Este encuentro quiere ser la continuación del que tuve con las demás religiosas mexicanas; muchas cosas las decía también para vosotras, pero ahora deseo referirme a lo que es más específicamente vuestro.
¡Cuántas veces el Magisterio de la Iglesia ha demostrado su gran estima y aprecio por vuestra vida dedicada a la oración, al silencio, y a un modo singular de entrega a Dios! En estos momentos de tantas transformaciones en todo, ¿sigue teniendo significado este tipo de vida o es algo ya superado?
El Papa os dice: Sí, vuestra vida tiene más importancia que nunca, vuestra consagración total es de plena actualidad. En un mundo que va perdiendo el sentido de lo divino, ante la supervaloración de lo material, vosotras, queridas religiosas, comprometidas desde vuestros claustros en ser testigos de unos valores por los que vivís, sed testigos del Señor para el mundo de hoy; infundid con vuestra oración un nuevo soplo de vida en la Iglesia y en el hombre actual.
Especialmente en la vida contemplativa se trata de realizar una unidad difícil: manifestar ante el mundo el misterio de la Iglesia en el mundo presente y gustar ya aquí, enseñándoselo a los hombres, como dice San Pablo, “las cosas de allá arriba” (Col 1, 3).
El ser contemplativa no supone cortar radicalmente con el mundo, con el apostolado. La contemplativa tiene que encontrar su modo específico de extender el Reino de Dios, de colaborar en la edificación de la ciudad terrena, no sólo con sus plegarias y sus sacrificios, sino con su testimonio silencioso, es verdad, pero que pueda ser entendido por los hombres de buena voluntad con los que esté en contacto.
Para ello tenéis que encontrar vuestro estilo propio que, dentro de una visión contemplativa, os haga compartir con vuestros hermanos el don gratuito de Dios.
Vuestra vida consagrada arranca de la consagración bautismal y la expresa con mayor plenitud. Con una respuesta libre a la llamada del Espíritu Santo, habéis decidido seguir a Cristo consagrándoos totalmente a El. “Esta consagración será tanto más perfecta, dice el Concilio, cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia” (Lumen gentium, 44).
Las religiosas contemplativas sentís una atracción que os arrastra hacia el Señor. Apoyadas en Dios, os abandonáis a su acción paternal que os levanta hacia El y os transforma en El, mientras os prepara para la contemplación eterna, que constituye nuestra meta última para todos. ¿Cómo podríais avanzar a lo largo de este camino y ser fieles a la gracia que os anima, si no respondierais con todo vuestro ser, por medio de un dinamismo cuyo impulso es el amor, a esta llamada que os orienta de manera permanente hacia Dios? Considerad pues cualquier otra actividad como un testimonio, ofrecido al Señor, de vuestra íntima comunión con El, para que os conceda aquella pureza de intención, tan necesaria para encontrarlo en la misma oración. De este modo contribuiréis a la extensión del Reino de Dios, con el testimonio de vuestra vida y con “una misteriosa fecundidad apostólica” (Perfectae caritatis, 7).
Reunidas en nombre de Cristo, vuestras comunidades tienen como centro la Eucaristía, “sacramento de amor, signo de unidad, vínculo de caridad” (Sacrosanctum Concilium, 47).
Por la Eucaristía también el mundo está presente en el centro de vuestra vida de oración y de ofrenda como el Concilio ha explicado: “y nadie piense que los religiosos, por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inútiles para la sociedad terrena. Porque, si bien en algunos casos no sirven directamente a sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de manera más íntima en las entrañas de Cristo y cooperan espiritualmente con ellos, para que la edificación de la ciudad terrena se funde siempre en el Señor y se ordene a El, no sea que trabajen en vano quienes la edifican” (Lumen gentium, 46).
Contemplándoos con la ternura del Señor cuando llamaba a sus discípulos “pequeña grey” (cf. Lc 12, 32), y les anunciaba que su Padre se había complacido en darles el Reino, yo os suplico: conservad la sencillez de los “más pequeños” del Evangelio. Sabed encontrarla en el trato intimo y profundo con Cristo y en contacto con vuestros hermanos. Conoceréis entonces “el rebosar de gozo por la acción del Espíritu Santo” que es de aquellos que son introducidos en los secretos del Reino (cf. Exhortación Apostólica Evangelica Testificatio, 54).
Que la Madre amadísima del Señor, que en México invocáis con el dulce nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, y bajo cuyo ejemplo habéis consagrado a Dios vuestra vida, os alcance, en vuestro caminar diario, aquella alegría inalterable que sólo Jesús puede dar.
Como un gran saludo de paz que no se agota en vosotras aquí presentes, sino que se extiende invisiblemente a todas vuestras hermanas contemplativas de México, recibid de corazón mi Bendición Apostólica.
Esta sencilla reflexión surgió, efectivamente, a partir de un reflejo silencioso. Al referirme así, me parece mejor para ir desglosando paulatinamente el significado que tal impresión tiene para mí.
Dios te salve María,
El Señor está contigo
Y bendito sea el fruto
Ruega tú, Corredentora,




1. “¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!”. Esta exclamación de san Agustín en su comentario al evangelio de san Juan (In Johannis Evangelium 26, 13) de alguna manera recoge y sintetiza las palabras que san Pablo dirigió a los Corintios y que acabamos de escuchar: “Porque el pan es uno, somos un solo cuerpo, aun siendo muchos, pues todos participamos de ese único pan” (1 Co 10, 17). La Eucaristía es el sacramento y la fuente de la unidad eclesial. Es lo que ha afirmado desde el inicio la tradición cristiana, basándose precisamente en el signo del pan y del vino. Así, la Didaché, una obra escrita en los albores del cristianismo, afirma: “Como este fragmento estaba disperso por los montes y, reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino” (9, 4).
Como hay varias sabidurías, debemos buscar qué sabiduría edificó para sí la casa. Hay una sabiduría de la carne, que es enemiga de Dios, y una sabiduría de este mundo, que es insensatez ante Dios. Estas dos, según el apóstol Santiago, son terrenas, animales y diabólicas. Según estas sabidurías, se llaman sabios los que hacen el mal y no saben hacer el bien , los cuales se pierden y se condenan en su misma sabiduría, como está escrito: Cogeré a los sabios en su astucia; Perderé la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudente. Y, ciertamente, me parece que a tales sabios se adapta digna y competentemente el dicho de Salomón: Vi una malicia debajo del sol: el hombre que se cree ante sí ser sabio. Ninguna de estas sabidurías, ya sea la de la carne, ya la del mundo, edifica, más bien destruyen cualquiera casa en que habiten. Pero hay otra sabiduría que viene de arriba; la cual primero es pudorosa, después pacífica. Es Cristo, Virtud y Sabiduría de Dios, de quien dice el Apóstol: Al cual nos ha dado Dios como sabiduría y justicia, santificación y redención.
1. “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28).
Esta fiesta es una de las doce fiestas principales del año litúrgico oriental. Comienza a celebrarse a partir del año 543 y pasó al calendario romano en 1585. Fue en este tiempo en que se dedicó una basílica a La Virgen María la Nueva.